20/05/13

N

José Benlliure. La barca de Caronte
 

En la edad de la desesperación solo queda el número, único asidero para huir de la demencia. Si no nos mecemos en la abstracción corremos el riesgo de vivir el sentimiento de lo absurdo, la inconsistencia de un mundo ajeno que se derrumba ante nosotros y al que somos incapaces no ya de entender, sino tan siquiera de apuntalar, como método de supervivencia.
La violencia como alternativa hacia sí, se convierte en el único elemento a través del cual justificamos una salida hacia cualquier lado, aun sabiendo que es, exclusivamente, hacia dentro, y, sabiendo, aun negándolo, que ese adentro, no es sino vacío, y que ese vacío solo conduce a la aceptación de una soledad compartida ad infinitum que es nada, que acabará haciéndonos desaparecer dentro de esta sempiterna red social que nos posee y limita, que nos vive.
¿Quién permitió el asesinato de aquel poema que engendró la vida?

14/05/13

Velos

Trato de entretejer los sueños, apenas entrevistos entre las gotas de lluvia, como un naufrago de fragancias que no se escuchasen, como la náusea de un suicida ante las bocas del Hades, en las puertas del Averno.
Recorro, campos de amapolas en un desierto, eterno y vacío, donde el sonido es cieno, donde el silencio es hielo, y el rojo una quimera tejida bajo la lumbre de unos ojos ya ciegos, de una fe aciaga, de una prez perdida, de un tiempo acabado.
Qué lenta es la muerte cuando no llega, ni aun implorada.

