2/5/14

Aquella tarde en el bar gris

Ernest Descals. Bar
 
En realidad no me preguntó nada. En su voz sólo había silencio. La verdad se escapa a veces a la comprensión. Me miró desde la acuosidad y me dijo lo que decía que llevaba una vida tratando de decir. No es que no pudiera, es que se negaba a articular palabra. O eso me dijo, después de mirarme y decirme, sin decir, que me conocía desde hacía una eternidad.
Era aún más gris la atmósfera gris de aquel bar gris al que yo iba desde siempre sentándome en la esquina más alejada de la puerta, donde cualquier luz apenas llegaba. Y lo era por el derrame de palabras silenciosas que desde el otro lado de la barra me lanzaba.
No lo conocía. Nadie conoce a los otros en sitios así.
Ojalá cayese una tormenta de sueños sobre mí, le oí decir mientras me miraba con media sonrisa en la cara y un vaso semivacío en la mano. La noche es opaca aquí dentro, y negra ahí fuera. Las palabras no se dan, se tiran, a pesar de la implacabilidad de las manecillas del reloj. Hay algo aciago en el tiempo, en su pasar.
Me tengo que ir, le dije, yo sí con palabras sonoras, mientras me levantaba. Vi, no sé cómo, unas lágrimas salir de las profundas cuencas que guardaban sus acuosos ojos, y escurrir hacia la sucia barba de días, por su cuarteada piel. Me tengo que ir, le repetí más alto, por si no me oyó, tratando de esbozar un remedo de sonrisa.
¿Por qué nos hemos de ir? Esa es la gran pregunta, me dijo sin decir. Pero, continuó, ¿para qué quedar? ¿Para qué quedar aquí, no aquí? Sí. Yo sólo soy un simple poeta que vengo a olvidarme, aquí. Y quizás a decir, a decirte.
En verdad no me preguntó nada. Yo no supe qué decir.

10/4/14

Adagietto



Sinfonía Nº, Adagietto. Gustav Mahler
A veces deberíamos hacer algo tan simple como pararnos un momento y respirar, cerrar los ojos y sentir, tan solo estar.
A veces la vida nos da cosas tan puras que deberíamos parar y beber, si fuese posible hasta morir. La música, esa cosa tan intangible, tan profundamente humana, casi celestial, casi deífica. Su magia.
Esto no es solo para escuchar, es para morir, ahí, sintiendo, si se es capaz.

3/3/14

Cuentos de la edad tardía. III

Se partía la cabeza en dos, cada mañana, con un peine y un secador, dejando que pequeñas ondas le acariciasen la frente, hacia la mitad, ayudando a darle al rostro cierto aire infantil. Cabello marrón, piel blanca, labios carmín.
Sonríe de continuo. Su sonrisa, la de postín, parece taimada pero es solo un verso suelto, de aprendiz, como el sonarse la nariz. Machaca el verbo sin piedad, en tanto muestra sin pudor esa fila amplia y a la vez estrecha de dientes azulgrisáceos de los que ya hablé, tras unos labios finos, abrasadores de tanto carmín, a juego con el azul cobalto con que bruñe los párpados para anunciar que allí hay dos ojos azules, profundos mares donde poder ir pero, cosas de la vida, donde nunca nadie hay. Azul que vio, en todo su transcurrir, los andares de tantos, los decires, los… sin que nadie allí quedase y ni tan siquiera lo intentase. Y así el azul se hizo más azul y el rojo más rojo, hasta conseguir la apariencia de un maniquí, juego perverso de una vida que nunca fue vida, tan solo carmín.
Ayer murió, me han dicho, de tanto sufrir, seguro. Y eso que dicen, decía, que era feliz, ahogando pesares, intuyo, regando tristezas en su jardín, con agua salada, hacia dentro cuando estaba fuera, corriendo el rímel frente al espejo, cada una de las noches de cada año, viendo que no tenía a quien decir, cuando dentro era.
Y yo no supe dónde ir, ni qué decir.
Mañana son sus exequias, y yo aquí.

