“Lo característico del momento es que el alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho a la vulgaridad y lo impone dondequiera.” “El hombre masa no atiende a razones.” Ortega y Gasset: La rebelión de las masas.
Caminaba con la mirada entre las llamas y sus formas, como un poseso. Sus lenguas amarillas, moviéndose por dentro, en el azul urgente. Estuve, como preso, en cárceles intensas, ansiosas. Babeantes babosas al acecho, con botellas rotas en la mano, vidrio de desecho, esperando el sonido del portazo, para hincarlas en mi alma. Me quedo en el fuego. Porque, ¿quién soy yo?, ¿qué he hecho? Ni idea. Me pienso, pero en la línea que es, que es la que quiero; y me ayudo de esos necios, que como un coro de aduladores estúpidos, apoyan cualquier tesis para así poder seguir del ramal que los guía. Yo no soy de esos, ni perro guía ni oveja, prefiero volar entre el fuego, y quemarme, pero volando. Porque si no hago eso ¿qué soy y a dónde voy?, si sólo soy eso y no hay ni habrá más. Que mala es la renquera y la ceguera, que mala y lisonjera. Quiero, no quiero. Margarita torpe, margarita necia. Engaño al número. Tergiverso el pétalo. Olerla, no deshojarla. Fumo cigarrillos que llenan ceniceros, que inciensan el aire, que aplacan fuegos, y ese aroma oculta otros más placenteros. Y el alma se aquieta entre las volutas grises que suben desdibujando imágenes sobre paredes. Sombras. Nada más que sombras de los tiempos. A veces veo. Interior débil, cuánto te quiero. Qué débiles somos cuando nos creemos fuertes, y viéndonos así seguimos creyendo. Y preferimos lo otro, la languidez de la nada, la estupidez de los otros, y nos ocultamos que nada es nada, simplemente, pero lo vestimos de apariencia. Y lo seguimos, para no estar solos, no vaya a ser que… Llevo calcetines negros con puntos brillantes; zapatos marrones, de piel; pantalón vaquero, ajustado; camisa negra, de algodón suave; un pañuelo al cuello y un abrigo de paño negro; el pelo largo; barba de días; la sonrisa alegre; la mirada ausente; el pensar silente; el paso rápido, elegante. Busco por buscar algo, entreteniéndome, caminando por mi lugar de vida donde van parando y se van quedando, los menos, y los más se van marchando, porque no me acomodo ni me dejo llevar por lo vacuo, por lo fácil, por lo tonto. Mis manos son pequeñas, de suave tacto, de caricias lentas, de recorrer pausado. Así soy y así sigo caminando. Moviéndome entre el espíritu de la desesperanza, de la desesperación, del desaire. Y en él alzo mis alas, y en el lugar de la caída levanto el vuelo, como el ángel expulsado, siempre luchando, siempre queriendo, siempre subiendo. Y mientras, suena en el aire Cymbal rush, puro, elegante y delicado terciopelo negro.
Y de repente aparecen los recesos en la vida como una recua de bueyes que tira de ti, con una soga que te ahoga y que te impide. Las razones son las de siempre, o las de nunca. Y te dicen. El mundo se te viene abajo y te preguntas las razones del porqué, pero nunca das con la respuesta exacta, y es por ello que no sabes el camino a seguir. Imploras y se te niega. Y ante eso… Siempre se van los mejores, en enero del año pasado Manu, en este enero Federico, aunque no físicamente, pero sí sus letras. Tal vez sea ese el camino, tal vez lo sea. Tal vez, Federico, lleves razón y el silencio sea otra forma de hacer Literatura. En tu memoria dejaré ausente, yo también, nuestro espacio común, ese que creamos para intentar hacer algo diferente, Caorden, como tú lo llamaste. Tal vez sea esto lo mejor, lo más innovador, lo diferente. Me has hecho pensar, y sigo debatiéndome en ese pensamiento.
Loco. No sé si estoy loco. Acaba de llover y estoy empapado. Me gusta pasear bajo la lluvia. El arco iris se ve, un trozo, entre los edificios. Todos caminan adelante y hacia atrás. La verdad nunca aparece de repente. No sé, tan siquiera, si interesa saberla. Todos quieren ser escuchados, digan lo que digan, ¿pero qué dicen? Nadie escucha. Nadie mira. Caminamos entre mentiras como locos afligidos, vestidos de gala para afrontar el día a día. Nadie aparece ante nadie, y sin embargo… Paseo despacio. Me gusta el musgo, el frío, lo alto, pero aquí sólo hay asfalto. Un gris y sucio asfalto. Una mujer me hace un guiño. Viste de rosa y negro. El abrigo se mece con el viento, elegante. Sonrío. Sigo andando la avenida. Oigo algo, una música, una prez, uno o dos pasos adelante. No lo sé. Los sonidos de la vida, ¿dónde están? Un mendigo extiende la mano al vacío, la mirada perdida en la nada, en las piernas que cruzan veloces su espacio visual. Saco unas monedas, del abrigo, y las dejo sobre su palma. Ganadores alrededor. Perdedores todos. Vuelan papeles en el aire. Periódicos con noticias de desastres. Todos estamos aquí. Somos. ¿Qué somos? Es una avenida larga. No hay niños. Adultos serios, adustos. Descreídos en medio de un caos que no termina en un desierto de soledades lleno, de compañías que no llenan, que quitan, entre humos y hosquedad, entre vacíos. De una cafetería sale un hálito de calor. Entro en ella. Cabezas gachas sobre una barra que limpia la camarera con aire de castigo. Todos en el filo. Una navaja pende sobre nosotros, sujetada por un tenue hilo, delgado, sujetado por un dios inmisericorde, ciego, altivo. Sustantivo sin palabras. El castigo. Arriba y abajo. Aquí estoy, estamos, como entes de otro tiempo, en un tiempo lleno de distintivos, iguales. Marcas de humanidad que deshumanizan. Y en medio de tanto, de todo, de nada, una flor surge de una grieta, viva, pequeña. Una flor rara entre el asfalto. Todo un placer, un placer delicado. La miro. Quisiera cogerla y llevármela, pero me niego. Me siento enfrente, le hablo. Yo soy tu único testigo, le digo acercando la mano.
