21/5/10

La vía muerta

Había una persona en un andén abarrotado, como fijado, anclado a cemento. Viendo desfilar el tiempo. Mirando despacio veía pasar una y otra vez aquel tren desaparecido. Persona triste vestida de domingo, como el último domingo, como un domingo cualquiera, como todos los domingos. La mirada perdida, posada en la vía desocupada, rodeado de gente, en el andén; el alma fría, la vida sola, como un sonámbulo de travesías entre personas, eternamente dormido, como ido, descomulgado, desaparecido.
Aquello tan brillante fue una luz cegadora para los ciegos, regalo inútil para una vida ya sin reposo, llena de espejos que sólo muestran espejismos de un pasado que no repite.
Muestra al cristal de la muerte su rostro ahogado ante la vida, cuyo reflejo es una imagen invertida -que es, pero no, como el espejo-, perdiendo de vista la realidad, que ya no es tal, solo fingida.
Y ya todo es nada; quizá ni tiempo. Todo es destiempo y a destiempo. Ya no hay ni hilván que hile palabras ni pensamientos. Apocalipsis de sentimientos.
La esencia de todo, quedó en el pasado, ido, en un tren ausente, perdido.
Este es un tiempo triste, la edad de los prodigios, de la superchería y la impostura. Ya no llueven estrellas. Ya no hay llanto por alegrías, ni canto. Es el mundo al revés, el final de los tiempos, con los jinetes campando a sus anchas por los eriales llenos de almas que no son almas sino desechos.
Cae la tarde, con desgana, sobre la plaza de arena blanca que es la vida. Y los fantasmas gritan.
Una persona yerta, en el andén, anclada, ve cómo se le va la vida, por su pasado, por la vía muerta, por la vía vacía.

19/5/10

El pesado fardo de Atlas

La lírica, por lo visto, sólo queda para los poetas malditos. Lo importante es sobrevivir, parece, guarecerse, obtener un resultado, no arriesgar sino lo justo, no sentir, dejar eso a buen recaudo, y esperar que los sentimientos se aplaquen o sean sustituidos, estar, simplemente estar.

Estoy cansado. No puedo, a veces, con todo. Hay cosas que me superan, momentos en que todo pesa de una manera tremenda, en que todo se junta y se acumula. A veces, como Atlas, levanto el mundo y sonrío, y parece que las fuerzas son suficientes; pero, a veces, también, el fardo es muy pesado, tan brutal que la sonrisa se troca en mueca y se dobla el espinazo.

No puedo con los drogadictos de la abstracción, con los imposibilistas, con los huidizos, con los insensibles, y con los sensatos para con los sentimientos. No puedo, quizá porque no soy como ellos, porque no los comprendo. Yo soy de sueños, de verdades, de sentires. No sé vagar eternamente, aunque a veces lo hago, por los piélagos del pudiera. Necesito tactos, pero no cualquiera, en esos no entro, sino en los de esencia, no en los d3 apariencia, aunque algunos hacen de ellos los otros. Soy de los que miran y ven que lo que es, es, y lo siento, y lo vivo y lo percibo. Soy de miradas, de palabras. Soy de los que quieren que todas esas cosas sean el resultado de los sueños, de los que están dentro, de los que dan resultado. Soy humano.

Solo. Muchas veces solo. No hay manera. Y es que no me conformo. Y todos recurren. Pero en el estar ya es otra cosa. Ahí cuesta, y cuesta por tantas cosas, por tantos miedos, por tantas fijaciones, por tanto evitar para… Y el fardo pesa y se incrementa.

Necesitamos refugio, a veces, resguardo de determinadas cosas de la vida, cuando nos da en la cara su brisa fría, cuando nos hace daño, por tantas cosas. Y lo buscamos y necesitamos. Pero hay momentos. A veces creemos que cualquier cosa nos guarda, y ahí nos quedamos, y equivocamos, y buscamos, y en otro lado nos guarecemos, y seguimos. Y no vemos, nos negamos. Un zigzag continuo. Respeto todos los caminos, pero no comparto algunos, prefiero otros, los que sigo. Tal vez esté equivocado, tal vez, pero prefiero estos, aun más dolorosos, pero que me son más queridos, más sentidos. Tal vez sea una parte. Pero siempre está ahí la razón que ocultamos, y aun así actuamos, una y otra vez, con una cosa y con otra, aunque sepamos. Y en esa búsqueda, a veces equivocamos nuestros pasos; a veces volvemos atrás, a veces nos conformamos caminando en círculos o en zigzag, por no reconocer quién somos y a dónde vamos, lo que queremos, lo que es importante y lo que tenemos, o lo que podemos, lo que perdemos, cómo saber completar, cómo tenerlo todo.

A veces no puedo. A veces me veo como ese Atlas sofocado, abatido, desconcertado por tantos pesos. Con el rictus en el rostro, en la boca una mueca y partido el espinazo.

Necesito de la sinceridad, de la naturalidad, de la sonrisa, de esas personas que saben recibir y dar. Necesito de la verdad, de la naturalidad, no de la artificialidad, del siento pero así, pero cambio, muevo, necesito, estoy así. Necesito un respiro, y lo necesito ya.

Ya no hay lírica. Sólo queda para los poetas malditos. Y eso debo ser yo, un maldito, un proscrito.

18/5/10

Historias sin acabar. I (Lloraré rosas para ti)

Lloraré rosas para ti.

Lloraré rosas para ti, había escrito. Creía que lo había hecho antes de salir, sobre el cristal del espejo del aseo, con la barra de carmín de su madre. Era un niño aún. Había creído que no lo era, pero lo era, todavía lo era. Había crecido rápido, por todos los caminos. Pero no era un hombre, no se sentía un hombre, ya no. Lloraré rosas para ti, había escrito. Dos años de un sufrimiento atroz. Nada ni nadie a su alrededor. La nada, el vacío. Inclemencia. No podía aceptar algo así. Un charco de sangre en una carretera infame. Pinos alrededor, montañas quebradas, y el agua abajo, quieta. Un charco de sangre maquillado por una cabellera azabache. Unos ojos negros perdidos en el cielo. Una sonrisa más brillante que el sol de todos los desiertos, helada, eterna. Tanta belleza, muerta. Lloraré rosas para ti. Era lo único que escribió. Siempre se preguntó por qué él no estaba allí, también. Agonía. Y buscó culpables donde no había. Y buscó salidas por calles vacías.

