La podredumbre solo recibirá cieno, vacío, la
nada. Una lenta muerte en las eternas horas de la soledad, intentando descarnar
la piedra angular, creciente, absoluta, con sus solos colmillos, un día y otro
y otro más, durante toda la eternidad, sin conseguir ni tan solo arañarla. Sin poder, tan siquiera, llorar.
31/7/13
4/7/13
Otoño de abril
Beatriz Bolzoni. Yedra de otoño
No es sólo el mar, es su reflejo en la
tormenta lo que sustrae valor al eclecticismo formal de la negación de la nada,
su ausencia como elemento de comprensión del hecho. Atonía. Si pudiésemos ser
decorador de momentos, si supiésemos el valor de las lágrimas de hada, quizás
entenderíamos la inmarcesible belleza, el inigualable poder del color del
otoño de abril.
20/5/13
N
José Benlliure. La barca de Caronte
En la edad de la
desesperación solo queda el número, único asidero para huir de la demencia. Si
no nos mecemos en la abstracción corremos el riesgo de vivir el sentimiento de
lo absurdo, la inconsistencia de un mundo ajeno que se derrumba ante nosotros y
al que somos incapaces no ya de entender, sino tan siquiera de apuntalar, como
método de supervivencia.
La violencia como
alternativa hacia sí, se convierte en el único elemento a través del cual
justificamos una salida hacia cualquier lado, aun sabiendo que es,
exclusivamente, hacia dentro, y, sabiendo, aun negándolo, que ese adentro, no
es sino vacío, y que ese vacío solo conduce a la aceptación de una soledad compartida
ad infinitum que es nada, que acabará
haciéndonos desaparecer dentro de esta sempiterna red social que nos posee y
limita, que nos vive.
¿Quién permitió el
asesinato de aquel poema que engendró la vida?
14/5/13
Velos
Trato de entretejer los sueños, apenas
entrevistos entre las gotas de lluvia, como un naufrago de fragancias que no se
escuchasen, como la náusea de un suicida ante las bocas del Hades, en las
puertas del Averno.
Recorro, campos de amapolas en un desierto,
eterno y vacío, donde el sonido es cieno, donde el silencio es hielo, y el rojo
una quimera tejida bajo la lumbre de unos ojos ya ciegos, de una fe aciaga, de
una prez perdida, de un tiempo acabado.
Qué lenta es la muerte cuando no llega, ni aun
implorada.
12/4/13
European idiot. Completo
The idiot savant
La envidia es
insana y normalmente conduce al desastre. Si solo afecta a uno, ya es una
victoria, lo malo es que su radio de acción suele ser más amplio, toda vez que
somos seres sociales. Además, generalmente, la envidia, lleva aparejada la
crueldad, la maldad y algunas palabras más que terminan en “dad”.
Llevaba Benito, que
así se llamaba el personaje de esta historia, algo así como un año sin
actividad venérea compartida, y aquella última vez, tan lejana, fue breve, poco
intensa y aciaga. Postura del misionero, hubo de terminar a la mañana
siguiente, a solas, en el aseo, recordando tiempos mejores y con una imagen muy
alejada a la del cuerpo que, la noche anterior, yació bajo el suyo.
Reciclaba casi
compulsivamente. Era el único que lo hacía en su casa, lo que le había
convertido en objeto de mofa y escarnio para el resto de habitantes, y era, ese
hecho, motivo de discusión con su prole y con su prójima, con la que tenía más
“más” de los que quería y muchos “menos” de los que le hubiera gustado. Más
trabajo, más cansancio, más discusiones y menos sexo, menos horas de dormir,
menos cariño…
El nombre fue obra
de su padre, ferviente admirador trasnochado de Mussolini (que sabido es se
llamaba también Benito), en espera, su padre, de que reeditara el camino
victorioso de aquel (en sus buenos tiempos, no en los malos, claro está). Pero
Benito, el no italiano, el nuestro, no tuvo fortuna ni al principio ni al final,
y acabó sus días casándose con María, que no era Clara Petacci ni se le
acercaba. Tampoco tuvo aquella vida sexual intensa y prolija del prócer
transalpino. Nunca dirigió un partido, mucho menos un país, aunque se presentó
a las elecciones de delegado de clase, en los lejanos años del instituto, pero
las perdió también. Se le acercó en algo, y es que, tras acabar la carrera, con
mucho esfuerzo, de Turismo –dura donde las haya-, como le gustaba escribir,
mandaba cartas al director en el periódico provincial, y con esas ínfulas
alardeaba de periodista en ciernes. Así era Benito, y con aquellas pequeñas
cosas pasaba los días y las noches en un extraño estado de idiotez beatífica.
Vivía en un
chalecito, en las afueras de la ciudad, en cuyo jardín había colocado diversos
cubos de basura de considerables dimensiones, para reciclarlo todo. Había tres
o cuatro casas más en los alrededores, separadas algunos metros entre sí y todas
por caminos sin asfaltar y por parcelas vacías.
