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18/6/12

Omnia sunt communia

El matrimonio Arnolfini. Detalle. Van Eyck

Esperando el día de la Resurrección de los últimos, mientras sigo la voz que llena el aire de un delicado Richard Ashcroft cantando “Slow was my heart”, aquí, soy el reducto suicida del mirador del Apocalipsis, extraño escalón desde el que se observa la aberración de las costumbres, la abyección de la carne, la ópera bufa en la que hemos convertido el caminar de la sociedad, el espanto de las formas y la salvaje estupidez de una moda deformada por los rayados ojos desde cuyas cuencas no se accede a nada que no sea vacío; vacío, deformidad, tristeza, y soledad.
Veo perros que arrastran personas y las reunen en torno a un árbol, tabernáculo deforme de una realidad irreal, ejena. Perros que parecen personas deformadas y personas que parecen perros trasmutados, deformes espejos de la locura.
Sus amos los eligen en función de lo que quieren ser, de lo que quieren parecer, del estatus que pretenden poseer, sin darse cuenta de que, en silencio, son los canes los que eligen a sus amos, haciendo que las personas acaben siendo una caricatura perruna de esas preferencias, de esas aspiraciones.
Predomina el chándal en invierno; los piratas en verano -cuadros sobre todo, y claros-, con chanclas y camisetas ajustadas, ellos; pantalones cortos y sandalias romanas (su sucedáneo), y camisetas de cuello ancho o de una sola manga, ellas.
Surgen de todas partes, como apariciones, como muertos revividos por el milagro del Maestro, recorriendo caminos preestablecidos desde el principio de los tiempos, con sus estaciones, para descansar mientras los otros hacen sus heréticas deposiciones a mayor deshonra de ese Via Crucis. Miran en todas direcciones, como buscando. Componen sus sonrisas, puestas, y avanzan hacia la siguiente estación.
Perros urbanitas, personas urbanitas, urbanitas todos, la redención está cerca, oígo gritar desde un púlpito no lejano al tabernáculo. Un loco suicida también, pienso, pero sin vermut, o más loco aún, no sé.
Todo esto no es sino el anuncio de que algo está a punto de suceder. Quizás por el bien de todos, quizás solo del planeta, quizá solo de ellos. Tal vez sea la primera trompeta del Apocalipsis, o la segunda y no escuchamos la anterior en nuestro fatal destino, en nuestra torpe necedad de querer solo escuchar ruidos. Quizá, sólo quizás.
Y yo sigo aquí sentado, en esta atalaya de mis Apalaches. La vista perdida, el oído alterado, el olfato tapado, el tacto yerto, como el de los muertos, pero eso sí, bebiendo un magnífico vermut de Reus. Y pienso en qué agradables debieron ser aquellos tiempos en que los perros eran eso, perros, y andaban sueltos, y los ayer ascendientes de estos otros dueños, no eran sino compañeros, gratos compañeros de ellos, con otros atuendos -dei gratia-, con otros ojos, y tras ellos sus cuencas y tras estas sus cerebros.
¿Lo sabrán los perros? Y con el último sorbo de mi vermut sólo me viene a la cabeza aquella frase, “Omnia sunt communia”. Sea pues.

12/3/12

La náusea

La náusea. Mercedes Molinero




Esa mujer me produce cansancio térmico. Cada vez que la veo hay una desregulación de las caries, con lo que ello trae consigo, y todas y cada una de las rectas de mi cuerpo se destensionan y se convierten en oblicuidades. Se me acerca y esputo, hacia dentro (soy muy educado), y me atraganto con esa especie de bilis semántica que mi cerebro produce. Mastica lengua aderezada de quina de Módena (es muy esnob). Mientras habla fija la mirada como las serpientes al tiempo que arroja hojas secas como los vientos de un otoño marrón, que no son sino palabras sin descanso, imprecaciones metódicamente hechas para dañar, y entre ellas se escucha como un burbujeo de aire en ebullición que sale al exterior, o pugna por hacerlo, como esas pompas de aire en la superficie de un puchero puesto a calentar, y que me saca de mis casillas pero que me desconcierta y aprisiona también, como un matra sin sentido, desconocido y voraz. La siento como una guerra. Peón de alfil a reina. Karpov nunca me gustó. Tal vez por su mirada taimada y la sonrisa de alacrán, producto, ambas, de un régimen que primaba el maquiavelismo como método de ascenso social, y que convirtió la mezquindad en la moneda de uso corriente para trepar en la jerarquía o vivir en ella; o tal vez por las guedejas que se gasta, negras, lacias, sin lavar, pegadas, como las de ella, aunque ella se las lava o eso dice. Con carmín negro. Están partidas de forma axial, sus almas, como sus pelos. Un río de ojilllos de rata le caen por doquier o es la náusea de una alcantarilla o la de Sartre lo que le escurre por el escote. El decubrimiento de la filosofía puede llevarte a la abyección. Hiede el reo, dicen, y ella no para de escupir palabras como quien llueve en las noches del espanto. Como ese escozor en el culo al que no te puedes sustraer sin rascarte y que sabes, sin embargo, que sólo calma momentaneamente el escozor pero que no lo palía, y sin embargo quieres morir o vivir ahogado. La veo y veo un eritema precoz, un vómito ausente y silente, un derrame cerebral de ecuaciones sin solución. A veces pareciese que fuera a echar a volar, desplegando unos élitros surgidos de no se sabe dónde, tal vez de sus axilas o que escondidos estén, melindrosos, bajo esa rebeca enorme que le tapa con gracia y soltura esas caderas redondas y sueltas, santas caderas creadas para la crianza y ausentes de ella, engrandecidas por el escarnio y su ausencia, mientras repite hasta la saciedad su oración maldita: entonces... Y es entonces cuando se produce ese dolor intenso, seco y pestilente, como un embarazo ectópico, pero en el cuello, forúnculo acuoso; un hijo externo y sin nuez, navideño, como su compañero de viaje, ausente también o ausentado más bien; bola de navidad que pende de ese árbol pez. Hobbes ya lo predijo, estamos gobernados por gilipollas de distinta jaez. O algo así, entonces, dijo otra vez. Qué desastre.





16/11/11

Era

Paul Delvaux. Homenaje a Jules Verne


Venía de un lugar donde nunca había nadie. Buscando o buscándose; tropezando con cada una de las personas que se cruzaba, sin comprender que, para llegar o encontrar, no es necesario tropezar siempre.

Tenía esa mirada de las personas que vienen para quedarse, de las que si pasan de largo, a tu lado, te gustaría, al mirar en sus ojos, que se quedasen, aun sólo un instante.

7/9/10

Ángel "El cojo".

Era aquel un personaje espectral. Parecía surgido de las mismas entrañas del Averno. Todas las partes de su cuerpo, que la ropa dejaba al descubierto, eran pústulas abiertas...
Ángel, el cojo, llevaba con cierta gracia el Misalito Regina, libro de reflexión con tapas de nácar blancas. Lo portaba en una mano a modo de hisopo, mientras con la otra cogía el aparato ortopédico que le permitía el desplazamiento, haciendo las veces de tercera pierna incorporada al juego con el que nació. Lo usaba porque la pierna que iba en el lado de aquella especie de prótesis, colgaba como un badajo, inerte, a unos veinte centímetros del suelo, especie de balancín siniestro, que lo mismo apuntaba a la diestra que a la siniestra.
Después he sabido que se dedicó a rufián, regentando un lupanar...

27/6/10

Mis pequeña sacrificio

Qué pedazo de luna. Qué maravilla. Es de una belleza que aturde. Inmensa, eterna. Rota a veces por jirones de nubes negras. De un blanco inmaculado. Serena, tranquiliza. Es soberbia. Merece la pena pararse un momento y contemplar, deleitarse en ese espectáculo. Un momento, tan sólo un momento, y maravillarse de algo tan aparentemente simple, tan al alcance de la mano, y sin embargo tan ignorado. Pero no es de esto de lo que iba a escribir, sino de una mujer que conocí hace tiempo; y es que se me va la cabeza.

Era una mujer impredecible, arbitraria. De esas que cuesta entender el código ético por el que se rigen, si es que lo tienen, que lo dudo, y que, caso de tenerlo, se basa en el simple y llano deseo de satisfacer los suyos, primordialmente emocionales, pero sin olvidar, momentos después, los puramente carnales. Era esa típica dama de bien, a veces, sobre todo cuando se bañaba en lágrimas, pero era puro esnobismo, o deseo de llamar la atención, de enganchar mediante los sentimientos. Teatralidad sin más. Al igual que su adicción a jugar a los Reyes Magos.

