3/5/09

Diario de la estupidez suprema. VII (El final)

Me rodea el polvo en una cantidad indecente. Polvo que se añade al polvo, pues cuando hace buen tiempo abro de par en par las ventanas y las dejo de esa forma todo el día, incluso las del salón en invierno. Polvo que se posa sobre todo. Los libros y periódicos están por todas partes, llenan las estanterías, las sillas, la mesa del comedor y la de centro, el suelo… Para comer tengo que hacerme un hueco entre ellos. Como en la mesa, sentado en la silla. Tal vez sea uno de los pocos signos de civilización, de no abandono, que me quedan, o de humanidad, o de… El ordenador siempre encendido. Folios y folios por todas partes, montones de folios escritos, en el sofá, en la mesa, sobre y entre los libros; con historias reales e inventadas, con pensamientos, reflexiones y con dibujos. El ordenador encendido para escuchar música de vez en cuando, y para, también de vez en cuando, trasladar algo de esos papeles a él. La verdad es que no sé por qué, ni para qué, ni para quién.
Siempre escribí por el placer de hacerlo, para sacar las cosas que había en mi cabeza. Sin ningún afán, sin ningún fin. A veces, alguien que se enteraba, de mi alrededor, tenía acceso a esas letras. En general mal entendido, quedándose en determinadas imágenes, sin capacidad para entrar en lo profundo, en la verdad que siempre esconden esas palabras. Creo que tan sólo una o dos personas han llegado al interior de mi alma a través de lo escrito.
Los días son eternos y las noches breves. Los días son lentos y las noches rápidas. Tardo eternidades en dormir y me despierto un sinnúmero de veces con una constancia aterradora, pero a la que he acabado acostumbrándome. Y mientras llega el sueño mi cabeza hormiguea y bulle de ideas que trato de organizar y dar forma, sentido y belleza, pero que la abulia y la desgana impiden que queden expresadas fuera de mi mente, pues me niego a salir de entre las sábanas en que me hallo para trasladarlas al papel. Sábanas eternas. Trapos más que sábanas. Sudario. Sólo me queda un juego, por lo que las lavo de tarde en tarde, y cuando lo hago, como tardan en secarse, tengo que dormir a cuerpo triste, vestido, helado en invierno. Aunque más espantoso es el frío del alma. Ya estoy acostumbrado. No hay problema tampoco. Sólo la música, a veces, cuando la pongo, desvía mi memoria y me dejo llevar por ella, mecer en ella. Me abandono. Pero regreso rápido. No puedo. No debo entrar en esa melancolía, dejarme vencer por ella y ahondar en los humores ni en los amores, en lo posible y en lo imposible, de un pasado irredento que no cicatriza, que está abierto. A veces, también, cuando salgo, miro, y veo alguna sonrisa, alguna flor, alguna nube que se deshilacha, algún detalle de esta vida que tanto me dio, que tanto viví, en la que tanto sentí y en la que tanto amé. ¡Qué desastre! Pero qué intensidad.

Cómo echo de menos, a veces, un buen vino. Aunque dudo de que ya mis papilas tuviesen la capacidad de degustarlo, acostumbrado como estoy al cartón de vino que compro en la pequeña tienda de abajo. Ahora, mientras escribo, me bebo este sucedáneo de tinto, que hace su papel y me permite deslizar los pensamientos por el escrito a través del lápiz. Siempre lapiceros. Me gusta el sonido que hacen sobre el folio, como las plumas, pero no tengo tinta ni ganas de ir a comprarla. Y la letra aún bella, a pesar del leve temblor de la mano. Preciosista, lateral, alargada, elegante, como mis andares de antaño. Qué tiempos. Qué cosas. El universo siempre salda sus deudas o debería saldarlas.
El sol se aloja fuera. Entre la persiana y la ahumada y sucia cortina, casi cerúlea, apenas dejan pasar la luz en tímidos rayos, como líneas oblicuas, que hacen que las volutas grises y azuladas del humo del cigarrillo, hagan formas sinuosas, sensuales, rompiéndose al ascender. Y una vela, perennemente encendida, derrama su aroma a mirra, mitigando algo el olor a podredumbre que consume la atmósfera. Me gusta este claroscuro. Me siento bien en él. Me recuerda a Caravaggio. El Arte. El tiempo del Arte tocó a su término. Este es otro tiempo. Un tiempo negro, de oquedades, de lentitudes. Un tiempo letárgico. Tiempo de ausencias, de vacío. Tiempo a destiempo. No tiempo. Hubo uno, un tiempo, en que mis ojos eran brillantes. Brillantes como el ónix. Unos ojos que miraban con deleite la belleza que se me mostraba y que cogía a manos llenas, que buscaba y que adoraba, que bebía y degustaba, que amaba. Hoy están apagados, mustios, muertos. La razón nunca existe en la elección. De ahí el momento en que me encuentro, el cómo me encuentro, el camino que llevo. Viví sin mesura la vida y el amor. De ahí, supongo, el desastre. Y los viví en los momentos de brillantez y de agonía. ¿Por qué será que el efecto tanathos, angustiante, deja un mayor recuerdo en la memoria y atrae más que la suavidad? El tiempo de la estupidez que me rodea es eterno y negro. Espero la luz de la libertad, de la pureza, fuera de él, fuera de todo y de todos. Es tiempo de morir.

1/5/09

Palabras y silencios

Recuerdo, como una sonata plena de armonía, aquellas palabras de tu boca. Hay algo tan suave y delicado en tu mirada cuando me pides con ella que me acerque a ti, y me recibes, después, entre tus brazos, que me hace estremecer. Me haces sentir mujer de una forma tan absoluta como nunca nada ni nadie podrán hacerlo. Ese instante es tan conmovedoramente especial, tienes una sensibilidad tan exquisita e infinita, que me mece y me adormece, que me extasía, que hace que sólo quiera morir ahí, entre tus brazos, en ti, contigo. Es vida lo que me das. Absoluta vida. Auténtica vida. Verdad. Fuera de ella no existe otra. Por eso soy y quiero. Como tú. Contigo. Conmigo. Los dos. La comunión total.
Ahora mi alma hiede a muerte y ausencia, a estercolero pútrido y fangoso. Los aromas de la tristeza son así. Esencia de hiel. La soledad angosta y opresiva de la ausencia. Te carcome el silencio aterrador que te rodea; las espinas de los ojos que miran; las palabras como dardos, dichas y no dichas, pero oídas; los gestos que te ahogan. Rosal marchito en un lodazal. Is there anybody out there? Nadie. ¿Quién fue? ¿Quién fuiste? ¿Y ahora? Nada, porque nunca tuviste. Todo fue, es y será sólo un lamentable silencio, triste. Y mientras te vas suave, de una forma milagrosa, como sólo puede hacerlo la magia del genio, aparece la música eterna, como dice Haler, una música hermosa y terrible, la música del Don Juan, que acompaña la salida del convidado de piedra, retumbando horribles los compases de hielo por la casa espectral, procedentes del otro mundo, de los inmortales. He amado y he sufrido por toda una vida. Nada hay. Nada queda. Nada soy.

28/4/09

Diario de la estupidez suprema. VI (¿Madura sexualidad? II)

Tengo ganas de tumbarme, calentarme y descansar. Dormir y soñar. Pero es tan difícil. No encuentro nada de eso. No hay nada que me lo de, salvo el edredón. A mi alrededor sólo hay vacío. Vacío y hastío. Hastío y abulia. Todo es desolación. Sólo hay que tener fe y determinación para salir de aquí. El problema es que la fe la perdí hace mucho tiempo y la determinación se me fue quedando en retazos de fracaso tras fracaso. El frío es tan intenso que tengo helado hasta el alma. Sé que no debería estar quieto, pero ¿dónde ir?, ¿qué buscar?, ¿quién hay?

Los perdidos aparecieron. Uno, el hombre con Krohn, portaba una sonrisa que no lograba hacer que su cara se reconfigurara, pero que anunciaba la victoria sexual, el yacimiento con una dama que no era la suya. No sé si por primera vez desde hacía mucho, por estos o parecidos lares. El bocachancla traía una sonrisa de oreja a oreja. Era evidente que estaba en su salsa, en su medio. Hizo alarde de su acto, de su victoria. Dos, dijo, y en media hora. Todo un prodigio. El triunfo de la estupidez.
Finalmente nos fuimos. Unas copas más en la zona y a casa. Desolador. Una de mis grandes noches vitales. Jamás la olvidaré. A la mañana siguiente fui a comprar el periódico y me encontré al ínclito bocachancla con su familia, portando, todos, una palma en la mano, pues era Domingo de Ramos, dirigiéndose a la iglesia. ¿Vas a comulgar? Le pregunté. Su mujer era profundamente católica. Él… Me sonrió de una forma que daba a entender, que me pedía que… ¡Dios! Esto es lo que hay. En esto nos movemos. Esto somos. A la vuelta veo el todo terreno del hombre con Krohn, con la mujer, de sonrisa helada y mirada perdida, y el dálmata detrás. Debían ir a comer a un buen restaurante, como todos los domingos. Repetición del hecho, de los hechos, en una vida que gira en el mismo sentido con una monotonía exasperante, que unos aceptan, otros intentan superar de una forma triste y otros no saben ni qué ocurre.

