12/9/08

Scherzo. El sueño de Mozart/Salieri.


(Un pobre homenaje a Alexandr Pushkin).

A veces me asalta un terrible sueño, mitad desvarío, mitad pesadilla. Soy Mozart perseguido por la sombra de Salieri que se transforma en Salieri perseguido por la sombra de Mozart en un continuo sinfín, hasta que despierto envuelto en un sudor frío y nauseabundo, incorporándome con toda la fuerza de mis músculos, con los globos oculares fuera de las órbitas y las pupilas cubriéndolo todo, en una especie de intento por atrapar esa imagen volátil que supone la sinrazón y el misterio de mi mente.
¿He de buscar en los arcanos de mi consciencia y de mi inconsciencia para tratar de encontrar esa imagen dual que me perturba y me hace sospechar sobra la existencia de algún elemento impúdico, que en los años de mi niñez más temprana rondó por los alrededores de mi pobre mente, expuesta a todo aquel o aquello que quisiera entrar en ella, o de mi pobre cuerpo, elemento pecaminoso, foco de atracción morbosa hacia los elementos concupiscentes que me rodeaban? ¿Seré Mozart? ¿Seré Salieri? ¿O tal vez simplemente estoy loco y me quedan días de existencia, y esto no es sino un síntoma de los postreros días de alguna enfermedad no detectada en mi, y que la magnanimidad de los chamanes se ha negado a decirme que poseo para no ampliar mi ya infinita amargura (según su pobre pensamiento), y de ahí este desvarío tan perturbador? ¿O es tan sólo un juego burlesco de mi mente? Aunque es posible que ambos personajes tengan algo o mucho que ver en todo el entramado de la misión vital que pueda tener y que no alcanzo a vislumbrar. Estudiaré sus composiciones y sacaré conclusiones que con posterioridad expondré, si el tiempo, señor de todo, me lo permite.
Todo se andará.

11/9/08

Despiste

Todo fue culpa de un despiste. Miré hacia un lado, me quedé frente al escaparate de comida, y al volver a mirarlos no estaban. Por más vueltas que di no los encontré. Salí a la calle. Pensé que en la puerta del centro comercial estaría más visible y que me encontrarían. Todo el mundo se me quedaba mirando pero nadie hacía nada. Algunas palabras. Suaves gestos. Tiernas miradas. Alguna caricia. Al final, un par de policías, vestidos de azul, mi color favorito, uno de ellos mujer, muy amable, rubia y con un gorrito del que salía una cola de caballo, bien peinada, por atrás, y un corto y precioso flequillo por delante, me cogieron con suavidad. Yo se lo agradecí como pude. Me dijeron palabras tiernas y me llevaron a su coche.
Yo sabía, aunque tenía miedo, que no me dejarían allí, solo, que irían a buscarme o mandarían a alguien.
Me metieron detrás, los policías, en el coche blanco y con rayas azules. Una barrera de hierros, cruzados, separaba la parte delantera de la trasera. Me pusieron detrás. Estaba claro que me llevarían a casa. No tenía la menor duda y eso me tranquilizaba. Allí, en la parte trasera del coche, había otro que también se había perdido. Como yo. Tenía el pelo negro y largo. Su mirada era triste. No paraba de jadear. Nunca había visto uno así. Los policías no paraban de reír y hablar de sus cosas. Estaban contentos y eso me tranquilizaba aún más.
De repente sonó un pitido. Era la radio. Y pensé que era para indicarles la dirección de mi casa. Pero no, les decían que había otro perdido, en la calle Sierpes, que fueran hacia allí, que les venía de paso.
Ahora estoy con muchos otros, aquí, igual que yo. Perdidos todos por algún despiste. No se está mal aquí, pero echo de menos a mis dueños. En la perrera no nos tratan mal, pero no es lo mismo.

10/9/08

Soledades


Hay lentitud en el aroma que despega de su vientre, como un lamento, como el olor de la mandrágora recién cortada. Y es en la noche, cuando la languidez ocupa mi alma, cuando se desvanecen los sueños que perturban mis días; y es entonces que necesito de ti. Por puro instinto, o tal vez, simplemente, por necesidad. Y el olor de la mandrágora vuelve a mí en todo su esplendor. Hay un lamento de azucenas y lirios envolviendome. Y ya ni puedo.

1/9/08

A la niña de los ojos de agua

Y siempre me mezo en su sonrisa. La de mi niña. Mi suave niña. La de los ojos de agua y risa alegre. Que veo poco por las razones que la vida da, y que me lacera su ausencia como una corona de espinas que envolviese el corazón en este mi Gólgota vital, como la ponzoña de un áspid que te mordiese por amor. Pero me lleva. Me lleva de la mano siempre. Y yo, prendida, a ella, del pecho, como una guirnalda suave, tierna y aromática, de flores de azahar en primavera. Y la pienso. Y me entretengo en su pensamiento. Y me arrulla el sonido de sus palabras, en su incipiente lenguaje, que teje con una gracia que me puede, que se me clava y se me queda. Mi alma ya no es mía, que es suya. Y se me demuda en gotas cristalinas de prístina ternura que recorren como lamentos todos los pasadizos del ser que siento, y que es en mí, en mis adentros, la razón de un andar que anda, a cada paso, enredado en sus recuerdos. Y la arena la paseo buscando su mirada. Y no la encuentro. Y el sonido de las olas que lamiendo la orilla murmura, me recuerda sus palabras y me pierdo en ellas. Y una lengua entra más allá y rompe el castillo de arena que algún niño hiciese, esa tarde, y mi alma se derrota, y las lágrimas me surgen, y me anegan y se me escurren hacia dentro. Y la noche me tapa el rostro al paseante, y me lo quiebra. Y siento. Y siento tanto que ya no estoy. Ni soy. Ni siento. Solo muy dentro. Sólo a mi niña. La de los ojos de agua y risa alegre. Por ella siento.

30/8/08

La alegre política de la política tonta


(Algo que escribí hace algún tiempo en otro sitio, allá por el Carnaval, y que rescato para éste).

Señores, y señoras -no se me vaya a enfadar alguien; ¿O debería empezar con un señoras..., por aquello de...?-. La Literatura ha entrado en la política española. Y por la puerta grande, por la Puerta de Alcalá. Madrid, capital del reino, da salida al Carnaval (que mola más, como dice Sabina) y entierra la Cuaresma (que mola menos). Y lo hace de la mano de su alcalde, al que no imaginaba en el papel de Quevedo en su agria disputa con Góngora allá por los años del Siglo de Oro Español. El señor alcalde se lanza al ruedo de la chanza y nos deleita con un discurso cargado de guiños y denuestos hacia su enemiga, la señora Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid, con una fina ironía que alegra el corazón de los oyentes y lectores. Celebro esta intrusión de la gracia y el salero en una política tan obsoleta y aburrida como es la de la España actual, país que se va, como tantos otros, por la cloaca de lo tonto. Y, en su discurso del entierro de la sardina, el señor alcalde se marca unos pasos de Literatura, más propios de un Quevedo venido a menos que de un político al uso. Desde aquí mi bienvenida, señor alcalde. Que cunda el ejemplo. Hoy me ha divertido leer el periódico.

Reproduzco el discurso íntegro del Señor Gallardón:

"No somos nadie, y bien que nos lo recuerda la difunta sardina. ¿Qué fue de las alegrías pasadas? ¿Qué se hizo de las chirigotas y las chanzas? ¿Dónde quedan los proyectos y los sueños, cuya zozobra ni siquiera la solemnidad de este Patio de Cristales puede disimular? Se fueron en un soplo, como ceniza de miércoles. Algunos dirán, tratando de consolarnos en este trance, que al menos la sardina ha vivido. Magro consuelo. Porque, como dijo el célebre replicante de esa obra sobre el carnaval del futuro que es Blade Runner, al final de tantas fatigas, "¿quién vive?" Ella, desde luego, no. Toda una existencia de discreción y estrechez para terminar ahora como la veis, apenas acompañada de unos pocos fieles, vosotros, alegres cofrades del Entierro de la Sardina, y yo, humilde servidor de esta Casa (Consistorial). Y que siempre tengamos que reunirnos con motivo tan triste... Aunque seamos justos. Puede que la sardina no haya visto arder naves más allá de la puerta de Orión, pero tal vez haya conocido algunas experiencias extraordinarias como las que hemos vivido los demás, que para eso Madrid se transmuta en escenario de ficción cuando quiere. Los antropólogos no se ponen de acuerdo sobre el significado de la sardina, no saben si milita en el bando de Don Carnal, en el de Doña Cuaresma, o en ninguno, pero yo me resisto a creer que nunca se haya tomado ninguna licencia. ¿Quién nos asegura que tras una máscara de gesto adusto, en algún baile de disfraces, en un pasacalles junto a gigantes y comparsas, murgas y desvaríos, no se escondía este pescado sencillo? Y aún así, ¡ha sido todo tan rápido, tan quebradizo y volátil, como es siempre la alegría del pobre...! No ha transcurrido ni una semana desde que yo mismo le cediera las llaves de la ciudad a Su Majestad Carlos IV en la Plaza de la Villa, y ya Don Carnal, después de arrebatárselas con malas artes, ha perdido la batalla contra Doña Cuaresma. Fugacidad de la política... A mí, la verdad, no me parecía un mal gobierno, aunque sólo fuera porque por unos días me ha dado un respiro, pero, como tantos, el suyo ha caído, deprisa y ante la conmoción general... de los que aquí lloramos a la sardina. ¡Cuántas vueltas da la vida, y qué imprevisibles son, en medio de la mudanza, los sentimientos, capaces de regalarnos un destello de ilusión en un momento difícil, o de refrenar el optimismo con un punto de inquietud! ¿Acaso sabían Carlos IV y los madrileños de hace doscientos años lo que se les avecinaba después de aquel último carnaval en paz? Ni la sardina lo imaginaba. Porque nunca hay que aventurar que la dicha de hoy dure hasta mañana. Ya lo dice Gaspar de Lucas Hidalgo: "Martes era, que no lunes, / martes de Carnestolendas, / víspera de Ceniza, / primer día de Cuaresma. / Ved qué martes y qué miércoles, / qué víspera y qué fiesta; / el martes lleno de risa, / el miércoles de tristeza." Pero lo importante, en fin, es que Madrid supo seguir adelante y sobreponerse al dolor de la guerra, como nos sobreponemos todos a nuestras congojas, y que estos días, al mirar hacia atrás sin ira, no nos hemos tomado en serio ni siquiera el famoso bicentenario. Una cosa, eso sí, hay que agradecer a Don Carnal, Doña Cuaresma, la Tarasca y los matachines: que nos han ayudado a demostrar, otra vez, que Madrid es la mejor cuando de combinar tradición y modernidad se trata, mezclando acentos y renovando la fiesta. Y eso que ésta ha sido una ceremonia de antiguo perseguida, y que Alcalde hubo, según cuenta Pedro Montoliú, que tuvo que dimitir por haber puesto trabas a esta ceremonia fúnebre. Prejuicio escandaloso que llegó al mismísimo Congreso allá por 1851, y que habría de costarle el bastón de mando al marqués de Santa Cruz. Así que no seré yo, queridos cofrades, quien os ponga peros. Vais a enterrar a la sardina, por lo demás, a la vera de nuestro Manzanares, aunque no sé si es para vosotros consuelo que repose en la más magnificente zona del nuevo Madrid, un río renacido que será nuestra imagen ante el mundo y que nunca sospechará ? ay, ingratitud de la vida? qué clase de sentido panteón esconde. Pero el carnaval es catarsis. Y ahora, hecha la limpieza, ventiladas las estancias del alma, satisfechas las expansiones emocionales, toca entrar en un tiempo de entereza y contemplación. Sí, amigos: ha triunfado Doña Cuaresma, la del gesto agrio y estricta conducta, y no queda más remedio que plegarse al triste designio que a los alegres y buenhumorados nos depara. Pero no os deis a la melancolía: sabemos que su victoria es pasajera, porque, en el peor de los casos, representa sólo la mitad de la vida, y dentro de un año estaremos celebrando de nuevo, junto a la rediviva sardina, nuevos días de fantasía y esplendor. Madrid volverá a reír, porque ésta es ciudad fértil y risueña, que a diario se sacude la ceniza con su propio nervio y su quehacer incesante. Así pues, y como que hay otra vida, enterremos ya a la sardina, y con ella todas nuestras zozobras y quebrantos, que no hay mal que por bien no venga. Requiescat in pacem".