Era el tipo de mujer más autodestructivo con que me he tropezado. Y lo malo no era su destrucción, que sólo repercutía en ella, sino que arrastraba, con ella, a todos los que podía consigo, destruyendo a todo aquel que se le arrimaba. No sabía de soledad, a pesar de que siempre estaba sola. Pero buscaba como un vampiro, para dormitar en el ataúd que era su alma, regodeándose con la sangre que había sorbido.

Y en tensión era un infierno, inaguantable.

Se vestía de puerilidad para camuflar su vacío, y avanzaba con pasos seguros, a base de tropiezos que achacaba al destino, al sino o a cualquiera con que se enconntraba en su camino, hacia ningún lugar; y es que la inteligencia tiene sus límites pero la estupidez no. Con un frío en su interior que helaba. Cuanta tontez en la noche, cuanta chatarra. Vendía su alma y su cuerpo como si no fueran nada, a cambio de un poco de atención, de calor.

Daba la sensación de que su estilo no era ni más ni menos que cansina expresividad. Su interior, un universo tan retorcido como pueril.

Sus conversaciones, de aparente felicidad o terrible desaliento, de aparente profundidad, parecían recitadas al azar, sacadas de retazos de otras conversaciones, de lecturas, de citas, de muchas citas sacadas de aquí y allá, buscadas para aparentar ser, en un intento forzado de parecer natural y profunda, pero que no eran sino simple y llanamente insoportables.

Esa aparente modélica mujer, mujer sacrificio y sacrificada, ella misma y por los demás, tenía anclajes emocionales, de los cuales había derivado a la mentira, de la que se alimentaba, hacia ella misma y los demás. Olvidando la realidad, la vida, tergiversando lo que estaba bien y estaba mal, concluyendo en el adulterio consigo misma y con los demás, cuando podía y con quien podía, mental, espiritual y físicamente. Esas adicciones emocionales son las que te pueden llevar a comprender su verdadera naturaleza.

Quería ser sugerente, penetrante, compleja, para lo que se vestía con una fachada de perfección armónica, casi minimalista en ocasiones, barroca en otras, pero que, a lo único que conducían era, en momentos, a preguntarte, con cierta intriga, sobre su personalidad, y en la mayoría de ellos sólo conducían al bostezo.

La conocí en un viaje, a Lisboa –cosas del destino-. Iba solo, en tren, desde Madrid. Se sentó conmigo, enfrente. Viajaba sola, también. Yo leía. Al poco comenzó a hablarme y, como suelo hacer, la escuché. Al principio me pareció interesante. Me preguntó las razones de mi viaje, si trabajo, amigos, amiga, placer… Cuando supo que era esto último me dijo que ella también. Hablamos sin tiempo, más ella que yo. Al final pasó todo el fin de semana conmigo. Terrible error. Demasiadas horas de oír, de saber, de ver todas sus interpretaciones, su teatralidad, su… todo, que no era sino nada, una terrible nada vestida de apariencia, un querer aparentar, un intentar tener u obtener. Pero me hizo preguntarme por mi ser. ¿Y si yo soy así también? Espero que ella no llegase a esa conclusión. Después de pensarme, yo creo que no, aunque nunca se sabe cómo te ven. Pero eso es lo de menos, o al menos eso creo yo.


16/4/10

Camuflaje

El teniente coronel es vanidoso. Le gusta representar. Es el típico militar con mucha mano izquierda que le gusta trepar y que llega lejos, muy lejos. Habla cuatro o cinco idiomas y es querido y admirado por sus superiores, y entre la gente de otras naciones cuando se reúnen los mandos de la OTAN.
Adopta una actitud muy falsa cuando está con los hombres, sobre todo o por encima de todo, delante de la tropa. Aumenta el número de tacos hasta límites fuera de lo normal en un afán de ser ¿duro?, ¿como ellos?, ¿accesible? Sin embargo discrimina un grado. Cuando manda lo hace con cierto desprecio, distancia, marcando las clases incluso a su subordinado directo, al que le hace bromas como que ya sabe quién le va a limpiar las botas la siguiente mañana, o le espeta: ¿Te quieres ganar un arresto? Le ordena que conduzca él, a pesar del desconocimiento del terreno y de llevar un profesional que lo conoce y que domina ese tipo de coches como nadie.
Su preocupación principal es que se ha olvidado la gorra en su coche, y por ello no para de inquirir si está allí o no, porque no vaya a llegar el GMOE y… Su otra preocupación es estar para la llegada de éste, y cuando alguien le hace ver que eso puede hacer que se retrase monta en cólera y habla ordenando con toda la mala leche posible, a pesar de que muchas de las pérdidas de tiempo que estamos teniendo han sido culpa suya, por afán de protagonismo, por afán de chulería, como el subir a un punto determinado por una zona de bancales y plantas que laceran como cuchillos, con taludes prácticamente inaccesibles o de muy difícil acceso. Le digo que hay un camino cerca para el Nissan, pero me contesta que si yo podré, con interrogante, o que me vaya en el coche porque cree que para mí será difícil… No soy un miembro de operaciones de especiales, es cierto, pero la montaña es mi marco… Comenzamos y se va quedando atrás. Mi amigo me dice que bajemos el ritmo no vaya a ser que…
Tras la visita del GMOE nos quedamos sin tecol. Comienza la fiesta, el espectáculo.
1ª noche.
Día intenso. Extremadamente fatigoso. Exceso de kilómetros, paredes altas, algún descenso… Cenando bajo los pinos. Comida triste recogida a salto de mata. A veces he tenido cosas peores, también mejores. Las circunstancias. Lo importante es el desarrollo del momento, la montaña, las dificultades, el estar con los mejores especialistas. Aprender de ellos y con ellos, solventar obstáculos y escuchar este mundo nuevo, inédito para mí, al menos en directo, pues sus batallas las he oído con un par de amigos de allí dentro, y de alto rango. Sin nombres. Absolutamente prohibido. La seguridad lo exige.
Hablo con un sargento primero. Una cazoleta de café amargo y un cigarrillo en las manos.
- Cuando estás en una situación real, mientras se planifica, se organiza y te preparas, no hay nada en la mente, como miedo personal o por mi familia. Todo eso queda al margen.
- ¿Por qué?
- Porque automatizas. Durante toda la vida te has estado preparando para eso. Has hecho esas cosas miles de veces, en las maniobras, y actúas como si fuera una más. Sólo cuando comienza, o bien saltas del helicóptero o bien bajas del camión o del coche, te planteas el hecho. Y este es: ¿Estoy preparado para esto? Hasta ahora me han pagado todos los meses para hacer esto y cuando se presenta me asaltan estas preguntas: ¿Daré la talla? ¿Mis hombres darán la talla?
- ¿Qué te preocupa más, la primera o la segunda?
- Buena pregunta. Se ríe. Me alegro de que me hagas esa pregunta -en un remedo de gracioso, como si fuese una entrevista de periodista a personaje-. Pero la pregunta se queda en el aire.
Me cuenta cuál era la situación real. Renuente al principio para después pasar a generalidades, aunque sin querer decirme cuál era el objetivo. Pero la confianza, el frío, la noche que une, el hecho de saber que escribo y que a mi lado está mi mejor amigo, jefe del grupo, desata la lengua. Hace una pausa y lo suelta.
- Se trataba de entrar de noche en un pueblo serbio, donde había algunas casas separadas unas de otras y donde se sospechaba que, en el granero de una de ellas, había armas escondidas. El objetivo es entrar sin ser vistos, hacer fotografías, sacar pruebas y presentarlas al mando para demostrar que ahí hay eso y cómo actúan los serbios. Sabemos que los serbios son duros y están locos. Sabemos que todos tienen un kálashnikov, y aunque son personas y nos respetan o nos temen como fuerzas de la KFOR, queda el peligro que, de noche, se levanten, te descubran y, por miedo o por lo que sea, disparen, que se les crucen los cables. Porque a las dos o las tres de la madrugada, ¿qué pueden pensar que somos?, ¿qué hacemos? Y ante eso, ¿cómo responderíamos? ¿Hasta dónde me está permitido? ¿Puedo disparar a muerte sin problemas, sin límites? ¿Responderé a lo que se espera de mí? Hace una pausa. Mis hombres son todos unos pavos…
- Pero, ¿no son voluntarios? ¿No son todos del GOE?
- Sí, pero no valen “pa ná”.
Se calla de nuevo. Creo que con un vino y mejores viandas contaría más, o tal vez no pueda o no quiere contar más.
2ª noche.
Otro día de infierno. Intenso y magnífico.
Volvemos en el jeep, de madrugada. La noche tirado en el monte, comiendo lo que se ha encontrado. Vueltas y revueltas en busca de un enemigo fantasma. Toda una odisea. Me recuesto dentro como puedo. Un soldado primero, y uno raso con un gorro del desierto sujeto por los laterales, hablan sobre mujeres. La típica conversación de hombres. No hay variación apenas. Es lo típico. El soldado raso habla muy fino. Parece de Madrid, de Valladolid o de algún sitio similar. Gira la conversación hacia las motos. De mal en peor. Uno de ellos, no recuerdo cuál, opina sobre el que se mató, que se joda, larga, se lo merecía. No sé a qué se refiere, no puedo centrarme en sus conversaciones, me matan. De nuevo a las mujeres. Uno de ellos vive con una, en una casa con jardín y gatos extraños. Ha matado a uno; abatido, dice. No puedo más. Cierro los oídos, pero nada. El primero se tumba y sigue hablando mientras se baja el gorro sobre los ojos, como para dormir. Me suena a película de la guerra de Irak. Qué vida. Qué conversaciones. Me gustaría conocer a la mujer que vive con el soldado primero para saber cómo puede aguantar semejante vida. Sus palabras clave, caótico, abatir y “niquelao”.Todo un diccionario unido a miles de tacos, risas sin sentido y conversaciones de impresión.
Llegamos. Me hago una especie de colchón con hojas de pino en un minihueco que previamente he hecho. Me meto en el saco. Hace un frío intenso. Dormiré poco pero tranquilo.
Mañana se acaba esto. Me marcho a mi mundo.
Una paella a la vuelta con un vino blanco. Mi amigo y yo. Recogemos mis cosas en el cuartel. Me regala ciertos elementos del ejército, material de primera para la montaña. Seguimos hablando. Me promete información, pero cuando salgamos por ahí.