17/2/14

Cuentos de la edad tardía. II

Era un ser femenino, femenino y delgado, casi ausente de tan delgado, casi ausente, sí, desaparecido; con las carnes justas para poder vestir unas ropas coloridas, que tapaban su esqueleto, sin parecer percha o colgador colgado y andante. Poseía, la doña, cierta renquera al andar, tranquila, bien es cierto, pero renquera, que le hacía moverse a descompás, aunque con un innegable gracejo, o que movía a él, mas bien, producto  de una caída de hacía poco tiempo y una peor recuperación, ayudada por unas zapatillas modernas con suela en forma de barca o de abarca antigua, promesa televisiva de felicidad en el andar así como de la recuperación instantánea de cualquier malformación de columna, miembros y de casi cualquier órgano del cuerpo, incluidos el cerebro y el corazón;,promesa, incluso, de la belleza facial, de la belleza total. Es el poder de la televisión, de horas y horas con el culo incrustado en el sofá y el mando televisivo pegado a los pliegues de la mano, con el pulgar a milésimas de milímetro de los botones, moviéndose con rapidez no exenta de elegancia sobre aquellos botones que presentan programas que anuncian objetos que prometen lo imposible, lo inimaginable, y que si se compran ya, te envían dos y a veces tres, más un juego de añadidos para acompañar no se sabe bien qué.
Era un ser provinciano, tonto y renco (que otra vez me fui), cerril de sonrisa, casi de mandril –confieso que esto es una boutade que me he permitido, un desliz, un chiste fácil, rimante, el primer síntoma en mí de que la epidemia es pandemia-. Rodeaba la sonrisa a unos dientes tendente al gris, que guardaba celosa de los enseñar por miedo al qué decir o al qué dirán. Alguna hebra allí, alguna acá y alguna acullá, alguna que otra vez, cuando me dirigió palabra para interesarse por mi avatar, me dejó ver (inquiría por mi enfermedad, no la de la pandemia sino una privada, un mal asunto personal). Me contaba en esas charlas -más monólogos que charlas, he de decir, hubiera hebra o no, eso al margen-, que ella trataba -zapatillas en forma de abarca al margen también-, con un echacartas, comealmas, cuentacuentos (esto es de mi magín, que no sé si es tal, aunque en los tiempos que andamos más bien creo que sí), que le había dado una serie de indicaciones para curar y hacer desaparecer un mal hábito, ese desdén caprichoso, ese descuido al andar, esa, llamésmole por su nombre, renquera pertinaz.

12/2/14

Poesía. Cohen



Este es un regalo que me hizo, hace tiempo, hablando de guitarras, de Poesía, de canciones, de Lorca, quien más quiero en esta vida, y que, aun tardando, ahora lo traigo aquí.
Si ya me parecía enorme por su poesía, por su música, después de esto ya no sé qué decir. Larga vida a Leonard Cohen.





8/2/14

Cuentos de la edad tardía. Elizabeth(I)


Piccadilly Circus. L. S. Lowry
 
Era un ser provinciano, casi de pueblo, si es que este término estuviese en uso real hoy en día, pero los tiempos han cambiado tanto… Y tampoco hay tontos en los pueblos. Ahora la idiotez, el rasgo de deficiencia intelectual acentuada, se oculta en edificios, se aleja de lo social haciéndolo social, como la muerte, apartada de la vista, de la casa, ocultada en tanatorios de hórrida visión, asépticos, lavados con lejía y limón –solo les falta un ambientador de pino colgando del ataúd a la altura de la nariz de los finados-. Ahora la idiotez no existe. Ahora el signo de los tiempos es la estupidez. Estupidez, divino tesoro. La globalización, la pseudo educación generalizada, la televisión, las redes sociales, los cruceros, los viajes low cost. Venecia llena de domingueros rosados, con bermudas anchas mostrando piernas con rodales sin pelo, con manos de las que penden bolsas blancas, repletas de máscaras con plumas verdes, azules y doradas; algunos con gorra, otras con sombrero, y una sonrisa extraña en sus caras que no se sabe si es por la quemazón, por la compra, por la promesa de una porción de pizza recalentada o, lo más probable, por la estupidez del yo estuve aquí, yo lo vi y esta máscara lo demuestra. Horrísono movimiento pendular del mundo que se empeña en que Venecia se hunda, en que deje de existir de una u otra manera. Roma infectada de cámaras de fotografiar, de móviles, de miradas de unas horas, de recuerdos de latón. La eterna Roma, desafiada por las colas para entrar y salir de un Coliseo custodiado por estrambóticos legionarios que se hacen fotografías con los mismos paseantes con bermudas que de Venecia han llegado, o parecidos, y que esperan, estos decuriones modernos, con cigarrillos en los labios y vasos de plástico con cerveza en la mano.
Es el fin de los tiempos, el fin del Imperio Romano. Las huestes germánicas y otras hordas variadas han llegado, y lo han hecho para quedarse. Hasta los gatos se están marchando, ocupando su nicho ecológico las palomas, las ratas y los cuervos, y los pseudohumanos.
Era un ser provinciano –que divago-, casi de pueblo, tonto, tonto del ano, como el célebre Paco, Paquillo, Pacoano, de mi pueblo. Que sí era de pueblo, que sí era tonto, que sí era el tonto del pueblo, con todo su empaque, con todo su encanto. Verdad de las antes, de las auténticas. Era, decía, un ser provinciano.

