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27/2/13

Seis

La infancia perdida. M.B. Palacios

Caminaba, siempre, envuelta en un halo de tristeza que la vestía como un sudario de la cabeza a los pies. Parecía muerta y, sin embargo, vivía, pero de qué manera, como una maldición que se repetía una y otra vez y una vez más, decía para sus adentros como un mantra, esperando que, en algún momento, aquel rosario le llevase la vida.
Andaba, como una pena, sin alma, sin vida, como quien mira a un pozo y solo ve, en lo más profundo del negro, donde ya no hay ni sonido, la nada, el vacío, el tenue reflejo de una plegaria desatendida y pedida a un Dios ausente, ido, por una niña que se rompió allá en los tiempos, lejanos, en los que todo debió ser paraíso.

2/12/12

Chester

High Chester Road. Jacco van den Hoek
 
- ¡Chester! ¡Chester!...
Con esa voz de vaca famélica y lengua áspera de tanto esperar un derrame en su lengua que nunca llega.
La odio. Chester, Chester… Cómo se puede llamar así a nadie, por Dios. Y esa chaqueta roja o lo que coño quiera que sea, que lleva puesta.
Lo peor es la inacción. Nunca me quejo. No hago nada por salir de aquí, solo esperar con la esperanza puesta en que pase algo, en que ocurra alguna cosa que evite  mi triste y anodina vida, o que aparezca alguien que me saque de ella. No sé, que Dios se apiade y se la lleve a su santa gloria, que baje un ovni y la abduzca y se la lleve a su santo planeta, o a mí (no puede ser peor), que caiga un meteorito, que… Puta vida.
 
Y ocurrió. Así son las cosas, a veces. Un carro, y en estos tiempos. Quién me lo iba a decir. A ella le hubiera encantado un Mercedes, un Seat en última instancia, pero un carro ni en la peor de sus pesadillas. Y para turistas, adornado con guirnaldas de colores o lo que quiera que fuese, y cascabeles o campanillas que hacían un ruido insufrible; tirado por un burro y conducido por un gitano más moreno que un negro del Senegal; con cuatro seres inauditos dentro, lechosos, gordos y con una sonrisa de haberse bebido dos o tres botellas de tinto Don Simón, cantando o intentando cantar el Viva España de Manolo Escobar o algo parecido.
Me llevaba cogido por la cintura, con galanura -decía ella-. Gafas de Carey estilo años 60; el pelo recogido con un lazo dieciochesco, de lunares -a juego con el lugar, dijo-, y un vestido rojo (su color, color nefando, odioso para mí, aunque muy del momento), que llamaba a la muerte como el capote al toro. Pero ni toro ni cabra, que fue asno el que embistió, con un carro detrás. Y se la llevó por delante. El burro la golpeó poniéndole cara de susto. Yo acerté a desasirme. Cayó hacia delante dando un traspiés. El burro la pisó y la rueda derecha del carro le pasó por encima de la cara. Qué desastre. Las gafas rotas sobre el rostro triste e inerte y con cierta expresión de espanto. ¡No! -debió pensar-. ¡Por Dios, no! No es un Mercedes. Un carro no.
El azar le dejó un rictus de amargura y una cara de vinagre, sucia, con una boñiga encima a modo de cereza del pastel. Espantoso.
 
Allí me quedé, mirando la escena, con los ojos fijos en ella. No daba crédito. Y entonces reparé en aquel asqueroso corte de pelo que me había obligado a hacerme para ir a Ronda a pasar el puente, que parecía el ser más cursi de la Cristiandad, y aquella infamia roja que me regaló para mi cumpleaños y que me obligó a ponerme para la ocasión (hace frío, querido Chester -espetó-), cuando alguien dijo mirando hacia mí: ¿Has visto que perro tan hortera? Debe ser de ella, van a juego.
Nunca quise ser un perro Marilyn, ni vestir así. Pero ahí estaba, siendo objeto de las risas del común, frente al desastre de mi creadora, sin saber si reír o llorar, si huir o quedarme. Lo único que pude hacer, qué cosas, fue defecar.

