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10/7/11

En Xanadu, Kubla Khan

Ilustración del Libro de las Maravillas de Marco Polo



La trama del pensamiento es especial, y es curioso cómo funciona el subconsciente (también el consciente, pero...). El azar y las conexiones, las casualidades, todas esas cosas que pasan. En un breve periodo de tiempo, por determinadas circunstancias aparecen en mi vida, o reaparecen, Marco Polo, Venecia, Mongolia, Borges, la montaña, la espeleología, confluyendo todo en el poema incompleto de Coleridge.
Siempre me gustó lo que escribió Borges sobre él, casi más que el poema mismo. Dice Borges:
"
Un emperador mogol, en el siglo XIII, sueña un palacio y lo edifica conforme a la visión; en el siglo XVIII, un poeta inglés que no pudo saber que esa fábrica se derivó de un sueño, sueña un poema sobre el palacio. Confrontadas con esta simetría, que trabaja con almas de hombres que duermen y abarca continentes y siglos, nada o muy poco son, me parece, las levitaciones, resurrecciones y apariciones de los libros piadosos.
¿Qué explicación preferiremos? Quienes de antemano rechazan lo sobrenatural (yo trato, siempre, de pertenecer, a ese gremio) juzgarán que la historia de los dos sueños es una coincidencia, un dibujo trazado por el azar, como las formas de leones o de caballos que a veces configuran las nubes. Otros argüirán que el poeta supo de algún modo que el emperador había soñado el palacio y dijo haber soñado el poema para crear una espléndida ficción que asimismo paliara o justificara lo truncado y rapsódico de los versos. Esta conjetura es verosímil, pero nos obliga a postular, arbitrariamente, un texto no identificado por los sinólogos en el que Coleridge pudo leer, antes de 1816, el sueño de Kubla. Más encantadoras son las hipótesis que trascienden lo racional. Por ejemplo, cabe suponer que el alma del emperador, destruido el palacio, penetró en el alma de Coleridge, para que éste lo reconstruyera en palabras, más duraderas que los mármoles y metales.

El primer sueño agregó a la realidad un palacio; el segundo, que se produjo cinco siglos después, un poema (o principio de poema) sugerido por el palacio; la similitud de los sueños deja entrever un plan; el período enorme revela un ejecutor sobrehumano. Indagar el propósito de ese inmortal o de ese longevo sería, tal vez, no menos atrevido que inútil, pero es lícito sospechar que no lo ha logrado. En 1691, el P. Gerbillon, de la Compañía de Jesús, comprobó que del palacio de Kublai Khan sólo quedaban ruinas; del poema nos consta que apenas se rescataron cincuenta versos. Tales hechos permiten conjeturar que la serie de sueños y de trabajos no ha tocado a su fin. Al primer soñador le fue deparada en la noche la visión del palacio y lo construyó; al segundo, que no supo del sueño del anterior, el poema sobre el palacio. Si no marra el esquema, alguien, en una noche de la que nos apartan los siglos, soñará el mismo sueño y no sospechará que otros lo soñaron y le dará la forma de un mármol o de una música. Quizá la serie de los sueños no tenga fin, quizá la clave esté en el último."


Y aquí el poema de Coleridge:


En Xanadú, Kubla Khan
mandó que levantaran su cúpula señera:
allí donde discurre Alfa, el río sagrado,
por cavernas que nunca ha sondeado el hombre,
hacia una mar que el sol no alcanza nunca.
Dos veces cinco millas de tierra muy feraz
ciñeron de altas torres y murallas:
y había allí jardines con brillo de arroyuelos,
donde, abundoso, el árbol de incienso florecía,
y bosques viejos como las colinas
cercando los rincones de verde soleado.
¡Oh sima de misterio, que se abría
bajo la verde loma, cruzando entre los cedros!
Era un lugar salvaje, tan sacro y hechizado
como el que frecuentara, bajo menguante luna,
una mujer, gimiendo de amor por un espíritu.
Y del abismo hirviente y con fragores
sin fin, cual si la tierra jadeara,
hízose que brotara un agua caudalosa,
entre cuyo manar veloz e intermitente
se enlazaban fragmentos enormes, a manera
de granizo o de mieses que el trillador separa:
y en medio de las rocas danzantes, para siempre,
lanzóse el sacro río.
Cinco millas de sierpe, como en un laberinto,
siguió el sagrado río por valles y collados,
hacia aquellas cavernas que no ha medido el hombre,
y hundióse con fragor en una mar sin vida:
y en medio del estruendo, oyó Kubla, lejanas,
las voces de otros tiempos, augurio de la guerra.
La sombra de la cúpula deliciosa flotaba
encima de las ondas,
y allí se oía aquel rumor mezclado
del agua y las cavernas.
¡Oh, singular, maravillosa fábrica:
sobre heladas cavernas la cúpula de sol!
Un día, en mis ensueños,
una joven con un salterio aparecía
llegaba de Abisinia esa doncella
y pulsaba el salterio;
cantando las montañas de Aboré.
Si revivir lograra en mis entrañas
su música y su canto,
tal fuera mi delicia,
que con la melodía potente y sostenida
alzaría en el aire aquella cúpula,
la cúpula de sol y las cuevas de hielo.
Y cuantos me escucharan las verían
y todos clamarían: «¡Deteneos!
¡Ved sus ojos de llama y su cabello loco!
Tres círculos trazados en torno suyo
y los ojos cerrad con miedo sacro,
pues se nutrió con néctar de las flores
y la leche probó del Paraíso
.