29/3/10

Dentro del aeropuerto

Me siento en los bancos metálicos del aeropuerto de Bolonia y observo a las personas que deambulan de un sitio a otro, mientras leo un libro de Haruki Murakami. Entre el río de personas destacan algunas por su presencia absolutamente distinta. El que más me llama la atención es el típico calvo rasurado, con la cabeza refulgente que va al gimnasio para hacerse un cuerpo perfecto para poder comprarse una camiseta blanca de algodón, ajustada, y poder lucirla aun en invierno. Pasea su camiseta por el aeropuerto de un lado a otro, sin pausa ni miramiento alguno, con paso lento, parándose de ven en cuando y, con displicencia, girando el torso, totalmente, en un escorzo violentísimo, de un lado a otro, ofreciendo el haz y el envés de la susodicha camiseta. Se le salen los músculos por todos los lados. En cualquier momento siento que esa camiseta puede estallar.
Un japonés me mira de hito en hito. Es exactamente igual que los de las películas americanas de la segunda guerra mundial. Tiene una cara de malo fuera de lo común. Se apoya en el mostrador de embarque con una curva del mejor Praxiteles. El pelo rasurado a lo militar; gafas de carey negras; Lacoste, Levis, Nike, en ese orden, le visten de arriba hacia abajo. La cara le delata. Es japonés y mira con cara de defender hasta la muerte el puesto que le han encomendado defender, si es necesario con su propia vida. Tiene muy mal encare.
Una chica alemana, bellísima, con una cola de caballo ligeramente despeinada, y que, en las sienes, lleva unas pequeñas mechas que le caen de forma ondulada, mira al japonés y después a mí. No sé qué pensará de ambos. Mira el nombre del autor del libro que estoy leyendo y después vuelve a mirar al japonés. Tiene unos ojos verdes muy intensos; la boca es carnosa; el cuerpo esbelto y perfecto; viste toda de negro, con ropa ajustada. Los brazos, al aire, están divididos por una sutil línea que separa el maravilloso tono claro de la piel, del rojo que ha adquirido hoy o ayer, a lo más tarde. En la cara ocurre algo similar, predomina el rojo sobre los tonos de blanco, que ocupan los lugares donde los salientes del rostro provocaban sombras. El cuello, esbelto, rectilíneo, largo, es blanco también, y enlaza con el rojo del escote. Todo muy artístico. Se lleva el sol, a trozos, a su país del norte, a las sombras boreales.
Juraría que he visto a Deng Xiao Ping. Pero como no se me ocurre qué puede hacer aquí, en el aeropuerto de Bolonia, deduzco que no es él. Además la azafata acaba de ocupar su puesto. Me levanto y me pongo en la cola.

15/11/09

Los espacios de la vida

Entrar en ese espacio es entrar en otro espacio, distinto. Hacía tiempo que no iba. Te vas acercando y el ir y venir de personas ya anuncia lo desemejante. Palabras, un torrente de palabras, de colores y olores. Humanidad. Traspasas la valla y un sinnúmero de puestos diferentes en sus formas y contenidos llenan el lugar. Sin apenas sitio para andar. Te rodea otro tipo de personas, tan iguales pero tan distintas de con las que se suele estar; lejos de esa clase media tan vulgar, que siempre hace lo mismo, que siempre piensa lo mismo -y eso cuando piensa, lo que ya es una dificultad-, que se recrea en lo mismo, en la más vulgar apatía de la normalidad; y que desprecia lo que no es eso, lo distinto, lo especial. Magrebíes que venden y que miran, que están; con su hablar distinto, sus formas. Gitanos, con su color y sus sonrisas; ellas con el pelo recogido, mientras ellos con pelo largo y la nueva estética de la disimetría en la barba. Un niño juega con un palo y una naranja, entre risas, con otro. Un gitano mayor, patriarca sin duda, sienta sus años en una silla de playa, desplegando toda la sabiduría de su mundo y sus años en una mirada de siglos. Tocado con un sombrero de paja, de ala corta, y un garrote en la mano, con el que juega; terno gris, y unas llaves que le cuelgan de la trabilla del pantalón, a juego. Mira la vida desde la distancia, sonriéndola, sabiéndola.

Relojes, fruta, ropa, libros, monedas, juguetes, antigüedades.

¿Me lo dejas por diez euros? Déjame pensarlo. ¿Me doy una vuelta mientras? Es solo por comprarte algo, no vale nada. Tengo que pensarlo… Negocio de una venta entre un marroquí que vende cosas viejas de su país y de éste, con un gitano entrado en años, enchaquetado. Tan iguales, tan distintos. Las cadencias del habla.

La churrería abarrotada, y ese olor tan peculiar, que se te mete dentro, que te llama, que te lleva. Me recuerda otro momento. Café con churros sentado en un velador, por la mañana temprano, en un quiosco de una plaza de un pueblo pequeño. El sabor, la sonrisa, la mirada, el calor. Otros tiempos. El tiempo.

Señora, que nos vamos; las cremas y los perfumes, que se me acaban. Una niña, de unos quince años, llama hacia su puesto, con esas formas, con ese deje gitano, tan especial, casi andaluz.

Los disminuidos psíquicos pasean de la mano, ajenos al mundo y, sin embargo, en él. Con sus perennes sonrisas y la brillantez de la mirada, su andar raro, su mirar alegre, su agradecimiento constante. Todo un regalo. Lo miran todo, lo saborean todo. Sus retinas se llenan en ese paseo matutino fuera de sus cuatro paredes de siempre.

La vida está ahí, como un todo, en un espacio reducido, para gente distinta. No hay clase alta, ni media –no lo sabrían apreciar; sólo mirarían desde la distancia y como diversión, como triste diversión- ; sólo gente llana, con sus risas, con sus vidas vividas con lo sacan, con lo que obtienen; tan lejanas de esos otros, displicentes prepotentes, que creyendo que viven no viven nada, vegetando en repeticiones de lo mismo, de nada, en sus vidas vacías y tristes, auto complaciéndose, auto convenciéndose. Tristes vegetales. Aquí sí hay vida. Vida viva, vivida, sentida. Belleza pequeña, auténtica. Por todas partes. Mil detalles. Te paras y hablas en los puestos. Degustas las palabras. Negocias. Ríes. La gente ríe contigo. Te regala. Te da la vida a cambio de nada.

Me subyuga la estética imposible de algunas personas, sobre todo de las chicas, de las jóvenes gitanas; la variedad de color en las mayores, los tonos de gris y negro en ellos. Ni un ápice de tristeza. Sonrisas de verdad, no fingidas, no forzadas, espontáneas. La risa de dentro, la de verdad. Unos niños palmean y cantan. Una pausa para escucharlos. ¿A que no sabes por qué cantamos? Por alegrías. ¿Cómo lo sabes? “Pa” que veas. Anda… Se quedan sorprendidos. Su sonrisa se agranda. ¿Qué quieres ahora? Una seguidilla.

