10/4/14

Adagietto



Sinfonía Nº, Adagietto. Gustav Mahler
A veces deberíamos hacer algo tan simple como pararnos un momento y respirar, cerrar los ojos y sentir, tan solo estar.
A veces la vida nos da cosas tan puras que deberíamos parar y beber, si fuese posible hasta morir. La música, esa cosa tan intangible, tan profundamente humana, casi celestial, casi deífica. Su magia.
Esto no es solo para escuchar, es para morir, ahí, sintiendo, si se es capaz.

3/3/14

Cuentos de la edad tardía. III

Se partía la cabeza en dos, cada mañana, con un peine y un secador, dejando que pequeñas ondas le acariciasen la frente, hacia la mitad, ayudando a darle al rostro cierto aire infantil. Cabello marrón, piel blanca, labios carmín.
Sonríe de continuo. Su sonrisa, la de postín, parece taimada pero es solo un verso suelto, de aprendiz, como el sonarse la nariz. Machaca el verbo sin piedad, en tanto muestra sin pudor esa fila amplia y a la vez estrecha de dientes azulgrisáceos de los que ya hablé, tras unos labios finos, abrasadores de tanto carmín, a juego con el azul cobalto con que bruñe los párpados para anunciar que allí hay dos ojos azules, profundos mares donde poder ir pero, cosas de la vida, donde nunca nadie hay. Azul que vio, en todo su transcurrir, los andares de tantos, los decires, los… sin que nadie allí quedase y ni tan siquiera lo intentase. Y así el azul se hizo más azul y el rojo más rojo, hasta conseguir la apariencia de un maniquí, juego perverso de una vida que nunca fue vida, tan solo carmín.
Ayer murió, me han dicho, de tanto sufrir, seguro. Y eso que dicen, decía, que era feliz, ahogando pesares, intuyo, regando tristezas en su jardín, con agua salada, hacia dentro cuando estaba fuera, corriendo el rímel frente al espejo, cada una de las noches de cada año, viendo que no tenía a quien decir, cuando dentro era.
Y yo no supe dónde ir, ni qué decir.
Mañana son sus exequias, y yo aquí.

17/2/14

Cuentos de la edad tardía. II

Era un ser femenino, femenino y delgado, casi ausente de tan delgado, casi ausente, sí, desaparecido; con las carnes justas para poder vestir unas ropas coloridas, que tapaban su esqueleto, sin parecer percha o colgador colgado y andante. Poseía, la doña, cierta renquera al andar, tranquila, bien es cierto, pero renquera, que le hacía moverse a descompás, aunque con un innegable gracejo, o que movía a él, mas bien, producto  de una caída de hacía poco tiempo y una peor recuperación, ayudada por unas zapatillas modernas con suela en forma de barca o de abarca antigua, promesa televisiva de felicidad en el andar así como de la recuperación instantánea de cualquier malformación de columna, miembros y de casi cualquier órgano del cuerpo, incluidos el cerebro y el corazón;,promesa, incluso, de la belleza facial, de la belleza total. Es el poder de la televisión, de horas y horas con el culo incrustado en el sofá y el mando televisivo pegado a los pliegues de la mano, con el pulgar a milésimas de milímetro de los botones, moviéndose con rapidez no exenta de elegancia sobre aquellos botones que presentan programas que anuncian objetos que prometen lo imposible, lo inimaginable, y que si se compran ya, te envían dos y a veces tres, más un juego de añadidos para acompañar no se sabe bien qué.
Era un ser provinciano, tonto y renco (que otra vez me fui), cerril de sonrisa, casi de mandril –confieso que esto es una boutade que me he permitido, un desliz, un chiste fácil, rimante, el primer síntoma en mí de que la epidemia es pandemia-. Rodeaba la sonrisa a unos dientes tendente al gris, que guardaba celosa de los enseñar por miedo al qué decir o al qué dirán. Alguna hebra allí, alguna acá y alguna acullá, alguna que otra vez, cuando me dirigió palabra para interesarse por mi avatar, me dejó ver (inquiría por mi enfermedad, no la de la pandemia sino una privada, un mal asunto personal). Me contaba en esas charlas -más monólogos que charlas, he de decir, hubiera hebra o no, eso al margen-, que ella trataba -zapatillas en forma de abarca al margen también-, con un echacartas, comealmas, cuentacuentos (esto es de mi magín, que no sé si es tal, aunque en los tiempos que andamos más bien creo que sí), que le había dado una serie de indicaciones para curar y hacer desaparecer un mal hábito, ese desdén caprichoso, ese descuido al andar, esa, llamésmole por su nombre, renquera pertinaz.

