26/3/10

El color y las formas. Rávena...

Aún hay salas de espera en algunas estaciones de tren de Italia, como las antiguas de España. Al menos en Rávena. Espero mientras atardece. Un niño, abrigado como si fuera a nevar (un inverno lungo, molto lungo, dice su madre), no cesa de gritar como un energúmeno, mientras su madre se desgañita hablando por el móvil con alguien que, al parecer, no debe oírla bien. Extraño caso, o no, quién sabe. Frente a mí, un panel con propaganda institucional, de la Comuna de Rávena: STANZO DELLE COCCOLE. Una stanza per bimbi con mamma e papà. Todo rosa. No sé si esa sala de espera está pensada para madres, aunque una pareja de personas negras están enfrente de mí, y al lado otra de ancianos. El color de Ravena es excepcional. Y lo es por bizantino, por oriental. Mosaico en el interior y ladrillo al exterior. Cromatismo frente a uniformidad, brillantez frente a . Bizancio y Roma. Oriente y occidente. Pregmatismo frente a imaginación. Es la majestuosidad del Paleocristiano, el primer paso a Venecia, pero antiguo, primigenio. El preciosismo del mosaico vidriado, la meticulosidad, el juego de los colores, en tonos de verde, amarillo y azules marino. Tonos y tonos que se mezclan con una precisión y un gusto exquisito, digno de una cultura, de un imperio que se deshace en su decadencia eterna acercándose al gusto de oriente, impregnándose de la luz de oriente; un imperio oriental en su magnificencia y en su opulencia. Edificios pequeños los de San apolinar, San Vital y el Mausoleo de Gala Placidia. Todo mi mundo emocional de los ocho años rescatado de nuevo, y el de hace unos años, cuando vine a esta ciudad por primera vez, ya fuera de la imaginación y de las imágenes de la enciclopedia de arte que mi padre tenía y que me bebía en las mañanas de domingo, frente a la gran ventana de mi casa, en mi niñez. Color, colores. Ojos llenos en busca ya de la belleza, y desde entonces esa búsqueda constante, y tan gratificante. Es tan impactante el paleocristiano de Rávena por distinto al resto de Italia, tan sublime, tan sutil y delicado que aturde. Impactante y desasosegante al tiempo que que da tranquilidad. Es la belleza absoluta del color en las formas estéticas y técnicas del siglo V. La ciudad es tranquila. Excesivamente tranquila. Ausente de turistas, lo que permite estar y mirar. Algunos grupos de niños, italianos, de colegio, que van de un monumento a otro y que miran con asombro al que habla español, tan inusual aquí. Y las sorpresas, inesperadas y espléndidas. Una exposición de prerafaelistas, con algunos cuadros de Rosetti, de Bourne Jones..., aunque sin la Ofelia; con esos rostros de la mujer de Rosetti, tan del romanticismo, con ese aire ausente, melancólico, de vida que se va en la emocionalidad de momentos vividos, perdidos, de ausencias sentidas, del otro, de lo que se ansía, de lo que se quiere y no se tiene, de las pérdidas... Ofelia. La otra sorpresa inesperada, para despedir el día, para regalar el oído, al margen de la musicalidad del italiano, que aquí no lo es tanto (un italiano más seco, sin cadencia, ausente de gestos; personas que andan y miran despacio, que hablan despacio, que están despacio; de mirar serio, adusto en su hablar y mirar; gentes lentas, como antiguas, gente de siglos, como sus mosaicos), la sorpresa del Requiem de Mozart en San Apolinar. La magia del genio de la música, el regalo de su Requiem, la música sublime de la muerte en esta iglesia de siglos, entre el color y el brillo de los mosaicos, en Italia. Un Requiem italiano. Placer de placeres. Y no puedes cerrar los ojos ante tanta belleza. Y sientes las notas como entran en ti, como te poseen, como se hacen uno. Te vuelves color. Eres música. Eres, pero no eres al tiempo que eres. El tren desliza lento por los campos de la Romaña, hacia Bolonia. Campos de tierra negra. Campos de verde. Llanuras inmensas moteadas de algún montículo. Campos que se dividen por vallas de madera. Perales revestidos de blancas flores. Blanco sobre verde y marrón, en hileras. Tierra nevada de flores. Y la noche apaga la luz con el suave deslizar del tren por los raíles. Dos mujeres hablan sonriendo. Los edificios desaparecen con rapidez. Casas pintadas de ocres, en rojo toscana, en color teja. Esas casas típicas de la Italia del norte y del centro, con las contraventanas de madera, en marrón o verde. Contrastes bellos de color. Y el tramonto. De nuevo Bolonia, con su elegancia discreta y la extraordinaria belleza de sus gentes, y ese su estar y moverse. Noche boloñesa. Y suena “The moment of surrender”. Es curioso. Los tiempos. ...the softway... begin to get back... U2. La voz envolvente de Bono. Puro terciopelo. La noche en Bolonia es tranquila. Música en directo.

Es morena, con el flequillo cortada en forma de media luna y ligeramente por encima de las cejas, que sonríen como sus ojos y su boca, casi de una forma permanente; la boca perfecta y el cuello eterno. Chaqueta negra de paño, con bordados en negro, también, pero brillantes, como de terciopelo. Una camiseta blanca con un dibujo de mujer, de contornos negros, donde resalta el colorete de las mejillas, en rojo; en el cuello del dibujo hay un lazo enorme, de seda negra, que cae en cascada, muy elegante; falda larga, ajustada, en negro con pequeños lunares blancos; medias de un tenue gris; y zapatos planos y negros. Pendientes de cristal, en negro y marfil, y una pulsera de madera en rojo burdeos con algunos signos dorados y negros. Un conjunto perfecto. Me encanta la delicadeza con la que me habla, su suavidad, su cadencia, la brillantez de su mirada, sus formas; pero no debí ir a Florencia, porque hay espacios que se te hacen vívidos, de una intensidad tan perseverante, tan acuciante, que te llevan al recuerdo, y ahí, no pudiendo ser no lo evitas, y te acuestas en él, en ese recuerdo que quieres tanto, y te meces. Y es que hay tiempos que son, y siendo son inevitables, únicos, y quieres revivirlos, y los espacios están vacíos pero llenos, y hay otras formas pero siguen y están y los sientes y... Me gusta hablar con Andrea. La música en directo y una cerveza. Me gusta como desgrana este italiano de Bolonia en su voz de mujer, algo grave, tan suave.

24/3/10

La discreta elegancia de Bolonia

Es sorprendente la belleza de Bolonia. Grata. Es una ciudad con clase. Con mucho estilo, al igual que sus habitantes. Probablemente la que más, de todas las que conozco de Italia, en conjunto -incluso más que Milán-. Ciudad tranquila, armónica, llena de tonos de ocre, de soportales; muy italiana del norte. No muchos turistas, lo que permite verla con tranquilidad, pasearla y mirarla, pararte en un bar a tomar una cerveza o un spresso (inigualable). Es bella, como las mujeres italianas, con una cara de una belleza no perfecta, pero con un atractivo inmenso, que me llevan a la antigua Roma, o a la imagen que tengo de ella, a sus retratos. De rasgos marcados. El pelo lacio, fino y sedoso, en tonos castaños. La nariz rotunda, no pequeña, pero no fea; la boca perfecta, intensa, carnal, con delineados labios. Los ojos de una profundidad abisal, que asusta, que aturde, que dan ganas de perderse en ellos; marrones, casi negros; inmensos; enmarcados por unas pestañas eternas que los dibujan y adornan, que crean misterio, un misterio ampliado por el dibujo negro del lápiz, egipcio; un efecto dionisíaco, maravilloso, eterno, perfecto. Sonríen apenas, con inteligencia. Me gusta como me miran, cómo bajan los ojos, con delicadeza, con misterio. Me recuerdan a otros ojos, a otros tiempos. Da la sensación, en la catedral, al andar por la amplitud de las naves, de que las grandiosas columnas llenas de nervaduras que soportan los paños de las bóvedas de arista, acompañan tus pasos, da la sensación de que se mueven al compás de los tuyos, acompañándote desde el tiempo, mirándote. Y el frío te envuelve, un frío que me recuerda a las cuevas del paleolítico, a Covalanas, al templo primigenio, al tiempo de los dioses del tiempo, de la diosa madre, de la madre tierra. Respiras y el vaho se hace presente, como si tu espíritu saliese para hacerse material, y desvanecerse uniéndose al espíritu que todo lo envuelve, como si escapase hacia el dios de los cristianos. Es curiosa la estructura de la iglesia, al margen del formalismo del gótico italiano. Construido su eje longitudinal para obtener la luz del sol en sus muros laterales, la salida y la puesta, el tramonto, esa bellísima palabra italiana que define la puesta de sol; mientras el meridiano que sigue la línea del solsticio de verano la corta longitudinalmente en un ángulo extraño a las naves. Muy sorprendente, muy bella, exquisita. Y el placer de viajar en autobuses metropolitanos, acceder a las gentes, hablar con ellas, entrar en sus días, en sus momentos; ir de una ciudad a otra en tren; el placer de mirarlos, de observar sus gestos y sus ademanes, sus miradas, su estar y moverse, su charla con ellos y conmigo; meterte en ellos, estar ahí, viajar, conocer; y el paisaje de la campiña de la romaña y de la toscana, con sus colores, tan vistos, tan descritos, tan bebidos y vividos, recordados algunos momentos, tan intensos.