Todo me envuelve. Y es que hay tanto. Provoca alegría, euforia. Siento. Se me mete dentro. Me da vida. Y se nota en la cara, en mis ojos, en mi sonrisa. Y lo regalo. Me dan y doy. Dar y recibir en un constante. Vida, la esencia de la vida, auténtica, sin fingimientos. La belleza expresada en almas de verdad, no imitadas, no yertas. Andar y ver, sentir. Personas. Todo es.

Una cerveza bajo los toldos, entre la gente. Un puesto de plátanos, con su olor a infancia, a la derecha de ese pequeño espacio con mesas, entre el río de gente que fluye; y a la izquierda dos personas que liberan móviles. Una cerveza con aceitunas, sevillanas, y con un fondo de palmas y de voces rasgadas, de dentro, con ese deje, con ese arte, por alegrías. Y unos lirios blancos sobre la barra. La vida fluye suave y viva. Me gusta su cadencia.

15/9/09

Situaciones

Me siento en un banco del parque del bulevar, bajo la inmensa sombra de un ficus. Miro a un niño que juega con su madre. Un perro, delante de mí, está tumbado en el suelo. Me recuerda al mío, al que murió. Aquel soberbio y abúlico mastín. Saco mi novela italiana y el tremendo diccionario que me compré para traducir. Decidí aprender italiano así, tras mi último viaje a Italia. No va mal. Lento y arduo, pero bien. Hago progresos. El italiano parece fácil, pero es muy complicado. Cojo mi lápiz, mi libreta y comienzo a leer y traducir. Se me acerca un hombre y se sienta a mi lado. Le saludo y me sonríe. Sigo con mi lenta lectura. El hombre comienza a hablarme. Sé escuchar, pero no sé si es que se me nota o qué. Todos los locos, los borrachos, los desesperados, los solitarios, los silenciosos… se me pegan y me hablan. Pero está bien. No pasa nada, y siempre se aprende algo, además de hacerles sentir bien por un momento. Estoy acostumbrado, así es que cierro el libro, le miro y le sonrío. Le escucho. Giro la cabeza al frente y miro al perro, pues no es un diálogo sino un monólogo. Además él tampoco me mira. Sigue igual, el perro, como anestesiado. Debe ser el calor. Mi compañero de banco sigue contándome su historia. Está harto del trabajo, no aguanta a su mujer, sus hijos no le quieren, está en tratamiento psicológico… Yo también he ido al psicólogo. Para ver si tenía un problema. A veces me pasa, no tener un problema, que también, sino estar escuchando y que se me vaya la cabeza en algún punto de lo que dicen a algo mío; pero mi mirada y mi sonrisa siguen en automático, y la persona cree que sigo con ella. No lo puedo evitar, pero sólo a veces. Me ha dicho, mi psicólogo, que no soy un canalla, que no soy, ni tan siquiera, mala persona. Me dijo que mis silencios, cuando me enfado o creo que me han hecho daño y no lo reconocen, son mis agonías; que cuando callo es para castigarme por no castigar a los demás, por no dañar a los demás; que mis vacíos son para inflingirme daño para no perjudicar a los demás. El problema, me dijo, es que eso daña a los demás, y la cuantía y el dolor varía según la persona afectada. ¿Las razones? La infancia. ¡Cómo no!, pensé. Si me llega a decir algo del sexo me da un espasmo. Me temía que me saliera con Freud, pero se quedó en la infancia. ¿Y qué pasaba en ella? A mí me lo hacían. Daño emocional, gritos, castigos, silencios, vacíos. Y yo repito los actos interiorizados en mi mente, en mi subconsciente. Me dijo que eso es común, que le pasa a todos los que han padecido esos actos. Que todos, incluso los que no los han padecido, lo hacen en mayor o menor medida. Se tienen esas secuelas. Me cuenta que los silencios son en espera de que los demás reconozcan el daño que me han hecho, el error cometido, esperando la disculpa, y que al no querer producir daño físico ni moral ni emocional, me autolesiono yo con el vacío recurriendo a un hecho interiorizado de la niñez. Lo malo es que esos vacíos pueden generar daño moral o emocional, según sea la persona con la que interactúe. Tremendo análisis. Lo que me tranquilizó es el hecho de no querer dañar. De no regodearme en ello, de no complacerme en ello, de no disfrutar con ello, sino todo lo contrario, como yo sabía y como ella, porque es psicóloga, me afirmó. Esperaba un diván y tumbado, con los brazos cruzados y los ojos cerrados, entrar en los mundos internos, o cojines, pero estaba sentado en una silla con una mesa separándome de ella. Una vulgaridad, pensé, pero no estaba en una película, así es que… El caso, para no desviarme, que soy muy dado a ello, es que puede producir daño, porque a algunas personas se lo hace (esa actitud), pero me doy cuenta tarde, reacciono tarde. Al menos no hay deseo de hacerlo. Y eso lo sabía, y si lo confirman los expertos me hace sentir mejor. Me deja algo más tranquilo. Pero el problema sigue estando. ¿Y la solución? Sencilla, me dijo ella. Sabes el problema, sabes su causa, actúa, me dijo. ¿Cómo?, le dije yo. Analiza el por qué lo haces y siente que no hay razón para hacerlo, racionaliza por qué te sientes mal, por qué te haces mal tú mismo. Piensa y actúa. Elimina la razón, ponte en el lugar del otro y siente que le haces daño, sé empático, y piensa que haciéndote daño no resuelves la situación, que hay otras vías, más rápidas, más fáciles. Dialoga. Relájate y busca la solución por otro lado, mediante el diálogo, escuchando, preguntando, mediante la razón, respetando las posibles razones de los demás, aun cuando no las compartas, aun cuando te hayan hecho daño de verdad y no la lleven. Respira y da tiempo al tiempo. Respira y cuenta hacia atrás cuando te veas en una situación similar y si ya estás en el silencio piensa y siente cómo te sentías cuando eras pequeño, en el daño que sufrías, en tu dolor interno, y piensa en tu sufrimiento actual, en tu dolor, en tu silencio, en el daño que te hace y eso te llevará a ver y sentir lo que está padeciendo, sintiendo y sufriendo el otro. Es una labor de interiorizar y luchar. De ser persistente y no dejarse ir por las circunstancias del momento. Y habla. Me gustó el discurso, y me emocionó. Me hizo llorar, porque me empezaba a encontrar mal. Y me sentí mal porque yo sabía que no quiero hacer daño y sin embargo puede haber personas que no piensen así. Siempre creí que al conocerme es obvio que se vea que soy buena persona, sobre todo con los demás, y más con los que más quiero. Pero a veces no se ve así. Y eso me hizo mal. Mal momento aquel. Seguiré sus consejos. Pero visitaré a otro psicólogo. Nunca está demás tener más opiniones. Mi compañero de banco sigue despotricando contra todo y contra todos. El perro tirado en su sitio, incólume a todo. El niño se ha caído y se ha hecho un rasguño. Su madre se lo lleva. Yo no puedo irme, aún sigue hablando este hombre, y me sabe mal dejarlo sin un oído que lo escuche. Esperaré a ver si le entra hambre. No sé cómo va a acabar esto. Es todo un mundo el suyo. Y lo malo es que yo ya tengo hambre.