29/8/08

El espantajo

Ella siempre mira. Sólo mira. La línea de árboles se desdibuja a la derecha. Tonos de verde. Árboles. Algún abeto y pinos negros. De vez en cuando un vacío ocupado por cultivos. Tonos de ocre. Ella siempre mira. Sólo mira. Delante, en los asientos delanteros, sus padres. Voces. Altas. Como siempre. No escucha. Sólo oye. Sólo mira. La vida se desliza a la derecha, entre los árboles y sus tonos de verde. Sin sorpresas. Nunca hay sorpresas. Tranquila. La línea del horizonte es siempre plana. Plana y monocorde. Como el sonido de la parte delantera del coche. Nunca la oyen. No existe. Tampoco ellos se oyen. Sólo gritan. Y ella siempre mira. Sólo mira. La línea del horizonte es siempre igual. Plana. Anodina. Como la vida. Tonos de verde. Y algún tono de ocre que rompe el vacío. Siempre de ocre. Siempre vacío. Hay una figura, parece, entre el ocre. Mira. Triste. Parece triste. Los brazos en cruz. La chaqueta negra. Rota. Como el negro sombrero de felpa. Ajado. La cabeza gacha. Colgado de un poste. La mira. Sonríe. Sólo la mira. Siempre mira. Sólo mira. Y una lágrima le escurre por la mejilla. Silenciosa. Tranquila. El coche se aleja por la línea del horizonte. Siempre igual. Monótona. Anodina. Sólo rota de vez en cuando por algún que otro coche que pasa a toda velocidad.

27/8/08

Algunas de las cosas

Algunas de las cosas que encontramos en el camino son las que me hacen creer. Son las que nos llevan. Algunas cosas son. No creo. Pero te creo y me enseñas el camino. Brillante. No te creo pero quiero creerte. No hay creencia sobre el amor. Las cosas pequeñas hacen crecer. Tú las muestras. Somos amantes que miran al cielo y enseñan a creer en la vida. El amor como límite. Gira alrededor de mí y haz el ahora. Y creeré. Gira alrededor de mí. Enséñame. Algunas cosas que no sé, en el camino están presentes. Tú me las haces ver. Algunas cosas que me enseñas me hacen creer que eres, que soy, que hay…

Irrealidades

El olvido como necesidad. Intranscendencias. Vaguedades. La innecesariedad de los sentidos. La precariedad de la intranscendencia. Vanalidad. Elementos que se cruzan. Los fantasmas del pasado. La muerte a golpes en un reguero gris de pensamientos nimios. Nido de cuervos. Negro. Oscuro. Oposición de colores. Contrastes. Blanco y negro. Día y noche. El principio y el fin. La totalidad. La nada como principio. La inconstancia del elemento supremo. Dios. La falsedad. La suprema investidura. Vacío. Ausencias. Tú y los dioses. Fatalidad. Amargura. Angustia. Dolor. El dolor como camino. El camino como creación. La vida. El placer. Muerte. Pasado, presente y futuro. No hay tiempo. Transparencia. La luz. Cristal. Prismas. Geometrías transparentes. Espacios superpuestos. Líneas tangenciales. Tridimensionalidad. La visión de los espacios me impelen hacia el final. No hay nada. Todo es nada. La nada como absoluto. La ausencia de todo. Quiero caminar. Ser. Estar. Andar. Mirar. Tocar. Oler. Oír. Sentir. Manos entrelazadas. ¿Quién hay ahí? Ojos cerrados. Párpados yertos. Miradas vacías. El espíritu que anhela. El corazón que late. Sonidos monocordes. Augurios. Sentimientos neutros. Campanas que repican a muerto. Cuencas sin ojos. Lágrimas vacías. Presencias guardadas. Esperanzas cercenadas. Avatares. La transición de la vida a la muerte, del yo al tú. Evanescencia. El adiós como final.

23/8/08

Ocaso. (Por los derroteros de la nada). VI

Y es que recuerdo la frase como un espantoso repique de campanas a muerto en mi cerebro, que me impide ver. Y ya no puedo. Me ha dejado el alma seca. Esos funestos sonidos, de una terribilidad que amargan, casi, como la muerte de un hijo. ¿Las recuerdas? No. Probablemente no. Con toda seguridad no. Tal vez recuerdes el sentido, pero no las palabras. “Sí, te he quitado de mí. Es que no quiero saber nada de ti. Solo deseo que me dejes en paz, que te olvides de mí para siempre. Piensa que me he ido para nunca volver, tal vez eso te ayude”.
Y mi respuesta. Salida o sacada de no sé dónde. Ni sé, aun, cómo pude, pero que no pudo ser otra sino la que fue. “Joder qué barbaridad. A mis palabras (que eran hermosas hasta lo inmarcesible, por bellas y sentidas), contestas así. Inimaginable. Así será. No te preocupes. Como si hubieses muerto”.
Ahora ya no queda ni puede ser nada. Solo vacío. Vacío y hastío. La ausencia de deseo, aprendido por la necesidad y su dardo mortal, me ha llevado a la ausencia de dolor. Y ya no quiero porque ya no puedo. Porque no hay. Porque no eres. Porque no estás. Porque no puedes ni podrás estar. Ya no existes. Estás muerta. Aunque tal vez siempre lo estuviste y no me quise dar cuenta.
Levanté las manos y no hallé nada. Levanté la mirada y no vi nada. Vacío. Vacío y hastío. La oscuridad densa en un cielo perlado de estrellas que no me hablaba. Los pedestales del recuerdo rotos, derribados por el absurdo. Y ahora que ya no queda sino la magia perdida, me paseo entre las puertas de los caminos, cerradas o entreabiertas, sin llaves, sin picaportes, como almas vacías de penas, sin ojos, yertas.

¿Por qué escribimos los que escribimos?

No sé dónde (y es que hay muchos pasillos en esto de la Literatura, o la Escritura), por razones que no vienen ahora al caso, aunque la verdad, y para ser sinceros, es que no me acuerdo de ellas (¡la memoria mía, que es una pena!), me vi obligado a plantearme el por qué de que los que escribimos lo hagamos. Creo que es una buena pregunta, con respuestas que por lo variopinto que en algunos he visto, podría ser interesante ver las de todos en alguna parte. Después de preguntarme por qué escribimos los que escribimos, he llegado a la conclusión de que hay tantas respuestas como escritores (que no publicadores, que también, ni multivendedores, que también). ¿Para epatar? ¿Para llamar la atención? ¿Para crear belleza? ¿Para liberarnos de nuestros fantasmas? ¿Por necesidad? ¿Para mostrar nuestros mundos o el mundo como nosotros lo vemos?... Y después de darle vueltas y más vueltas llegué a la conclusión, y en ella sigo, de que no tengo ni idea.
Aunque si he de decir algo en ese sentido, me inclino a pensar que lo hacemos por un poco de todas ellas, porque cada uno es como es, es él y su circunstancia, y la de cada uno es completamente diferente a la de los demás. Yo creo que lo hago -y no me contradigo con la afirmación que acabo de hacer, de que no tengo ni idea- para crear belleza, para espantar mis fantasmas, para sacar mis mundos de dentro y para mostrar el mundo como yo lo veo; pero eso es lo que creo, porque realmente no lo sé, o no estoy seguro.
García Márquez decía que escribía para que sus amigos le quisieran un poco más. Un escritor es sensible, posee sensibilidad y quiere dar lo que lleva dentro a los demás (y aquí entran los que publican o quieren publicar), pero lo que desea de verdad es que los demás le correspondan, creo –y ahí entraría el deseo de publicar, de ser leído-.
Hasta hace poco no me preocupaba que nadie conociese lo que hacía, y si alguien me leyó fue porque se enteró por casualidad, y al gustarle lo que escribía me llevó a que lo leyese otro y otro más. Y ahora estoy aquí y no sé muy bien por qué, aunque tampoco me importa mucho. Lo que si tengo claro es que no me interesa el dinero y creo que tampoco si alguien me lee o no, creo, insisto, porque tampoco estoy seguro. Y es que no estoy seguro de casi nada.
Sólo sé que me gusta escribir y que lo hago por lo que he dicho anteriormente. Si me leen bien y si no, bien también. Yo leo, que me encanta, y escribo, que me encanta también. Pero cada uno es cada uno. Y espero que haya la mía y mil razones más, entre las cuales estará el dinero, que también está bien, ¡qué carajo! Pero de lo que no me cabe la menor duda es que no es malo luchar por los propios sueños. Aunque hay que tener cuidado para que esos sueños no se conviertan en obsesiones y acaben destruyéndote. Como me dijo en cierta ocasión mi buen amigo y buen escritor, Rudy Spillman, con respecto al proyecto de “Cuentos Solidarios”, en Lulu, y en relación a la calidad de los que escribimos, “cada uno es dueño de su ego” (o algo así –que me disculpe si no lo era-), y esa frase viene muy a cuento, creo, aunque.... A partir de ahí... ¿por qué escribimos lo que escribimos?

21/8/08

La violencia como género literario


Hubo un momento en que la violencia me interesó sobremanera. La guerra siempre me resultó especialmente llamativa, y de ella nació mi interés por el origen de la violencia y su naturaleza, desde la antropología.

