5/8/09

Al otro lado del mundo


Me tomo un café. El jet lag aún hace efecto. Es terrible. Sólo los pantalones. Descalzo. Música para empezar. ¿Cuál? Necesito despertar. El pitido en los oídos es ensordecedor. ¿Por qué dejaría de fumar? Un cigarrillo ahora vendría bien. Siento como las gotas de agua escurren, del pelo, por la espalda. Es agradable con esta humedad que te envuelve y agota. Magnificient. U2. Comienzo ahora o no lo haré nunca.

Cuenta la leyenda que… Parece un cuento para niños pero está bien. Cuenta la leyenda que Inti, el dios sol, tenía una hija delicada y preciosa, Huandoy. Quería casarla con un dios, como ellos, pero se enamoró de un príncipe mortal, Huascarán, del valle de Huyalas. El dios Inti no podía permitir aquello. Habló con ella pero se siguieron viendo a escondidas. Tal era la pasión que ambos sentían. Cuando Inti los descubrió de nuevo, maldijo a la pareja y los condenó a vivir eternamente separados. Convirtió a Huandoy en una montaña a la que separó de Huascarán, convertido en otra, algo más alta, por un profundo valle. Para calmar su pasión, Inti, colocó nieve perpetua en sus cumbres.

De las lágrimas de los amantes, en medio de ambas montañas, se formó el Lago Llanganuco.

Algo de verdad debe de haber, porque el paisaje es de una belleza que asusta. Algo así sólo puede salir de una pasión sin límites.

Lima es caótica. Me cuentan que durante mucho tiempo hubo una estatua de Francisco Pizarro que resultó ser de Cortés. El tráfico es para volverse locos. Hay personas por todos lados. Vendedores que te venden todo, pañuelos, perchas, rolex… Niños por todas partes, pidiendo, ofreciendo. Miradas perdidas. Humo. Mucho humo. Contaminación, y una neblina que cubre casi siempre todo. Caos. En la plaza de Armas unos vendedores ambulantes improvisan un concierto. Es agradable. Tocan sus quenas, quenachos, rondadores… Permite soñar. Un pisco en un bar, para mirar, para soñar, para esperar.

Los autobuses en Perú son eternos. Atestados de gente. Eternos.

Desde Huaraz hasta Musho dos horas por un camino de cabras en un autobús o algo así. Allí dormir, o intentarlo. Las mulas y el cocinero están allí. Los peruanos son pequeños, cetrinos. Apenas hablan. Sólo miran, y de refilón. De vez en cuando sonríen, pero con un aire como de conmiseración y cierto “desprecio”, como si lo que hacen fuera por una necesidad y que fuera de ella no lo harían. Nos ven como nuevos ricos, como niños caprichosos con dinero que hacemos eso para alardear. Tal vez sea sólo una impresión. La comida que preparan es infame, salvo las tortillas, pero energética. Caldo caliente con pasta, aguado.

Comenzamos la ascensión al día siguiente. Unas cuatro horas hasta los 4200. Es pesado con la mochila. No me he aclimatado bien a la altura y la cabeza va a explotar. La única solución son las pastillas. He vomitado. Espero que se corte y no se transforme en seroche. Parece que no pero la altura es terrible. No termino de acostumbrarme. Los demás no están mejor. Me duele un dedo del pie. Espero que no esté roto. El camino es, en cualquier forma, fácil y bien señalizado. Tierra y roca. El paisaje es sublime en su desolación. Vacío. Extenso, vacío e infinito. Hasta donde la vista alcanza todo son cumbres, dientes y dientes que se pierden sin solución de continuidad. El Huascarán enfrente. La mano de Dios. Nieve y roca. Afilados cuchillos cortando el azul del cielo. Inmensidad. Poder. Atrae como atrae la muerte a un suicida. Te posee como un mantra del deseo. Es una atracción abisal, que te lleva a querer poseer, a ir, que te pide tus límites, que los superes. Te pide conocimiento, carácter, altura, sacrificio, amor. El premio es la belleza, el placer.