Se quedó sin dinero a los dos días de llegar a Londres, tras otros dos días cruzando un mundo de carreteras, en autobús, sentado en el incómodo asiento de la lentitud, con los ojos pegados a un cristal cubierto de vaho, que limpiaba con el dorso de la mano, para poder ver un paisaje verde y lluvioso que no cambiaba nunca, ajeno a él. Rodeado de un idioma hostil, extraño. Una habitación triste, fría. Cuatro camas en literas. Se tumbó en una de las inferiores y se quedó dormido. Despertó de noche. Encendió un Fortuna. Cuando lo terminó, se duchó, se puso la otra muda que había llevado y metió la otra en la mochila. Bajó a recepción. Cogió un plano de la ciudad y preguntó por señas, a la chica del mostrador, una alemana, dónde de podía comer. Llegó a un parque donde había, en un lateral, bajo un árbol de hojas rojizas, un carrito que vendía sándwiches y kebab. Estudió a las personas, que se acercaban a él, durante un buen rato. Se acercó y señaló el kebab. Take away, pronunció como pudo. Pagó. Se sentó en un banco y comió. Era el primer bocado en dos días, a parte de dos cafés con leche y un cruasán. Paseó por las calles hasta que se hizo de noche. Entró en lo que parecía una discoteca. Oscura. La música extraña. El dinero era escaso, pero necesitaba alcohol. Pidió un gintonic. Bebió un sorbo. Llevaba mucho hielo y poca tónica. La ginebra era asquerosa. Dio dos tragos más y lo terminó. Estaba muerto de cansancio, pero no quería volver a aquella habitación vacía y helada. Se sentó en un sofá desgastado. Miró a las personas que deambulaban por el local, la mayoría punkies. Una chica, morena, se le acercó y le dijo algo que no entendió. Intentó decirle que no la comprendía. Ella le pasó la mano, abierta, por la cara, y se marcó dejándole una sonrisa a modo de regalo. Salió de allí y volvió al albergue. Se tumbó en la cama y se quedó dormido. Despertaba a cada rato, entre sueños extraños, de colores verde, rojo y negro. Entraron unos magrebíes gritando. Iban borrachos. Les dijo que se callaran, que quería dormir. Le miraron y siguieron gritando. Uno de ellos se acostó en la litera que había encima de su cama. Le despertó, algo después, el sonido constante de una gota que chocaba contra su pantalón. Se levantó asqueado. Zarandeó al de arriba y le dijo que despertara, que era un cerdo. Sólo obtuvo un gruñido. Se cambió el pantalón y salio a la calle. Llovía. Una lluvia tranquila, que no limpiaba. Un frío infernal. El alma congelada. Sentía una congoja tal que le tenía encogido sobre sí mismo, con la cara escondida entre las manos, apretando la mochila contra su cuerpo, llorando como un alma perdida, como sus lágrimas en la lluvia.


Lloraré rosas para ti, escribió en la libreta roja que llevaba siempre consigo cuando viajaba. Una eternidad escribiendo para volver de nuevo ahí, a la misma clase de tiempo, al mismo sentimiento, a las mismas sensaciones. Como si se hallase inmerso en un bucle temporal. Como si no hubiese agonizado suficiente. Como si no tuviese ningún derecho a persistir en la felicidad. Unos ojos que se le iban, perdidos. Una sonrisa trastocada en ira, en desprecio. Agonía. Lloraré rosas para ti, volvió a escribir. Ninguna otra cosa le salía. Creía que había crecido, que las calles andadas le habían dado otra perspectiva, que había aprendido, que los albañales pisados le habían enseñado, que los tropiezos que le habían hecho sangrar le habían abierto los ojos. No era un hombre, sólo era un niño. Todo son veleidades, escribió, simples y tristes veleidades de un poeta idiota. Abandono. Quiero ser sordo, mudo y ciego. Reniego de los sentimientos que me han llevado a creer que merece la pena sentir. Se sentía como un barco varado, partido, con la proa y la popa hacia arriba y el centro hundido, desbastado por las olas, que le hacía escupir de sus entrañas todo lo que llevaba dentro, desangrándose, mientras aquello que salía de sus adentros mataba lo que hollaba.

Comenzó a sonar Kite. Dejó el lápiz. Cerró el cuaderno. Escuchó la música. Siempre sentía algo especial cuando oía esa melodía, que empezaba bajo, suave, deslizándose dentro, calándole por dentro, sacándole las lágrimas. Hay determinada música, determinados momentos en la música en los que no cabe sino ser, ser y morir en ellos. Una canción que habla, de alguna manera, aunque no exactamente o también, sobre las personas que perdemos en el camino de una u otra forma, de la pérdida, quizá del punto de partida. Perturbadora la voz de Bono. Recordó las imágenes y la lágrima recorriendo la mejilla del cantante mientras la interpretaba, mientras recordaba a alguna persona perdida. Había algo en la voz de aquel cantante que siempre le llevaba a interiorizar todo, a vivir lo escuchado y sentirlo como propio, más si tenía que ver con experiencia personales; y ese era el caso.


17/5/10

Relatos de los días de lluvia húmeda y helada. V

En los alrededores del camposanto
Fui con mi madre de la mano a una casa de Laureano donde tenía las cabras. Fue el primer muerto que vi, aunque no lo vi. Era una mujer que le decían Andrea. Había mucha gente y mucho movimiento que no sabía por qué era. No vi nada. Ni te dejaban ver, porque era muy niño.
En otra casa vi a la Tía María, la mujer de Linares. Pasamos a la habitación y vimos a la mujer, allí, muerta. Yo tenía siete u ocho años. Estaban de vela en la casa. Iban de velatorio, a rezar aquella noche y acompañar a la familia. La gente de la aldea. Unos dieciocho o veinte. Rezaban entonces en voz alta. A la mañana, si se enterraba al muerto, en Alcalá, se llevaban a hombros el ataúd, los hombres. Tardaban hora y media. Echaban por lo derecho, por unos caminos que por aquí hay. Entonces no había carreteras. El camino de Alcalá. Se pasaba por Moralejos. Un camino de carros, de herradura. Y se bajaba a Alcalá.
Entonces el alcalde de Alcalá era el padre de la abuela Ascensión. Antonio Miñambres Linares. El cementerio lo hicieron Pepe y uno que le decían Virgilio, que tocaba la bandurria; unos albañiles de Ayoz. Nosotros estábamos siempre de baile con ellos. Íbamos a bailar en muchas casas. El cementerio se hacía a “pionás”. Cada vecino iba un día a “pionar”, con carros y piedras. Se recogió dinero en toda la aldea. Como el cementerio era de la aldea, todos los vecinos tenían derecho a un vodal. Se empezaron a hacer nichos, que se hicieron por el año 45. Entonces todos estaban en tierra. Fue cuando se murió mi mujer, y ya fue en nicho. Por entonces todos iban a tierra. Los vecinos, y la familia y amigos iban a hacer la sepultura y se enterraban en tierra; se ponía una cruz en lo alto, o una lápida, según fueran más ricos o menos ricos. Las piedras se hacían en San Juan y… Se ponía la fecha del que había muerto, y un recordatorio de tu padre, tu madre, tus hermanos no te olvidan.
Nunca me gustó la muerte, qué quieres que te diga. Es muy “jodía”.
Yo tenía seis o siete años cuando murió el primero de mis abuelos. El padre de mi padre, que se llamaba también Jesús. Jesús Bastante García, se llamaba el padre de mi padre. Se murió el día de San Andrés, que decimos aquí, del año 15. El padre de mi padre, porque la madre de mi padre se había muerto ya el año que yo nací. La madre de mi padre se murió el 17 de febrero de 1908. Ana Martínez Martínez era la madre de mi padre. Trabajaban en la agricultura, labrando. Agricultores. Mi abuelo tenía las tierras en Las Peralosas. Tenía dos almudes. Era bastante persona mi abuelo. El año 20 murió mi abuela, con 45 ó 50 todo lo más. 45 podía tener, a 50 no creo que llegara. Yo no lo sé cierto. De calenturas tifoideas, de calenturas malas, porque entonces no se curaban. El que tenía calenturas… le daban medicinas que no eran a lo mejor… Los médicos de entonces no eran como ahora, que hacen análisis de todo y se preocupan y saben. Pero entonces a lo mejor no le daban lo que era bueno para eso. Fue a Alcalá, a San Lorenzo, como vivía su padre, que era mi abuelo, que vivía en Alcalá. Y estando allí alguno se las pegó… Y ya vino malo, de San Lorenzo, que era ese día, 10 de agosto del año 20. Luego se acostó el día de San Roque, y ya no se levantó, y murió el 30 de agosto. El médico de Alcalá me “paece” que era un tal Don Ignacio, el médico que había entonces.
Luego mi padre, como se quedó ya viudo, al año y medio se casó… que fue cuando tuvo a Lino, que se ahorcó hace un año, y una hermana que tengo en La Zubia… No quedamos más que los dos ya. Es como si fuera mi sobrina. Resobrina se llama, porque ella es hija de un primo hermano, y además es sobrina porque yo estoy “casao” con una tía de Dolores. Así que es familia por dos sitios.
Mi padre se casó con una mujer de Las Eras, viuda de un guardia civil. Tenía dos hijas. Estaba en Tolosa y vino aquí, a casa de un “cuñao”, y claro, como estaba, ella, viuda, y mi padre viudo, pues se enamoraron y se casaron, y fue muy bien. Fue una mujer muy buena. La quisimos mucho, porque valía mucho, y vivimos muy bien con ella, muy bien, muy bien, y como tenía familia, a los hermanos los hemos querido igual, aunque eran sólo de madre…
Nosotros vivíamos cerca de la ermita, y allí murió mi madre. Cuando murió nos quedamos muy desmantelados. Vivimos un año o año y medio. Mi hermano hacía la comida y yo le ayudaba. Mi tía nos ayudaba a amasar el pan… Entonces teníamos la harina en la casa. Se amasaba el pan “pa” una semana o “pa” más. Y ella nos ayudaba a amasar. Eran cosas gordas. Luego ya, cuando ya se casó mi padre, entró esta mujer, que era una buena mujer. Y vivíamos muy bien. Ella tenía dos hijas y nosotros cuatro éramos” sais”. Pero aparte de eso vivíamos y estábamos bien. Y luego vinieron cuatro o cinco con la mujer, pero le murieron dos. El primero que tuvo y el último que tuvo.
Y mi esposa y señora también murió. Por eso me casé con la Ascensión. Y mi niña, que era una rosa, con cinco años. Eso fue “pa” la guerra. Y mi Jesús, más listo que el hambre. ¡Joder, qué vida!
Ya sólo quedamos dos. No me gusta la muerte. Es muy “jodía”.