12/9/09

El recuerdo de las personas

En un lateral de la carretera de la vida, en su cuneta, se nos suelen quedar personas de verdad. A veces para un tiempo, a veces para la eternidad. Personas que pudieron ser, que fueron, que nos dieron, a las que les dimos, con las que aprendimos, con las que compartimos, con las que sufrimos, con las que reímos, con las que vivimos la vida de verdad. Personas que se quedan por distintas circunstancias. Y perdemos. Perdemos mucho. Y ahora, con el tiempo, lamento la pérdida por lo que dejaron de aportarme, de enseñarme, por la merma de su disfrute vital. Y decimos, es así, pero no, no lo es, al menos a veces, pero no es así, lo hacemos así. Y lo peor es que nos rodeamos de personas, a veces, que no nos dan nada, ni enseñan nada, ni aportan nada; que, a veces también, sustituyen a las otras, que parece que nos dan. Y no, y lo sabemos o no, y nos damos cuenta o no, pero con el tiempo, si somos, lo vemos y quizá lo lamentamos, pero en ese momento nos rodeamos así porque lo necesitamos, o porque no vemos, o porque no tenemos a nadie más a quien recurrir o porque queremos oír o porque…
Y me pregunto, a veces, dónde estarán esas personas, cómo les irá, si están aún, hacia dónde fueron y cómo lo hicieron, si se quedaron en el camino o lo siguen haciendo. Y sonrío, con cierta alegría, por lo que fueron, me dieron y supusieron para mí, y con tristeza por lo que perdí con su ausencia, y con una alegría inmensa por haber tenido la fortuna de conocerlas y de haber compartido un momento de vida con ellas.
De ese lateral de la carretera de la vida, reapareció hace poco una de esas personas. Recordamos. Sonreímos. No era la persona que recordaba, ni me pareció el camino que llevaba el que buscaba, del que hablábamos, el que prometía. Lo vi en su mirada y en sus palabras, aunque quería ocultarlo. ¿Y yo? Es posible que viera lo mismo en mí. Tal vez pensara que mi camino era errado. Espero que no, y aun con traspiés y lentitudes espero no haberme equivocado; espero seguir aprendiendo y, aun con trabas y desviaciones, seguir viviendo como creo que se debe hacer, seguir mirando. Aunque pudiera estar equivocado. ¡Quién sabe!
Las personas cambiamos, no somos los mismos o no me lo parecen. Quizá soy yo el que he evolucionado, quizá veo la vida de forma diferente, quizá soy muy exigente, tal vez fuese mejor quedarse en la tranquilidad de la nada, de la normal apariencia, de la simplicidad, que no sencillez. Pero la veo bien así, y la disfruto, aunque a veces sea inclemente. Me gusta vivir con todo lo que hay en ella, pequeño y grande, y descubrir sintiendo y mirando y aprendiendo y mejorando, o intentando hacer todo eso, con mis limitaciones y mis errores y fracasos, levantándome y siguiendo.
Y me ha gustado encontrar y recordar. Pero no era aquella persona que creía y soñaba y… Y aun así está bien. Fue una alegría inmensa. Y me recordó una canción de U2, de hace mucho; que habla, de alguna manera, aunque no exactamente o también, sobre estas cosas, sobre las personas que perdemos en el camino de una u otra forma, de la pérdida, quizá del punto de partida. De… Es Kite, una canción que me emocionó como pocas, que siempre me puso la piel de gallina y un nudo en la garganta, y que lo sigue haciendo, por la voz de Bono, por ese directo (que me gusta y me dice más, y que era quizá el momento), por lo que dice y por cómo lo dice, por tanto.
¿Qué habrá sido de las demás personas importantes que han pasado por mi vida y que ya no están? Pienso en ellas a veces y me queda un regusto amargo y cierta tristeza por no tenerlos, por no saber de ellas, por no estar con ellas, por lo que viví con ellas.
Hoy, que ya hace tanto o tan poco, me voy a poner a recordarlos. A recordar sus buenos momentos, sus buenos actos, sus sonrisas, sus llantos, sus miradas, lo que vivimos tanto.
Para todas esas personas que están en mi recuerdo, para todas ellas, este pequeño recuerdo, este pequeño homenaje. La vida es música. Tal vez nos salve la delicadeza.


3/9/09

Dinamarca. Costa norte, Helsingør, Copenhague-Cristianía-.


Dinamarca es un país pequeño, frío y lento, de luz mortecina, apagado y triste. Brumoso y con un viento constante, molesto. No sé a qué se dedica y no parece dedicarse a nada. Parece sobrevivir en sí mismo, retroalimentándose. Parece sólo subsistir en una lenta monotonía. Las personas son serias, adustas. Y, entre ellas, un número ingente de vagabundos, borrachos, drogadictos, colgados, solitarios en un país de solitarios. No hay apenas miradas, sonrisas, apenas niños. Son amables, sí, pero solitarios, lejanos, fríos, como el país. Todo lo contrario de los suecos. Tan cerca, tan lejos.

Copenhague es una ciudad pequeña, decepcionante para la capital de un país. Sucia, con poco que mostrar. No hay apenas color. Paredes oscuras, grises o marrón apagado, lisas, frías. Está mal hecha y mal organizada, mal señalizada. La vida que hay se reduce a tres calles. Tal vez tenía otra imagen del país y de sus habitantes, pero no, no da mucho de sí, aunque lo intento.

País pequeño, ventoso, abúlico, lento y frío. Casi siempre cubierto de nubes. La primera ciudad a la que llego está desierta. Nadie en las calles. El vacío es absoluto. Viento. Un único sitio para comer, y, al parecer, el único donde se puede fumar en el interior, de todo el país. Está abarrotado. Una especie de minibufet medio italiano, medio autóctono, que se reduce a tres formas de preparar el salmón (rarísimas), y dos de carne. Cerveza Tuborg. Mejor que la Calsberg, o más a mi gusto. Todos los colgados de la ciudad se han concentrado allí. Los actuales y los que han ido quedando con el devenir de los tiempos desde los años del hipismo. El espectro de edad es amplio. Todos fuman. Todos beben, cerveza solo. Pocos comemos. Todos beben en solitario, o de a dos como mucho, y sin hablar entre ellos. Sentados frente a una Tuborg. La barra, de madera, llena de cuerpos sentados en taburetes. Humo, cervezas y miradas perdidas. Al salir, el ambiente no mejora mucho. Vacío, viento, frío, humedad, soledad, colores apagados.

La costa norte es impresionante, pero por sí misma, y por el windsurf. Al menos se puede navegar y eso es un placer en esos días lentos, de nada. Algo de bosque, mar, roca y el fuerte viento y la tabla en la punta norte. Está bien. Me gusta. Buenas olas. Me alegro de encontrar ese momento, y esas personas.

Copenhague de nuevo, y la gran decepción, Cristianía. When you see long hear and funny people, like you, me decían cuando preguntaba por el lugar. No fotos. Terrible. El experimento fallido. Esperaba un sitio libre, de creatividad, de personas con deseos de libertad, de ansias de superación del sistema, de organización autónoma con proyección, alegre, divertido, con sentido. Es un lugar libre, pero disoluto en la nada, en el vacío, sin creatividad; lo escaso creativo son puestos de artesanía como los que te encuentras en cualquier parte de España; los grafitis son lamentables, las pinturas pésimas, los ¿”museos”? para llorar; el ambiente creativo es nulo, absurdo y lamentable; la libertad ha pasado a una pseudolibertad para emborracharse libremente, para fumar libremente y para que nadie te lo impida. No hay diversión fuera de un canuto tras otro sentados en torno a los bares, mil. Fumar y fumar, y beber, no hay más. No se ha superado el sistema. Es otro y sin sentido, muerto, vacío. No hay alegría, sólo tristeza con sonrisas de marihuana o hashis. Sucio, feo, deprimenete. Nada. Personas de cualquier edad, desde sesenteros a catorceañeros, y algún niño de tres o cuatro llorando y pidiendo a su madre que la lleve a casa, mientras ellas beben entre gente que se tambalea, vomita y se cae por la calle, que va hacia un lugar y que cambia la dirección porque ha chocado con otra persona y se ha girado sin querer al no tener fuerza. Alcohol y droga. Vacío. Muerto.

Aarhus es otra cosa. Más viva, más alegre, pero sin estridencias. Para ser más pequeña me gusta más que Copenhague, aunque sin alardes.

País frío, ventoso, lento, apagado.

26/8/09

Suecia. En el país de los bosques y los lagos y las islas. Uppsala-Estocolmo-Nynäshamn


Uppsala es coqueta. Universitaria. Bicicletas por todas partes. Llena de ambiente, de terrazas de madera que cabalgan sobre el oscuro río, adornadas de macetas de colores, en rojo y amarillo, de bellísimas flores. Posee una catedral gótica, esbelta, de ladrillo rojo, que se alza sobre el río en dos torres puntiagudas, eternas, contra el azul del cielo, intenso, intentando acariciarlo. Paseo la ciudad con la mirada mientras oigo el suave y dulce sonido del hablar sueco, ininteligible, pero agradable en las melódicas voces de sus habitantes.

Cojo el tren para Estocolmo. El bosque es constante a tu alrededor, un bosque eterno en la plenitud inmensa de la llanura, en mil tonos de verde, sobre un fondo, en la línea del horizonte, de azul, roto o matizado por líneas paralelas de pequeños cúmulos de algodón y cirros quebrados, deshilachados, que viajan lentos en un suave contraste de colores mansos, moviéndose pausados. El sol luminoso, de amarillo intenso. Todo es paz. Aplaca. El bosque se rompe, a veces, hacia dentro, en pequeñas islas de pastos, de trigales bajos con granjas en rojo burdeos de techos negros, y los bordes de las ventanas y las puertas en blanco, de un dulce encanto, sobre el fondo de la floresta. Lagos pequeños de vez en vez en los que se refleja el algodón de las nubes. Lagos de un azul oscuro intenso, con reflejos, en su orilla, del verde, que oscurece. Algún caballo pastando. Bosque de robles y abetos y pino negro. Altos, elegantes.

