18/6/12
Omnia sunt communia
12/3/12
La náusea
16/11/11
Era
Paul Delvaux. Homenaje a Jules Verne7/9/10
Ángel "El cojo".
Ángel, el cojo, llevaba con cierta gracia el Misalito Regina, libro de reflexión con tapas de nácar blancas. Lo portaba en una mano a modo de hisopo, mientras con la otra cogía el aparato ortopédico que le permitía el desplazamiento, haciendo las veces de tercera pierna incorporada al juego con el que nació. Lo usaba porque la pierna que iba en el lado de aquella especie de prótesis, colgaba como un badajo, inerte, a unos veinte centímetros del suelo, especie de balancín siniestro, que lo mismo apuntaba a la diestra que a la siniestra.
Después he sabido que se dedicó a rufián, regentando un lupanar...
27/6/10
Mis pequeña sacrificio
Era una mujer impredecible, arbitraria. De esas que cuesta entender el código ético por el que se rigen, si es que lo tienen, que lo dudo, y que, caso de tenerlo, se basa en el simple y llano deseo de satisfacer los suyos, primordialmente emocionales, pero sin olvidar, momentos después, los puramente carnales. Era esa típica dama de bien, a veces, sobre todo cuando se bañaba en lágrimas, pero era puro esnobismo, o deseo de llamar la atención, de enganchar mediante los sentimientos. Teatralidad sin más. Al igual que su adicción a jugar a los Reyes Magos.
Era el tipo de mujer más autodestructivo con que me he tropezado. Y lo malo no era su destrucción, que sólo repercutía en ella, sino que arrastraba, con ella, a todos los que podía consigo, destruyendo a todo aquel que se le arrimaba. No sabía de soledad, a pesar de que siempre estaba sola. Pero buscaba como un vampiro, para dormitar en el ataúd que era su alma, regodeándose con la sangre que había sorbido.
Y en tensión era un infierno, inaguantable.
Se vestía de puerilidad para camuflar su vacío, y avanzaba con pasos seguros, a base de tropiezos que achacaba al destino, al sino o a cualquiera con que se enconntraba en su camino, hacia ningún lugar; y es que la inteligencia tiene sus límites pero la estupidez no. Con un frío en su interior que helaba. Cuanta tontez en la noche, cuanta chatarra. Vendía su alma y su cuerpo como si no fueran nada, a cambio de un poco de atención, de calor.
Daba la sensación de que su estilo no era ni más ni menos que cansina expresividad. Su interior, un universo tan retorcido como pueril.
Sus conversaciones, de aparente felicidad o terrible desaliento, de aparente profundidad, parecían recitadas al azar, sacadas de retazos de otras conversaciones, de lecturas, de citas, de muchas citas sacadas de aquí y allá, buscadas para aparentar ser, en un intento forzado de parecer natural y profunda, pero que no eran sino simple y llanamente insoportables.
Esa aparente modélica mujer, mujer sacrificio y sacrificada, ella misma y por los demás, tenía anclajes emocionales, de los cuales había derivado a la mentira, de la que se alimentaba, hacia ella misma y los demás. Olvidando la realidad, la vida, tergiversando lo que estaba bien y estaba mal, concluyendo en el adulterio consigo misma y con los demás, cuando podía y con quien podía, mental, espiritual y físicamente. Esas adicciones emocionales son las que te pueden llevar a comprender su verdadera naturaleza.
Quería ser sugerente, penetrante, compleja, para lo que se vestía con una fachada de perfección armónica, casi minimalista en ocasiones, barroca en otras, pero que, a lo único que conducían era, en momentos, a preguntarte, con cierta intriga, sobre su personalidad, y en la mayoría de ellos sólo conducían al bostezo.
La conocí en un viaje, a Lisboa –cosas del destino-. Iba solo, en tren, desde Madrid. Se sentó conmigo, enfrente. Viajaba sola, también. Yo leía. Al poco comenzó a hablarme y, como suelo hacer, la escuché. Al principio me pareció interesante. Me preguntó las razones de mi viaje, si trabajo, amigos, amiga, placer… Cuando supo que era esto último me dijo que ella también. Hablamos sin tiempo, más ella que yo. Al final pasó todo el fin de semana conmigo. Terrible error. Demasiadas horas de oír, de saber, de ver todas sus interpretaciones, su teatralidad, su… todo, que no era sino nada, una terrible nada vestida de apariencia, un querer aparentar, un intentar tener u obtener. Pero me hizo preguntarme por mi ser. ¿Y si yo soy así también? Espero que ella no llegase a esa conclusión. Después de pensarme, yo creo que no, aunque nunca se sabe cómo te ven. Pero eso es lo de menos, o al menos eso creo yo.
16/4/10
Camuflaje
El teniente coronel es vanidoso. Le gusta representar. Es el típico militar con mucha mano izquierda que le gusta trepar y que llega lejos, muy lejos. Habla cuatro o cinco idiomas y es querido y admirado por sus superiores, y entre la gente de otras naciones cuando se reúnen los mandos de la OTAN.Adopta una actitud muy falsa cuando está con los hombres, sobre todo o por encima de todo, delante de la tropa. Aumenta el número de tacos hasta límites fuera de lo normal en un afán de ser ¿duro?, ¿como ellos?, ¿accesible? Sin embargo discrimina un grado. Cuando manda lo hace con cierto desprecio, distancia, marcando las clases incluso a su subordinado directo, al que le hace bromas como que ya sabe quién le va a limpiar las botas la siguiente mañana, o le espeta: ¿Te quieres ganar un arresto? Le ordena que conduzca él, a pesar del desconocimiento del terreno y de llevar un profesional que lo conoce y que domina ese tipo de coches como nadie.