En los países anglosajones los asesinos múltiples parecen ser relativamente comunes. Sin embargo aquí, en España, o en el mundo latino en general, no, aunque estamos en ello. En 1994 se dio el llamado “Caso de los asesinos de rol”. Transcribo algunas frases del diario de uno de los asesinos.“Yo sería el que matara a la primera víctima. Era preferible atrapar a una mujer, joven y bonita, a un viejo o a un niño.” Tras varios fracasos, se deciden por un hombre que está en una parada de autobús. No voy a relatar más, tan sólo esto, porque me parece… y de una violencia aterradora y suficientemente esclarecedora: “Se me ocurrió, mientras lo acuchillaba, una idea espantosa que jamás volveré a hacer y que saqué de la película Hellraiser… Seguía vivo, sangraba por todos lados. Aquello no me importó lo más mínimo. Es espantoso lo que tarda en morir un idiota… Vi… y me dije: Cómo me paso… Le dije a mi compañero que le cortara la cabeza, lo hizo y escuché un ñiqui, ñiqui… A la luz de la luna contemplamos a nuestra primera víctima. Sonreímos y nos dimos la mano…”.Se puede encontrar con más detalle en la edición de El País de 9 de junio de 1994.

Pero no es eso lo que me interesa ahora, sino la violencia como género literario, que tanto éxito ha tenido y que tantas adaptaciones al cine ha dado. ¿Por qué tienen tanto éxito comercial? En determinado momento de mi vida, por razones que, ahora, sería tedioso explicar (aunque tiene su “con qué”), comencé a escribir lo que en principio iba a ser sólo un cuento: “Dolor y deleite”, donde expresar mi forma de entenderla. Ese cuento se transformó poco a poco en una novela, pero me encontré con algo que no esperaba, y es que no pude seguir. Vi algo dentro de mí que me asustó. ¿Cómo era posible que yo pudiese imaginar el dolor ajeno de esa forma? ¿Cómo era posible que yo pudiese crear algo de ese cariz? ¿Estaba en mí? De lo que no cabe duda es que los monstruos no existen por sí mismos, sino que son productos de nuestra oscuridad, nuestras angustias, nuestros miedos, nuestra alma. Me adentré en el tema de una forma brutal en busca del por qué. Y aún hoy sigo dándole vueltas al tema sin conseguir ver. La novela la hube de terminar. No pude acabar toda la idea que tenía en mente. Y la que iba a ser una novela larga quedó en una corta novela: “El jardín de las delicias (Anamorfosis)”. ¡Demasiada angustia vital! Eso me reconcilió, en cierta forma, con mi propio yo.


Algunas novelas interesantes y análisis sobre el tema:
  • American Psycho. De Bret Easton Ellis. Ediciones B
  • Hannibal. Thomas Harris. Mondadori
  • Crimen y castigo. Fedor Dostoievsky
  • Asesinos. Stéphan Bourgoin. Planeta
  • Psychokillers. Anatomía del asesino en serie. Jesús Palacios. Ediciones temas de hoy.
  • Las semillas de laviolencia. Luis Rojas Marcos. Alianza

6/8/08

Sobre el humor. O no. Nihilismo. Escepticismo.

¡¿Alguien debería leer un poco más a Emil Cioran?! El más importante filósofo nihilista de nuestra época. Maestro del escepticismo.
Jamás he trabajado, he preferido ser un parásito a ejercer un oficio. He accedido a sufrir una relativa miseria con tal de preservar mi libertad”, decía. Encadenó becas en la Sorbona hasta los 40 años, para que le permitieran comer gratis en el comedor universitario; leyó, escribió y malvivió en hostels juveniles hasta conseguir una buhardilla junto al Odeón, con un alquiler irrisorio; se mantuvo pobre y solitario, rechazó todos los honores que le fueron concedidos, y desdeñó su propia gloria. “Hemos perdido naciendo tanto como perdemos muriendo. Todo.”, decía, y decía también: “Somos y seremos esclavos mientras no estemos curados de la manía de esperar”. Y cosas como: “Quien no ha muerto joven merece morir”; o: “Concebir un pensamiento, un solo y único pensamiento, pero que hiciese pedazos el universo”. Pero también: “Solo es subversivo el espíritu que pone en tela de juicio la obligación de existir; todos los otros, empezando por el anarquista, pactan con el orden establecido”. Y: “La muerte es lo sublime al alcance de cualquiera”.
Algunas obras:
En las cimas de la desesperación
Breviario de podredumbre
El aciago demiurgo
La tentación de existir
El ocaso del pensamiento

Y en estos tiempos tan dañinos para el alma, un descubrimiento que debería haber hecho hace tiempo pero que por razones que van más por lo etéreo que por lo terrenal, más por lo esotérico que por lo exotérico, más por lo despreciable que por su opuesto: Calixto Bieito, el gran Satán del teatro europeo, y es que ahora me ha dado por ir al teatro (¡Qué cosas! Yo, su gran azote), y de ahí… Y dice, Calixto Bieito, y con esto basta sobre el tema, frases como que los nihilistas, a los que se une, de los que se siente, “hemos evolucionado tecnológicamente, pero emocionalmente, poco. No soy un nihilista amargado, a ver. Vamos hacia la nada, pero sin amargura. Yo lo que puedo ser es triste. Tengo melancolía de vaca gallega”.

2/8/08

La fotografía. (Por los derroteros de la nada). III

Los árboles en hilera, a la izquierda de una calle polvorienta, sin asfaltar, ancha, y con el polvo suspendido en la atmósfera por los andares de algunas personas que la pasean o la cruzan o la andan con o sin un lugar determinado al que llegar; algunas con desgana, otras, las menos, con cierta prisa, como si la vida se fuese al estar en ese camino polvoriento.
A un lado olmos, hendidos por el rayo del desastre, de la desidia, del menosprecio; al otro lado más árboles, pero no olmos sino acacias, de talle estrecho, inclinadas algunas, otras rectas; y un pedestal de hierro forjado sobre el que se estira una estatua mitad humana, mitad animal, medio grifo, medio centauro, medio Dios sabe qué. Extraña, discordante con el entorno. Como de otros tiempos, de otros hombres o de otras almas.
Cinco personas se mueven al paso que unos bultos, maletas en su mayoría, les impelen a hacerlo. Los tres niños con las manos vacías; ellos, con las manos en los bolsillos de los pantalones cortos de felpa; ella con un peluche, cogido con fuerza, apretado contra el pecho. Por cariño, por protección o por no sabe qué. Tal vez por ser el regalo que le hizo su padre un día, no recuerda cuando, quizás el día que cumplió los seis años y decidieron que había que dejar la tierra vivida para irse a otra, al más allá, al más allá de la frontera, al país largo, donde una vaga promesa de felicidad, más intuida que real, les hizo dejar todo o casi todo, a todos o a casi todos, y salir en pos de una quimera, más allá de las fronteras, de las de los estados, de las de los espíritus, en busca de algo que no está en las billeteras sino en el alma. Como nómadas, como gitanos no gitanos, moviéndose al son de una música interior que les impele a ir de una lado a otro en una búsqueda sin límite y que les queda en las almas, impregnándolas como un sello indeleble del que ya, tan solo, por el tiempo y las circunstancias vividas, solo queda el débil recuerdo de la imagen que fue.
El padre, ligeramente encorvado hacia la izquierda por el peso de una maleta de mala madera, o de cartón imitando a madera chapada, que porta sobre el hombro y que sujeta de la esquina con una mano. En la otra, doblada, la chaqueta, de paño, ni siquiera de algodón, ajada de tantos y tantos viajes trabajando. ¡Qué mal país!, repite como una salmodia, mientras el dolor del brazo se le hace insoportable por la tensión que la maleta le produce en el brazo. Por el peso de la maleta, por el peso de un país tanto tiempo sufrido, de una vida tanto tiempo soportada. Y el rictus de la cara es de un dolor tal que traspasa el tiempo y se hace eterno. Sin embargo hay en sus ojos como una chispa, algo de viveza que le hace moverse con cierta rapidez y determinación en busca de algo que ni él sabe pero que intuye o quiere intuir, por él, por ella, por ellos, hacia los que gira, de vez en vez, la cabeza, cuanto puede o cuanto el cuello le permite por la maleta impuesta, alegoría fantasma de su vida, en busca de unos ojos que le aprueben la decisión tomada, que le ayuden en el caminar hacia ese destino del que tan solo sabe que llegará. Ojos que miran a los suyos con un amor no exento de miedo o de no sabe qué. Ojos marrones, casi negros, casi etéreos. Ojos abisales... Ojos que al recibir su mirada le llevan el espíritu a la languidez, al abandono. Porque no hay nada más parecido a la verdad que el silencio de una mirada infantil. La madre, un poco detrás y al lado, como protegiendo a los niños y mirando ora hacia delante, ora a los niños, ora a su marido. Es la hora de empezar de nuevo. Otra vez. Por las circunstancias vitales que les impone el país y ellos mismos, o él mismo. Porque su interior es así, porque él es así. Siempre hacia delante, siempre hacia otro lado, siempre arrastrando su figura y la de los demás, que aceptan porque es él, porque no tienen conciencia, y si la tienen no tienen capacidad de decidir o de comprender el resultado del hecho.
Y siempre fue así. Siempre es así. Siempre será así.

23/7/08

Ella

Es como mirar y dejar que el aire se quede inmóvil a su alrededor. Hace que la atmósfera adquiera tintes de locura, impensables fuera de ella. Pero de una locura lúcida. Te invita a la ausencia. Y te dejas ir. Miras y te deleitas. Observas. La sinuosidad de las formas con que dibuja el cuerpo, tumbado, como a descompás. Sugerente, invitador, atrayente. Desde el imperio de unas piernas infinitas, moldeadas como a cincel, etéreas, marmóreas en su color y tersura, en una ángulo de cuarenta y cinco grados; la izquierda ligeramente sobre la otra, y ambas dirigidas hacia la derecha. Las caderas, terminándolas, y en su centro el Monte de Venus. Espesura que invita. Color de la tierra. Tenues sugerencias de lo que parece. Promesas. Lentitudes. Altares. Todo lo inmanente en él. La cara y la cruz. El principio y el fin. El alfa y la omega. La vida. El origen de la vida. De toda vida. De mi vida. La fascinación que asciende a base de una cintura que se cierra en torno a la unión, al centro, al eje alrededor del cual gira el cuerpo que eleva, mi centro gravitacional, el hecho sobre el cual hace que todo nazca y todo muera. Centro de centros. Y en su plano los senos. Hermosos. Suaves y esbeltos. Blancos y con un ligero color de ocre en su centro. Brillantes. Excelsos. Abiertos. Y la mirada sigue deslizándose, hacia el rostro, en un tobogán infinito que no acaba nunca. Que se detiene en el continuo repique antes del cuello. Eterno. Y ahí el mármol se hace pétreo. Locura de siglos. Círculo de espirales sin fin. Sin principio ni final, sin origen ni destino, sin ida ni retorno. El lugar donde quedarse. El lugar de todo comienzo. La locura perfecta. Pedestal de un óvalo clásico. Italiano. De puntales marrones que te observan con hondura, que te mutilan. Que hieren de tanto que entran. Que queman. Que destrozan. Ojos antiguos. Ojos serenos. Ojos. Y sobre el blanco de las sábanas, a modo de corona, negro el pelo. Desparramado. Azabache sobre satén. Negro sobre tonos de blanco.
Todo lo que la mirada bebe no es sino el espejo de mi vida. La luz. Mi alma reflejada. El alma. Todas las almas. El lugar donde quiero vivir. El lugar donde quiero morir. El sitio. Mi hogar. Ella.