12/04/13

European idiot. Completo


 
The idiot savant
 
La envidia es insana y normalmente conduce al desastre. Si solo afecta a uno, ya es una victoria, lo malo es que su radio de acción suele ser más amplio, toda vez que somos seres sociales. Además, generalmente, la envidia, lleva aparejada la crueldad, la maldad y algunas palabras más que terminan en “dad”.
Llevaba Benito, que así se llamaba el personaje de esta historia, algo así como un año sin actividad venérea compartida, y aquella última vez, tan lejana, fue breve, poco intensa y aciaga. Postura del misionero, hubo de terminar a la mañana siguiente, a solas, en el aseo, recordando tiempos mejores y con una imagen muy alejada a la del cuerpo que, la noche anterior, yació bajo el suyo.
Reciclaba casi compulsivamente. Era el único que lo hacía en su casa, lo que le había convertido en objeto de mofa y escarnio para el resto de habitantes, y era, ese hecho, motivo de discusión con su prole y con su prójima, con la que tenía más “más” de los que quería y muchos “menos” de los que le hubiera gustado. Más trabajo, más cansancio, más discusiones y menos sexo, menos horas de dormir, menos cariño…
El nombre fue obra de su padre, ferviente admirador trasnochado de Mussolini (que sabido es se llamaba también Benito), en espera, su padre, de que reeditara el camino victorioso de aquel (en sus buenos tiempos, no en los malos, claro está). Pero Benito, el no italiano, el nuestro, no tuvo fortuna ni al principio ni al final, y acabó sus días casándose con María, que no era Clara Petacci ni se le acercaba. Tampoco tuvo aquella vida sexual intensa y prolija del prócer transalpino. Nunca dirigió un partido, mucho menos un país, aunque se presentó a las elecciones de delegado de clase, en los lejanos años del instituto, pero las perdió también. Se le acercó en algo, y es que, tras acabar la carrera, con mucho esfuerzo, de Turismo –dura donde las haya-, como le gustaba escribir, mandaba cartas al director en el periódico provincial, y con esas ínfulas alardeaba de periodista en ciernes. Así era Benito, y con aquellas pequeñas cosas pasaba los días y las noches en un extraño estado de idiotez beatífica.
Vivía en un chalecito, en las afueras de la ciudad, en cuyo jardín había colocado diversos cubos de basura de considerables dimensiones, para reciclarlo todo. Había tres o cuatro casas más en los alrededores, separadas algunos metros entre sí y todas por caminos sin asfaltar y por parcelas vacías.
Allí pasaba esos sus días y sus noches, en la más profunda de las soledades, rodeado de su prole, a la que servía de chófer en sus desplazamientos a la ciudad, colegios, compras y demás menesteres, envuelto en una solitaria humedad que le calaba la ropa y el alma y se le pegaba como un sudario, y por el ladrido de los perros y el maullido de los gatos, dedicado, en los escasos momentos de asueto que tenía, a separar, casi con delicadeza, cada uno de los productos que sus allegados tiraban a la basura, en un acto si no filosófico sí, al menos, casi religioso.
Aquel viernes, debido al exceso de obligaciones durante toda la semana, la cantidad de detritus acumulada era mayor de lo normal, inmensa, exasperante su visión, una tarea casi ciclópea, por lo que pensó dedicar el resto de aquella tarde que se apagaba, y antes de que sus labores de taxista le requiriesen, a llevarlo todo a los contenedores que el Ayuntamiento había tenido a bien colocar a cosa de un kilómetro de su residencia, en el cruce de caminos que llevaba a su casa y que conectaba estos con la carretera. Tenía, para ello, una carretilla desvencijada y con una rueda que necesitaba, a todas luces, una reparación urgente, pero que dado el escaso tiempo, Benito posponía sine die, lo que hacía el traslado, lento y pesado de por sí, agotador y tedioso.
La tarde caía con rapidez, casi precipitándose sobre el lugar, con una luz apagada, mortecina y triste. Era uno de esos días de finales de enero donde todo es frío, hasta la sonrisa de los niños. Cargó todo lo que pudo en el vehículo, separando previamente por departamentos, cristal, orgánico, papel. Aquello pesaba más que una escultura de Botero, pensó. Un pensamiento que le hizo sonreír mientras le crujía la espalda debido al dolor provocado por el peso de los detritus. Así era él. El sudor le perlaba la piel, reflejando destellos de una luna que presidía el cielo y alumbraba, como vio con desagrado, las coyundas de dos gatos negros que bajo el cerezo sin hojas de solazaban a sus anchas. Descansó la carretilla y dando un pisotón en el suelo, grito: ¡Zape! Los gatos, que miraron en su dirección un momento, siguieron a lo suyo, en un gesto que Benito sintió como menosprecio y que le llegó al alma como un puñal envenenado hundiéndose en un orgullo que tenía ya herido desde mucho tiempo atrás. Levantó la carretilla mascullando un ya veréis como estéis por aquí cuando vuelva, cabronazos, que ahora tengo prisa.
Y allí seguían los cabronazos, como dijo él, cuando volvió, lo que le llevó a la ira. Tiró la carretilla haciendo un ruido de mil demonios y salió tras ellos a pesar de su agotamiento, gritando: ¡felón, para ya, joder! Descargando toda la culpa de la coyunda en el macho, como si un temor atávico le impidiese no pensar, pero sí, tal vez, decir en voz alta algo que pudiese molestar a la hembra de la especie, de cualquier especie. Los gatos dejaron el fornicio cuando lo vieron venir hacia ellos de aquella guisa y, desuniéndose, huyeron en direcciones opuestas, fruto de la sorpresa, lo que produjo cierto desconcierto en Benito que, ante la duda, optó por seguir al que creyó era el macho. Si él no, pensó, el gato tampoco. Y, como un endemoniado, corrió tras el felino gritando, te cogeré, desgraciado.
La noche se cerraba. La luz, escasa, sólo provenía de las ventanas, lo que creaba un juego de sombras extraño. Dentro, María, se entretenía, mientras pasaba la tarde, en discutir, sobre unos trapos que había llevado una conocida el otro día al trabajo, con su amiga íntima (Rosana). ¡Qué cursi verdad! ¡Y qué gorda la hacía! Pobre, asentía la otra. Y así pasaba la tarde, mirándose las uñas de la mano siniestra mientras con la diestra sostenía el teléfono.
Sonó, en algún lado, la música de “El exorcista”. Era el móvil de Benito. El tono lo había elegido, sin embargo, María. Te va, le dijo. Y él, mostrando una sonrisa, asintió y calló, sin comprender exactamente el porqué.