Siguiendo la línea del Hauki se encuentra otro tipo de poema, que lo hace más complejo sin dejar la simplicidad, que no el simplismo; que bucea en el momento, en el detalle; sin perder la belleza sino ensalzándola. Es el Tanka.
Con amapolas he vestido la noche; para llorarte. Derramando lágrimas de terciopelo negro.
Encuentro una silla vacía, en la nada, sobre ella. Es una imagen poética puesta en pie. Observo el hecho en su simplicidad aparente; veo el vacío, la ausencia, la presencia. No hay simplicidad sino belleza. Una belleza y una profundidad inusual, la de un lugar vacío, sin nadie. ¿Qué hay ahí? Imagen. La imagen de la incomunicabilidad, la inutilidad y el fracaso de la vida.
La imagen se desvanece entre la bruma. Más silencio.
Observo, desde lejos, una silueta que se acerca. Gesticula cuando llega, se para, se aquieta, se aclara la garganta y lanza el gran mensaje, el de la experiencia de la vida. Es un sordomudo. Desaparece.
¿Y ahora qué? La vida es extrañamente trágica, extrañamente cómica. ¿Cuál era ese mensaje? Casi nadie acierta, casi nadie lo desgrana.
Champán de noche, entre estrellas. Es temprano. Las ocho. Pocas personas en la playa. Cuatro o cinco, y de vez en vez, a intervalos amplios de tiempo. Son esas cosas que pasan, que las personas desechan lo que tienen. Nos sentamos a la vera del agua. No hay viento. El mar rompe suave en la arena. Apenas audible. Quieto. Miramos la línea del horizonte. En silencio, en el silencio. Hace tiempo que no nos vemos. Es fácil estar así. Hay silencios que valen más que mil palabras. Nos bebemos la botella. Y, a veces, hay detalles que redondean momentos, que los hacen especiales, sublimes. La luna, inmensa, surge al fondo, en naranja, y asciende. Es mágico, casi religioso, ese desprendimiento de las cuestiones por las que luchamos día a día, generalmente tan mezquinas. Miro sus ojos y me asombro, aunque no debería, pero es que hay pocas personas que tengan ese don, el de la emoción de los momentos. Unas lágrimas le escurren. Seguimos mirando la ascensión y la transmutación del color, amarillo, blanco, derramándose en el mar, riela en el agua, expandida su luz, inmensa, bella, la esencia de la belleza. Un grupo de gente la ve y decide hacerse unas fotos, las típicas; una chica se coloca para que la luna parezca que está en su mano. Un par de minutos y se acabó. Se marchan. Se acabó la playa, se acabó la luna, se acabó la belleza; con un par de minutos basta. Esas son las otras formas de divertirse, de entender la belleza que tiene mucha gente, tan válidas, dicen, como cualquier otra. No sé. ¿Dónde están los demás? ¿Dónde están los más? ¿Dónde están esos que dicen disfrutar con otras cosas? ¿Qué otras cosas son? No los envidio, no. En absoluto. ¿Subimos una pared? Me dice de repente. ¿Ahora? Sí. No, es una locura. Venga. Que no. ¿Tienes miedo? No. ¿Entonces? Respeto. Vamos. No. Lo pienso un momento. Si quieres cojo todo y subimos, dormimos allí, y mañana, temprano, lo hacemos. Vale. Me gusta ese punto de locura, de naturalidad, de audacia, fuera de lo común, fuera del común. Sonrío. Escoge Linkin Park y lo pone en el Cd. No para de cantar, a voz en grito. La una de la madrugada. Dejamos el coche al lado de la carretera, al borde del camino que sube hasta una pared que me gusta, que conozco. Plantamos la tienda al lado, a la luz de los faros. El frío es absoluto. No creo que haya más de dos grados. Los sacos aguantan perfectamente. Nos levantamos con el sol. Hay escarcha. Nos tomamos el café del termo y un puñado de frutos secos. Subimos lento. Poca carne al aire. Absolutamente cubiertos. Dos horas para llegar. Sobra la ropa. La roca está helada. El sol tardará en darle. Abro yo, me dice. De acuerdo. Para subir se necesita habilidad, gracia y equilibrio, resistencia y destreza. Miro cómo sube. No está mal, le digo. Mira hacia abajo y sonríe. No, no está mal. Mira y busca dónde poner los dedos, las gritas, los salientes. No tiene prisa. Eso está bien. Disfruta de cada movimiento, de superar cada tramo. No es llegar a la cima sino subir. Le dejo espacio y comienzo por una vía paralela, pero cerca. Desaparece el mundo. Mente, cuerpo y roca. No hay más. Te mueves, respiras. La muerte al lado, tu compañera. Control mental. Vencer el miedo. Superarte, superar tus límites. Es como si estuvieses unido a algo trascendente. Una experiencia turbadora, dado lo poco que en la cotidianidad actual y con la mayoría de las personas se puede acercar uno a lo trascendente. Movimientos lentos, minuciosos. Las manos duelen. La fatiga se acrecienta a cada paso. Es una sensación de danza vertical. Es pura magia. No