Su preocupación principal es que se ha olvidado la gorra en su coche, y por ello no para de inquirir si está allí o no, porque no vaya a llegar el GMOE y… Su otra preocupación es estar para la llegada de éste, y cuando alguien le hace ver que eso puede hacer que se retrase monta en cólera y habla ordenando con toda la mala leche posible, a pesar de que muchas de las pérdidas de tiempo que estamos teniendo han sido culpa suya, por afán de protagonismo, por afán de chulería, como el subir a un punto determinado por una zona de bancales y plantas que laceran como cuchillos, con taludes prácticamente inaccesibles o de muy difícil acceso. Le digo que hay un camino cerca para el Nissan, pero me contesta que si yo podré, con interrogante, o que me vaya en el coche porque cree que para mí será difícil… No soy un miembro de operaciones de especiales, es cierto, pero la montaña es mi marco… Comenzamos y se va quedando atrás. Mi amigo me dice que bajemos el ritmo no vaya a ser que…
Tras la visita del GMOE nos quedamos sin tecol. Comienza la fiesta, el espectáculo.
1ª noche.
Día intenso. Extremadamente fatigoso. Exceso de kilómetros, paredes altas, algún descenso… Cenando bajo los pinos. Comida triste recogida a salto de mata. A veces he tenido cosas peores, también mejores. Las circunstancias. Lo importante es el desarrollo del momento, la montaña, las dificultades, el estar con los mejores especialistas. Aprender de ellos y con ellos, solventar obstáculos y escuchar este mundo nuevo, inédito para mí, al menos en directo, pues sus batallas las he oído con un par de amigos de allí dentro, y de alto rango. Sin nombres. Absolutamente prohibido. La seguridad lo exige.
Hablo con un sargento primero. Una cazoleta de café amargo y un cigarrillo en las manos.
- Cuando estás en una situación real, mientras se planifica, se organiza y te preparas, no hay nada en la mente, como miedo personal o por mi familia. Todo eso queda al margen.
- ¿Por qué?
- Porque automatizas. Durante toda la vida te has estado preparando para eso. Has hecho esas cosas miles de veces, en las maniobras, y actúas como si fuera una más. Sólo cuando comienza, o bien saltas del helicóptero o bien bajas del camión o del coche, te planteas el hecho. Y este es: ¿Estoy preparado para esto? Hasta ahora me han pagado todos los meses para hacer esto y cuando se presenta me asaltan estas preguntas: ¿Daré la talla? ¿Mis hombres darán la talla?
- ¿Qué te preocupa más, la primera o la segunda?
- Buena pregunta. Se ríe. Me alegro de que me hagas esa pregunta -en un remedo de gracioso, como si fuese una entrevista de periodista a personaje-. Pero la pregunta se queda en el aire.
Me cuenta cuál era la situación real. Renuente al principio para después pasar a generalidades, aunque sin querer decirme cuál era el objetivo. Pero la confianza, el frío, la noche que une, el hecho de saber que escribo y que a mi lado está mi mejor amigo, jefe del grupo, desata la lengua. Hace una pausa y lo suelta.
- Se trataba de entrar de noche en un pueblo serbio, donde había algunas casas separadas unas de otras y donde se sospechaba que, en el granero de una de ellas, había armas escondidas. El objetivo es entrar sin ser vistos, hacer fotografías, sacar pruebas y presentarlas al mando para demostrar que ahí hay eso y cómo actúan los serbios. Sabemos que los serbios son duros y están locos. Sabemos que todos tienen un kálashnikov, y aunque son personas y nos respetan o nos temen como fuerzas de la KFOR, queda el peligro que, de noche, se levanten, te descubran y, por miedo o por lo que sea, disparen, que se les crucen los cables. Porque a las dos o las tres de la madrugada, ¿qué pueden pensar que somos?, ¿qué hacemos? Y ante eso, ¿cómo responderíamos? ¿Hasta dónde me está permitido? ¿Puedo disparar a muerte sin problemas, sin límites? ¿Responderé a lo que se espera de mí? Hace una pausa. Mis hombres son todos unos pavos…
- Pero, ¿no son voluntarios? ¿No son todos del GOE?
- Sí, pero no valen “pa ná”.
Se calla de nuevo. Creo que con un vino y mejores viandas contaría más, o tal vez no pueda o no quiere contar más.
2ª noche.
Otro día de infierno. Intenso y magnífico.
Volvemos en el jeep, de madrugada. La noche tirado en el monte, comiendo lo que se ha encontrado. Vueltas y revueltas en busca de un enemigo fantasma. Toda una odisea. Me recuesto dentro como puedo. Un soldado primero, y uno raso con un gorro del desierto sujeto por los laterales, hablan sobre mujeres. La típica conversación de hombres. No hay variación apenas. Es lo típico. El soldado raso habla muy fino. Parece de Madrid, de Valladolid o de algún sitio similar. Gira la conversación hacia las motos. De mal en peor. Uno de ellos, no recuerdo cuál, opina sobre el que se mató, que se joda, larga, se lo merecía. No sé a qué se refiere, no puedo centrarme en sus conversaciones, me matan. De nuevo a las mujeres. Uno de ellos vive con una, en una casa con jardín y gatos extraños. Ha matado a uno; abatido, dice. No puedo más. Cierro los oídos, pero nada. El primero se tumba y sigue hablando mientras se baja el gorro sobre los ojos, como para dormir. Me suena a película de la guerra de Irak. Qué vida. Qué conversaciones. Me gustaría conocer a la mujer que vive con el soldado primero para saber cómo puede aguantar semejante vida. Sus palabras clave, caótico, abatir y “niquelao”.Todo un diccionario unido a miles de tacos, risas sin sentido y conversaciones de impresión.