16/7/08

Suicidio colectivo


Si no fuese porque en el hecho hay dos personas muertas, la noticia me movería a la risa. La leí recientemente: “Un grupo de personas pertenecientes a una Secta apocalíptica en Rusia salen de una cueva en la que esperaban el fin del mundo”. Y salieron porque los socorristas les dijeron que corrían peligro de morir envenenados, ya que entre ellos había dos personas muertas y sus cuerpos estaban en descomposición, que si no lo mismo se habían quedado ahí. Su líder había sido diagnosticado de esquizofrenia unos años atrás y de demencia unos meses antes. Y a pesar de ello o por ello, un grupo de personas le sigue en su loca prédica. Este hecho se ha repetido a lo largo de la Historia, y es relativamente común en nuestros días. ¿Por qué hacemos esas cosas? ¿Por qué seguimos a locos en sus locuras? En otro momento escribí un artículo titulado: “¿Por qué nos suicidamos?”. Tal vez ahí haya algunas respuestas. O no, que de eso no creo saber mucho a pesar de haber leído bastante sobre el tema. ¿Quiénes son estos predicadores de la religión y la política? ¿Quiénes son sus seguidores? ¿Qué busca el seguidor en el líder “loco”? ¿Qué necesita? ¿Qué le falta? ¿Dónde está el fallo del sistema social, si es que lo hay? ¿Se puede hacer algo en ese sentido para evitar esos casos o esperar a que sucedan? Un ejemplo, aunque no sé si servirá. ¿Se debe permitir el ascenso de un Hitler al poder porque lo consigue de manera democrática?

13/7/08

¿Qué es Arte?

Nam June Paik. "Buda y televisión"

Sala del IVAM (Instituto Valenciano de Arte Moderno). Valencia. España.

Es una pregunta muy extendida y muy contestada. Con contestaciones de lo más variopintas. Quisiera apuntar algunas reflexiones. Wilde decía que es lo único que merece la pena, y que nos olvidamos de que la belleza sólo está en el Arte. Partiendo de ahí he de decir que es muy difícil llegar a poderlo afirmar. La crítica moderna se mueve por parámetros que van más por el pragmatismo de la comercialidad y la necesidad de vender, que por el sentido de lo artístico y su verdadero valor. Lo nuevo, cuanto más impactante y distinto es considerado más que lo no distinto.
Si nos fijamos en algunos de los premios nacionales concedidos en Inglaterra observamos obras que considerarlas Arte entrarían en los anales del absurdo, y sin embargo así es. ¿Es Arte la obra de Hristo? No lo sé. No lo creo. Incluso, y sé que seré anatematizado, Miquel Barceló, el gran pintor español de estos tiempos, no lo es tanto para mí, y pienso que el tiempo lo pondrá en su lugar, pero esto se sale de lo que he planteado al principio. ¿Es Arte una mierda humana colocada en el centro de una sala de un museo de Arte Contemporáneo? ¿Una habitación con una bombilla en una esquina que se enciende y apaga a intervalos de diez segundos? ¿Una silla sobre la que reposa una televisión rota? Han ganado premios y han estado o están expuestas en museos.
El Arte está en la emociones, es aquello que consigue emocionarnos, y por tanto casi todo es arte si nos emociona. Otra cosa es que el arte sea de calidad. Y ahí si que ya no entro, porque la subjetividad es la que es. ¿Es Arte la pintura paleolítica y neolítica que no pretendía emocionar, o sí -¿quién lo sabe?-. ¿Qué es Arte? Se necesita saber mirar, como decía Saramago, para poder decir qué es Arte en ese sentido. Y yo, al menos, todavía estoy en ello. Lo que si sé, eso sí, es lo que me gusta y lo que no, lo que me emociona y lo que no. Y en un mundo vacío de personas, el Arte te llena esos huecos. Que ya es.

11/7/08

¿Qué es Literatura?

Quiero, con esto, hacer un guiño, y mostrar algo que llevo dentro y que no sé muy bien como explicar.
¿Son las letras de las canciones -las buenas canciones de buenas letras- Literatura? Ahí les dejo un tango, y que sea lo que Dios quiera. Para mis amigos argentinos. Y qué cosa más curiosa, tanto que hemos hablado y de eso no. Pero alguno me mostró el lunfardo, y qué impresionante, qué descubrimiento. Ya hablé del flamenco, y de Morente y del por qué. Ahora del tango y del por qué. Y hay más, lo sé, pero para muestra un botón.
Para los españoles prácticamente sólo existe Gardel (en cuanto al tango), y sin embargo hay cosas que te dejan desnudo. ¡¿Y las palabras?!
Sólo eso. Ahí está:

Aguja brava
La laburó de guapo, piolamente,
y la milonguera, su caro berretín,
ñapada postamente en su bulín,
rejunó cayetana el expediente.
Era una naifa piya y cadenera
que andaba con la yuta cabreiroa;
con prontuario a la gurda, sobradora,
y una pintusa de percanta buena.
Él, que había sido un liso bien cheronca,
un caferata de tapín y escuela,
perdió su cancha laburando, ¡oi'dioca!,
de colchonero y refilando tela.
Tanto amó el longipietro a la taquera
que aguantiñó, cabrero,
que la barra nochera lo llamara,
por pamela y por merlo mishé,
Aguja Brava.
Y así terminó un piola, Aguja Brava,
que por amor quedó cardando lana.
Antes, sacaba tela de las minas
y ahora le hace colchones a la cana.

La respuesta está dentro. Solo hay que saber entrar y ver.

10/7/08

El Arte en mayúsculas. La Vida.


(Enlazando con el escrito de enero, sobre "El grito" de Munch, y cambiando de registro. Por diversas razones que no vienen al caso).

Hay veces que el Arte se produce con mayúsculas, y es en esos momentos cuando alcanza una intensidad que te hace temblar. Pasa pocas veces, pero se da. En los momentos que se produce alcanzas un estado en el que todo cabe, en el que todo es posible. Sólo hay que dejarse llevar y estar. Pero eso pasa en contadas ocasiones, y por eso hay que saber mirar y dejarse llevar. El perder eso es triste, y ya sólo cabe llorar por la pérdida, salvo que no lo hayas visto pasar. Esto que escribo es una forma de hacerme perdonar. Un desagravio. Un homenaje a los amantes de la Ciencia Ficción, con mayúsculas también. Blade Runner es, no una película, es la película. Pero el libro en el que está basada, “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, es de una originalidad, de una belleza, que induce al llanto, por la emocionalidad. Y la película de Ridley Scott, también. La escena de la paloma y las palabras pronunciadas por el androide ante la muerte: ” he visto cosas que vosotros no podríais imaginar… y todas esas cosas se perderán… como lágrimas en la lluvia.”, al salvar a Deckard, son de una belleza inconmensurable. Amaba tanto la vida que… Y si las unimos a las imágenes y a la música de Vangelis, no cabe otra cosa que morir de placer. Extasiarse ante la belleza infinita que la vida, en contadas ocasiones, te da. Hay otros directores de cine que consiguen recrear algo así. Stanley Kubrick, sin ir más lejos. Pero lo dejo ahí. Cuando todos los sentidos se unen en uno solo, sólo cabe dejarse llevar. Eso es vivir. Amo la vida como nada, aunque a veces me den ganas de morir ante ciertas cosas. Pero tampoco quiero entrar ahí. Transcribo unas palabras del libro anteriormente mencionado, sobre el cuadro "El grito", de Munch:


"Muestra a una criatura pelada, con una cabeza semejante a una pera invertida, que apretaba sus manos horrorizadas contra sus oídos, con la boca abierta en un vasto grito mudo. Las olas encrespedas de su dolor, los ecos del grito, ocupaban el espacio que le rodeaba. El hombre, o la mujer, estaba encerrado dentro de su propio aullido. Se cubría los oídos para protegerse de su propia voz. La criatura estaba de pie en un puente, y no había nadie más. Gritaba a solas. Aislada por el grito o a pesar de él”.

Podría decir tanto… pero es preferible callar.Literatura, Pintura. Añadidle a Vangelis y el resto ponedlo vosotros. No hay más.

9/7/08

La muerte

La muerte es un hecho ineludible. Está y no sabemos hacerle frente o no la sabemos mirar. Quizás por eso nos produce los sentimientos de terribilidad. No sabemos mirar. En mi obra es una constante, y las razones he de buscarlas en los arcanos de mi infancia o incluso más allá. Pero sin duda hay algo más. La cuestión es el por qué de mi necesidad de expresarla o simplemente de expresar. Nunca entré en profundidad en ese hecho. ¿Por qué casi todos mis personajes acaban muriendo? ¿Por qué, aunque aparentemente no, la muerte es el personaje central?
Una amiga, me mandó el siguiente recorte de prensa:
Miriam Cairo: "El Hombre Muerto" (Publicado en Pag/12)
"... Al escucharlo, advertí que el ciclo natural de la vida se mete hasta el tuétano de un creador. El arte deposita su confianza sólo en ciertos individuos que hacen un esfuerzo deslumbrado por sacarse de encima el biologismo y los aires de cientificidad. Porque la idea de que una obra mientras más se parezca a la vida, más efectiva será, dinamita tanto la inspiración del artista como el vuelo del lector. En consecuencia, la obra se echa cuerpo a tierra. Se tiende a ras de suelo. Se desnaturaliza en los intentos por semejarse a la naturaleza de los hechos...."
"El tipo va a morir. Cada uno de nosotros va a morir. Eso es un hecho. No hay mucha astucia al inventar esta clase de acontecimientos, pero si se siguen repitiendo es porque a los autores se les hacen imprescindibles los hombres muertos. La muerte de los personajes ayuda a pensar la propia muerte, este es un recurso tan respetable como repetitivo. Puesto que desde hace ya mucho tiempo nos hemos habituado a morir, los autores consideran necesario que nos dediquemos a pensar la muerte. Desde que nacemos nos vamos preparando sistemáticamente para perecer. En nuestra imaginación no cabe otra posibilidad y la resurrección fue un hábito que no prosperó a lo largo del tiempo entre los hombres muertos, sean reales o ficticios. Si ese tipo no se moría, no había historia"
"...podríamos suponer que ese hombre muerto, con su muerte, alcanzaría el valor de una metáfora. Es decir que por debajo de tan redundado acontecimiento, leeríamos lo contrario de la apariencia. Si esto fuera así, el creador de la historia nos ofrecería a los lectores la posibilidad de disfrutar la lectura de otro libro, pero sin abandonar nunca los que hemos elegido hasta la eternidad."
Creo que algo podría explicar, aunque no todo. Tampoco es mi visión o no la he pensado tanto. Quizás con matices. Pero las ganas no me llegan ahora. Pongo el enlace, por si alguien quiere entrar y ahondar en ese artículo.