¡Benito, tu móvil!, gritó, apartando ligeramente los labios del auricular del fijo. Pero Benito, evidentemente, no la oía. Vivía, en ese mismo instante, un momento de ofuscación, enfrascado en la ira y en una persecución infame a un gato que apenas veía, que más bien intuía, y que corría, como alma que lleva el diablo, por todos y cada uno de los rincones del jardín (los efectos del ayuntamiento interruptus debieron haberle embotado el cerebro, impidiéndole recordar las vías de escape, si es que las tenía impresas en algún lugar de su cerebro).
Susi, baja el volumen de la música, por Dios, que no se oye nada, le gritó María a su hija. Y busca a tu padre, añadió.
Green Day salía eufórico por la puerta de la habitación de la púber, inundando toda la casa.
Papá, gritó Susi, bajo el quicio de la puerta, hasta donde se había arrastrado desde su cama, sita a dos pasos de ella. Papá, gritó cuanto pudo, con un gesto de disgusto en la mirada.
María se quitó el auricular del oído y tapó el otro extremo con la mano. Por Dios, Susi, no grites que no se oye nada. Qué niños, masculló, antes de volver a colocarse el aparato en la oreja y continuar el despedazamiento de la ausente, con la banda sonora de American idiot, de fondo.
Susi bajó, con el pijama de los Simpson aún puesto, y las zapatillas rosas con una cenefa peluda y el dibujo de un smile, a buscar a su padre. Cogió el móvil y miró el nombre del que llamaba. Andrés, se dijo, ese cabrón gordo y asqueroso que huele a perros tenía que ser. Papá te llama Andrés, volvió a gritar con cara de asco, mientras se dirigía a la ventana. Corrió el visillo y observó lo que parecía una sombra que se movía de una manera extraña, como haciendo aspavientos. Pegó la cara al cristal retirándola de inmediato. Estaba helado. Era un hombre. Comenzó a temblar. Intentó decir algo pero no pudo. Inició unos pasos hacia atrás, despacio. Mamá. Mamá, repitió en voz queda, entre las notas de Green day. Mamá, gritó de repente, como si despertase, mientras se giraba y corría hacia el salón. American idiot, in crescendo, desde la habitación, como si los altavoces del mismísimo concierto estuviesen en el piso de arriba. Mamá, han entrado ladrones en casa. Su madre la miró estupefacta, como si hablase en japonés. ¿Qué? Que hay hombres en el jardín, repitió temblando y a punto de llorar. Gracia, te tengo que dejar, que han entrado ladrones en casa, le dijo María a su interlocutora, pálida y a punto de desbordarse en un torrente de lágrimas también. ¿Qué?, le inquirió la susodicha interlocutora. Parecía la palabra del momento, “qué”. Te dejo, le repitió, y colgó. ¿Qué hacemos?, le dijo a su hija. Y yo qué coño sé, le respondió esta. No me hables así, que soy tu madre, fue la respuesta mientras comenzaba un puchero imitando al de la adolescente. Ambas se abrazaron, llorando. Llama a la policía, al vecino, apaga las luces, desconecta la música, huyamos… Parecía que el mundo se acababa y que había que hacerlo todo de golpe. ¿Y si nos escondemos debajo de la cama? Ya saben que estamos aquí. Pues llama a la policía, joder. La madre descolgó el teléfono, marcó el 091 y explicó el hecho a una policía que hablaba muy despacio, con voz nasal, como si estuviese resfriada, y tratando de que hubiese calma y fuese todo inteligible; pero como vio que aquello no conducía a nada, que los datos eran muy confusos, que cada vez había más sollozos y menos palabras, le gritó: ¡Señora, tranquilícese, joder, y dígame la calle y el número de una puta vez! María dio un respingo, estupefacta, se recompuso el pelo, se secó las lágrimas con el dorso de la mano libre, suspiró y lo dijo todo de carrerilla. Llegará una patrulla enseguida, no se preocupe, mantenga la calma, métase en el baño y cierre por dentro. No tiene cerrojo. Pues atranque la puerta, joder. Vale. Debe tener un mal día, pensó María, tratando de disculpar sus formas. Miró a su hija. Colgó y volvió a descolgar. Marcó el número del vecino. Aurelio, soy María, tu vecina. Han entrado ladrones en la casa. No sé qué hacer. ¿Has llamado a la policía? Sí. Voy con la escopeta, tranquila. Vale, gracias.
El gato corría de un lado al otro del jardín, sin sentido alguno, a veces en zigzag, a veces en línea recta, buscando una salida que no encontraba. Benito también. Estaba como perdido por el deseo de darle caza y deslomarlo. La ira le había llevado a un estado casi de éxtasis y le había dado unas fuerzas que jamás había tenido o que no sabía que poseía. Gritaba desaforadamente. Te voy a matar felón. A follar golfas te vas al campo, desgraciado. Estaba rojo, sudoroso. Tropezó y cayó sobre unos bidones que había al lado de un montón de mantillo que había comprado a bajo precio para replantar el césped cuando María lo considerase oportuno, y que estaba, el césped, hecho un asco, como él cuando se levantó de aquel lodazal. El agua de los bidones se había mezclado con el mantillo y esa especie de barro le impregnó la cara y la ropa.
En lo alto del muro apareció Aurelio, con una escopeta de dos cañones en ristre. Benito, ausente al hecho, le gritó al gato: Te voy a matar cacho cabrón. Aurelio se quedó petrificado ante aquel ser que veía levantándose del suelo y mirando en su dirección y que le gritaba de aquel modo. El gato, contra la pared, arqueó el lomo y se le quedó mirando. Aurelio disparó dos veces reventándole la cabeza a Benito y yéndose hacia atrás, por la conservación del momento lineal, como todo el mundo sabe, cayó al suelo desde arriba del tapial, con tan mala fortuna que se rompió el cuello. El gato, estupefacto, maulló y se fue.
La música de Green day fue sustituida por el ulular de las sirenas de dos coches de policía.
El cuadro era desolador.
Apaga la sirena, dijo el más gordo a su compañero. No puedo, está rota. Joder, vaya mierda de recortes. Por lo menos tapa esa mierda de música, le contestó. No me gusta Green day. Anda que la sirena… Vaya chalecito que se gastan los cabrones, no me extraña que les entren. No seas envidioso que la envidia sólo trae desgracias. Mira ese ahí, parece muerto. Llama y pide refuerzos. ¿Qué? Que llames y pidas refuerzos, joder; puta sirena.
Green day seguía sonando, entremezclado con el suave ulular de la sirena, y envuelta la noche en la luz azulada de los coches.
Salvo aquello, todo parecía en calma.
Un grito, de repente, desgarró la noche, por encima de Green day, por encima de la sirena policial. Agudo, infantil. El policía mayor miró la chapa amarilla que llevaba junto a la placa de policía, un smile. Le miró a los ojos y sólo pudo pensar que era un completo idiota, como casi todo el mundo. No pudo sino sonreír.