Allí pasaba esos sus
días y sus noches, en la más profunda de las soledades, rodeado de su prole, a
la que servía de chófer en sus desplazamientos a la ciudad, colegios, compras y
demás menesteres, envuelto en una solitaria humedad que le calaba la ropa y el
alma y se le pegaba como un sudario, y por el ladrido de los perros y el maullido
de los gatos, dedicado, en los escasos momentos de asueto que tenía, a separar,
casi con delicadeza, cada uno de los productos que sus allegados tiraban a la
basura, en un acto si no filosófico sí, al menos, casi religioso.
Aquel viernes,
debido al exceso de obligaciones durante toda la semana, la cantidad de
detritus acumulada era mayor de lo normal, inmensa, exasperante su visión, una
tarea casi ciclópea, por lo que pensó dedicar el resto de aquella tarde que se
apagaba, y antes de que sus labores de taxista le requiriesen, a llevarlo todo
a los contenedores que el Ayuntamiento había tenido a bien colocar a cosa de un
kilómetro de su residencia, en el cruce de caminos que llevaba a su casa y que
conectaba estos con la carretera. Tenía, para ello, una carretilla desvencijada
y con una rueda que necesitaba, a todas luces, una reparación urgente, pero que
dado el escaso tiempo, Benito posponía sine die, lo que hacía el traslado,
lento y pesado de por sí, agotador y tedioso.
La tarde caía con
rapidez, casi precipitándose sobre el lugar, con una luz apagada, mortecina y
triste. Era uno de esos días de finales de enero donde todo es frío, hasta la
sonrisa de los niños. Cargó todo lo que pudo en el vehículo, separando
previamente por departamentos, cristal, orgánico, papel. Aquello pesaba más que
una escultura de Botero, pensó. Un pensamiento que le hizo sonreír mientras le
crujía la espalda debido al dolor provocado por el peso de los detritus. Así
era él. El sudor le perlaba la piel, reflejando destellos de una luna que presidía
el cielo y alumbraba, como vio con desagrado, las coyundas de dos gatos negros
que bajo el cerezo sin hojas de solazaban a sus anchas. Descansó la carretilla
y dando un pisotón en el suelo, grito: ¡Zape! Los gatos, que miraron en su
dirección un momento, siguieron a lo suyo, en un gesto que Benito sintió como
menosprecio y que le llegó al alma como un puñal envenenado hundiéndose en un
orgullo que tenía ya herido desde mucho tiempo atrás. Levantó la carretilla
mascullando un ya veréis como estéis por aquí cuando vuelva, cabronazos, que
ahora tengo prisa.
Y allí seguían los
cabronazos, como dijo él, cuando volvió, lo que le llevó a la ira. Tiró la
carretilla haciendo un ruido de mil demonios y salió tras ellos a pesar de su
agotamiento, gritando: ¡felón, para ya, joder! Descargando toda la culpa de la
coyunda en el macho, como si un temor atávico le impidiese no pensar, pero sí,
tal vez, decir en voz alta algo que pudiese molestar a la hembra de la especie,
de cualquier especie. Los gatos dejaron el fornicio cuando lo vieron venir
hacia ellos de aquella guisa y, desuniéndose, huyeron en direcciones opuestas,
fruto de la sorpresa, lo que produjo cierto desconcierto en Benito que, ante la
duda, optó por seguir al que creyó era el macho. Si él no, pensó, el gato
tampoco. Y, como un endemoniado, corrió tras el felino gritando, te cogeré,
desgraciado.
La noche se
cerraba. La luz, escasa, sólo provenía de las ventanas, lo que creaba un juego
de sombras extraño. Dentro, María, se entretenía, mientras pasaba la tarde, en
discutir, sobre unos trapos que había llevado una conocida el otro día al
trabajo, con su amiga íntima (Rosana). ¡Qué cursi verdad! ¡Y qué gorda la
hacía! Pobre, asentía la otra. Y así pasaba la tarde, mirándose las uñas de la
mano siniestra mientras con la diestra sostenía el teléfono.
Sonó, en algún
lado, la música de “El exorcista”. Era el móvil de Benito. El tono lo había
elegido, sin embargo, María. Te va, le dijo. Y él, mostrando una sonrisa,
asintió y calló, sin comprender exactamente el porqué.
¡Benito, tu móvil!,
gritó, apartando ligeramente los labios del auricular del fijo. Pero Benito,
evidentemente, no la oía. Vivía, en ese mismo instante, un momento de
ofuscación, enfrascado en la ira y en una persecución infame a un gato que
apenas veía, que más bien intuía, y que corría, como alma que lleva el diablo,
por todos y cada uno de los rincones del jardín (los efectos del ayuntamiento
interruptus debieron haberle embotado el cerebro, impidiéndole recordar las
vías de escape, si es que las tenía impresas en algún lugar de su cerebro).
Susi, baja el
volumen de la música, por Dios, que no se oye nada, le gritó María a su hija. Y
busca a tu padre, añadió.
Green Day salía
eufórico por la puerta de la habitación de la púber, inundando toda la casa.
Papá, gritó Susi,
bajo el quicio de la puerta, hasta donde se había arrastrado desde su cama,
sita a dos pasos de ella. Papá, gritó cuanto pudo, con un gesto de disgusto en
la mirada.