12/5/10

La sombra de los sueños

Te veía tras cada esquina que doblaba, en la lejanía, en cualquier espalda, en una mirada que me miraba, en cualquier sombra que aparecía; pero sólo era eso, una sombra, la sombra de un deseo, la sombra de mis sueños.
Y mientras, seguía, en el silencio, en el silencio quieto, en el silencio lento, en el silencio santo. Esperando. En el silencio, en la sombra de los sueños, en la sombra de mis sueños.

Cuando la luciérnaga levantó el vuelo

Arrastro el sueño o el cansancio, o lo que sea que es lo que me tiene en un estado de estar sin estar, como flotando, desde hace eternidades. Llueve a mares. Me he calado hasta los huesos. Ha caído tanta agua que ni me gustaba pasear la lluvia. He tenido que correr. Estoy empapado, de cuerpo y alma. Tal vez necesite un deceso. No, “joer”, un deceso no, un receso. Me seco el pelo. Pongo música. Saco el Cd de Stigmata y en su lugar coloco The wall. Lo oí en el coche, en la radio, y me apetecía. Hacía tiempo. Hey you comienza a sonar. La sigo mentalmente. Nunca canto en voz alta. Mi voz es trueno. Me siento en el sofá, es cómodo, bonito y cómodo, con la ropa mojada. No importa. Me gusta el salón. Es acogedor, minimalista y acogedor. Bello en sí mismo. Rodeado de libros que acogen. Claro. La mesa de cristal y metal de diseño exquisito, a juego con las sillas, metálicas y negras, sencillas y delicadas. Es una evolución de mis casas. Soy yo. Cojo el libro de Murakami, uno de los tres que estoy leyendo. Es curiosa la manía que me da con los libros. De repente aparece un autor o un país y me paso eternidades en él. Eso es lo que ha ocurrido con Murakami. Antes sólo había leído a Mishima y Oé. Murakami vino de la mano de Miyori. Huele jazmín y violetas. Ella olía a cerezos en flor. Su piel. No sé por qué ha aparecido ahora, de repente. No le doy más importancia. Las cosas son siempre como son, sin más. ¿Quién entiende las razones de las personas, de cómo somos, de los dioses? No seré yo quien entre en ese proceso absurdo, en esa tarea de titanes. Un breve correo. ¿Cómo estás? Te recuerdo. ¿Vendrás a Kyoto? Ahora estoy aquí. Tras más de un año. He buscado vuelos a Bolonia. No cuadran. Y tengo que ir el fin de semana sin falta. No puedo demorar esta situación. Me crea desasosiego. No tanto por mí. No me gustan las situaciones que implican a otros y que yo puedo solucionar. Los silencios matan. Me molesta estar así y tengo que hacerlo, pero los vuelos son los que son. Ir, tomas un espresso, pasar dos noches y hablar. Hablar. Hablar con las palabras y los silencios. Mirar en los silencios y decir. Cómo cuesta estar en determinados espacios y decir, y ser, donde puedes entrar, donde no quieres estar. Tan sugestivos y sin embargo… Se ha de hacer. No quiero que estén, ni estar, en algo que no puedo ser. Me levanto para hacer la cena. Bato un par de huevos y echo pan rallado. Sumerjo en la mezcla los filetes de merluza y los frío en aceite de oliva muy caliente. Me apoyo en la bancada, roja, y miro el cuadro que le compré a Manu por un euro. No podía regalármelo. Nunca regalaba. Vendía. Cuestión de principios, decía. Ni a mí siquiera. El fondo naranja, de papel. Un cuerpo d mujer en verde, tumbada de espaldas y ligeramente escorada hacia el espectador, boca abajo. En ella resalta el pelo, liso, un pecho, el ombligo y el sexo, en negro. Sobre el cuerpo de la mujer, dos bustos indefinidos, aunque parecen de hombre, en negro también. Llevo la comida al salón. Coloco el plato, en rojo burdeos, con el borde en negro, sobre un camino de mesa de bambú. Un vino blanco de Rueda, para acompañar, que vierto en la copa alta, de boca sinuosa, de color verde claro. Las cortinas de seda, granate oscuro, que tapan el inmenso ventanal, acogen toda la habitación, abrigan, dan calidez y ganas de estar, de quedarse, de mirar. La música es una exquisitez, los bajos, la guitarra, la voz:
Mother do you think they´ll drop the bomb
Mother do you think they´ll like the song
Mother do you think they´ll try to break my balls

Me gusta comer lento. Hablar con quien como, degustar el momento. Deleitarme en él, con la persona con la que comparto, y la música al fondo, y el escenario, el todo. El placer de estar. Suena el móvil. Miro el número. Un fijo de Madrid. Imagino quién es. No lo cojo. Me invitó a ir, pero no me apetece. Además, tengo que ir a Bolonia. Sigo comiendo. La música sigue sonando. El solo de guitarra, exquisito, perfecto, armónico. Me quedo en ella.
Mother do think she´s good for me
Mother do think she´s dangeroux to me
Mother will she tear your littlel boy apart

