12/3/12

La náusea

La náusea. Mercedes Molinero




Esa mujer me produce cansancio térmico. Cada vez que la veo hay una desregulación de las caries, con lo que ello trae consigo, y todas y cada una de las rectas de mi cuerpo se destensionan y se convierten en oblicuidades. Se me acerca y esputo, hacia dentro (soy muy educado), y me atraganto con esa especie de bilis semántica que mi cerebro produce. Mastica lengua aderezada de quina de Módena (es muy esnob). Mientras habla fija la mirada como las serpientes al tiempo que arroja hojas secas como los vientos de un otoño marrón, que no son sino palabras sin descanso, imprecaciones metódicamente hechas para dañar, y entre ellas se escucha como un burbujeo de aire en ebullición que sale al exterior, o pugna por hacerlo, como esas pompas de aire en la superficie de un puchero puesto a calentar, y que me saca de mis casillas pero que me desconcierta y aprisiona también, como un matra sin sentido, desconocido y voraz. La siento como una guerra. Peón de alfil a reina. Karpov nunca me gustó. Tal vez por su mirada taimada y la sonrisa de alacrán, producto, ambas, de un régimen que primaba el maquiavelismo como método de ascenso social, y que convirtió la mezquindad en la moneda de uso corriente para trepar en la jerarquía o vivir en ella; o tal vez por las guedejas que se gasta, negras, lacias, sin lavar, pegadas, como las de ella, aunque ella se las lava o eso dice. Con carmín negro. Están partidas de forma axial, sus almas, como sus pelos. Un río de ojilllos de rata le caen por doquier o es la náusea de una alcantarilla o la de Sartre lo que le escurre por el escote. El decubrimiento de la filosofía puede llevarte a la abyección. Hiede el reo, dicen, y ella no para de escupir palabras como quien llueve en las noches del espanto. Como ese escozor en el culo al que no te puedes sustraer sin rascarte y que sabes, sin embargo, que sólo calma momentaneamente el escozor pero que no lo palía, y sin embargo quieres morir o vivir ahogado. La veo y veo un eritema precoz, un vómito ausente y silente, un derrame cerebral de ecuaciones sin solución. A veces pareciese que fuera a echar a volar, desplegando unos élitros surgidos de no se sabe dónde, tal vez de sus axilas o que escondidos estén, melindrosos, bajo esa rebeca enorme que le tapa con gracia y soltura esas caderas redondas y sueltas, santas caderas creadas para la crianza y ausentes de ella, engrandecidas por el escarnio y su ausencia, mientras repite hasta la saciedad su oración maldita: entonces... Y es entonces cuando se produce ese dolor intenso, seco y pestilente, como un embarazo ectópico, pero en el cuello, forúnculo acuoso; un hijo externo y sin nuez, navideño, como su compañero de viaje, ausente también o ausentado más bien; bola de navidad que pende de ese árbol pez. Hobbes ya lo predijo, estamos gobernados por gilipollas de distinta jaez. O algo así, entonces, dijo otra vez. Qué desastre.





6 comentarios:

Isabel de León dijo...

Vaya!!!si q es odiosamente asquerosa...pero si tanto lo es...no merece ni las palabras de desprecio que le ofreces muy bien apalabradas...jajajaja
La vi en el imaginario pútrida...pufff cuanta repugnancia junta!!huye d ella...m repito, no merece tu talento!!;)

Saluditos mi Dieguito Isabelino.

Carmela dijo...

Un saludo y placer pasearme por tu blog Diego.
Bicos grandes

Ornella dijo...

para leer y re-leer.. metàsforas tras metàsforas, una nube despejada parcialmente de imàgenes varias me han quedado en el marote.. fantàstica producciòn, fantàstica.. me gusta este impulso, este "que se yo" en tu tinta compañero.. abrazos afectuosos..

Diego Jurado dijo...

Un placer como siempre reír contigo, leerte es algo especial, mi Doña Isabel.
Gracias por estar, y ser´así.

Diego Jurado dijo...

El placer siempre es mío, Carmelo. Mil gracias.

Diego Jurado dijo...

Me alegré de tu vuelta, que vi en tu blog, tras tiempo. Y me recreé también en tus letras.
Me alegro de ello y de tu paso por aquí y de tus palabras.
Trataré de hacerme merecedor a esas tus palabras, y seguiré, por ese camino.
Un abrazo fuerte, Ornella.