María se quitó el
auricular del oído y tapó el otro extremo con la mano. Por Dios, Susi, no
grites que no se oye nada. Qué niños, masculló, antes de volver a colocarse el
aparato en la oreja y continuar el despedazamiento de la ausente, con la banda
sonora de American idiot, de fondo.
Susi bajó, con el
pijama de los Simpson aún puesto, y las zapatillas rosas con una cenefa peluda
y el dibujo de un smile, a buscar a
su padre. Cogió el móvil y miró el nombre del que llamaba. Andrés, se dijo, ese
cabrón gordo y asqueroso que huele a perros tenía que ser. Papá te llama
Andrés, volvió a gritar con cara de asco, mientras se dirigía a la ventana.
Corrió el visillo y observó lo que parecía una sombra que se movía de una
manera extraña, como haciendo aspavientos. Pegó la cara al cristal retirándola
de inmediato. Estaba helado. Era un hombre. Comenzó a temblar. Intentó decir algo
pero no pudo. Inició unos pasos hacia atrás, despacio. Mamá. Mamá, repitió en
voz queda, entre las notas de Green day. Mamá, gritó de repente, como si
despertase, mientras se giraba y corría hacia el salón. American idiot, in
crescendo, desde la habitación, como si los altavoces del mismísimo concierto
estuviesen en el piso de arriba. Mamá, han entrado ladrones en casa. Su madre
la miró estupefacta, como si hablase en japonés. ¿Qué? Que hay hombres en el
jardín, repitió temblando y a punto de llorar. Gracia, te tengo que dejar, que
han entrado ladrones en casa, le dijo María a su interlocutora, pálida y a punto
de desbordarse en un torrente de lágrimas también. ¿Qué?, le inquirió la
susodicha interlocutora. Parecía la palabra del momento, “qué”. Te dejo, le
repitió, y colgó. ¿Qué hacemos?, le dijo a su hija. Y yo qué coño sé, le
respondió esta. No me hables así, que soy tu madre, fue la respuesta mientras
comenzaba un puchero imitando al de la adolescente. Ambas se abrazaron,
llorando. Llama a la policía, al vecino, apaga las luces, desconecta la música,
huyamos… Parecía que el mundo se acababa y que había que hacerlo todo de golpe.
¿Y si nos escondemos debajo de la cama? Ya saben que estamos aquí. Pues llama a
la policía, joder. La madre descolgó el teléfono, marcó el 091 y explicó el
hecho a una policía que hablaba muy despacio, con voz nasal, como si estuviese
resfriada, y tratando de que hubiese calma y fuese todo inteligible; pero como
vio que aquello no conducía a nada, que los datos eran muy confusos, que cada
vez había más sollozos y menos palabras, le gritó: ¡Señora, tranquilícese,
joder, y dígame la calle y el número de una puta vez! María dio un respingo,
estupefacta, se recompuso el pelo, se secó las lágrimas con el dorso de la mano
libre, suspiró y lo dijo todo de carrerilla. Llegará una patrulla enseguida, no
se preocupe, mantenga la calma, métase en el baño y cierre por dentro. No tiene
cerrojo. Pues atranque la puerta, joder. Vale. Debe tener un mal día, pensó
María, tratando de disculpar sus formas. Miró a su hija. Colgó y volvió a
descolgar. Marcó el número del vecino. Aurelio, soy María, tu vecina. Han
entrado ladrones en la casa. No sé qué hacer. ¿Has llamado a la policía? Sí.
Voy con la escopeta, tranquila. Vale, gracias.
El gato corría de
un lado al otro del jardín, sin sentido alguno, a veces en zigzag, a veces en
línea recta, buscando una salida que no encontraba. Benito también. Estaba como
perdido por el deseo de darle caza y deslomarlo. La ira le había llevado a un
estado casi de éxtasis y le había dado unas fuerzas que jamás había tenido o
que no sabía que poseía. Gritaba desaforadamente. Te voy a matar felón. A
follar golfas te vas al campo, desgraciado. Estaba rojo, sudoroso. Tropezó y
cayó sobre unos bidones que había al lado de un montón de mantillo que había
comprado a bajo precio para replantar el césped cuando María lo considerase
oportuno, y que estaba, el césped, hecho un asco, como él cuando se levantó de
aquel lodazal. El agua de los bidones se había mezclado con el mantillo y esa
especie de barro le impregnó la cara y la ropa.
En lo alto del muro
apareció Aurelio, con una escopeta de dos cañones en ristre. Benito, ausente al
hecho, le gritó al gato: Te voy a matar cacho cabrón. Aurelio se quedó
petrificado ante aquel ser que veía levantándose del suelo y mirando en su
dirección y que le gritaba de aquel modo. El gato, contra la pared, arqueó el
lomo y se le quedó mirando. Aurelio disparó dos veces reventándole la cabeza a
Benito y yéndose hacia atrás, por la conservación del momento lineal, como todo
el mundo sabe, cayó al suelo desde arriba del tapial, con tan mala fortuna que
se rompió el cuello. El gato, estupefacto, maulló y se fue.