12/2/14

Poesía. Cohen



Este es un regalo que me hizo, hace tiempo, hablando de guitarras, de Poesía, de canciones, de Lorca, quien más quiero en esta vida, y que, aun tardando, ahora lo traigo aquí.
Si ya me parecía enorme por su poesía, por su música, después de esto ya no sé qué decir. Larga vida a Leonard Cohen.





8/2/14

Cuentos de la edad tardía. Elizabeth(I)


Piccadilly Circus. L. S. Lowry
 
Era un ser provinciano, casi de pueblo, si es que este término estuviese en uso real hoy en día, pero los tiempos han cambiado tanto… Y tampoco hay tontos en los pueblos. Ahora la idiotez, el rasgo de deficiencia intelectual acentuada, se oculta en edificios, se aleja de lo social haciéndolo social, como la muerte, apartada de la vista, de la casa, ocultada en tanatorios de hórrida visión, asépticos, lavados con lejía y limón –solo les falta un ambientador de pino colgando del ataúd a la altura de la nariz de los finados-. Ahora la idiotez no existe. Ahora el signo de los tiempos es la estupidez. Estupidez, divino tesoro. La globalización, la pseudo educación generalizada, la televisión, las redes sociales, los cruceros, los viajes low cost. Venecia llena de domingueros rosados, con bermudas anchas mostrando piernas con rodales sin pelo, con manos de las que penden bolsas blancas, repletas de máscaras con plumas verdes, azules y doradas; algunos con gorra, otras con sombrero, y una sonrisa extraña en sus caras que no se sabe si es por la quemazón, por la compra, por la promesa de una porción de pizza recalentada o, lo más probable, por la estupidez del yo estuve aquí, yo lo vi y esta máscara lo demuestra. Horrísono movimiento pendular del mundo que se empeña en que Venecia se hunda, en que deje de existir de una u otra manera. Roma infectada de cámaras de fotografiar, de móviles, de miradas de unas horas, de recuerdos de latón. La eterna Roma, desafiada por las colas para entrar y salir de un Coliseo custodiado por estrambóticos legionarios que se hacen fotografías con los mismos paseantes con bermudas que de Venecia han llegado, o parecidos, y que esperan, estos decuriones modernos, con cigarrillos en los labios y vasos de plástico con cerveza en la mano.
Es el fin de los tiempos, el fin del Imperio Romano. Las huestes germánicas y otras hordas variadas han llegado, y lo han hecho para quedarse. Hasta los gatos se están marchando, ocupando su nicho ecológico las palomas, las ratas y los cuervos, y los pseudohumanos.
Era un ser provinciano –que divago-, casi de pueblo, tonto, tonto del ano, como el célebre Paco, Paquillo, Pacoano, de mi pueblo. Que sí era de pueblo, que sí era tonto, que sí era el tonto del pueblo, con todo su empaque, con todo su encanto. Verdad de las antes, de las auténticas. Era, decía, un ser provinciano.

22/12/13

P.N.

Una perla da vueltas sobre sí misma, en un tapete verde. El metal que la atraviesa, una pequeña barra apenas visible, parece desaparecer cuando gira, impulsada por dedos sucios que de vez en vez abandonan la escritura para acariciar la vellosidad de la nariz, o moverla.
Es innecesario decir que todo lo anterior carecería de sentido si pensamos en ambos hechos al tiempo. Aunque realmente, ¿qué ocurre? Todo hecho aislado es un universo total. ¿Si unimos dos hechos se produce una concatenación, una colisión, una suma de procesos o simplemente son dos hechos acaeciendo uno al lado del otro?
La perla gira, impulsada por mis dedos. Mis dedos acarician el vello nasal. Un hecho es posterior al otro. Físicamente ha de ser así, pero, ¿y si se producen al tiempo? ¿Sería posible?
Mi universo, a veces, debería pararse totalmente, como un reloj que dejase de mover sus manecillas en un instante, ausente al tiempo más allá del suyo propio.
Tengo que dejar de beber.

15/12/13

Nexus


Nicolás de Stael. "Le concert".
 