22/12/13

P.N.

Una perla da vueltas sobre sí misma, en un tapete verde. El metal que la atraviesa, una pequeña barra apenas visible, parece desaparecer cuando gira, impulsada por dedos sucios que de vez en vez abandonan la escritura para acariciar la vellosidad de la nariz, o moverla.
Es innecesario decir que todo lo anterior carecería de sentido si pensamos en ambos hechos al tiempo. Aunque realmente, ¿qué ocurre? Todo hecho aislado es un universo total. ¿Si unimos dos hechos se produce una concatenación, una colisión, una suma de procesos o simplemente son dos hechos acaeciendo uno al lado del otro?
La perla gira, impulsada por mis dedos. Mis dedos acarician el vello nasal. Un hecho es posterior al otro. Físicamente ha de ser así, pero, ¿y si se producen al tiempo? ¿Sería posible?
Mi universo, a veces, debería pararse totalmente, como un reloj que dejase de mover sus manecillas en un instante, ausente al tiempo más allá del suyo propio.
Tengo que dejar de beber.

15/12/13

Nexus


Nicolás de Stael. "Le concert".
 
Esa extraña combinación que surge del adentro, hoy, y siento aquí, de swing y rap. Es extraño el nexo que es.
¿Qué hay, mientras tanto, en la infinita inmensidad oculta tras las cortinas de las ventanas que miran a las calles?
De repente una trompeta con sordina tras el velo de una voz envuelta en terciopelo.
En el fondo todo es jazz, sino las formas. Incluso dentro, sin saberlo.
Desde un panel azul, Dios lo ve todo, tras sus redondas gafas negras, sin cristales. Y sabe –Dios lo sabe todo-, que todo no es, solo jazz, que la vida no es, es jazz.
No hay nada más. Jazz sonando en la inmensidad de este holograma infinito que es el universo.
Tras el velo de los cristales, apenas distraídos rostros, veladas sonrisas, caídas, como las tímidas hojas, amarillentas, muertas, de un hayedo cayendo, acariciando la tierra, llorando hacia dentro.

13/11/13

Ex/nsueños


Sin título. Francis Bacon
 
El pelo negro, la piel suave y ligeramente amarillenta; sentada, con las piernas abiertas y una hebra de hierba en las manos; media sonrisa. Un paraguas verde la cubre entera, como si la pudiese salvar de la vida, aislarla, protegerla. Ajena a todo en medio de una carretera que nadie sabe a dónde lleva, pero que está llena, en un tráfago de personas sin fin que van a ninguna parte, ausentes. Ella allí, quieta, como si esperase, como en la noche pero en el día, que le sonrían las estrellas.
Mis sueños son, a veces, así, imágenes muy vivas y reales, pero con un sinsentido aparente y elementos conceptuales ininteligibles. No me gusta entrar en ellos, darle vueltas, pensarlos. Después ya no logro conciliar el sueño. Me muevo de un lado a otro en el camastro, un jergón mínimo, estrecho, sobre tablas de madera, duras, cubierto con tres mantas y unas sábanas de franela que yo traje sabiendo del tiempo. Cuando me agota el cansancio, mental, de dar vueltas de un lado y de otro, me levanto, arrastro los pies sobre las heladas baldosas y me acerco a la cocina. Un tequila ayuda a ciertas horas. Me apoyo en el quicio de la puerta y dejo que el frío inunde mis fosas nasales para llegar, después, a lo más profundo de mi ser , y así llenarme, haciendo despertar todas y cada una de las células de mi cuerpo. Es una inspiración lenta y profunda. Bebo y compenso. El tequila viejo es amplio y denso, y siento cómo llena, cómo calma, cómo vive en mi dentro.
Ojalá abajo fuese siempre como es arriba. Incluso con una sola vez me habría conformado, pero nunca fue así, salvo, tal vez, aquí, a veces, en la soledad del mundo, en la soledad de uno, en la ausencia humana.
Venus casi se esconde en la línea del horizonte, y Marte acompaña con su débil fulgor a una luna, enorme, blanca, pura, en ese camino lento que recorre y que muestra, quizás, el donde debería, allí, más allá de todos los mares, bajo las estrellas, para morir con Venus o acompañarla a ese lugar que va y que no quiero y que apenas he sentido y cuando lo he hecho no sé si ha sido y que quiero que sea y que no sé cómo pero siento que es ahí.
Termino de un sorbo mi tequila. Me apetece beber otro, pero me da pereza volver a la cocina. Sigo la luz que aparece y desaparece sobre el mar, una línea argenta y dorada.
Me descalzo y salgo posando los pies sobre la húmeda hierba, mientras espero el alba.
 