La música de Green
day fue sustituida por el ulular de las sirenas de dos coches de policía.
El cuadro era
desolador.
Apaga la sirena,
dijo el más gordo a su compañero. No puedo, está rota. Joder, vaya mierda de
recortes. Por lo menos tapa esa mierda de música, le contestó. No me gusta
Green day. Anda que la sirena… Vaya chalecito que se gastan los cabrones, no me
extraña que les entren. No seas envidioso que la envidia sólo trae desgracias.
Mira ese ahí, parece muerto. Llama y pide refuerzos. ¿Qué? Que llames y pidas
refuerzos, joder; puta sirena.
Green day seguía
sonando, entremezclado con el suave ulular de la sirena, y envuelta la noche en
la luz azulada de los coches.
Salvo aquello, todo
parecía en calma.
Un grito, de
repente, desgarró la noche, por encima de Green day, por encima de la sirena
policial. Agudo, infantil. El policía mayor miró la chapa amarilla que llevaba
junto a la placa de policía, un smile. Le miró a los ojos y sólo pudo pensar
que era un completo idiota, como casi todo el mundo. No pudo sino sonreír.
30/3/13
Carta abierta a Rosa Díez y Fernando Savater ."No decís la verdad".
"Las dos caras... la verdad y la mentira". Aldana Domínguez González
http://www.elmundo.es/elmundo/ Cristina Fallarás 30/03/2013
Totalmente de acuerdo en todo lo que dice la escritora y periodista Cristina Fallarás, y mi más total respeto y consideración a ella y a todos y cada uno de los afectados.
Totalmente de acuerdo en todo lo que dice la escritora y periodista Cristina Fallarás, y mi más total respeto y consideración a ella y a todos y cada uno de los afectados.
Me dirijo directamente a vosotros porque en alguna otra época he comprendido vuestros argumentos. Me dirijo a vosotros atónita, profundamente entristecida y, si cabe, más desesperanzada de lo que acostumbro a pasar esta época siniestra. En fin, me dirijo a vosotros, que ya es algo.
Ambos habéis mentado a Eta, o a su entorno, que es lo mismo, para calificar la labor de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca y de rebote, a Ada Colau, más concretamente el escrache. Ese gesto vuestro, esa mención al dolor y a la muerte me parece una de las tácticas más rastreras, viles e innobles que he leído u oído en toda esta confusión. ¿Y sabéis por qué? Porque no decís verdad, y lo sabéis. Porque vosotros sois muy conscientes de que, detrás de las amenazas aquellas a las que aludís, estaba la muerte. LA MUERTE. Porque detrás de cada mirilla dibujada en la puerta de un concejal dormía una bala, una bomba lapa, el final.
Comparar eso con los cientos de miles de ciudadanos que desesperados, DESESPERADOS, salen a la calle a pedirles a los políticos que no permitan su miseria radical y su abandono, que no permitan la creación de una nueva y gigantesca bolsa de exclusión, me resulta repugnante. Claro que utilizan métodos expeditivos. Los mismos que han vivido en sus carnes. Porque os recuerdo, aunque no os hace falta, que si miles y miles de ciudadanos se han quedado sin techo —¡sin techo, joder!— en este país, es porque un puñado de políticos que podía, no ha hecho nada por evitarlo, y otro gran montón se ha parado a mirar cómo sucedía. Os recuerdo, aunque sé que no os hace falta, que hemos contemplado estupefactos cómo los representantes de la ciudadanía ponían todos los medios y caudales para luchar hombro con hombro con los bancos y cajas mientras los ciudadanos perdíamos trabajo, casa y posibilidad de vivir. No de vivir dignamente, no solo, sino de comer. Os recuerdo, aunque sé que no os hace falta, que todos esos ciudadanos que boquean entre la estupefacción y la rabia más humana, más comprensible, no amenazan muerte, bala ni bomba. Sólo interrumpen la acomodada vida de quienes, pudiendo hacerlo, no han movido un músculo para evitar su exclusión social, en el sentido más bárbaro del término.
Qué fácil era reclamarse de izquierda desde las tribunas de un país que era rico, más o menos como ahora. Qué fácil era estar con los pobres, con los débiles, cuando tenían el viaje pagado a Benidorm. Qué dura me resulta ahora la vergüenza que siento.
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artículos de periódico
27/2/13
Seis
La infancia perdida. M.B. Palacios
Caminaba, siempre,
envuelta en un halo de tristeza que la vestía como un sudario de la cabeza a
los pies. Parecía muerta y, sin embargo, vivía, pero de qué manera, como una
maldición que se repetía una y otra vez y una vez más, decía para sus adentros
como un mantra, esperando que, en algún momento, aquel rosario le llevase la
vida.
Andaba, como una
pena, sin alma, sin vida, como quien mira a un pozo y solo ve, en lo más
profundo del negro, donde ya no hay ni sonido, la nada, el vacío, el tenue
reflejo de una plegaria desatendida y pedida a un Dios ausente, ido, por una
niña que se rompió allá en los tiempos, lejanos, en los que todo debió ser paraíso.