6/7/08

La italiana. (Por los derroteros de la nada). I

Sus ojos tenían esa vacuidad de las personas que han estado muchos años presas.

¿Y si los ojos son tristes pero te traspasan? Como un golpe en el rostro, como en los viejos tiempos. Si te ves cuando miras y ahondas en tu pasado, y vuelve el miedo y la alegría. El miedo por el ahora, cobarde; la alegría por el antes. Y como siempre, ¿qué? Sólo piensas en ti y en cómo hacerlo, sin importarte nada. Actuando como un monstruo del deshecho producido por el impacto de tanta estupidez. Preñez sobre preñez de ideas sepultadas en una mente esponjosa y maleable.
Hondos. Son hondos, con hondura, como el cante. Marrón oscuro. Eternos, antiguos. Con esa antigüedad que da la sabiduría aprendida a base de dardos clavados que se van abriendo en el alma hasta traspasarla en un misticismo puro, y que se anclan en la esperanza nunca perdida, por deseada y soñada aunque ocultada a sí misma hasta que algo o alguien la saque del pozo de su hermosura.

Verde plano que sigue hasta el final. Sin límites. Casi en un ángulo de veinte grados sobre la horizontal. Como un muerto. Verde casi céreo. Apagado. La muerte agota el impulso. Sobre ese plano las cabezas sobre torsos, con la mirada pegada al blanco del papel y las manos deslizando con fuerza sobre él. Moviéndose a golpes. La mente tratando de desgranar lo que no tiene dentro porque sus vidas son un largo camino de inutilidades. Vidas mediocres que se diluirán en el tiempo como hojas marchitándose sobre el pedestal de la tierra. Augurios de muerte.
Sólo unos ojos, tremendos, abisales, de un marrón que traspasa toda esencia de color por lo que esconden tras ellos, casi ocultos al común por las negras y tenues pestañas, largas, sedosas, que engalanan el marrón, con su negrura casi etérea, dentro de un óvalo italiano, o casi. De ninguna parte y de todas, porque en la vida no ha sido o no ha podido, porque no la han dejado. Tampoco le interesa. Y, sin embargo, me dice que no quiere perder el acento. ¿Por qué? No lo sé, responde de pronto, con un impulso vital que le sale de lo más profundo del alma. Palabras que surgen de una boca distinta, deseable, que modula las palabras con ese deje casi italiano, por sus padres, por su vida. Boca de deleites prometidos, presentidos, anunciados y esperados, deseados. Vaguedades por imposibilidades. Tal vez en otros momentos. Poder yacer junto a su cuerpo italiano, crecer con el Renacimiento y decaer con el Manierismo de ese cuerpo, envuelto en la voluptuosidad blanca. Meretrices venecianas o romanas. Sexo en su más alta expresión. Sexo de los Borgia. Sexo de los Médici. Sexo mediterráneo.
.........

5/7/08

La liturgia

El sol mancha de amarillo el ocre del albero. Intensidad de amarillo que huele a muerte, a necesidad. El calor se siente y entra en los cuerpos a dentelladas, hirviendo la sangre, hiriendo la mente. Hay como un halo que lo envuelve todo y un murmullo de codicia que recorre el coso. Blanco y negro. Rojo y negro. Ocre y negro. Negro como una tempestad aposentada en los espíritus del tiempo, en los arcanos de los ojos que miran esperando. La espera lánguida se hace lenta. El aire casi impide respirar. Se parece a las agonías vividas sabiendo que han de terminar, pero sin saber cuándo y menos aún cómo. La impaciencia arremete mientras la sombra avanza lentamente como queriendo llegar a su lugar. El tránsito del día a la noche que va a tener lugar. El juego de la suerte. El juego de la vida y de la muerte. La danza. El ritual. El sueño. La liturgia. La piedad y la impiedad. El ruego a la deidad. El sacrificio de lo profano al dios de la belleza, del llanto y de la muerte, de la risa y de la vida, del sexo. Todos son teólogos de una religión sin anarquía. Espectadores doctos de una religión con liturgia de siglos. Recatada en la belleza de esa danza que no acaba de empezar. Sabida por vivida y por bebida. Anclada en el alma de cada uno como dardos emponzoñados de dolor. Esperada por su intensidad.
Son las cinco de la tarde. El tiempo llega siempre.
El color invade el ruedo en tres filas de sacerdotes de la muerte que se anuncia ya. De la vida. Los acólitos esperan con sumisión el comienzo de la ceremonia. Todo invita a la liturgia. El toro surge, negro, imponente. El torero, de rodillas, con el capote tapando el cuerpo. De verde y negro. Tiembla. Sueña. Comienza el rito. Fiesta de sangre. Fiesta. La liturgia que se espera. El comienzo y el final. Se huele la sangre. Se mastica el drama. La muerte como invitada. La pasión en la arena y en los tendidos. El silencio. Los ojos del animal que se posan en el liviano cuerpo vestido de luces como dos ascuas hirvientes. La carrera tétrica, desbocada. La capa rosa y violeta que baila en el aire con una cadencia casi musical, de otro tiempo. El asta en el costado. El cuerpo volteado. La sangre que riega la arena. Rojo y ocre. Gritos. Ojos de espanto. Rostros ensimismados. La muerte que se pasea. El cuerpo ensangrentado. Tendido. El rostro ensimismado. Huido. Todo y nada. Deidades que aparecen y desaparecen. La muerte como espectáculo. La ofrenda. Ya todo es nada. La entrega se ha producido. La magia. La belleza. El rito. La liturgia.

2/7/08

Federico Laurenzana. Un escritor.


Descubrir algo distinto y que a la vez sea interesante es, hoy día, un trabajo arduo sino imposible. Encontrar eso en la Literatura es muy complicado si tenemos en cuenta los patrones por los que se rige el mundo de la Cultura, más, si cabe, en lo tocante al mundo editorial, dominado por el mercado y la necesidad de vender, por los best seller y la mala calidad del lector (y espero ser perdonado si ofendo a alguien o alguien se siente ofendido). No quiero entrar en el debate de lo que es bueno o malo, de si lo es lo que se vende o no, de si, en definitiva, Literatura buena es la que se lee o no, y por tanto el gusto y los colores y esas cosas. Para no derrotar, no por nada, y porque la razón de esto que escribo no es otra que descubrir o decir, más que descubrir, lo que desde que conocí sus escritos siento cada vez que me acerco a ellos, y que en los últimos días no han hecho sino confirmarme más en ello. Me refiero, que vuelvo a divagar o no señalar con rapidez, a la obra de Federico Laurenzana. Conoces por casualidades, y esas suelen ser las que te llevan a los grandes descubrimientos. “Caverna de Abstractos” me dejó profundamente impresionado. Los post que fui leyendo con posterioridad en distintos blogs (http://www.federicolaurenzana.blogspot.com/), “Virus”, últimamente, y para culminar, “Mucho después, mucho antes”, que aún no he terminado, pero que deriva por ese mundo tan suyo, particular, hermoso, distinto y “raro”, al que encuentro similitudes (con escritores especiales), pero que es distinto, lo que es de agradecer.
Siempre la Literatura hecha en Argentina me pareció de lo mejor que se ha escrito en el Siglo XX. Y como es harto conocida no voy a mencionar nada, salvo a Borges, para mí el más grande escritor del siglo, si no en general, sí al menos en Español. Y en la actualidad mis últimos descubrimientos, Rudy Spillman, por esos azares de la vida, y Alan Pauls, por una querida amiga bonaerense. Y ahora Federico Laurenzana.
Hay algo en su forma de escribir que lleva a la geometría, y esto puede parecer un comentario fácil si se lee algo de sus últimas cosas, pero yo voy más allá. Hay matemática, pintura. Escribe, narra, como si se estuviera pintando (me recuerda a los cuadros de Van der Weyden). Pero no solamente hay una historia, hay simbolismo, profundo simbolismo, y no referencias simbólicas conocidas, que las hay o yo las veo, sino algunas más que escapan al universo simbólico de cada cual, de cada espacio cultural, y que hace que surjan elementos que para cada lector, dada la heterogeneidad de estos, crean universos fuera del universo simbólico del creador. Como decía Paul Klee: “el arte no reproduce lo visible, hace visible”.
No sé por qué razón, también, la escritura de Federico Laurenzana, al menos en algunas partes de ella, me llevan a Chillida, a su obra, a su manera de entender el Arte, la Escultura. Chillida decía que “todo plano es revirado”. Esa frase podría firmarla Federico, y no solo en la forma sino, creo, en el fondo. Porque, que todos los planos son revirados no es algo que se vea, ya que los planos se ven como elementos bidimensionales de nula curvatura. Esa es la forma en que crea él, Federico. La curvatura de la línea, como su obra, exige colocar dos dimensiones en el origen mismo de la línea. Y el plano revirado de Federico, como el de Chillida, es tridimensional, sin yuxtaposición de planos. La escritura de Federico es como el espacio para el plano revirado, la Literatura misma, tridimensionalidad pura.
Para despedir esto, una frase de Platón, del Timeo, en la tarea del demiurgo: “…y todo lo tangible precisa para serlo un cuerpo geométrico de tres dimensiones”.

27/6/08

Muñeca


El tiempo, para ella, era una muñeca vestida de Dolce y Gabbana. Como una ausencia de sentido absoluto, donde sólo lo superficial cabía. Vestía la vida mientras la andaba en busca de algo que la sacase de esa agonía en que se había convertido tras ver que el mundo no paraba cada vez que ella lo necesitaba, y que, de repente, el sol seguía su curso a pesar de que ella se había anclado en la creencia o el deseo de que la luna ocupase la bóveda celeste con su palidez absoluta. Blanco inmaculado de Vittorio y Luchino. Blanco de bodas. Blanco satén. Blanco marchito. Todo negado desde que descubrió que la vida no era predecible. Todo acabado desde que aprendió que las personas, para ella, ya no eran un bálsamo sino un lastre que arrastra. Y ese deambular sin sentido le llevó al sentido mismo y notó el frío de la desesperanza, la aguja del dolor, la muerte tan cercana, el aliento de la soledad. Y vio. Miró la muñeca con cierto desdén y no pudo sino musitar un breve responso y declinar cualquier invitación que la vida pudiese hacerle y abandonar. Negro de Armani, como no podía ser de otra forma, para marchar. Negro azabache. Negro brillante. El adiós a una vida pintada de falsos colores pastel. Supo, por primera y última vez, que el final es el principio cuando no hay final. Supo, que es mejor marchar que deambular, cuando no hay razones para estar. Supo, que quedarse era morir y que, para eso, lo mejor era partir. Negro azabache. Brillante. Eterno. La luz, supo también, puede ser así.