puedes sino enamorarte de la sensación de libertad. Brillantez. Diez metros. Miro al lado. Sonríe. No puedo más, me dice. Lo entiendo. Es suficiente. Bajamos. Lento, y con cuidado. Sonríe con felicidad cuando terminamos. Desandamos el camino hasta el coche. No para de hablar, me cuenta lo que siente. Sonríe en todo momento. El subidón de adrenalina todavía le hace efecto. Euforia. Comemos en un restaurante del pueblo. Frente a la ventana. Las vistas a la montaña. Aún queda nieve. El resto de las mesas vacías. Es temprano, pero tenemos hambre. De abajo, del bar, sube el murmullo de la gente del pueblo. Huele a lumbre, huele a pueblo, a auténtico. El humo denso, las caras de la sierra, las arrugas del tiempo, la sonrisa de vidas vividas. Huele a siempre. Pedimos cervezas, y “bolets” de tapa. Se va llenando poco a poco de gente. Un par de familias con niños pequeños. Una pareja de ancianos. Un grupo familiar que creo celebra la recuperación del patriarca. Por sus movimientos parece que le hubiese dado un ictus. Le cuento las historias de todos ellos. Me gusta eso. ¿Qué? Cuando cuentas las vidas de los que ves. Suelo equivocarme. No importa, pero hace que imagine esos mundos que sólo tú ves. Embutidos de la sierra y chuletas, para compensar el esfuerzo. Y un tinto de la tierra. Cae la tarde. Recorremos el pueblo. Me recuerda al mío. Huele a humo. No hay gente. Nos volvemos. La música, ahora, la elijo yo. Claro, es tuyo el coche. ¿Qué? Tom Yorke. De acuerdo, me encanta.
Inlakesh: "tú eres yo, yo soy tú", decían los mayas.
Se encontró la vida en Monterrey. Mario. Se llamaba Mario. Tez oscura. El pelo negro. Amable, delicado en el trato. La muerte le rondó pronto. Sin avisar y ya avisando. La vida es así, se escribe a trazos, a veces lentos, a veces rápidos. La madre se fue de repente dejándoles sólo el llanto. Todos se desperdigaron. Sus hermanos se repartieron entre los tíos y abuelos. No había plata para tenerlos juntos. Y eran unos cuantos. Siete para ser exactos. Al padre no le permitieron ni acercarse a ellos. El tequila le había secado el alma y el cuerpo. Borracho de día, y de noche borracho. Las marcas de sus manos y de sus puños habían quedado en la cara y el cuerpo de Lupe durante años, y en el recuerdo del resto. Lo echaron. Y ahora ni le dejaron acercarse a ellos. Mario y Lupita, la mayor, fueron a casa de un tío. Testigos de Jehová. Y allí estudió durante un año. Prometía. Le concedieron una beca para marchar a Monterrey, a la Escuela Tecnológica, pero sus tíos se negaron. Eran muchos hermanos y el hambre hace estragos. Tenía que vender La Atalaya y honrar así a Jehová Dios, el Soberano del universo, y obtener, de paso, un poco de dinero. La Atalaya consuela a la gente, Mario, anunciando el Reino de Dios, le decían. Se quedó sin escuela, sin estudios, sin lo que quería, sin lo que podía. Todo el día en la calle, vendiendo la revista, prometiendo la salvación, prometiendo la otra vida. Y él en ésta. Perdida. No pudo más un día y se marchó. Era de noche. Salió a escondidas. Una mirada a los ojos cerrados de Lupita. Un adiós a hurtadillas. Trece años que se escapan de su tierra para cruzar la frontera, para intentar otra vida. Cruzó el Río Grande de noche, en otra noche eterna, esquivando a la migra, pisando el desierto, vacías las manos, muerto de miedo y tiritando. Intentaba encontrar la puerta del mundo, en aquella absoluta oscuridad que era la noche, que era su vida. ¿Quién decide las fronteras? Fronteras que dividen los países, y las almas y los cuerpos. ¿Quién las cruza? Y van cargando, en la noche, junto a los sueños, miles de rostros, y sus voces y sus murmullos, y sus risas y sus llantos; los de tantos, los que les quisieron, los que lo intentaron y se quedaron, allí, en la frontera, a ambos lados de Río Grande.
San Antonio, Texas.
Lo recogió la mujer de un juez. Trabajó en su cantina, de mesero, de friegaplatos, de recadero. Aprendió bien el oficio. En pocos días era un maestro. Y la vida, que va en zigzag, a veces, le esperaba en la revuelta. El juez y la frontera. La droga y el poder. La corrupción y el desastre. El débil siempre es el más pequeño, el indefenso. Sin papeles. La migra. El chantaje. Cambió los recados del bar por los de la noche a través del desierto. Una noche y otra noche, conduciendo, a sus trece años, un Chevrolet por el desierto, hasta Laredo. Una noche de aquellas, con el maletero lleno, lo esperaron, lo balearon. Un último balazo en la noche, resonando seco, muerto, en la cabeza, para rematarlo. ¿Quién que no se siente desgarrado y separado puede tener la sangre fría para desgarrar otro cuerpo, para humillarlo?
