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13/11/13

Ex/nsueños


Sin título. Francis Bacon
 
El pelo negro, la piel suave y ligeramente amarillenta; sentada, con las piernas abiertas y una hebra de hierba en las manos; media sonrisa. Un paraguas verde la cubre entera, como si la pudiese salvar de la vida, aislarla, protegerla. Ajena a todo en medio de una carretera que nadie sabe a dónde lleva, pero que está llena, en un tráfago de personas sin fin que van a ninguna parte, ausentes. Ella allí, quieta, como si esperase, como en la noche pero en el día, que le sonrían las estrellas.
Mis sueños son, a veces, así, imágenes muy vivas y reales, pero con un sinsentido aparente y elementos conceptuales ininteligibles. No me gusta entrar en ellos, darle vueltas, pensarlos. Después ya no logro conciliar el sueño. Me muevo de un lado a otro en el camastro, un jergón mínimo, estrecho, sobre tablas de madera, duras, cubierto con tres mantas y unas sábanas de franela que yo traje sabiendo del tiempo. Cuando me agota el cansancio, mental, de dar vueltas de un lado y de otro, me levanto, arrastro los pies sobre las heladas baldosas y me acerco a la cocina. Un tequila ayuda a ciertas horas. Me apoyo en el quicio de la puerta y dejo que el frío inunde mis fosas nasales para llegar, después, a lo más profundo de mi ser , y así llenarme, haciendo despertar todas y cada una de las células de mi cuerpo. Es una inspiración lenta y profunda. Bebo y compenso. El tequila viejo es amplio y denso, y siento cómo llena, cómo calma, cómo vive en mi dentro.
Ojalá abajo fuese siempre como es arriba. Incluso con una sola vez me habría conformado, pero nunca fue así, salvo, tal vez, aquí, a veces, en la soledad del mundo, en la soledad de uno, en la ausencia humana.
Venus casi se esconde en la línea del horizonte, y Marte acompaña con su débil fulgor a una luna, enorme, blanca, pura, en ese camino lento que recorre y que muestra, quizás, el donde debería, allí, más allá de todos los mares, bajo las estrellas, para morir con Venus o acompañarla a ese lugar que va y que no quiero y que apenas he sentido y cuando lo he hecho no sé si ha sido y que quiero que sea y que no sé cómo pero siento que es ahí.
Termino de un sorbo mi tequila. Me apetece beber otro, pero me da pereza volver a la cocina. Sigo la luz que aparece y desaparece sobre el mar, una línea argenta y dorada.
Me descalzo y salgo posando los pies sobre la húmeda hierba, mientras espero el alba.
 
Una niña de no más de tres años está llorando, de rodillas, junto al cuerpo de su madre, vestido de morado como un nazareno, rota por los impactos y roja por la sangre. Le han volado la cabeza. Apenas queda algún resto de ella, solo jirones de pelo, lacio, negro, manchados de sangre, roja. La niña llora mientras se mueve hacia delante y hacia atrás en un vaivén continuo, al tiempo que dice palabras que no acierto a entender, en un idioma extraño, entre los estridentes ruidos de alrededor. Mira, a veces, a un lado y otro, como inquiriendo, buscando no sé qué.
Cuando sueño esto y despierto, alterado, siempre me recrimino el no haberme bebido otro tequila. A veces, el haber soñado.


 


 
 

16/11/12

Estribaciones


Rosas silvestres y escarabajo. Vincent van Gogh
 
En la espiral infinita de un mundo hecho de palabras o en el laberinto borgiano del eco de una rosa, en la mirada acuosa de un mar de lagrimas derramadas por los ojos de un borracho o en la matriz de un poema jamás escrito. Perdido. Pero, ¿y si la vida no es sino un trampantojo? No sé si quiero dormir o velar en este corredor de la muerte donde se usa la estupidez como escudo.
¿Alguna vez llegaste a oír el vuelo de una libélula en verano cuando, tumbado sobre la hierba, después de bañarte en las aguas del río, sentías la calidez de un sol que atravesaba tímido las ramas de los árboles acariciándote? El pecho subiendo y bajando al compás del deleite, con una sensación como después nunca, la respiración casi ausente, los ojos cerrados, las gotas resbalando la piel, y el silencio apenas roto por las cigarras. Había como una pesadez en el aire, como una red invisible por encima que todo lo cubría, invitando al desmayo. En aquellos alrededores, todo, absolutamente todo, invitaba  a perderse en el goce, como si todo fuese nada, como si solo hubiese silencio, como si solo fuésemos alma.
¿Y si Dios fuese un escarabajo condenado a vagar eternamente empujando su obra con sus patas traseras, siempre mirando al suelo, siempre mirando hacia atrás?
 