26/4/09

Diario de la estupidez suprema. V (¿Madura sexualidad? I)

Todo acaba en la vida menos mi vida, desastre de vida donde las haya, o desastre en que la he convertido. No lo sé muy bien. Quizás estuvo marcada desde el principio. Me lo advertían de niño, que nunca llegaría a nada. Se lo advertían a mis padres, que no tenía arreglo. Era malo, el malo, muy malo. No tenía futuro. Quizá llevaban razón y lo único que hice durante un tiempo fue vadear el río de mi destino hasta que me faltaron las fuerzas. No se puede luchar eternamente contra la marea. Hay un momento en que fallan las fuerzas.
Debería limpiar de vez en cuando, o alguna vez al menos, esta zahúrda en la que habito, o donde vegeto, o donde escribo, o donde escribo, vegeto y habito a la espera de algo que no sé si es la muerte o un ángel, si es que existen, que me despierte, que me saque de aquí y me lleve al lugar donde fui. Vana ilusión. A veces incluso creo en esos pensamientos. Vanita vanitatis. Debería haber nacido en el Barroco, en el siglo XVII, pero como en casi todo, me equivoqué. Claro que, si hubiese nacido en aquellos tiempos, lo más probable es que hubiera sido un Buscón, un Guzmán de Alfarache o un Lazarillo, y no es que hubiera estado mal, pero sin duda nunca hubiera sido su autor. Lo que si estoy seguro es que tampoco hubiera formado parte de la masa informe.

La cena acabó, sí, porque todo en la vida acaba. Pero en vez de ir donde teníamos hablado tras el ágape, a la zona de copas, la caravana giró en dirección contraria y comenzó a entrar, tras unos cientos de metros, en un club de alterne de lujo (nos habíamos repartido en tres coches en vez de llevar cada uno el nuestro –craso error-). ¡Me quedé asombrado! Entramos atravesando las doradas puertas y la mirada de dos gigantescos gorilas. Nos fuimos hacia la barra. Pedí explicaciones, que no me fueron dadas y un vodka solo, que se me sirvió tras dejar una gran suma de dinero. Me aposté en ella y me dispuse a mirar en derredor. Mujeres. Miles de mujeres. La mayoría bonitas, pero sin estridencia. Ropa ligera, más bien escasa; excesivamente maquilladas. Ninguna superaría los treinta años. Todas miraban con calidez, pero una calidez falsa, artística, y cierto punto de incitación, de provocación. La música era lamentable. Al gusto de un grupo de hombres que se supone es la adecuada para el lugar, y para lo que se supone que se va allí. Y hombres, sobre todo hombres había allí. Triplicábamos en número a las mujeres. Todos o la mayoría de mediana edad. Trajeados. Con dinero. Caras abotargadas por el alcohol y el deseo. Ojos insatisfechos recorriendo vorazmente los cuerpos que se paseaban alrededor. Ojos vacíos, rellenos de dinero. Ojos de vidas vacías, de vidas insatisfechas, de vidas muertas, esperando comprar con su fajo de billetes la carne que allí se mostraba y un poco de satisfacción personal con la que seguir viviendo. Ojos que creen que el dinero puede comprar todo lo que no tienen en sus casas y en sus vidas. Miseria. Abogados, empresarios, médicos… La crema de la sociedad de la ciudad. Mira, me decía un compañero, de la ciudad de toda la vida, aquel es…, y aquel otro… Opté por sentarme en un sofá y esperar a que se decidiesen por salir de allí, mientras me terminaba la copa y miraba, pues no tenía nada mejor que hacer. Caí al lado de una máquina tragaperras. Una mujer con acento portugués se me acercó y me miró, sonríó y me pidió un euro. Le pregunté que para qué. Para la máquina, me respondió. Olía al lugar. Todo olía igual. El espacio, los muebles, las máquinas, el vodka, hasta las mujeres olían a lo mismo. Un olor acre y dulzón, indescifrable y un punto desagradable, al menos para mi gusto. Se lo di. Lo metió en la ranura de la máquina y jugó. Le pregunté que de dónde era y me dijo que brasileña. Le pregunté la edad y me sonrió. La miré a los ojos y le pregunté que por qué estaba allí (idiota pregunta, ya sé). La sonrisa fue de desconcierto primero para después pasar a cinismo. Comprendí. Se había acabado la conversación. Y las tiradas también se le acabaron. Me pidió otro euro. Le dije que no. Me miró más sorprendida aún que antes, me hizo un mohín de desprecio y se fue en dirección a un hombre de pelo canoso y escaso. Me sentí estúpido nada más entrar en aquel lugar. Estúpido en una mar de estúpidos, pero aquella mirada me liberó. Hay miradas que liberan. Miradas y palabras que liberan. Hay actos que te liberan y te redimen, a veces por un episodio, por un momento, a veces por toda una vida. Debí ser el único que le negaba algo en mucho tiempo, allí, en aquel lugar, donde se sentía reina entre reinas, aunque sólo fuera en esos momentos en que era mirada y deseada.
Me levanté en busca de algún conocido para ver si nos íbamos de allí. Localicé a algunos. Bebían y reían. Les pregunté por los que faltaban. Me dijeron que sí, pero que faltaban dos, el poseedor de Krohn y el bocachancla.

24/4/09

Diario de la estupidez suprema. IV (La simpleza pronta)

Sin esperanzas ni sueños reales, sólo concretos. Así se mueven la mayoría de las personas por este insano mundo. Viviendo en medio de apariencias, vistiendo el futuro de deseo de dinero, de un puesto de trabajo que les de eso que ansían, dinero con el que poder comprar la apariencia de una felicidad vana, absurda, en la que poder mecer su cuerpo y descansar su mente abotargada por los mensajes del vacío. Trabajan o estudian, para esperar el fin de semana, emborracharse, ligar y esperar que caiga algo de sexo, vacío, pero sexo, cualquier sexo. Rápido, fugaz. Lo que sea. Reírse de cualquier estupidez, de la nada. Muecas. Ojos vacíos. Almas secas. Pasar al lado de mendigos e ignorar o humillar, o violentar. Esquivar la mirada. Desechar caricias. Eliminar la calidez de un abrazo por sexo fácil. Conformarse con cualquier tipo de relación a cambio de eliminar la soledad. Soledad que carcome. Soledad temida. Soledad que te hace estúpido. Sin darse cuenta que lo que hacen es entrar en la soledad más terrible para ocultarse a sí mismos de la realidad. Acompañar el vacío en una vida sin sentido, en un sinsentido que lo único a lo que conduce es a reunir soledades y matar las escasas esperanzas que se pudieran poseer, añadir la propia soledad a la ajena, aumentándola, multiplicándola, y con ello aumentando el vacío, aumentando la nada y muriendo de complacencia en la miseria y la mediocridad. Vida que no es vida y que roe por dentro hasta el desastre final, hasta el desastre vital. Y yo me moví, durante un tiempo, en esa complacencia, a pesar de mi diferencia, a pesar de saber mirar, a pesar de ser distinto, aunque sin ser como ellos ni hacer las cosas de ellos. Hasta no poder más, hasta saltar. Y fui uno con ellos. No mejor, aunque distinto, y por ello mi culpa es mayor, mi delito más grande.
La edad no es óbice para ser así. Si salgo, de noche, en vísperas de fiesta, a la terraza, puedo ver los grupos de personas haciendo botellón, en cualquier calle, en cualquier descampado. Vestidos de gala. Botellas y botellas de alcohol en bolsas de Mercadona o de Lidl (hasta para eso les falta clase. No hay sentido de la estética). Caras abotargadas. Risas estériles. Gritos sin sentido. Beber y beber. Hombres y mujeres. Ausencia de alma. Yo, que tanto confié en la inteligencia de ellas. Y ahora se escurren por el lodazal masculino. Cada vez se es más joven cuando se entra en esa espiral. Cada vez se llega antes a la estupidez. Ajenos al dolor, ajenos a la belleza, ajenos a la verdad, ajenos a la vida. Viajan porque se viaja, porque hay que viajar, porque está de moda, porque queda bien decir yo estuve aquí o allá. Pero son turistas del vacío. Ven lo que hay que ver, o menos si se puede evitar. Hacen lo mismo que en el lugar de donde provienen. Buscan fuera lo mismo que dentro. No hablan, no escuchan, no miran. Están, se mueven y vuelven. Estuve allí, se pavonean al volver. Y ya.
Hay otros, más tristes aún, más estúpidos aún, que dicen no participar de todo ese mundo porque están por encima de esas cosas, de ese mundo, de esas actitudes. Porque dicen que son diferentes, y lo único que hacen es vestir de apariencia su simpleza. Personas más tristes aún. Personas que engañan con sus máscaras. Personas que se crean una personalidad aparente, vestidas de palabras y de actitudes que copian a otros, a los que son distintos, haciéndose con ellas un vestido de retales, y creyendo, o intentando hacer creer, que son diferentes. Tristes y vacíos sepulcros blanqueados. Tristes remedos de personas, como escapularios de papel de estraza con figuras de santos venidos a menos.