Con el aterciopelado traqueteo, la mirada viaja tranquila, posada en el encanto que la belleza exterior posee, a través de la ventana, en silencio. El espacio inmenso que te entra por los ojos, arrullado por el blando movimiento del tren. El vagón vacío. El alma posada. El pensamiento ahí… Cadencias de vida. Regalo para los sentidos. Placer.

Una carretera sinuosa, estrecha, serpentea entre un grupo de granjas como una pequeña culebra gris que buscara el cobijo de los árboles, de los que no ves su copa, de tan altos, que pasan veloces por la ventanilla. Y otro bosque, la otra parte de él, que rompe la vía, a la izquierda, en juegos de imágenes, de reflejos, de ilusiones. Juego de realidades en cristal. Superposiciones.

Bandadas de cuervos que surcan el cielo, como manchas moteadas de un cuadro impresionista que se moviese a intervalos, sin sentido aparente sobre el fondo azul. Es el país de los cuervos. Están por todos lados. No hay palomas, sólo cuervos, de un color grisáceo y azules ojos, casi grises, como el de las personas.

Es un país tranquilo, de gente tranquila. Elegante en sus formas y en su estar. Suaves, delicados. Acompasados al tiempo, de lentos movimientos y de un raro andar.

Y Estocolmo te inunda. De inmensa belleza. Está viva. Llena de personas y color. Agua y tierra. Canales. Barcos. Elegante y agradable. Suave y lenta. De mujeres gráciles, de cara pequeña; de mirada amable que acompaña a una suave sonrisa que acicala, casi quieta. Te miran despacio, dejando la mirada en tus ojos, regalando. Amable. Tienen el alma con una cadencia distinta a la del sur. Como si posaran la mano en la tuya, con ella, en una caricia eterna que jamás inquieta, que apenas toca, de tan suave. Te enamoran con ese tono de voz del habla sueca cuando te dicen en inglés, y que se te mete dentro, que te dan, que te invitan a moverte, a quedarte. Ojos pequeños, de un azul profundo, grisáceo, casi mate, resaltados por líneas de negro que se pintan; de labios rojos y finos; el pelo rubio, vivo, casi blanco; algunas morenas, de una belleza increíble, de grises ojos y piel más oscura; de mirada penetrante; vestidas de negro sobre cuerpos esbeltos. Poseen un encanto especial. Belleza del norte, boreal. Belleza.

Estocolmo es cosmopolita, culta y elegante. Con un encanto sublime. Me gusta. Viviría en ella. Tranquila y a la vez inquieta. Expectante. Cuando el sur llega parece que sus ojos se alegren, como si siempre te hubiesen esperado, para regalarte.

Mil islas diseminadas. Grandes y pequeñas. Mil archipiélagos de una belleza callada, cubiertos de bosques iluminados a intervalos por los rayos de un sol que asoma tímido, plateando las aguas verde oscuro del Báltico. Aguas que lamen las rocas, vestidas de verde y de blanco y de gris, por el liquen que las cubre, de rugoso tacto al acariciarlas con la mano, como el que sube por el cuerpo de los troncos de las hayas y de los pinos y de los robles, que a su orilla dormitan moviendo las hojas al compás del sonido del viento. Y notas el rojo brillante, algunas veces, entre los tonos de verde, y de amarillo seco. Mil tonos de color bajo el gris del cielo, cubierto de nubes, contra el gris del mar y del granito. Y llueve. Vaxholm, Nynäshamn…

Me gusta este país. Es bellísimo en su concepto estático, en su naturaleza tranquila y exquisita, larga, amplia, que permite que la mirada se expanda en su infinitud. País suave. País quieto. Terciopelo.

19/3/09

A mi padre

Odié, desprecié, discutí, admiré y amé a mi padre de una forma que ahora, después de pasado el tiempo, me da miedo. Incluso, tras unos años de su muerte, pienso, a veces, en cómo era posible que existiesen esos sentimientos en mí. La edad supongo, sobre todo la pubertad y el deseo o el propio hecho evolutivo de crearte una personalidad, para lo que hay que oponerse a la norma, enfrentarse al poder, a la autoridad…
Pero el tiempo es sabio. Creces y ves. La distancia y el tiempo te dan una perspectiva que el presente no te permite. Te dan una visión de los hechos que el momento desvirtúa, dramatiza y agranda, e incluso que, vistos desde esa distancia, no son los que vivimos sino otros absolutamente opuestos.
Ahora, que el paso del tiempo me permite ver la figura de mi padre con suavidad, y que su ausencia es absolutamente total, lamento todas las veces que me enfrenté a él, no por el hecho en sí, sino por el dolor que le produje; lamento todos los quebraderos de cabeza que le hice pasar, que fueron muchos; lamento los sinsabores, las decepciones, las malas palabras, los malos gestos, los desprecios; lamento todas y cada una de las acciones que le produjeron dolor. Porque sé, ahora, que todo lo que hizo, bien o mal, conmigo, lo hizo con toda su buena intención. Equivocado o no en el fondo y la forma. Siempre quiso lo mejor para mí. Por eso lamento tanto todas esas cosas. Pero lo que más lamento y me hiere el alma, es la cantidad de veces que no le dije te quiero papá. Porque sé lo que lo necesitaba, lo que lo deseaba. Y lo lamento porque siempre le quise, le quiero y le querré. Porque es mi padre. De ahí el hartazgo de llorar cuando me despedí de él en la UCI, aquel treinta y uno de diciembre, cuando no me oía, cuando sabía, a ciencia cierta, que ya no lo volvería a ver más.
Ya sólo me queda llevarlo en ese sitio del alma donde se guardan los recuerdos más hermosos. Allí donde siempre estarán las personas que más he querido y quiero en este mundo. Cuánto lo hecho de menos, a veces, ahora.
Por todo ello, quiero agradecer a mi padre el placer de haber estado con él en la vida, de que me haya querido tanto, de que me haya educado, de que me la haya dado. Aunque no esté a mi lado físicamente, siempre estará dentro de mí, como lo que es, mi Padre.

1/3/09

Mirando por Madrid

Madrid está triste. Ha amanecido con un gris metálico que suaviza todas las líneas. Me gustan los días de lluvia, los grises, los que te abren las calles a la mirada, pero hoy encuentro triste todo esto. Las personas andan deprisa bajo los paraguas. Las colas en el Prado son más cortas. Me gusta la quietud de los paraguas, multicolores, sobre las cabezas. Los bares, en cambio, están atestados. La gente sonríe ante las cañas, entre el humo, y habla y habla, gesticula. Debe de ser el acogimiento que el calor proporciona. Aunque no sé si será el humano. Espero que sí. Madrid me gusta más con sol. Tal vez por las anteriores veces que he estado. Con sol y frío. Hoy hace frío, pero no hay sol. Me gusta, pero… le falta algo.
Llevamos sentados un rato en un banco frente al museo, mirando, mientras la oigo, aunque no la escucho. Debería pero no lo hago. Miro a los ojos de un niño que lleva en brazos una gitana rumana que se pasea, con su ropa de mil brillantes colores que contrastan con el gris plomizo del cielo, alegrando la vista casi tanto como la sonrisa de los ojos del niño, a pesar de tanto. Las personas de la fila giran la vista al oír la voz de ella con su mano extendida. El niño me mira. ¡Qué ojos! Toda una experiencia esa mirada. Tan pequeño y tan… ¡Qué vida! Me levanto del banco y le pongo un billete, a ella, en la mano, mientras acaricio, al tiempo, la cabeza de él. Ella me mira sorprendida mientras el niño me sigue sonriendo. Esa es la mirada que da, la que busco, la que llena. Una mirada que ilumina, como pocas he visto en esta vida. El día es bonito a pesar de tanta tristeza. Me siento otra vez.
¿Y si apruebas qué vas a hacer? Me dice. Ni idea, le contesto. Ahora mismo no tengo ni idea. Antes lo sabía pero ahora no. Nueva York esta muy lejos, o muy cerca. No lo sé. Ya veremos lo que me dicta la vida. Miro como se va el color de ellos a otra parte. Cómo me gustaría poder tener, ahora, el brillo de la mirada del niño en mis pupilas. A veces la vida se decide por una acción que cambia la percepción del tiempo.
Recuerdo el sueño que tuve anoche. Me movía en un campo de trigo acariciando, mientras andaba, con la palma de la mano las espigas de los campos ocres en primavera, mientras me acercaba a una figura desdibujada, a mi hogar, como volviendo. Y después mi cuerpo se elevaba sobre pétalos de amapola. Extraño. O no. Me recuerda algo.
No sé. No sé qué haré, le repito ante su mirada incrédula. Ahora mismo no sé nada. No merece la pena preocuparse. Fíjate en la gitana y en la mirada del niño. Eso sí que es importante.