¿Qué futuro tienen quienes han sufrido una agresión constante, quienes han sido desterrados, obligados a dejar sus tierras, sus maneras, sus vidas? Recreaba en su mente toda la historia hasta llegar al llanto, un llanto que no le mojaba, seco; pasando por la indignación, el espanto, el dolor. Y todo quedó, en su interior, apagado, negro, en silencio. Quedó allí, en el piso, tirado como un perro, desangrado. Tenía trece años y algunos meses. ¿Cuántos corazones atraviesa una bala? ¿Cuántas familias mueren con un muerto?
Lo encontraron tirado en el piso, sobre el ocre de la tierra, con las primeras luces de sol. Meses y meses en coma. Salió. Hemiparesia izquierda fue el resultado. Sólo tenía movilidad en la pierna izquierda, aunque muy limitada. En el brazo ninguna. Una gorra de los Sixers en la cabeza, para tapar la falta del hueso que le quitaron. Quedó herido para los restos, por tanto. ¿De qué sirve salvar la vida de un cuerpo si te matan el alma? ¿Es en el cuerpo o en la mente donde queda la herida? Mario ya estaba herido antes de aquello. Herido si no muerto.
Los mayas decíanque el universo no es otra cosa que una matriz resonante a la cual nos podemos conectar para obtener toda la información del universo. Tal vez fuese así, pero la realidad es muy diferente. Le conocí en San Antonio. En la cantina. Me dibujó una sonrisa con los ojos cuando nos trajo las cervezas y las ostras. Andaba rápido. Un rictus en los labios, como de tristeza, pero los ojos eran otra cosa. Lo miraba ir de un lado a otro. Nos vimos al día siguiente. Fui sola al bar. Quería verle de nuevo. Hablamos y hablamos entre sus paseos por las mesas, sirviendo cervezas. Quedamos esa tarde. Su historia me heló el alma. Me dejó en vilo. Nos enamoramos. Yo más de él. Él creo que tenía otras necesidades. Hay distancias y distancias, y entre él y yo había unas cuantas.
Nos vinimos a España y nos casamos. Al principio fue especial, bonito, tierno.
No encontraba trabajo. Le hundía, le mataba. Se veía inútil, desgraciado. Y nos mataba. Nos estaba matando. No hablaba, no hablábamos. Todo era deterioro. Todo era desespero. Yo trabajaba dieciocho horas para mantenernos. Tres trabajos. Muerta de cansancio, físico e interno, y luego el silencio. No podía con mi vida, con mi alma. Conocí a otro hombre y… Lo necesitaba. Perdí el control. Aquel silencio me llevó a aquello. Lo descubrió y se marchó de casa.
Encontró trabajo. Pero la suerte, distraída, le dio la espalda. Tuvo un esguince en la pierna sana. Meses de baja. Le pagaban poco, tarde y mal. Al final le despidieron. Tengo una demanda contra ellos, pero… Volvió a casa. Más hospitales. Le hicieron una resonancia magnética, aun sabiendo que tenía restos de bala. Le enrollaron la cabeza con una toalla a y le metieron en la máquina. No pasaría nada, nos dijeron. Otro calvario. Parecía que aquello no iba a acabar nunca. Dolores de cabeza constantes, mareos; perdía el conocimiento, se caía al suelo. No es por la resonancia, dijeron. El suicidio como solución. Sólo un intento. Le salió mal. Hasta para eso tenía mala suerte. Lo ingresaron en la unidad de agudos del hospital. Tras un mes volvió a casa. Hice presión para que saliera de allí. Se estaba muriendo. Sin sonrisa en los ojos, como un demente. Y sin embargo había un raro brillo en ellos. Extraño. Hacía tiempo que no lo veía.
Su corazón no estaba conmigo, era evidente. Había conocido a una chica, en el trabajo. El azar y sus juegos extraños. Al final me lo dijo. Lo seguí cuidando. Una tarde subí a casa, tras el trabajo. Lo encontré muy triste. Le dije que viniera a tomar un café, pero no quiso. Anda Rosita, ve tú, me dijo, yo no me encuentro bien. Siempre solo. Siempre encerrado. Le insistí, pero no quiso. Me bajé con unos amigos. La mayoría se fueron. Me fui con Tono al bar de al lado a tomar una cerveza. La necesidad de palabras. El tiempo extraño. Sonó el teléfono. Ana, la camarera del bar donde siempre estábamos. Mario, que se ha tirado. No hubo más palabras. Se tiró desde la terraza de casa. Un noveno. Lo que perdura es lo que uno recuerda. Eso no cambia a menos que uno lo decida. No pudo con tanto engaño. La vida le pudo a pesar de tanto. Tantas historias, tantos recuerdos nefandos. Tanta vida necia, mentirosa. Su novia también le estaba engañando. No pudo más y acabó con todo, reventado, sobre otro piso, lejos del desierto, embaldosado. Eligió cerrar la memoria, eliminar lo guardado, sacarse los recuerdos aunque fuese a balazos.
Desde entonces no he vuelto a pasar por el lugar donde cayó, aunque está al lado. Él permanece allí, como una mala memoria, como una maldición, como una herida putrefacta que aún supura.