Conocí muchos así. El último, quizás, sea paradigmático. Uno que alardeaba de ser diferente. Escuchaba música diferente para intentar ser diferente. Hacía cosas para llamar la atención; excentricidades, con ese único fin. Que normalmente no salía de borrachera, porque decía ser otro, de botellón, porque decía ser diferente, salvo en circunstancias especiales. Pero que si no lo hacía era por incapacidad, a pesar de la querencia, sino que poseía un complejo de inferioridad inmenso que camuflaba con otro de superioridad. Que se oponía a lo superior, a lo que despreciaba; a lo distinto, tachándolo de chulesco o de pedantería. Que alardeaba de viajero, pero que siempre lo hacía con papá, o en grupo, incapaz de salir solo sin el paraguas de las faldas maternas y la billetera de papá. Y cuando viajaba y entraba en un santuario, todo lo que hacía era deambular sin sentido, hacer idioteces, intentar llamar la atención, apartarse del grupo. Incapaz de mirar. Incapaz de ver. Le surgía la oportunidad de viajar solo y se echaba atrás con mil excusas, hasta que apareció alguien que le guió, que le llevó y de quien esperaba algo. Entonces viajó. ¿Para qué? Para intentar demostrar a esa persona que viajaba, que estaba a la altura, que se atrevía solo. Pero era ella la que le llevaba, la que tiraba de él. Un perro. Un pobre, triste y estúpido perro. Como un dálmata, pero sin sus brillantes manchas. Un perro de casa bien, pequeño, cansino y anclado a las faldas y la correa de la dueña. No tenía problemas de tiempo en los estudios. Siempre estaría el dinero de papá, y en última instancia trabajo en la empresa de papá. Era la típica persona que se permitía el lujo de juzgar, de criticar a los demás, de tildarlos de mediocres, de estúpidos, usando frases oídas a otros, que sabía, aun sin querer reconocer, superiores a él, distintos de verdad, auténticos. Su frase “más brillante” (lo que dice mucho de su pensamiento), fue que no entendía por qué, después de morir, el pelo y las uñas siguen creciendo. Todo un bachiller de ciencias llevaba años dándole al magín a ese tema u otros similares. E iba con la cabeza alta por la vida. Soy distinto, el más distinto. Decía. Orgullo y prejuicio. Su vida giraba, y supongo que seguirá girando, en torno a esa y otras cuestiones. Por pensar en esas cosas, por su distinto gusto musical, por su pose de altanería y desprecio del común, se consideraba superior y juzgaba, criticaba, despreciaba. Era un hombre vulgar, tortuoso, insano. Pero la naturaleza es sabia, y ahí está, y ahí estará, anclado en ese pozo de estupidez suprema per secula seculorum. Lo triste es que, a veces, personas que parecen les creen. Qué cosas. Aunque si él me viera, ahora, en este estado, en esta situación, podría decir lo mismo de mí, tal vez, y tal vez también llevase razón. ¡Quién sabe! Espero que, aun así, no la lleve. Pero qué más da, por otra parte. El escepticismo forma parte de mi ser, por tanto…
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23/4/09

En paralelo


Iremos por el camino lento y largo. En paralelo. Nos miraremos desde la distancia, a través del tiempo. Cuidaremos las formas, andaremos despacio, y a veces rápido. Diremos cosas al viento, esperando que las lleve, que las eleve, que las endulce. Miraremos las estrellas y sonreíremos. Les pediremos deseos. Observaremos las flores, su color; oleremos su aroma, sintiendo. Viviremos la vida como sabemos.

(Para ti, Mireia, por Sant Jordi. No un libro, por la distancia, pero al menos estas líneas, y una rosa roja, virtual).

22/4/09

Diario de la estupidez suprema. III (Gastronomía social)

Me levanto de vez en cuando, los días que no trabajo, de la cama. Son las dos. Enciendo la televisión para matar el tiempo y para tener algún sonido que acompañe mis pensamientos mientras me bebo un café sin marca. Antes siempre me lo hacía de una mezcla de Etiopía, Uganda y un poco de Guatemala. Yo mismo me molía los granos. Enciendo un cigarrillo. Tengo que vaciar el cenicero. Apenas caben ya las colillas y me resulta difícil encontrar un hueco entre ellas y las cenizas, para apagarlos, pero la pereza es mayor que la necesidad. Además la cocina está hecha un asco y me da repugnancia entrar en ella. Hay varias bolsas de basura llenas que ocupan casi todo el suelo. Y platos, platos y cacerolas sucias por todo el banco, el seno y los fogones. Los Simpson. Una ligera sonrisa para pasar una naranja y un plato precocinado que sabe a nada. Yo, el maestro de la gastronomía. Yo, que siempre me recreé en el arte de cocinar, que siempre inventaba, innovaba, que buscaba lo fresco, los sabores, los olores, los colores. Yo, que ahora me conformo con cualquier cosa, con nada.

Siempre me pareció curiosa la mujer del dálmata. Invariablemente salía a las mismas horas. Varias veces al día sacaba al perro de manchas negras sobre fondo blanco. Vida discreta la suya. La de ambos. Vivir al lado de un ser degenerado, como era su marido, por su carácter y por una enfermedad que le había arruinado la vida hasta extremos imposibles y de una forma lamentable, y que él, en su estupidez, no había querido reconducir, aceptar, luchar y mejorar.
Sólo coincidí con él un par de veces, en dos cenas de vecinos a las que sólo íbamos hombres. Las razones de la ausencia de mujeres es que ellas también se reunían, de vez en cuando, solas, desde hacía varios años.
En la primera cena se sentó frente a mí. Me dio la noche. Me contó hasta el exterminio las características de su enfermedad, de su empresa, de su fuerte carácter, de cómo enfrentaba la vida, en suma, me mostró toda su pedantería y su necedad. Perdí el apetito y las ganas de salir en meses. Pero caí de nuevo. Son las circunstancias que te rodean las que te mueven a hacer cosas que, a veces, no quieres hacer. La inercia de lo social. Te mueves en círculos de los que es difícil escapar, y cuando intentas hacerlo, o lo haces, te tachan de asocial, de raro, cuando no de cosas peores, por lo que entras en los círculos con una asiduidad que no deseas, participando en unas formas que te son, y sabes que son, absurdas.
Otra cena. Procuré ponerme lejos del hombre Kron, de aquel hombre de verborrea fácil y horrenda, y de actitudes, hacia todo y hacia todos, insoportables. Pero el destino juega siempre con el viento a favor y te sitúa, cuando tratas de esquivarlo, en lugares extraños y no deseados. A mi lado se sentó uno de esos que no paran de hablar de sí mismos, de los que te clavan la mirada, te la fijan y ya no te sueltan. Un perfecto bocachancla, de risa artificial, que se cree gracioso; orondo, bajito y acomplejado. Un vendedor de puros y cigarrillos, cuya mayor pasión consistía en hablar de sí mismo, de lo fea que era su mujer y de la cantidad de veces que se lo hacía en los clubs de alterne de la provincia, mientras vendía o intentaba vender su producto. Lo presentía y ocurrió. Otro desastre gastronómico y otro desastre gástrico. Y lo peor de todo es que las convenciones sociales te llevan a la obligatoriedad de no levantarte del asiento, de aguantar el tipo, a superar el trance con la mejor de las sonrisas y esperar que acabe la velada lo antes posible, cosa que, por otra parte, nunca suele ocurrir, sino que se alarga y alarga hasta eternizarse. Pero acabó.
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20/4/09

Diario de la estupidez suprema. II (Moscas de bar)