Esa extraña combinación que surge del adentro, hoy, y siento aquí, de swing y rap. Es extraño el nexo que es.
¿Qué hay, mientras tanto, en la infinita inmensidad oculta tras las cortinas de las ventanas que miran a las calles?
De repente una trompeta con sordina tras el velo de una voz envuelta en terciopelo.
En el fondo todo es jazz, sino las formas. Incluso dentro, sin saberlo.
Desde un panel azul, Dios lo ve todo, tras sus redondas gafas negras, sin cristales. Y sabe –Dios lo sabe todo-, que todo no es, solo jazz, que la vida no es, es jazz.
No hay nada más. Jazz sonando en la inmensidad de este holograma infinito que es el universo.
Tras el velo de los cristales, apenas distraídos rostros, veladas sonrisas, caídas, como las tímidas hojas, amarillentas, muertas, de un hayedo cayendo, acariciando la tierra, llorando hacia dentro.

13/11/13

Ex/nsueños


Sin título. Francis Bacon
 
El pelo negro, la piel suave y ligeramente amarillenta; sentada, con las piernas abiertas y una hebra de hierba en las manos; media sonrisa. Un paraguas verde la cubre entera, como si la pudiese salvar de la vida, aislarla, protegerla. Ajena a todo en medio de una carretera que nadie sabe a dónde lleva, pero que está llena, en un tráfago de personas sin fin que van a ninguna parte, ausentes. Ella allí, quieta, como si esperase, como en la noche pero en el día, que le sonrían las estrellas.
Mis sueños son, a veces, así, imágenes muy vivas y reales, pero con un sinsentido aparente y elementos conceptuales ininteligibles. No me gusta entrar en ellos, darle vueltas, pensarlos. Después ya no logro conciliar el sueño. Me muevo de un lado a otro en el camastro, un jergón mínimo, estrecho, sobre tablas de madera, duras, cubierto con tres mantas y unas sábanas de franela que yo traje sabiendo del tiempo. Cuando me agota el cansancio, mental, de dar vueltas de un lado y de otro, me levanto, arrastro los pies sobre las heladas baldosas y me acerco a la cocina. Un tequila ayuda a ciertas horas. Me apoyo en el quicio de la puerta y dejo que el frío inunde mis fosas nasales para llegar, después, a lo más profundo de mi ser , y así llenarme, haciendo despertar todas y cada una de las células de mi cuerpo. Es una inspiración lenta y profunda. Bebo y compenso. El tequila viejo es amplio y denso, y siento cómo llena, cómo calma, cómo vive en mi dentro.
Ojalá abajo fuese siempre como es arriba. Incluso con una sola vez me habría conformado, pero nunca fue así, salvo, tal vez, aquí, a veces, en la soledad del mundo, en la soledad de uno, en la ausencia humana.
Venus casi se esconde en la línea del horizonte, y Marte acompaña con su débil fulgor a una luna, enorme, blanca, pura, en ese camino lento que recorre y que muestra, quizás, el donde debería, allí, más allá de todos los mares, bajo las estrellas, para morir con Venus o acompañarla a ese lugar que va y que no quiero y que apenas he sentido y cuando lo he hecho no sé si ha sido y que quiero que sea y que no sé cómo pero siento que es ahí.
Termino de un sorbo mi tequila. Me apetece beber otro, pero me da pereza volver a la cocina. Sigo la luz que aparece y desaparece sobre el mar, una línea argenta y dorada.
Me descalzo y salgo posando los pies sobre la húmeda hierba, mientras espero el alba.
 
Una niña de no más de tres años está llorando, de rodillas, junto al cuerpo de su madre, vestido de morado como un nazareno, rota por los impactos y roja por la sangre. Le han volado la cabeza. Apenas queda algún resto de ella, solo jirones de pelo, lacio, negro, manchados de sangre, roja. La niña llora mientras se mueve hacia delante y hacia atrás en un vaivén continuo, al tiempo que dice palabras que no acierto a entender, en un idioma extraño, entre los estridentes ruidos de alrededor. Mira, a veces, a un lado y otro, como inquiriendo, buscando no sé qué.
Cuando sueño esto y despierto, alterado, siempre me recrimino el no haberme bebido otro tequila. A veces, el haber soñado.