Inlakesh: "tú eres yo, yo soy tú", decían los mayas. Si eso fuera cierto…
Una vez, un mendigo, alcohólico, me dijo más o menos esto: ¿Cuánto se puede arrastrar una persona? ¿Cuánto? ¿Hasta dónde de bajo se puede caer? ¿Cuánto tiempo se puede vivir en el cieno? ¿Cuál es el límite de la indignidad? ¿Durante cuánto tiempo se puede engañar uno a sí mismo? ¿Hasta dónde y hasta cuándo podemos mentir y mentirnos en lo que es la esencia de lo que somos, de lo que queremos, de lo que sentimos? Somos dueños de nuestros actos y esclavos de nuestras palabras; pero que pronto olvidamos, y queremos sepultarlas, borrarlas... Y esto vale para mí y para los que van bien vestidos, pero sobre todo para ellos.
Por eso, dejad que el Dios de los mediocres se apiade de sus feas y podridas almas; no alcéis la mano contra ellos, ni tan siquiera la voz, y permitíos, tan sólo, conmiseración, pues su padecimiento es inmenso y su tormento atroz, y con el tiempo su efecto será multiplicador.
Les desearía suerte, pero la suerte, en el juego, no cuenta. El que pueda oír que oiga; el que sepa escuchar que escuche.
Qué no daría, ahora, por caminar a tu lado, por beber tu aire, por respirar tu mirada, por rozar tu mano y poder susurrarte los colores que miro con deleite, solamente. Qué no daría por vivir pausado, andando la vida suavemente, contigo, viendo el espacio de la belleza cierta, sabiendo que la vida es, así, la vida, plena, llena de color, envolvente, auténtica.
Y, sin embargo, me conformo con pensarte, con tenerte dentro, en los pliegues de mi alma, y sentir en mi mano ese único pétalo, tierno y blanco, que dejas caer de cuando en cuando. Solitario, inerte, y aun así intenso y delicado. Dulce regalo de tu espíritu, flor que desgranas en el tiempo, lejos y a la vez presente.
Qué no daría por poder, aunque sólo fuera, tenerte un solo instante, verte un segundo, sentirte, vivirte. Solamente.
Algo de Arte, suave, delicado, mágico, para estos tiempos tan vacuos, tan ausentes, tan llenos de nada y sin embargo con tanto. Para los que saben degustar. Algo que alegra los sentidos, que ensancha el alma, que la eleva, que la calma. ¿Por qué nos resulta tan extraña y a la vez atrayente la Gioconda, al margen de su fama? Tanta que acaba, a veces, cansando. Por eso lo mejor es mirarla como si nunca la hubiésemos visto, como si no supiésemos nada de ella. ¿Por qué nos produce eso? ¿Por su misteriosa apariencia? Hay algo subyugante en su sonrisa, en su mirada, en su expresión. Quizá por eso nunca sabremos cómo nos mira. En el rostro, la expresión reside básicamente en dos rasgos, los labios y los extremos de los ojos, y eso es lo que da Vinci dejó a la incertidumbre, como licuándose en suaves sombras. Es como si se nos escapase su expresión. Parece que vive, que piensa, y que nos mira. Cambiante y distinta cada nueva vez que la miramos a ella; con aflicción, sonriendo. Y el efecto es mucho más acusado si observamos el cuadro, allí, en el Louvre. Ese resultado es buscado, pero sólo está al alcance de los grandes genios. Da Vinci fue uno de ellos. Trató, y consiguió, de que ese rostro no pareciese el de una estatua, sino que tuviese vida, que no pareciese que el pintor la hubiese encerrado en un espejo para la eternidad sino que pudiésemos imaginarla moviéndose y respirando. Para ello dejó que el espectador pudiese imaginar, no dándole algo. Con cierta vaguedad en la forma de los contornos, no tan precisamente dibujados, como desapareciendo en la sombra. Ese contorno borroso, esos colores suavizados que hacen que una sombra se funda con otra dejando algo a la imaginación del público, es lo que él hizo, es el sfumato leonerdesco. Pero hay más en la Gioconda, no sólo eso. Algo aún más profundo, atrevido, brillante. Los dos lados no coinciden exactamente, tanto en el rostro como en el paisaje que hay detrás. El izquierdo del cuadro está más elevado que el derecho, en el rostro y en el paisaje, con lo que si centramos la mirada en la parte izquierda, ella parece más alta que si la centramos en la derecha, y si miramos un lado u otro de su rostro, éste parece cambiar también. Pero Leonardo es mucho más que un mago de la pintura. Leonardo es un genio, un creador. Él dio vida a ese rostro, a esa persona, plasmando perfectamente el rostro, el cuerpo, los ropajes. Sólo hay que observar la mano, la manga, con ese naturalismo, con esa perfección en el detalle. Leonardo enseña, en la Gioconda, que sabía dar vida con el color. En todo ello radica el misterio, la magia, la genialidad del maestro. No hay ningún otro misterio en ella, en la Gioconda, en ese cuadro. Ahí está el misterio, en esa genialidad, en esa creación nueva, en la capacidad de dar vida y en que el que lo mire, nosotros, la imagine, la imaginemos; en que la veamos, la sintamos, y sepamos apreciarlo. Escribí algo sobre él hace mucho. Por ahí anda, perdido en este blog. Una delicatessen para degustadores de la belleza, de la vida, de la magia, del misterio, de la verdad. “Léeme lector, si mi lectura te agrada. Porque en contadas ocasiones retorno a este mundo…”, decía el maestro. Leamos y miremos, pues nunca sabremos cuándo ni si volverá.
