5/7/10

Bajo la sombra del sauce ciego. II

Cuando salí encontré a Iwana sentada bajo el sauce, acariciando al perro con un suave movimiento de su mano izquierda, sobre el lomo, mientras con la derecha se llevaba una fresa a la boca. Masticó con delicadeza, moviendo apenas los labios, unos labios finos y bien delineados. Me sonrió. Cogió otra fresa de la fuente de cristal azul marino que había sobre la mesa de madera de teca y me la ofreció alargando el brazo al tiempo que me sonreía. Siempre sonreía. Negué con la cabeza mientras me acercaba. Me agaché hacia ella cuando estuve a su lado y la besé en la mejilla. Me dijo algo, en su idioma, que no comprendí. Me senté junto a ella y me entretuve mirando como comía. Se rió a carcajadas y un leve hilo de color rojizo le escurrió de la boca hacia la barbilla. Se lo limpió con el dorso de la mano. Me gustaba quedarme así, mirándola mientras hacía cosas, cómo se movía al andar, cómo cortaba el aire con las manos mientras hablaba en su extraño idioma, intentando, supongo, decirme cosas, aun sabiendo que yo no la entendía en absoluto. Era todo un prodigio de gestualidad. Llevaba un pantalón mío, de lino, y una camiseta de algodón, mía también, verde oscura, con dos corazones en rosa, uno más grande que otro, y la frase “I love your tail”.
No tenía nada. No llevaba nada cuando se sentó conmigo, aquella tarde de hacía dos semanas, en Spandau, tras separarme de Diana y Jorge por cuestiones de destino. Él quería seguir a Praga y yo no. Diana dijo que también quería ir a Praga. Llevábamos, ella y yo, todo el viaje sin apenas dirigirnos la palabra. Ambos lo habíamos utilizado como excusa para reencontrarnos, sabiendo que en realidad era la excusa para acabar con una historia que éramos incapaces de sobrellevar como la teníamos y que, sin embargo, ninguno de los dos encontraba el momento ni la situación para decidirse o para creer que era lo que debíamos hacer. Saqué un billete de tren para Munich, y como aún quedaban seis horas para su salida, decidí hacer tiempo, tras comer una salchicha en la misma estación, sentándome en una especie de cervecería que había cerca de ella. Pedí una jarra grande y abrí el libro de Murakami, Norwegian Wood, por donde lo había dejado. Ella, Iwana, estaba sentada en la mesa de al lado. Me miraba constantemente, pero no le di más importancia y me dediqué a leer mi libro. Al rato la vi delante de mí, de pie, mirándome fijamente. Le dije que no hablaba alemán, pero no contestó. Inquieto, le pregunté si hablaba inglés. Negó con la cabeza. Me dijo algo en un idioma que no conocía, tal vez ruso o polaco. Sonreía -jamás la he visto dejar de hacerlo desde que la conozco-. Le hice un gesto con la mano para que se sentara. Lo hizo. Miró el billete de tren que yo había dejado sobre la mesa. Lo hice yo también. Me sonrió. Le dije, en español, y con gestos, que me iba a Munich y que, si quería (en tono de broma), se podía venir conmigo. No debió entender el tono. Se levantó, me cogió de la mano y me indicó, con gestos, que cogiera mi bolso de viaje. Lo hice, sorprendido, y la seguí. No me soltó ni un solo instante, apretando mi mano con fuerza, como si temiese que me fuera a desasir. Me llevó a la estación. Buscó la ventanilla donde se vendían los billetes para Munich. Miró a la chica que allí había, y después a mí con cara lastimosa. Estaba absolutamente desconcertado. No sabía qué hacer. Por qué no, me dije. Estaba solo y ella también. En el peor de los casos siempre nos podíamos despedir allí, en Munich, o tal vez sólo quería que le pagara el viaje. Saqué dinero y le compré el billete.

6 comentarios:

lara dijo...

Me encanta no se como te inspiras porque yo no puedo.
Una pregunta me a dicho mi sobrina si tu das lo del taller del geógrafo y del historiador.

Carmela dijo...

Siempre hay motivos para una ilusión, para una esperanza, para un futuro.
Ojalá de ese viaje naciera algo hermoso.
Un biquiño.

Ornella dijo...

hola amigo!- no me he perdido.. cada vez que entro me traen para estos lares tus letras.. cada vez que veo que has publicado una nueva entrada.. pero mira..
En primera instancia.. felicitaciones a la selección Española.. buen desempeño.. así.. hay que poner cojones.. garra.. y tb estrategia.. en fin.. perdon por mi bruteza..
Por otro lado.. el colorido del blog está fantástico.. pero mi miopia me mata.. se me hace imposible leer directamente de aquí.. tengo que copiar el texto.. y pegarlo en una hoja en blanco.. los colores y la imágen de atrás.. me pierden.. y yo.. que ya estoy perdida..
Bueno.. no quería dejar de saludarte.. vine a tomarme un cafe contigo.. te tengo presente compañero.. fiel a tus letras.. pero a no a tus colores.. jajaja.. al pie.. cariños

Anónimo dijo...

Ni yo, Lara; supongo que viviendo...
Diego

Anónimo dijo...

Siempre, o debe haberla, pues en caso contrrio...
Un placer, Carmela. No había pensado en eso, la línea la tenía clara, pero para ti la reharé, y saldrá algo hermoso.
Un bes.
Diego

Anónimo dijo...

Agradecido por lo de España, que ya tocaba despué de milenios sin nada; pero aún quda lafinal, ya veremos, aunque este país necesita algo así para suplir el despilfarro mental de las cabezas que nos gobiernan.
Y yo que creía que lo hbía dejado bonito... (es broma). Lo lamento, trataré de arreglarlo sin perder la esencia. No sabía que pudiera producir esas cosas.
Agradecido por el café, conmigo, un plaer, porque además soy muy cafetero (espero que fuese etiopía, o uganda en su defecto, con cuerpo y aroma). Algún día, cuando vaya a Argentina, queiré, alsur, muy al sur, y a BBAA, espero poder tomármelo contigo delante.
Un beso, y al pie.
Diego