Llegamos. Me hago una especie de colchón con hojas de pino en un minihueco que previamente he hecho. Me meto en el saco. Hace un frío intenso. Dormiré poco pero tranquilo.
Mañana se acaba esto. Me marcho a mi mundo.
Una paella a la vuelta con un vino blanco. Mi amigo y yo. Recogemos mis cosas en el cuartel. Me regala ciertos elementos del ejército, material de primera para la montaña. Seguimos hablando. Me promete información, pero cuando salgamos por ahí.
29/3/10
Dentro del aeropuerto
Un japonés me mira de hito en hito. Es exactamente igual que los de las películas americanas de la segunda guerra mundial. Tiene una cara de malo fuera de lo común. Se apoya en el mostrador de embarque con una curva del mejor Praxiteles. El pelo rasurado a lo militar; gafas de carey negras; Lacoste, Levis, Nike, en ese orden, le visten de arriba hacia abajo. La cara le delata. Es japonés y mira con cara de defender hasta la muerte el puesto que le han encomendado defender, si es necesario con su propia vida. Tiene muy mal encare.
Una chica alemana, bellísima, con una cola de caballo ligeramente despeinada, y que, en las sienes, lleva unas pequeñas mechas que le caen de forma ondulada, mira al japonés y después a mí. No sé qué pensará de ambos. Mira el nombre del autor del libro que estoy leyendo y después vuelve a mirar al japonés. Tiene unos ojos verdes muy intensos; la boca es carnosa; el cuerpo esbelto y perfecto; viste toda de negro, con ropa ajustada. Los brazos, al aire, están divididos por una sutil línea que separa el maravilloso tono claro de la piel, del rojo que ha adquirido hoy o ayer, a lo más tarde. En la cara ocurre algo similar, predomina el rojo sobre los tonos de blanco, que ocupan los lugares donde los salientes del rostro provocaban sombras. El cuello, esbelto, rectilíneo, largo, es blanco también, y enlaza con el rojo del escote. Todo muy artístico. Se lleva el sol, a trozos, a su país del norte, a las sombras boreales.
Juraría que he visto a Deng Xiao Ping. Pero como no se me ocurre qué puede hacer aquí, en el aeropuerto de Bolonia, deduzco que no es él. Además la azafata acaba de ocupar su puesto. Me levanto y me pongo en la cola.
15/11/09
Los espacios de la vida
Entrar en ese espacio es entrar en otro espacio, distinto. Hacía tiempo que no iba. Te vas acercando y el ir y venir de personas ya anuncia lo desemejante. Palabras, un torrente de palabras, de colores y olores. Humanidad. Traspasas la valla y un sinnúmero de puestos diferentes en sus formas y contenidos llenan el lugar. Sin apenas sitio para andar. Te rodea otro tipo de personas, tan iguales pero tan distintas de con las que se suele estar; lejos de esa clase media tan vulgar, que siempre hace lo mismo, que siempre piensa lo mismo -y eso cuando piensa, lo que ya es una dificultad-, que se recrea en lo mismo, en la más vulgar apatía de la normalidad; y que desprecia lo que no es eso, lo distinto, lo especial. Magrebíes que venden y que miran, que están; con su hablar distinto, sus formas. Gitanos, con su color y sus sonrisas; ellas con el pelo recogido, mientras ellos con pelo largo y la nueva estética de la disimetría en la barba. Un niño juega con un palo y una naranja, entre risas, con otro. Un gitano mayor, patriarca sin duda, sienta sus años en una silla de playa, desplegando toda la sabiduría de su mundo y sus años en una mirada de siglos. Tocado con un sombrero de paja, de ala corta, y un garrote en la mano, con el que juega; terno gris, y unas llaves que le cuelgan de la trabilla del pantalón, a juego. Mira la vida desde la distancia, sonriéndola, sabiéndola.
Relojes, fruta, ropa, libros, monedas, juguetes, antigüedades.
¿Me lo dejas por diez euros? Déjame pensarlo. ¿Me doy una vuelta mientras? Es solo por comprarte algo, no vale nada. Tengo que pensarlo… Negocio de una venta entre un marroquí que vende cosas viejas de su país y de éste, con un gitano entrado en años, enchaquetado. Tan iguales, tan distintos. Las cadencias del habla.
La churrería abarrotada, y ese olor tan peculiar, que se te mete dentro, que te llama, que te lleva. Me recuerda otro momento. Café con churros sentado en un velador, por la mañana temprano, en un quiosco de una plaza de un pueblo pequeño. El sabor, la sonrisa, la mirada, el calor. Otros tiempos. El tiempo.
Señora, que nos vamos; las cremas y los perfumes, que se me acaban. Una niña, de unos quince años, llama hacia su puesto, con esas formas, con ese deje gitano, tan especial, casi andaluz.