Frío. Estoy aterido, helado, por dentro y por fuera, yerto, frío. Yo no dejo cadáveres en el camino, o al menos lo intento; pero el dios de los malditos se ha cebado conmigo, y camino cautivo, con cadenas atado, deambulando herido, afligido, perdido, aterido, solo. "Estoy aturdido por este incesante ruido que llena mi cabeza. No sé qué es ni de dónde proviene. Tan sólo quiero dejar de oírlo, y de sentirlo. Que salga de mí, que me abandone. La lealtad se mueve a impulsos, con movimientos espasmódicos. A veces sin sentido, como si el capricho la impulsara con su deshonesto y voluble deseo, de un lado a otro. Cielo e Infierno. Dualidad permanente. En el aquí y el ahora, en el pasado y en el futuro. Las palabras se mueven dentro de mí y carezco de poder sobre ellas. Hermosas, distintas, sin sonido a veces. Casi siempre sin sentido. Únicas. Individuales. Sólo cobran significado en raras ocasiones. Para sugerir, para decir, para ordenar. Impúdicamente o al contrario. ¿Importa? Tal vez. A mí, desde luego, no. Creo. Yo las amo, con orden o sin él, con sonido o sin él, individualizadas o formando frases. Forma. Armonía. Caos. Intento entrar en ellas, con codicia. La precipitación, siempre, es fruto de la inconsciencia. Su destino, el fracaso. Quizás por eso. La nada y el todo. Dios y el diablo. Dos, siempre dos. La eterna lucha. El movimiento constante y consciente del universo. La cualidad de la consciencia, o de la conciencia. El Ser. Me aferro a ello y quiero. Comprensión de la necesidad. Necesidad de comprender. En ello está la clave, inasible, de todo. Me quemo por dentro en una espiral de humo que trasciende el pensamiento. Oquedad. Siento la necesidad imperiosa de hacer, de ver, de sentir. Deleite. Pasión. Belleza. Oscuridad. Luz. Pureza y pecado. La búsqueda permanente. Adolece mi espíritu de algo inmarcesible. Se me niega. Ignoro la razón. Lo soporto. ¿Hasta cuándo? Pienso en ello. Mi alma se aflige. Siento su dolor como físico. A veces no puedo. Lloro. Las lágrimas se deslizan por mis mejillas como regueros de ciénagas putrefactas. Caen en un mar de agonía que no tiene fondo. Abismo infinito. Recuerdo y me niego a recordar. Abarco el pensamiento. Similitudes. Personas apareciendo en mi mente. Una calle sin límites. Un horizonte opresor. Cielos de acero. La muerte como compañera. La muerte como sistema. Los ojos que no ven. La belleza ciega. La amistad de la nada. Lo negro. Quiero ver y no ver, sentir y no sentir. Poseer. El deseo que no ceja. Envuelto ahora y ya no. Cansado por tanto. Aburrido de tanto. El camino autoimpuesto es largo. Como el día. La noche esperada. Amada por intensa, y extensa. Añorada en la luz y fuera de ella. Apartando de mí la lobreguez del brillo. La inutilidad de su asfixiante luminosidad. Imposibilidad. Ahogo. Se marchita como las hojas. Poder y no poder. Ascender. La bajeza de toda pasión. Lo excelso de ellas. Negar lo deseado. No vivir. Acaece todo tan rápido. Es tan pesado. No y a veces si. Pero cuando se niega huye. La huida como solución. Placeres que carecen de sentido o sentidos que carecen de placer. Abismo intelectual. Podredumbre. Las hojas me enseñan a morir. Me ensaño en el pensamiento. Manifiesto la duda. Me opongo a seguir. Administro las gotas de mi existencia. Lúcida. Amarga. La caída es tempestuosa. Lo niego pero la llama se apaga. No hay luz. A oscuras. Grasa animal quemada en un incensario. Objeto votivo plagado de deseos de ascensión. Innecesarios. Tal vez si, o no. La duda lo permite todo. Innecesarios por inútiles. Inútiles por inadecuados. Inadecuados por a destiempo. Rotos como el espacio. Los aromas desaparecen como los colores en volutas difuminadas en una atmósfera apenas vista ya. Apenas intuida. Caleidoscopio opaco. Ascenso y descenso de formas, de aromas, de colores y de sabores. De nuevo la dualidad. Me hablan. ¿Oigo? No escucho. Inapetencia. Estoy absorto pero no sé en qué. Lo necesario, ¿qué es? ¿Y lo innecesario? ¿El camino? ¿El que se hace poco a poco? ¿A trompicones? ¿El lento y tortuoso? ¿El rápido y sin obstáculos? Negligencia absurda de lo inadecuado. Las dos caras de Jano. La lucha infinita. Retos. Asumibles o no. Retos. Alguien que respira. Gritos. Miro a veces en su dirección. Como si el viento. Próximos. Las palabras sólo indican sonidos. Los sonidos de las palabras. El silencio de las palabras. El silencio del silencio. Atmósfera mefítica. Belleza y abyección. Los gestos de un suicida. La profanación del hecho. Belleza otra vez y otra vez más. La ira de mi niñez. Se interrumpe siempre. Sucesos enormes de la memoria. Castillos rotos. Pretensiones inútiles. Inasibilidad. Las personas se enquistan. Corazas reforzadas. Cuesta desasirse. Desapego. Y la magia. Arquitectura del espíritu. Exceso del alma. Rotura. Rotura infinita. Creación fuera