 
 

 

 

13/11/12

Una flor de otro tiempo

Camila Salinas. Bodegón, Vanitas.
 
Por tantas razones el llanto. Y hoy es hoy y es tanto. Mi nombre no nombrado, alejado. Es otro tiempo fuera de espacios andados.
No hay nada más fértil para el alma que un paisaje infinito, yermo y desolado. ¿Qué hay más allá del vacío, de la nada, entre los ropajes de la necedad, de la oscura sensación de nada en sí?
Ya nada es como era, en casi ningún aspecto. Ni las palabras apenas, puro ejercicio estilístico con ínfulas de algo, pura banalidad, pura vacuidad, pura vanidad.
No siempre la mirada al pasado debería llevarnos al desasosiego, aunque a veces, por razones que se nos escapan y que son más profundas de lo que podemos imaginar, además de ignotas, nos hace estremecer. Es en esos momentos que la dirijo a la tibieza de aquellos ojos, a la primera. Necesitamos la franqueza para reconocernos y, en ese aspecto, yo nunca me engañé, aunque por necesidad, a veces también, le puse un velo de ausencia para sobrevivir.
Siempre, solo, hubo una. Y la muerte, tan contumaz como esclava, aparece a golpes, aun sabida, y se te clava y se te hunde.
Alrededor de la dulzura viví momentos excelsos, y todos, al margen de en los márgenes, con ella. Miradas y tactos, palabras. Ahora miro fuera de ella y es como si viese la vida apoyado en el alféizar de una entreabierta ventana y observase el erial de un cementerio de mí delante, plagado de cruces, algunas vencidas, desvencijadas otras, escuchando el horrible  graznido de un cuervo escarbando en la tierra en busca de lombriz o alguna defecación.
El humo elevándose, de un cigarrillo que pende entre los dedos de la mano, en volutas deformes que enmarcan su rostro y lo conforman más allá de la necesidad, casi hasta el éxtasis, con la sonrisa siempre en una boca que me fijaba como una serpiente cuyo veneno deseaba sentir bajo la piel, recorriéndome las venas, ahogando mi alma. El sabor de un beso tras otro, siempre dentro, en ella, en mí, en nosotros. Era pasión sentir los labios, acariciarlos, incluso en los lugares, en los tiempos, en que Dios no se sentía a gusto. ¿Los hay algunos? Era esencia de tacto y de más. Y lo buscábamos. Nos gustaba sentirnos. Nos gustaba gustarnos. Morir ahí dentro. Comulgarnos. ¿A qué saben los labios? Los suyos eran a mirra y a incienso, a viento y a mar, a silencio. Me bebía su aliento temprano de tabaco rubio y de saliva y de deseo. Hermoso atanor la boca donde se bebe el brebaje vital del que nos alimentamos como posesos, ansioso del otro hasta los días de la calamidad, cuando el sonido de las trompetas anunciaron la llegada de los últimos días, cuando una estrella ardiente secó todas las fuentes donde habíamos bebido con la delectación propia de la inconsciencia, de la ingenuidad, del desconocimiento. Nunca nada fue tan hermoso como aquella risa en la que mecí una vida, como aquella espiral de pétalos que envolvieron de aroma los años más hermosos de todo tiempo, donde todo era comienzo y el final solo entelequia, mera apariencia, inexistente si no era para despertar  y comenzar de nuevo. Nunca una risa dibujó líneas más livianas, más perfectas sobre piel alguna. Y jamás palabra de ninguna boca evocó pasiones como la que en mí hubo. Solo ella y hacia ella. Todo, ella era todo. Solo ella y desde ella. Universo.
El tiempo te hace claudicar. Mirar hacia fuera como hacia el pasado, y no encontrar. Observar las gotas de una lluvia que se desgana sobre la tierra, una a una, despacio -con cierta calidez si fuere posible, me atrevería a afirmar, si no fuese porque, fuera, hace frío-, mojando la tierra, manchando las blancas paredes de un gris casi desaparecido, invita a la ausencia, al ensimismamiento, a la huida a los paraísos perdidos.
Es un otoño hermoso este en que me hallo, preñado de amarillos y de rojos, de ida entre las hojas, de llanto quedo por aquello ido de hace tanto que ya un manto blanco comienza a cubrir los espacios donde soy. Y ella es muerta y yo aún estoy.
 