Miradas


Ojos que me miran y me hielan, que me miran y me queman, que me miran y me aman. Me dejan y me toman. Adormecen mi alma. La mecen. La trasladan. Ojos. Miradas. Cruce. Dos, cuatro, seis. Ojos tristes. Ojos risueños. Ojos profundos. Verde amarillentos. Azul verdosos. Marrón oscuro. Grandes. Almendrados. Largos. Hondos. Ojos que saben mirar. Ojos que esperan. Ojos que dan.

Ojos de añoranza. Ojos silenciosos. La oscuridad abierta, rota, descompuesta. Ojos que inspiran. Que te arropan. Ojos que abrazan. Que te acogen. Ojos incitadores. Invitadores. Ojos vivos. La vida a través de los ojos. La vida a través de la mirada. Saber mirar. Saber vivir. Ojos. Miradas.

Ojos. Carácter. Vida. Muerte. Ojos. La luz. La mirada. Colores. Formas. Movimientos. El infinito. Ellos, tú, yo. Nadie. Todos. Nada. Todo. Mirar. Ver. Vivir. En sus ojos. En tus ojos. Con mis ojos.

Solo quiero verlos. Mirarlos. Ver. Mirar. Vivir.

14/6/08

La suave cadencia de la vida.

A veces un color, un único y tímido color, puede inundar el alma. A veces ni tan siquiera toda la paleta del arco iris puede sacarte una sonrisa de ella. A veces nos ofuscamos porque una nube parte el sol y oculta un trozo de él. A veces esa misma nube nos muestra la belleza que esconde tras ella. Todo es cuestión de saber mirar, de saber ver. Todo es tan simple como querer ver. Pasamos al lado de una flor y la ignoramos. En cambio le exigimos a la vida un jardín completo. Tenemos al lado personas y nos miramos dentro. Se nos ofrecen y queremos espacios libres porque nos da miedo. Cuando nos faltan salimos a la calle para rodearnos de multitud y entonces gritamos llamándoles. Así nos conformamos. Tenemos y despreciamos. Nos dan y lo ignoramos. Pedimos. Sólo nos vemos a nosotros mismos, y cuando no obtenemos negamos. Vemos caer los pétalos de una rosa y pensamos que ha muerto. Nos desilusionamos. Partimos. Nos quedamos con el detalle. No pensamos que esos pétalos siguen siendo bellos y nos muestran que la vida es un eterno fluir. Y por eso, al irnos, no vemos como nace una nueva flor. Somos incapaces de mirar esos detalles llenos de belleza y armonía que la vida nos da a cada paso: las flores pequeñas, las margaritas… Somos incapaces de apreciar lo hermoso que es ver la vida poco a poco, con sus sinuosidades. Queremos la voluptuosidad constante sin entender que es en los pequeños detalles donde está la belleza. Pero hay que saber mirar. Somos tan necios que no entendemos como la Naturaleza inunda de música sus cuadros más bellos y que estos son los más pequeños, los aparentemente menos atractivos. El árbol, siempre, nos impide ver el bosque. Y es que somos así de necios. Preferimos mirarnos dentro y no mirar fuera y en los demás. Somos así de intranscendentes. ¡Qué le vamos a hacer! Somos tan simples que no queremos ver. Nos conformamos con la nada vestida de apariencia alegando que no somos capaces de tener, de dar, de mirar, de contemplar. Es fácil echarle la culpa a los demás o a lo demás. Queremos todo en exclusiva y no nos damos cuenta de lo que tenemos y lo que se nos da. Pero la rueda es sabia. El tiempo muestra. Lo malo es que a veces no hay vuelta atrás. Y entonces sólo nos queda el recuerdo de esa margarita que dejaba caer sus pétalos y el bello sonido del aire a su alrededor. Sólo nos queda llorar. Pero somos tan necios que incluso en esos momentos diremos: "no importa, habrá más". El problema es que perdimos, probablemente mucho, sino todo, y que seguimos sin saber mirar.

3/6/08

Cuaderno de viajes. Marrakech II. La ciudad de día. Djama El Fna. El nexo


Homenaje a Paul Bowles.
Marrakech. La ciudad de las tres ciudades. Tres ciudades en una. Tres ciudades que se transforman en dos al caer la noche. Así es Marrakech. La antigua, la moderna, y la plaza de Djama El Fna. Una ciudad en sí misma, que se transforma en moderna para el turista, cuando sale el sol, pero que al caer la noche vuelve a su origen y queda, solo, la ciudad antigua. Djama El Fna.
Marrakech es así porque sus gentes lo hacen. Djama El Fna es la plaza para vender, durante el día; para vivir, durante la noche. Modernidad. Vetustez. El centro de la vida. El centro de la ciudad. El centro de todo. Todo en ella misma. Origen y final. Alfa y Omega. De donde se viene y adonde se va. Por donde todo fluye. Poblada de tenderetes y tiendas abarrotados de productos y de personas. Pero sobre todo de personas. Distintas. De miradas distintas. De vestidos distintos. De olores distintos. Productos distintos, aunque eso es lo de menos. Se vende todo. Se venden todos. Miras y eres mirado. Te miran para vender, para venderte, para comprar tu dinero y, si es posible, tu alma, por el dinero. Venden lo que tienen y lo que saben. Lo que son. Le venden al que busca su producto y al que busca otra cosa, incluso sin saber muy bien que es, de uno u otro lado. Se viaja allí para buscar algo, o a alguien o a uno mismo. Como el estadounidense de ascendencia mejicana, adinerado, que busca el sexo de un muchacho que apenas dejó de ser púber escasos años atrás. De ahí quizás… Como enfermos en busca de remedios ancestrales. Se viaja allí con la esperanza de que en los orígenes esté la solución a la desesperanza, a la monotonía, a las vidas grises. Pero Marrakech sólo cura si se sabe mirar en uno mismo, dentro de sí.
La ciudad antigua gira en torno a la plaza de Djama El Fna. Ésta es su corazón. Su alma. Como un apéndice unido a la plaza y separada. Conforme te alejas de ella, lo haces también de todo lo parecido y entras en lo desconocido, en lo no presenciado, en lo no mostrado. Se ve entonces la cara real. La verdad. Marrakech. Rodeada por la muralla. Ocre. Como protegiendo. Ocultando. De un ocre de barro. Antiguo. Desierto. El abismo entre tú y él. Entre nosotros y ellos. Entre Oriente y Occidente. Europa y África. La muralla es la frontera vista desde la ventanilla de un taxi ruidoso y destartalado que te han buscado sin pedirlo y sin quererlo. El ruido está dentro y fuera. La música te invade con la cadencia típica. El olor lo envuelve todo sin dejarte la capacidad de sustraerte a él. Ruidos y olores. Colores. El marrón es inmenso como contrapunto al azul del cielo. También inmenso. Inmenso e intenso.
Tras la muralla, el mundo. Otro mundo. Y sus miradas. Miradas que te traspasan. Que se hunden en ti como garfios. Desconfianza. Miradas que mezclan el temor y el desafío. Desconfianza. Quizás… Las personas van y vienen sin parar. Algunas. Las más. Otras están sentadas. Las menos. De una forma individual. En los escalones. A las puertas de los negocios. En sillas plegables que se llevan de un lado a otro. Viejos sobre todo. Hombres sobre todo. Y un olor nauseabundo lo invade todo. Te destroza el cerebro tras atravesar la nariz. Olor inmundo y suciedad absoluta. Ríos de líquidos fétidos llenan las calles mezclándose con las boñigas de los burros, aplastadas. Es insoportable. Se pega a la piel y te acompaña. Y las miradas. Avanzas hacia dentro. Hacia su centro y te sientes distinto. Te hacen distinto cuando te miran. Te observan. Se adentran en ti por la mirada. A través de los ojos. Con los ojos. Te preguntan: ¿Qué? ¿Qué haces? ¿Qué quieres? ¿Qué buscas? ¿Quién te crees? Y a la mujer de otra forma. Igual y peor. Deseo. Sonrisas de deseo. La desnudan. La acosan con la mirada. Te rodean para clavar la mirada en ella. Sin pudor alguno. Sin miramiento alguno. Para desnudarla. Miradas obscenas que no se detienen ante el hombre. Ante nada. Nada importa. Sólo eres extranjero y esta es su tierra. Eres incapaz de comprender nada.
Las casas deshechas. Los lugares de trabajo, lóbregos, medievales. Y el hedor que todo lo invade. Tiendas y tiendas hacinadas y ningún comprador. El vendedor a la puerta, sentado o acuclillado. La mirada perdida. Con esa espera en la mirada. Hasta que te ve y entonces te mira de esa otra forma. A veces una tienda grande, escondida, casi oculta. Te entran. No quieres pero te entran. Te miran. Te venden. Sonrisas falsas. Te siguen sin dejarte, en una suerte de procesión. Temes si no compras. La mirada te infunde temor. Movimientos lentos. Susurros. Parecen no estar. Están. Siempre están. Los notas. Los sientes. Y al final el miedo. Y el miedo te hace comprar. Es todo belleza. Exquisitez. Objetos preciosos. Mil y uno. Y al final compras. Pero por miedo. Y quieres salir. Regateas. Crees que ganas y es probable. Ellos también. Pero se compra por miedo. Parecen hacerte un favor al venderte al precio que has impuesto. Miradas de desprecio. Por tu regateo. Y la mirada del vendedor se transforma. Miedo. Desprecio. Y de nuevo en la calle donde respiras. Y el olor de nuevo. La libertad tras el miedo. Ya tienes un objeto. Ellos reconocen la mirada del nuevo. Del turista virgen. Días después saben que no eres el mismo y te miran distinto. Saben. Siglos de mirar. De comprar y vender. Siglos de aprendizaje. Siglos eternos. Tu presencia corre como la pólvora. De boca en boca. Se sabe que estás. Qué quieres. Quién eres. Y tú no sabes qué. Al final sí. La experiencia. El conocimiento. O simplemente una babucha, una tetera a buen precio y poder contar en casa que estuve en África, en el Islam, dentro. La calle te envuelve otra vez de ruido, de olor y de color. Otras miradas. Las de antes. No puedes dejar de mirar. Tan distinto. Tan distante. Hay distancia de siglos. En todo. Todo es antiguo. Todo es diferente. Nadie es alguien. África. Islam. Otro mundo. Un brazo de agua de apenas quince kilómetros y hay otro mundo. La diferencia más absoluta. Y es que no sabes. Desconocimiento. Miras a todas partes queriendo saber, queriendo ver, queriendo conocer, y encuentras que no puedes. Te haces una idea que sólo te sirve para deambular. Necesitas tiempo. Mucho tiempo. Y despojarte de todo. Entrar desnudo. Entrar lento. Y el río de personas crece sin parar como una marea que sube conforme avanzas hacia la frontera, hacia el centro. Hacia Djama El Fna. Y las tiendas se transforman para el turista y los productos se hacen neutros a pesar de los colores y los sabores. Y las personas se hacen neutras y adoptan el papel. Sonríen. Te mienten al mirar, al sonreír, al hablar. Ya es sólo vender lo que buscan. Productos para extranjeros. Y ya no buscas ver, oler, saborear, tocar, conocer. Ellos lo saben. Babuchas, platos, cuencos, joyas. Ahora es todo eso. Sólo eso. Da igual tuareg que bereber. Árabe o cualquier otro. Todo es igual. Te asaltan nada más verte. Creen que no pero se venden. Igual que tú. Todo es una venta. Mercado medieval. Mercado oriental. Mercado occidental. Mercado. Te ofrecen tatuajes protectores en las manos y en las piernas. Los encantadores de serpientes te ofrecen su imagen. Una moneda. Después. Ahora. Prometes. Te dejan. Después te recuerdan. Te ven y exigen. Negativas. Te dicen de todo. Al principio promesas de hijos. Ahora maldiciones. Entra aquí. Sólo mirar. Más barato. Babush. Más barato. Sólo mirar, no comprar. Sonrisas melifluas. Vacías. Te parece degradante. Agobiante. Desasosegante. Y el calor. Y el olor. Cansancio sin límites. Necesidad de respirar. Y la mujer es mirada. Desnudada. Asediada. Quince mil camellos. Es muy bonita. Mujer muy bonita. Es insoportable. Quieres conocer. Quieres ver, saborear. Pero todo te lleva casi al hastío.
Comer y respirar. Desde arriba. Fuera de ellos. Fuera de todo. Ver con otra perspectiva. Movimiento. Personas distintas. Los distintos vendedores y siempre los mismos. Iguales procesos. Te relajas. Te serenas. Un té. Quieres comprender. Sonríes y justificas. Intentas comprender.
Y vuelves. Y todo comienza. Nada cambia. Todo sigue igual. El calor te mata. Y presencias lo increíble cuando estás a la sombra de un soportal. El único soportal en toda la plaza. Mientras observas. Gritos. Una multitud que se acerca. Más gente. Observas incrédulo el proceso. Una prostituta es abucheada, insultada y ridiculizada. Perece un linchamiento. El pueblo contra una puta. El mismo pueblo, sus hombres, que no paran de mirar, de desnudar a la mujer que se cruzan. Los hombres que babean ante ella, que miran obscenamente. Ese hombre. Esos hombres ahora cercan a la prostituta. El gentío aterra. Dos policías la llevan. ¿La protegen? Ella llora. El rimel le pinta la cara. Viste a la europea. Tiene miedo. Pánico. El miedo se refleja en sus ojos. Otra mirada. La meten en un coche de policía. Todos lo rodean. Miradas terribles. Otra mirada. Si pudieran… El espectáculo te deja atónito. No comprendes nada. Es imposible. Aturdimiento. Incapaz ante lo inconcebible. ¿De dónde sale eso? ¿Por qué tanta hipocresía? Niños azuzados. Niños que azuzan. Mujeres que increpan e insultan. Hombres que insultan. Hombres que hieren con la mirada. Otra mirada. Hombres que hieren con la palabra. Risas de burla. Risas imposibles. Risas increíbles. Terror y dolor. Miedo y desesperación. Incomprensión. Todo se deshace cuando el coche policial desaparece. Y no crees nada. La vuelta al pasado. ¿Así éramos también nosotros? ¿Así somos? Desprecian lo que desean. Desean lo que desprecian y quieren tener. Deseo. Miradas de deseo. Miradas de odio. Miradas.
Y sales fuera porque te niegas. Los arrabales. Otra vez la muralla. La frontera entre las ciudades. La frontera entre los mundos. Los colores. Pobreza extrema. Se vende todo. Cualquier cosa. Una moto vende naranjas en un par de alforjas. Un carro vende chatarra. Un carromato vende comida bajo una sombrilla de Camy. El muecín llama a la oración y algunos oran. Todo se para. Para algunos. Sólo para algunos. El resto sigue. Vende. Anda. Vive. Bajo un toldo comen y juegan. El sol quema y te mete ahí. Té verde. Menta. Cardamomo. Calor. Y los olores que los llevas y te queman. No puedes dejar de mirar las miradas y sus alrededores. Quieres irte viendo. Salir de ahí y descansar el cuerpo, la mente y el alma. Pero las miradas fijan tu mirada. Sus formas. Sus actos. Sus miradas. Su mirada. La mirada.
Y la noche se acerca. Y el sol ya no quema. Necesidad de otra cosa. Respirar. Descansar. Te vas. Embotado. Pero sabes que quieres volver para ver, y conocer. Para saber. Marrakech. La ciudad eterna. La ciudad africana. La ciudad musulmana. La tierra de Dios. Marrakech es el desierto. Marrakech es la ciudad antigua. Marrakech es la ciudad. Una y mil. Puedes encontrarte si sabes buscar. Puedes encontrar si sabes mirar.
En Marrakech hay tres ciudades. Pero sólo hay una. Tan solo es cuestión de estar. De saber estar. De ir desnudo. Y la noche llega a Djama El Fna. Y empieza el rito. La noche eterna.
Bajo el cielo protector.