30/03/13

Carta abierta a Rosa Díez y Fernando Savater ."No decís la verdad".

"Las dos caras... la verdad y la mentira". Aldana Domínguez González
 
http://www.elmundo.es/elmundo/ Cristina Fallarás 30/03/2013
Totalmente de acuerdo en todo lo que dice la escritora y periodista Cristina Fallarás, y mi más total respeto y consideración a ella y a todos y cada uno de los afectados.
Me dirijo directamente a vosotros porque en alguna otra época he comprendido vuestros argumentos. Me dirijo a vosotros atónita, profundamente entristecida y, si cabe, más desesperanzada de lo que acostumbro a pasar esta época siniestra. En fin, me dirijo a vosotros, que ya es algo.
Ambos habéis mentado a Eta, o a su entorno, que es lo mismo, para calificar la labor de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca y de rebote, a Ada Colau, más concretamente el escrache. Ese gesto vuestro, esa mención al dolor y a la muerte me parece una de las tácticas más rastreras, viles e innobles que he leído u oído en toda esta confusión. ¿Y sabéis por qué? Porque no decís verdad, y lo sabéis. Porque vosotros sois muy conscientes de que, detrás de las amenazas aquellas a las que aludís, estaba la muerte. LA MUERTE. Porque detrás de cada mirilla dibujada en la puerta de un concejal dormía una bala, una bomba lapa, el final.
Comparar eso con los cientos de miles de ciudadanos que desesperados, DESESPERADOS, salen a la calle a pedirles a los políticos que no permitan su miseria radical y su abandono, que no permitan la creación de una nueva y gigantesca bolsa de exclusión, me resulta repugnante. Claro que utilizan métodos expeditivos. Los mismos que han vivido en sus carnes. Porque os recuerdo, aunque no os hace falta, que si miles y miles de ciudadanos se han quedado sin techo —¡sin techo, joder!— en este país, es porque un puñado de políticos que podía, no ha hecho nada por evitarlo, y otro gran montón se ha parado a mirar cómo sucedía. Os recuerdo, aunque sé que no os hace falta, que hemos contemplado estupefactos cómo los representantes de la ciudadanía ponían todos los medios y caudales para luchar hombro con hombro con los bancos y cajas mientras los ciudadanos perdíamos trabajo, casa y posibilidad de vivir. No de vivir dignamente, no solo, sino de comer. Os recuerdo, aunque sé que no os hace falta, que todos esos ciudadanos que boquean entre la estupefacción y la rabia más humana, más comprensible, no amenazan muerte, bala ni bomba. Sólo interrumpen la acomodada vida de quienes, pudiendo hacerlo, no han movido un músculo para evitar su exclusión social, en el sentido más bárbaro del término.
Qué fácil era reclamarse de izquierda desde las tribunas de un país que era rico, más o menos como ahora. Qué fácil era estar con los pobres, con los débiles, cuando tenían el viaje pagado a Benidorm. Qué dura me resulta ahora la vergüenza que siento.