13/5/12

En los suburbios de la ciénaga

Diana Laurencich. "Libertad"

Toda creencia es un mal menor, y es por eso que llueve sangre sobre los manantiales secos de los hombres, tintando de rojo un verde ausente. Una lluvia de pétalos que enrojece los convertidos campos en eriales. A lo lejos se observa una muñeca de plástico, sin pelo, con la cuenca de un ojo vacía, recuerdo de una niña desaparecida en algún aciago día y convertida a la religión de los tiempos.
Cada vez que se alza una prez el cielo calla y aguarda, enlenteciendo el miedo, agrandando el misterio. Por ello, ¿para qué? Convertimos el alma en un cuartel. Aún se puede oír su llanto de desesperación, casi apagado, casi trasmutado en risa hiriente, seca, enferma; su remanente.
Un signo sobre la piel, la mano paseada por ella invitando sin palabras a aquel.
Locos, viviendo en una caricatura obscena de la vida. Hemos convertido el deceso casi en una necesidad vital. Absurda realidad de colores grises donde no huele, ya, ni a hiel. Y volvemos de nuevo, una y otra vez, con nuestra triste salmodia, como el lúgubre tic tac de un triste reloj de pared, a los ausentes dioses de nuestra niñez, o a sus sutitutos de después, el comercio y la estupidez, supremos seres del tal vez. Y es que vivimos en los suburbios de la ciénaga.
Y sin embargo se escuchan campanas, si se aguza el oído, si se sabe apreciar, si se está dispuesto. Lo que no sé, aún, es si llaman a muertoo a qué. Lo supe una vez, allá en los lejanos tiempos de la niñez.
Todo esto es lo que es, lo que hay aquí, en la tierra habitada, en los suburbios de la ciénaga, donde me encontré, una vez, un papel mojado que unos verdes ojos enmarcados por el amarillo, brillantes, tiraron al agua en la calle y que yo recuperé.
Decía:
Hoy es de esos días en que me gusta pisar los charcos, sonreír distinto y gritarlo alto.
Y no todo es asfalto.
Sentir la levedad, andar descalza.
Suelo mirarte de lejos, y entonces todo es despacio. Te veo y es como el dulzor del vuelo de las luciérnagas en una noche de verano, como el de las mariposas de alas de agua en su volar hacia la calidez del volcán.
Rumores de agua.
Acariciar el piano.
Tu aliento es mi sándalo, tu voz mi mantra, tu alma mi regalo; donde quiero vivir siempre, donde quiero morir ya, en tu dentro.

Y ahora, el tiempo que pasa no es. El espacio yace. Nosotros no somos sino un tardío recuerdo de nada que fue, la aciaga sombra de aquel Día del Señor, de aquel Domingo Sangriento en el que se hizo la luz.
Vivimos sobre un mar rojo de sangre elevando oraciones al Dios de los muertos.
Todo es hambre, aquí, en los suburbios de la ciénaga.

3/5/12

Llueve sobre Berlín

Fotografía de Norah Moon
Sé lo que hay aquí pero no lo que hay al otro lado. Hacia donde mire, líneas de gris se pierden en la lejanía, sobre el pavimento, hasta donde alcanzo a ver. Tras de mí, el infinito gris, sobre un suelo eterno, gélido y mojado por una sempiterna lluvia que golpea un granito escrito en geométricas formas, como uanespecie de damero maldito, en tonos de gris. Pequeños charcos reflejan la bóveda. Ni por arriba se puede salir. Así un día y otro día y así hasta setenta veces mil. No sé qué hago aquí. No sé dónde ir. El mundo corta la eterna planitud grisácea, si es que al otro lado es igual que en éste otro donde me hallo. Tres niveles lo forman, en otros tantos tonos de gris, mojados, manchados por un llanto que aplasta. Muro sucio o ensuciado, culminado por una corona de espinoso alambre, para impedir.
No sé qué hay al otro lado. Apenas si aquí yo. Rebusco las grietas y caigo, tras empezar a subir por ellas, sobre el suelo mojado y gris. Mi voz sólo es un eco que me devuelve la nada. Hablo. Antes gritaba, pero sólo a mí. A veces oígo la sequedad de unos golpes, su desfilar por el aire, la marcialidad sobre el suelo perdiéndose más allá hasta desaparecer. Me falta hasta el respirar. No sé quién soy ya, o qué ni qué hago aquí. Sólo sé que a veces llueve. Y, a veces también, sueño con los días de Berlín, cuando la lluvia era vodka y vivir no era así. O es sólo un recuerdo y también me mentí o no sentí o no fui.