2/6/08

Deja que el viento. Como el viento.

Si quieres, ahora, moriré en ti; pero si quieres, espera, y deja que haga de esta noche la noche, vertida de estrellas que rodearán tu rostro y recrearán la luna y serenarán tu alma. Si quieres, aguarda, y haremos de esta noche la noche brillante, la noche de tantas promesas suplicadas en paciente espera y nunca entregadas. Déjame estallar en mil colores. Déjame entregarte el alma. Deja que muera. Permítele a la noche hacer que sea la última. Derramarse negra. Azabache. Llevarme dentro. De ti. Alejarme fuera. Morir lento. Con la suave cadencia que la brillantez de esta noche permita. Abrazaremos la vida. Nos pasearemos en ella. Beberemos el cáliz del pecado sagrado. Leeremos el Evangelio de lo sublime. Viviremos en la brillantez de esta noche creada para sentirla, como ninguna. Quizás sólo una. Quizás la última. Pero permite que me meza en ella. Déjame arder en los fuegos. Entrar por las rendijas del viento y sentir como solo él puede hacerlo. Lamiendo. Dejando que mil colores me pinten y me despojen del negro. Dejando que la luz me abrace. Déjame hacer de esta noche una noche brillante. Creyendo. Creyendo en mis palabras. Dejando fuera el miedo. Acabaremos con los mentirosos y, por una vez, por una inmisericorde vez, si crees en mí me iré lento. Cree y serás salva. Cree y te ensalzaré más allá de cualquier Dios. Ven y dame tu noche y te juro por los más adentros que haremos de esta noche una noche brillante. Nos verteremos y explotaremos en millones de burbujas de oro y diamante. Déjame hacer de esta noche la noche. Ya no hay espera. Y mañana sólo la vida. Si quieres, ahora, moriré en ti; pero si quieres, espera, y moriré, en ti, lento, pero viviendo. Muy lento. Así lo quiero.

21/5/08

Cuaderno de viajes. Marrakech I. La noche marroquí.


Mi homenaje a Paul Bowles.


Ruido. Excesivo ruido. Coches viejos. Motocicletas viejas. Gente andando de un lado para otro. De allá para acá. Sin destino aparente. Vida. Continuidad. Ir y venir de cuerpos, de miradas, de deseos. La luz es distinta. Casi quema. La luz es pura. De un amarillo tan intenso que duele. Casi marrón. Como la arena. Como el desierto. La luz es el desierto. El desierto es la luz. El desierto es la ciudad. La ciudad es la luz. La ciudad son las personas. Las personas son la ciudad. Las personas son el desierto. Y un río humano cruza la plaza. Día y noche. Nunca para. Colores. Mil y un colores que atraviesan las retinas y se instalan en el cerebro con un poder inmaculado. Todos los colores. El color. Olores. A personas, a especias, a los colores, a los sabores anunciados y deseados, a la vida.

Se hace la noche y un comedor abierto al aire y a todos, invitador, ocupa media plaza. La otra mitad, vacía de mobiliario, es un devenir constante de gente. Menos que de día, pero constante, y que en la noche hierve de nuevo. El humo se esparce por todas partes. Va y viene en función del viento. Huele a carne y a especias. Las personas yendo y viniendo, sentándose y levantándose. De cualquier edad y condición. Mujeres y hombres. Mayores y niños. Lo que de día eran mil puestos de mil productos diferentes y parecidos se ha convertido en otros mil de pequeños restaurantes, o comedores al aire libre más bien, montados en un par de horas, a la caída de la tarde y que cuando el sol se apaga inundan de luz con sus filas de blancas bombillas el espacio rectangular que ocupan, uno al lado de otro hasta perderse casi en el final de la plaza. Los bancos llenos, de gente del lugar que come con las manos directamente en los tajines, en los platos. Los de fuera, los extranjeros, miran sonriendo a los demás, y con cierta aprensión a la comida, mientras se regodean bajo las filas de blancas bombillas, por los pocos euros o dólares que han de dar por lo que comen. Hay avidez, cierto deleite, placer. Los colores y los sabores de la comida llenan los platos. Blancos casi siempre. A veces sin platos, sobre el papel gris de estraza. Los tajines de barro cocido, llenos, de donde se coge la sémola, con los dedos, y la verdura y la carne, con los dedos y con el pan. Cardamomo, canela, llenan, con todo lo demás, las pituitarias, esparciendo el mundo oriental en los cerebros y en las almas.