18/1/13
Insurrección
Hay momentos en los que lo que lo único que se debe hacer, lo único que cabe, lo único que queda es la insurrección, contra todos, contra todo, contra uno mismo; generar el kaos y comenzar de nuevo, desde cero, desde abajo, producir un nuevo principio, un nuevo comienzo.
Nunca me gustó Miguel Ríos, ese “padre” del rock español, pero el otro día, en el coche, escuchando la radio, una canción me reconcilió con él - aunque sigo sin comprender esa manía suya del seseo, que hace unas veces y otras no; nunca lo entendí, aunque imagino que debe ser porque en su época quedaba bien sesear, si eras del Sur o querías mostrar tus orígenes -, incluso descubrí que tenía una bonita voz y que cantaba bien. Tal vez fuese la letra de la canción (sublime, por cierto), de Manolo García, que la cantaba con este, o que me recordó mis tiempos de Granada, y estos eran los Tiempos.
Y tras esta digresión, solo eso, Insurrección.
9/1/13
al. 4
Por mucho que huyas, por más que te escondas, aun en la niebla - y aunque esta todo lo envuelve, también seca y enloquece-, jamás tendrás un segundo de descanso. Y lo malo no es ese tiempo, ese estado, ese espacio, lo peor es que la ira de Dios siempre te encontrará, incluso en ella, y hará que purgues tus pecados, que penes eternamente por ellos como un desquiciado.
3/1/13
Comienzos
El Comienzo. Virginia Palomeque
Podría empezar por “Aquel día fue largo y lluvioso, plomizo como el color de un agua que no
paraba de caer, diluvio eterno castigo de unos dioses inclementes”; o
quizás así: “Olía a sangre…”, o “Amaneció tarde, como siempre o casi siempre,
cuando ya era mediodía o estaba a punto de serlo, y sin embargo parecía
medianoche”. Podría ser de esta otra manera: “Hoy no es ayer -y sin embargo lo parece- y esto lo empecé hace tiempo,
tanto que ya ni sé, ni recuerdo”. Podría empezar por algo así como “Era una tarde seca cuando abrió la puerta,
la sintió como si la hubiese estado esperando una eternidad y ya fuese tarde
para todo”; o, “Se sentó aquella
noche, la última noche, esperando el amanecer, como se sentaba cada una de
ellas, desde que recordaba, a eso de las once”. Otro sería “Cada sábado cogía una silla y se sentaba,
con una vaso que rellenaba mil veces con tequila barato, en la terraza, y
miraba las ventanas de enfrente, para observar quizás, con cierta envidia
mezclada con desdén, a esas parejas que se sentaban y miraban el televisor,
esperando que amaneciese un nuevo día, de un nuevo año, de una nueva vida que
nunca venía”.
Tantos podría, tantas posibilidades de comenzar a
contar. Tantas. Hay mil comienzos, mejores, peores, pero en cada uno de ellos
está siempre el deseo de atrapar el alma del que comienza a adentrarse en las
letras que se escurren de la tinta al papel. Por eso, siempre pienso, lo
mejor es dejarlo ahí, en un sencillo y brillante comienzo. El resto, que sea de
cada uno, y el final solo de los dioses.
2/12/12
Chester
High Chester Road. Jacco van den Hoek
- ¡Chester! ¡Chester!...
Con
esa voz de vaca famélica y lengua áspera de tanto esperar un derrame en su
lengua que nunca llega.
La
odio. Chester, Chester… Cómo se puede llamar así a nadie, por Dios. Y esa
chaqueta roja o lo que coño quiera que sea, que lleva puesta.
Lo
peor es la inacción. Nunca me quejo. No hago nada por salir de aquí, solo
esperar con la esperanza puesta en que pase algo, en que ocurra alguna cosa que
evite mi triste y anodina vida, o que
aparezca alguien que me saque de ella. No sé, que Dios se apiade y se la lleve
a su santa gloria, que baje un ovni y la abduzca y se la lleve a su santo
planeta, o a mí (no puede ser peor), que caiga un meteorito, que… Puta vida.
Y
ocurrió. Así son las cosas, a veces. Un carro, y en estos tiempos. Quién me lo
iba a decir. A ella le hubiera encantado un Mercedes, un Seat en última
instancia, pero un carro ni en la peor de sus pesadillas. Y para turistas, adornado
con guirnaldas de colores o lo que quiera que fuese, y cascabeles o campanillas
que hacían un ruido insufrible; tirado por un burro y conducido por un gitano
más moreno que un negro del Senegal; con cuatro seres inauditos dentro,
lechosos, gordos y con una sonrisa de haberse bebido dos o tres botellas de
tinto Don Simón, cantando o intentando cantar el Viva España de Manolo Escobar
o algo parecido.
Me
llevaba cogido por la cintura, con galanura -decía ella-. Gafas de Carey estilo
años 60; el pelo recogido con un lazo dieciochesco, de lunares -a juego con el
lugar, dijo-, y un vestido rojo (su color, color nefando, odioso para mí,
aunque muy del momento), que llamaba a la muerte como el capote al toro. Pero
ni toro ni cabra, que fue asno el que embistió, con un carro detrás. Y se la
llevó por delante. El burro la golpeó poniéndole cara de susto. Yo acerté a
desasirme. Cayó hacia delante dando un traspiés. El burro la pisó y la rueda
derecha del carro le pasó por encima de la cara. Qué desastre. Las gafas rotas
sobre el rostro triste e inerte y con cierta expresión de espanto. ¡No! -debió
pensar-. ¡Por Dios, no! No es un Mercedes. Un carro no.