23/3/10

La belleza veneciana

Venecia otra vez, y mil veces que la viera y jamás me cansaría. Tiene ese aire -a pesar de los turistas- de oriente, de ciudad dormida, ausente, donde hasta el aire parece de otro tiempo, de otro instante, como si estuvieras en un espacio que no es, que sólo es intuido o quizá soñado. No sé. Es como mirar un cuadro de Canaletto, y cierras los ojos y te paseas en él. Y al tiempo está soñando la voz de Peter Gabriel, porque es como soñada, o me lo parece; y también es, tan suave y decadente, tan nostálgica en esta canción, The boy in the bubble. Y cómo me gustaría poder estar contando todas estas cosas con un vermú en la mesa, delante, de un bar pequeño y bonito, cálido, de luces tenues, rodeado de humos y de voces bajas, y poder decirlas mirando a los ojos y ver los gestos y los cambios de expresión. Pero… Pero son otros tiempos... Y San Marcos se aparece, tan bizantina, ya vista mil veces y que tantas ganas tenía de volver a ver, como Ravenna y sus San Apolinar, y sentarme en el césped, bajo esos pinos que hay en Italia de anchas y altas copas, de marrones, largos y pelados troncos. Cuánta nostalgia de lo no tenido. Cuánta belleza la presente. Cuánta nostalgia de tantas cosas. Siempre se echa de menos lo bueno cuando no lo tienes. A veces tanto que te produce un dolor intenso, tanto que hiere, y a veces, incluso, mata. Pero bueno. Beber lo tenido y recrearse, seguir el camino de la belleza, ese que es, el que se puede, el que se tiene, el que se sabe. De la mayoría no queda ni quedará nunca recuerdo, al contrario o al igual que de determinadas ciudades. De otros sólo se recordará porque fueron en quienes hicieron; del resto, la minoría, se recordará aquello que crearon, fueron y sintieron, porque su vida fue una búsqueda perenne de la belleza, la verdad y la vida, aunque no se lo reconocieron; admirados y por lo mismo envidiados, arrastrados, quemados en esta hoguera de las vanidades, por no ceder a la simplez generalizada, a la idiotez permanente, a la estulticia, a la nada aparente. Qué bella es Italia, Venecia, Ravenna. Sólo, y parece una idiotez, por comerse una pizza rustica, ya merece la pena echar un vuelo, cuanto ni más por pasear los ojos por Venecia y sus canales, por ver lo que vio y pintó Canaletto.

22/3/10

Ese dolor distinto

Cómo aprieta la vida a veces. Cómo constriñe y encoge. Hay aristas que arañan de una forma distinta, más profunda, más terrible. La de los tuyos, la de los niños. Y te mata como un Gólgota opresivo, eterno y silente. Observas los ojos y te arrebatas. Y sabes que no puedes irte, ni, tan siquiera, ausentarte. Iluminas el rostro para mostrar sonrisas aun cuando te llora el alma al ver un llanto que no derrama, que no asoma. Qué lentas se hacen las horas. Cómo desgarran. Cómo duele el alma por el lloro de los niños. Cómo duele y cómo aja. Cómo mata.

21/3/10

Eustaquio. Historia de un asesinato. Final

Y así lo hizo. Salió de su habitación y fue directamente a la cocina. Su madre le miró. Cogió un cuchillo y la degolló. Con el cuchillo en la mano, chorreando sangre, fue hacia el comedor. En el pasillo se encontró con la abuela, vestida de gris, renqueando y apoyando la mano derecha en la pared para desplazarse, en un vaivén que aquel día le pareció gracioso. Levantó la vista del suelo y se quedó mirando. ¿Adónde vas con ese cuchillo hijo mío?, le preguntó. Él le puso la mano izquierda en la cara mientras le clavaba repetidamente el cuchillo en la barriga. La dejó desplomarse en el suelo. Siguió adelante. Entró en el salón y su padre, temiéndose lo peor, intuyendo tal vez lo que se avecinaba, se levantó de un salto del sillón en el que, apoltronado, disfrutaba de un partido de fútbol en la televisión. No le dio tiempo. La barriga grande, las piernas lentas, y el cerebro abotargado por tanta desidia y tanta abulia, dieron lugar a que la rapidez del hijo, dada su juventud, llevase el cuchillo al ojo derecho del padre en primer lugar, quien mientras se debatía entre gritos de dolor, fue atravesado en segundo lugar y repetidamente, sin pausa alguna, por el acero, en el corazón y en el vientre, y en los brazos cuando trataba de oponerse a ello. Dejó la masa sanguinolenta tirada encima del sillón mientras el locutor cantaba un gol del Betis y los jugadores se abrazaban con su autor. Se fue después a la habitación de las niñas y las encontró en la cama de María, a las dos, abrazadas, llorando. Cuando le vieron entrar dijeron que no, dijeron: Eustaquio no, por favor. El oír su nombre le enardeció más aún. Se fue hacia ellas y las acuchillo sin piedad. Abrió el aseo de una patada. Su hermano se encontraba en la taza del váter con una revista en la mano izquierda mientras con la derecha se dedicaba a su pasatiempo más querido: el onanismo (acción que siempre realizaba tras defecar). Eustaquio siempre pensó que ese hecho era producto de cierta tendencia homosexual. Felipe, su hermano, levantó la revista para protegerse, cerró los ojos y juntó las piernas, girándolas ligeramente hacia la derecha. Una mulata desnuda le cubría la cara. El cuchillo atravesó el pecho de la mulata y se clavó en el cuello de Felipe. Otra cuchillada en el corazón le provocó la muerte instantánea.
Reunió todos los cuerpos en el comedor. Apagó la televisión. Encendió un cigarrillo y esperó a que la policía llegase. Y lo hizo, tirando la puerta abajo y con las pistolas en las manos. Le gritaron que se tendiese boca abajo. Se tumbó. Lo esposaron. Lleno de sangre, con una ligera sonrisa y con la cabeza alta salió de su casa. Los vecinos le gritaban: ¡Eustaquio, mal hijo, asesino! Él no comprendía nada. Y la sonrisa se le fue desapareciendo de la cara. Buscó cámaras y periodistas pero nadie había. En la comisaría le preguntaron el nombre. Eustaquio García Rodríguez, dijo, producto de nerviosismo. Eustaquio, deletreó el policía lentamente. Hay que joderse, dijo el policía, vaya mierda de nombre. Vaya mierda de nombre, volvió a repetir. Te vas a pudrir en la cárcel, E-u-s-t-a-q-u-i-o.
Al día siguiente, en su celda, pidió un periódico. Le fue difícil encontrar la noticia. En una columna pequeña, de las páginas interiores, se contaba que Eustaquio García Rodríguez, peón de albañil, en paro, de 23 años, y con las facultades mentales algo dañadas, había asesinado a toda su familia sin razón aparente.
Cuando le llevaron la comida lo encontraron colgado, con la sábana, de los barrotes de la ventana.

20/3/10

Eustaquio. Historia de un asesinato.III

Finalmente decidió, tras arduas deliberaciones consigo mismo, matar a los gérmenes patógenos de su enfermedad, que no eran otros que los actores de la vida, de su vida; los seres que le habían dado la razón de su infelicidad, los seres que no habían pensado en él, que habían decidido por él, que a su parecer, lo habían hecho a propósito, sabiendo o intuyendo el destino que le depararía el nombre. La suerte estaba echada. Ya no había vuelta atrás. La decisión estaba tomada y no quedaba más salida que hacer lo que tenía que hacer. Además, un asesinato familiar era más morboso que cualquier otro. Si además le añadimos que iba a ser un asesinato múltiple, el morbo se acrecentaba, y lo hacía, la multiplicación, por el número de muertos. Por esa razón decidió cargarse a toda su familia, padre, madre, abuela y hermanos. En total siete muertos. Y siete muertos, pensó, era una cantidad suficiente como para salir en las noticias de orden nacional, y porque no, internacional. Todos los rotativos se harían eco de su hazaña. Quizás en primera página. Quizás en color. Cuando llegase la policía al lugar de los hechos un cuadro macabro esperaría a ser visto por los ojos de todo aquel que viviese de eso, del dolor ajeno, de la tragedia ajena, amparándose en la miseria de los demás para ocultar sus propias miserias. Seis muertos le llevarían a la fama. Seis fenecidos por su mano le harían pasar a la posteridad, le permitirían el cambio de nombre que tanto ansiaba. Cuando llegase la policía y le viesen allí sentado, fumando un cigarro, con las piernas cruzadas, tranquilo, sereno, comprenderían la magnitud del hecho, quizás la razón; verían en él a un ser inteligente que había hecho algo fuera de lo común, algo que la mayoría de la gente era incapaz de hacerlo, aunque, también la mayoría lo hubiese maquinado. Le preguntarían cual era su nombre. Ahí encontró un cabo suelto. ¿Qué nombre? Debía pensar uno. Atractivo, sonoro. No grandilocuente. Un nombre corto, que sonase bien, que fuese fácil de recordar y que quedando asociado al luctuoso hecho que iba a realizar, todo el mundo uniese el nombre con su cara. Comenzó a darle vueltas al asunto y a unir nombres con apellidos para dar con lo que buscaba. Después de mucho ajetreo mental se decidió por Roberto Mengual del Valle Inclán. Quería recordar de los pocos momentos que pasó en la escuela y de las pocas cosas que se quedaron de ella, que Valle Inclán fue alguien importante y que el nombre se asociaba bien a su obra. Por tanto lo adoptaría. Mengual era el apellido del médico de su pueblo. Y como todos los apellidos raros que siempre estaban en manos de la gente importante aquel no iba a ser de otra forma. Y Roberto de nombre, sonoro, ni corto ni largo, con una “r” delante para darle sonoridad y terminado en “o”, lo que le daba enjundia. La policía preguntaría: ¡Su nombre! Y él respondería pausadamente, con tranquilidad, con armonía: Roberto Mengual del Valle Inclán. Después vendrían los periodistas y las televisiones, avisados por los vecinos cotillas. Intentarían preguntar, y él, en lugar de esconder la cabeza como suelen hacer los indignos, sacaría pecho, levantaría la testa, cual orgulloso toro, y proclamaría a los cuatro vientos: He sido yo, Roberto Mengual del Valle Inclán. Y cuando todos le inquirieran el porqué, se limitaría a no contestar y sólo mostraría una sonrisa de superioridad.