12/10/09

Covalanas. Cantabria


La boca es relativamente ancha. Notas una corriente de aire frío, y como la temperatura baja de golpe, a quince grados, al entrar. Es como si accedieras a otro mundo, a otro espacio, como si invadieras algo sagrado. Todo se aquieta, se adormece. El corazón cambia el ritmo ante la quietud, ante el silencio, ante la promesa. Todo se hace pausado. Las paredes, lisas, acariciadas por siglos de agua vieja que las ha suavizado para crear formas sensuales. Hay dos columnas, producto de las lágrimas de la tierra cuando llora hacia dentro, que sostienen un arco natural, casi conocopial, que da paso a sus entrañas, al útero sagrado, al centro de la madre; invitándote a penetrar, a adentrarte en lo sacro, en lo sublime, acogiéndote.
La mayoría de las pinturas, en rojo (hechas a base de puntos con el índice o el pulgar), representan cérvidos. Todas hembras, salvo dos -un caballo, con las crines y las barbas al viento, y un uro-. Las patas, a veces, aprovechan los entrantes y salientes de la piedra, mostrando la carrera, el movimiento. Los cuerpos de las ciervas, en movimiento o en reposo, mirando al que les mira, incitando, mostrando. Los cuerpos de la derecha en dirección al interior; los de la izquierda hacia el exterior. Cuerpos perfectos. A veces inacabados, aprovechando las oquedades de la roca o los resaltes, terminando el lomo o la barriga en las crestas de la roca caliza. Escorzos, naturalismo. Todo inventado hace veinte mil años.
El camino se achica, se oscurece, si ello fuese posible, aprisionando, entrañando, apretando, protegiendo. Cada vez te sientes más parte de la tierra, de la madre, del todo.
Todo invita a la contemplación, al recogimiento, a la introspección, a la búsqueda del yo interior, a la unión con el todo. Diluirse. Desaparecer en la magia de la magia, creada por un ser que conoce, que ha alcanzado la capacidad de conocer, de saber, de ser, de interpretar y expresar. Probablemente una mujer. Sin duda una mujer, y especial. Nadie, sin la sensibilidad de una mujer, sin el conocimiento de una mujer, sin tener la inmanencia que ella posee, sin la capacidad de parir, de dar vida en la vida, sería capaz de pintar algo así, de expresar la vida de esa manera, de mostrar el conocimiento del mundo y la unión con el otro. La mujer, Dios, el todo.
Ahí uno se siente de verdad. Ahí es donde quiero ser. Ahí es donde quiero estar. Nada es fuera. Arte total. Veinte mil años. La verdad está ahí fuera, ahí dentro, pero casi nadie la sabe mirar.
Viaje iniciático. De ida y vuelta. Entrar para salir renovado, cambiado. Otro. Sabio. Yo estuve allí.

18/7/09

El misterio en la palabra

Algo nuevo, el principio, y algo viejo, el final. Algo oscuro, algo triste, algo terrible. Símbolos. Belleza... Hay un acertijo escondido en el conjunto de los dos escritos, en esas palabras, un misterio encerrado de difícil solución. Todo un reto a la imaginación.

(Y por favor, que no se me malinterprete, no hay ninguna intencionalidad en ellas ni van dirigidas a nadie. En el hipotético caso de que hablasen de alguien, que no, lo harían de mí, y tampoco.)