El
azar le dejó un rictus de amargura y una cara de vinagre, sucia, con una boñiga
encima a modo de cereza del pastel. Espantoso.
Allí
me quedé, mirando la escena, con los ojos fijos en ella. No daba crédito. Y
entonces reparé en aquel asqueroso corte de pelo que me había obligado a
hacerme para ir a Ronda a pasar el puente, que parecía el ser más cursi de la
Cristiandad, y aquella infamia roja que me regaló para mi cumpleaños y que me
obligó a ponerme para la ocasión (hace frío, querido Chester -espetó-), cuando
alguien dijo mirando hacia mí: ¿Has visto que perro tan hortera? Debe ser de
ella, van a juego.
Nunca
quise ser un perro Marilyn, ni vestir así. Pero ahí estaba, siendo objeto de
las risas del común, frente al desastre de mi creadora, sin saber si reír o
llorar, si huir o quedarme. Lo único que pude hacer, qué cosas, fue defecar.
16/11/12
Estribaciones
Rosas silvestres y escarabajo. Vincent van Gogh
En
la espiral infinita de un mundo hecho de palabras o en el laberinto borgiano
del eco de una rosa, en la mirada acuosa de un mar de lagrimas derramadas por
los ojos de un borracho o en la matriz de un poema jamás escrito. Perdido.
Pero, ¿y si la vida no es sino un trampantojo? No sé si quiero dormir o velar
en este corredor de la muerte donde se usa la estupidez como escudo.
¿Alguna
vez llegaste a oír el vuelo de una libélula en verano cuando, tumbado sobre la
hierba, después de bañarte en las aguas del río, sentías la calidez de un sol
que atravesaba tímido las ramas de los árboles acariciándote? El pecho subiendo
y bajando al compás del deleite, con una sensación como después nunca, la
respiración casi ausente, los ojos cerrados, las gotas resbalando la piel, y el
silencio apenas roto por las cigarras. Había como una pesadez en el aire, como
una red invisible por encima que todo lo cubría, invitando al desmayo. En
aquellos alrededores, todo, absolutamente todo, invitaba a perderse en el goce, como si todo fuese
nada, como si solo hubiese silencio, como si solo fuésemos alma.
¿Y
si Dios fuese un escarabajo condenado a vagar eternamente empujando su obra con
sus patas traseras, siempre mirando al suelo, siempre mirando hacia atrás?
13/11/12
Una flor de otro tiempo
Camila Salinas. Bodegón, Vanitas.
Por tantas razones el llanto. Y hoy es hoy y es
tanto. Mi nombre no nombrado, alejado. Es otro tiempo fuera de espacios
andados.
No hay nada más fértil para el alma que un paisaje
infinito, yermo y desolado. ¿Qué hay más allá del vacío, de la nada, entre los
ropajes de la necedad, de la oscura sensación de nada en sí?
Ya nada es como era, en casi ningún aspecto. Ni las
palabras apenas, puro ejercicio estilístico con ínfulas de algo, pura
banalidad, pura vacuidad, pura vanidad.
No siempre la mirada al pasado debería llevarnos al
desasosiego, aunque a veces, por razones que se nos escapan y que son más
profundas de lo que podemos imaginar, además de ignotas, nos hace estremecer.
Es en esos momentos que la dirijo a la tibieza de aquellos ojos, a la
primera. Necesitamos la franqueza para reconocernos y, en ese aspecto, yo nunca
me engañé, aunque por necesidad, a veces también, le puse un velo de ausencia
para sobrevivir.
Siempre, solo, hubo una. Y la muerte, tan contumaz
como esclava, aparece a golpes, aun sabida, y se te clava y se te hunde.
Alrededor de la dulzura viví momentos excelsos, y
todos, al margen de en los márgenes, con ella. Miradas y tactos, palabras. Ahora
miro fuera de ella y es como si viese la vida apoyado en el alféizar de una entreabierta
ventana y observase el erial de un cementerio de mí delante, plagado de cruces,
algunas vencidas, desvencijadas otras, escuchando el horrible graznido de un cuervo escarbando en la tierra
en busca de lombriz o alguna defecación.
El humo elevándose, de un cigarrillo que pende entre
los dedos de la mano, en volutas deformes que enmarcan su rostro y lo conforman
más allá de la necesidad, casi hasta el éxtasis, con la sonrisa siempre en una
boca que me fijaba como una serpiente cuyo veneno deseaba sentir bajo la piel,
recorriéndome las venas, ahogando mi alma. El sabor de un beso tras otro,
siempre dentro, en ella, en mí, en nosotros. Era pasión sentir los labios,
acariciarlos, incluso en los lugares, en los tiempos, en que Dios no se sentía
a gusto. ¿Los hay algunos? Era esencia de tacto y de más. Y lo buscábamos. Nos
gustaba sentirnos. Nos gustaba gustarnos. Morir ahí dentro. Comulgarnos. ¿A qué
saben los labios? Los suyos eran a mirra y a incienso, a viento y a mar, a
silencio. Me bebía su aliento temprano de tabaco rubio y de saliva y de deseo.