de lo empírico. Ayer la negué. Día tras día tratando de evitarla. Caída. Magia. Magia y mito. Mitos creados y guardados en el interior. Imágenes del tiempo. Imágenes urdidas y sacadas como gotas. Espaciadas. Como el rocío. Terciopelo inerte. Ángulos. Esquinas que duelen al traspasarse. Ángulos rotos. Geometrías. Como líneas de ideas. Disipadas. Mitos reales o imaginarios. Casi nada es ya lo que fue. Ni aquí ni dentro. Ni allí ni fuera. Como las direcciones contrapuestas que convergen. Divergencias. Líneas que surgieron en algún momento. Separaciones. El final o el principio. ¿Quién lo sabe? ¿Quién lo intuye? Creo que nadie. El tiempo culmina todo. Lo real y lo imaginario. Siento sopor, un sopor inmenso, adusto y viejo. Camino por las sombras. Sombras del pasado. Me envuelven. Veo lo que no quiero ver. Aspiro el aroma del recuerdo y me envuelvo en él. Con deleite. Con hastío. Intento lo imposible. Quiero lo inasible. Ahogado en el tránsito. Camino por caminar. Sendas sin sentido. Opacas vías que no van a ninguna parte. Que vienen de algún lugar apenas entrevisto. ¿Vivido o recordado? ¡Quién lo sabe! Apenas me queda ya nada. Sinfonías en la mente. Notas que se me clavan como dardos. Arpones de un tiempo que creía enterrado y que surgen acerados. La música. Siempre la música. El camino y la música. La vida y la música. La palabra y la música. Oscuro epítome de la nada. Lago eterno que fluye entre mis manos. Abierto. Cerrado. Constante movimiento. El devenir de las ideas. El yugo de la materia. Atracción. Repulsión. Me acodo donde puedo y pienso. Dolido por todo y por nada. El dolor. La maldad espera en mi mente. Y la bondad. Esperanzas compartidas. Esperanza solitaria. Soledad buscada. Soledad amarga. Te niego. Reniego de lo dicho. De lo afirmado y de lo negado. Y de lo pensado. De lo entrevisto. De lo intuido. Reniego de todo. De toda una vida malvivida. De toda una vida desperdiciada. De toda la existencia. De ti, de mí y de todos. Reniego cuando aún puedo. Reniego cuando aún se me deja. Reniego ahora y siempre, por los siglos y de los siglos. Amén. Las palabras vuelven. Como siempre. Cada vez son más claras, aunque no las comprendo. Tienen significado individualmente pero no como colectivo. La locura infinita de sus formas me sublima. ¿Pueden? Intento asir su significado pero sólo crean formas. En mi mente. Dentro de ella. Reconocibles, algunas. Otras no. Crean espacios, comprendidos, apenas vislumbrados. Los comparo con los vistos. Con los vividos. Algunos. No sé. No estoy seguro. Tal vez aquella cara. Aquel cuerpo. Tal vez. No sé. Quizás. Además ¿para qué? Ahogado a lo largo del tiempo carece ahora de todo sentido. En su absoluto. Y sin embargo hay emoción. La emoción de lo que fue, o de lo que recuerdo que fue, o de lo que quiero recordar que fue, o de lo que me hubiera gustado que fuese. Creación de formas y sonidos. De espacios y de tiempos. Cada uno su propio Dios. Cada cual su amo y señor. Dominio de la mente. Dominio del recuerdo. De los recuerdos. La creación creada. Dios y sólo Dios. ¿Para qué? Para ocultar la debilidad. Para ocultar el fracaso. La creación de un Dios impostor. La no creación. El dilema. Diletante. Un ser descarriado. Agónico. Perplejo ante nada. Incapaz ante todo. Camino constantemente por lo innecesario, como un río que fluyese eterna pero intermitentemente. Con afluentes o sin ellos. El camino innecesario. La búsqueda como fin. El fin como búsqueda. Nunca se sabe que es realmente lo accesorio. Encuentro frases. Ahora que de casi todo hace ya veinte años. El tiempo como realidad suprema. Lo inmanente. ¿La idea de belleza lo es? Todo se degrada afortunada o desafortunadamente. La lógica lo explica. La razón. La razón de la sinrazón decía Don Quijote. Amargura sin límites. Desolada humanidad. Nido de cuervos. Pájaros. Aves. Augurios infernales".
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación. Pero, Is there anybody out there?
Gime el viento en susurros eternos, de llanto, de tempestades, levantando arena, rasgando. Ya sólo hablan las voces de los muertos; y de sus voces, un ruido que rompe el silencio -la música de Dios- con sus gritos, con sus quejidos, con sus lamentos, emerge negro. Y es que no tienen bastante con estar muertos. No susurran, no murmuran, gimen en gritos de espanto.
Y siento un vértigo diferente a cualquier otro vértigo, a todos los vértigos, como el pánico en los ojos de una madre cuando acoge entre sus brazos a su hijo muerto.
Pero la piedra habla, quedo pero habla; la piedra está viva. Sólo hay que saber escucharla, saber mirarla, apreciarla en su belleza estática, de siglos, sagrada.
La vida es sabia y se expresa. Sólo hay que amarla, olerla, acariciarla. Todas las respuestas están en el camino viejo, en el camino largo, en el camino eterno.