1. Alrededor de las sombras inertes, en el espacio donde habita la nada, emerge la pústula humana, negra, floreciente; los ojos velados, la mirada oscura, para no ver el dolor de la vida, su muerte. El aliento gélido solo escupe palabras vacías de espinas pobladas que hieren y amenazan, que se clavan y horadan buscando la vida para atesorarla, para arrasarla. Todo es vacío, todo es terror, todo es nada.

Haiku 8

En el ocaso,

como una virgen triste.

Llanto de pasos.

2. Sentía el rumor inmundo de los cuervos al anidar por la noche en el centenario nogal que había en el segundo patio como un martilleo constante que le taladraba los oídos. Castigado en la oscura cuadra, anegado en lágrimas por el terror que se escondía tras la puerta interior, donde su padre le había dicho que, más allá, habitaban los demonios. Cuatro años, y ya el sufrimiento atroz de estar donde estaba, pero sobre todo, el sufrimiento por el daño inflingido a sus padres, por la carga que habían de soportar por su presencia, y que ni tan siquiera los violentos correazos, con que hasta aquella cárcel demoníaca le había llevado su progenitor, podían mitigar.

¡Dios, cuánto dolor por cuanta infamia! Jamás podría ser perdonado. Jamás podría ser amado, jamás podría ser salvo. Jamás podría alcanzar la felicidad, ni en este mundo ni el venidero. Jamás. Y las lágrimas le corrían por las infantiles mejillas como un río sin fin y sin destino. Y no había nadie. Nunca había nadie. Sólo la noche, que le acogía en sus dulces brazos, como una muerte amable.

17/7/09

Último discurso apócrifo de Prisciliano

Quiero desatar y quiero ser desatado.

Quiero salvar y quiero ser salvado.

Quiero ser engendrado.

Quiero cantar: cantad todos.

Quiero llorar: golpear vuestros pechos.

Quiero adornar y quiero ser adornado.

Soy lámpara para ti, que me ves.

Soy puerta para ti, que llamas a ella.

Tú ves lo que hago. No lo menciones.

La palabra engañó a todos, pero yo no fui

completamente engañado.

¿Y os llamáis a vosotros mismos seguidores del Cristo? Vosotros, seres pagados de sí, ocupados en comer bien y en beber mejor.

Dediqué buena parte del tiempo que ha durado el viaje desde mi querida Galaecia a ver a los hijos de Dios y hablar con ellos. Y sentí su sed de amor, su hambre de llegar a Dios. Pero también sentí el dolor que le inflingís y sentí el peso de los diezmos con los que los esquilmáis para llenar de monedas vuestros arcones y vivir ociosamente en la molicie. También sentí el miedo que les producen los sermones con que les obsequiáis para evitar el pensamiento, la duda y la verdad.

Y aun así, y a pesar de todo, sentí la esperanza en sus ojos, el ansia de Dios.

Yo os recuerdo las palabras del Cristo. “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia!
Así también vosotros, por fuera aparecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, porque edificáis los sepulcros de los profetas y adornáis los monumentos de los justos, y decís: "Si nosotros hubiéramos vivido en el tiempo de nuestros padres, no habríamos tenido parte con ellos en la sangre de los profetas!" Con lo cual atestiguáis contra vosotros mismos que sois hijos de los que mataron a los profetas. ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres!”

Cuán lejano queda vuestro lecho del jergón, cuando lo tienen, que ocupan los campesinos obligados a trabajar de sol a sol por un mísero sustento que a veces no les llega ni para la supervivencia de sus hijos y que vosotros, pastores del rebaño de Dios, justificáis falseando la Palabra de Aquel a quien decís servir.

Cuán lejana queda vuestra morada, llena de servidumbre, con ricos muebles y ricas telas bordadas, de las humildes cabañas donde se hacinan aquellos a quien obligáis a procrear como conejos para ayudar en el sustento.

Yo os pregunto a vosotros, doctos de la Ley, pastores de la grey cristiana, seguidores de los apóstoles, interpretes de la Palabra, ¿por qué dedicáis vuestro tiempo a discursos estériles sobre banalidades, cuando esa grey que decís guiar por mandato de Dios se muere de hambre y de sed, cuando viven de la forma más infame, comidos por las pulgas, los chinches y los piojos, llenos de pústulas y enfermedades, muriendo en los caminos como perros, que ni entierro tienen, cuando no esperan nada en su interior porque está vacío desde su nacimiento y desde éste condenados a una muerte en vida, en un envilecimiento del alma que Dios les dio, y que vosotros, intérpretes de la ley, la pervertís por miedo a que sepan la verdad y os echen del solar que ocupáis?