Los disminuidos psíquicos pasean de la mano, ajenos al mundo y, sin embargo, en él. Con sus perennes sonrisas y la brillantez de la mirada, su andar raro, su mirar alegre, su agradecimiento constante. Todo un regalo. Lo miran todo, lo saborean todo. Sus retinas se llenan en ese paseo matutino fuera de sus cuatro paredes de siempre.
La vida está ahí, como un todo, en un espacio reducido, para gente distinta. No hay clase alta, ni media –no lo sabrían apreciar; sólo mirarían desde la distancia y como diversión, como triste diversión- ; sólo gente llana, con sus risas, con sus vidas vividas con lo sacan, con lo que obtienen; tan lejanas de esos otros, displicentes prepotentes, que creyendo que viven no viven nada, vegetando en repeticiones de lo mismo, de nada, en sus vidas vacías y tristes, auto complaciéndose, auto convenciéndose. Tristes vegetales. Aquí sí hay vida. Vida viva, vivida, sentida. Belleza pequeña, auténtica. Por todas partes. Mil detalles. Te paras y hablas en los puestos. Degustas las palabras. Negocias. Ríes. La gente ríe contigo. Te regala. Te da la vida a cambio de nada.
Me subyuga la estética imposible de algunas personas, sobre todo de las chicas, de las jóvenes gitanas; la variedad de color en las mayores, los tonos de gris y negro en ellos. Ni un ápice de tristeza. Sonrisas de verdad, no fingidas, no forzadas, espontáneas. La risa de dentro, la de verdad. Unos niños palmean y cantan. Una pausa para escucharlos. ¿A que no sabes por qué cantamos? Por alegrías. ¿Cómo lo sabes? “Pa” que veas. Anda… Se quedan sorprendidos. Su sonrisa se agranda. ¿Qué quieres ahora? Una seguidilla.
Todo me envuelve. Y es que hay tanto. Provoca alegría, euforia. Siento. Se me mete dentro. Me da vida. Y se nota en la cara, en mis ojos, en mi sonrisa. Y lo regalo. Me dan y doy. Dar y recibir en un constante. Vida, la esencia de la vida, auténtica, sin fingimientos. La belleza expresada en almas de verdad, no imitadas, no yertas. Andar y ver, sentir. Personas. Todo es.
Una cerveza bajo los toldos, entre la gente. Un puesto de plátanos, con su olor a infancia, a la derecha de ese pequeño espacio con mesas, entre el río de gente que fluye; y a la izquierda dos personas que liberan móviles. Una cerveza con aceitunas, sevillanas, y con un fondo de palmas y de voces rasgadas, de dentro, con ese deje, con ese arte, por alegrías. Y unos lirios blancos sobre la barra. La vida fluye suave y viva. Me gusta su cadencia.
15/9/09
Situaciones
12/9/09
El recuerdo de las personas
Y me pregunto, a veces, dónde estarán esas personas, cómo les irá, si están aún, hacia dónde fueron y cómo lo hicieron, si se quedaron en el camino o lo siguen haciendo. Y sonrío, con cierta alegría, por lo que fueron, me dieron y supusieron para mí, y con tristeza por lo que perdí con su ausencia, y con una alegría inmensa por haber tenido la fortuna de conocerlas y de haber compartido un momento de vida con ellas.
De ese lateral de la carretera de la vida, reapareció hace poco una de esas personas. Recordamos. Sonreímos. No era la persona que recordaba, ni me pareció el camino que llevaba el que buscaba, del que hablábamos, el que prometía. Lo vi en su mirada y en sus palabras, aunque quería ocultarlo. ¿Y yo? Es posible que viera lo mismo en mí. Tal vez pensara que mi camino era errado. Espero que no, y aun con traspiés y lentitudes espero no haberme equivocado; espero seguir aprendiendo y, aun con trabas y desviaciones, seguir viviendo como creo que se debe hacer, seguir mirando. Aunque pudiera estar equivocado. ¡Quién sabe!
Las personas cambiamos, no somos los mismos o no me lo parecen. Quizá soy yo el que he evolucionado, quizá veo la vida de forma diferente, quizá soy muy exigente, tal vez fuese mejor quedarse en la tranquilidad de la nada, de la normal apariencia, de la simplicidad, que no sencillez. Pero la veo bien así, y la disfruto, aunque a veces sea inclemente. Me gusta vivir con todo lo que hay en ella, pequeño y grande, y descubrir sintiendo y mirando y aprendiendo y mejorando, o intentando hacer todo eso, con mis limitaciones y mis errores y fracasos, levantándome y siguiendo.
Y me ha gustado encontrar y recordar. Pero no era aquella persona que creía y soñaba y… Y aun así está bien. Fue una alegría inmensa. Y me recordó una canción de U2, de hace mucho; que habla, de alguna manera, aunque no exactamente o también, sobre estas cosas, sobre las personas que perdemos en el camino de una u otra forma, de la pérdida, quizá del punto de partida. De… Es Kite, una canción que me emocionó como pocas, que siempre me puso la piel de gallina y un nudo en la garganta, y que lo sigue haciendo, por la voz de Bono, por ese directo (que me gusta y me dice más, y que era quizá el momento), por lo que dice y por cómo lo dice, por tanto.
¿Qué habrá sido de las demás personas importantes que han pasado por mi vida y que ya no están? Pienso en ellas a veces y me queda un regusto amargo y cierta tristeza por no tenerlos, por no saber de ellas, por no estar con ellas, por lo que viví con ellas.