 


 
 

10/9/13

Más allá de aquí

Selva de Oza
 
El color del espanto, el olor del vacío, el frío de la muerte, de la ausencia. Sensaciones. Lo corrompido. Solo se vive lo corrompido.
Nos mintieron. Nos mienten siempre diciendo que no hay estrellas, intentando contentarnos con unas pocas y con dibujos básicos, pero están ahí, todas. La Vía Láctea, tan inmensa, tan perfectamente bella. Tumbarse en la hierba, mirar hacia arriba y morir.
He visto mariposas de infinitos colores y combinaciones, de todas las formas y tamaños. Miles de ellas, azules, amarillas, naranjas, mil. Me he bañado en el polvo de sus alas. He oído su canto, su constancia, su estar. He abrazado el silencio. Agua. Viento en las hojas. Las he oído hablar. He percibido inmensidad de olores, el musgo en la roca, su humedad, su pálpito al acariciarlo, la madera antigua. La selva. El vacío. Eternidad.
Colores, la gama cromática del universo. Formas posibles e imposibles. Subir, andar, respirar, vivir.
He tocado a Dios.
Nos mienten y les creemos. Sobrevivimos y no buscamos. Pero está todo ahí.
Aquí, la luz ya no es como antes, ni como arriba. Desvaída, lánguida, ida. Tengo que volver a la selva y mirar las estrellas.
Hay que partir más allá de aquí.

31/7/13

Setenta veces siete


La podredumbre solo recibirá cieno, vacío, la nada. Una lenta muerte en las eternas horas de la soledad, intentando descarnar la piedra angular, creciente, absoluta, con sus solos colmillos, un día y otro y otro más, durante toda la eternidad, sin conseguir ni tan solo arañarla. Sin poder, tan siquiera, llorar.

4/7/13

Otoño de abril

Beatriz Bolzoni. Yedra de otoño
 
No es sólo el mar, es su reflejo en la tormenta lo que sustrae valor al eclecticismo formal de la negación de la nada, su ausencia como elemento de comprensión del hecho. Atonía. Si pudiésemos ser decorador de momentos, si supiésemos el valor de las lágrimas de hada, quizás entenderíamos la inmarcesible belleza, el inigualable poder del color del otoño de abril.

20/5/13

N

José Benlliure. La barca de Caronte
 

En la edad de la desesperación solo queda el número, único asidero para huir de la demencia. Si no nos mecemos en la abstracción corremos el riesgo de vivir el sentimiento de lo absurdo, la inconsistencia de un mundo ajeno que se derrumba ante nosotros y al que somos incapaces no ya de entender, sino tan siquiera de apuntalar, como método de supervivencia.
La violencia como alternativa hacia sí, se convierte en el único elemento a través del cual justificamos una salida hacia cualquier lado, aun sabiendo que es, exclusivamente, hacia dentro, y, sabiendo, aun negándolo, que ese adentro, no es sino vacío, y que ese vacío solo conduce a la aceptación de una soledad compartida ad infinitum que es nada, que acabará haciéndonos desaparecer dentro de esta sempiterna red social que nos posee y limita, que nos vive.
¿Quién permitió el asesinato de aquel poema que engendró la vida?

14/5/13

Velos

Trato de entretejer los sueños, apenas entrevistos entre las gotas de lluvia, como un naufrago de fragancias que no se escuchasen, como la náusea de un suicida ante las bocas del Hades, en las puertas del Averno.
Recorro, campos de amapolas en un desierto, eterno y vacío, donde el sonido es cieno, donde el silencio es hielo, y el rojo una quimera tejida bajo la lumbre de unos ojos ya ciegos, de una fe aciaga, de una prez perdida, de un tiempo acabado.
Qué lenta es la muerte cuando no llega, ni aun implorada.