19/3/10

Sólo quiero

… dormir junto a tu espalda, mecerme entre tus manos, danzar con tus andares, abanicarme con tus gestos, beber toda tu agua, mojarme con tu vida, nadar en tu cabello, prenderme entre tus dedos, soñarme con tus ojos, perderme en tu silencio, acompañar tu sombra donde vaya, fundirme con tu alma, morir en tu mirada.
... mirarte, sentirte, vivirte…

18/3/10

Eustaquio. Historia de un asesinato. II

Perdió el trabajo, y su alma no encontró otra disculpa que el hecho atroz que le castigaba desde su infancia, y que no era otro que aquellas horrísonas nueve letras: E-U-S-T-A-Q-U-I-O.
Si las noches eran un suplicio continuo, ahora se le añadían los días, con su interminable número de horas llenas de pesadillas, durante las que se veía perseguido por seres inhumanos con el nombre tatuado en mayúsculas en la frente y en los brazos, por especimenes informes hechos con aquellas letras, acosándolo con pancartas que lucían su nombre, gritando como energúmenos el apelativo maldito.
No cabía otra posibilidad si quería sobrevivir que la eliminación del elemento origen de sus desgracias. El problema era cómo hacerlo. Le dio vueltas y más vueltas hasta casi rozar la locura. Se interesó en el registro civil sobre la posibilidad de cambiarlo, pero un ser engreído y jactancioso, oculto tras unas gafas de culo de vaso, le negó la posibilidad de hacerlo.
Eustaquio no se desanimó y, en un momento de lucidez, producto de su escasa inteligencia o del delirio provocado por los años dedicados a aquel tema, le surgió la idea. Si en un principio la desechó, con el paso del tiempo se fue acercando a ella hasta verla no sólo como algo plausible sino incluso como justa. De los primeros momentos de horror frente a la fantasía que había surgido en su mente pasó a la admisión de su posibilidad en un primer instante y a la adhesión sin límites pocos días después. Tan sólo quedaba pulir el hecho, redondear aquel proyecto, hacerlo perfecto, que no cupiese la posibilidad de error alguno y su vida daría un giro absoluto, pasaría de la nada al todo, de ser un don nadie a ser un personaje conocido, único, especial, posiblemente querido o al menos temido; cabía la posibilidad de ser odiado, pero desde luego, lo que ya jamás sería es menospreciado por algo en lo que él no había participado en modo alguno.
Matar. Tendría que matar. Un asesinato llama siempre la atención. El nombre del asesino pasa de boca en boca. Genial. La idea era genial y la había pensado él, solo él, sin ayuda de nadie.
Comenzó a dar vueltas al tema buscando a quién o quiénes eliminar de este mundo inicuo y transportarlo a otro menos problemático. Primero pensó en el jefe que le había despedido, pero comprendió que tan sólo era un personaje más de la cadena de la vida y que su acto no era nada más que la consecuencia lógica del sistema, dada su escasa preparación intelectual de toda índole y dada la competitividad existente en el mundo capitalista donde impera la necesidad de producir y producir lo más posible para que el empresario se forrase a costa del pobre trabajador. Por todo ello la desechó. No merecía la pena gastar energías en una simple biela del sistema. Además la prensa no le daría la publicidad que él deseaba, toda vez que se trataba simplemente de la muerte de un empresario mediocre, dedicado simplemente a la construcción (actividad no muy tenida en cuenta en lo que popularidad se refiere por parte de común), a manos de un simple peón de albañil.
Pensó en los vecinos, pero fueron desechados también, por feos, por garrulos, por ineptos, y porque no se merecían pasar a la historia a manos de alguien tan célebre como él lo iba a ser: un nuevo Jack el destripador a la española, salvando las distancias, el tiempo histórico, la formación del asesino y el objetivo final de uno y otro. Esos vecinos que siempre le habían mantenido fuera de su círculo, que siempre se habían reído de él, que siempre le habían menospreciado, que siempre le habían vilipendiado, a quien siempre llamaban Eustaquio, lentamente, como saboreando cada una de las letras del nombre, con malevolencia, con una sonrisa socarrona en los labios, con maldad, en suma. No, no lo merecían.

16/3/10

Eustaquio. Historia de un asesinato. I

Tan sólo una persona necia es incapaz de seguir el camino de la felicidad cuando lo tiene delante mismo de sus narices. Esto siempre es así, tan sencillo, tan fácil, o al menos tan aparentemente fácil, y sin embargo la mayoría de las personas se comportan de esa manera. ¿Es una ley universal o es que somos idiotas?
Eustaquio era un hombre apacible, de pueblo, de los de antiguamente. Como la mayoría procedía de una familia emigrada de la Andalucía profunda a una ciudad industrial. Cuatro hermanos más formaban, junto a sus padres y una abuela, la recua que se había desgajado de la tierra de sus ancestros para buscarse la vida en otros pagos.
Poseía ciertas carencias físicas y mentales, pero lo que más le molestaba era el nombre; Eustaquio no era el adecuado para, a su entender, una vida cada vez más competitiva, donde incluso el nombre era importante para desenvolverse con cierta facilidad.
De eso se dio cuenta ya, cuando, en los últimos años de la enseñanza primaria, los compañeros de clase se reían de él por el patronímico. Al volver a casa, con los ojos enrojecidos por el llanto, había de soportar la ira de su padre, que no sólo no aguantaba la mansedumbre de su hijo sino que además consideraba dicho nombre como el sello familiar. Eustaquio se llamaba él, su padre y el padre de su padre; todos hombres hechos y derechos que se habían dejado la vida en la tierra para sacar adelante a su progenie y que jamás habían tenido el más mínimo problema con el nombre como para que ahora viniera aquel mocoso a dejarse intimidar por los niñatos de la ciudad por una cuestión tan baladí. Y no era óbice, según el padre, que la falta de altura le impidiese hacer frente a aquella pandilla de energúmenos para defender el honor de la familia. ¿Era menos importante Eustaquio que Jonathan, que Vanessa o que Eric? No, ni mucho menos, pensaba el padre. A su entender aquellos nombres no eran sino el símbolo de la degradación de todas las personas que los ponían, el signo inequívoco de la imbecilidad de las personas.
Pero Eustaquio, el hijo, era de otra opinión. El nombre podía perfectamente ser el sello del clan, pero también era la matrícula individual del que lo poseía, y como tal marcaba no sólo el presente del individuo sino también su suerte en los tiempos venideros. Es por ello que aquellas nueve letras se habían convertido en el emblema de todas sus desgracias en el presente y mostraban malos augurios para el porvenir. Aquel sello se había convertido en una lacra que anegaba su existencia en un continuo sufrimiento del que no sabía o no podía salir. Por más vueltas que le daba no encontraba la solución, y mientras su cerebro deambulaba por el mundo de la onomástica, su cuerpo iba ingresando en un proceso de disolución que no tenía visos de disminuir.
Su pubertad discurrió por los senderos habituales de los seres apocados y cortos de entendederas, de los humanos hundidos en su propia miseria. Jamás tuvo amigos, aunque también es verdad que jamás quiso tenerlos. El miedo le impedía acercarse a alguien por temor a la hilaridad, y ello le creaba una desazón que le hacía volverse cada vez más hacia sí mismo. Esa timidez, que pudo volverle intimista o misógino, le convirtió en un ser temeroso, de pensamientos vacuos, y aunque la mayoría del tiempo aparentaba ser una persona repetitiva, durante sus momentos de soledad podía llegar a la excentricidad.
Entró en una empresa de construcción como peón de albañil, donde echó los mejores años de su vida subiendo y bajando espuertas de cemento. Unos dolores de espalda horrorosos y una alopecia brutal fue todo lo que consiguió de la vida en aquellos tiempos. Y todo aquello, pensaba él, tan sólo por llamarse Eustaquio.
Aquella idea se le había enquistado en su cerebro de tal forma que vivía por y para ella. Los días, pero sobre todo las noches, los pasaba haciendo funcionar sus neuronas en busca de un plan para terminar con sus desgracias. Debía acabar con aquella situación y debía hacerlo cuanto antes. A la extrema delgadez había sumado ahora unas ojeras del tamaño de un puño y de una coloración cercana al morado nazareno, producto, obviamente, de las múltiples noches en vela. Después de tantos años, tan sólo, o por fin, depende de la perspectiva con que se mire, había llegado a una conclusión: el autor de su desgracia había sido su padre con su maldito empecinamiento en mantener aquel horrible nombre en su descendencia. Ni que decir tiene que su madre participaba de la culpabilidad, pues no debió mostrarse jamás favorable a la hora de colocar aquel patronímico vomitivo sobre su alma indefensa.

15/3/10

Tus pensamientos

Guardo los pensamientos en un pequeño hueco, holgado, tranquilo, caliente, el que merecen; para que no se derramen, para sentirlos dentro, como a raudales, para que estén conmigo, siempre, en este tiempo de espacios abiertos, de agua clara, de sonidos eternos, de pasiones de siempre; fuera de los inviernos lentos y densos, fuera de los silencios que interrumpen los pasos hechos.

13/3/10

El tenue reflejo de la porcelana. I

Aquella vez sintió el dolor más dentro, más profundo, de otra forma. Como un dolor perdido en la noche de los tiempos, como cuando careces de nombre, como cuando andas ido, vacío de todo, con la mente ausente, paseando por las calles como mendigo, sin bienes, sin alma, como cuando pierdes a un hijo.
Miró a su perro, pero no le dijo nada, ni tan siquiera, esa vez, con la mirada.
Una hilera de cipreses se erguía en el camino, perdiéndose allá, en la lejanía más lejana, y en el tiempo, en la línea del horizonte, anunciadores de algo, símbolo de sueños fallecidos, el último reducto de la intimidad cercenada, sus sueños. Un espacio desaparecido, un tiempo desaparecido, una vida desaparecida, todo diluido, incluso la palabra, en una nada ausente de luz. Los miró y fijó la vista en el final hasta que sintió dolor. Cerró los ojos y se los restregó con el dorso de las manos.
Recordó aquel poema:

Las imágenes
se amansan en el agua,
pero no descansa el alma,
sino que fluye sin fin,
portadora del enigma
de su constancia.