Hoy, que ya hace tanto o tan poco, me voy a poner a recordarlos. A recordar sus buenos momentos, sus buenos actos, sus sonrisas, sus llantos, sus miradas, lo que vivimos tanto.
Para todas esas personas que están en mi recuerdo, para todas ellas, este pequeño recuerdo, este pequeño homenaje. La vida es música. Tal vez nos salve la delicadeza.
3/9/09
Dinamarca. Costa norte, Helsingør, Copenhague-Cristianía-.
Dinamarca es un país pequeño, frío y lento, de luz mortecina, apagado y triste. Brumoso y con un viento constante, molesto. No sé a qué se dedica y no parece dedicarse a nada. Parece sobrevivir en sí mismo, retroalimentándose. Parece sólo subsistir en una lenta monotonía. Las personas son serias, adustas. Y, entre ellas, un número ingente de vagabundos, borrachos, drogadictos, colgados, solitarios en un país de solitarios. No hay apenas miradas, sonrisas, apenas niños. Son amables, sí, pero solitarios, lejanos, fríos, como el país. Todo lo contrario de los suecos. Tan cerca, tan lejos.
Copenhague es una ciudad pequeña, decepcionante para la capital de un país. Sucia, con poco que mostrar. No hay apenas color. Paredes oscuras, grises o marrón apagado, lisas, frías. Está mal hecha y mal organizada, mal señalizada. La vida que hay se reduce a tres calles. Tal vez tenía otra imagen del país y de sus habitantes, pero no, no da mucho de sí, aunque lo intento.
País pequeño, ventoso, abúlico, lento y frío. Casi siempre cubierto de nubes. La primera ciudad a la que llego está desierta. Nadie en las calles. El vacío es absoluto. Viento. Un único sitio para comer, y, al parecer, el único donde se puede fumar en el interior, de todo el país. Está abarrotado. Una especie de minibufet medio italiano, medio autóctono, que se reduce a tres formas de preparar el salmón (rarísimas), y dos de carne. Cerveza Tuborg. Mejor que la Calsberg, o más a mi gusto. Todos los colgados de la ciudad se han concentrado allí. Los actuales y los que han ido quedando con el devenir de los tiempos desde los años del hipismo. El espectro de edad es amplio. Todos fuman. Todos beben, cerveza solo. Pocos comemos. Todos beben en solitario, o de a dos como mucho, y sin hablar entre ellos. Sentados frente a una Tuborg. La barra, de madera, llena de cuerpos sentados en taburetes. Humo, cervezas y miradas perdidas. Al salir, el ambiente no mejora mucho. Vacío, viento, frío, humedad, soledad, colores apagados.
La costa norte es impresionante, pero por sí misma, y por el windsurf. Al menos se puede navegar y eso es un placer en esos días lentos, de nada. Algo de bosque, mar, roca y el fuerte viento y la tabla en la punta norte. Está bien. Me gusta. Buenas olas. Me alegro de encontrar ese momento, y esas personas.
Copenhague de nuevo, y la gran decepción, Cristianía. When you see long hear and funny people, like you, me decían cuando preguntaba por el lugar. No fotos. Terrible. El experimento fallido. Esperaba un sitio libre, de creatividad, de personas con deseos de libertad, de ansias de superación del sistema, de organización autónoma con proyección, alegre, divertido, con sentido. Es un lugar libre, pero disoluto en la nada, en el vacío, sin creatividad; lo escaso creativo son puestos de artesanía como los que te encuentras en cualquier parte de España; los grafitis son lamentables, las pinturas pésimas, los ¿”museos”? para llorar; el ambiente creativo es nulo, absurdo y lamentable; la libertad ha pasado a una pseudolibertad para emborracharse libremente, para fumar libremente y para que nadie te lo impida. No hay diversión fuera de un canuto tras otro sentados en torno a los bares, mil. Fumar y fumar, y beber, no hay más. No se ha superado el sistema. Es otro y sin sentido, muerto, vacío. No hay alegría, sólo tristeza con sonrisas de marihuana o hashis. Sucio, feo, deprimenete. Nada. Personas de cualquier edad, desde sesenteros a catorceañeros, y algún niño de tres o cuatro llorando y pidiendo a su madre que la lleve a casa, mientras ellas beben entre gente que se tambalea, vomita y se cae por la calle, que va hacia un lugar y que cambia la dirección porque ha chocado con otra persona y se ha girado sin querer al no tener fuerza. Alcohol y droga. Vacío. Muerto.
Aarhus es otra cosa. Más viva, más alegre, pero sin estridencias. Para ser más pequeña me gusta más que Copenhague, aunque sin alardes.
País frío, ventoso, lento, apagado.
26/8/09
Suecia. En el país de los bosques y los lagos y las islas. Uppsala-Estocolmo-Nynäshamn
Uppsala es coqueta. Universitaria. Bicicletas por todas partes. Llena de ambiente, de terrazas de madera que cabalgan sobre el oscuro río, adornadas de macetas de colores, en rojo y amarillo, de bellísimas flores. Posee una catedral gótica, esbelta, de ladrillo rojo, que se alza sobre el río en dos torres puntiagudas, eternas, contra el azul del cielo, intenso, intentando acariciarlo. Paseo la ciudad con la mirada mientras oigo el suave y dulce sonido del hablar sueco, ininteligible, pero agradable en las melódicas voces de sus habitantes.