Siempre hay sol en los afueras, y en los patios. Vestir zapatos nuevos o andar descalzo. ¿Qué más da? Sólo son pareceres. El camino siempre es largo, y un placer, inmenso, poder andarlo. Ojos de alambre, sonrisa roja –sólo una línea-, sincera. Una mano que se alarga, una mirada que acoge. Hay gotas de lluvia, tras el cristal, dibujando imágenes. Detrás los ocres, y el crepitar de la madera. El suave llanto de un chiquillo rompe la noche. Un búho mira la oscuridad. No hay caricias bajo el firmamento, sólo dispendio. Ruidos oscuros, almas de esparto, lluvias que calan. Negaciones. Y entre tanto y tantos, bailo la danza de los locos, la de los niños, la de los viejos. Yo siempre danzo, como un poseso, la música de la vida, con su alegría y llanto, buscando con el movimiento la sonrisa que ansío tanto, entre las notas de música y entre los llantos. Vivo en los sueños, en las montañas, arriba, y, también, aquí abajo.
El cortejo era lúgubre. Todo negro. La lluvia inclemente caía con una constancia que dejaba poco sitio para cambiar el gesto. A veces, el viento, que azuzaba y alimentaba la sensación de frío, hacía que el agua golpease el rostro de las tres personas que acompañaban, detrás del sacerdote -vestido con sotana negra y casulla blanca, mientras intentaba mantener, con una mano, el bonete- y de los dos monaguillos, el féretro. Éste era de madera de mala calidad. Incluso el color del barniz era humilde, y su pátina le daba un tono más triste si cabe. Todo invitaba al desconsuelo. Todo invitaba al olvido. Los cuerpos echados hacia delante, como queriendo avanzar más rápido, empujando con el pensamiento, con el deseo de acabar con ese deber impuesto. El Réquiem era la lluvia y el sonido de los pasos rápidos sobre los charcos. Parecía que nunca iba a acabar aquello. Todo fue atropellado, húmedo, negro. El enterrador cubrió la caja, con la lápida, tras el breve responso des cura. El hisopo terminó la obra, perdido su santo líquido entre las lágrimas que lloraba el cielo. Todos corrieron, salvo tres personas que allí quedaron, aprisionadas al hecho, como tres condenados. Tres miradas de niño mirando el mármol, llorando quietos, como anclados a la tierra, prisioneros del empapado blanco. Ausentes, idos, muertos.
Hay angustias que queremos apagar amagando lo perdido, huyendo, creyendo que todo es rocío. Velamos los ojos, acallamos el alma, caminamos en círculo. Todo es vacío, allí donde todo es distancia. Y en el camino desgarramos la tierra, arañamos los limos, respiramos los cienos, navegamos infiernos. Laberinto incierto vadeado a golpes, bajo lluvia de nadas, por veredas sin dónde, abriendo puertas metálicas, repintadas, frías, con apariencia de alma. Somos miradas de llanto, sonrisas de cuándo. Humedales. También hay margaritas, sí, pero la rosa, aun con espinas, resplandece tanto… Círculo de incertezas ciertas. Tristeza para los siempre. Verbo de sin palabras. Negaciones inconsistentes de aquello que miramos tanto, en las níveas profundidades, alejados de lo prosaico. El rocío refulge, sólo, en las claridades de los amaneceres vestidos de largo, fuera de los caminos y de los charcos, en los arriba. Qué lentos son los cantares por los que lloramos, en los espacios irredentos, en los huecos de dentro, en los que tanto ansiamos.
En esta página muestro mis mundos interiores, la vida como la veo y como la vivo, mis fantasmas, mis miedos, mis esperanzas, mi imaginación y mi fantasía, mis ilusiones. En suma, todo lo que hay dentro de mí.
La muerte, el tiempo, el abandono, las lágrimas, el miedo, la soledad, la duda, son los elementos que componen el espacio en el que la existencia de los personajes que habitan esos mundos se desvanece entre las manos, a veces, como la arena de la playa cuando, de niño, se juega con ella. Retazos de belleza, de color, de amor por la vida, a pesar de algunos de los elementos que conforman cada una de estas historias, vistas, vividas y sentidas por personas de distinta edad y condición. Lo que les une es la curiosidad, el amor por la belleza, el dolor, la sorpresa, el abandono, la pasión. La vida en suma. Decía Santa Teresa que se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las desatendidas. También se puede encontrar en: http://www.bubok.com/libros/11997/La-rosa-de-los-desahuciados
Azabache blanco
El amor llevado a su más alta expresión y terminado en el juego de las circunstancias.Una historia de encuentros y desencuentros, de dos personas que se aman hasta la extenuación y la locura, y que la montaña rusa en la que se hayan les lleva, en su búsqueda de amor y vida, a la separación y la muerte. http://www.lulu.com/content/5923727. También en http://diegojuradolara.bubok.com/
El jardín de las delicias (Anamorfosis)
http://www.lulu.com/content/1101115 Un hombre cree que la muerte como creación es la sublimación del amor y la belleza, del Arte. Su vida está dedicada a ello: la búsqueda de la belleza, de la muerte, del placer, del amor...
Et in arcadia ego (Fracasados, estigmatizados, renegados y otras raleas)
http://www.lulu.com/content/1273014. Conjunto de cuentos donde los personajes navegan entre la vida que les ha tocado vivir y la que les hubiera gustado vivir. Con la muerte como hilo conductor, y la búsqueda de la felicidad por el deseo insatisfecho, todos los personajes viven, sobreviven y mueren al compás de una vida que se les impone y de la que salen como el destino les dice o como ellos quieren imponerse al destino.
La travesía del bosque imposible
http://www.lulu.com/content/1084694. Un hombre relata sus tristes y curiosos avatares antes de morir, en una travesía harto imposible, por una vida sin sentido o con él, en busca del camino hacia el conocimiento...