Corros. Hay corros de gente que miran con expectación y se miran con avidez. Los encantadores de serpientes, sentados, en el mismo lugar desde el amanecer. Los veedores del futuro, con cartas, huesos y libros sagrados, a los que unos pocos se acercan, en silencio, y sin mediar palabra comienzan el rito de pedir que les vea su porvenir. Se acuclillan ante el hombre sentado, tocado de turbante, la chilaba cubriendo su cuerpo. Sentado con las piernas cruzadas. Lanza los huesos, tras agitarlos en el hueco de las manos, a modo de cáliz sagrado, y los interpreta. Le pasa un brazo al pedigüeño de su saber futuro, por los hombros, y con los labios en su oído le cuenta lo que ha sido, lo que es y lo que será. El otro oye como arrobado y se marcha sabiendo o creyendo que sabe. Se incorpora. Le da unos dirhams. Comienza el rito de nuevo, con la lectura de los libros sagrados. Los encantadores de serpientes siguen con la flauta lyra y el pandero y el tebel, su ritmo monótono, moviendo el instrumento de viento ante la cara del ofidio, con medio cuerpo incorporado mientras lo balancea de un lado a otro, como entendiendo la música. A unos pocos pasos de este corro, en cualquier dirección, otros corros, de músicos y personas que les escuchan. Parecen hacerse la competencia unos a otros. Músicas iguales y diferentes. Los mismos instrumentos. Cadencias opuestas y similares que suben y bajan. Y la voz. Omnipresente. Y las palmas. Omnipresentes también. Algún ribab. Los menos. Una música continua, sin solos, con poderes hipnóticos y curativos, dicen. Es un sonido que apabulla, que te lleva si te dejas llevar. Que te transporta fuera de ti. Otros corros comienzan con el sonido grave y profundo del guimbri o sentir, instrumento de tres cuerdas y caja rectangular que da un ritmo continuo, resaltado luego por las cárcabas, especie de castañuelas metálicas, en lo que parece ya un tren imparable sobre el que lanzan sus plegarias y frases a coro. A veces alguien entra en el círculo formado por músicos y oyentes. Baila como poseído siguiendo el ritmo de la música, cada vez más rápida, más estridente. Imparable. Hipnótico. Bailes antiguos. Alrededor del sonido. Dentro de él. Los sonidos llenan el cálido aire. Diversos. Viejos. Interiores. De muy dentro. En busca de la magia. Belleza en movimiento. Movimientos de extrema belleza. Casi derviches. Hay miradas perdidas, de niños y viejos. Sólo se mira a la mujer. Miradas que se cruzan. Cuerpos que se cruzan. Algunos chocan con ella. Rozan con ella. Con sus pechos. Con su culo. Las miradas proceden de personas que están de pie o que están sentadas. Persiguen su cuerpo. Nos movemos para evitar las miradas y los roces. El sentimiento es de desnudez. Miradas obscenas. Libidinosas. Un niño, apenas un niño, se acerca, con la bragueta desabrochada y una mano acariciándose el sexo. Se coloca frente a ella. Nada nunca antes visto. Imposible. Increíble. Incomprensible. Despreciable. Asqueroso. Obscenidad sin límites. Nos movemos para evitar ser espectáculo dentro del espectáculo. La perversidad de la lujuria. El no entendimiento. Desde lejos observamos el rito de la música y del baile, mientras los olores del aire preñados de especias llenan nuestro interior. Los sonidos, los olores y el calor nos introducen en el rito. Otros ojos nos observan. La observan. No hay más. No podemos más. No puede más. Se siente asqueada. Los ojos nos siguen. Los ojos la siguen. Se levantan hacia nosotros. No deja de mirar con la mirada obscena. Invita. Obscenidad. Bajeza. Hace gestos de besos. Eso es Djama El Fna. Noche de Marrakech. Noche marroquí. Noche africana.

Ya no hay ruido. Solo el eco de lo vivido. De lo visto y oído. De lo olido y degustado. De lo sentido. La vida en un sin parar de sentidos. Y ya solo el último. Como culminación. Como nexo. La vida de los sentidos. Bajo el cielo protector.

7/5/08

El sexo en el Arte


Hace unos días leí que en Inglaterra se censuraban determinadas obras publicitarias que tenían relación con el Arte porque dañaban la “sensibilidad” del que mira o del que podía mirar, ya que se pusieron en el metro de Londres, lugar al que accedían todo tipo de personas (edad y condición).
Como este tema, el del Arte, lo que es Arte, ha sido tratado aquí en varias ocasiones, y a raíz de la última (el artículo de Juan Carlos), me lanzo de nuevo por estos vericuetos con la esperanza de cotejar opiniones y decir algo.
Una sociedad se rompe cuando la libertad de expresión se amordaza. Cuando la belleza del ARTE, en su más pura expresión, se censura. En el mundo en general, el ARTE siempre debe estar presente. La belleza, en cualquier forma de expresión artística, nunca ha de ocultarse al ojo del que debe aprender. No debemos ser tan estúpidos como para no admitir que en cualquier lugar no se nos permita mostrar y ver el Arte y así aprender a amarlo, eliminándolo porque nos enseña que existe el sexo. No debemos ser como aquellos papas que ocultaron el sexo de las estatuas desnudas con una hoja de parra. ¿Mandaremos eliminar la Maja Desnuda de Goya, la Venus del Espejo de Velázquez y el Jardín de las Delicias del Bosco?
Cuando el ARTE, en su sentido más puro, aparece ante nosotros, debemos deleitarnos con él, aprender de él. El ARTE es libre, es belleza, y solo esas dos cosas merecen la pena. Pero no se debe ser pazguato. Se debe mirar con inteligencia. La risa estéril es un signo de necedad. Nunca la belleza hace daño.
El fin del ARTE es la emoción por la emoción, por eso estas imágenes están exentas de palabras. La estética hace, o debería hacer, posible la existencia. Vuelve la vida agradable y maravillosa, la llena de formas nuevas y la hace evolucionar, variar y transformarse, pero para ello hay que saber mirar.
Decía Óscar Wilde que al público se le había acostumbrado mal siempre. Le pide al ARTE que sea popular, que satisfaga su falta de gusto, que adule su absurda vanidad, que le diga lo que ya ha oído, que le muestre lo que debería estar cansado de ver, y que le distraiga de sus pensamientos cuando está hastiado de su propia estupidez. Pero el ARTE no debe ser popular, somos las personas las que debemos intentar ser artísticos, y para ello hay que saber mirar.
El ARTE es superficie y símbolo al mismo tiempo. Los que se aventuran más allá de la superficie lo hacen bajo su propio riesgo. Los que interpretan los símbolos también. El ARTE es la forma más intensa de individualismo que conoce el mundo.

29/4/08

Homenaje a Pessoa


Una vez que lees a Pessoa te queda un regusto amargo, o no amargo; pero sí notas en el paladar del alma que algo amargo, acre o de un sabor indeterminado, pero en cierto modo desagradable, se hunde en ti, amargándote, como si las raíces de la vida entretejieran una malla de aromas pútridos que traspasaran lo inmarcesible y se adentraran más allá del lugar donde deseas, entregándote algo que no quieres, sin saber bien por qué, pero que sientes como inevitable. Y una desazón te hiere por dentro y notas que no puedes, pero que debes, de ahí que te sientas indefenso y no sepas donde mirar, ni donde ir, ni a quien recurrir. Y es por ello que lo único que deseas es morir.

La vida es un supremo devenir de inconstancias. De ahí que erremos el camino con la simplicidad que nos caracteriza. De ahí que caigamos siempre en la inutilidad de lo opaco. De ahí que seamos siempre sólo necios en un mundo de necios.

Tal vez no deberíamos leer nunca a Pessoa. Tal vez no deberíamos dejar de leerlo jamás.

Estas son algunas de sus palabras más hermosas:
Y la suprema gloria de todo esto, amor mío, es pensar que quizás esto no sea verdad, ni yo lo crea verdadero. Faltamos si entretuvimos (podemos morir si apenas amamos).

17/4/08

La inmensidad del dolor ajeno


A raíz de ciertas conversaciones con algunos amigos, el tema del trabajo infantil, la explotación infantil o como queramos llamarlo, ha vuelto a mi cabeza. Y lo ha hecho con una fuerza mayor, si cabe, de lo que de común anda en ella. Lo terrible de las miradas de algunos de los niños que he visto en determinados lugares, me ha destrozado el alma como pocas cosas en esta vida, y ando con esas miradas como un fardo del que es difícil desprenderme, y del que, por otra parte, no quiero desprenderme, pues me une, de alguna manera, a ellos, y me mantiene despierto ante esa situación en el intento de hacer algo por ellos. No todo lo que debería o podría, pero sí algo.
Sé que no es el lugar para escribir sobre esto, y espero, por otra parte, que no se tome por lo que no es. Sé, y espero de todo corazón, que esos amigos con los que he hablado sobre el tema sabrán entender el por qué de estas palabras, y el que ellas no van en absoluto para ni contra ellos, sino que es sólo el deseo y la necesidad de expresar ésto que llevo dentro y mostrar un sentimiento mío.
Añado un par de recortes del periódico El País, de hace ya algunos años, donde se muestra algo de la cruda realidad en la que se mueven esos seres. Realidad que lejos de mejorar no ha hecho sino empeorar, en base al fenómeno globalizador y la expansión desmesurada de las multinacionales por el planeta en busca de mano de obra barata (¡¿quién más barato que un niño!?).

Doscientos millones de niños, según cálculos de la ONU, trabajan en el mundo. Quiere decirse, son esclavos.
Aunque el problema es uni­versal. India gana en las esta­dísticas: sobre una población total de casi 900 millones, tiene unos 55 de niños trabajadores, sobre todo en el tejido de al­fombras, en fábricas de ceri­llas, en tintorería. Las condi­ciones de los pequeños tejedores son similares en Pakistán o Afganistán. La industria al­fombrera se cimenta en la explotación infantil, y tampoco países como Marruecos o Tur­quía escapan al abuso.
En 1995 fue muerto a tiros en Pakistán el pequeño líder Iqbal Masih, de 12 años. Su úl­timo mensaje fue: "Importa­dores, consumidores: decid no a las alfombras hechas por ni­ños".

Un trabajador menor se expo­ne a un doble riesgo: el que re­presenta para su propio desa­rrollo la privación de la educa­ción y el derivado de la peli­grosidad que entrañan de por sí las condiciones de clandesti­nidad en las que se desarrolla. "Todos somos cómplices de la infancia maltratada.
"Costaría cerca de 6.000 millones de dólares al año (unos 780.000 millones de pe­setas) sobre lo que ya se gasta hacer que todos los niños acu­dan al colegio en el año 2000. Esto puede parecer una suma de dinero enorme. Sin embar­go, es menos del 1% de lo que el mundo se gasta cada año en armas", subraya un informe de UNICEF. El Gobierno español destina cada año a UNICEF, tan solo dos millones de dólares (260 millones de pesetas), cantidad muy infe­rior a la que aporta el pueblo español con cerca de 4.000 mi­llones anuales.

Sólo me mueve el deseo, al escribir esto, de que alguien, aunque sea poca gente, haga algo, por poco sea, de vez en cuando, cuando quiera o cuando pueda, por eliminar lo que creo que es una lacra para la Humanidad, o al menos, ayude, en la medida de sus posibilidades, a estos niños.
Sé que no es Literatura, pero para mí hay cosas más importantes que escribir, como vivir, ser feliz e intentar que las personas lo sean. Con la Literatura se puede hacer, pero hay otras formas también, y ésta, creo, es una de ellas.