18/4/12

Alfa

Santa Cruz de Maderuelo. Segovia


Verde. Ayer era verde. Todo. Y lloré. Estaba allí. Iba a ver. Y no. Todo es alto. Cristal. Cuadros, cuadrados cuadros sobre el cristal. Infinito.
Todos andan despacio, como a impulsos desacompasados. ¿Por qué regresan los idos?
Hay árboles por doquier, en filas que dibujan espacios, líneas con sentidos. Un niño posa sus pies descalzos en la piel de un árbol muerto caido sobre la corriente embravecida de un torrente de montaña.
¿Cómo predecimos la muerte? ¿Cómo la pensamos? ¿Cómo la vivimos? Hay tacto en el tacto de la piel del talón de un recién nacido. Como la lluvia de polen, como sentimos la vida. Así debería.
Cada vez que me acojo entre las hayas de los bosques, de los helechos, de los líquenes, entre la bruma, entre la noche, me encuentro conmigo, contigo, con ella, y me encojo.
Llueven plumas en primavera.
Broadway and mercy.
Grocery Center.
Sigue lloviendo perfume pientras abrazo al niño.
Sonrisa.

18/2/12

Jano bifronte

Jano bifronte de Candelario

Como la lentitud de una hoja cayendo, en el cálido aire de un otoño soñado. Como la delicadeza del sonido que produce un suspiro. Como el alma de un violín herido por el desgarro. Así, casi con desmayo. Cada vez que adivino el sentido escondido de frases sin tiempo. En ti no hay caminos. El viento no lacera. Sé. Milenios de angustias, Jano. Y sé, también, qué hay en cada pupila un reflejo mientras la lluvia resbala mi rostro, y que el llanto perdido de alguien me aleja. El sueño es así. Y te veo en cada sonrisa que muestro, de ti, cada vez que lo haces, por mí. Tal vez para mí. Los regueros de angustia salina sellaron la paz. Ya es tiempo. Ahora sólo a ti miro, y lavo el siento de años, milenios tal vez. Tan lento que a veces...
En ti.
Cada tiempo es un tiempo pero este es el tiempo, mi tiempo. Por ti. Cada vez que te veo siento el rocío de vida que derramas en pétalos de agua. Apareces así, tan absolutamente natural, que sólo cabe estar, para ti.





2/2/12

Dionisos

Ricardo Rodríguez García. "Dionisos y sus invitados"


Nunca los atardeceres fueron fruto de un espanto anunciado hace milenios. Quizá su luz, oblicua, lo fuera hace ya años, pero no ahora que los miro aquí sentado, prosternado más bien, derramando pensamientos en la acuosa visión de ese horizonte lejano, donde se diluyen los recuerdos, donde alguna vez hubo sonrisas o debió haberlas, si es que ellas no son sino entelequias imaginadas y tal vez deseadas.
Hubo un tiempo en que la luz no se quebraba. Era un tiempo de místicos y de ascetas. Hoy sólo quedan comerciantes.
Oigo el quejido de la mecedora en que descanso el cansancio de mis huesos, y el sonido de un cuco que ya no sale de ese reloj de pared que cuelga al lado y que lleva parado eternidades. Son sonidos tan familiares que apenas reparo en ellos, sólo de vez en vez lo hago por sentir los espacios. Quizás ni están y yo los llevo.
Las nubes ocultan ya el ocaso, o será la noche que de nuevo extiende su suave sueño. Otra noche de otro día, de otro año, ya de tantos. No hay suficientes muertos para el destierro.
Anoche te oí llegar, con tu lúgubre y fétido olor a muerto. Habéis sido tantas que no sé ni cómo respirar puedo. Y aquí sigo, aquí me quedo.
Reinventan a Apolo enterrando a Dionisos.