Hermoso atanor la boca donde se bebe el brebaje vital del que nos alimentamos
como posesos, ansioso del otro hasta los días de la calamidad, cuando el sonido
de las trompetas anunciaron la llegada de los últimos días, cuando una estrella
ardiente secó todas las fuentes donde habíamos bebido con la delectación propia
de la inconsciencia, de la ingenuidad, del desconocimiento. Nunca nada fue tan
hermoso como aquella risa en la que mecí una vida, como aquella espiral de
pétalos que envolvieron de aroma los años más hermosos de todo tiempo, donde
todo era comienzo y el final solo entelequia, mera apariencia, inexistente si
no era para despertar y comenzar de
nuevo. Nunca una risa dibujó líneas más livianas, más perfectas sobre piel
alguna. Y jamás palabra de ninguna boca evocó pasiones como la que en mí hubo.
Solo ella y hacia ella. Todo, ella era todo. Solo ella y desde ella. Universo.
El tiempo te hace claudicar. Mirar hacia fuera como
hacia el pasado, y no encontrar. Observar las gotas de una lluvia que se
desgana sobre la tierra, una a una, despacio -con cierta calidez si fuere
posible, me atrevería a afirmar, si no fuese porque, fuera, hace frío-, mojando
la tierra, manchando las blancas paredes de un gris casi desaparecido, invita a
la ausencia, al ensimismamiento, a la huida a los paraísos perdidos.
Es un otoño hermoso este en que me hallo, preñado de
amarillos y de rojos, de ida entre las hojas, de llanto quedo por aquello ido
de hace tanto que ya un manto blanco comienza a cubrir los espacios donde soy.
Y ella es muerta y yo aún estoy.
9/11/12
La Belleza
Iván Loubennikov. Fe, esperanza, amor.
La belleza es un barco frágil
con el que puedes quedar varado en cualquier perdida playa, con el que se puede encallar en un olvidado
arrecife, o al que una leve brisa puede dejar al pairo. Su búsqueda, sin
embargo, es lo único por lo que merece la pena luchar hoy en día, por lo que merece la
pena vivir, por lo que merece la pena morir.
4/11/12
Humores
Humores. Pergamino medieval
La diversidad de humores es tan grande como el número de pelos que pueblan nuestro cuerpo. Por eso, el mar, amigo. Mirar cómo se ensancha, cómo se abre.
Los pelos de nuestro cuerpo huelen por el sudor que emana de la piel en que se anclan, y lo hacen en mayor o menor medida en función de los lugares que cubre dicha piel. Hay espacios con unos matices más amplios que otros, dado el sitio, el número de poros, la cantidad, su tamaño, la distancia entre ellos, su acceso a la luz, al aire y tantos otros factores como deseemos tener en cuenta. Hay veces que, al abrir los ojos, tras inspirar por medio de nuestras fosas nasales, se desencadena el Apocalipsis. Y has de saber que Dios ha de juzgarlo todo, aun lo oculto, y toda acción, sea buena o mala, como dice el Eclesiastés. Y todo olor, añado yo de mi magín. O debería.
La gradación, de humores y de olores, la hacemos en función de nuestra genética olfativa e intelectual. Depende de cada uno, con posterioridad, qué aspecto desarrollamos más o menos, cuál nos interesa más o menos. Sólo apuntar que las ratas no se enamoran, y no sé si el olor es un elemento esencial en ello. El que pueda oír que oíga. Factores culturales, de higiene añadida, de vagancia, de economía (porque, el dinero no es que atraiga dinero, es que gana dinero, y este...). No se debería olvidar a los Fugger, más en una situación como la actual. Nunca se debe mirar atrás, jamás; jamás hay que girar la cabeza, porque no debes convertirte en un barco varado en tu propia historia.
Y esto ocurre desde la cabeza, la zona más común en cuanto a pilosidad se refiere, psando por la barba en los hombres ( y en algunas mujeres, hay que decirlo), hasta llegar a los lugares más peligroso e íntimos, las axilas y el sexo, también los alrededores del ano, en algunos/as, y a partir de cierta edad en muchos. Y el pecho, lugar de aisento de hebras en ellos, a veces bosques, y en ellas, algunas, de suaves tiras ancladas en los alrededores de los pezones. Mirar el mar, siempre, su infinitud, desatar los cabos que te anclan a tierra y zarpar. Navegar hacia delante. Creer en uno mismo y recrearse en la tranquilidad. Predicar la libertad y la desobediencia.
No hay más, sobre nada, nada más.
17/10/12
aB. 1
Resurgí límpido de entre las sedas de la muerte, para ser yo mismo; como nunca antes, entre los lirios.