Una niña de no más de tres años está llorando, de rodillas, junto al cuerpo de su madre, vestido de morado como un nazareno, rota por los impactos y roja por la sangre. Le han volado la cabeza. Apenas queda algún resto de ella, solo jirones de pelo, lacio, negro, manchados de sangre, roja. La niña llora mientras se mueve hacia delante y hacia atrás en un vaivén continuo, al tiempo que dice palabras que no acierto a entender, en un idioma extraño, entre los estridentes ruidos de alrededor. Mira, a veces, a un lado y otro, como inquiriendo, buscando no sé qué.
Cuando sueño esto y despierto, alterado, siempre me recrimino el no haberme bebido otro tequila. A veces, el haber soñado.


 


 
 

10/9/13

Más allá de aquí

Selva de Oza
 
El color del espanto, el olor del vacío, el frío de la muerte, de la ausencia. Sensaciones. Lo corrompido. Solo se vive lo corrompido.
Nos mintieron. Nos mienten siempre diciendo que no hay estrellas, intentando contentarnos con unas pocas y con dibujos básicos, pero están ahí, todas. La Vía Láctea, tan inmensa, tan perfectamente bella. Tumbarse en la hierba, mirar hacia arriba y morir.
He visto mariposas de infinitos colores y combinaciones, de todas las formas y tamaños. Miles de ellas, azules, amarillas, naranjas, mil. Me he bañado en el polvo de sus alas. He oído su canto, su constancia, su estar. He abrazado el silencio. Agua. Viento en las hojas. Las he oído hablar. He percibido inmensidad de olores, el musgo en la roca, su humedad, su pálpito al acariciarlo, la madera antigua. La selva. El vacío. Eternidad.
Colores, la gama cromática del universo. Formas posibles e imposibles. Subir, andar, respirar, vivir.
He tocado a Dios.
Nos mienten y les creemos. Sobrevivimos y no buscamos. Pero está todo ahí.
Aquí, la luz ya no es como antes, ni como arriba. Desvaída, lánguida, ida. Tengo que volver a la selva y mirar las estrellas.
Hay que partir más allá de aquí.

31/7/13

Setenta veces siete


La podredumbre solo recibirá cieno, vacío, la nada. Una lenta muerte en las eternas horas de la soledad, intentando descarnar la piedra angular, creciente, absoluta, con sus solos colmillos, un día y otro y otro más, durante toda la eternidad, sin conseguir ni tan solo arañarla. Sin poder, tan siquiera, llorar.

4/7/13

Otoño de abril

Beatriz Bolzoni. Yedra de otoño
 
No es sólo el mar, es su reflejo en la tormenta lo que sustrae valor al eclecticismo formal de la negación de la nada, su ausencia como elemento de comprensión del hecho. Atonía. Si pudiésemos ser decorador de momentos, si supiésemos el valor de las lágrimas de hada, quizás entenderíamos la inmarcesible belleza, el inigualable poder del color del otoño de abril.

20/5/13

N

José Benlliure. La barca de Caronte
 

En la edad de la desesperación solo queda el número, único asidero para huir de la demencia. Si no nos mecemos en la abstracción corremos el riesgo de vivir el sentimiento de lo absurdo, la inconsistencia de un mundo ajeno que se derrumba ante nosotros y al que somos incapaces no ya de entender, sino tan siquiera de apuntalar, como método de supervivencia.
La violencia como alternativa hacia sí, se convierte en el único elemento a través del cual justificamos una salida hacia cualquier lado, aun sabiendo que es, exclusivamente, hacia dentro, y, sabiendo, aun negándolo, que ese adentro, no es sino vacío, y que ese vacío solo conduce a la aceptación de una soledad compartida ad infinitum que es nada, que acabará haciéndonos desaparecer dentro de esta sempiterna red social que nos posee y limita, que nos vive.
¿Quién permitió el asesinato de aquel poema que engendró la vida?

14/5/13

Velos

Trato de entretejer los sueños, apenas entrevistos entre las gotas de lluvia, como un naufrago de fragancias que no se escuchasen, como la náusea de un suicida ante las bocas del Hades, en las puertas del Averno.
Recorro, campos de amapolas en un desierto, eterno y vacío, donde el sonido es cieno, donde el silencio es hielo, y el rojo una quimera tejida bajo la lumbre de unos ojos ya ciegos, de una fe aciaga, de una prez perdida, de un tiempo acabado.
Qué lenta es la muerte cuando no llega, ni aun implorada.