2/9/12

El reino del Aquelarre

El Aquelarre. Goya

Nunca tuve la sensación de desasosiego hasta que me levanté aquella lluviosa y desapacible tarde, sin duda alterado por el sonido del reloj de pared dando las seis, con un golpe tras otro, que nunca antes había oído. Ojalá lloviesen amapolas alguna vez.
Solo tengo sueño, ganas de dormir y no despertar nunca. No morir, solo dormir. Quizás despertar de vez en cuando (aunque no es imprescindible, ni tan siquiera vital), mirar el reloj y saber que puedo seguir durmiendo eternamente; girarme, cerrar nuevamente los ojos y volver a dormir. Soñar la música otra vez. El bajo casi ausente, detrás, envolviendo las voces del piano y la trompeta, mientras una batería dice, casi en susurros, algo cálido, acariciando, como si oyese una hermosa voz en otra mesa, al lado, envuelta entre la volutas del humo de un cigarro sostenido por una mano inmóvil, cerca de perfectos labios que procuran risas, casi llantos.
Es un exceso la verbalización de esos sonidos, de sus ecos. Pero qué exceso.
A veces un quejido, tal vez un ruego explicado en el metal ausente que dice, mientras baja el tono para asegurar la atención del otro, o de nadie. Nunca se sabe la razón de las palabras que no huelen. Y de repente es como si sonriese.
Pobres estúpidos e ignorantes. Y aún me piden que me sienta culpable. Yo, que miro desde los sentimientos. Quieren que despierte, cuando levantarse es un suplicio. Contemplar el infinito número de horas que hay por delante es absolutamente desasosegante. Sobrevivo a través de la palabra que sueña la música que me sueña.
La inocencia machacada. No me siento humano. Trato de comprender el despropósito de levantarse cada mañana y llegar a la noche sin saber muy bien el porqué. Maldito sea el hombre que confía en el hombre, clamaba Jeremías.
Solo tengo sueño. Un sueño de sueños, o por ellos, no sé.
Una mujer aparece por detrás y habla cuando calla a través de un clarinete. Cada golpe en la tecla del piano es una sonrisa, un desmayo en el que mira.
Oh, poder cerrar los ojos y escuchar el torrente de palabras casi dadas, regaladas, acariciándome la piel.
Me gusta vivir, morir, en ese exceso de un sueño que no es sueño, que no es. Ahí, donde siente la piel, donde nace la luz, donde nace la vida, donde yace el olvido.

12/8/12

Los idus de marzo

Muerte de Julio César. Vincenzo Camuccini

Ir de lado siempre le produjo el efecto de ir más lento, y por ello aceleró el camino quemando etapas sin vivirlas, bebiéndolas, creyendo que así llegaría antes. Al final el cansancio es tal, en esas ocasiones, que conduce al tedio, un tedio melífluo que aletarga el pensamiento, y el sentimiento también. La desgana era el estado común, el bien adquirido a golpes de tragos de vodka y tequila, el futuro presente. Se abrazó al sexo, así, como un poseso, pensando que en él encontraría el bálsamo para seguir buscando, quizás tan solo andando (lo que sería suficiente mientras llegaba a algo), para acabar reconociendo que la sed no se sacia con carne, para acabar convirtiéndose en la pústula de un masturbador macilento, huido de la mujer por espectro, espectro en sí mismo, huido de sí. Sara, Beatrice, María, Mencía... Tantas que ni su nombre recordaba porque apenas estuvieron.
Todo acabó en el día del silencio que siguió al del espanto.

25/7/12

El pañuelo


Retrato de joven ingenua. Renoir
(Un apunte sobre este cuadro, refleja la dulzura)

No pudo resistir la tentación de coger aquel pañuelo y acercárselo a la cara. Respiró su fragancia como si allí hubiese habido un alma. Y por Dios que debió haberla, pensó, diría que incluso estaba, tal era la belleza que aquel pañuelo desprendía, tanto le embriagaba. Y así quedó, aturdido, durante un instante, yaciendo en el embeleso que aquel olor le había producido, ya antes pensado, quizá sabido al ver el rostro de la mujer que lo portaba, y aquel su andar, casi como levitar, mientras caminaba, y aquellas manos que dejaron caer con aquella levedad un pañuelo de seda virgen sobre la madera de aquel banco, cuando de allí partía, dejando un halo inerte, como de extrema melancolía. Ya nada nunca, supo, sería igual.