10/3/10

Y el dolor es negro

Los pasillos largos, en tonos de ocre, claros. Baldosas blancas y grandes que se pierden en perspectiva, lejana. Pasillos eternos, vacíos, cuyo suelo refleja las rectangulares claridades de las luces del techo. Silencio roto de vez en vez por las ruedas de camillas empujadas por mujeres con ropa azul. Silencio. Olor a hospital que se te mete en el cuerpo y no te abandona, que te envuelve. Conversaciones ausentes. Ojos inquietos que esperan e inquieren, que miran a cada ruido que se escucha. Cabezas que se elevan y miran hacia la puerta, esperando. Caras ahítas, semblantes serios, gestos adustos. Esperas. La sala pequeña. Una tos constante y persistente. Una cabeza entre las manos. Nadie mira a nadie. Nadie habla. Todos esperan. Olor a hospital. Sensaciones de ausencia. Cuerpos lentos. Espíritus traspasados por el momento. No es lugar para sentir, no es lugar. Te apaga. Te vacía, te aturde, te queja. Extraño lugar de ausencias, de languideces lentas, de dolor contenido, de miradas secas.
Y siento, cómo siento. Y el dolor es negro.

9/3/10

La extraña mirada del dolor

Cuando el dolor se instala en tu cuerpo de una forma brutal, repentina, sin solución, cuando todo se te trastoca y tienes que asumir una nueva situación vital, y estar y luchar con algo que nunca habías esperado, con algo dolorosamente opresivo, terrible y continuo, todo, absolutamente todo se te remueve. Vives en un estado de alerta, de preocupación, de sinsabor, de sinsentido, hasta que logras superar un alto umbral de dolor y consigues un estado personal de asunción del hecho y sus consecuencias. Readaptas la vida intentando no modificar ni las formas ni los estados ni tu visión de ella, para no perder calidad aun perdiéndola, para no dejar de ser tú, en esencia, aun cambiando. Te haces más fuerte, valoras más… Y todo ello a pesar de estar ahí, de reaparecer con constancia, de existir agazapada, mostrando su poder, su existencia, a través del dolor constante, casi permanente, y brutal en ocasiones. Pero sonríes, vives y sigues. Se necesita voluntad para ello, y carácter, y ganas de vivir como sabes hacerlo. Te haces muy fuerte.
El problema es cuando eso, eso mismo o peor, surge de repente, también sin avisar, en alguien muy cercano a ti, en lo más cercano, en lo más personal. Más si es un cuerpo no hecho, con un carácter no formado y en la infancia. Y el dolor ajeno, ese, se te clava en el alma y te apaga la mirada. Te mata. Es dolor sobre dolor. Lo sientes como propio, pero multiplicado. Y te duele el alma. Y te preguntas y te maldices e imprecas a los hados y a ti mismo. Y sin embargo sabes, por vivido, que no hay más sino seguir y estar, enseñar, y amar y dar. Ayudar con todo. Enseñar a vivir en ello y con ello, a sacar la enseñanza que te da, a hacerte fuerte, a superar. El problema, te dices, es si sabré, si él sabrá.
Dolor. Enfermedad. Es como pasear por una ciudad donde las calles carecen de nombre.
La vida es brutal a veces. Y sin embargo me encanta vivirla, encararla, superar. La vida es como la montaña. Pero siempre te queda la duda de si él podrá.

7/3/10

Respecto al orgullo, al diálogo y otras cuestiones.

Hace tiempo, leyendo sobre el tema del orgullo, para matizar determinados aspectos de un personaje que estaba creando, me encontré con frases de una profundidad absoluta y de una verdad incontestable. Lamento no haber tomado nota de sus autores, pero es lo de menos. Lo importante no es quién lo dijo sino qué se dijo.

Son estas:

El orgullo hace que se mantengan las posiciones por propias ante que por verdaderas.

Cada vez que actúas con superioridad o humillante condescendencia para con los demás, has caído en el orgullo.

Cuando produces o intentas actitudes serviles frente a ti, degradas a esas personas y te degradas a ti mismo. Te domina el orgullo.

Cuando uno, en un diálogo, trata de imponer su criterio, con vehemencia, con gestos de altanería o suficiencia, lo único que hace es tratar de imponer su criterio con una subjetividad asombrosa.

La humildad nunca puede violentar la verdad; la sinceridad y la humildad son dos formas de designar una realidad única.

La humildad no va unida al victimismo ni a la inconstancia.

Cuando hay que contrastar ideas hay que hacerlo con elegancia.

La soberbia se camufla, a veces, de deseo de justicia, cuando lo que la mueve es el revanchismo. Se les ha metido el odio dentro, y en vez de esforzarse en perdonar, calman su ansiedad con venganza y resentimiento, con desprecio.

Hay ocasiones en que la soberbia se disfraza de afán de defender la verdad, de una ortodoxia altiva y crispada, que avasalla a los demás; o de un afán de precisarlo todo, de juzgarlo todo, de querer tener opinión firme sobre todo. Todas esas actitudes suelen tener su origen en ese orgullo tonto y simple de quien se cree siempre poseedor exclusivo de la verdad. En vez de servir a la verdad, se sirven de ella –de una sombra de ella–, y acaban siendo marionetas de su propia vanidad, de su afán de llevar la contraria o de quedar por encima.

No deberíamos hacer un análisis somero de la realidad. El olvido y la ignorancia son la estrategia más habitual para la mayoría de los que creen que tienen, ahora, una vida y que la otra no fue. La distracción como huida y el mantenimiento de su estatus es su dogma. No cambiar para que nada cambie. Orgullo inadecuado, desprecio por la verdad de su pasado.

A veces parece que nos tomamos la existencia a broma, y necesitamos de la tragedia y de la desgracia para convertirla en un asunto serio; y es que somos demasiado precarios de espíritu para detectar lo que pasa, lo que sentimos, lo que queremos, de verdad.

Decía Ortega y Gasset que “yo soy yo y mis circunstancias, y si no las salvo me pierdo con ellas”.

El mundo termina siendo lo que cada uno piensa, siente o percibe. No hay más realidad que mi propia experiencia de la misma, y la fantasía y la imaginación pueden ser un buen punto de apoyo para eliminarla, sobre todo si encontramos apoyo en otros. ¿Por qué sufrir una vida miserable eludiendo la verdad, si puedo inventar otra?

Y olvidamos, muchas veces, la mejor versión de nuestra condición humana, la compasión. Y olvidamos, muchas veces, que la solución está en el diálogo, lento, largo, sosegado, desde la aceptación de los errores propios, de los errores de los demás, de la necesidad de mostrar nuestros puntos de vista y aceptar los de los demás, de pensar que podemos estar equivocados, de pensar que los demás también lo piensan y que la clave, de todos, está en el deseo de mejorar, de cambiar si se ha de cambiar, de aceptar los errores si están, de eliminar las formas inadecuadas, de pensar que todo es susceptible de mejora, de aprendizaje, de crecimiento. Diálogo. Hablar, siempre hablar, fuera del orgullo, de la falsa humildad. Mostrar lo que pensamos, lo que somos, lo que creemos, y analizar lo que nos dicen sobre nosotros y los demás. Entrar en ello, con verdad, con sinceridad, aceptar. Hablar, no una sino mil veces. No basta con dar un paso sino caminar.

El orgullo es terrible, lleva a la inacción; la falsa humildad también. Hablar con la mente abierta, con el espíritu abierto. Aprender y enseñar. Mostrar. Creer en los demás, en su deseo de avanzar, de mejorar, de crecer, de cambiar. No basta con un leve momento si crees no ver, pues se vuelve a caer en el mismo error, pensar que los demás siguen anclados, cuando lo más posible es que no. Casi siempre solemos pensar que nosotros si hemos cambiado y los demás no, que nosotros si nos analizamos y los demás no, que nosotros si vemos nuestros errores y los contrarios, y los demás no. Lo ideal es hablar, en el sentido de dialogar, no de debatir, porque no es lo mismo sino todo lo contrario. Porque el diálogo consiste en colaborar para llegar a un entendimiento común mientras que en el debate se trata de oponer ideas y probar lo malo del otro; porque en el diálogo encontrar el sitio común es la meta, mientras que debatir es intentar ganar como meta; dialogar es escuchar para entender, buscar el sentido y llegar a un acuerdo, en tanto que cuando debatimos buscamos los fallos de los otros para contrarrestar sus argumentos; cuando dialogamos encontramos elementos que hace que volvamos a reevaluar nuestras ideas, provoca causas que nos llevan a la introspección en nuestras posiciones, mientras que si debatimos defendemos nuestras suposiciones como verdad y sólo tenemos causas para la crítica de la otra posición; porque dialogando se puede llegar a una solución mejor que las que teníamos, mientras que el debate excluye otra solución y defiende la propia como la única y mejor; porque el diálogo provoca y viene de una mentalidad abierta, el pensar que se puede estar equivocado y estar abierto al cambio, mientras que el debate es una actitud de mente cerrada, basado en el determinismo de tener la razón; porque cuando se dialoga uno llega a pensar mejor, pensando que las reflexiones de los demás nos pueden ayudar a mejorar y no al contrario, en tanto que en el debate se presentará la propia y se defenderá contra la posibilidad de que está equivocada; porque cuando se dialoga uno debe suspender durante un tiempo sus propias creencias, mientras que en el debate sólo se cree en las propias, ya que si dialogamos buscamos acuerdos básicos pero si debatimos sólo buscamos las diferencias, porque si dialogamos lo que buscamos son los puntos fuertes del otro y no los débiles y evidentes como hacemos al debatir. Dialogar implica preocuparse realmente por la otra persona, no tratar de ofender ni quitar ni culpar ni humillar mientras queIn debate, one searches for flaws and weaknesses in the other position. en el debate se lucha contra la posición del otro, sin centrarse en los sentimientos o de la relación desaprobando o despreciando, a veces, al otro. Porque dialogar implica que varios tienes elementos de lo que se busca y que quieren unirlos para llegar a una solución, y viable, mientras que si debatimos presuponemos que sólo hay una respuesta válida, la nuestra.

El diálogo siempre está abierto, nos permite crecer, mejorar, aprender, solucionar. El debate implica una conclusión: no hay solución, yo llevo razón. Hemos hablado y he demostrado, me has demostrado que no la llevas, que sólo yo la tengo; asunto zanjado.

Orgullo, falsa humildad, diálogo, debate. Hablar para dialogar, para crecer de verdad, para llegar a ser y ver a los demás como lo que son, como nosotros. Voluntad.