El sol se agradece. El frío es intenso de noche. Excesivamente intenso. Apenas deja dormir. Las manos y los pies duelen. Noche sobre los 5200, por encima del refugio Don Bosco. El glaciar comienza enseguida. Unas nueve horas de marcha hasta la Canaleta. Hacemos noche. Hay un grupo de húngaros. Una pareja, rubios ambos, con rastas. Su pasión es la espeleo. Hablamos de España. Estuvieron allí hace dos años. En el valle del Asón. Hablamos de las cuevas. También unas holandesas. Están locas. Agradablemente locas cuando esperamos en el campamento, pero poco lúcidas cuando es la hora de subir. Han arriesgado con una tormenta que amenazaba formarse. Bajaron a las tres horas hechas un cristo. No atienden a razones pero son divertidas. Hay peligro de bloques y grietas. Los pasos de hielo dan miedo. Nos quedamos un día por el tiempo. El descanso viene muy bien.

Desde ahí a la cumbre. La dificultad de cada paso aumenta con la altura. Vamos juntos. Hay que parar para respirar, para que entre aire. La altura castiga. El oxígeno falta. Doscientos metros son una eternidad. Me molesta el casco. Las gafas también. Me duele el dedo del pie. Me lo uní a los de al lado para evitar que se doble, pero aún así y la rigidez de la bota, duele. Cada paso es criminal. No creo que esté roto, pero duele. Paramos mucho. Dejo el peso del cuerpo sobre mis manos, en los bastones. Es duro. Es mortal. Se oye el sonido de la nieve dura al pisarla. Es un sonido seco. También la respiración, dentro de ti. No hay más sonidos. El silencio. El sol arriba, entre las cumbres. Algún hilo de nubes que se mueven rápidas. Notas el hálito de la vida como te entra por todos los poros de la piel, como fluye por las venas, por cada uno de los nervios de tu ser. Los ojos, tras las gafas, lo ven todo, lo miran todo, lo abarcan todo. Cada uno de los colores, de los detalles, cada paso que se da. Todo es enorme, intenso, hermoso, grandioso. Todo es, simplemente es. La vida, la totalidad. Fuera no hay nada. Ahí eres tú mismo, ante la inmensidad. Puedes entrar en ti, si quieres, y buscarte, ver tus límites, superarlos, conocerte. Puedes encontrar el camino. Arriba está el final, y el principio.Todo. Desde 6768 metros las vistas son impresionantes. Trescientos sesenta grados de visión absoluta. Todo lo puedes abarcar. Toda la cordillera, la Blanca y la Negra. Azul y blanco. Montaña y cielo. Inmensidad. No hay límites. No hay nada igual. Es excesivo. Impresiona como nada.

Dos días de bajada. Unas cervezas. Total.

8 comentarios:

Andrea dijo...

Hola Diego, me alegra volver a leerte. Parece que ha sido un viaje apasionante, me imagino la adrenalina y la sensación de plenitud al abarcarlo todo desde las alturas. Imagino perfectamente el paisaje de la zona, con tu descripción. Bienvenido! Un abrazo.

Anónimo dijo...

Hola Andrea. Y a mí leerte a ti y verte, aún por aquí.
Muy bueno, sí. Agotador, pero impresionante. La montaña tiene eso, y algunas cosas más.
Gracias por tu acogida.
Un beso.
Diego

Deprisa dijo...

Qué intenso, de verdad. Me he sentido fatigado, incluso me he imaginado el intenso frío y el dolor del dedo.

Pese a todas las dificultades estoy convencido de que repetirías viaje, y que me encantaría hacer algo así.

Anónimo dijo...

Intenso, ciértamente, intenso y espectacular y hermoso. La lista de adjetivos sería interminable.
Gracias por las palabras.
Repetería, sin duda, con esas y con otras. Es todo un placer hacer esas cosas, buscarte y buscar, conocer, vivir. Si te gusta hacer eso, hazlo, nunca te arrepentirás.
Un saludo.
Diego

AnDRóMeDa dijo...

Genial, intenso y sobrecogedor!
Como siempre fascinante, Diego. Me hace muy bien leerte ;)
Un beso!

sky-walkyria dijo...

intensidad de cielo, de tierra, de sentidos y sentimientos,

un placer ser teletransportada a peru

saludos viajeros

Anónimo dijo...

Hola Andro.
Un placer tenerte por aquí. Mil gracias por tus palabras. Me alegro de que te sientas bien con mis palabras, para eso son, o al menos eso pretendo. Hay un momento para todo, y este pasará y vendrá otro, en el que todo brillará, ya verás. En él todo será.
Un beso.
Diego.

Anónimo dijo...

El placer es mío, el de poder hacer que te transportes a esos mundos, y el de saber que lo haces. Es un buen lugar, intenso, muy intenso, no sólo por el lugar en sí, sino por lo que hay, por lo que ves, por lo que haces, por lo que vives.
Un saludo afectuoso para ti.
Diego