21/7/12

Vacío

Campo de Agave. Abrahám Mendoza


Tenía la cara de lado, contra la hierba, rala. La respiración agitada. Sentía un agudo dolor en el cuello, donde tenía una rodilla, y en la espalda, aunque no sabía el porqué. Pensó que iba aperder su brazo izquierdo, sujeto en tensión, hacia atrás. Una hormiga pasó frente a sus ojos ignorando su presencia. Oyó un ruido seco. Vio como unos cuervos, más allá de donde él estaba, alzaban el vuelo y graznaban con estruendo. Un olor acre invadió su nariz. Notó cómo anochecía. Obscuridad. Nada. Pensó en colores, no supo porqué. Añil, como la congoja de un niño herido. Púrpura, como el dolor de la traición de los de su propia estirpe. Pensó en el sonido. Quizás un disparo, se dijo. Después de eso ya no pensó nada. Vacío.

28/6/12

Loca luna

La luna. Nadia Martínez Michelín
Esa sensación que tenía, a veces, tan...
Todos los caminos, todas las carreteras recorridas, todos los infiernos, todos los paraisos, todos los días, todas las horas, todas las caras, todas las pérdidas, todos los juegos, todos los sueños, todos los comienzos.
Miré el reloj. Estaba parado. Alcé la mirada a la luna esperando encontrar, pero no veía. Nunca vi, creo, mirando hacia arriba. Loca luna, siempre ahí esperando. ¿Por qué rehusar lo extraño -me dije-? Sonreí. Extendí los brazos y por primera vez me sentí libre. Volar. Vivir, porque supe que, aunque pisar allí era hollar algo hermoso (la belleza), también era pisar algo nuevo, y que cada mirada a cada rincón era una nueva mirada, un grado más en la bondad, un paso más hacia la virtud.
Y esa sensación era ahora tan... ¿Por qué rehusar lo extraño cuando podía estar otra vez ahí, en lo sutil de la belleza, donde quería vivir?

8/3/12

Añil

Tras los velos. Manolo Rendón


Le hacía sentir culpable y lo alargaba. Lo único que a ella le hacia volver era satisfacer el ansia de aplacar su deseo de sexo y ver cómo él se sentía agradecido; esa sensación de humillación ajena, la desposesión de uno mismo en favor del poder del otro, la dación en pago a estar con ella, su ama y señora, su dueña; la negación de uno mismo, la alienación absoluta, el vacío.
Y aun así, cuánto le quiso.
Como a su hermana menor, cuando de pequeñas iban al parque a jugar o a un recado para su madre, y ella le decía, gritando, que se quedase allí, en medio de la calle, mientras se iba corriendo y se escondía en una esquina, observando el llanto y el miedo de una niña de apenas cuatro años, para volver al poco y abrazarla, y sentir el temblor, la gratitud, el temor, el vacío de aquel ser en sus frágiles años, besar su salino llanto, sentir el poder, el poder y el dolor, el terror.
Ese sentimiento era añil, como la congoja de un niño herido.

3/1/12

Cuando éramos reyes

Guillermo Pérez Villalta. Diana y Acteón


Comenzó a contar sus pasos de nuevo, despacio. Al llegar a quince se quedó parado. No sabía seguir. Volvió hacia atrás. Comenzó de nuevo. Uno, dos... En el quince se repitió el hecho. Estaba en blanco. No recordaba cuántas veces le había pasado eso ya, de forma consecutiva.
Llevaba así desde que era pequeño, desde que recordaba. No sabía cuánto ya de aquello. Una eternidad sin duda. Sí, una eternidad. Tres mil millones de años tal vez. Una locura. Y solo, siempre solo en aquel diminuto espacio donde había sido desterrado por no recordaba, tampoco, qué, ni por cuánto tiempo.
Volvió sobre sus pasos y comenzó otra vez. Uno, dos...

10/5/11

Zooropa station

Supongo que fui joven alguna vez; y es que, cada vez que me veo en una fotografía -es un tormento el hecho digital- que me hayan hecho, es esa la cuestión que me asalta. Es impúdico, lo sé, casi venéreo, pero ahí está.
No me ocurre lo mismo con el espejo. Es un objeto amigable. No esputa al reflejarme. Me miro cada día, al levantarme, y la imagen reflejada es la misma que la de hace una eternidad, que la de cada día de cada mes, de cada año, de cada vida.
Soy el mismo, y sin embargo...
Es un desasosiego calmo en el que quedo quieto, casi yerto diría, si no fuera porque ando.
No es la arruga lo que me preocupa sino el hecho, aunque más en sí que el hecho mismo; la sorpresa que produce; lo insólito de la instantánea, no el reflejo; y tal vez, pero esto es ya casi un pecado, incluso el solo hecho de mentarlo, las tristezas arracimadas en los surcos, como a oscuras.
Y tras ese tráfago me pregunto, como si estuviese en un deceso, si quien soy es el reflejo de quien he sido y ese reflejo es lo reflejado... ¿quién he sido? ¿Pura deriva existencial?
Pareciera, sin embargo, el pensamiento, si lo hubiese, de un soldado, en el gris campo de batalla, embelesado ante la furia de la nada, ante la ausencia, incluso, de la muerte.
Aunque, en el fondo, he de decirlo, esto no es sino pura pirotecnia verbal, y tal vez sin sentido; y tal vez un homenaje, aunque no sé a qué o a quién, ni por qué. Zooropa.

