1/7/10

Bajo la sombra del sauce ciego.I

Sobrevivo a base de absenta helada. El calor me pega a la sombra, en la que me resguardo como una culebra, aletargado, casi inerte. No se mueve ni una hoja, de un verde casi desaparecido, traslúcido. El tiempo detenido por un sol que abrasa, bajo, tan bajo que parece que en cualquier momento se vaya a caer; de un amarillo excesivo, hiriente. Todo parece muerto, la hierba, los árboles, el aire, como si todo el mundo hubiese muerto o se hubiese ido; los animales también, salvo las cigarras, impertérritas ante el infierno de calor en que vivimos, siempre cantando su sonido áspero, espeso, constante, taladrando ese aire denso, caliente y asfixiante que todo lo envuelve, como una orquesta casi monocorde, todas afinando sus instrumentos al tiempo, repitiendo una partitura de dos únicas notas.
No hay ni una sola nube que rompa el azul casi desaparecido del cielo, cautivo del amarillo intenso del sol.

Me he despertado empapado en sudor. Me duele la cabeza. Absenta. Demasiada absenta para paliar el calor y esta quietud que todo lo cubre, que todo lo encierra, que oprime mi cuerpo contra el suelo y me impide cualquier actividad. Me levanto a duras penas para darme una ducha fría. Un último trago al vaso de absenta mientras observo como el sol desaparece tras las quebradas montañas en la lejanía, en la línea del horizonte. Anaranjado casi rosáceo. Las gaviotas vuelven de algún lugar de tierra adentro, formando grupos, como rosarios extendidos sobre mi cabeza, allá arriba, en la bóveda celeste, regalo de un dios adormecido. Algún vencejo cruza el cielo, con su vuelo rápido, casi en zigzag, con esa forma tan peculiar de volar, de batir las alas, y el dibujo exquisito, en su simplicidad, de su cuerpo al desplazarse, con las alas extendidas; manchas negras bajo un cielo que anochece. Uno gato atigrado se pelea con otro, negro. Se miran, se retan, corren y se enzarzan en un cuerpo a cuerpo, entre maullidos de furia y de aspereza. El negro cae a la piscina, de la que sale rápido y, perseguido por el otro, corre hacia el seto, dejando sus huellas de agua sobre las baldosas. Mi perro los mira desde la distancia, tumbado, abúlico, inerte, sobre la hierba, bajo el sauce. Parece muerto, ajeno a todo. Sólo las pupilas se mueven siguiendo el quehacer de los gatos. Es hembra pero él no lo sabe, cree que es macho.

8 comentarios:

Marisa dijo...

Me ha gustado la descripción de cualquier tarde tórrida de verano que nos espera, o que ya estamos padeciendo. La sensación con la que me he quedado: el tiempo detenido bajo el infierno que, esta vez no está en las profundidades sino en el cielo.

Un abrazo, Diego.

Carmela dijo...

Vaya... sabes que tengo calor y aquí, ahora mismo llueve?
Increíble tu forma de escribir. Mi enhorabuena meniño.
Biquiños.

Anónimo dijo...

Me alegro, Marisa, de que te haya gustado. Siempre tienes una frase que completa y amplía, y mejora lo escrito.
Un placer.
Un beso.
Diego

Anónimo dijo...

Qué malo,o bueno, depende, es leer algunas veces.
Me adulas en exceso. Pero mil gracias.
Un beso para ti también.
Diego

Carmela dijo...

Nunca adulo es exceso.
Si comento es porque lo siento así meniño, sino paso. No me gustan los halagos ni los creo necesarios, es mas, me molestan cantidad.
Un biquiño cual suave brisa marina.

Anónimo dijo...

Pues aún más agradecido. Siendo real,coo ere, lo que dices sale y como sale queda, y eso es lo que ha de ser.
Un beso para ti, de esas brisas de tu mar.
Diego

Siab-MiprincesaAzul dijo...

Amo regresar a tus letras... este sin duda es exquisito y de un calor veraniego sin mas excepcional...
un beso grande! :)

Anónimo dijo...

Y yo que las andes.
Un beso para ti también, Silvia.
Diego