Si todos fuésemos así, qué facilidad. Pero no lo somos. Yo, todos. Ese es el camino, creo. Hablar dialogando, una vez y otra y otra más.

4/3/10

Suaves palabras por entremedias

Sentir que siento no es suficiente. No todo es algo, ni todos quién, ni el siempre, siempre. No todo fluye de las entrañas ni hacia ellas. No todas las puertas lo son, e incluso, la mayoría, no están abiertas; cerradas, a cal y canto, pudriendo estancias, enrareciendo aires, secando almas.
Como con un galope seco tiembla la tierra en la noche eterna, rumor de sangre, de heridas viejas que se reabren y nunca callan. Adarga antigua clavada en almas que lloran penas.
Y en los entretantos un Hauki pasea lento, como un aroma de despertares, acariciando:
Me hundí en tus ojos,
para navegar mares.
Vivir y morir.

2/3/10

Cuatro gotas

En la guerra no hay ninguna lección moral que aprender; no existe la redención. La guerra es una tragedia, sólo eso, una terrible e insana tragedia. Cuando te quitan todo, cuando lo pierdes todo, sólo queda la elección como ser humano de ser bueno o malo con tus semejantes.

En una sola noche, en una frase o en un silencio nos jugamos la vida entera. La imposibilidad, en suma, de controlar el tiempo presente. Ahí es donde morimos o vivimos, donde la mayoría fracasamos.

Destiló rocío una rosa de exquisita pureza. Se evaporó, se agotó en sí misma, en el reflejo de un rayo de sol excesivo. Hay seres que brillan cuando la luz incide en ellas. En su ausencia se hacen opacas y frías, oscuridades ausentes, sin vida.

Entre claveles
murió un noviembre frío.
Desposeído.

28/2/10

La Roma de Caravaggio

Algo vertiginoso, aprovechando las horas, los días, los tiempos. Caravaggio y Roma. Un viaje rápido, sólo un par de días. Una de mis ciudades preferidas, por tantas cosas, y uno de mis pintores favoritos, también por tantas cosas. Me gusta pasear esa ciudad, entre tanta gente, a solas, o brevemente acompañado. Me gusta más así, la saboreo mejor. La miro con más tranquilidad. Me gusta mirar las personas, las de carne y hueso, como hacía el pintor. Por eso me fui a la Stazione Termini, y me senté un rato allí, en la inmensidad de su hall, para verlas, esas personas romanas, que andan de un lado a otro, entrando y saliendo de la ciudad por esa boca que engulle todo. Después a la Scuderia del Quirinale, en la Via Maggio, para degustar a uno de los más grandes.
Caravaggio es inmenso. Atrae por muchas cosas, porque se ve que vida y obra están intrínsecamente conectadas; porque vivió como a todos nos gustaría vivir, o como a la mayoría, pero que casi nadie se atreve a hacerlo, y él si lo hizo; porque fue un espíritu libre, absolutamente creativo, y eso es obvio, pero sobre todo porque no se sometió a las leyes de su tiempo; porque era una persona, un genio siempre en conflicto y siempre desesperado; por su descarado e irreverente realismo, inesperado, audaz, contra la época. Usó siempre modelos reales, personas reales que buscaba en la sórdida Roma, en la baja, en la de verdad. Esa ya es una gran novedad, como lo fue el apartarse de la luz universal para entrar en la luz cotidiana y dramática. Y ello sólo era posible si se había visto, si se había vivido. Por otra parte, Caravaggio, aunque pinta esa realidad que está en las profundidades de la ciudad, con su luz real, tal y como es, parece que hubiesen sido vistos en un espejo, como suspendido dentro de él, como una verdad excesiva, como muerto, y eso se nota en sus pieles cenicientas. Hay cierta distancia entre esos personajes y nosotros.
Me gustó, especialmente, quizá por tan vista, pero sobre todo por el tema -uno de mis preferidos en la pintura universal-, su Judith y Olofernes, con una Judith que tomó como modelo, sin duda, a una prostituta. Una mujer seductora y erótica, pero también piadosa y destructora. Un cuadro que representa el momento más dramático y cruel, cuando secciona.
Me gustan sus puttos, el dormido, el vencedor. Las composiciones geométricas, de la Anunciación, de la Cena de Emaús, sus San Juan Bautista, su bodegón.
Me encanta Caravaggio. Y me gustó la sencillez de la exposición, como la han montado. Pocos y escogidos cuadros, y los autentificados. Casi minimalista. Perfecta.
Después más Roma. Cenar en una pequeña trattoría cerca del Foro Palatino. Buenos recuerdos. Y para terminar un espresso (tan sublime), cerca de la escalinata de la Plaza de España. Y allí, turistas, miles de turistas. Son las paradas de Roma, donde todos se detienen. Donde la gente se siente como en las películas, y se fotografía para inmortalizar el hecho. Yo estuve allí, en la escalinata, dicen mostrando la foto. Fotografías de un momento romano, de un emblema, otro de tantos. Y muchos romanos, a la caza de algo, tan aparentes y tan huecos; esa forma de ser tan romana, tan italiana. Mil imágenes. Mil personas. Mil miradas. Y entre ellas la mía, en unas pocas horas. Roma siempre será Roma. Muy especial.

26/2/10

Importancias

Cuanto más se lleva a la montaña más nos devuelve ella. Entonces, ¿por qué no nos toca las entrañas el acomodamiento? Deberíamos, siempre, hacer un análisis, aunque fuese somero, de nuestra realidad. Para la mayoría, que suele pensar que tiene una vida placentera, la estrategia más habitual es el olvido y la ignorancia. Su dogma es el mantenimiento de su estatus, su simple estar, y la distracción en la simplez como huida. No cambiar para que nada cambie. Nos conformamos ahí, en la nada, en la abulia.
Parece, a veces, que nos tomamos el existir a broma, y necesitamos de la desgracia, de la tragedia, para convertirla en un asunto serio. Y es que nuestro espíritu es demasiado inseguro para detectar lo que pasa, lo que siente, lo que quiere; para detectar la verdad, lo que de verdad importa.
Decía Ortega que “yo soy yo y mis circunstancias, y si no las salvo me pierdo con ellas”. Hoy, ahora, lo que cada uno piensa, lo que cada uno siente, lo que cada uno percibe, termina siendo nuestro mundo. No hay más. No hay más realidad que nuestra única y exclusiva experiencia de la realidad. Y en ella o para salir de ella o para estar en ella, nos valemos, en la mayoría de las ocasiones, de la nada, de la repetición de hechos simples que no quiebren esa vulgar apatía. ¿Por qué sufrir una vida de búsqueda si nos podemos inventar otra en la que no ocurre nada, en la que hay vacío que no incomoda? Pero esa no es la realidad, ni es la vida. No queremos afrontarla, vivirla con toda su intensidad, con todo lo que tiene, con sus luces y sus sombras, con sus alegrías y sus tristezas, con su placer y su sufrimiento, con lo que nos da, salvando, modificando esas circunstancias, luchando por lo que merece la pena luchar, removiéndonos las entrañas, lo que no merece la pena, analizando la realidad, sintiendo la vida como lo que es, un regalo; intentando modificar esas circunstancias para evitar sus sombras, para conocer, para recrearnos en la belleza, buscando, conociendo, creciendo, viviendo, evitando el acomodamiento, analizando nuestra realidad y las circunstancias que la rodean, eliminando así, sabiendo, esos hechos y actitudes que las provocan. Cuanto más llevemos a la montaña más nos devolverá ella. Cuanto más le demos a la vida más nos devolverá ella. Cuanto más obsequiemos a los demás más nos devolverán (algunos, también es verdad). Si sabemos mirar nos encontraremos, encontraremos, obtendremos. Tal vez así seremos un poco más felices. Pero, ¿quién mira de verdad?, y ¿quién se mira de verdad, a conciencia, con conciencia? La felicidad está en las pequeñas cosas, en los pequeños momentos, en las miradas, en los colores, en los olores, en la suavidad de las cosas. Ahí y no en el mundo ideal, en la búsqueda de la Felicidad. Y desde luego, donde no está es en el vacío, en la nada, en la superficialidad, en la mediocridad, en la huida.

25/2/10

En la levedad de la noche

Fotografía de Sofía Serra Giráldez.
http://sofiaserragiraldez.blogspot.com


Y son frías las noches cuando te oigo como un lamento, y lo siento dentro. Y sabes, ahora, que sintiendo, incluso queriendo, así no puedo estarte, por más que el viento arrastre los nombres; porque no eres.
Y hay sentimientos que son derrotas, mojadas de aguas que no son lluvia.
Y, a veces, algunas veces, todo es noche, noche sin noche, noche de nadas, noche de nadie, vacío de ausencias, de rotas palabras, de ríos de pena.
El agua se derramó en frías cuencas, en tristes cantos, en heladas palabras.
Y, a veces, el recuerdo hiere como amenaza que se adentra, que no decrece, y aun así delicado o quizá por eso, y te seduce, y lo ocultas y lo tapas, y buscas paños para esas sedas. Cierras los ojos y a veces sueñas.
Como demonios sangrando, sedientos de almas, rumores de alas cortan el aire en la noche larga. Negros presagios de vida amarga. Y ya no hay día. Y ya no hay nada.