27/02/13

Seis

La infancia perdida. M.B. Palacios

Caminaba, siempre, envuelta en un halo de tristeza que la vestía como un sudario de la cabeza a los pies. Parecía muerta y, sin embargo, vivía, pero de qué manera, como una maldición que se repetía una y otra vez y una vez más, decía para sus adentros como un mantra, esperando que, en algún momento, aquel rosario le llevase la vida.
Andaba, como una pena, sin alma, sin vida, como quien mira a un pozo y solo ve, en lo más profundo del negro, donde ya no hay ni sonido, la nada, el vacío, el tenue reflejo de una plegaria desatendida y pedida a un Dios ausente, ido, por una niña que se rompió allá en los tiempos, lejanos, en los que todo debió ser paraíso.

18/01/13

Insurrección



Hay momentos en los que lo que lo único que se debe hacer, lo único que cabe, lo único que queda es la insurrección, contra todos, contra todo, contra uno mismo; generar el kaos y comenzar de nuevo, desde cero, desde abajo, producir un nuevo principio, un nuevo comienzo.
Nunca me gustó Miguel Ríos, ese “padre” del rock español, pero el otro día, en el coche, escuchando la radio, una canción me reconcilió con él - aunque sigo sin comprender esa manía suya del seseo, que hace unas veces y otras no; nunca lo entendí, aunque imagino que debe ser porque en su época quedaba bien sesear, si eras del Sur o querías mostrar tus orígenes -, incluso descubrí que tenía una bonita voz y que cantaba bien. Tal vez fuese la letra de la canción (sublime, por cierto), de Manolo García, que la cantaba con este, o que me recordó mis tiempos de Granada, y estos eran los Tiempos.
Y tras esta digresión, solo eso, Insurrección. 

09/01/13

al. 4

Por mucho que huyas, por más que te escondas, aun en la niebla - y aunque esta todo lo envuelve, también seca y enloquece-, jamás tendrás un segundo de descanso. Y lo malo no es ese tiempo, ese estado, ese espacio, lo peor es que la ira de Dios siempre te encontrará, incluso en ella, y hará que purgues tus pecados, que penes eternamente por ellos como un desquiciado.

03/01/13

Comienzos

El Comienzo. Virginia Palomeque
 
Podría empezar por “Aquel día fue largo y lluvioso, plomizo como el color de un agua que no paraba de caer, diluvio eterno castigo de unos dioses inclementes”; o quizás así: “Olía a sangre…”, o “Amaneció tarde, como siempre o casi siempre, cuando ya era mediodía o estaba a punto de serlo, y sin embargo parecía medianoche”. Podría ser de esta otra manera: “Hoy no es ayer -y sin embargo lo parece- y esto lo empecé hace tiempo, tanto que ya ni sé, ni recuerdo”. Podría empezar por algo así como “Era una tarde seca cuando abrió la puerta, la sintió como si la hubiese estado esperando una eternidad y ya fuese tarde para todo”; o, “Se sentó aquella noche, la última noche, esperando el amanecer, como se sentaba cada una de ellas, desde que recordaba, a eso de las once”. Otro sería “Cada sábado cogía una silla y se sentaba, con una vaso que rellenaba mil veces con tequila barato, en la terraza, y miraba las ventanas de enfrente, para observar quizás, con cierta envidia mezclada con desdén, a esas parejas que se sentaban y miraban el televisor, esperando que amaneciese un nuevo día, de un nuevo año, de una nueva vida que nunca venía”.
Tantos podría, tantas posibilidades de comenzar a contar. Tantas. Hay mil comienzos, mejores, peores, pero en cada uno de ellos está siempre el deseo de atrapar el alma del que comienza a adentrarse en las letras que se escurren de la tinta al papel. Por eso, siempre pienso, lo mejor es dejarlo ahí, en un sencillo y brillante comienzo. El resto, que sea de cada uno, y el final solo de los dioses.