12/4/13

European idiot. Completo


 
The idiot savant
 
La envidia es insana y normalmente conduce al desastre. Si solo afecta a uno, ya es una victoria, lo malo es que su radio de acción suele ser más amplio, toda vez que somos seres sociales. Además, generalmente, la envidia, lleva aparejada la crueldad, la maldad y algunas palabras más que terminan en “dad”.
Llevaba Benito, que así se llamaba el personaje de esta historia, algo así como un año sin actividad venérea compartida, y aquella última vez, tan lejana, fue breve, poco intensa y aciaga. Postura del misionero, hubo de terminar a la mañana siguiente, a solas, en el aseo, recordando tiempos mejores y con una imagen muy alejada a la del cuerpo que, la noche anterior, yació bajo el suyo.
Reciclaba casi compulsivamente. Era el único que lo hacía en su casa, lo que le había convertido en objeto de mofa y escarnio para el resto de habitantes, y era, ese hecho, motivo de discusión con su prole y con su prójima, con la que tenía más “más” de los que quería y muchos “menos” de los que le hubiera gustado. Más trabajo, más cansancio, más discusiones y menos sexo, menos horas de dormir, menos cariño…
El nombre fue obra de su padre, ferviente admirador trasnochado de Mussolini (que sabido es se llamaba también Benito), en espera, su padre, de que reeditara el camino victorioso de aquel (en sus buenos tiempos, no en los malos, claro está). Pero Benito, el no italiano, el nuestro, no tuvo fortuna ni al principio ni al final, y acabó sus días casándose con María, que no era Clara Petacci ni se le acercaba. Tampoco tuvo aquella vida sexual intensa y prolija del prócer transalpino. Nunca dirigió un partido, mucho menos un país, aunque se presentó a las elecciones de delegado de clase, en los lejanos años del instituto, pero las perdió también. Se le acercó en algo, y es que, tras acabar la carrera, con mucho esfuerzo, de Turismo –dura donde las haya-, como le gustaba escribir, mandaba cartas al director en el periódico provincial, y con esas ínfulas alardeaba de periodista en ciernes. Así era Benito, y con aquellas pequeñas cosas pasaba los días y las noches en un extraño estado de idiotez beatífica.
Vivía en un chalecito, en las afueras de la ciudad, en cuyo jardín había colocado diversos cubos de basura de considerables dimensiones, para reciclarlo todo. Había tres o cuatro casas más en los alrededores, separadas algunos metros entre sí y todas por caminos sin asfaltar y por parcelas vacías.
Allí pasaba esos sus días y sus noches, en la más profunda de las soledades, rodeado de su prole, a la que servía de chófer en sus desplazamientos a la ciudad, colegios, compras y demás menesteres, envuelto en una solitaria humedad que le calaba la ropa y el alma y se le pegaba como un sudario, y por el ladrido de los perros y el maullido de los gatos, dedicado, en los escasos momentos de asueto que tenía, a separar, casi con delicadeza, cada uno de los productos que sus allegados tiraban a la basura, en un acto si no filosófico sí, al menos, casi religioso.
Aquel viernes, debido al exceso de obligaciones durante toda la semana, la cantidad de detritus acumulada era mayor de lo normal, inmensa, exasperante su visión, una tarea casi ciclópea, por lo que pensó dedicar el resto de aquella tarde que se apagaba, y antes de que sus labores de taxista le requiriesen, a llevarlo todo a los contenedores que el Ayuntamiento había tenido a bien colocar a cosa de un kilómetro de su residencia, en el cruce de caminos que llevaba a su casa y que conectaba estos con la carretera. Tenía, para ello, una carretilla desvencijada y con una rueda que necesitaba, a todas luces, una reparación urgente, pero que dado el escaso tiempo, Benito posponía sine die, lo que hacía el traslado, lento y pesado de por sí, agotador y tedioso.