Me quedo mirando cómo la luz de la lámpara atraviesa el vidrio y el líquido, cómo se rompe, cómo crea formas.
Ohh ah, mother Hill she break my Herat
Hush now baby, baby, don´t you cry

Recojo las cosas. Meto los paltos en el lavavajillas. Me hago un café, muelo los granos de etiopía; negro, corto, con agua mineral. Iba a echar azúcar morena. Pero no. Debo empezar a volver a determinadas cosas que eran y que fueron dejadas en el proceso de dejadez, debo volver a como se debe ser en las cosas que son y que dejé de hacer. Demasiadas desviaciones tal vez. Vuelvo con el café al salón. El perro me miro. Me siento en el sofá, en la esquina. Bebo un sorbo. Cojo el libro de Murakami. Me pongo las gafas de pasta negra. Miro al perro. Tengo que sacarlo a dar una vuelta. Iría a correr con él, tal vez subir esa pequeña colina que hay al lado de la casa, pero no me apetece. Además ha llovido y el suelo está encharcado. Algo breve, por la acera, y volver rápido. Una sauna mejor, para transpirar, para limpiar por dentro y por fuera. Suena el móvil otra vez. El mismo número de Madrid. Siempre es así. Tengo que reservar el vuelo esta noche para Bolonia.
Sigo leyendo a Murakami:
Fue mucho más tarde cuando la luciérnaga levantó el vuelo. Desplegó las alas como si se le hubiera ocurrido de repente.
Son días extraños

11/5/10

Huele a soledad

Huele a cerrado el bar, a desinfectante y lejía, a música marchita, a luz apagada. La barra llena de taburetes. La espalda de un hombre frente a ella, en uno de ellos. Una mujer se sienta a su lado.
- ¿Qué bebes?
- Soledad.
- ¿Puedo acompañarte?
- Seríamos demasiados. Además, soy fiel por naturaleza.
Se levantó, ella, y se sentó en el taburete más alejado. La mirada perdida en el fondo del vaso.
Todo sigue igual. La música, el olor, la luz, la atmósfera… la vida. Siempre igual.

9/5/10

Relatos de los días de lluvia húmeda y helada.

Cuarto relato.
Los idus de marzo.

Nunca pensé que te volvería a ver.
Ni yo.
Y menos, en el caso de que lo hubiera pensado, que fuese tan pronto.
Fue un impulso.
Ya. Como todos los tuyos.
No he podido quitarte de mi cabeza ni un solo día, y… sin embargo…
Sin embargo…
¿Recuerdas el paseo por los Uffizzi?
Sí.
¿Y la conversación aquella, tan larga, en la cafetería a espaldas de la Galería?
Sí. Recuerdo la conversación. Sobre el poder y el querer, sobre las relaciones, sobre el amor, sobre el compromiso, sobre la libertad… Sí. Cómo no. También recuerdo como ibas vestida, cada detalle de ti aquel día. Me fascinó. Parecía que la ropa acompañara tu mirada…
Se calló. La desazón le ocupó el interior, como aquella vez, en Florencia. La recordó sentada en aquella pequeña terraza, mirando el humeante capuchino, y a él, cuando bebía un sorbo, con aquella manera tan suya de coger la taza y beber.
Andrea… Ahí estaba otra vez. Inopinadamente, como siempre hacía con él. Como la primera vez. Los ojos negros, con aquella línea que se le formaba en las pupilas y que les daba una intensidad que aturdía, mareante, donde era posible entrar para perderse, y de la que creía, no se podría salir, y, sin embargo, tan apenas abierta, tan difícil de atravesar, como un manantial sugerente, prometido, pero ausente, al que había que bajar, despacio, entre marrones y negros…
Nunca debí volver a Florencia, pensó, ni tal vez a Bolonia, o quizá debí aceptar el trabajo allí. Nunca debí acceder a aquella primera vez. Nunca, nunca… demasiados nunca, demasiados tal vez, demasiados quizás. Demasiado todo o más bien demasiado nada, se dijo. Demasiados pensamientos, demasiados recuerdos, demasiadas palabras y su ausencia, demasiados sentimientos, demasiada búsqueda de ellas, de todo, de nada.
Se apretó los ojos, sobre los lagrimales, con los dedos índice y pulgar, hasta sentir dolor. Apareció el color naranja, después unas nebulosas blancas y lilas, en espiral. Todo blanco y negro después, y cuadrados blancos, pequeños, moviéndose en una composición extraña.
¿No te ha gustado que viniera?
No lo sé. Se quitó los dedos de los ojos, mientras le contestaba, y la miró. No lo esperaba, le dijo, ni tan siquiera sé si lo quería. A veces, pensó, no sabía ni si servía de algo hablar, con los paréntesis, con los silencios, con las reglas.