02/12/12

Chester

High Chester Road. Jacco van den Hoek
 
- ¡Chester! ¡Chester!...
Con esa voz de vaca famélica y lengua áspera de tanto esperar un derrame en su lengua que nunca llega.
La odio. Chester, Chester… Cómo se puede llamar así a nadie, por Dios. Y esa chaqueta roja o lo que coño quiera que sea, que lleva puesta.
Lo peor es la inacción. Nunca me quejo. No hago nada por salir de aquí, solo esperar con la esperanza puesta en que pase algo, en que ocurra alguna cosa que evite  mi triste y anodina vida, o que aparezca alguien que me saque de ella. No sé, que Dios se apiade y se la lleve a su santa gloria, que baje un ovni y la abduzca y se la lleve a su santo planeta, o a mí (no puede ser peor), que caiga un meteorito, que… Puta vida.
 
Y ocurrió. Así son las cosas, a veces. Un carro, y en estos tiempos. Quién me lo iba a decir. A ella le hubiera encantado un Mercedes, un Seat en última instancia, pero un carro ni en la peor de sus pesadillas. Y para turistas, adornado con guirnaldas de colores o lo que quiera que fuese, y cascabeles o campanillas que hacían un ruido insufrible; tirado por un burro y conducido por un gitano más moreno que un negro del Senegal; con cuatro seres inauditos dentro, lechosos, gordos y con una sonrisa de haberse bebido dos o tres botellas de tinto Don Simón, cantando o intentando cantar el Viva España de Manolo Escobar o algo parecido.
Me llevaba cogido por la cintura, con galanura -decía ella-. Gafas de Carey estilo años 60; el pelo recogido con un lazo dieciochesco, de lunares -a juego con el lugar, dijo-, y un vestido rojo (su color, color nefando, odioso para mí, aunque muy del momento), que llamaba a la muerte como el capote al toro. Pero ni toro ni cabra, que fue asno el que embistió, con un carro detrás. Y se la llevó por delante. El burro la golpeó poniéndole cara de susto. Yo acerté a desasirme. Cayó hacia delante dando un traspiés. El burro la pisó y la rueda derecha del carro le pasó por encima de la cara. Qué desastre. Las gafas rotas sobre el rostro triste e inerte y con cierta expresión de espanto. ¡No! -debió pensar-. ¡Por Dios, no! No es un Mercedes. Un carro no.
El azar le dejó un rictus de amargura y una cara de vinagre, sucia, con una boñiga encima a modo de cereza del pastel. Espantoso.
 
Allí me quedé, mirando la escena, con los ojos fijos en ella. No daba crédito. Y entonces reparé en aquel asqueroso corte de pelo que me había obligado a hacerme para ir a Ronda a pasar el puente, que parecía el ser más cursi de la Cristiandad, y aquella infamia roja que me regaló para mi cumpleaños y que me obligó a ponerme para la ocasión (hace frío, querido Chester -espetó-), cuando alguien dijo mirando hacia mí: ¿Has visto que perro tan hortera? Debe ser de ella, van a juego.
Nunca quise ser un perro Marilyn, ni vestir así. Pero ahí estaba, siendo objeto de las risas del común, frente al desastre de mi creadora, sin saber si reír o llorar, si huir o quedarme. Lo único que pude hacer, qué cosas, fue defecar.

16/11/12

Estribaciones


Rosas silvestres y escarabajo. Vincent van Gogh
 
En la espiral infinita de un mundo hecho de palabras o en el laberinto borgiano del eco de una rosa, en la mirada acuosa de un mar de lagrimas derramadas por los ojos de un borracho o en la matriz de un poema jamás escrito. Perdido. Pero, ¿y si la vida no es sino un trampantojo? No sé si quiero dormir o velar en este corredor de la muerte donde se usa la estupidez como escudo.
¿Alguna vez llegaste a oír el vuelo de una libélula en verano cuando, tumbado sobre la hierba, después de bañarte en las aguas del río, sentías la calidez de un sol que atravesaba tímido las ramas de los árboles acariciándote? El pecho subiendo y bajando al compás del deleite, con una sensación como después nunca, la respiración casi ausente, los ojos cerrados, las gotas resbalando la piel, y el silencio apenas roto por las cigarras. Había como una pesadez en el aire, como una red invisible por encima que todo lo cubría, invitando al desmayo. En aquellos alrededores, todo, absolutamente todo, invitaba  a perderse en el goce, como si todo fuese nada, como si solo hubiese silencio, como si solo fuésemos alma.
¿Y si Dios fuese un escarabajo condenado a vagar eternamente empujando su obra con sus patas traseras, siempre mirando al suelo, siempre mirando hacia atrás?
 