1/5/11

Ad eternum

Se levantó y se miró al espejo. La misma triste y desangelada imagen de siempre.
No puedo más, gritó en silencio, al tiempo que giraba levemente la cabeza hacia atrás.
Vuelve de una vez, dijo una voz aguda desde el otro lado de la puerta.
Ya voy, le contestó él.
Suspiró. Apagó la luz y volvió sobre sus pasos.

13/4/11

INXS

Era extraño el pensamiento, y raras las sensaciones. Olía a jara o algo parecido (había olvidado ya la esencia de ese olor -demasiado tiempo sin él-)-, mientras yacía allí, sin nada, o eso creía. La fantasía de un herido, el grito de un cobarde, el aullido de un chacal en la noche cierta. Una luciérnaga dibuja soles o sólo lo intenta entre gamas de ausencias. Se levantó. Sintió el graznido en el camino. Miró en todas direcciones. Nunca acaba Pentecostés, pensó, dibujando una sonrisa helada, descompuesta, y agrietada. El aire, acre, suspendido. ¿De qué está hecha la sustancia de los sueños? -se dijo-. Hay promesas que no se alcanzan, sedas...

Miró la caja y quitó la tapa, Siempre el mismo resultado. El tiempo quieto, pesado. Líneas de amarillo, oblicuas. Óvalos encerrados en un espacio rectangular, diminuto y eterno. Gritó en silencio. La cerró. Sacó dos amapolas arrugadas, aplastadas, del bolsillo de la chaqueta que llevaba, y las dejó sobre la tapa. Una gota cayó sobre ellas con un golpe seco, apenas audible. Se levantó y se fue.

No habría más días, sólo el día. Caminó ahíto sobre las piedras, la mirada ida, entre extraños que miran el agotado andar, los desdibujados pasos. Soñó Verona, pero aquello no era sino un Gólgota ansiado, casi pedido, suplicado quizá, temido también. En la tierra donde huele a sangre, y a higos y a... Y es que a veces respirar duele tanto, y por eso... Y es tiempo de auroras. Ya todo es acabado. Ya es tiempo, el tiempo -se dijo-.

6/3/11

Tal vez

De lejos era un objeto sin importancia, o lo parecía; poco llamativo. Un trapo en sí mismo, sin más. De apariencia delicada, eso sí, pero que, debido a unas manchas que el sol resaltaba, le hacía parecer si no usado si desgastado, o afeado, por las inclemencias atmosféricas, tras llevar allí, con toda probabilidad, varios días. Tal vez tirado, tal vez usado. Tal vez por otras circunstancias, tal vez. O era un análisis excesivo para una simple percepción visual.
La vacuidad intelectual que un exceso de alcohol -sobre todo si forma parte de tu atuendo existencial- provoca en la mente, es tal que, a veces, lo que ves es como un complejo juego de espejos en el que se reflejase un espejismo. Y mi vida era, en aquel momento, un Sahara vital, eterno e infinito, regado de vodka sin hielo. ¿Las razones? Los eriales emocionales son tan oscuros que es absurdo intentar esclarecer los abismos, más si se carece de candil, siquiera, para poder dar un paso sin caerte en ese pozo sin fondo.
Escribiré, tal vez, esa larga historia de desechos que es mi vida, pero deberé escoger entre ir a comprar un lápiz -pues el que arrastro por el papel está mordido (y eso perturba, aun en estas circunstancias, mi sentido de la estética) y es tan pequeño que apenas puedo usarlo sin hacerme daño en los dedos- o seguir degustando este horrible vodka que sublima mis recuerdos, tal vez, no estoy seguro, o los despedaza. No lo sé. Y siento, pero claro, es sólo una percepción basada en el sándalo alcohólico, que primará mi deseo de seguir soñando. Tal vez, sólo tal vez. Y suena Tom Yorke.
Como dijo el sabio Homero cuando fue abducido: “No me comáis extraterrestres, tengo mujer e hijos, comeos a ellos”. Pero claro, él era Homero Simpson, maestro de tanto, y yo un simple mortal que ha visto un pañuelo de seda en la calle, ensuciado tal vez, sólo tal vez, por los humores del vodka.