23/2/10

Me gusta

Me gusta mi perro, porque me gustan los perros, pero éste más, porque es mío, porque no ladra, porque sólo te mira con sus ojos marrones, agradecido, y te sigue a todas partes. Parece triste, pero no lo es. Blanco y canela. Me gusta la montaña, subirla, estar en ella. Porque te da lo que ninguna otra cosa puede hacerlo, y porque allí arriba se está a salvo de las mezquindades de las personas, porque allí nadie puede serlo, porque si lo eres estás muerto, o solo y muerto; me gusta porque ella saca lo mejor de uno, y te prueba tus límites, y te incita a que los superes, a que te conozcas, pero de una forma seria, de verdad; me gusta porque supone un esfuerzo; me gusta por la belleza que te regala. Me gusta mirar las estrellas tumbado sobre la tierra, arriba, en la montaña, oyendo el crepitar del fuego, y tumbado en la arena de una playa, solo, o acompañado de alguien que eso lo entienda y aprecie y admire esa belleza; y esperar que pase una estrella fugaz y pedirle un deseo; y seguir el curso de los satélites artificiales. Me gusta un vaso de buen vino tinto mientras huelo lo que cocino. Me gusta una cerveza helada con aceitunas en el calor del mediodía. Me gusta leer un libro en un bar tranquilo, tomándome un té. Me gusta el mar. Me gusta viajar en tren y acunarme en su sonido, y observar las personas que suben y bajan, y ver los árboles y las casas como se deslizan por mi campo visual. Me gusta viajar; viajar para conocer, para aprender, para ver, para estar. Me gusta el silencio, y me gusta la música, esa que te lleva y que te ensalza, que te emociona, que te pone los pelos de punta; y la que hace llorar, la que te lleva a recuerdos. Me gusta escuchar a los que dicen algo, a los que hablan de verdad, a los que sienten, a los que han vivido, a los que viven y a los que ansían vivir, a los que saben y tienen algo inteligente que decir. Me gusta sentir el agua de la ducha deslizando por mi piel, caliente, y así quedarme. Me gusta tumbarme en la bañera con agua caliente, envuelto en la niebla, rodeado de espuma, oliendo las sales, entrecerrar los ojos y pensar. Me gusta pasear bajo la lluvia, en la noche y mirar los reflejos en los charcos. Me gusta observar a la gente, como se mueven, sus gestos, sus palabras, sus ademanes; pensar en lo que piensan, en lo que son o pueden ser, inventarme sus historias. Me gustan las personas, las de verdad, las que se entregan, las que son, las que sienten, las que no se venden. Me gusta la caricia de una mano suave, el roce de unos labios que quiero; me gusta acariciar lentamente. Me gusta abrazar a quien quiero y sentir el calor de su cuerpo contra el mío. Me gusta dar. Me gusta sentir el suelo de madera de mi nueva casa, y andar descalzo, notando su calor en las plantas; me gustan sus tonos claros, la luz que la llena, el horizonte quebrado por las montañas, lejanas. Me gustan las palabras, las oídas, las escritas, las grafías raras, las grafías bonitas, leerlas y expresarlas; el rasgar de la pluma y el lápiz sobre el papel; lo que significan, a donde te pueden llevar. Me gusta la pintura, la escultura, los edificios distintos, los paisajes eternos. Me gustan los colores, menos el gris, donde no me detengo. Me gusta la sonrisa de los niños, la de los ojos de agua, la de ojos tristes, la de los viejos, la de las personas de verdad. Me gusta jugar. Me gustan las lágrimas de los que sienten, las que no mienten, las sentidas, las de la emoción verdadera. Me gusta llorar cuando tengo que hacerlo. Me gusta reír. Me gustan las flores, todas y cada una. Me gusta respirar. Me gustan los pájaros, sobre todo los gorriones. Me gustan las miradas que te llegan dentro, que te traspasan, que se te clavan, que te adivinan, que te quitan la respiración, que te regalan, en las que merece la pena morir. Me gusta mirar. Me gustan tantas cosas, tantas, que sé empezar pero no podría acabar. Me gusta vivir, vivir de verdad.

21/2/10

Lugares

Soñé que era una mariposa danzando en la penumbra…
Donde duerme el aire, fuera de vientos y tempestades, suspendido el aliento sobre humedales de hojas caídas, en los crepúsculos lentos, suaves, de las tardes lluviosas; donde me gusta ser, en la ciudad sin fronteras, lejos de las cosas neutras, vacías, que los demás se crean para intentar ahuyentar sus miedos, para cerrar sus almas cubriéndolas de cenizas, al lado de cuerpos baratos, de mentes estúpidas. Ahí me quedo. Sin las cadenas que atan a cienos que ahogan, y que arrastran como un sacrificio a las simas del infierno.
Y es que cada vez que miro sólo veo personas reptando, entregando su piel y su alma a cambio de migajas, por un puñado de nada a cualquier inútil que a su lado pasa; muriendo lento entre sábanas manchadas, en calores fatuos, en idiotas miradas.
Qué triste es la soledad de los muertos, de los muertos en vida; qué triste y qué zafia.
En la soledad de la tristeza tapada a golpes de martillo sólo hay cadenas; cadenas y condena. No hay nada. Es la soledad de los muertos, de los muertos en vida, de las “personasperro”, de las “personasnada”.

18/2/10

La descomposición de la inconstancia

Un hombre se ha sentado en un banco, sobre las gotas recién caídas de una lluvia tranquila, que apenas moja pero que cala, fumando un cigarrillo. Ausente del frío. Los ojos acuosos pero brillantes, ajenos al gris exterior que le envuelve. El cigarrillo, en la comisura de los labios, pende con desgana, casi caído o a punto de hacerlo, como inerte, elevando su humo en volutas que ascienden hacia los entrecerrados ojos. Las piernas cruzadas, y un débil balanceo de la derecha que hiende el aire con timidez. Otro hombre pasa delante de él con una mujer detrás como un fantasma; su dignidad tras ella, también, reptando por el suelo. Les mira. Achica los ojos para hacerlo al tiempo que inhala una calada de humo que expele, después, por un lado de la boca, apenas entreabierta. Se relaja cuando desaparecen. Vulgares, como tantos; el uno por su estulticia, la otra por su abandono, se dice.
Se mete en sus adentros. La mirada perdida en un punto indeterminado más allá de todo. Bustos orientales, aparecen, enfrentando sus miradas, extrañas; con sangre deslizando por las comisuras de sus labios, hinchados; con cuerpos vestidos de arpillera, sobre extrañas extremidades blancas que terminan en algo como pezuñas, imprecisas. Proscritas creaciones de un absurdo teatro de marionetas donde se representase la sanguinolenta lucha de la nada, por la nada. Insólitos seres de un bunraku atemporal, fuera de su espacio, fuera de todo lo que es y representa. Quietos, de repente, giran sus cabezas. Los ojos, histéricos, desviados, se posan sobre un ejército de mesas que avanzan, como levitando, sobre un campo de ocre, inmenso, con miles de cruces sembradas sobre almas yertas. Una pared surge de la tierra. Se dirigen hacia esa pared de ladrillo, hecha con rapidez -el cemento aún fresco-, para golpearse contra ella. No hay sentido. El cemento crea formas de la nada. Un gigante, que se pregunta de dónde ha venido, se encara a pequeños hombrecillos de tela, con cuerdas en las manos y el pelo de hilo coloreado. Sus miradas son obscenas. Los ojos de la ira, por la nada, contra un ser humano. Luz y vacío. Un vacío inmenso. El rostro del gigante muestra su melancolía, el dolor ante la nada, ante la estupidez de esos enanos. Se levanta, tranquilo, y, con ironía, les habla; no dice nada. Mira en derredor. Objetos por el suelo. Un muñeco azul que mira con sus ojos siempre abiertos, negros, a un cielo que llora; una caja de galletas, llena de insectos muertos, atravesados por alfileres y clavados en pequeñas cartulinas de colores; una cebra de plástico; un sobre, blanquecino, lleno de postales ajadas, de otro tiempo. Objetos olvidados, despreciados, no mirados, dejados a nadie. Objetos de nadie.

Tira la colilla al suelo. Se levanta. Se abrocha el abrigo. Comienza a andar. Extiende la mano derecha y se la da a alguien que no está, que camina a su lado. Gira su rostro y mira esos ojos, sonrientes, inexistentes. Les sonríe. Cuando se pierde la dignidad ya no se es nadie, le dice; estás muerto. Cuando te vendes por nada, por un puñado de nada, todos lo saben y te usan y abusan. A tus espaldas se ríen siempre, ¿verdad? Eso no es nada, ahí no hay nada, es sólo vulgaridad, morir en la nada, lentamente. Conmigo tú serás siempre. Se calla. Vuelve la cabeza hacia el frente y acelera el paso, tranquilo, sonriente, hacia delante.

16/2/10

Diario de la estupidez suprema. Añadido I

Entre la pena y la nada elijo la pena, escribe Faulkner en “Las palmeras salvajes”. Y entre la estupidez y la ignorancia me quedo con ésta última, pues la ignorancia tiene cura pero la estupidez es eterna y no tiene límites; y si añadimos ambas, es un cóctel tal que más vale estar a resguardo, pues puede acabar con cualquiera. Lejos de mí, porque como dijo Camus, la estupidez insiste siempre y acaba convirtiendo a quien la roza en uno de sus acólitos. Pero hay personas que les gusta o necesitan rodearse de ella, de la estupidez, o de la tontez. Las razones… que cada cuál busque las suyas, si es que no tiene miedo de entrar en la verdad de uno mismo. Tal vez el deseo de tener amigos, el miedo a la soledad. ¿Y qué decir al respecto? Excluyamos las respuestas de los pseudo filósofos de tres al cuarto dedicados a crear frases vacías revestidas de apariencia pero llenas de puerilidad, la de los escritores autoayuda y demás caterva, y fijémonos en los grandes, en los sabios de verdad, en la filosofía. Decía Baroja, y decía bien, sin duda, que sólo los tontos tienen muchas amistades, y que el mayor número de amigos marca el grado máximo en el dinamómetro de la estupidez. Si se le añade la de un gran filósofo como Demócrates, creo que la cuestión queda cerrada en ese sentido. Decía que la amistad de una persona sabia es mejor que la de todos los tontos. Mejor alejarnos de ellos, que no reprobarlos, pues de ellos sólo se puede aprender a no ser tonto o a no ser estúpido, y lo peor que nos puede pasar al estar con ellos es que acabemos convirtiéndonos en seres como ellos, tontos y estúpidos. ¿Hay mayor mal en esta vida? Y en el mundo abundan. Son como una plaga, pues todos lo que parecen estúpidos lo son, y la mitad de los que no lo parecen también lo son. Pero como no podía ser de otra manera, hay algo peor, y es lo que decía Luther King, que no hay en el mundo nada más peligroso que la ignorancia sincera y la estupidez concienzuda. Y así va el mundo, un mundo en que los primeros defienden a los segundos por razones de no se qué; ensalzándose estos y perdiendo la dignidad aquellos. Triste sino el de los tiempos. Pero ¿qué hacer? Nada, absolutamente nada, pues nada se puede hacer. No hay más ciego que el que no quiere ver, y eso es ignorancia sincera o estupidez concienzuda. Ciegos en un mundo de ciegos. ¿Qué se puede hacer? Nada, pues hasta los dioses luchan en vano contra ella. Dejarlos a su merced y que se revuelquen en su podredumbre, como los cerdos que hozan en su propia porquería. Los que se regodean de estar ahí… Y los que no quieren salir por sus propias incertidumbres y sus miedos… Conozco casos en uno y otro sentido, muchos y variados, algunos ya relatados. Tal vez, más adelante, cuente alguna historia singular en ese sentido. Ahora sólo quiero descansar, leer un buen libro y mañana, con suerte, tener una buena conversación; el resto vendrá por sí solo. En unos días ascender otra vez una pared, saborear ese placer; quiero un buen vino para beber; y en unos más viajar, viajar en el mejor sentido de la palabra, Guatemala, México, sus volcanes, sus selvas, sus gentes, su cultura, mirar, aprender, ser; y más, mucho más. Vivir, fuera de esa estupidez general. Entre la pena y la nada me quedo con la pena, como Faulkner, porque forma parte de la vida, indisoluble. Pero hay más, sé donde está, sé buscarlo, sé vivir y, aunque cuesta, es por ahí por donde hay que ir, fuera de masas, de estúpidos, de tontos, de ciegos en este mundo de ciegos en que vivimos.