20/2/09

El viejo

Un hombre viejo, enjuto, arrugado y gastado, intenta medir una cajonera que está en lo alto de unos estantes, en un hipermercado. Viste de gris apagado, como su mirada. No alcanza. Gira la mirada hacia todos los lados. Las personas pasan ignorándolo. Me acerco. ¿Le ayudo? Yo se la alcanzo. Le digo. La mide mientras lo observo. Apunta los datos en una libreta ajada, como él. Termina. Es que estoy en una residencia..., me dice. Tiene ganas de hablar. Los ojos llorosos. No debe hablar mucho, ni con nadie. Tal vez solo. Mi mujer se murió hace un año, la pobre… La soledad, el abandono. Apestados viejos. Esquivados. Expulsados. Ocultados. Tengo noventa y seis años. No los aparenta, le respondo, yo le echaba unos ochenta. Se ríe. Será por la vida que he llevado. Dura, muy dura. Me cuenta la guerra, su guerra. Le escucho. Sonrío. La vida al final te da lo que mereces. Pone a cada uno en su sitio. Te voy a dejar, me sigue diciendo, porque tendrás que hacer tus cosas. Me sonríe con más amplitud. Los ojos acuosos. Cálidos. Me siento bien. Dos horas de pie. Dos horas hablando. Gracias muchacho, que Dios te lo pague, me dice. A usted, ha sido un placer. Le contesto. Le tiendo la mano. Me la estrecha con fuerza y se acerca como para abrazarme. Le aprieto contra mi cuerpo. Calor humano. Veo como se aleja. Despacio. Se vuelve. La sonrisa en el rostro y unas lágrimas que se le escurren por las mejillas. Levanta la mano. Se gira y sigue andando. Me duele el alma. Sonrío mientras lamento su lamento en mi interior. Hoy ha sido un buen día.

18/2/09

Sombra

Cuando una persona pierde su sombra lo pierde todo. ¿Por qué lo hace? ¿Por qué la vende? La respuesta es difícil. Judas vendió a Cristo por treinta monedas. Vendió su sombra, su alma, vendió su espejo, a su mentor, a su maestro. Acabó no soportando el hecho y se colgó. Su conciencia no soportó la ignominia. ¿Podemos vivir sin nuestra sombra? Probablemente sí, durante un tiempo. ¿Y después qué? ¿Acabar como Fausto o como Judas? Quien vende su alma, su sombra, acaba siendo víctima de su propia debilidad, de su ambición, o de la razón que le ha llevando a la venta, sin importarle las consecuencias o sin verlas. Pero el tiempo corre, el tiempo es sabio, y al final habrá de pagar su deuda. Sabia es la rueda. Terminará perdiendo todo y condenando su ser, destruyendo su vida y lo que ama. Hablamos, hablamos y hablamos de su importancia, sin embargo, en determinadas circunstancias y, a veces, en un momento corto de tiempo la vendemos. Sesenta días, tal vez menos, para mudar, para vender. Así es la vida. Una bella melodía suena y, de improviso, el silencio aterrador. Quien la vende suele ser analítico, calculador, ocultador, egoísta, utilizador de las personas y los sentimientos en su propio beneficio, por… O tal vez sea que... No lo sé. Hablamos, hablamos y hablamos, y la vendemos al mejor postor, al primero que pasa, o buscamos a alguien fácil, simple, ya utilizado. ¿Cuál es el premio? ¿Treinta monedas de oro? ¿Belleza permanente? ¿Conocimiento? ¿Falsa seguridad momentánea? Tiempo. El tiempo corre. El tiempo pasa. Y mientras, vivimos sin sombra, sin alma. Y así es difícil vivir durante mucho tiempo. Comienza, antes o después, el calvario. Un Gólgota que le llevará por un camino que no era el buscado o presentido, o deseado. ¿Y entonces? ¿Nos colgamos de un árbol? ¿Matamos dejando un rastro eterno de cadáveres, aun de los que más nos han dado y querido? ¿Lloramos? Quien vende su alma, su sombra, ya no es él, es alguien falso, una mitad de nada, de vacío, de sequedad. ¿O lo era ya antes de venderla? ¿Desde siempre, aunque las apariencias engañen? Mejor no ser como el desgraciado Schlemihl de la fábula de Chamisso, que la vendió por una bolsa de oro y nunca recuperó la paz. Mejor no ser como él, como Fausto, como Judas. Mejor mantener tu sombra, caminar con ella, aun solo. Alma. Sombra.

1/2/09

Para Manu

Antes de ayer murió mi amigo. Cuánto lamento las palabras que no te dije, los abrazos que no te di. Siempre es tarde para el lamento. Siempre es tarde por no haber dicho te quiero lo suficiente. Siempre es tarde. Cuánto lamento. Cómo duele el alma por esas cosas, por el destierro. Lágrimas en silencio. Siempre es tarde aun llevándote tan dentro. Donde siempre estuviste, donde estás, donde estarás. Donde siempre están las personas con las que tanto quiero. Bebamos absenta, celebremos la muerte, ya nadie me queda. Muramos.
Te seguiré, lento.

Esto, en el recuerdo:

El porvenir es tan irrevocable
como el rígido ayer. No hay una cosa
que no sea una letra silenciosa
de la eterna escritura indescifrable
cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja
de su casa ya ha vuelto. Nuestra vida
es la senda futura y recorrida.
El rigor ha tejido la madeja.
No te arredres. La ergástula es oscura,
la firme trama es de firme hierro,
pero en ningún recodo de tu encierro,
puede haber una luz, una hendidura.
El camino es fatal como la flecha.
Pero en las grietas está Dios, que acecha.

Jorge Luis Borges

15/1/09

La simpleza


Produce humor el camino de estupidez que algunas personas siguen, pese a creerse distintos o superiores, sin ver lo tragicómicos que pueden llegar a ser. Se tapan con máscaras de colores con las que parecer distintos, y lo único que muestran es esa estupidez. Son distintos sí, es evidente, pero por simpleza, no por sencillez o por listeza. Son distintos en las formas. Pero qué formas. Y sin embargo parecen. Y lo peor es que hay personas que aun habiendo visto, los creen. ¿Por qué? Que cada palo aguante su vela. Sencillez no es sinónimo de simpleza, aunque esta se vista de apariencia. Pero da el pego. Hay personas que viven, o mejor, que están, que son, simplemente, y que camuflándose con esa especie de pedantería grotesca de lo aparentemente distinto andan por la vida cargadas de orgullo y de razones, pagadas de sí, con un halo de superioridad que no es sino estupidez natural para camuflar complejos de inferioridad. Simpleza. Una lástima pero así es. Y una lástima aun mayor que quien ha visto, ha vivido y ha tenido se conforme, de repente, sin saber muy bien por qué, con la mediocridad. ¿El miedo a determinadas cosas tal vez? Simples en un mundo de simples. Mediocres en un mundo de mediocres. Estar, que no vivir. Conformarse. Pensamos, quizás, que estamos bien así, que no se está mal. ¿Comodidad? ¿Miedo? ¿Inseguridad? Allá cada cual. A mí dadme música de verdad, cualquier música de calidad, buenos cuadros de un pintor genial, dadme poesía, unos ojos que sepan mirar, un paisaje hermoso, conocer, saber, y viviré de verdad, seré feliz. Y yo, a cambio daré todo sin pensar. Decía Séneca que feliz es el que puede dar sin recordar, y que los errores son débiles cuando el amor es fuerte. Por tanto dadme también amor, pero de verdad. Quiero vivir viviendo, pero no en y entre la mediocridad, sino con lo que hace de verdad que la vida sea vida, a pesar de las inconstancias. Derramo lágrimas cada vez que la belleza se me presenta. No todos pueden verla, pero los simples son capaces de llorar ante ella sólo por epatar. Pura simpleza.

7/1/09

Siente

No suelo hacer esto, pero no me puedo negar. Es un rap, de alguien con quien tanto quiero. De un rapero joven y enamorado de la música, pero sobre todo de las letras, de Eminem. De una persona que ama la vida y que es tremendamente feliz. De alguien que lucha por lo que quiere de una forma tranquila, suave, con su mirada triste. El niño de ojos tristes. El centro. Él. Se hace llamar Streetshadow. Tierna letra llena de sentimientos. Tal vez la edad. Aunque los sentimientos se viven y se sufren en cualquier momento con suma intensidad si se vive de la misma forma. Buena forma de empezar.