Cuando llegué a Tréveris, no para oírme sino para ser juzgado y sentenciado, lo sé, entré en una iglesia para agradecer a Dios el haberme permitido llegar aquí sano y salvo, y sólo encuentro pastores orondos y perdidas ovejas famélicas.

Necios. Cuán necios sois. Vivís sumidos en la ceguera más abisal, ahogados en la más profunda necedad. No veis sino por los ojos de los sentidos, que ni tan siquiera sabéis usar, perdidos por la gula, la avaricia, la envidia y la lujuria. No oís sino por los oídos de la adulación, abandonados a la molicie de las palabras vanas. No sentís sino por el tacto de la carne, hundidos en el cenagal putrefacto de lo perecedero.

Y me acusáis a mí de herejía. Vosotros, la encarnación perfecta del mal sobre la tierra. Vosotros, que lleváis el sello del maligno impreso en el rostro, impuesto a fuego. Vuestra sonrisa de autosuficiencia y de autocomplacencia no es sino un signo de lo que digo. Vosotros, que me habéis traído con falsedad para un juicio ya decidido, no sois sino el perro rastrero que obedece el eructo abominable de vuestro amo. Vosotros, la hez de la tierra, que os complacéis en la blandura más absoluta, limitando vuestro entendimiento a los mandatos del poder político, me acusáis a mí de seguir filosofías desviadas de la verdad. Vosotros, que os plegáis a la más leve brisa para evitar el movimiento, me acusáis a mí de seguir los vientos de la herejía. Vosotros, que vivís en el pecado de la carne, regodeándoos en él cual cerdos hozando en la inmundicia, sin importaros el vivir en la fornicación del alma.

Yo os digo que no hay más verdad que la verdad y que la verdad es una e indivisible. Que la verdad duele. Que la verdad mata. Pero también os digo que la verdad libera. Que no hay más cárcel que vivir en la oscuridad. Que no hay nada más opresivo que la mentira. Y vosotros sabéis, tan bien como yo, cuál es el camino. Vosotros sabéis, tan bien como yo, cuál es la verdad.

Y aquí me tenéis porque no tengo miedo. Aquí estoy, solo, sin más armas que mi palabra, con el alma limpia de malicia, con la verdad en la mano. Y aunque sé cuál es mi final y aunque he sido advertido de lo que me aguarda, he venido desnudo de prejuicios para hurgar en lo más profundo de vuestro interior y liberar vuestra alma amortajada por tantas y tantas miserias.

Y apelo al emperador Máximo, aunque sé, porque ya nada espero, porque poco o nada puedo esperar de alguien aturdido por tanta palabra vana, por esa verborrea fluida con la que habéis llenado sus oídos y vaciado su mente y su alma, que no servirá de nada.

Y yo me pregunto y os pregunto: ¿Por qué tratáis de constreñir, de encerrar y de ocultar aquello que no tiene límite, medida ni conclusión?

Todo ha sido. Es tiempo de morir. Acabad ya. Estoy preparado.