 
 

 

 

13/11/12

Una flor de otro tiempo

Camila Salinas. Bodegón, Vanitas.
 
Por tantas razones el llanto. Y hoy es hoy y es tanto. Mi nombre no nombrado, alejado. Es otro tiempo fuera de espacios andados.
No hay nada más fértil para el alma que un paisaje infinito, yermo y desolado. ¿Qué hay más allá del vacío, de la nada, entre los ropajes de la necedad, de la oscura sensación de nada en sí?
Ya nada es como era, en casi ningún aspecto. Ni las palabras apenas, puro ejercicio estilístico con ínfulas de algo, pura banalidad, pura vacuidad, pura vanidad.
No siempre la mirada al pasado debería llevarnos al desasosiego, aunque a veces, por razones que se nos escapan y que son más profundas de lo que podemos imaginar, además de ignotas, nos hace estremecer. Es en esos momentos que la dirijo a la tibieza de aquellos ojos, a la primera. Necesitamos la franqueza para reconocernos y, en ese aspecto, yo nunca me engañé, aunque por necesidad, a veces también, le puse un velo de ausencia para sobrevivir.
Siempre, solo, hubo una. Y la muerte, tan contumaz como esclava, aparece a golpes, aun sabida, y se te clava y se te hunde.
Alrededor de la dulzura viví momentos excelsos, y todos, al margen de en los márgenes, con ella. Miradas y tactos, palabras. Ahora miro fuera de ella y es como si viese la vida apoyado en el alféizar de una entreabierta ventana y observase el erial de un cementerio de mí delante, plagado de cruces, algunas vencidas, desvencijadas otras, escuchando el horrible  graznido de un cuervo escarbando en la tierra en busca de lombriz o alguna defecación.
El humo elevándose, de un cigarrillo que pende entre los dedos de la mano, en volutas deformes que enmarcan su rostro y lo conforman más allá de la necesidad, casi hasta el éxtasis, con la sonrisa siempre en una boca que me fijaba como una serpiente cuyo veneno deseaba sentir bajo la piel, recorriéndome las venas, ahogando mi alma. El sabor de un beso tras otro, siempre dentro, en ella, en mí, en nosotros. Era pasión sentir los labios, acariciarlos, incluso en los lugares, en los tiempos, en que Dios no se sentía a gusto. ¿Los hay algunos? Era esencia de tacto y de más. Y lo buscábamos. Nos gustaba sentirnos. Nos gustaba gustarnos. Morir ahí dentro. Comulgarnos. ¿A qué saben los labios? Los suyos eran a mirra y a incienso, a viento y a mar, a silencio. Me bebía su aliento temprano de tabaco rubio y de saliva y de deseo. Hermoso atanor la boca donde se bebe el brebaje vital del que nos alimentamos como posesos, ansioso del otro hasta los días de la calamidad, cuando el sonido de las trompetas anunciaron la llegada de los últimos días, cuando una estrella ardiente secó todas las fuentes donde habíamos bebido con la delectación propia de la inconsciencia, de la ingenuidad, del desconocimiento. Nunca nada fue tan hermoso como aquella risa en la que mecí una vida, como aquella espiral de pétalos que envolvieron de aroma los años más hermosos de todo tiempo, donde todo era comienzo y el final solo entelequia, mera apariencia, inexistente si no era para despertar  y comenzar de nuevo. Nunca una risa dibujó líneas más livianas, más perfectas sobre piel alguna. Y jamás palabra de ninguna boca evocó pasiones como la que en mí hubo. Solo ella y hacia ella. Todo, ella era todo. Solo ella y desde ella. Universo.
El tiempo te hace claudicar. Mirar hacia fuera como hacia el pasado, y no encontrar. Observar las gotas de una lluvia que se desgana sobre la tierra, una a una, despacio -con cierta calidez si fuere posible, me atrevería a afirmar, si no fuese porque, fuera, hace frío-, mojando la tierra, manchando las blancas paredes de un gris casi desaparecido, invita a la ausencia, al ensimismamiento, a la huida a los paraísos perdidos.
Es un otoño hermoso este en que me hallo, preñado de amarillos y de rojos, de ida entre las hojas, de llanto quedo por aquello ido de hace tanto que ya un manto blanco comienza a cubrir los espacios donde soy. Y ella es muerta y yo aún estoy.
 

