20/8/10

¡No hay mosquitos en Cuba! III

¿A dónde van los pájaros cuando las estrellas dejan de brillar en la noche? Siempre me hago esa pregunta en mis sueños, desde que estoy aquí; y no encuentro respuesta. Me despierto empapado por un sudor frío que parece surgido de dentro. Mis sueños son fríos, y acres. Hay cápsulas de metal traslúcido pendiendo de las ramas de un árbol gigantesco, vacío, asimétrico -como si algo hubiese salido mal-, sin hojas, yermo; plantado en medio de la nada, una nada entre gris y ocre, eterna. Las cápsulas tienen, en su interior, insectos deformes.
Conté el sueño al médico y a la enfermera. Se limitan a mirarme, de hito en hito. No sé si me escuchan o no. Comienzo a pensar que no. Tal vez ni tan siquiera me oyen. Tal vez no puedo hablar y todo es parte de un sueño, o de ese sueño. Es como si un pintor hubiera pintado un cuadro dentro del cuadro, un metacuadro.
Le he dado vueltas. He tratado de interpretarlo, buscar su raíz, su origen. Siempre pensé, antaño, que hay personas así, muchas, que permanecen encerradas por su apariencia.
Huele a plátano. A veces ponen plátano de postre. Me recuerda mi infancia. El olor, al pelarlo, me lleva a aquellos años, a un salón en penumbra, amplio, fresco, en el silencio de los veranos andaluces a la hora de la siesta; todo el mundo durmiendo; el sonido impertérrito de las cigarras, afuera; las cortinas moviéndose lentas con el aire que entra por los balcones entreabiertos, entre las rejas. A veces mi madre se levantaba, cuando no podía dormir por el calor, y ponía un disco de Brahms, una sinfonía. La miraba mirar el aire, como si pudiese, ella, ver la música. Siempre pensé que podía, que tenía esa capacidad. Movía las manos dirigiendo una orquesta invisible. Aquel era un acto puro, filosófico, casi esotérico. Yo me quedaba quieto, sentado en la silla de ratán, en un rincón, extasiado, con el plátano en las manos. Y el olor se unía a los sonidos que surgían de aquello, como si se estuviese construyendo un edificio mágico, hermoso y eterno; una sinfonía como quizá sólo Beethoven. Al terminar, ella se iba, y yo acababa mi plátano. No me veía. Nunca me veía.
A Jerjes también le gustaban los plátanos. Cuando vio uno, por primera vez, quedó tan arrobado, tan deslumbrado, que ordenó que todas sus concubinas colgasen sus joyas en las ramas de aquel árbol.
¡Qué poder tienen los plátanos! En mí, al menos, y en Jerjes, claro.
Tal vez vayan al árbol de mis sueños, los pájaros. No lo sé, no los he visto en él, pero tal vez vayan allí, después, si logro terminar el sueño.
Anoche –aunque nunca sé si es de noche o de día, porque no hay ventanas; lo deduzco porque apagan las luces, nada más- tuve otro sueño, además del de los pájaros. Pero no lo recuerdo muy bien, no recuerdo si es que soñé que miraba unos pechos o que yo tenía pechos. Me despertó el grito de siempre, ese maníaco obsesivo y sus dichosos mosquitos. Le grité: ¿Tú sabes dónde coño van los pájaros? ¿Eh? No me contestó. Fuera de mí le volví a increpar que se callara y me dejase en paz, de una vez, con los mosquitos de los cojones. Y es que ni siquiera se puede soñar tranquilo.

2 comentarios:

Carmela dijo...

Tremendo...
Que fácil es pasar de una sonrisa a una lágrima con vosotros...
Llegas a dentro meniño, eres un artista.

Anónimo dijo...

Mil gracias, Carmela. Tus palabras siempre son un regalo. Y por otra parte me alegro de que te lleguen.
Un beso grande.
Diego