14/10/12
Levántate y anda
Juan de Flandes. Resurrección de Lázaro
A veces nos levantamos como Lázaro -ya un muerto para siempre, un hombre que anduvo la muerte, que acompañó a la Parca-, y como él caminamos el resto de nuestra existencia, como seres traídos a una vida que no es nuestra, donde andamos sin ser, estamos sin estar, ausentes en un mundo en el que no somos y que ni tan siquiera comprendemos.
Levántate y anda, le dijo el Nazareno, y Lázaro anduvo. ¿No hubiese sido mejor no salir de la tumba para pasear eternamente esas vestiduras?
Vivir así es como cuando se entra en ese espíritu deconstructivo que agosta todo, que todo lo pudre, desnudando la piel y dejando al aire la putridez de la carne, ausente de decoro, en hebras de rojo, sanguinolentas, cubierto de harapos, con cerúleas guedejas de sebo.
A veces es mejor seguir siendo un hombre muerto.
6/10/12
Angustia
Atardecer en la calle Karl Johan. Edvard Munch
Abrí los ojos y vi un niño hambriento de ternura, sentado a la diestra de un viejo que allí estaba, también (con la mirada perdida de un loco, en busca de apoyo en otros viejos o en nadie o en quién sabe qué), indefenso como todos, como el alma, ingenuo, triste, desvalido, rodeado de esa extraña oscuridad que llueve y cala, que les amenaza. Vi muchachas sentadas en el suelo, de sonrisa extraña, repasando uno a uno sus sueños o sus ensueños, como idas o perdidas ahí, en ellos. Vi medio hombre desplazándose sobre una madera con ruedas sobre un suelo de grises adoquines, y una muñeca rota, abandonada por su dueña, con el pelo sucio y despeinado, a la que le faltaba medio pómulo, un ojo ausente, tirada, sin nadie que con ella jugase ya; y un perro muriendo. Había restos de un periódico que el viento movía, anunciando extrañas guerras en lejanos lugares de perdidos pueblos. En las paredes frases, consignas contra nadie, vacías palabras, garabatos, y entre ellas, una mujer de rostro pintado, fumando, que mira hacia la nada, esperando algo que nunca llega.
Me incliné ante todo eso, ante ellos, herido con sus mismas heridas, ausente, indefenso, desvalido, esperando, muriendo.
A veces entiendo la razón de aquel grito sobre el puente púrpura y ocre, su náusea, su angustia, la agonía, la poesía imposible de Mallarmé.
24/9/12
al. 3
Yo siempre ando la Luna a golpe de lentos andares, de caras ocultas, viviendo, cómo no, la realidad, entre la pasión y la desmesura, y soñando, cómo no también, siempre, absolutamente siempre, con la utopía, desnudando la ternura, acariciando sentires, oliendo... en altares de aliento, en...
2/9/12
El reino del Aquelarre
El Aquelarre. Goya
Nunca tuve la sensación de desasosiego hasta que me levanté aquella lluviosa y desapacible tarde, sin duda alterado por el sonido del reloj de pared dando las seis, con un golpe tras otro, que nunca antes había oído. Ojalá lloviesen amapolas alguna vez.
Solo tengo sueño, ganas de dormir y no despertar nunca. No morir, solo dormir. Quizás despertar de vez en cuando (aunque no es imprescindible, ni tan siquiera vital), mirar el reloj y saber que puedo seguir durmiendo eternamente; girarme, cerrar nuevamente los ojos y volver a dormir. Soñar la música otra vez. El bajo casi ausente, detrás, envolviendo las voces del piano y la trompeta, mientras una batería dice, casi en susurros, algo cálido, acariciando, como si oyese una hermosa voz en otra mesa, al lado, envuelta entre la volutas del humo de un cigarro sostenido por una mano inmóvil, cerca de perfectos labios que procuran risas, casi llantos.
Es un exceso la verbalización de esos sonidos, de sus ecos. Pero qué exceso.
A veces un quejido, tal vez un ruego explicado en el metal ausente que dice, mientras baja el tono para asegurar la atención del otro, o de nadie. Nunca se sabe la razón de las palabras que no huelen. Y de repente es como si sonriese.
Pobres estúpidos e ignorantes. Y aún me piden que me sienta culpable. Yo, que miro desde los sentimientos. Quieren que despierte, cuando levantarse es un suplicio. Contemplar el infinito número de horas que hay por delante es absolutamente desasosegante. Sobrevivo a través de la palabra que sueña la música que me sueña.
La inocencia machacada. No me siento humano. Trato de comprender el despropósito de levantarse cada mañana y llegar a la noche sin saber muy bien el porqué. Maldito sea el hombre que confía en el hombre, clamaba Jeremías.
Solo tengo sueño. Un sueño de sueños, o por ellos, no sé.
Una mujer aparece por detrás y habla cuando calla a través de un clarinete. Cada golpe en la tecla del piano es una sonrisa, un desmayo en el que mira.
Oh, poder cerrar los ojos y escuchar el torrente de palabras casi dadas, regaladas, acariciándome la piel.
Me gusta vivir, morir, en ese exceso de un sueño que no es sueño, que no es. Ahí, donde siente la piel, donde nace la luz, donde nace la vida, donde yace el olvido.
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