La tarde caía con rapidez, casi precipitándose sobre el lugar, con una luz apagada, mortecina y triste. Era uno de esos días de finales de enero donde todo es frío, hasta la sonrisa de los niños. Cargó todo lo que pudo en el vehículo, separando previamente por departamentos, cristal, orgánico, papel. Aquello pesaba más que una escultura de Botero, pensó. Un pensamiento que le hizo sonreír mientras le crujía la espalda debido al dolor provocado por el peso de los detritus. Así era él. El sudor le perlaba la piel, reflejando destellos de una luna que presidía el cielo y alumbraba, como vio con desagrado, las coyundas de dos gatos negros que bajo el cerezo sin hojas de solazaban a sus anchas. Descansó la carretilla y dando un pisotón en el suelo, grito: ¡Zape! Los gatos, que miraron en su dirección un momento, siguieron a lo suyo, en un gesto que Benito sintió como menosprecio y que le llegó al alma como un puñal envenenado hundiéndose en un orgullo que tenía ya herido desde mucho tiempo atrás. Levantó la carretilla mascullando un ya veréis como estéis por aquí cuando vuelva, cabronazos, que ahora tengo prisa.
Y allí seguían los cabronazos, como dijo él, cuando volvió, lo que le llevó a la ira. Tiró la carretilla haciendo un ruido de mil demonios y salió tras ellos a pesar de su agotamiento, gritando: ¡felón, para ya, joder! Descargando toda la culpa de la coyunda en el macho, como si un temor atávico le impidiese no pensar, pero sí, tal vez, decir en voz alta algo que pudiese molestar a la hembra de la especie, de cualquier especie. Los gatos dejaron el fornicio cuando lo vieron venir hacia ellos de aquella guisa y, desuniéndose, huyeron en direcciones opuestas, fruto de la sorpresa, lo que produjo cierto desconcierto en Benito que, ante la duda, optó por seguir al que creyó era el macho. Si él no, pensó, el gato tampoco. Y, como un endemoniado, corrió tras el felino gritando, te cogeré, desgraciado.
La noche se cerraba. La luz, escasa, sólo provenía de las ventanas, lo que creaba un juego de sombras extraño. Dentro, María, se entretenía, mientras pasaba la tarde, en discutir, sobre unos trapos que había llevado una conocida el otro día al trabajo, con su amiga íntima (Rosana). ¡Qué cursi verdad! ¡Y qué gorda la hacía! Pobre, asentía la otra. Y así pasaba la tarde, mirándose las uñas de la mano siniestra mientras con la diestra sostenía el teléfono.
Sonó, en algún lado, la música de “El exorcista”. Era el móvil de Benito. El tono lo había elegido, sin embargo, María. Te va, le dijo. Y él, mostrando una sonrisa, asintió y calló, sin comprender exactamente el porqué.
¡Benito, tu móvil!, gritó, apartando ligeramente los labios del auricular del fijo. Pero Benito, evidentemente, no la oía. Vivía, en ese mismo instante, un momento de ofuscación, enfrascado en la ira y en una persecución infame a un gato que apenas veía, que más bien intuía, y que corría, como alma que lleva el diablo, por todos y cada uno de los rincones del jardín (los efectos del ayuntamiento interruptus debieron haberle embotado el cerebro, impidiéndole recordar las vías de escape, si es que las tenía impresas en algún lugar de su cerebro).
Susi, baja el volumen de la música, por Dios, que no se oye nada, le gritó María a su hija. Y busca a tu padre, añadió.
Green Day salía eufórico por la puerta de la habitación de la púber, inundando toda la casa.
Papá, gritó Susi, bajo el quicio de la puerta, hasta donde se había arrastrado desde su cama, sita a dos pasos de ella. Papá, gritó cuanto pudo, con un gesto de disgusto en la mirada.
María se quitó el auricular del oído y tapó el otro extremo con la mano. Por Dios, Susi, no grites que no se oye nada. Qué niños, masculló, antes de volver a colocarse el aparato en la oreja y continuar el despedazamiento de la ausente, con la banda sonora de American idiot, de fondo.
Susi bajó, con el pijama de los Simpson aún puesto, y las zapatillas rosas con una cenefa peluda y el dibujo de un smile, a buscar a su padre. Cogió el móvil y miró el nombre del que llamaba. Andrés, se dijo, ese cabrón gordo y asqueroso que huele a perros tenía que ser. Papá te llama Andrés, volvió a gritar con cara de asco, mientras se dirigía a la ventana. Corrió el visillo y observó lo que parecía una sombra que se movía de una manera extraña, como haciendo aspavientos. Pegó la cara al cristal retirándola de inmediato. Estaba helado. Era un hombre. Comenzó a temblar. Intentó decir algo pero no pudo. Inició unos pasos hacia atrás, despacio. Mamá. Mamá, repitió en voz queda, entre las notas de Green day. Mamá, gritó de repente, como si despertase, mientras se giraba y corría hacia el salón. American idiot, in crescendo, desde la habitación, como si los altavoces del mismísimo concierto estuviesen en el piso de arriba. Mamá, han entrado ladrones en casa. Su madre la miró estupefacta, como si hablase en japonés. ¿Qué? Que