13/2/08

Tiempo


TIEMPO. I

Siempre hundidos, aterrorizados por el miedo impuesto por el miedo; huidos en la vida, a escondidas, por las salas que ocupan el ala más alejada de la morada donde habita el miedo. La noche cubriendo sus pensamientos y ennegreciéndolos.
El azul combinado con el negro me parece de pronto de lo más elegante que se debe llevar en esta situación insostenible en la que vivimos. Siempre vestidos de blanco y no se puede… Negro y azul. No se trata de vestir, sino de ir más allá. De entrar en el color. De entrar en la cualidad del color de las cosas. Arduo trabajo. Lo sé. Pero quién no admitiría ese esfuerzo si el resultado final es salir de la oscuridad a la luz. Mejor moverse y morir que vivir en este eterno deambular de sala en sala.
Mi madre me mira como siempre, como a todos. Como siempre. En sus ojos sólo vacuidad. Pero a veces, algunas veces, se intuye una chispa, un ligero fulgor en sus negros ojos que invitan a algo que no sé lo que es. Recorre las salas buscando nuestras miradas sin buscar. Un día tras otro y otro más. Nos mira desde dentro y hacia dentro. Se mira dentro, donde nos lleva. Nacimos de ella para vivir y vivimos en ella muertos.
El tiempo se hace eterno en este devenir de espacios sin sentido aparente. El tiempo se ha instalado tanto en mí que yo soy el tiempo, o el tiempo soy yo. Lento, lento y negro. Negro y azul. Así es el tiempo. Negro y azul. Los colores que quiero vestir, porque yo soy el Tiempo. Necesito desembarazarme del blanco que me cubre, que nos cubre como una mortaja, como un sudario eterno desde nuestro nacimiento, para poder salir. Y miro en derredor pero no veo. Necesito respirar y no puedo. Los miro y no hay sino ojos vacíos, miradas vacías, lenguas vacías, cerebros vacíos por el tiempo que todo lo ocupa.
Enervante. Desesperante. No hay nada a mi alrededor y sin embargo está lleno. Mis hermanos y yo. Mil y uno. Sólo yo. Y necesito salir pero no puedo. No tengo armas para hacer lo que creo que debo, si quiero.
Mi padre. Nuestro padre nos rodeó de tiempo. Por el miedo a perder. Nos dio todo el tiempo para no perderlo, para tenerlo. Nos metió en nuestra madre de nuevo. Abrió el útero primario, la fuente de toda vida y nos alojó en ella. Dentro del seno materno. Él, fuera. Y aun así él vive como nosotros. Aterrorizado, en su sala que él cree celeste pero que no es sino otro espacio de tiempo inerte, por el miedo. Muerto también. Hundido por su tiempo. Rodeado de él. Rodeado por él. Sin saber que su tiempo es, como el nuestro, solo tiempo. Siempre el tiempo. Matizado por el distinto miedo, pero el mismo tiempo.
¡Maldito augurio! Y mi madre lo siguió. ¡Madre! ¿Dónde estás? Quiero ir contigo. Madre, ven. Madre. Quiero salir de aquí. Me muero, o estoy muerto ya. Muerto en vida. Enterrado en vida. De sala en sala y solamente encuentro tiempo.
Ayer vi en su mirada algo distinto a lo de siempre. Aunque tal vez sea lo que quiero ver y no lo que es realmente. Creí ver algo más que ese amor que necesito. Una chispa de inteligencia hacia mí. Algo que decía a través de la mirada. Esa inteligencia que sólo en las mujeres aparece, o en determinadas mujeres tan sólo. Pero no sé si esa inteligencia supera el amor hacia él. Si esa inteligencia unida al amor hacia mí, hacia nosotros, pero en especial hacia mí, porque sabe, es más fuerte que el amor hacia él. Y el tiempo se agota, porque el tiempo agota el tiempo y anula los sentidos embotando de negra textura cualquier resquicio de salida. Y me muero.
Deambulo como siempre de sala en sala como un lento poseso. Asciendo y desciendo los escalones que me llevan de un aposento a otro y miro esperando lo que sé que no hay, y aun así espero, aunque sé que no hay, que nunca habrá nada, porque el tiempo los ha inmovilizado con sus aterciopelados y suaves brazos, envolviendo sus espíritus de nada, de tiempo. Sólo hay tiempo.