09/11/12

La Belleza


Iván Loubennikov. Fe, esperanza, amor.
La belleza es un barco frágil con el que puedes quedar varado en cualquier perdida playa, con el que se puede encallar en un olvidado arrecife, o al que una leve brisa puede dejar al pairo. Su búsqueda, sin embargo, es lo único por lo que merece la pena luchar hoy en día, por lo que merece la pena vivir, por lo que merece la pena morir.

04/11/12

Humores

Humores. Pergamino medieval
 
La diversidad de humores es tan grande como el número de pelos que pueblan nuestro cuerpo. Por eso, el mar, amigo. Mirar cómo se ensancha, cómo se abre.
Los pelos de nuestro cuerpo huelen por el sudor que emana de la piel en que se anclan, y lo hacen en mayor o menor medida en función de los lugares que cubre dicha piel. Hay espacios con unos matices más amplios que otros, dado el sitio, el número de poros, la cantidad, su tamaño, la distancia entre ellos, su acceso a la luz, al aire y tantos otros factores como deseemos tener en cuenta. Hay veces que, al abrir los ojos, tras inspirar por medio de nuestras fosas nasales, se desencadena el Apocalipsis. Y has de saber que Dios ha de juzgarlo todo, aun lo oculto, y toda acción, sea buena o mala, como dice el Eclesiastés. Y todo olor, añado yo de mi magín. O debería.
La gradación, de humores y de olores, la hacemos en función de nuestra genética olfativa e intelectual. Depende de cada uno, con posterioridad, qué aspecto desarrollamos más o menos, cuál nos interesa más o menos. Sólo apuntar que las ratas no se enamoran, y no sé si el olor es un elemento esencial en ello. El que pueda oír que oíga. Factores culturales, de higiene añadida, de vagancia, de economía (porque, el dinero no es que atraiga dinero, es que gana dinero, y este...). No se debería olvidar a los Fugger, más en una situación como la actual. Nunca se debe mirar atrás, jamás; jamás hay que girar la cabeza, porque no debes convertirte en un barco varado en tu propia historia.
Y esto ocurre desde la cabeza, la zona más común en cuanto a pilosidad se refiere, psando por la barba en los hombres ( y en algunas mujeres, hay que decirlo), hasta llegar a los lugares más peligroso e íntimos, las axilas y el sexo, también los alrededores del ano, en algunos/as, y a partir de cierta edad en muchos. Y el pecho, lugar de aisento de hebras en ellos, a veces bosques, y en ellas, algunas, de suaves tiras ancladas en los alrededores de los pezones. Mirar el mar, siempre, su infinitud, desatar los cabos que te anclan a tierra y zarpar. Navegar hacia delante. Creer en uno mismo y recrearse en la tranquilidad. Predicar la libertad y la desobediencia.
No hay más, sobre nada, nada más.


17/10/12

aB. 1


Resurgí límpido de entre las sedas de la muerte, para ser yo mismo; como nunca antes, entre los lirios.

14/10/12

Levántate y anda

Juan de Flandes. Resurrección de Lázaro

A veces nos levantamos como Lázaro -ya un muerto para siempre, un hombre que anduvo la muerte, que acompañó a la Parca-, y como él caminamos el resto de nuestra existencia, como seres traídos a una vida que no es nuestra, donde andamos sin ser, estamos sin estar, ausentes en un mundo en el que no somos y que ni tan siquiera comprendemos.
Levántate y anda, le dijo el Nazareno, y Lázaro anduvo. ¿No hubiese sido mejor no salir de la tumba para pasear eternamente esas vestiduras?
Vivir así es como cuando se entra en ese espíritu deconstructivo que agosta todo, que todo lo pudre, desnudando la piel y dejando al aire la putridez de la carne, ausente de decoro, en hebras de rojo, sanguinolentas, cubierto de harapos, con cerúleas guedejas de sebo.
A veces es mejor seguir siendo un hombre muerto.