Caminaban despacio, entre la ausencia de sonidos de un parque suyos parterres estaban poblados de margaritas blancas, violetas y anaranjadas, como si buscasen las palabras en el silencio de unos árboles aún pequeños, por entre el tapiz de flores. Unos parterres de color, que se perdían en la inmensidad de un parque lleno de pequeños promontorios elevados, y cubiertos de un césped ralo y amarillento, con pequeñas calvas, falto de riego, bordeados por caminos serpenteantes de tierra ocre, casi amarilla; con árboles, pocos y pequeños, muy separados entre sí, de largas ramas y hojas escuálidas, y demasiadas farolas megras. Un parque de una artificialidad absoluta, como un recorte de revista pegado sobre un cuadro en blanco y negro, un feo y extraño colage que había sido creado con la intención de aportar belleza y que, sin embargo, dañaba la retina de cualquier observador con un mínimo de sensibilidad.
Él iba delante, ligeramente. Recordaba la tranquilidad con que ella paseaba el tiempo, como si se envolviera en el aire, como si éste fuera más espeso para ella que para las demás personas.
Giró la cabeza hacia ella y sonrió, esperando alguna palabra, pero sólo recibió el inició de una sonrisa que se quedó en inicio, inacabada. Se sentó en un banco, y ella, tras pararse un momento, delante de él, lo hizo a su lado. El sol estaba a sus espaldas, proyectando sus bustos en una sombra alargada que se dibujaba en la arena del camino. Alguna vez había fotografiado las sombras, le gustaba el efecto.
Un sin fin de hormigas recorrían un camino que parecía no tener fin y que, al parecer, sólo ellas conocían, perdiéndose en la hierba, en un ir y venir continuo. Le resultó curioso el tamaño de la cabeza de algunas de ellas –exagerado para su cuerpo-, y desproporcionado con respecto a la armonía de las demás, más pequeñas. Llevaban pequeñas briznas de hierba, secas, en sus pinzas; algunas, en su constante andar, se paraban milésimas de segundo para entrechocar sus antenas con otras hormigas, mientras algunas pasaban por encima de otras sin importarles, al parecer, el peso, el posible daño –si es que lo había- o cualquier otra circunstancia. Toda aquella mini autopista, sin señales, terminaba en un pequeño círculo, absolutamente liso, impoluto, que había sido rodeado de una semicircunferencia hecha con pequeños granos de arena más oscura, apilados, formando una especie de muralla o de barrera, en la parte opuesta a la dirección del camino, y en cuyo centro había dos agujeros, uno perfectamente circular, y otro, más grande, ligeramente irregular, donde entraba y salía todo un ejército de aquellos insectos, la mayoría con sus briznas de hierba. Pensó en aquella armonía absoluta, en la necesidad de gregarización, en la necesidad de seguridad ante su pequeñez, en sentirse resguardado, en la búsqueda de no sabía muy bien qué, en ese miedo que nos hace tan gregarios y que nos lleva a la uniformización, al pensamiento único, a ser una hormiga más en un hormiguero gigante, igual que las demás, haciendo siempre lo mismo, pensando lo mismo, ocultándonos, no apartándonos del camino, buscando refugio, seguridad, en la masa, en la apariencia, en el clan, en lo igual.
Miró a Andrea. Tenía la mirada perdida en el color de las flores. Se preguntó dónde estaría ahora, en aquella búsqueda constante de palabras, de palabras que pudieran expresar lo que sentía, pero que se negaba, y de ahí aquella inconstancia, de ahí aquella necesidad de seguridad, aquel ir y venir -a veces sin sentido-, aquel querer y no poder, aquel poder y no querer, o no saber o no atreverse. ¿Y él? Seguramente no podía, pensó; y tal vez no quería. Le dio vueltas a las razones, a las de ambos. Y pensó que quizá tuviera que ver con el comportamiento de aquellas hormigas. Tal vez Andrea fuera como una de ellas, o quizá no. Tal vez él también, aunque no, se dijo, él no. Le molestaba la idea de pertenecer a un colectivo así, tan monótono, tan simple, aun dentro de su complejidad. No, a él le gustaba volar. Tal vez una cigarra. Tal vez. Recordó la fábula de la cigarra y la hormiga y sonrió para sí.
Mañana me voy. Sonó como un martillazo. La miró y se quedó callado.
¿Quieres que me quede?
Lo que yo quiera o deje de querer, carece de importancia alguna. Harás lo que quieras tú, de cualquier forma. Además…
Miró el cielo, roto en los colores de una tarde que se desvanecía en una gama de rojos muy intensos. Una nube, gris oscuro, rompía el sol por su mitad. Volvió a mirar a las hormigas, con su paso apresurado, siguiendo su ir y venir, ausentes a aquella otra realidad suya, y a aquella perfección. Se giró hacia ella, extremadamente bella. Se quedó en sus ojos un instante; era excesivamente preciosa, distinta, y distante y silenciosa.
Ninguno encontraba las palabras que parecían buscar.

7/5/10

Ser

Con mis lágrimas, recubriré tu vientre, de amaneceres.

3/5/10

Pinturas

Hay un perro enterrado en la arena, que mira hacia arriba, a su izquierda, a un espacio vacío, hacia nada. Me pregunto qué ve, qué mira. Todos los que pasan a su lado lo observan, parecen identificarse con él, pero sólo lo ven como si tratase de un cuadro, como si la realidad fuese en dos dimensiones. Y siguen. Tal vez seamos nosotros el perro, me digo.
La carretera es larga. El sol se ha pegado al suelo, aplastándose contra él. Quizá porque se ha caído, derramando todos los tonos posibles del amarillo, y los imposibles también.
No puedo apartar mis ojos de ese perro, ahí, hundido, en la arena de la cuneta, tragándoselo; cautivo, herido ante la ausencia de tantos, ante el abandono, ante el castigo, ante la indiferencia.
Miro al frente y veo ese espejismo de locos que se forma en la línea del horizonte, como una borrachera gris, producida por un cigarrillo eternamente consumido. Una mujer sentada, cuya cara es el proceso de sus emociones, huesos y músculos, el punto final del camino, de su destino, un rostro de Bacon, me mira desde allí.
Todo es rápido a mi alrededor, ahora, y sin embargo veo, como pasa, todo, con mansedumbre, como la lluvia del norte, que hace que los sonidos queden idos, suspendidos en las gotas de agua, desvaneciéndose en el suelo, sin sonido.
Tengo frío, a pesar del sol que quema, que aplasta, con es gama de amarillos.
Tengo frío, y mirar al perro semienterrado en la arena aun me produce más frío. Alargo la mano y no le alcanzo. Dos lágrimas me brotan. Nada más.

2/5/10

El otoño de las rosas

Necesito que apartes el velo, aun de seda, para verte sonreír, para poder hacerlo, para poder reír. Y es que nos queda tanto por decir, por ser y por sentir…
Alimentas mis adentros, en silencio, cuando te siento, cuando te huelo, como un drogadicto de luz, donde busco la verdad que sé, la fuente del ser, del saber, de todo; de eso que no se puede dejar, que se lleva como una oración, prendido en el pecho a fuego y cincel, como una promesa, como un milagro que no puedes creer, pero que es.
No quiero vivir más en tiempos rezagados, en el silencio del mundo, mientras no haya nada. Quiero el brillo de las perlas de lluvia. No quiero el otoño de las rosas, sino el esplendor de su olor, la primavera, tus pasos. Y escribo, por eso, con la nostalgia de un niño, nostalgia de la vida, nostalgia de ti. Y siento, como una pérdida, la vida no hecha. Por eso quiero verte sonreír, para poder hacerlo, para poder reír, por pura necesidad de respirar, de sentir, pero necesito que apartes el velo, para poder seguir, para ver la luz, para mirar la lumbre, para verte, ahí, a ti.

30/4/10

Hauki 16. Pureza/Pasión

Quiero vestirte
con lirios; desnudarte,
con amapolas.

29/4/10

Las razones de los muertos. II. Final

En todo ese tiempo no me he podido llevar un puto cigarrillo a la boca, y mira que lo he intentado. Lo he probado todo, de mil maneras diferentes, pero nada. Nada de nada. Por no poder no he podido ni siquiera cogerlo. Pero no sé que coño pasa que el olor si que me llega, o eso creo, pues a lo mejor es un asqueroso recuerdo. No sé. Pero estoy harto de estar muerto y no poder fumar a pesar de desearlo con todas mis fuerzas. ¡Qué asco de vida! No, ¡qué asco de muerte! Hay tres compañeros que no paran de seguirme a todos lados. Le han cogido gusto a mirarme cuando me acerco a alguien que está fumando e intento aspirar el humo que expulsa. Me muero de deseo, cierro los ojos, abro la boca y aspiro, pero nada, el humo me atraviesa y no consigo que entre en los pulmones. ¿Tendré? Pero lo huelo. ¡Maldita sea! Lo huelo, y me está matando. Bueno, matando no, que ya estoy muerto. Y los desgraciados se parten de risa mientras miro como lo hago. Si pudiera los mataba, pero como están muertos. Y ahí están, muertos de risa. Vaya frase: Muertos de risa. Muertos que se mueren de risa. Debe ser el colmo. Seguro que no se le ha ocurrido eso a ningún cuentachistes. Debería estar muerto para llegar a eso. Creo que estoy en el infierno. Si no, no lo entiendo. Mi castigo, oler eternamente el tabaco y no poder probarlo. Ah, que tiempos aquellos en que estaba vivo. Y así, me temo, durante el resto de los tiempos. ¡Qué asco de vida, pijo! ¡Qué asco! De muerte quiero decir. Aquí, sentado, y diciéndome a mí mismo esta sarta de tonterías, porque yo soy el único que me entiende, porque como estoy muerto -bueno, y esos tres estúpidos muertos que me siguen a todas partes riéndose a mi costa-, pues nadie me oye. ¿Quién iba a escuchar a un muerto aunque pudiera? Y todo por un puñetero cigarrillo. Qué mala suerte. Qué perra muerte. Perra vida y perra muerte. Si ya me lo advirtió mi mujer: un día, ya verás, el tabaco te va a matar. Quién me lo iba a decir. Qué cosas.