24/6/09

La magia de la noche de San Juan

La noche de San Juan, la noche mágica por antonomasia, del renacimiento; la del tránsito de lo viejo a lo nuevo; la del sincretismo cristiano del solsticio de verano. La noche de San Juan, donde se quema lo viejo para dar entrada a lo nuevo, a la esperanza de una mies fecunda.
De niño, cuando era muy niño, allá en mi pueblo, rodeado de montañas, de pinos y agua, en las frondas, abajo en el valle, había una peña casi redonda, enorme, o entonces me lo parecía más; y me contaban las viejas la leyenda de la princesa mora, que allí estaba encerrada por amor. Era la leyenda de la Peña de la “Encantá”. Una historia triste y hermosa al tiempo. Me contaban, en las frías noches de invierno, a la luz de la lumbre, con los ojos clavados en el sortilegio del fuego, que en la mágica noche de San Juan, todos los años desde hacía siglos, se abría la peña, a las doce, saliendo de ella una princesa mora de increíble beldad, vestida de sedas y coronada de flores, de tez blanca y pelo azabache, como sus ojos enormes, a esperar la llegada de su amado caballero; y que al alba, con los primeros rayos, se volvía a meter de nuevo, a la espera de otra noche, de otro año.
Y yo soñaba a la princesa y esperaba la llegada de esa noche con la ingenuidad de la infancia. Cuando lo hacía, con los calores del verano, cuando todos dormían, me apostaba en el alfeizar de la ventana, arrullado por los olores del espliego y la hierbabuena, del jazmín que trepaba desde el patio, con los colores de las rosas y las gitanillas que de las macetas que había en ella colgaban; y miraba a la peña con mis ojos de niño ilusionado hasta que me quedaba dormido sobre mis brazos, sin haber visto a mi princesa y sin poder haberla salvado. Así año tras año. Océanos de tiempo esperándola. Toda una vida de ilusión nunca cerrada, hasta encontrarla. Nunca he dejado de ser un niño. Nunca he dejado de soñarla.
Es la noche mágica de San Juan. Quemar lo viejo y esperar lo nuevo. Dar las gracias. Renacer de las cenizas como el ave fénix. Extenderé mis alas y volaré hasta el cielo. Miraré desde arriba la vida y veré los problemas como lo que son, puntos pequeños. Los eliminaré de ella. Henchiré mi corazón de gozo por la vida que se me ha dado y la viviré como sé hacerlo. Sonreiré a todo y a todos como el hombre que soy y sabe hacerlo. Me acercaré al fuego y resurgiré de las llamas como un hombre nuevo, aprendido, crecido, sobre la sapiencia de lo viejo, mejor persona, más profundo, más sereno, más alegre, más vivo.
Encenderé una vela en el tránsito de las doce, hasta que la llama se apague en su suave lentitud, como me decían las viejas. Pediré un deseo y se cumplirá. Las viejas son sabias y nunca me mintieron. Si hay Dios y si hay Justicia se cumplirá. Estaré en lo cierto. Por merecimiento. La rueda es sabia. Se cierran círculos y se abren nuevos.
Y la luna, en su inmensa belleza, allá en el cielo, apunta apenas una línea circular, estrecha, que la hace, aun, más bella. Es la magia de la noche de San Juan, donde todo sucede si lo deseas con fuerza y tu alma lo merece. Me tenderé sobre la hierba y la miraré junto a las estrellas. Me dormiré en esa vista. Amaneceré despierto.

21/1/08

Vida. Arte.


Wilde decía que "la belleza está en el Arte", por tanto volvamos a él e iluminemos con el Arte nuestra alma, que tanto lo necesita. Recreémonos en cada línea, en cada color, en cada forma. Llenémonos de armonía. Sintamos, aunque sea por un momento, que la vida tiene mucho más que la sinrazón de pasar por ella como meras almas deambulando sin saber o sin querer ver que hay mucho más, y que merece la pena sentirla con la devoción de un converso, esperando que en el camino todo es posible, y que siempre hay más.
Para ello nada mejor que acercarnos a la pintura. Y, como en este caso, a Ghirlandaio. Y, para ser más preciso, a su Cenáculo.
En todo Cenáculo hay un misterio. Y éste no iba a ser diferente. El de Leonardo, el más famoso y conocido, guarda un misterio o un acertijo, un enigma o una broma del mismo Leonardo. Ghirlandaio hace otro tanto. La obra se encuentra en el refectorio menor del convento de San Marcos, en Florencia. Es un fresco.
La imagen es primaveral. El fondo así lo indica: cipreses, palmeras, frutales… también ayuda a potenciar ese hecho las cerezas esparcidas por el blanco mantel.
Todos los apóstoles están alineados con Jesús, salvo Judas, que está enfrente. Pero ahí no radica el misterio. Tampoco radica en la existencia de una mujer en el ágape. La que está con el manto rojo. Ni tan siquiera en el hecho de que la figura de Juan -con sus suaves y delicados tonos azules- pudiese ser una mujer o un hombre, sino en el gato que hay en el suelo, junto a Judas. Y el gato nos mira. Mira a todo el que mira el fresco. Sentado. Tranquilo. Con sus pupilas clavadas en nuestras pupilas, el gato ¿qué espera? ¿Cerezas o pan? Sin duda alguna, cerezas no. Pan, seguro. Pero ¿de quién? ¿Del Maestro o de Judas? ¿El pan después de ser bendecido o antes de serlo? ¿Qué se pretendía en el caso de que fuese tras la bendición? ¿Qué comulgase el gato también?
Extraña escena sin duda alguna. ¿Sabemos leer? ¿Sabemos mirar?
Tal vez la vida nos depara una sorpresa tras cada recodo. Sólo hay que pararse a observar y disfrutar. Miremos al gato, aprendamos de él, y participemos de todo ágape que la vida nos de, porque ¿sabemos cuándo vamos a no estar? ¿Sabemos cuándo los demás dejarán de estar? Aprovechemos el momento porque no se ha de esperar, hay que vivir ahora, porque el mañana ya llegará, y entonces será, tan sólo eso, mañana nada más. Ahora.