10/1/12

Wang

Pierre-Paul Prou´dhon. Un Céfiro joven

Trato de dar explicaciones del viento, también al viento, y a mí mismo tal vez, no sé. Pero no hay un entiendo, y no deja de soplar y es gélido y envuelve abrazándote y te deja helado, y no quiero, y no puedo, y me lo niego.
No soy un iconoclasta, pero si un libertario. Yo no negocio, y no comercio en este mundo absurdo y que amo tanto sin embargo, donde todo es agua, comercio, canje. Yo soy otro.

14/12/11

Detalles

El beso. Toulousse Lautrec

Hay detalles que acercan, como la fragilidad de la aurora, hasta convertir los instantes, el tiempo, en piel.
Y hay detalles, también, que alejan con una constancia desgarradora, como un deceso anunciado, como el adiós a un ciego en el andén de una estación de tren, vacía, con la mano levantada, mirándote sin ver.

1/12/11

Haz como yo, mira los pájaros

Joanna Chroback

Si dijese que no lo encuentro, cuando camino... Pero las razones de las abejas se me escapan, y la miel es dulce pero la cera...
Suelo mirar a los pájaros cuando se posan en las baldosas rotas para beber el agua de esos pequeños charcos, casi lagunas para ellos. Andan a saltos, los gorriones. Me gustan. Las palomas se contonean, sin gracilidad alguna,
Siento la lluvia. Despacio. A veces golpea con más intensidad. Hoy. Los sonidos ásperos elevan palabras sin sentido, hacia nadie, y sin embargo provocan lo innecesario. Aún no sé porqué.
Los árboles se convierten al amarillo, esa religión oficial tan extendida en los otoños cálidos. Suelo mirar con fijeza buscando un cromatismo negado a la mayoría no sé muy bien porqué. Sí, ¿pero qué importancia tiene? El agua no deja ser. El miedo más bien. El miedo al agua. Regueros de agua de lluvia por doquier. Hoy es ayer. Mañana no fue.
Llueve otra vez. Estoy oyendo cantar jazz.

16/11/11

Era

Paul Delvaux. Homenaje a Jules Verne


Venía de un lugar donde nunca había nadie. Buscando o buscándose; tropezando con cada una de las personas que se cruzaba, sin comprender que, para llegar o encontrar, no es necesario tropezar siempre.

Tenía esa mirada de las personas que vienen para quedarse, de las que si pasan de largo, a tu lado, te gustaría, al mirar en sus ojos, que se quedasen, aun sólo un instante.

9/11/11

Murmullo

¿Conoces la sensación en la piel cuando acaricias las espigas en los ocres campos de trigo, al amanecer? Así es la vida si sabes vivirla. Esa debería ser la necesidad, pero se mira y de ahí la falta. Y nada es ausencia si quieres, y sin embargo alargada. Siempre te necesitas a ti. La luz no es un problema. ¿O sí? Podría decirte tanto. Podría decir, juégame, sólo si quieres, Al final sólo quedará el murmullo de las palabras. La ingenuidad la mataron hace tiempo y yace en el barro, en el cenagal del campo de batalla en que convertimos nuestros días. Sólo hay calles, ahora. Grises adoquines. Quizá solo te necesites a ti. El problema es que por más que te lo diga, ni aunque gritase, no lo sabrás, no te darás cuenta.
¿Has visto caer una pluma? Tan extremadamente suave, tan sutilmente delicado, y sin embargo, sin una ráfaga de aire no es nada, apenas nada, una pluma apenas sobre una calle gris, adoquinada y desierta. Tan solo un detalle, un murmullo apagado, un punto y aparte. Nada.

25/9/11

Soñar tus ojos




Buscaré el aire a tu lado y sonreiré dibujos cuando lo encuentre, que te daré, tan solo, por haber mirado. Escucharé tus manos como las mueves, y seguiré tus pasos. Es un descanso soñar tus ojos, oír tu pelo, sentir tu tacto, olerte lento, ser contigo cuando caminas...
La lluvia regala espacios de seda azul, como a intervalos. Gotas de agua que se deslizan, ríos de apagadas lágrimas, tan solo pasos.
Quizás...
Y no sé y no acierto y pienso que...
Y a veces siento. Y quiero decirte eso que siento, pero no sé hacerlo. Yo soy pequeño, soy sólo un niño que ríe y llora, un hombre solo y sólo un hombre con sólo un alma, que ríe y llora y a veces canta. Sólo conozco el sonido de las palabras entre la lluvia cuando me moja, cómo me acogen.
Dame la mano y dime si esas lágrimas riegan tus ojos. Mira en mi alma.
Es un descanso soñar tus ojos. Te he visto dentro, créeme, y es ahí donde quiero soñar despierto. Quizá sea mucho, quizás no tanto. Soy solo un niño, tú ya lo sabes.