27/4/10

Las razones de los muertos. I

Yo soy un muerto. Así, sin más. Un muerto. Puede parecer una broma pero no lo es. Muerto, muerto. ¿Increíble? No. Es sencillo. Me quedé sin tabaco (que esas cosas pasan). Busqué por toda la casa, en los cajones, en los bolsillos de las chaquetas, en el bolso de mi mujer. Nada. Vacié el cubo de la basura por si había alguna colilla. Encontré una bastante grande pero estaba húmeda. La cogí ansioso e intenté encenderla. Ni “patrás”. Intenté recordar donde dejé aquel puro de la última boda a la que me invitaron. Le di vueltas al cerebro en busca de una respuesta. Y llegó. Me lo había fumado en una situación similar a ésta. Y es que soy un desastre y además... más perro que un trillo. Me hice una especie de liadillo con papel de periódico, pero el picor en la garganta y el dolor tan tremendo en los pulmones que el humo me produjo al entrar en mi cuerpo tras la primera calada, me indujeron a apagar aquello so pena de morir de una forma rara y espantosa. No me quedó más remedio que bajar a comprar un paquete. Me quité mi batín de cuadros escoceses, el pijama de felpa gris con la cara de un bulldog impreso en la camiseta, que mi mujer había tenido a bien regalarme para mi cumpleaños, las zapatillas de estar por casa, y me vestí. Las tres y media de la madrugada. No podía dormir y no tenía tabaco. Viernes. Mi mujer de parranda con las vecinas. Cuando llegué al único bar que quedaba abierto, después de recorrerme no sé cuantas manzanas, no les quedaba nada más que Ducados. Yo fumo rubio casi desde que nací. Parecía una conspiración para que dejase de fumar. Pero la necesidad de nicotina pudo más que el asco que me producía el olor del tabaco negro. ¡¿Que remedio?! Compré un paquete. Le di un billete de cinco euros y recibí (tras la consiguiente pregunta de: ¿No lleva suelto?, y la respuesta: ¡No!, un paquete de Ducados y una infinidad de monedas de diez céntimos. ¿Mala leche? Salí a la calle con un ligero desequilibrio hacia la derecha, provocado por el sobrepeso de las monedas en el bolsillo derecho del pantalón, abrí el paquete, saqué un cigarrillo y lo fui a encender cuando, en mitad de la avenida, me pareció ver un billete. No todo van a ser desgracias, pensé. Me acerqué y... efectivamente, un billete de cincuenta euros. Me agaché, con el cigarrillo aún sin encender en los labios, para cogerlo. Más contento que unas pascuas. Lo tenía ya en las manos y me iba a levantar cuando sucedió. Un borracho, sin miramiento alguno, me atropelló. ¡Y el cigarrillo sin encender! Muerto en el acto. Es sencillo. Por eso estoy muerto. Llevo dos años, tres meses y veintitrés días muerto. Y estoy harto.

25/4/10

Helio Martín

Helio Martín murió de susto. Jueves Santo. Se fue a pescar. Le dicen que en esa fecha… Pero él, que los santos le importan un comino, se baja al río. Un desprendimiento de un molino. Un estruendo enorme en la lejanía. Se corta el agua. Se seca el río. Sube asustado. En la puerta de su casa murió. Murió de susto. Era un Jueves Santo por la tarde. Allí quedó, caído sobre los adoquines, en la calle, delante de la puerta de su casa. Los ojos como salidos. Cara de loco, de aturdido, de ido…

22/4/10

Delicadeza

Caen, una a una, las hojas, como gotas de lluvia de los ojos de los afligidos. Sutiles, como las caricias de una mano que apenas roza, que sólo perfuma.
Y las siento en mí, dentro; delicadas, terciopelo.
Quiero perderme en los sonidos, y danzar, como la lluvia lo hace, sobre las hojas. Pero tan sólo puedo, tan sólo quiero, si estás ahí, entre los pétalos de las flores, como el regalo de una vida, intensa; como el sonido de una nana, adormeciendo suave.

20/4/10

El leve temblor de las amapolas

La cara compungida. El espíritu descompuesto. Siente la línea de su vida desdibujada, perdida en la nada, en el vacío, como agua clara que se escapa entre los dedos, como el rocío de la mañana con los primeros rayos del alba. Perdida en palabras, fruto de nada, de búsquedas inútiles por donde no hay. Vaga como un alma en pena, ido por dentro y por fuera. Calles ocupadas por el ruido. Noche sin estrellas. Una iglesia. Entra. La atmósfera suave. Tranquilidad. Silencio. Recogimiento. Una vieja, de negro, está sentada en un banco; la cabeza gacha. Le mira mientras anda por el pasillo central. Imágenes de la niñez le llegan cuando se arrodillaba en el banco, de suave rojo, casi apagado por el paso del tiempo y por tantas rodillas hincadas, por tantas plegarias rezadas, por tantas necesidades mostradas, por tantas agonías padecidas. Y las lágrimas, suaves, de un niño, surgiendo a borbotones, impenitentes, como de manantiales, como ofrendas de cristal transparente al dios de los milagros, al dios de sus padres, al dios de los niños.
Se arrodilla como antaño. Apoya los antebrazos sobre el respaldo del banco de delante. Cruza las manos, con fuerza. Siente el dolor en los nudillos de tanto que aprieta. Lo hace aún con más fuerza, en un intento, que sabe absurdo, de suplir el dolor del alma con el dolor del cuerpo. No hay lágrimas. Ya, parece, no hay niñez. Se siente nadie. Un ser solo. Roto, con un pasado maltrecho, con un presente muerto, con un futuro oscuro como la tumba donde yacen los seres más amados, los añorados, los extrañados, aquellos que se sienten como pérdidas de dentro y que te dejan un sentimiento de irredentismo. Apoya la frente sobre los pulgares de la mano mientras se sume en el sueño de unos sueños céreos. Llora hacia dentro. Padre, ¿por qué me has abandonado?, dice en apenas un susurro, para sí, con la esperanza, como cuando niño, de ser escuchado. Suave, a un dios desechado pero siempre presente; ocultado en los pliegues más recónditos de su atormentada alma. Señor ten piedad –siguió, y lo repitió una y otra vez, como un mantra-, Señor, ten piedad, ten piedad de mí, ayúdame, por favor.
De repente, como si a penas nada, una gota salina le escurre del alma, y la siente cómo suaviza el espíritu, cómo libera. Una gota apenas perceptible, silente, que siembra el suelo y levanta, apenas, unas motas de polvo, que se elevan. Oye un susurro. Levanta la cabeza. Mira hacia arriba. Ve.
Una estatua sencilla, de colores suaves, en tonos de azul, de rojo y de nácar, recién pintada, apenas acabada, que exhala un olor dulzón, muy agradable, y que antes no había notado entre los olores de cera e incienso. Pareciera que le mirase desde una mirada de siglos, profunda, que se le mete y se le clava, que le descubre y le traspasa, que le llega a los adentros, donde nadie antes. Y se deslumbra ante la sonrisa que le envuelve, que le arrebata. Y su alma ya no es su alma; se la regala, sobrecogido ante tanta belleza, ante el brillo de esa mirada. La piel blanca; el pelo oscuro, que asoma por debajo del azul del velo. Se siente perdido, y encontrado. Tan vivo como nunca antes. Muerto de un éxtasis que no conoce pero que ansía, que bebe. Ausente de sí, extrañado en ese poder, en esa inmanencia que ante sí tiene. Toda una vida de búsqueda y está ahí. Siempre hay un momento para todo, y éste es ese momento. La esperanza, nunca perdida, de una vida cruzada en mil azares, océanos de tiempo atravesados, tormentas inclementes, y ahí estaba, presente. El todo. Ahora es. Ahora siente. Sabe que no hay más, que en ella está todo, que siempre será. La mira a los ojos y siente que siente lo mismo, que sabe. Sonríe. Baja, ven conmigo, le dice. Soy yo, Munio. Sigue arrodillado. No consigue apartar su mirada de esos ojos, unos ojos que le dan, que le muestran el alma que lleva; de la sonrisa, una sonrisa que ilumina el espacio.
Se levanta. Se va. La vieja le mira partir. La calle es fría y ensordecedora. Ahora sabe que está preparado para la liturgia de la vida. Recuerda esa mirada y esa sonrisa, que lleva prendidas en el pecho como un escapulario. Siente el tremendo poder evocador de esas imágenes que lleva incrustadas en sus ojos. Siente el placer exquisito, y reservado -porque es lo que ocurre con los placeres exquisitos- de perderse ahí.
Vuelve todos los días. Se sienta y la mira. Un día tras otro. Impenitente. La mira. Le habla con los sonidos del silencio, con el alma, con los ojos. Paciencia, le oyó, cuajará la lágrima. Se convertirá en isla. Lloró, mientras sonreía, como sólo saben hacerlo los niños, como el niño que ha sido siempre, el que lleva dentro, el que es y no ha querido perder.