Mientras escribo suena, de repente, Elvis Costello. She. Raramente escucho música, pero hoy la he puesto. Me siento ligeramente complaciente conmigo y con el día. Una vez, hace ya una eternidad, escribí algo muy especial para una mujer muy especial, mientras oía esa canción. Hace milenios. Cada vez hay menos mujeres especiales, o yo no las veo. Es difícil hallarlas. Ya antes me costaba, aunque ahora ya no… Incluso, algunas, se dejan ir, que no llevar, por el camino de la facilidad, de la estulticia, de la mediocridad y de la estupidez. Ellas, el ser supremo de la creación, la esperanza. Triste destino, el suyo y el mío; yo, su más profundo admirador.
Tengo el cenicero atestado de colillas. Todos los ceniceros lo están. El humo del cigarrillo que me estoy fumando asciende formando volutas frente al granate de la pantalla del ordenador creando un bello efecto. Es armonioso. En otro tiempo me hubiese quedado extasiado mirando las formas. Ahora no me dicen nada, o casi nada. Mi vida es un cortejo fúnebre, un velatorio. Y como en todo velatorio, como en todo cortejo, de vez en cuando hay risas, risas nerviosas provocadas por la tensión del momento, por la muerte, por la soledad, por el abandono, por el dolor. Vivo en una casa que es un ataúd. Cortejo a la muerte, pero me es esquiva. Me da largas. Hice un pacto con el diablo y el desgraciado se quedó con mi alma, pero me dejó un trozo, el del sufrimiento. Ahora sólo quiero dormir esperando que pasen los días. Trabajo, bebo, fumo, escribo y duermo. Ese es mi recorrido vital. Muchas veces me he planteado si no hubiera sido mejor estar en la vida de otra manera, si no hubiera sido mejor ser como la masa, informe, sin sentido, dejándome llevar por la mediocridad que nos rodea. Ser idiota tiene sus ventajas. Deambular en una vida que no es hace desparecer el sufrimiento, o al menos el sufrimiento largo y profundo, pues la capacidad para entrar en lo sensible, en la verdad, no existe. Las metas son ilusorias y cambiables de un día para otro. No hay sufrimiento del alma, pues se carece de ella o es de plástico. Estoy terriblemente solo. Soy un Diógenes en busca de una persona. Y en esa búsqueda lo he perdido todo, mujeres, amigos, familia, hijos. Todo se me ha ido quedando en el camino, desgajándose de mí como las hojas muertas de los árboles en otoño. O tal vez he sido yo el que las ha ido arrancando de ese árbol en busca de esa persona, o Dios sabe qué.
La intrascendencia es la norma. Dejamos pasar el tiempo y permitimos la distancia, sin querer, o sin saber, a veces, el vacío en el que nos movemos. Perdemos la vida andando a trompicones, o hacia atrás, incluso no andamos. Somos seres inicuos, amargados por el orgullo y los miedos absurdos. Deseamos pero nos negamos. Egoístas incapaces de aceptar la diferencia en el otro. Damos si nos dan. Nos negamos a aceptar las circunstancias, a tratar de comprenderlas, analizándolas. Sólo nos mueven los hechos, fríos, asépticos. Sumamos los errores ajenos y no contrapesamos la balanza con los aciertos. Nos miramos el ombligo cerrando las puertas a la redención. Esquivamos.
A veces, ya pocas, cada vez menos, voy a aun bar, pequeño, revestido de madera por dentro, acogedor. “Bar de Paco”. Así se llama, sin más, sin estridencias. El camarero, que es a la vez su dueño, es serio, algo gordo, callado y taciturno. Sabe escuchar cuando le hablan. Nunca contesta. Asiente de vez en cuando o se encoge de hombros. Casi nunca hay nadie en el bar. A lo sumo, al menos las veces que voy, por la tarde casi noche, suele haber dos personas. Siempre las mismas. Dos hombres sentados en sendos taburetes. Dos hombres tan absolutamente distintos y tan parecidos, unidos por el tráfago de la vida y sus soledades. Uno, pintor fracasado entre tanto sobredimensionado, viste siempre de blanco. Camisa blanca sobre una camiseta blanca que se ve a través del tejido de la primera; pantalones blancos de pinzas; pelo blanco con toques grises, al igual que la barba, luenga, que casi le llega a la cintura, a modo de corbata, al igual que el cabello, por lo largo, que se recoge en una púdica cola atada con un lazo blanco a la altura del cuello. La única nota de color son el cinturón y los zapatos, negros ambos. Pasa las horas mirando una cerveza eterna. Casi nunca habla. En ocasiones cuenta, su vida, al dueño del bar, o a la cerveza, nunca lo he sabido, pero a nadie más. Vida oscura, larga y amarga, por lo poco que he oído. Triste como su mirada. No se siente ya, y sin embargo ahoga los días entre las personas que ocupan ese espacio contiguo al suyo, en el bar, en busca de algo de humanidad, o de compañía, o de soledad entre soledades, en una sociedad cuyo mayor valor es la falta de ella, de humanidad, cuyo mayor valor es la estupidez. Sin destino o ya alcanzado. Distinto. Es mil veces mejor que toda la ralea de estúpidos que pululan por la vida sin ton ni son. Al menos ha vivido de verdad. Ha vivido y ha perdido, pero ha perdido en los piélagos de un mar tenebroso que no era el suyo, cenagoso, lleno de inmundicia, rodeado de estúpidos. El mar de la estupidez suprema en el que todos navegamos. El otro ocupa un segundo taburete. Un yonki, o exyonki, o ex lo que sea. Treinta años que parecen mil. Bebidos, fumados, inhalados o pinchados en la búsqueda de una ausencia, de algo que le sacase del fracaso vital, de la inconstancia. Siempre lleva una gorra que le tapa un pelo sin lavar. Cara de mil arrugas. Ojos secos por ríos de lágrimas derramadas hace ya tiempo. A veces le hace trabajos a Paco, el del bar, a cambio de bebida y tabaco. Va al estanco y compra paquetes de cigarrillos para el bar. Paco le regala un paquete y le sirve un tequila. Se sienta y fuma. Pierde la mirada dentro de sí mismo y se va, estando. El tercero soy yo. Un hombre o su sombra, que buscó la música en vez del sonido absurdo, la alegría en vez del placer, el alma en lugar de lo material, la belleza en contra de la vanidad, la pasión en vez del jugueteo.
Este mundo no es hogar para personas como nosotros. Este hermoso mundo no está hecho para las personas que sabemos apreciarlo. Nosotros sólo lo padecemos.

18/4/09

Diario de la estupidez suprema. I (El comienzo del fin)

Alcanza la suprema vacuidad, dice el principio del Tao. Accedí a su comprensión. Me puso manos a la obra. Dos principios más tuve en cuenta en el camino que emprendí; uno de Buda: La paciencia es la madre de la felicidad; y otro de no recuerdo qué o quién: Hablar bien, pensar bien, actuar bien. A partir de ellos retransformé mi vida y comencé a escribir mis recuerdos y vivencias en una especie de diario.

Estoy rodeado de idiotas, decía Skar en El rey león. Es una verdad universal. Verdad a la que hay que sumar un largo etcétera de adjetivos de similar índole o peor, tales como gilipollas, estúpidos, hijos de puta… Tampoco quiero ahogar el papel con muchas palabras de ese jaez.
El mundo a mi alrededor está literalmente podrido. Hay una colección de seres sin sentido que espanta. Pero es lo que hay, y no hay más remedio que vivir en él. Quitarse la vida es una estupidez, y por tanto… Me incluiría en ese grupo de personas, en alguno de esos adjetivos, toda vez que me muevo entre ellas y no hago nada o casi nada para variar su situación, pero tampoco es que pueda hacer mucho y fuerzas no me quedan. A parte de que poseo algo que se sale de lo común y que por tanto hace que esté a salvo entre ellos, aunque solo y apartado, hastiado y desilusionado. Sé mirar. No ver, no, sino mirar. Si a ello le añadimos que sé escuchar, es fácil colegir que todo lo que diga sobre las personas con las que me cruzo son auténticas y no dejan lugar a la menor de las dudas. También es verdad que eso era hace ya tiempo. Ahora soy pero no soy. Estoy pero no estoy. Estoy como en stand by. A la espera de algo que no sé cuándo, cómo ni dónde me llegará.

Ayer salí a dar un paseo; bueno, en realidad fui a comprar una barra de pan, pues nunca paseo (ya nunca lo hago); y lo primero que me encuentro es un perro negro, grande, enorme, tumbado frente a la puerta de mi edificio. Estaba tumbado, cuan largo era, mirando fijamente. Una mezcla de pastor alemán, de callejero y de mastín. Al verme se levantó y comenzó a seguirme. No sé si es el que ladra y aúlla todas las noches siempre que me voy a acostar. Al principio no le di importancia al hecho de que me siguiera, pues los perros abandonados, los solitarios, suelen seguir a la primera persona con la que se cruzan, tal es su necesidad de compañía (en eso se parecen mucho a las personas). Pero, al pararme para cruzar la calle y mirar hacia un lado, lo vi por el rabillo del ojo. Estaba ahí, detrás, parado al igual que yo. Eché a correr y el condenado perro hizo lo mismo. Me paré y se paró. Era una situación extraña. No sabía qué hacer, así es que no hice nada. Seguí andando mientras él me seguía. Entré en el tenducho que hay al lado de mi casa y compré el pan. Cuando salí no estaba. Me recuerda el perro de una vecina, pero el de esta era un dálmata. Siempre me la cruzaba cuando salía a determinadas horas. Creo que sacaba al perro para salir ella. Era delgada como el can, y también como su marido, aunque este lo era en demasía, pues tenía Crohn. Era delgado hasta casi desaparecer.
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6/4/09

El Nacimiento de Venus. De Florencia a Sevilla. La Primavera

Gota a gota despedía el tiempo. Un tiempo que pudiera parecer ausente, vacío, silente, pero que no lo era. Al contrario. Era un tiempo…
Hay veces que te encuentras con la mirada y con la sonrisa que te proporcionan un momento, un alto, en el cual pararte a descansar y dejar que el alma se recupere del dolor o del hastío, del paso y del poso que en algún otro momento y en algunas situaciones, la realidad te clava como dardos que impiden a los ojos sonreír y obtener, de la vida, la belleza que hay en ella.
Había de ser Florencia. No podía ser en ningún otro sitio. Repetía el camino hecho como un Vía Crucis, dos años antes, en el mismo tiempo, con los mismos pasos, aunque diferentes actores. Sólo él el mismo, dos años después. Y ella en el recuerdo, en el silencio. Sólo la melancolía rellena esos huecos. No se la negó. Y retornó a ellos. Revivió los recuerdos en una especie de calor amargo que quiso beber, obligándose. Fue como un altar hecho para inmolar el pasado y pedir a algún dios silencioso algo que no sabía muy bien qué era. Se vio. La vio. La miró y se recreó allí, en él, en el silencio de la memoria. Siempre serio. Preciso y precioso el recuerdo de aquel momento que fue tan vivido, tan sublime. Escuchaba a U2 y lo repetía hasta la saciedad.
The moment of surrender.

I tried myself with wire
To let the horses run free
Playing with the fire
Until the fire played with me
The stone was semi-precious
We were barely conscious
Two souls too cool to be
In the realm of certainty
Even on our wedding day
We set ourselves on fire
Oh God, do not deny her
It’s not of I believe in love
But if love believes in me
Oh, believe in me
At the moment of surrender
I folded to my knees
I did not notice the passers-by
And they did no notice me
I’ve been in every black hole
At the altar of the dark star
My body’s now a begging bowl
That’s begging to get back,
begging to get back
To my heart
To the rhythm of my soul
To the rhythm of my unconsciousness
To the rhythm that yearns
To be released from control
I was punching in the numbers at the ATM machine
I could see in the reflection
A face staring back at me
At the moment of surrender
Of vision over visibility
I did not notice the passer-by
And they did not notice me
I was speeding on the subway
Through the stations of the cross
Every eye looking every other way
Counting down ‘til the Pentecost
At the moment of surrender
Of vision over visibility
I did not notice the passer-by
And they did not notice me.

Y se propuso no hablar, sólo sufrir, aunque no era la palabra. Revivir para…, volver para…, ahondar en la memoria para… Las circunstancias siempre son las que son y no otras.
Se rompió el grupo por la necesidad y tuvo que hablar, muy a su pesar, explicar, enseñar el Arte, revelar la belleza, los elementos que enriquecen el alma y que, el artista, esconde y muestra para el que sepa entrar y degustar, desentrañar y beber. La Galería de los Ufizzi. Contrapuso el pragmatismo romano, el realismo, lo italiano, frente a la armonía ateniense, el idealismo, lo griego. Venus, el amor, el sexo, la iniciación al camino, la seducción, la mirada, las manos que tapan y descubren.
Se mostraba, él también, como era. Sus ojos, sus manos, sus palabras, la modulación, todo lo que era, un amante de la vida, de la belleza, un esteta, una persona que vivía la vida con una pasión desbordante, con delectación, que la daba, que la entregaba a manos llenas, que la tomaba, que buscaba.