Cojo el tren para Estocolmo. El bosque es constante a tu alrededor, un bosque eterno en la plenitud inmensa de la llanura, en mil tonos de verde, sobre un fondo, en la línea del horizonte, de azul, roto o matizado por líneas paralelas de pequeños cúmulos de algodón y cirros quebrados, deshilachados, que viajan lentos en un suave contraste de colores mansos, moviéndose pausados. El sol luminoso, de amarillo intenso. Todo es paz. Aplaca. El bosque se rompe, a veces, hacia dentro, en pequeñas islas de pastos, de trigales bajos con granjas en rojo burdeos de techos negros, y los bordes de las ventanas y las puertas en blanco, de un dulce encanto, sobre el fondo de la floresta. Lagos pequeños de vez en vez en los que se refleja el algodón de las nubes. Lagos de un azul oscuro intenso, con reflejos, en su orilla, del verde, que oscurece. Algún caballo pastando. Bosque de robles y abetos y pino negro. Altos, elegantes.
Con el aterciopelado traqueteo, la mirada viaja tranquila, posada en el encanto que la belleza exterior posee, a través de la ventana, en silencio. El espacio inmenso que te entra por los ojos, arrullado por el blando movimiento del tren. El vagón vacío. El alma posada. El pensamiento ahí… Cadencias de vida. Regalo para los sentidos. Placer.
Una carretera sinuosa, estrecha, serpentea entre un grupo de granjas como una pequeña culebra gris que buscara el cobijo de los árboles, de los que no ves su copa, de tan altos, que pasan veloces por la ventanilla. Y otro bosque, la otra parte de él, que rompe la vía, a la izquierda, en juegos de imágenes, de reflejos, de ilusiones. Juego de realidades en cristal. Superposiciones.
Bandadas de cuervos que surcan el cielo, como manchas moteadas de un cuadro impresionista que se moviese a intervalos, sin sentido aparente sobre el fondo azul. Es el país de los cuervos. Están por todos lados. No hay palomas, sólo cuervos, de un color grisáceo y azules ojos, casi grises, como el de las personas.
Es un país tranquilo, de gente tranquila. Elegante en sus formas y en su estar. Suaves, delicados. Acompasados al tiempo, de lentos movimientos y de un raro andar.
Y Estocolmo te inunda. De inmensa belleza. Está viva. Llena de personas y color. Agua y tierra. Canales. Barcos. Elegante y agradable. Suave y lenta. De mujeres gráciles, de cara pequeña; de mirada amable que acompaña a una suave sonrisa que acicala, casi quieta. Te miran despacio, dejando la mirada en tus ojos, regalando. Amable. Tienen el alma con una cadencia distinta a la del sur. Como si posaran la mano en la tuya, con ella, en una caricia eterna que jamás inquieta, que apenas toca, de tan suave. Te enamoran con ese tono de voz del habla sueca cuando te dicen en inglés, y que se te mete dentro, que te dan, que te invitan a moverte, a quedarte. Ojos pequeños, de un azul profundo, grisáceo, casi mate, resaltados por líneas de negro que se pintan; de labios rojos y finos; el pelo rubio, vivo, casi blanco; algunas morenas, de una belleza increíble, de grises ojos y piel más oscura; de mirada penetrante; vestidas de negro sobre cuerpos esbeltos. Poseen un encanto especial. Belleza del norte, boreal. Belleza.
Estocolmo es cosmopolita, culta y elegante. Con un encanto sublime. Me gusta. Viviría en ella. Tranquila y a la vez inquieta. Expectante. Cuando el sur llega parece que sus ojos se alegren, como si siempre te hubiesen esperado, para regalarte.
Mil islas diseminadas. Grandes y pequeñas. Mil archipiélagos de una belleza callada, cubiertos de bosques iluminados a intervalos por los rayos de un sol que asoma tímido, plateando las aguas verde oscuro del Báltico. Aguas que lamen las rocas, vestidas de verde y de blanco y de gris, por el liquen que las cubre, de rugoso tacto al acariciarlas con la mano, como el que sube por el cuerpo de los troncos de las hayas y de los pinos y de los robles, que a su orilla dormitan moviendo las hojas al compás del sonido del viento. Y notas el rojo brillante, algunas veces, entre los tonos de verde, y de amarillo seco. Mil tonos de color bajo el gris del cielo, cubierto de nubes, contra el gris del mar y del granito. Y llueve. Vaxholm, Nynäshamn…
Me gusta este país. Es bellísimo en su concepto estático, en su naturaleza tranquila y exquisita, larga, amplia, que permite que la mirada se expanda en su infinitud. País suave. País quieto. Terciopelo.
19/3/09
A mi padre
Pero el tiempo es sabio. Creces y ves. La distancia y el tiempo te dan una perspectiva que el presente no te permite. Te dan una visión de los hechos que el momento desvirtúa, dramatiza y agranda, e incluso que, vistos desde esa distancia, no son los que vivimos sino otros absolutamente opuestos.