18/4/10

Relatos de los días de lluvia muda y helada

Tercer relato.
Nunca es
La luz ilumina una estancia pintada en colores verde grisáceo y amarillo macilento, desde un ángulo bajo, dejando casi en penumbra un espacio en el que hay dos recipientes de cristal, desvencijados, donde el polvo, posado, ha creado una pátina que apenas deja descubrir lo que hay en su interior. Una sábana, blanca, está arrugada, hecha un ovillo y tapa, casi en su totalidad, el sexo de lo que parece una persona mayor, de rasgos suaves, con arrugas que marcan el paso de un tiempo inexorable, intenso. Pelo blanco, barba blanca. Enjuto. Se reincorpora a medias y mira en derrededor. Extiende los brazos cómo inquiriendo. Crispa las manos, como sarmientos desperezándose. Fija la mirada en el techo, después en el suelo. Su mirada muestra la desesperanza, la imposibilidad de enderezar las cosas. Se sienta sobre la sábana. No le queda más que aguardar lo irremediable. Se introduce en él. No es la tragedia de un error fatal, o de un cúmulo de errores, sino la tragedia de la inevitabilidad. Un sino en manos de un destino inclemente, ausente de miramiento, inquebrantable en su decurso, en su acción, en sus tiempos y formas. Displicente y terrible. Quiso ser libre, piensa, pero no se atrevió, y de ahí el castigo, de ahí la culpa. Su responsabilidad es suya, solo suya. De ahí su abatimiento. Todo lo que pasa es su responsabilidad y el destino no juega, el destino es uno mismo, y él no fue su destino, no lo es.
En el otro recipiente yace una mujer, en posición fetal, desnuda. Encogida en su misma. Como queriendo fagocitarse. La mirada perdida en el otro, atravesando el ocre cristal sin ver, tal vez sin mirar.
Es un mundo de resignados. Un mundo de dos. Sólo dos. A solas consigo mismos y con el otro, pero sin el otro. A solas sin ellos, en ellos, con ellos, y nadie más. Un mundo de fantasmas, de vidas fantasmales. Una atmósfera irreal, de aire perdido, de aire malsano, pútrido, descompuesto, apenas irrespirable. Un olor acre lo llena todo. Se hablan con frases cortas, sobre ayer, como si no hubiera más tiempo que el del último día. Como si su vida se redujera a ese último día y el resto se hubiera perdido o no hubiera existido nunca. Hay en las miradas algo de incomprensión, y de aceptación, tal vez resignación, ante ese espacio, ese su mundo reducido a ese espacio y ese tiempo. Sin más espacio, sin más tiempo, en el pasado y en el futuro.
Hay una silla de ruedas en el lateral del espacio. De espaldas a los recipientes y a las personas que los ocupan. Una camilla se mueve, al lado, como movida por un leve aire que apenas perturba las motas de polvo suspendidas, como engarzadas por hilos invisibles, muy levemente, apenas, haciendo rechinar sus engranajes, muy quedamente, pero de una forma aguda, irritante.
No hay cólera. Todo es pausado. Sólo es. Resignación.
Parece la morgue, pero con vivos, o con muertos ya, precadáveres resignados. Muertos en vida, con un solo día. Nunca es.

17/4/10

Hay un cuadro en mi mente

Hay un cuadro en mi mente que me ocupa espacios y tiempos, pensamientos continuos, a destiempo o en él, en el tiempo. Un cuadro que me habla, que me dice despacio formas y colores, y sentimientos también. Es como si algo, dentro, me impeliese a volver atrás, a decir las palabras con el color, con las líneas. Y no entiendo muy bien por qué. Quizá resurge aquella antigua forma de expresión; quizás. Tal vez no debí hacerlo nunca, el apartarme de la pintura; tal vez no debí dejarla de lado, abandonada. Tal vez no debí hacer caso a las palabras ajenas y obviar mi interior, mis sentimientos, mis querencias, mis instintos. A veces ocurre eso, escuchamos a los demás y nos olvidamos de lo que nos susurra nuestro interior, nuestra alma, nuestro corazón. Quizá fue un error abandonar aquella vía de creación, de expresión, el tratar de expresar sentimientos mediante el pincel, de mostrar mundos, reales o imaginados, al margen de las palabras, de expresarlas sin estar, sin su grafía –a pesar de su belleza-, en un lienzo, en una madera o en cualquier material. Quizá. Quizá sea el momento de retomarlo, de volver a empezar, de nuevo, otra vez, de expresar así, de expresarme así también, para mí, por mí; tal vez.
Es una imagen extraña, un cuadro extraño, que será la expresión de una lluvia de lágrimas de colores, del llanto de las estrellas en la noche, en el fondo negro, tenue, de una noche ausente de luz, cuajada de líneas que resbalan por el oscuro espacio, por el negro terciopelo de la sombras, como perlas de color que resbalasen suave, con la delicadeza de una música tranquila, delicada y quieta, que acompañase esos momentos en los que estás cuando eres necesitando. Líneas del rojo de amapolas, del verde de la hierbabuena, del amarillo de los girasoles. Línea a línea, perla a perla, iluminando la noche, salpicando el firmamento oscuro, coloreándolo, resaltando el bellísimo azabache. Y es que siempre haces que lluevan colores, en la noche, cuando estás, cuando me sonríes. Me haces crear de una forma que…
Lo haré. Lo pintaré. Debo hacerlo y lo haré.