-Perdona… ¿Te importa que vayamos con tu grupo? Es que te hemos oído hablar en español y…
-Qué va. En absoluto.

Y la mirada, la sonrisa que se te da, que reconoces pero que, a veces, como ahora, te niegas, estaba ante él. Incredulidad. La reconoció…
Explicó a Eros tumbado. Les llevó a Caravaggio, a sus angelotes, a sus efebos amados y deseados, representados para la posteridad, a sus caras de complacencia y listeza, de aprovechamiento del maestro y de sus deseos. Les mostró Florencia desde el ventanal del museo. Otro tiempo. Otra belleza. Un descanso en la estatuaria, en el mármol blanco y frío. Y entró, después, en Miguel Ángel. Lo opuso a otros pintores menores de la sala. Detalles. Las razones de la pintura, del color. Símbolos. Homosexualidad. Creatividad. Genio. Belleza. Se expresaba. Se mostraba. Y volvía a ver la mirada, a reconocerla. Y ella la de él. Le busca. La buscaba entre el mar de miradas que le seguían, que le miraban, que idolatran sus palabras. Hablaba para ella. Sólo existía ella. Ya todo era ella, sólo ella. Y para ella, sólo él. Nervios en su interior. Como hacía tiempo que no sentía. Esa sonrisa distinta, dentro, en el alma. Muy dentro. Sincera. Sonrisa anunciadora. El ángel de Giotto.
No sabía por qué, pero intuía, y, de repente, apuntó, contrapuso Europa, Francia, Italia a España, y dentro, Andalucía al resto. Velázquez, el genio, la mezcla, Sevilla. Ahí estaba. No podía ser de otra manera. Y ella era. Se reconocieron en ese rincón también. Eran dos, unidos por algo que sobrepasaba el espacio y quizás el tiempo, y en ese espacio se buscaron y hablaron, en los descansos, de su viaje y de España, de Andalucía, de Granada y de Sevilla, del trabajo, de la vida. Estaba en Londres haciendo un curso para terminar de dominar el inglés, pero trabajaba en Madrid, aunque era de Sevilla…
Las miradas son de dentro y hacia dentro. El espacio es un momento que queremos saber, que buscamos.
Hay un gato, en “La Última cena”, que nos mira. Incitaba al pensamiento. ¿Por qué nos mira el gato? ¿Qué hace un gato en ese momento clave del cristianismo? Les llevaba hacia dentro, y a ella en especial, al símbolo, a la búsqueda, al saber. Y la niña que te mira, también, en “La petición de José al Faraón”. Sólo esa mirada vale todo el cuadro, toda la sala, todo el paseo. Decía. Y aparece “La Venus de Tiziano”. Venecia. El color. La belleza.

-Ve allí un fin de semana. Ve, por favor. Es la ciudad más bonita del mundo. -Le dijo en un aparte.
-Lo haré si tú me lo dices. Iré. Se ve Venecia, ahora, en tus ojos.

Y vio su mirada. Se recreó en ella. Era esa mirada que sólo encuentras dos o tres veces en la vida. Era bellísima. Morena. Ojos negros. Una sonrisa que ilumina lo que mira, que desarma. El deje de Sevilla. Le habla. Gesticula. Le clava el negro de sus ojos en los suyos mientras le regala la boca y le llena el alma. Todo es. Hasta el final. ¿Sabía el camino? Sí. Si quieres… Pensó.
Y entonces se preguntó… ¿Juegas el juego? ¿Te dejas llevar? ¿Respetas el altar? Un día que vale tanto… Una mujer que sabes que es… ¿Lo dejas al juego del azar? ¿Te niegas la posibilidad? Y sin embargo te conoces, te sabes. Y sientes que… Todo dentro, sin palabras.
Botticelli. “El nacimiento de Venus”, “La Primavera”. Culmina todo. Recordó el regalo que le hizo a ella. La Primavera, por lo que representó ella para él, aun cuando el otro cuadro le gustaba más. Siempre los símbolos. Final que parecía, que quería y no quería. La miró a los ojos. Dentro, muy dentro.

-Gracias por esto. Nunca había visto la belleza, el Arte, la vida, de esta manera tan… especial, tan preciosa, tan encantadora. Nos vamos a comer. ¿Qué vas a hacer?
-Gracias a ti. Ha sido un placer. Nosotros también. Si quieres… ¿Cuándo te vas?
-Mañana salimos para Pisa. Y por la tarde cojo el vuelo para Londres.
-Tenía pensado ir a Sicilia estas vacaciones, pero Londres no está mal. Tal vez… ¿Te apetece cenar conmigo esta noche?
-Por supuesto. Será un placer.
-¿A las nueve en el Ponte Vecchio? La luz es espectacular, y la ciudad se ve de otra manera.
-Sí. A las nueve ahí. Hasta luego.
-Chao.

Le acarició la cara con la suavidad extrema con que solía hacerlo a quien quería, a quien reconocía. ¿Y entonces? Pensó mientras seguía andando. Se giró y la miró. Tenía los ojos puestos en él. La sonrisa estaba allí, perenne. Le devolvió la sonrisa. No sabía ni su nombre. Ella tampoco.
¿Irás? ¿Inmolas el altar sagrado? ¿Aquí, precisamente alquí? Pensó con tristeza. La negación del presente a aquel pasado que le dio tanto, pero que el tiempo le laceró tanto, también. Eres como eres y de ahí quizás… Siguió andando mientras oía The moment of surrender en su interior.

29/3/09

Orgullo. Perdón. Necedad. Búsqueda.

Estoy cansado. Muy cansado. Me voy a Italia. Voy a regar mis ojos y mi alma de Arte. Vuelvo a Roma, la ciudad sagrada, el centro, el origen.
Una frase de Miguel Ángel Buonarotti y una reflexión mía como espacio hasta la vuelta. Necesito de ello.
Ma l’ombra sol a piantar l’uomo serve.
M.A.B.
Es fácil pedir perdón, es quizás lo más fácil del mundo. Lo difícil es perdonar, sobre todo si no se ha humillado previamente el autor del acto contra la persona ofendida. El perdón queda siempre anulado por el orgullo y por el rencor, y sin embargo el perdón es más grande que la venganza, porque, al margen de lo que pueda decir la moral, sólo puede conceder el perdón el que verdaderamente tiene poder, ya que la venganza implica posesión, miedo, fuerza, pero sobre los demás y en los demás, mientras que el perdón implica posesión y fuerza sobre los demás y sobre uno mismo, y esta es la base del poder absoluto, del PODER, porque el poder comienza con el autodominio, del que si se tiene, nadie te puede desposeer.
El orgullo es necio, el poder es ciego; sólo el perdón viene del Poder, y ese Poder, del conocimiento, de la sabiduría, de la verdad. Ahí radica la dificultad en el perdón real. Es fácil decirlo, pero es muy difícil hacerlo. ¿Quién sabe realmente lo que es perdonar? Somos lo que somos, y en función de ello nos irá la vida. Creemos que somos, pero en realidad sólo nos mueve el egoismo, el orgullo y la necedad. De ahí tanto. De ahí todo. Pero nos camuflamos. Nos ocultamos. Nos mentimos y mentimos a los demás. Necios. Eso es real.
Las águilas vuelan solas, los borregos necesitan un pastor, se decía en el mayo del 68. Hay tantos de estos y tan pocas de ellas.
¡Qué belleza es pasear bajo la lluvia suave en una noche de primavera! A solas con uno mismo. Puro deleite.

24/3/09

El día que él se digne enjugar mis lágrimas. (K.O.)

Dejar que el río fluya. Es así como es. Es el momento. Siempre hay un momento para todo. Ser un payaso y pintar de colores mi cara. Alzar la vista y mirar risueño. Es mi punto de vista. Levantar las manos y regalar sonrisas. Me gusta ser un payaso que se ríe con la risa de un niño. Me hace feliz. Me siento bien. Este es el momento. Suena una tarantella napolitana. Se abren las flores y el sol calienta y alarga los días. Se despereza el alma. Ahora es el momento de de despejar la vida y andar el camino por andarlo sólo, sin destino. Y habrá montañas que subiré y valles que bajaré, océanos que navegaré. Viviré sin límite la vida que se me ha dado como un regalo. Y no habrá nada que me lo impida porque soy yo el que así lo quiere. Este bello payaso coronado que la ama y que la anda. Y me miraré en las miradas y descubriré la belleza enterrada dentro, embebiéndome en ellas. Este es el momento. Suena la música y el silencio me acoge. La distancia no me impide hacer el camino. Hoy es hoy. Es divertido, brillante, caminar por la vida. Los colores son el momento en las palabras. Sólo lo tienes que decir. Me maquillaré como un payaso y saldré a vivir. Siempre veo la mirada. Sonrío. Sé mirar. Es eterno y será así, siempre, como el río. La voz, la palabra, siempre estará, en los colores, en los olores, en los sabores, en el tacto, en la brillantez. Por eso, ahora, vuelvo atrás, a la infancia, y me mezo, me río, sueño. No hay distancias. No hay tiempo. Sólo sueños. Sueños brillantes de payaso. Sonrisas. Este es el tiempo. Este es el momento.