7/11/10

No hay silencios

A veces llueve a cántaros y a veces para, pero el agua no deja de caer. La llave no entra con facilidad en la puerta. Subo. La escalera tiene el pasamanos raído, como si le hubieran dado mordiscos. Es imposible acariciarlo. El color perdido, manoseado.
En el rellano hay una niña. Ojos tristes. Necesita un comentario, pero no sé qué decirle. Creo que se lo dije ya todo, antes, aquel día que la vi por primera vez, abajo, en la calle. No me creyó. Prefirió subir por el ascensor, con otras personas, o eran las sombras de otras personas, no recuerdo bien. No quería escaleras. Le costaba. Prefiero no andar, e ir con ellas, me dijo, creo. ¿Qué haces?, le pregunté. Espero las sombras, para ir a una fiesta, me contestó. Está bien, le repliqué, y tras mirarla detenidamente le volví a preguntar, ¿te gustan las fiestas? No, todas son iguales, dijo, pero tengo que ir, pero no por la escalera, no quiero andar más, cuesta, cuesta llegar arriba. Los ojos tristes. El cuerpo desconchado, como la escalera. Tal vez sea eso. No sé.
Un perro ladra en algún lugar. No es el mío. Hay una maceta de flores de plástico en el rellano del tercero.
La lluvia sigue cayendo, impertérrita. Oigo su llanto cuando golpea la noche, en los adoquines de las desiertas calles. No hay silencios.

1/11/10

Basura

He tenido noches muy oscuras, y muy largas y muy frías; tan frías como el suelo en el que me sentaba, en un diminuto cuartito vestidor…
Sentada, apoyando mi cabeza sobre mis rodillas, llorando… Sosteniendo en mi mano… un arma; un arma más fría que la propia noche…
Nunca olvidaré… su tacto, el tacto de ese arma… su tacto siempre helado.
La acariciaba… la miraba… y pensaba… lo fácil que era apretar su gatillo… y ya… se acabó. Era demasiado fácil… Sólo había que tener un poco de valor.
Necesitaba descansar, dejar ya de luchar…

7/6/10

La mecánica de la razón

- ¿Qué animal te gusta más?
- El águila.
- ¿Por qué?
- Porque vuela, porque es libre para volar, y casi siempre va sola ya que arriba casi nunca hay nadie que quiera estar, que pueda hacerlo. Cuando encuentra el compañero adecuado siempre van juntos.
- ¿Y a ti?
- El león, la ballena, la jirafa, la cebra, la vaca…
- ¿Por qué?
- Porque vuelan…
- ¿Las vacas vuelan?
- Las que no dicen muuuu y no dan leche sí.
- ¡Ah!

11/5/10

Huele a soledad

Huele a cerrado el bar, a desinfectante y lejía, a música marchita, a luz apagada. La barra llena de taburetes. La espalda de un hombre frente a ella, en uno de ellos. Una mujer se sienta a su lado.
- ¿Qué bebes?
- Soledad.
- ¿Puedo acompañarte?
- Seríamos demasiados. Además, soy fiel por naturaleza.
Se levantó, ella, y se sentó en el taburete más alejado. La mirada perdida en el fondo del vaso.
Todo sigue igual. La música, el olor, la luz, la atmósfera… la vida. Siempre igual.

25/4/10

Helio Martín

Helio Martín murió de susto. Jueves Santo. Se fue a pescar. Le dicen que en esa fecha… Pero él, que los santos le importan un comino, se baja al río. Un desprendimiento de un molino. Un estruendo enorme en la lejanía. Se corta el agua. Se seca el río. Sube asustado. En la puerta de su casa murió. Murió de susto. Era un Jueves Santo por la tarde. Allí quedó, caído sobre los adoquines, en la calle, delante de la puerta de su casa. Los ojos como salidos. Cara de loco, de aturdido, de ido…