13/6/11

La sustancia de la vida

Fez. Fotografía propia

Hay momentos, instantes tan sólo, en que la sustancia de la vida se adentra de forma tal, que se hace tangible, que te empapa, que te ahoga. Hay lugares donde esa sustancia puede, incluso, corporeizarse. Esa bruma entre verdes que apenas moja, que acaricia suave, y un cartel que decía, en otro idioma: Precaución, este es un paso de hadas. Me quedé sentado allí, esperando toda la tarde, pero no pasaron, o no las vi; aunque sentí, eso sí, algo que no sé muy bien que era.
Ese instante fue así. Y hubo otros, pocos bien es cierto, pero intensos, absolutos; siempre antes.
¿Alguna vez has sentido algo así como si se detuviese el tiempo, como si toda trascendencia dejara de serlo, como si todo transcurriese con una lentitud eterna, como si pudieses escuchar la caída de una hoja de árbol, aun tan leve, como si pudieses paladear, casi, el tiempo? Hay días, contados, momentos en la vida que, por determinadas circunstancias, las sensaciones se exacerban hasta límites inverosímiles, donde sentimos de una forma que apenas logramos comprender, menos, aún, expresar, y, desde luego, jamás asir. Algo así como esos momentos de verano, tal vez en la juventud, seguro en la infancia, tumbado bajo la sombra de los chopos, en los juncales, a la vera del río que habla, apenas, que sólo murmura. Sumido en el intenso sonido del calor de la siesta, tan delicado que ni los pájaros osan romper su encanto. Oyendo el leve temblor del aire cuando una rana salta al agua. Y las cigarras… En la atmósfera densa del aire cálido, adormecido en las partículas suspendidas en un suspiro, quieto, casi perdido. Y la imagen de aquella niña, morena, de ojos negros y piernas eternas en pantalones cortos, azules. Y su sonrisa…
El tiempo lento, detenido…
Algo así debe ser estar enamorado, o así lo entiendo.

16/5/11

Naturaleza muerta

Pieter Claesz. "Naturaleza muerta"

Una mosca está posada sobre el cristal de la ventana; se limpia las alas con las patas traseras, ajena al mundo -al mío-, impidiéndome ver parte del follaje de un árbol de la calle (mera cuestión de perspectiva). Mira en el plano del cristal. No sé qué mira con esos ojos tan alejados de los míos. Es un mundo extraño el de las moscas. El de las hormigas no me lo parece tanto; muy organizadas, con cierto parecido a éste donde habito, pero el de las moscas... asaz extraño.
Pela la naranja como si de un acto místico se tratara, como si formase parte de la liturgia religiosa de una secta minoritaria, recién escindida, perseguida. Levanta la mirada de vez en vez, para evitar ser sorprendida en ese amoroso acto previo a la comunión. Chupa con fruición un gajo.
Hace viento fuera. Ligeramente fuerte. No molesta. Suaviza, por otra parte, el sol que quema. Me gusta la primavera de esta tierra, me recuerda los finales de agosto de la Provenza, aunque falta el sonido de las cigarras. El azul del cielo es intenso. El aire huele distinto, denso. Matices de un olor espeso. Apenas el sonido de algún ave, de apenas coches, casi todo es silencio, sólo mirada.
Un llavero escueto sobre la mesa, de metal, sencillo, que encierra llaves. Casi perfecto. Plano. Cuatro lados que delimitan una calavera fumando, sobre fondo negro. Ese van Gogh de aprendizaje, uno de sus humores. Abruma la sencillez del metal gris, sus precisas formas. El pequeño cable de trenzados hilos de acero que une los agujeros de las llaves. Las tenues formas de la simplicidad de la belleza sobre un libro de tapas rojas y pequeñas letras blancas (Ángel Bahamonde. Extraño juego de palabras. Qué curioso es el lenguaje, y divertido si sabemos jugar con él). La mesa verde, casi apagada. Triste. Hay, sobre ella, en la otra esquina, un vaso de plástico, horrible, de un blanco raspado, opaco. Letras rojas, y el logotipo de un sindicato (no podía ser de otra forma. La dilución, en ese aspecto, aún no ha llegado). Un clip en el borde; dos lápices, de color verde, dentro, y un bolígrafo mordido. Un asa tiene, en forma de oreja extraña.
Papeles blancos y letras negras. Un libro en otro idioma, sobre ellos, hace las veces de pisapapeles. La pasta gris. Escuálido, promesa de un vacío interior. Cuatro jóvenes dibujados, dos de cada sexo, en esa tapa. Los de en medio coloreados. Estética de cómic, de cómic depresivo, y deprimente. Guapos, esbeltos, bien vestidos. Idiotas e idiotizados. Recomendado libro de lectura de alguna vaciada asignatura.
La mosca se ha ido, sin duda huyendo de este espacio, de este Centro, buscando la vida en su extraño mundo. Tal vez sea la mejor opción, porque éste no es sino una naturaleza muerta. Y bien muerta, apostillaría.