Ahora, que el paso del tiempo me permite ver la figura de mi padre con suavidad, y que su ausencia es absolutamente total, lamento todas las veces que me enfrenté a él, no por el hecho en sí, sino por el dolor que le produje; lamento todos los quebraderos de cabeza que le hice pasar, que fueron muchos; lamento los sinsabores, las decepciones, las malas palabras, los malos gestos, los desprecios; lamento todas y cada una de las acciones que le produjeron dolor. Porque sé, ahora, que todo lo que hizo, bien o mal, conmigo, lo hizo con toda su buena intención. Equivocado o no en el fondo y la forma. Siempre quiso lo mejor para mí. Por eso lamento tanto todas esas cosas. Pero lo que más lamento y me hiere el alma, es la cantidad de veces que no le dije te quiero papá. Porque sé lo que lo necesitaba, lo que lo deseaba. Y lo lamento porque siempre le quise, le quiero y le querré. Porque es mi padre. De ahí el hartazgo de llorar cuando me despedí de él en la UCI, aquel treinta y uno de diciembre, cuando no me oía, cuando sabía, a ciencia cierta, que ya no lo volvería a ver más.
Ya sólo me queda llevarlo en ese sitio del alma donde se guardan los recuerdos más hermosos. Allí donde siempre estarán las personas que más he querido y quiero en este mundo. Cuánto lo hecho de menos, a veces, ahora.
Por todo ello, quiero agradecer a mi padre el placer de haber estado con él en la vida, de que me haya querido tanto, de que me haya educado, de que me la haya dado. Aunque no esté a mi lado físicamente, siempre estará dentro de mí, como lo que es, mi Padre.
1/3/09
Mirando por Madrid
Llevamos sentados un rato en un banco frente al museo, mirando, mientras la oigo, aunque no la escucho. Debería pero no lo hago. Miro a los ojos de un niño que lleva en brazos una gitana rumana que se pasea, con su ropa de mil brillantes colores que contrastan con el gris plomizo del cielo, alegrando la vista casi tanto como la sonrisa de los ojos del niño, a pesar de tanto. Las personas de la fila giran la vista al oír la voz de ella con su mano extendida. El niño me mira. ¡Qué ojos! Toda una experiencia esa mirada. Tan pequeño y tan… ¡Qué vida! Me levanto del banco y le pongo un billete, a ella, en la mano, mientras acaricio, al tiempo, la cabeza de él. Ella me mira sorprendida mientras el niño me sigue sonriendo. Esa es la mirada que da, la que busco, la que llena. Una mirada que ilumina, como pocas he visto en esta vida. El día es bonito a pesar de tanta tristeza. Me siento otra vez.
¿Y si apruebas qué vas a hacer? Me dice. Ni idea, le contesto. Ahora mismo no tengo ni idea. Antes lo sabía pero ahora no. Nueva York esta muy lejos, o muy cerca. No lo sé. Ya veremos lo que me dicta la vida. Miro como se va el color de ellos a otra parte. Cómo me gustaría poder tener, ahora, el brillo de la mirada del niño en mis pupilas. A veces la vida se decide por una acción que cambia la percepción del tiempo.
Recuerdo el sueño que tuve anoche. Me movía en un campo de trigo acariciando, mientras andaba, con la palma de la mano las espigas de los campos ocres en primavera, mientras me acercaba a una figura desdibujada, a mi hogar, como volviendo. Y después mi cuerpo se elevaba sobre pétalos de amapola. Extraño. O no. Me recuerda algo.
No sé. No sé qué haré, le repito ante su mirada incrédula. Ahora mismo no sé nada. No merece la pena preocuparse. Fíjate en la gitana y en la mirada del niño. Eso sí que es importante.
20/2/09
El viejo
18/2/09
Sombra
1/2/09
Para Manu
Esto, en el recuerdo:
El porvenir es tan irrevocable
como el rígido ayer. No hay una cosa
que no sea una letra silenciosa
de la eterna escritura indescifrable
cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja
de su casa ya ha vuelto. Nuestra vida
es la senda futura y recorrida.
El rigor ha tejido la madeja.
No te arredres. La ergástula es oscura,
la firme trama es de firme hierro,
pero en ningún recodo de tu encierro,
puede haber una luz, una hendidura.
El camino es fatal como la flecha.
Pero en las grietas está Dios, que acecha.
Jorge Luis Borges
15/1/09
La simpleza

7/1/09
Siente
Desde ese día… siente.
Sufre, muere, dentro de tu mente
Siente como tus pensamientos desaparecen
En un mar de recuerdos donde se mueven tus sentimientos
Pensando en la razón de la caída de tus cimientos
No sabes como seguir viviendo
Sólo sabes que… tras este sufrimiento
No podrás llorar por dentro
Descúbrelo a la cara
O quédate en tu casa
No te acobardes
No intentes sufrir
Disfruta con todo y empieza a vivir
Deja de pensar en la chica de tus sueños
Y búscate otra en la casa de empeños
Deja de vivir para unas simples curvas
Empieza un año nuevo… ¡Tómate las uvas!