22/3/09

Las vidas paralelas de Nicodemo Román

Todo comenzó cuando terminé de leer un artículo, en una revista de divulgación pseudocientífica, que me entretuve en hojear mientras esperaba a que me cortasen esta desgracia de pelo que Dios, en su infinita sabiduría, me ha dado, sobre el famoso libro de Plutarco: “Vidas paralelas”. En él descubrí que ciertos personajes de la historia, y no precisamente unos cualesquiera, sino los más cualificados y mejor dotados de la antigüedad, habían tenido un paralelismo en los acontecimientos de su vida, si no casual si al menos buscado con otros individuos más antiguos, y que ya habían dado que hablar tanto a sus coetáneos como a las generaciones posteriores. Si dichas personas habían conseguido, de alguna manera, predisponer al destino para que unas vidas aparentemente mediocres, o no tanto, se transformasen en un acto continuo de aventura, placer, poder, etc., ¿por qué yo no podría realizar algo similar? Tan sólo tenía que poner todo el empeño en modificar mi destino, y ello, con paciencia, estudio y concentración, supuse, no tendría mucha dificultad, a la vez que me reportaría una vida excitante y digna de ser vivida.
El primer problema que se me planteó fue el de elegir el personaje con el cual quería tener un paralelismo en mi existencia. Tras darle las vueltas suficientes como para llegar a ninguna conclusión, decidí que, ¿por qué conformarme con una vida paralela y no ir en paralelo con varias, y de esa forma vivir lo más apasionante de las más apasionantes biografías de la historia? Pero una vez que resolví ir en paralelo a varios próceres, se me planteó un nuevo problema: ¿Qué próceres me habían de servir como espejo?
Pensé en Tyrone Power, pero lo deseché rápidamente por su temprana muerte, aunque las loas a su belleza, su actitud y porte distinguido, así como aguerrido, en la película del Zorro, me inducían a pensar en él como un personaje a tener en cuenta. Rock Hudson también me tentó, pero el hecho de enterarme de su homosexualidad hizo que lo rechazase; no por ella misma sino por su falta de coraje en la vida y, como es lógico, porque yo no lo soy, y mi razón de pensar en una vida paralela excitante no incluye la vía de atrás.
Había analizado la personalidad y la vida de tantos y tantos personajes de Hollywood que estaba empezando a desesperar. Y de pronto, como suelen ocurrir las cosas, lo encontré: Errol Flynn. Dios, sí, ese era mi hombre. ¡Qué hombre! Más diría: ¡El Hombre! Lo recordaba surcando el espacio sobre la cubierta de las goletas, en los barcos piratas, entre las jarcias, con la espada en la mano o el puñal en la boca, asido con los dientes sin dejar de mostrar aquella sonrisa tan seductora, tan encantadora. Recuerdo la forma en que aparecía y se deshacía de éste y de aquel, dando golpes a diestro y a siniestro hasta llegar a la heroína, y allí, tras entablar una lucha sin cuartel, eliminar al enemigo principal, al más feo, al más malo, al más fuerte, tras una ardua batalla en la que repetidamente había estado a punto de perder y que, gracias al destino que la diosa fortuna depara a los héroes, sale indemne; y no sólo eso, sino que surge cual ave fénix, con renovadas fuerzas y, en un golpe de audacia, y de suerte, por que no decirlo, se desembaraza del enemigo taimado y traidor. Y allí, en aquel marco incomparable de humo, de maderas carbonizadas, de velas rotas y mástiles caídos, bajo el fragor de los cañones y los gritos de los heridos, en la inmensidad del negro mar, de tan azul, manchado de sangre por las heridas, con la camisa desgarrada por la lucha, y sin embargo sin muestra alguna de sudor, con el pelo inmaculado, recogido en una coqueta cola y sujeto con un hermoso lazo, toma en sus brazos a la susodicha heroína, que tras acurrucarse en su pecho suspira, y él le da un beso en la boca como no he visto hacerlo a nadie. Así es como se besa.
Sí, definitivamente ese era mi hombre. Ya no necesitaba tener varias vidas paralelas. Con la de Errol Flynn era suficiente. Y desde ese mismo momento me lancé a una búsqueda frenética de todo lo que con su vida y milagros tuviese que ver. Pero claro, mis posibilidades de acceso a la información eran más bien escasas, insuficientes, y de poca enjundia. Una antigua enciclopedia Espasa comprada por mi padre hace una veintena de años, de seis tomos asaz delgados, y un acceso a Internet de lo más frugal (cada vez que accedía y escribía el nombre la página se bloqueaba tras mostrar una serie de direcciones en inglés). Y no es que no sepa mucho inglés, que efectivamente no tengo ni idea, sino que al intentar abrir alguna de ellas, el ordenador, herramienta infernal donde las halla, me mostraba un mensaje de error. Había palabras raras, como naked, orgiastic, algunas como homosexuality, o algo así, pues no lo recuerdo muy bien y ya digo que mi inglés es el que es. A pesar de mi nulidad sobre el idioma de los anglos, y de los sajones, pues también es suyo, deduje que homosexuality tenía algo que ver con homosexualidad, pero deseché cualquier connotación de ese estilo con el personaje, dadas sus actuaciones mujeriles; en cambio orgiastic si que me sonaba a las actividades que le suponía; en cuanto a naked, no tenía la más mínima idea sobre su significado, pero supuse que estaba en relación a orgiastic. Por otra parte, en una de mis largas noches ocupando el sillón que tengo situado frente a la televisión, viendo uno de esos programas que suelen poner para almas en pena, sobre las dos o las tres de la madrugada, en un caluroso debate sobre no sé que tema de insondable trascendencia del cine americano de los años cuarenta o cincuenta, llevado por siete personas sin nada que hacer pero con, al parecer, mucho que decir, surgió de pronto, tímidamente, el nombre propio que mi mente buscaba: Errol Flynn. Un fumador empedernido, pues llevaba desde que el programa había empezado, no menos de dos horas, unos seis cigarrillos entre pecho y espalda, lo dejó caer haciendo referencia a no sé qué, pues la verdad es que no estaba prestando la más mínima atención, toda vez que la razón de ver aquello es que no tenía ninguna otra cosa mejor que hacer, pero sobre todo que el mando a distancia de la televisión estaba roto, y mis ganas de andar eran mucho menores que mi capacidad de abstraerme de la sarta de sandeces que estaban diciendo aquellos personajes.
Puse toda la atención que mis sensores auditivos eran capaces de captar y pude colegir, por lo que decían a continuación, que la conversación versaba sobre las famosas fiestas que se organizaban en los años dorados de Hollywood. Y como decía uno de los contertulios, en ellas, uno de los personajes que sobresalía era el mentado Errol. Y apostilló: en una de ellas se puso a tocar el piano con su verga, de tamaño descomunal, por otra parte. Verga con la que penetró a unas cinco mil mujeres.
No había más que hablar, u oír, en ese caso. Errol Flynn era mi hombre, o para ser más exacto, el hombre con el que debía llevar una vida en paralelo. El problema residía en cómo la iba a llevar, la vida en paralelo, claro. ¿Cómo lo haría? ¿Qué tenía que hacer? Nuevas incógnitas que se sumaban a un problema que ya creía resuelto, pero que se presentaba arduo y difícil. Sin embargo el premio se me antojaba, cuando menos, sabroso. Cinco mil mujeres eras muchas mujeres, demasiadas incluso, sobre todo si tenemos en cuenta que, a lo largo de mi azarosa y larga vida, pues estaba entrado en… bastantes años, vamos, que había pasado ya, con soltura, los treinta, tan sólo había estado con dos mujeres, una cuando era un infante impúber, con una muchacha allá en el pueblo, debajo de una morera; muchacha cuya característica más sobresaliente era un mostacho de lo más antinatural, y un ojo, para no ser muy cruel, diré que ligeramente estrábico, pero que se dejaba hacer sin preguntar. Y lo que mi timidez y mi horridez habían impedido hasta aquel momento, unos tragos de un vino tinto peleón en una boda, lograron que ella y yo nos diéramos de bruces en el suelo sombreado de aquella morera y perdiese, yo, la virginidad, que no ella, húmedo colchón de todo sexo varón del pueblo con ganas de él. La otra, pues como dije fueron dos, era una puta cuarentona entrada en carnes, que por poco dinero te hacía una felación, una veces con dientes y otras sin ellos, en función de si consideraba que la jornada había terminado y por tanto se decidía a quitarse la dentadura postiza, pues decía que, como no tenía mucho dinero, se había tenido que conformar con una dentadura de saldo, ya usada por otra mujer, algo más delgada que ella, pero que tan sólo la había usado un par de meses. Además de la felación, por un poco más de dinero, si se encontraba con ganas, te subía a la habitación de la fonda donde vivía y, allí, sobre las mugrientas sábanas de la destartalada cama, te montaba tras despojarse de la falda, casi siempre roja, en la que iba embutida, quedándose con el enorme sujetador, para sujetar unas tremendas tetas, ya que si se lo quitaba caían, las tetas, hasta el siguiente escalón, al perder la sujeción, que no era otro que una barriga abundante, con una ligera hendidura que se producía donde debía estar el ombligo, cuando se sentaba sobre mi sexo; con una mano cogía mi miembro y se lo introducía, mientras con la otra se acercaba a la mesita para coger un cigarrillo y un mechero, poniendo su sobaco a la altura de mi nariz, lo que a veces me provocaba cierto malestar de estómago. Y así, moviéndose cansinamente al compás de mi respiración entrecortada, se fumaba el cigarrillo; cigarrillo que se terminaba después, mientras se lavaba sus partes en el bidé y yo me vestía y me marchaba, pues siempre era así, corto, fugaz, sin palabras, sin preliminares, sin… nada.
Descubierto el objeto de mis deseos, surgía ahora, cual nefando guardián de la llave que daba acceso a ellos, el problema de cómo vivir mi vida en paralelo a la de Errol (me permitiré esta complicidad, dada mi cercanía a él). ¿Debía leer el dichoso libro de Plutarco? Pues cuando comencé a leerlo, en un vano intento anterior, no lo hice entero, sino saltando hojas y párrafos sin un sentido aparente, con el sólo deseo de llegar al final, ya que mis conocimientos sobre la época y los personajes eran de una superficialidad que rayaba en la nada. Y ni aun así había llegado al final. ¿En caso de hacerlo sería capaz de terminarlo? ¿Estaría en él la clave? ¿En caso afirmativo sería capaz de desentrañarla? ¿Si lo hacía se cumplirían mis deseos? Demasiadas preguntas para tan poco tiempo. Pensé que un buen ágape regado con vino del tiempo me ayudarían a navegar en el infierno intelectual en que me hallaba inmerso.
Y como los humores del vino traen esas cosas, la inspiración se apoderó de mí como por ensalmo y oteé, en la lejanía, y de una forma borrosa, bien es verdad, la manera en que había de actuar...