14/2/10

El perro

Es un misterio la vista que provoca el florecer de los almendros.

Un perro famélico mira en todas direcciones, perdido, aturdido, buscando. Está solo. Asustado. Ve personas y otros perros que se mueven por todas partes, que pasan a su lado, pero no los reconoce, aunque quiere porque necesita; son como sombras ausentes. Algunas ya las ha visto y parecían distintas, pero sabe que son grises, que no tienen color, sin embargo... Siente un desconsuelo terrible en su alma de perro, a pesar de culpar a otros de su vida, de su situación, de todos y cada uno de los actos; él, que se cree tanto, como hacen tantos; y aunque está con otros, de vez en cuando no puede evitarlo, porque son más tristes que su sombra, pues sólo le dicen lo que él dice, lo que quiere oír (necios que opinan, que aconsejan, desde sus tristes y penosas o cortas experiencias, desde sus vidas vacías, como si los individuos y las vidas fuesen comparables, como si lo que vale para uno fuese ley universal en la individualidad de las almas, como si tuviesen derecho a aconsejar, cuando lo único que deberían hacer, todos, es simplemente escuchar, callar y estar). Anda despacio y a veces rápido, desconcertado. Creía que sabía. Estaba claro. Elige callejones que no tienen salida. Vuelve. ¿Y si cambio?, se dice; pero, ¿a qué? Perra vida, piensa, y eso que le gusta tanto. Antes era lustroso, blanco con manchas negras; esbelto, fuerte. Qué cambio. Ahora es enjuto, cadavérico. Decisiones, hechos, elecciones, y te cambian la vida, en el espacio, en el tiempo. Todo trastocado, todo desbastado. Vida de perro. ¿Dónde está todo aquello por lo que he vivido? Extraño la vida de perro porque extrañándote me extraño y ya no soy yo, aquel perro, se dice. Perdido. No encuentra. Hay recuerdos que matan acompañando, que atraviesan. Las pérdidas son así, nefastas, porque sabes, cuando son ausencias, y el tiempo es implacable. Siempre huyendo. Quieres, no puedes, porque sientes. El corazón es implacable, terco, porque la verdad es inquebrantable, pero a él sólo se acercan los bendecidos por los dioses, y normalmente los repudiamos, y es que nos creemos tanto y acusamos tanto para auto salvarnos. Nos negamos a mirarnos en el espejo con verdad. Nos la negamos. El sentimiento abate. Y es que muchas veces preferimos ser duros como el muro, contra los demás y contra nosotros mismos, como el hierro, como la piedra, en vez de, humildemente, creer en el diálogo, en la capacidad de limpiar, en la de aceptar y aceptarnos, reconocer y reconocernos, y cambiar.

Lo veo, en la distancia. Miro su triste y desconsolada cara. Siempre que mire al cielo, pensaré en ser una estrella fugaz y pediré un deseo; no para mí, sino para ese perro. Que sea. Y le recordaré, como en aquellos tiempos, cuando era esbelto, cuando era feliz, cuando sabía mirar y ser, o estaba en ello.

Qué prodigio tan sublime es la floración de los almendros. Me ausento al contemplarlos. El silencio fluye entrando en los oídos, permitiéndome escuchar, de otra forma, mi alma, a mí mismo. No puedo ayudar en nada a ese perro. No quiere aceptarlo, no sabe, prefiere seguir creyendo que sabe, prefiere escuchar los cantos de sirena de la nada, del abismo, que le llevarán a él; se está muriendo, entre tantos, entre tanto, entre nadie, entre nada.

12/2/10

Me quedaría

Si tuviese que decir qué cosas reviviría, ahora que se me va la vida, con cuáles de ellas me quedaría, del tránsito hecho, del camino recorrido, diría que con los ojos de esa niña que lloraba perlas como almas; con la sonrisa, agradecida, del anciano, y su mano reseca y trémula; con el abrazo de aquel mendigo, una mañana; con la mirada de aquella mujer que dijo que me quería, y lo decía de verdad; con los besos que sentí mientras soñaba; con las caricias en el pelo de aquella mano que me suavizaba sin esperar nada a cambio; con todas y cada una de las cosas que intenté, y que en su mayor parte no conseguí; con todo lo que di, que no fue mucho pero que fue todo lo que pude dar, porque me vacié de mí –se apreciase así o no por los demás-, aunque me hubiese gustado que fuese más; con esos pequeños detalles que me he encontrado en la vida y que la han hecho tan agradable; con toda la belleza que observé, y que compartí con quien dejó que lo hiciese; y con lo que sufrí, pues me hizo aprender, crecer, distinguir entre lo que es y lo que no es, entre lo que se debe y lo que no se debe hacer y creer, entre quien merece la pena y quien no. Me quedaría, en suma, con todas esas cosas por las que siempre agradecí estar vivo y poder hacer este camino tan increíble que es vivir, con los ojos con que lo miro.

11/2/10

Cuentos solidarios. 2009


Acabamos de terminar y sacar a la luz el segundo volumen de "Cuentos Solidarios". Como el anterior, la finalidad es obtener beneficios para proyectos de ayuda. Si el año pasado dichos beneficios fueron y siguen yendo a Amnistía Internacional, los de este volumen se destinarán como ayuda a Haití. La descarga es gratuita, en Bubok y en Lulu, sólo su edición en papel tiene precio. Si se descarga, lo ideal sería que se hiciese un donativo, lo que crea o pueda cada cual, en los enlaces que hay en la página web de "Cuentos Solidarios". Todo es una ayuda, por pequeña que sea. Y espero que quien lo lea lo disfrute.

http://www.cuentossolidarios.blogspot.com

8/2/10

Vuelo

“Lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho a la vulgaridad y lo impone dondequiera.”
“El hombre masa no atiende a razones.”
Ortega y Gasset: La rebelión de las masas.

Caminaba con la mirada entre las llamas y sus formas, como un poseso. Sus lenguas amarillas, moviéndose por dentro, en el azul urgente. Estuve, como preso, en cárceles intensas, ansiosas. Babeantes babosas al acecho, con botellas rotas en la mano, vidrio de desecho, esperando el sonido del portazo, para hincarlas en mi alma. Me quedo en el fuego. Porque, ¿quién soy yo?, ¿qué he hecho? Ni idea. Me pienso, pero en la línea que es, que es la que quiero; y me ayudo de esos necios, que como un coro de aduladores estúpidos, apoyan cualquier tesis para así poder seguir del ramal que los guía. Yo no soy de esos, ni perro guía ni oveja, prefiero volar entre el fuego, y quemarme, pero volando. Porque si no hago eso ¿qué soy y a dónde voy?, si sólo soy eso y no hay ni habrá más. Que mala es la renquera y la ceguera, que mala y lisonjera. Quiero, no quiero. Margarita torpe, margarita necia. Engaño al número. Tergiverso el pétalo. Olerla, no deshojarla. Fumo cigarrillos que llenan ceniceros, que inciensan el aire, que aplacan fuegos, y ese aroma oculta otros más placenteros. Y el alma se aquieta entre las volutas grises que suben desdibujando imágenes sobre paredes. Sombras. Nada más que sombras de los tiempos. A veces veo. Interior débil, cuánto te quiero. Qué débiles somos cuando nos creemos fuertes, y viéndonos así seguimos creyendo. Y preferimos lo otro, la languidez de la nada, la estupidez de los otros, y nos ocultamos que nada es nada, simplemente, pero lo vestimos de apariencia. Y lo seguimos, para no estar solos, no vaya a ser que… Llevo calcetines negros con puntos brillantes; zapatos marrones, de piel; pantalón vaquero, ajustado; camisa negra, de algodón suave; un pañuelo al cuello y un abrigo de paño negro; el pelo largo; barba de días; la sonrisa alegre; la mirada ausente; el pensar silente; el paso rápido, elegante. Busco por buscar algo, entreteniéndome, caminando por mi lugar de vida donde van parando y se van quedando, los menos, y los más se van marchando, porque no me acomodo ni me dejo llevar por lo vacuo, por lo fácil, por lo tonto. Mis manos son pequeñas, de suave tacto, de caricias lentas, de recorrer pausado. Así soy y así sigo caminando. Moviéndome entre el espíritu de la desesperanza, de la desesperación, del desaire. Y en él alzo mis alas, y en el lugar de la caída levanto el vuelo, como el ángel expulsado, siempre luchando, siempre queriendo, siempre subiendo. Y mientras, suena en el aire Cymbal rush, puro, elegante y delicado terciopelo negro.