Ve a su casa, plántate delante de su puerta
Dile que con las uvas te acabas de dar cuenta
De que ya no te importa lo que piense de ti
Siéntate en su puerta y empieza a reír
Dile
Adiós
Vete con Dios
Yo me voy
Ya no oigo tu voz
Puedo hacer cosas sin que alguien me grite
Te dejo con tu novio, espero que te excite
Lee este papel
Y recuerda
El sonido… de mi voz
Y siente
Que no sólo con el amor
Se es feliz
Y piensa
Que yo siempre estoy aquí
Y siente
Alguien cerca de ti
Contigo
Sé que lo has intentado
Pero es difícil conseguirlo
Olvidar al amor de tu vida
Con la persona que siempre has estado
Quedarte cual flor marchita
Y tirarte por un acantilado
No pienses solamente en un suicidio
No pienses solamente en el desquicio
Deja de vivir en tus sentimientos rotos
Y haz algo para dejar de pensar en sus ojos
Siente como mi voz penetra en ti
Siente mi empujón ayudándote a vivir
Dile a tus sentimientos
Que estás reconstruyendo tus cimientos
Pero es duro y ves que no puedes
Y no decides otra cosa que quitarte los poderes
Decides decirle que sí al acantilado
Y ya desde hoy sabes que tus días están contados
Lee este papel
Y recuerda
El sonido… de mi voz
Y siente
Que no sólo con el amor
Se es feliz
Y piensa
Que yo siempre estoy aquí
Y siente
Alguien cerca de ti
Contigo
Pero recuerda siempre
El sonido de mi voz
Porque cuando te tires
Yo no estaré aquí
Contigo
Así que piensa bien
Lo que vas a hacer
Y que hay más gente
Con corazón para creerte
Lo dejo en tus manos para siempre.
Siente.
D.J.G.Streetshadow
22/11/08
La chica ausente
Los demás la ignoran absolutamente. No existe. Es un bulto que se sienta en una mesa contigua a la de ellos. Insignificante, casi transparente.
Me puede. Siempre que la veo se me parte el alma. Trato de estar presente, pero a veces no sé. Tampoco puedo. Tal vez con algún detalle, pero nada más. Por mi situación, por mi cargo. Pero se me abren las carnes. Sólo debo alguna mirada, y aun así temo. Por lo que sé que provoco o puedo provocar, y eso no quiero ni debo, pues los efectos pueden ser desastrosos. Ayer sólo le pedí ver lo que hacía y la miré un par de veces, con mirada suave, y a partir de ahí no dejó de mirarme. De hito en hito, pero continuamente.
La mayoría de las personas son inmunes a estas situaciones. La mayoría de las personas no ven a esas otras, incluso les son molestas. Como los pobres, los vagabundos o los viejos. Son los apestados de la vida. Y me puede. Yo no puedo con ello. Las lágrimas pugnan por salir debido a la impotencia, por el deseo de decir cambia, sonríe, la vida es maravillosa, un don del cielo, toda para ti, cógela, vívela. Pero no sé cómo hacerlo. Y sé, aunque espero que algo cambie ese destino, que su vida será un reguero de tristeza, de monotonía, de ausencias, de sinsabores, de abatimiento, intentados superar a base de esfuerzo en los estudios, en el trabajo, en las cosas triviales, pero viendo que a su alrededor hay cosas que le atraen y a las que nunca tendrá acceso. Así de triste. Así de tremendo. Y ruego al Dios de los necesitados, si es que existe, que se apiade, que abra la luz y le de lo que de verdad merece, lo que todos merecemos. Porque debe poseer un mundo interior grande e intenso. Que le muestre alguien que haga algo, que la saque de esa prisión, que le de lo que se merece, lo que todos merecemos.
A su lado todo son risas, todo parece normal, pero casi todo es vacío, ausencia, simplicidad sin límites, vidas grises aun con apariencia de color, simples, vacías, anodinas, carentes de interés.
Hoy he sabido que se ha suicidado. Y yo me fustigo por no haber sabido, por no haber estado. Y el Dios de los mediocres reina en este mundo del que yo sólo soy un pobre bastardo. Por inútil. Por innecesario. Por no saber estar, por no saber ser. Por…
ANNA GRAU NUEVA YORK
Sábado, 22-11-08
Extraído del periódico ABC
A muchos les pareció que era una broma de mal gusto pero era real. Abraham K. Biggs, un chico de 19 años de Florida, se suicidó ante los ojos de 1.500 personas que le veían por Internet. Tuvo el pudor de dar la espalda a la webcam antes de ingerir una dosis letal de antidepresivos combinados con sedantes y tumbarse en la cama. Así permaneció expuesto a la curiosidad de todos los usuarios del canal de vídeo Justin.tv.
Algunos le acusaron de hacer el payaso y le insultaron. Otros se acabaron dando cuenta de que incluso si se había quedado dormido su inmovilidad resultaba sospechosa. Como si no respirara. El canal acabó rastreando la localización geográfica del joven, cuyo nombre de guerra era CandyJunkie (yonqui de las golosinas, adicto al dulce), y avisando a la policía. Los agentes le encontraron muerto y lo único que pudieron hacer por él fue apagar la cámara.
Al día siguiente la angustia embargaba a la comunidad electrónica, aunque no a todos por igual. Los dueños del canal se defendieron apelando a los mismos usuarios para dar el aviso cuando se emitan imágenes «impropias». El perfil de Abraham en MySpace se convirtió en un punto de peregrinación electrónica, con mensajes de los amigos del suicida expresando su consternación y afirmando que le echaban de menos.
¿Por qué lo hizo? Dejó una nota llena de vaguedades terribles: se acusaba de haber hecho daño a otras personas y decía despreciarse por considerarse un «fracasado» sin remedio a los 19 años. Algunas informaciones apuntaban a un amor contrariado, a una novia que le abandonó por otro con más dinero.
No hace tanto Abraham no parecía tan desesperado, y pedía atención y amistad por la red de redes. «Llamadme o escribidme si tenéis un problema, y nunca os daré la espalda», aseguraba. Hasta que se acostó.