El sueño, por los humores del vino, le llegó, por lo que decidió tumbarse en la cama a rumiar la idea mientras se dejaba llevar. O esperar a despertar y ponerla en práctica.
Se tumbó en la cama, como tantas noches, solo, a esperar. Como todas y cada una de esas noches que a lo largo de su vida había pasado, en una tórrida soledad, insoportable y absurda, llena de desesperanza y de dolor. Pero esa noche tenía algo alegre en lo que pensar, una idea que realizar, algo por lo que vivir y por lo que luchar. Pero la inseguridad…
Los ojos se le entornaron y se dejó llevar. El sueño se adueñó de su alma y se pobló de imágenes de mujeres salvadas y rendidas en sus brazos, de volar entre las jarcias o cabalgar a lomos de un corcel con su heroína detrás, agarrada a su cintura, apretada su cara a la espalda de él. De besos infinitos. De amor. La cara transmutada en una sonrisa de felicidad. Como nunca. Y se dejó ir. El sueño se adueñó de su alma y ella, por una vez, vivió y sintió.
Las manos cruzadas en el pecho. El cuerpo relajado. Una amplia sonrisa en la cara, por primera vez. Nicodemo Román, en sueños, vivió la vida en paralelo con Errol Flynn. Así debía ser siempre. Abrió levemente los ojos, pero no quería despertar, y los volvió a cerrar.

Nicodemo Román fue hallado muerto en su cama. Sobre la colcha color burdeos, tachonada de puntos de un amarillo intenso, a modo de soles lejanos y refulgentes en un atardecer espantosamente bello y lejano, como si de otra galaxia se tratara. El cuerpo estaba hinchado por los gases de la putrefacción. Llevaba muerto tres días. Olía como a queso de Cabrales. Lo encontró la señora que iba a limpiar una vez a la semana. Una rusa ya mayor con la que apenas hablaba, según le dijo a la policía, a la que llamó tras hartarse de gritar, por la sorpresa.

El forense dijo que no sabía, tras examinarlo, a qué se debía la muerte. Que murió de paro cardíaco era evidente, pues el corazón había dejado de latir, pero que no encontraba ningún fallo aparente de cualquier otro órgano vital, salvo el hígado, que lo tenía a reventar, a punto de una cirrosis, por el beber, como era de esperar, pues en los restos que en el estómago encontró, el vino era el elemento principal. Aunque, tal vez, por un deseo atroz de no sabía qué. Pero que no era sino una simple especulación. Por ello no quedaba más remedio que rellenar el formulario con un: Nicodemo Román, de 36 años, falleció de muerte natural.

19/3/09

A mi padre

Odié, desprecié, discutí, admiré y amé a mi padre de una forma que ahora, después de pasado el tiempo, me da miedo. Incluso, tras unos años de su muerte, pienso, a veces, en cómo era posible que existiesen esos sentimientos en mí. La edad supongo, sobre todo la pubertad y el deseo o el propio hecho evolutivo de crearte una personalidad, para lo que hay que oponerse a la norma, enfrentarse al poder, a la autoridad…
Pero el tiempo es sabio. Creces y ves. La distancia y el tiempo te dan una perspectiva que el presente no te permite. Te dan una visión de los hechos que el momento desvirtúa, dramatiza y agranda, e incluso que, vistos desde esa distancia, no son los que vivimos sino otros absolutamente opuestos.
Ahora, que el paso del tiempo me permite ver la figura de mi padre con suavidad, y que su ausencia es absolutamente total, lamento todas las veces que me enfrenté a él, no por el hecho en sí, sino por el dolor que le produje; lamento todos los quebraderos de cabeza que le hice pasar, que fueron muchos; lamento los sinsabores, las decepciones, las malas palabras, los malos gestos, los desprecios; lamento todas y cada una de las acciones que le produjeron dolor. Porque sé, ahora, que todo lo que hizo, bien o mal, conmigo, lo hizo con toda su buena intención. Equivocado o no en el fondo y la forma. Siempre quiso lo mejor para mí. Por eso lamento tanto todas esas cosas. Pero lo que más lamento y me hiere el alma, es la cantidad de veces que no le dije te quiero papá. Porque sé lo que lo necesitaba, lo que lo deseaba. Y lo lamento porque siempre le quise, le quiero y le querré. Porque es mi padre. De ahí el hartazgo de llorar cuando me despedí de él en la UCI, aquel treinta y uno de diciembre, cuando no me oía, cuando sabía, a ciencia cierta, que ya no lo volvería a ver más.
Ya sólo me queda llevarlo en ese sitio del alma donde se guardan los recuerdos más hermosos. Allí donde siempre estarán las personas que más he querido y quiero en este mundo. Cuánto lo hecho de menos, a veces, ahora.
Por todo ello, quiero agradecer a mi padre el placer de haber estado con él en la vida, de que me haya querido tanto, de que me haya educado, de que me la haya dado. Aunque no esté a mi lado físicamente, siempre estará dentro de mí, como lo que es, mi Padre.

15/3/09

Ecos

La voz como un eco que sale de dentro envuelve el aire en la conciencia de una mirada que se aleja por la línea del horizonte, donde el cielo y el mar se unen sin solución de continuidad. El eco de una guerra sin fin más allá de las fronteras del alma y de los cuerpos. Los sonidos metálicos sólo producen quejas, sonidos de vestiduras rasgadas, de lechos rotos, de perdidas miradas. Hay como un galope que se oye fuera, pero que nunca llega. El tiempo, cauto, espera y alimenta el deseo insatisfecho. El pecado se acrecienta. La vida se aleja. Agua. Sed. El rumor del calor en el ocre de los trigales suena a ausencias en el aire que calienta y despereza el ansia de vida, aun incierta. Almas derramadas. Opio. Amapolas. La voz queda, me acerca. Suavidad. Y cuando los sonidos, todos, desaparezcan frente al través de las rendijas de los ojos, quizás entonces sea el momento de andar el camino de la dulzura. Delectación ante la nada que invita a la vida, o el todo, o… Oír, oler, ver, saborear, tocar, amar. Ser. Vida. Deleite. ¿Más? No.

12/3/09

En torno a la violencia

La violencia es un fenómeno complejo. Demasiado complejo a veces. Depende de muchos factores su análisis.
La violencia objetiva se produce cuando una conducta agresiva es una acción intencionada, con un propósito definido y con un objetivo establecido con anterioridad. Es decir, cuando el agresor es consciente de que está agrediendo, o que lo que hace sabe que es entendido por el agredido como una agresión.
La violencia subjetiva se produce cuando la persona considera que un acontecimiento atenta contra su integridad psíquica, física o moral. Y en este caso puede ocurrir que el que realiza el acto no haya tenido intención de generar violencia, pero la genera en la conciencia del receptor. Aquí, la violencia es subjetiva, nunca objetiva.
De ahí se puede deducir que la violencia radica en quien la percibe. Puede haberla en función de quién es el observador del hecho, y eso varía en cuanto a la existencia de una multiplicidad de factores.
¿Es violencia proteger, mediante la fuerza, a alguien de sí mismo? ¿Es violencia impedir, mediante la fuerza, el suicidio de una persona? ¿Es violencia, utilizar la fuerza, para impedir que una persona dañe a otra? ¿Es violencia, impedir mediante la fuerza, que otra persona haga algo que el emisor cree que puede ponerle, al receptor, en peligro? Podría poner mil ejemlos. Anorexia, detrminados casos bélicos, de personas...
Incluso, a veces, esa violencia se pude magnificar, agrandar, el acto ser visto por emisor y receptor como cosas absolutamente distintas, toda vez que también se es subjetivo en cuanto al hecho en sí mismo. Es todo excesivamente complejo. Pero no se debería juzgar, nunca, el hecho aislado de todas las circunstancias que lo rodean. De cualquier forma es cierto el aserto de que la violencia engendra violencia. Pero también es cierto que un hecho es visto de distinta manera por dos personas, y que incluso un hecho visto por una puede ser considerado violencia y por otra no. Todo depende de esa multiplicidad de circunstancias, cultura, educación, miedos, experiencias pasadas, temores… Se debería poner distancia en el hecho y tratar de ver con asepsia. Pensar bien, hablar bien, actuar bien, decía Tao-The Ching.
Aun así, el diálogo debe imponerse, y la violencia desterrarse. Cualquier tipo de violencia. Pero se puede hacer ese análisis, o se debe. Quizás eso nos ayudaría a ver determinadas cosas, a comprenderlas, a perdonarlas. Quizás eso nos haría más humanos. O no. No lo sé. Por cierto que bello es el tema final de Vangelis en Blade Runner. La música es un buen antídoto para erradicar la violencia.

