Yo busco personas en este océano de gente. Y no encuentro, o encuentro pocas. Tal vez porque busco en el lugar inadecuado y entre lo inadecuado, tal vez, no lo sé, tal vez esté equivocado, pero me cuesta encontrarlas. Alguien me dijo recientemente que había perdido la fe en las personas, y no, no la he perdido, la tengo, lo que ocurre es que, tal vez también, ellas, han perdido la fe en mí. ¿Soy exigente? Quizá, pero creo que hay que serlo so pena de caer en la esterilidad, en la abulia de lo anormalmente normal, y morir de tedio ahí, en ese corral, habiendo montañas a las que subir, por las que vagar, en donde mirar y perderse para ser y saborear. Por eso la montaña, ese lugar que no te pertenece nunca, sino al que perteneces, donde estás preso del aire leve, donde, si sabes, si eres, si tienes, puedes encontrar la sustancia de los sueños. Ese lugar remoto, hermoso y vertical, donde no cabe la mezquindad de la gente, donde las piedras tienen siglos y te muestran el tiempo, donde las hojas te enseñan a morir con el esplendor y la ternura del color, con la cadencia de su movimiento al caer y, tras posarse, esperar inertes el suave cambio matérico; donde el aire te arropa en murmullos lentos de sonidos cálidos, en músicas de siempre; donde se es sincero con uno mismo y con los demás, so pena de perecer. Es suficiente querer estar en ella y proponérselo para sentir la Vida, porque la montaña, como dijo alguien, esconde el verdadero alpinismo, el más puro espíritu de aventura. La vida está en la montaña, es en ella, porque ahí, en su seno, se aprenden los valores esenciales. Yo vivo. Yo he sobrevivido. Quizá porque no he querido ni podido dejarme morir. Por eso, tú, tú que haces cosas bellas, tú que buscas la belleza, tú que sientes la vida, que la buscas, que la ansías, no tengas miedo de medirte con ella, no tengas miedo de medirte conmigo. En la penumbra, cuando apenas la luz es, cuando todo se apaga, allí arriba, cerca de los cielos, cerca de donde las cumbres besan las estrellas, donde aún hay nieve, donde todo puede ser, atisbo esa presencia, tan distinta a las presencias que se mueven entre las sombras, de abajo, movidas por las mareas, como amebas gigantescas, apenas vistas por transparentes, apenas oídas por silenciosas; apenas nadas en la nada de esta vida no vivida por la que pasan. Y es que el mundo está lleno de inválidos de alma y cuerpo, como decía Baudelaire. Pero era un maldito. ¿Quién lo escucha? Oímos pero no escuchamos. Todos somos sabios de todo. Sabemos de todo. Los que más sabemos. Nos permitimos el lujo de aconsejar. Los perfectos consejeros. Los dioses de la nada. Pero somos incapaces de mirarnos dentro y ver nuestras miserias, nuestras vidas maltrechas, nuestras existencias tiradas, desperdiciadas. No queremos subir arriba; demasiado esfuerzo. Y desde abajo, sin conocer el camino, sin tan siquiera intuirlo, lanzamos gritos sobre cómo hacerlo. Y ahí nos quedamos, esperando que los demás se queden con nosotros, en el valle de las sombras, en la sima de los llantos. Triste consuelo para desesperados. Cuantos más seamos menos mal nos sentiremos, nos decimos, nos convencemos. Aire, para respirar; silencio para comprender, luz para mirar, color para vivir. La montaña lo es todo. La montaña es la vida. Arriba soy yo.
Un hauki para terminar, surgido arriba, bajo el manto de estrellas, arropado por el frío, a la luz de una lámpara de gas, y con una taza de café caliente en las manos. Donde todo es silencio. Donde todo respira vida.
Larga es la noche
revestida de ausencias.
Sólo el silencio.