16/4/10

Camuflaje

El teniente coronel es vanidoso. Le gusta representar. Es el típico militar con mucha mano izquierda que le gusta trepar y que llega lejos, muy lejos. Habla cuatro o cinco idiomas y es querido y admirado por sus superiores, y entre la gente de otras naciones cuando se reúnen los mandos de la OTAN.
Adopta una actitud muy falsa cuando está con los hombres, sobre todo o por encima de todo, delante de la tropa. Aumenta el número de tacos hasta límites fuera de lo normal en un afán de ser ¿duro?, ¿como ellos?, ¿accesible? Sin embargo discrimina un grado. Cuando manda lo hace con cierto desprecio, distancia, marcando las clases incluso a su subordinado directo, al que le hace bromas como que ya sabe quién le va a limpiar las botas la siguiente mañana, o le espeta: ¿Te quieres ganar un arresto? Le ordena que conduzca él, a pesar del desconocimiento del terreno y de llevar un profesional que lo conoce y que domina ese tipo de coches como nadie.
Su preocupación principal es que se ha olvidado la gorra en su coche, y por ello no para de inquirir si está allí o no, porque no vaya a llegar el GMOE y… Su otra preocupación es estar para la llegada de éste, y cuando alguien le hace ver que eso puede hacer que se retrase monta en cólera y habla ordenando con toda la mala leche posible, a pesar de que muchas de las pérdidas de tiempo que estamos teniendo han sido culpa suya, por afán de protagonismo, por afán de chulería, como el subir a un punto determinado por una zona de bancales y plantas que laceran como cuchillos, con taludes prácticamente inaccesibles o de muy difícil acceso. Le digo que hay un camino cerca para el Nissan, pero me contesta que si yo podré, con interrogante, o que me vaya en el coche porque cree que para mí será difícil… No soy un miembro de operaciones de especiales, es cierto, pero la montaña es mi marco… Comenzamos y se va quedando atrás. Mi amigo me dice que bajemos el ritmo no vaya a ser que…
Tras la visita del GMOE nos quedamos sin tecol. Comienza la fiesta, el espectáculo.
1ª noche.
Día intenso. Extremadamente fatigoso. Exceso de kilómetros, paredes altas, algún descenso… Cenando bajo los pinos. Comida triste recogida a salto de mata. A veces he tenido cosas peores, también mejores. Las circunstancias. Lo importante es el desarrollo del momento, la montaña, las dificultades, el estar con los mejores especialistas. Aprender de ellos y con ellos, solventar obstáculos y escuchar este mundo nuevo, inédito para mí, al menos en directo, pues sus batallas las he oído con un par de amigos de allí dentro, y de alto rango. Sin nombres. Absolutamente prohibido. La seguridad lo exige.
Hablo con un sargento primero. Una cazoleta de café amargo y un cigarrillo en las manos.
- Cuando estás en una situación real, mientras se planifica, se organiza y te preparas, no hay nada en la mente, como miedo personal o por mi familia. Todo eso queda al margen.
- ¿Por qué?
- Porque automatizas. Durante toda la vida te has estado preparando para eso. Has hecho esas cosas miles de veces, en las maniobras, y actúas como si fuera una más. Sólo cuando comienza, o bien saltas del helicóptero o bien bajas del camión o del coche, te planteas el hecho. Y este es: ¿Estoy preparado para esto? Hasta ahora me han pagado todos los meses para hacer esto y cuando se presenta me asaltan estas preguntas: ¿Daré la talla? ¿Mis hombres darán la talla?
- ¿Qué te preocupa más, la primera o la segunda?
- Buena pregunta. Se ríe. Me alegro de que me hagas esa pregunta -en un remedo de gracioso, como si fuese una entrevista de periodista a personaje-. Pero la pregunta se queda en el aire.
Me cuenta cuál era la situación real. Renuente al principio para después pasar a generalidades, aunque sin querer decirme cuál era el objetivo. Pero la confianza, el frío, la noche que une, el hecho de saber que escribo y que a mi lado está mi mejor amigo, jefe del grupo, desata la lengua. Hace una pausa y lo suelta.
- Se trataba de entrar de noche en un pueblo serbio, donde había algunas casas separadas unas de otras y donde se sospechaba que, en el granero de una de ellas, había armas escondidas. El objetivo es entrar sin ser vistos, hacer fotografías, sacar pruebas y presentarlas al mando para demostrar que ahí hay eso y cómo actúan los serbios. Sabemos que los serbios son duros y están locos. Sabemos que todos tienen un kálashnikov, y aunque son personas y nos respetan o nos temen como fuerzas de la KFOR, queda el peligro que, de noche, se levanten, te descubran y, por miedo o por lo que sea, disparen, que se les crucen los cables. Porque a las dos o las tres de la madrugada, ¿qué pueden pensar que somos?, ¿qué hacemos? Y ante eso, ¿cómo responderíamos? ¿Hasta dónde me está permitido? ¿Puedo disparar a muerte sin problemas, sin límites? ¿Responderé a lo que se espera de mí? Hace una pausa. Mis hombres son todos unos pavos…
- Pero, ¿no son voluntarios? ¿No son todos del GOE?
- Sí, pero no valen “pa ná”.
Se calla de nuevo. Creo que con un vino y mejores viandas contaría más, o tal vez no pueda o no quiere contar más.
2ª noche.
Otro día de infierno. Intenso y magnífico.
Volvemos en el jeep, de madrugada. La noche tirado en el monte, comiendo lo que se ha encontrado. Vueltas y revueltas en busca de un enemigo fantasma. Toda una odisea. Me recuesto dentro como puedo. Un soldado primero, y uno raso con un gorro del desierto sujeto por los laterales, hablan sobre mujeres. La típica conversación de hombres. No hay variación apenas. Es lo típico. El soldado raso habla muy fino. Parece de Madrid, de Valladolid o de algún sitio similar. Gira la conversación hacia las motos. De mal en peor. Uno de ellos, no recuerdo cuál, opina sobre el que se mató, que se joda, larga, se lo merecía. No sé a qué se refiere, no puedo centrarme en sus conversaciones, me matan. De nuevo a las mujeres. Uno de ellos vive con una, en una casa con jardín y gatos extraños. Ha matado a uno; abatido, dice. No puedo más. Cierro los oídos, pero nada. El primero se tumba y sigue hablando mientras se baja el gorro sobre los ojos, como para dormir. Me suena a película de la guerra de Irak. Qué vida. Qué conversaciones. Me gustaría conocer a la mujer que vive con el soldado primero para saber cómo puede aguantar semejante vida. Sus palabras clave, caótico, abatir y “niquelao”.Todo un diccionario unido a miles de tacos, risas sin sentido y conversaciones de impresión.
Llegamos. Me hago una especie de colchón con hojas de pino en un minihueco que previamente he hecho. Me meto en el saco. Hace un frío intenso. Dormiré poco pero tranquilo.
Mañana se acaba esto. Me marcho a mi mundo.
Una paella a la vuelta con un vino blanco. Mi amigo y yo. Recogemos mis cosas en el cuartel. Me regala ciertos elementos del ejército, material de primera para la montaña. Seguimos hablando. Me promete información, pero cuando salgamos por ahí.