11/3/09

Ese asunto tan manido

El trabajo limita la creatividad, y de ahí que recurra a otros. Sin embargo no me duelen prendas el hacerlo puesto que traigo a uno de los maestros, Quevedo. Espero que tras el paréntesis de los esfuerzos y de los desastres, la primavera venga llena de olores, de sabores, de colores, y con ello la vida entera se abra y permita sacar todo aquello que llevamos dentro. Sin duda así será. Sólo hay que saber mirar. Todo está ahí para quien sepa verlo, para quien sepa y pueda cogerlo. La brillantez de las burbujas es el aceite de la vida. Sea pues.

Cerrar podrá mis ojos la postrera
Sombra que me llevare el blanco día,
Y podrá desatar esta alma mía
Hora, a su afán ansioso lisonjera;
Mas no de esotra parte en la ribera
Dejará la memoria, en donde ardía;
Nadar sabe mi llama el agua fría,
Y perder el respeto a ley severa.
Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
Venas, que humor a tanto fuego han dado,
Medulas, que han gloriosamente ardido,
Su cuerpo dejará, no su cuidado;
Serán ceniza, mas tendrá sentido;
Polvo serán, mas polvo enamorado.


Toda una lección sobre ese sentimiento tan asquerosamente manoseado y mal usado, incomprendido, escupido, despreciado y masacrado.
Seguramente el mejor soneto de Quevedo, probablemente el mejor de la Literatura española.

10/3/09

La noche

Me voy a la playa, a mirar las estrellas y escuchar el mar. ¿Te vienes? Estoy en pijama. Llevo así todo el día, aunque no me gusta. Como quieras. Un silencio. ¿Sigue en pie la oferta? Claro. ¿Dónde te recojo en veinte minutos? En la rotonda de… De acuerdo. Hasta ahora.
La vida nunca es sencilla. Lleva el pelo recogido en una cola, larga y lisa. La cara descubierta. Una extraña sonrisa que dice y que no dice. El cuerpo vestido con unas botas altas y negras; un vaquero ceñido; camisa de flores en tonos verdes; una cazadora burdeos, creo (o la luz de la noche, quizás, hace que lo parezca), que realza el busto y lo delinea. Anda deprisa, como temiendo…
Hablamos largo, acompañando el habla por el rumor de las olas. Estás callada. Me gusta escucharte. ¿Por la voz o por lo que digo? Por ambas cosas. ¿Te gusta mi voz? Sí. ¿Cómo es? Rota, melódica, acogedora. Un hombre en un coche. Solo. No mira. Solo. Más adelante, en otro, una pareja. Hablamos de la vida, de todo. Las olas rompen en la orilla. Rumor apagado que acompaña, que amiga. Son las dos de la madrugada. Frío intenso que te adentra. Casi nunca me mira a los ojos. Estrellas. Las mira, con los ojos y con su cámara. Las fotografía. Mira y mira. En el mar, le digo, dentro, de noche, solo, todo es distinto, la vida es vida. Quizás porque no hay vida o no la ves. Tal vez porque fuera la vida es una falacia, siempre una mentira… Volvemos. El hombre del coche ha reclinado el asiento y se ha dormido. Tiene un buen coche y sin embargo… ¡Qué vida! La pareja se ha ido. Han terminado. Seguimos hablando. De la vida. Del juego no. Lo esquivamos. Es tierna. Rara. Distinta. Tiene un lado oscuro que presentía. Un cigarro en el coche antes de volver. U2. Te pega, me dice. Lo escucho siempre que estoy bien. El mar lame la orilla con su murmullo suave. Las estrellas arriba.
Nos despedimos. La vida no es sencilla. Nos besamos. Ha sido una noche agradable, me dice. Todo un placer, le contesto. Se va. Sigo adelante, con el coche y, de reojo, miro a una ventana de una casa. La luz apagada, como la vida. La noche es a veces oscura pero, a veces, también, brillante.
Vuelvo a la playa. Solo. Me tumbo en la arena y me ensimismo en las estrellas. Es brillante. Soy libre. Siempre seré libre. Los errores se pagan. De ellos se aprende. Se conoce a través de ellos, a uno mismo y a los demás. Nada es lo que parece. Fantasía. La realidad es más real. Libertad. Soy. ¡Qué belleza de noche!

8/3/09

Desprendimiento. (Retazos sueltos de lo próximo).

Lahore, la ciudad mercado del septentrión indio, la ciudad de las mil razas del norte de la India. La ciudad origen del camino, de todos los caminos, y por supuesto también del mío, el de las mil y una lenguas, el mil y setenta veces mil, comenzado y otras tantas detenido en las setenta intersecciones encontradas. De nuevo en Lahore, de la mano de Kim, como ya lo hiciera otra vez, pero ahora con otros ojos, los del sueño, los de la esperanza, los de la premonición, sabida pero ignorada. Hasta Benarés, o Varanasi en la lengua; o más allá, o más acá, en la vereda, en la búsqueda de la luz, en el Camino.

Dejé que la tarde se diluyese con la cadencia de los personajes de Kim, con los olores que desprende Lahore, con sus colores, el oro, el rosa y el azafrán; con las rimas de los lenguajes que la pueblan, y me dejé llevar a esos mundos ensoñados donde nada es como esta vida.

Y ahora continuaré el camino emprendido desde Lahore, al lado del santón tibetano arrebujado en su desgastada túnica, embebiéndome de todo lo que el camino puede mostrarme a través de los ojos que mejor miran, hundiéndome en todo lo que la vida puede mostrarme en el país de la vida, haciendo el camino, en mi búsqueda que es la suya, la del santón y la del muchacho, la de Kipling, la de todos y cada uno de los que buscan. Me bajo en Ambala.

No fue Lahore, ni el Punjab. Ni el santón, ni Kim, ni la India. El camino estaba muerto y sólo La Habana me sirvió. Aunque fuese sólo un momento. Después de eso nada. Y eso también lo aprendí. La muerte como deseo. Al final tan sólo eso. Mentes vacías, caras vacías, sueños vacíos, vidas vacías. Y la suya aún más.

Salí de Lahore con esperanza. Y en La Habana, la esperanza murió. Otra vez en la rueda. Con una novedad, que la vida es tremendamente bella, como siempre lo fue, y que me había olvidado de ello. Que la ceguera es más ceguera en determinadas ocasiones, y que todo no es todo sino parte de la nada; que las verdades sólo son a medias, y que la mente nos juega malas pasadas y el corazón aún más; que la subjetividad nos posee y que no somos sino meros espectros de un universo eterno que deviene y que no sabemos controlar. Lahore. La Habana. Vida para vivirla. Giro en la rueda. Delectación. Soy libre.
...

1/3/09

Mirando por Madrid

Madrid está triste. Ha amanecido con un gris metálico que suaviza todas las líneas. Me gustan los días de lluvia, los grises, los que te abren las calles a la mirada, pero hoy encuentro triste todo esto. Las personas andan deprisa bajo los paraguas. Las colas en el Prado son más cortas. Me gusta la quietud de los paraguas, multicolores, sobre las cabezas. Los bares, en cambio, están atestados. La gente sonríe ante las cañas, entre el humo, y habla y habla, gesticula. Debe de ser el acogimiento que el calor proporciona. Aunque no sé si será el humano. Espero que sí. Madrid me gusta más con sol. Tal vez por las anteriores veces que he estado. Con sol y frío. Hoy hace frío, pero no hay sol. Me gusta, pero… le falta algo.
Llevamos sentados un rato en un banco frente al museo, mirando, mientras la oigo, aunque no la escucho. Debería pero no lo hago. Miro a los ojos de un niño que lleva en brazos una gitana rumana que se pasea, con su ropa de mil brillantes colores que contrastan con el gris plomizo del cielo, alegrando la vista casi tanto como la sonrisa de los ojos del niño, a pesar de tanto. Las personas de la fila giran la vista al oír la voz de ella con su mano extendida. El niño me mira. ¡Qué ojos! Toda una experiencia esa mirada. Tan pequeño y tan… ¡Qué vida! Me levanto del banco y le pongo un billete, a ella, en la mano, mientras acaricio, al tiempo, la cabeza de él. Ella me mira sorprendida mientras el niño me sigue sonriendo. Esa es la mirada que da, la que busco, la que llena. Una mirada que ilumina, como pocas he visto en esta vida. El día es bonito a pesar de tanta tristeza. Me siento otra vez.
¿Y si apruebas qué vas a hacer? Me dice. Ni idea, le contesto. Ahora mismo no tengo ni idea. Antes lo sabía pero ahora no. Nueva York esta muy lejos, o muy cerca. No lo sé. Ya veremos lo que me dicta la vida. Miro como se va el color de ellos a otra parte. Cómo me gustaría poder tener, ahora, el brillo de la mirada del niño en mis pupilas. A veces la vida se decide por una acción que cambia la percepción del tiempo.
Recuerdo el sueño que tuve anoche. Me movía en un campo de trigo acariciando, mientras andaba, con la palma de la mano las espigas de los campos ocres en primavera, mientras me acercaba a una figura desdibujada, a mi hogar, como volviendo. Y después mi cuerpo se elevaba sobre pétalos de amapola. Extraño. O no. Me recuerda algo.
No sé. No sé qué haré, le repito ante su mirada incrédula. Ahora mismo no sé nada. No merece la pena preocuparse. Fíjate en la gitana y en la mirada del niño. Eso sí que es importante.