hay hombres en el jardín, repitió temblando y a punto de llorar. Gracia, te tengo que dejar, que han entrado ladrones en casa, le dijo María a su interlocutora, pálida y a punto de desbordarse en un torrente de lágrimas también. ¿Qué?, le inquirió la susodicha interlocutora. Parecía la palabra del momento, “qué”. Te dejo, le repitió, y colgó. ¿Qué hacemos?, le dijo a su hija. Y yo qué coño sé, le respondió esta. No me hables así, que soy tu madre, fue la respuesta mientras comenzaba un puchero imitando al de la adolescente. Ambas se abrazaron, llorando. Llama a la policía, al vecino, apaga las luces, desconecta la música, huyamos… Parecía que el mundo se acababa y que había que hacerlo todo de golpe. ¿Y si nos escondemos debajo de la cama? Ya saben que estamos aquí. Pues llama a la policía, joder. La madre descolgó el teléfono, marcó el 091 y explicó el hecho a una policía que hablaba muy despacio, con voz nasal, como si estuviese resfriada, y tratando de que hubiese calma y fuese todo inteligible; pero como vio que aquello no conducía a nada, que los datos eran muy confusos, que cada vez había más sollozos y menos palabras, le gritó: ¡Señora, tranquilícese, joder, y dígame la calle y el número de una puta vez! María dio un respingo, estupefacta, se recompuso el pelo, se secó las lágrimas con el dorso de la mano libre, suspiró y lo dijo todo de carrerilla. Llegará una patrulla enseguida, no se preocupe, mantenga la calma, métase en el baño y cierre por dentro. No tiene cerrojo. Pues atranque la puerta, joder. Vale. Debe tener un mal día, pensó María, tratando de disculpar sus formas. Miró a su hija. Colgó y volvió a descolgar. Marcó el número del vecino. Aurelio, soy María, tu vecina. Han entrado ladrones en la casa. No sé qué hacer. ¿Has llamado a la policía? Sí. Voy con la escopeta, tranquila. Vale, gracias.
El gato corría de un lado al otro del jardín, sin sentido alguno, a veces en zigzag, a veces en línea recta, buscando una salida que no encontraba. Benito también. Estaba como perdido por el deseo de darle caza y deslomarlo. La ira le había llevado a un estado casi de éxtasis y le había dado unas fuerzas que jamás había tenido o que no sabía que poseía. Gritaba desaforadamente. Te voy a matar felón. A follar golfas te vas al campo, desgraciado. Estaba rojo, sudoroso. Tropezó y cayó sobre unos bidones que había al lado de un montón de mantillo que había comprado a bajo precio para replantar el césped cuando María lo considerase oportuno, y que estaba, el césped, hecho un asco, como él cuando se levantó de aquel lodazal. El agua de los bidones se había mezclado con el mantillo y esa especie de barro le impregnó la cara y la ropa.
En lo alto del muro apareció Aurelio, con una escopeta de dos cañones en ristre. Benito, ausente al hecho, le gritó al gato: Te voy a matar cacho cabrón. Aurelio se quedó petrificado ante aquel ser que veía levantándose del suelo y mirando en su dirección y que le gritaba de aquel modo. El gato, contra la pared, arqueó el lomo y se le quedó mirando. Aurelio disparó dos veces reventándole la cabeza a Benito y yéndose hacia atrás, por la conservación del momento lineal, como todo el mundo sabe, cayó al suelo desde arriba del tapial, con tan mala fortuna que se rompió el cuello. El gato, estupefacto, maulló y se fue.
La música de Green day fue sustituida por el ulular de las sirenas de dos coches de policía.
El cuadro era desolador.
Apaga la sirena, dijo el más gordo a su compañero. No puedo, está rota. Joder, vaya mierda de recortes. Por lo menos tapa esa mierda de música, le contestó. No me gusta Green day. Anda que la sirena… Vaya chalecito que se gastan los cabrones, no me extraña que les entren. No seas envidioso que la envidia sólo trae desgracias. Mira ese ahí, parece muerto. Llama y pide refuerzos. ¿Qué? Que llames y pidas refuerzos, joder; puta sirena.
Green day seguía sonando, entremezclado con el suave ulular de la sirena, y envuelta la noche en la luz azulada de los coches.
Salvo aquello, todo parecía en calma.
Un grito, de repente, desgarró la noche, por encima de Green day, por encima de la sirena policial. Agudo, infantil. El policía mayor miró la chapa amarilla que llevaba junto a la placa de policía, un smile. Le miró a los ojos y sólo pudo pensar que era un completo idiota, como casi todo el mundo. No pudo sino sonreír.