29/3/11

Los matices del color

Marrakech. Marzo 2011. Fotografía propia.

Descubrí descuidadas flores, pisadas por el hálito del desdén, ajadas, como la cuarteada piel de una mujer malgastada, jamás soñada, esperando un edén que no llega. Es tan fácil vivir entre las flores que son de plástico. Y tan terrible, sin embargo. Tan falaz como un eterno trago de mescal en el lóbrego patio trasero de un burdel de carretera, entre unas manos cualesquiera, que no acarician. Y ya no hay desconsuelo, sólo letargo. Las lágrimas se agolpan en las cuencas creando mares. Nunca hay ríos de llanto. A veces cae una suave lluvia, de seda, sobre mi cara. Y huele a hierba y a lavanda. Tan sutil es esa mirada que regala tactos de dentro, tan delicada. Hay un ramo de lirios y de azucenas que no marchitan, sobre una losa, fría, y un epitafio breve y sencillo, casi callado, que dice... palabras, sólo palabras.

12/3/11

Tienes nombre de oasis

Hay quien se ciega, incluso, con el halo de la luna. Levantan la mirada en la noche y sólo ven algo, como gotas de agua, brillantes, suspendidas en un papel de cartón que todo lo cubre, oscuro, un poco más arriba del espacio que habitan y por el que se mueven.
Y a veces, sólo a veces, sale el sol y alarga su sombra. Una más de sus bombillas vitales.
¿Habéis visto el baile de las luciérnagas en la noche?
Sonreí, pero apenas miró, apenas estuvo. El miedo es libre y siempre es de noche. Una noche de cartón plagada de gotas de agua que brillan.
Y sé... Y sé que la venganza del amor sólo es un mar de sargazos, y la del deseo... la del deseo es el amor, ese extraño que comparte mi espacio vital. Todo un exceso.
Tienes nombre de oasis.
Yo he visto llorar las estrellas, al levantar la vista para mirar. Otro de mis excesos que no puedo evitar.
Tienes nombre de oasis.

22/2/11

Nuestros silencios

Nuestros silencios. Del escultor mexicano Rivelino. Roma 2010
Llovían palabras ausentes, vacías, sin sentido, sin sonido alguno que les diera, al menos, apariencia; caían lánguidas, envueltas en pompas de vapor de agua que, al golpear el suelo, se transformaban, ausentes de sonido, en perlas brillantes.
Véndeme palabras, me dicen. Yo les venderé silencios, y más caros.

30/1/11

Veredas frías

Cuadro del pintor ecuatoriano Milton Estrella Gaviria, de su serie "Árboles muertos en veredas frías".

Como cuando todo se eleva.
Como la lluvia que cae sobre hojas no escritas.
Entre nanas que no se cantaron viven los niños que nunca lo fueron, que no son nada. Entre aires de dentro respiran las hojas caídas, al calor de una vela apagada.
Y miran, y vagan, con ellas, figuras que apenas ya andan entre las nadas; apenas presencias, apenas...
Como cuando todo se acaba.
En colores de noches cerradas, en desteñidas jornadas de ríos que no llevan agua, en noches sin luna.
Tránsitos lentos por rotos espacios, en leves murmullos de preces a nadie, más allá de la nada, al vacío, a la muerte, a Dios.
Como cuando todo se eleva.
Como cuando todo se acaba.