Madre. Hola madre. No te entiendo. ¿Por qué me das esto? ¿Para dominar el tiempo? ¿Para ser el tiempo? ¿Para sacarme de ti? ¿Una hoz? ¿Una hoz para que la utilice cómo? ¿Como herramienta? ¿Como guadaña? ¿Contra ti? ¿Contra mí? ¿Contra mis hermanos? ¿Contra todos? ¿Para cercenar el tiempo? ¿Necesito hacerlo? ¿Por qué? ¿Cómo? Madre háblame. No soy mujer. Sólo soy el Tiempo. ¡Háblame, madre!
Se va, arrastrando su blanca túnica por el pasillo lleno. Se va con esa lentitud con que todos nos movemos. El rostro adusto. La mirada vacua pero hoy distinta, como ayer, y una lágrima que le escurre por la mejilla porque sabe… ¿qué? El amor perdido en el tiempo, en su tiempo. ¿El amor hacia mí le hace llorar o el amor hacia él? No entiendo. No la entiendo. ¡Madre háblame! ¡Explícame! ¿Ninguna palabra sirve para evitar la muerte? ¿Qué me quieres decir con eso? ¡Explícame! Madre, no te vayas. Dime lo que quieres que haga con la guadaña. ¿La muerte? Estamos muertos en el tiempo. Somos tiempo, sólo tiempo. El tiempo lo ocupa todo. La muerte es el tiempo. La muerte es el pasado, el presente y el porvenir. No hay nada. No existe absolutamente nada. Ni siquiera el vacío. No existimos nosotros ni nada de lo que nos rodea. Todo no es sino tiempo. Inerte tiempo. Absoluto pero inerte, como la muerte. ¡Madre!
Se vuelve a intervalos, y me dice con la mirada. ¿Qué? No logro aprehenderla. ¿Por qué no te he podido vivir hasta ahora? Te viví entonces, la primera vez que habité tus entrañas, y sin embargo ahora, ahora que el pensamiento está en mí no te vivo y ello a pesar de estar otra vez en ti, dentro, en tu útero. Dos veces vivo. Dos veces muerto. Distintas e iguales. Y el vacío no se llena. Y el vacío me ciega. Y el vacío me descubre que sólo el tiempo es el padre de todo pensamiento que anula la razón y el entendimiento. Pero yo no. Quizás por eso, madre, me miras así. Buscando a golpes la inteligencia del amor que seduce al otro amor para hacer. Buscando la inteligencia en los ojos del que puede ver y hacer, porque el amor es más grande que el amor. Tal vez si me dijeses qué o por qué, entendería mejor las razones. Estoy en tu vientre y estoy abandonado. Estoy en tu vientre y estoy necesitado. ¿Por qué nos abandonaste? ¿Por qué lo permitiste? ¿Por qué siempre un amor debe imperar sobre el amor? ¿Qué es esto madre? ¡Háblame! ¡Maldito augurio de muerte en vida! ¿Para qué me pariste si me dejas al albur del tiempo? ¿Para que me sacaste de aquel paraíso y me bajaste a la casa del inframundo donde sólo hay tiempo? ¿Cómo es posible que tu vientre, mi paraíso amado, sea más triste y vacío, ahora, que la morada más fría del inframundo? Dependo de ti y no me dices nada. Sólo me das la hoz, pero no me dices nada. Dependo de ti y sólo me miras. Buscas donde no se puede encontrar. No soy una mujer. Tú sí. Yo sólo soy el señor del tiempo. Sólo soy el tiempo. Gastado. Agostado. Pero sólo eso. Tiempo. Me siento inútil con esta hoz en mis manos. ¿Esperas que pague el sacrificio que hiciste por mí, por nosotros? ¿No te satisfizo su amor? …….




2 comentarios:

Anónimo dijo...

no logro entenderlo muy bien pero que cosa tan bella. Gracias por volver

Diego Jurado Lara dijo...

Me alegro de que te guste y siento que no lo entiendas. De nada, pero no he vuelto, sólo estoy de paso, de momento.