7/2/10

Recesos.

Y de repente aparecen los recesos en la vida como una recua de bueyes que tira de ti, con una soga que te ahoga y que te impide. Las razones son las de siempre, o las de nunca. Y te dicen. El mundo se te viene abajo y te preguntas las razones del porqué, pero nunca das con la respuesta exacta, y es por ello que no sabes el camino a seguir. Imploras y se te niega. Y ante eso… Siempre se van los mejores, en enero del año pasado Manu, en este enero Federico, aunque no físicamente, pero sí sus letras. Tal vez sea ese el camino, tal vez lo sea. Tal vez, Federico, lleves razón y el silencio sea otra forma de hacer Literatura. En tu memoria dejaré ausente, yo también, nuestro espacio común, ese que creamos para intentar hacer algo diferente, Caorden, como tú lo llamaste. Tal vez sea esto lo mejor, lo más innovador, lo diferente. Me has hecho pensar, y sigo debatiéndome en ese pensamiento.

6/2/10

Flores raras

Loco. No sé si estoy loco. Acaba de llover y estoy empapado. Me gusta pasear bajo la lluvia. El arco iris se ve, un trozo, entre los edificios. Todos caminan adelante y hacia atrás. La verdad nunca aparece de repente. No sé, tan siquiera, si interesa saberla. Todos quieren ser escuchados, digan lo que digan, ¿pero qué dicen? Nadie escucha. Nadie mira. Caminamos entre mentiras como locos afligidos, vestidos de gala para afrontar el día a día. Nadie aparece ante nadie, y sin embargo…
Paseo despacio. Me gusta el musgo, el frío, lo alto, pero aquí sólo hay asfalto. Un gris y sucio asfalto. Una mujer me hace un guiño. Viste de rosa y negro. El abrigo se mece con el viento, elegante. Sonrío. Sigo andando la avenida. Oigo algo, una música, una prez, uno o dos pasos adelante. No lo sé. Los sonidos de la vida, ¿dónde están? Un mendigo extiende la mano al vacío, la mirada perdida en la nada, en las piernas que cruzan veloces su espacio visual. Saco unas monedas, del abrigo, y las dejo sobre su palma. Ganadores alrededor. Perdedores todos. Vuelan papeles en el aire. Periódicos con noticias de desastres. Todos estamos aquí. Somos. ¿Qué somos? Es una avenida larga. No hay niños. Adultos serios, adustos. Descreídos en medio de un caos que no termina en un desierto de soledades lleno, de compañías que no llenan, que quitan, entre humos y hosquedad, entre vacíos.
De una cafetería sale un hálito de calor. Entro en ella. Cabezas gachas sobre una barra que limpia la camarera con aire de castigo. Todos en el filo. Una navaja pende sobre nosotros, sujetada por un tenue hilo, delgado, sujetado por un dios inmisericorde, ciego, altivo. Sustantivo sin palabras. El castigo. Arriba y abajo. Aquí estoy, estamos, como entes de otro tiempo, en un tiempo lleno de distintivos, iguales. Marcas de humanidad que deshumanizan. Y en medio de tanto, de todo, de nada, una flor surge de una grieta, viva, pequeña. Una flor rara entre el asfalto. Todo un placer, un placer delicado. La miro. Quisiera cogerla y llevármela, pero me niego. Me siento enfrente, le hablo. Yo soy tu único testigo, le digo acercando la mano.

4/2/10

Tanka 1

Siguiendo la línea del Hauki se encuentra otro tipo de poema, que lo hace más complejo sin dejar la simplicidad, que no el simplismo; que bucea en el momento, en el detalle; sin perder la belleza sino ensalzándola. Es el Tanka.

Con amapolas
he vestido la noche;
para llorarte.
Derramando lágrimas
de terciopelo negro.

3/2/10

Absurdo

Encuentro una silla vacía, en la nada, sobre ella. Es una imagen poética puesta en pie. Observo el hecho en su simplicidad aparente; veo el vacío, la ausencia, la presencia. No hay simplicidad sino belleza. Una belleza y una profundidad inusual, la de un lugar vacío, sin nadie. ¿Qué hay ahí? Imagen. La imagen de la incomunicabilidad, la inutilidad y el fracaso de la vida.

La imagen se desvanece entre la bruma. Más silencio.

Observo, desde lejos, una silueta que se acerca. Gesticula cuando llega, se para, se aquieta, se aclara la garganta y lanza el gran mensaje, el de la experiencia de la vida. Es un sordomudo. Desaparece.

¿Y ahora qué? La vida es extrañamente trágica, extrañamente cómica. ¿Cuál era ese mensaje? Casi nadie acierta, casi nadie lo desgrana.

1/2/10

La magia de lo trascendente


Champán de noche, entre estrellas. Es temprano. Las ocho. Pocas personas en la playa. Cuatro o cinco, y de vez en vez, a intervalos amplios de tiempo. Son esas cosas que pasan, que las personas desechan lo que tienen. Nos sentamos a la vera del agua. No hay viento. El mar rompe suave en la arena. Apenas audible. Quieto. Miramos la línea del horizonte. En silencio, en el silencio. Hace tiempo que no nos vemos. Es fácil estar así. Hay silencios que valen más que mil palabras. Nos bebemos la botella. Y, a veces, hay detalles que redondean momentos, que los hacen especiales, sublimes. La luna, inmensa, surge al fondo, en naranja, y asciende. Es mágico, casi religioso, ese desprendimiento de las cuestiones por las que luchamos día a día, generalmente tan mezquinas. Miro sus ojos y me asombro, aunque no debería, pero es que hay pocas personas que tengan ese don, el de la emoción de los momentos. Unas lágrimas le escurren. Seguimos mirando la ascensión y la transmutación del color, amarillo, blanco, derramándose en el mar, riela en el agua, expandida su luz, inmensa, bella, la esencia de la belleza. Un grupo de gente la ve y decide hacerse unas fotos, las típicas; una chica se coloca para que la luna parezca que está en su mano. Un par de minutos y se acabó. Se marchan. Se acabó la playa, se acabó la luna, se acabó la belleza; con un par de minutos basta. Esas son las otras formas de divertirse, de entender la belleza que tiene mucha gente, tan válidas, dicen, como cualquier otra. No sé. ¿Dónde están los demás? ¿Dónde están los más? ¿Dónde están esos que dicen disfrutar con otras cosas? ¿Qué otras cosas son? No los envidio, no. En absoluto. ¿Subimos una pared? Me dice de repente. ¿Ahora? Sí. No, es una locura. Venga. Que no. ¿Tienes miedo? No. ¿Entonces? Respeto. Vamos. No. Lo pienso un momento. Si quieres cojo todo y subimos, dormimos allí, y mañana, temprano, lo hacemos. Vale. Me gusta ese punto de locura, de naturalidad, de audacia, fuera de lo común, fuera del común. Sonrío.
Escoge Linkin Park y lo pone en el Cd. No para de cantar, a voz en grito. La una de la madrugada. Dejamos el coche al lado de la carretera, al borde del camino que sube hasta una pared que me gusta, que conozco. Plantamos la tienda al lado, a la luz de los faros. El frío es absoluto. No creo que haya más de dos grados. Los sacos aguantan perfectamente. Nos levantamos con el sol. Hay escarcha. Nos tomamos el café del termo y un puñado de frutos secos. Subimos lento. Poca carne al aire. Absolutamente cubiertos. Dos horas para llegar. Sobra la ropa. La roca está helada. El sol tardará en darle. Abro yo, me dice. De acuerdo. Para subir se necesita habilidad, gracia y equilibrio, resistencia y destreza. Miro cómo sube. No está mal, le digo. Mira hacia abajo y sonríe. No, no está mal. Mira y busca dónde poner los dedos, las gritas, los salientes. No tiene prisa. Eso está bien. Disfruta de cada movimiento, de superar cada tramo. No es llegar a la cima sino subir. Le dejo espacio y comienzo por una vía paralela, pero cerca. Desaparece el mundo. Mente, cuerpo y roca. No hay más. Te mueves, respiras. La muerte al lado, tu compañera. Control mental. Vencer el miedo. Superarte, superar tus límites. Es como si estuvieses unido a algo trascendente. Una experiencia turbadora, dado lo poco que en la cotidianidad actual y con la mayoría de las personas se puede acercar uno a lo trascendente. Movimientos lentos, minuciosos. Las manos duelen. La fatiga se acrecienta a cada paso. Es una sensación de danza vertical. Es pura magia. No puedes sino enamorarte de la sensación de libertad. Brillantez. Diez metros. Miro al lado. Sonríe. No puedo más, me dice. Lo entiendo. Es suficiente. Bajamos. Lento, y con cuidado. Sonríe con felicidad cuando terminamos. Desandamos el camino hasta el coche. No para de hablar, me cuenta lo que siente. Sonríe en todo momento. El subidón de adrenalina todavía le hace efecto. Euforia. Comemos en un restaurante del pueblo. Frente a la ventana. Las vistas a la montaña. Aún queda nieve. El resto de las mesas vacías. Es temprano, pero tenemos hambre. De abajo, del bar, sube el murmullo de la gente del pueblo. Huele a lumbre, huele a pueblo, a auténtico. El humo denso, las caras de la sierra, las arrugas del tiempo, la sonrisa de vidas vividas. Huele a siempre. Pedimos cervezas, y “bolets” de tapa. Se va llenando poco a poco de gente. Un par de familias con niños pequeños. Una pareja de ancianos. Un grupo familiar que creo celebra la recuperación del patriarca. Por sus movimientos parece que le hubiese dado un ictus. Le cuento las historias de todos ellos. Me gusta eso. ¿Qué? Cuando cuentas las vidas de los que ves. Suelo equivocarme. No importa, pero hace que imagine esos mundos que sólo tú ves. Embutidos de la sierra y chuletas, para compensar el esfuerzo. Y un tinto de la tierra. Cae la tarde. Recorremos el pueblo. Me recuerda al mío. Huele a humo. No hay gente. Nos volvemos. La música, ahora, la elijo yo. Claro, es tuyo el coche. ¿Qué? Tom Yorke. De acuerdo, me encanta.