Desde ese día… siente.
Sufre, muere, dentro de tu mente
Siente como tus pensamientos desaparecen
En un mar de recuerdos donde se mueven tus sentimientos
Pensando en la razón de la caída de tus cimientos
No sabes como seguir viviendo
Sólo sabes que… tras este sufrimiento
No podrás llorar por dentro
Descúbrelo a la cara
O quédate en tu casa
No te acobardes
No intentes sufrir
Disfruta con todo y empieza a vivir
Deja de pensar en la chica de tus sueños
Y búscate otra en la casa de empeños
Deja de vivir para unas simples curvas
Empieza un año nuevo… ¡Tómate las uvas!
Ve a su casa, plántate delante de su puerta
Dile que con las uvas te acabas de dar cuenta
De que ya no te importa lo que piense de ti
Siéntate en su puerta y empieza a reír
Dile
Adiós
Vete con Dios
Yo me voy
Ya no oigo tu voz
Puedo hacer cosas sin que alguien me grite
Te dejo con tu novio, espero que te excite
Lee este papel
Y recuerda
El sonido… de mi voz
Y siente
Que no sólo con el amor
Se es feliz
Y piensa
Que yo siempre estoy aquí
Y siente
Alguien cerca de ti
Contigo
Sé que lo has intentado
Pero es difícil conseguirlo
Olvidar al amor de tu vida
Con la persona que siempre has estado
Quedarte cual flor marchita
Y tirarte por un acantilado
No pienses solamente en un suicidio
No pienses solamente en el desquicio
Deja de vivir en tus sentimientos rotos
Y haz algo para dejar de pensar en sus ojos
Siente como mi voz penetra en ti
Siente mi empujón ayudándote a vivir
Dile a tus sentimientos
Que estás reconstruyendo tus cimientos
Pero es duro y ves que no puedes
Y no decides otra cosa que quitarte los poderes
Decides decirle que sí al acantilado
Y ya desde hoy sabes que tus días están contados
Lee este papel
Y recuerda
El sonido… de mi voz
Y siente
Que no sólo con el amor
Se es feliz
Y piensa
Que yo siempre estoy aquí
Y siente
Alguien cerca de ti
Contigo
Pero recuerda siempre
El sonido de mi voz
Porque cuando te tires
Yo no estaré aquí
Contigo
Así que piensa bien
Lo que vas a hacer
Y que hay más gente
Con corazón para creerte
Lo dejo en tus manos para siempre.
Siente.
D.J.G.Streetshadow

22/11/08

La chica ausente

Hay una chica que cada vez que la veo me rompe el alma. Regordeta, bajita, lo que redunda en la sensación de gorda. La cabeza siempre gacha. La mirada pegada al libro o a la libreta. La sonrisa ausente. La cara llena de granos. No es fea. No es guapa, pero no es fea. La gente la ve así, pero quizás es por su forma, por su carácter y por su aspecto exterior. Pero no lo es. Normal, simplemente normal. Tiene ojos oscuros y unas pestañas inmensas. El pelo, de color castaño, recogido en una cola baja. Viste siempre con sudaderas, bajo las que lleva una camiseta blanca de algodón y pantalones oscuros del mismo tejido. Intenta estar al día, pero la falta de dinero le impide tener marcas, y por ello se viste los dedos con anillos de plata, dos, y pulseras de hippie, tres. Todo en la mano izquierda, junto al reloj, hacia abajo, ocultando la ausencia de marca. Cuando escribe, la mano izquierda, con la que sujeta el papel sobre el que desliza el bolígrafo, siempre tiene el dedo meñique levantado en una postura elegante y graciosa. Me mira a veces. Muy rápido, fugazmente. Temiendo que la vea. Ayer le pedí que me enseñara lo que hacía. Me miró aún más. No con desconfianza, sino como si se hubiera dado cuenta que le importa a alguien por primera vez, que sentía interés por ella, como si hubiera descubierto que hay quien la ve, que está presente, que cuenta.
Los demás la ignoran absolutamente. No existe. Es un bulto que se sienta en una mesa contigua a la de ellos. Insignificante, casi transparente.
Me puede. Siempre que la veo se me parte el alma. Trato de estar presente, pero a veces no sé. Tampoco puedo. Tal vez con algún detalle, pero nada más. Por mi situación, por mi cargo. Pero se me abren las carnes. Sólo debo alguna mirada, y aun así temo. Por lo que sé que provoco o puedo provocar, y eso no quiero ni debo, pues los efectos pueden ser desastrosos. Ayer sólo le pedí ver lo que hacía y la miré un par de veces, con mirada suave, y a partir de ahí no dejó de mirarme. De hito en hito, pero continuamente.
La mayoría de las personas son inmunes a estas situaciones. La mayoría de las personas no ven a esas otras, incluso les son molestas. Como los pobres, los vagabundos o los viejos. Son los apestados de la vida. Y me puede. Yo no puedo con ello. Las lágrimas pugnan por salir debido a la impotencia, por el deseo de decir cambia, sonríe, la vida es maravillosa, un don del cielo, toda para ti, cógela, vívela. Pero no sé cómo hacerlo. Y sé, aunque espero que algo cambie ese destino, que su vida será un reguero de tristeza, de monotonía, de ausencias, de sinsabores, de abatimiento, intentados superar a base de esfuerzo en los estudios, en el trabajo, en las cosas triviales, pero viendo que a su alrededor hay cosas que le atraen y a las que nunca tendrá acceso. Así de triste. Así de tremendo. Y ruego al Dios de los necesitados, si es que existe, que se apiade, que abra la luz y le de lo que de verdad merece, lo que todos merecemos. Porque debe poseer un mundo interior grande e intenso. Que le muestre alguien que haga algo, que la saque de esa prisión, que le de lo que se merece, lo que todos merecemos.
A su lado todo son risas, todo parece normal, pero casi todo es vacío, ausencia, simplicidad sin límites, vidas grises aun con apariencia de color, simples, vacías, anodinas, carentes de interés.
Hoy he sabido que se ha suicidado. Y yo me fustigo por no haber sabido, por no haber estado. Y el Dios de los mediocres reina en este mundo del que yo sólo soy un pobre bastardo. Por inútil. Por innecesario. Por no saber estar, por no saber ser. Por…
Hay cosas que sobrepasan lo imaginable. Hay cosas imposibles. Hay hechos que te dejan mudo y sin sentido, atado al sillón, muerto. Hoy, leyendo la prensa me encuentro con esta terrible noticia. ¿Coincidencia? Sólo me produce abatimiento, y una sensación de soledad e impotencia, de tristeza y dolor, que me rompe el alma. Hay días que sería mejor no levantarse.
La noticia es la siguiente:

ANNA GRAU NUEVA YORK
Sábado, 22-11-08
Extraído del periódico ABC

A muchos les pareció que era una broma de mal gusto pero era real. Abraham K. Biggs, un chico de 19 años de Florida, se suicidó ante los ojos de 1.500 personas que le veían por Internet. Tuvo el pudor de dar la espalda a la webcam antes de ingerir una dosis letal de antidepresivos combinados con sedantes y tumbarse en la cama. Así permaneció expuesto a la curiosidad de todos los usuarios del canal de vídeo Justin.tv.
Algunos le acusaron de hacer el payaso y le insultaron. Otros se acabaron dando cuenta de que incluso si se había quedado dormido su inmovilidad resultaba sospechosa. Como si no respirara. El canal acabó rastreando la localización geográfica del joven, cuyo nombre de guerra era CandyJunkie (yonqui de las golosinas, adicto al dulce), y avisando a la policía. Los agentes le encontraron muerto y lo único que pudieron hacer por él fue apagar la cámara.
Al día siguiente la angustia embargaba a la comunidad electrónica, aunque no a todos por igual. Los dueños del canal se defendieron apelando a los mismos usuarios para dar el aviso cuando se emitan imágenes «impropias». El perfil de Abraham en MySpace se convirtió en un punto de peregrinación electrónica, con mensajes de los amigos del suicida expresando su consternación y afirmando que le echaban de menos.
¿Por qué lo hizo? Dejó una nota llena de vaguedades terribles: se acusaba de haber hecho daño a otras personas y decía despreciarse por considerarse un «fracasado» sin remedio a los 19 años. Algunas informaciones apuntaban a un amor contrariado, a una novia que le abandonó por otro con más dinero.
No hace tanto Abraham no parecía tan desesperado, y pedía atención y amistad por la red de redes. «Llamadme o escribidme si tenéis un problema, y nunca os daré la espalda», aseguraba. Hasta que se acostó.