8/8/09

El color de las mariposas. I

Era como si pisase sobre cristales rotos, entrando en la carne, hundiéndose hacia dentro sin provocar sangre, sólo dolor, un dolor intenso.

Miró hacia atrás con desgana, como lo había hecho una y otra vez. El cansancio se le había acumulado en la vista de tanto volver la cabeza y escudriñar el horizonte para sólo encontrar grises apagados. Mirada de siglos concentrada en un par de años. Y no vio nada. Vacío. Triste y lúgubre vacío de nada. Giró la cabeza y siguió andando. La mirada puesta en un asfalto frío, recto, infinitamente recto.

Una mujer avanzaba en dirección contraria. El pelo partido por el centro en dos partes simétricas que dibujaban un cuarto de círculo a ambos lados, terminando en una línea recta a la altura de los hombros, sobre una gola que cubría el cuello; o los restos de ella, deshilachada, con jirones que colgaban como una flor marchita y ajada por el tiempo. Jirones que se unían al vestido, con una especie de corpiño ajustado en el pecho que subía y bajaba fruto de la presión de aquel, como queriendo escapar, y del esfuerzo y del cansancio acumulado; la parte inferior cubierta por una falda con las mismas hechuras que el peinado, con la misma forma, arrastrada por un asfalto que le había destrozado los bajos en mil pedazos, pedazos que iban quedando en el camino como regueros abandonados, como señales de un camino dejado por si se decidía a volver poder encontrarlo, por si tuviese que volver o por si alguien se decidía a seguirla que pudiese encontrar la huella en el asfalto. La cara tenía una tonalidad marrón oscuro, llena de hileras en un tono más suave; la piel cuarteada por el viento, la lluvia, el frío y las escasas horas de sueño. La cara del cansancio físico unido al hastío vital.

Disminuyó el paso conforme se iba acercando a él. No por temor sino por desconfianza. Él también lo hizo. Cuando llegó a su altura se paró. Le miró fijamente a los ojos buscando no sabía muy bien qué. La mirada que le devolvió el gris de sus ojos era fría, fría y lenta.

Llevaba una bolsa, en la mano izquierda, de un color impreciso tendente al gris, con restos de letras de alguna marca en mayúsculas. En la otra una maleta de material sintético, negra, que arrastraba con un ligero balanceo por una rueda rota. La cremallera, rota también, dejaba asomar un paraguas con el mango parecido a una figura de pájaro sin cabeza, de algo parecido al marfil.

¿Qué hay allí de donde vienes?

Nada

¿Absolutamente nada?

Nada.

Te entiendo. De donde yo vengo tampoco lo hay. ¿Tienes comida?

Se giró hacia ella y después miró la bolsa que llevaba en la mano. Ella se dio cuenta del gesto y miró también la bolsa. Se arrepintió al instante de haberlo hecho, pues le descubría la comida. Ella también, ya que le había encontrado un punto débil, y cuando estos quedaban al descubierto los hombres se volvían más irracionales y suspicaces, más previsibles pero más peligrosos.

Dejó la bolsa sobre el asfalto y se quitó la mochila azul y negra que llevaba a la espalda, dejándola a un lado pero sujetándola con una mano por el asa de la parte superior. Suspiró profundamente. Apenas una sonrisa le cruzó el rostro. Siempre la mujer le descubría sus fallos, sus resquicios, sus ideas. Siempre.

Llevo lo justo para un par de días. Te puedo dar algo.

No hace falta. No tengo hambre, era por conversar.

Un momento de silencio en el silencio que todo lo cubría hizo que los dos se miraran dentro, buscando al otro dentro del otro.

¿Qué haces?

¿Qué?

¿Que qué haces?

Nada.

Todos hacemos algo, siempre.

Yo no. Sólo camino. Hizo una pausa. Antes miraba, continuó diciendo, ahora ya no.

¿Y a dónde vas?

A ningún lado.

No eres muy hablador.

No tengo mucho que decir. Y apenas te conozco.

La observó detenidamente. La noche comenzaba a caer plomiza bajo la masa informe de nubes grises, envolviendo el ambiente con un manto oscuro que anunciaba frío y soledad. Una lluvia suave y tenue comenzó a caer sobre ellos. Hilos de color marrón resbalaban por la cara de ella arrastrando el polvo que se había posado sobre su pelo, creando minúsculos ríos en su rostro que le daban un aspecto tragicómico.

Miró a su derecha. A unos doscientos metros había una encina grande, solitaria, en la inmensidad de la llanura ocre y seca que se extendía en todas direcciones sin solución de continuidad.

Vamos allí, nos guarecerá un poco de la lluvia y podremos pasar la noche. Comeremos algo. Tú no llevas nada, ¿verdad?

Movió lentamente la cabeza. Anduvieron un rato en dirección a la encina.

Llevo vino. Un par de tetrabriks. Nos calentará el cuerpo.

Una sonrisa asomó en los labios de ella.

Se sentaron bajo la inmensa copa de la encina. Sacó un plástico azul y lo extendió en la tierra. Metió la mano en la bolsa y sacó una barra de pan duro; la metió de nuevo y cogió un paquete, hecho con papel de aluminio, en el que había un trozo de queso emmental. Del bolsillo sacó un cuchillo de monte. Cortó un pedazo y se lo tendió. Cortó otro trozo y comenzó a masticar lentamente. La miró. Estaba devorando el queso. Pensó en el tiempo que llevaría sin comer. Cogió un envase de vino, lo abrió y se lo tendió. Bebió sin parar hasta que un hilo color sangre comenzó a caerle por la comisura de los labios. Apartó el recipiente y se limpió la boca con el dorso de la mano. Hizo un sonido de satisfacción y se lo dio a él. Bebió degustando, como si fuese un reserva de una reputada denominación de origen.

¿Y tú qué haces?

Soy actriz.

¿En el triste teatro de la realidad?

En el teatro de los sueños. Para soñar nunca hay malos momentos.

¿Qué obtienes con ello?

Una sonrisa, un momento de gloria, un momento de paz, un momento de mí, y algo de comida, algo de…

El vino desapareció cuando él le pasó el brik. Alzó la cabeza y puso el envase boca abajo. Sacó la lengua y, acercándola a la ranura dejó, mientras movía el cartón, que las últimas gotas de bebida cayeran sobre ella.

La miraba asombrado.

Está bueno, le dijo con cara de satisfacción.

Me queda otro, no te preocupes. Nos lo beberemos y esta noche dormiremos algo mejor.

Te quedarás sin vino.

No importa. Vino se puede conseguir antes o después. La satisfacción de compartirlo no.

De donde yo vengo hay pocos que den algo a cambio de nada.

De donde tú vienes y en cualquier parte.

El silencio se impuso a las últimas palabras. Las miradas se fueron hacia dentro.

¿La gente aprecia lo que haces?

Algunos.

El mundo en donde yo vivía está poblado de vampiros que no saben mirar. Ciegos en un mundo de ciegos que sólo miran por el interés, sobrevolando en busca de presas a quien sacar toda la sangre. Lanzan sus hirientes chillidos. Unos chillidos que se te clavan lastimando el alma. No miran. Te observan. Te absorben. Te secan. Te beben. Y cuando no te queda nada tiran tus despojos, tu piel flácida y se lanzan a por otra presa.

¿Quieres que actúe para ti?

¿Qué interpretarás?

Las Meninas.

Debí haberlo supuesto.

Sonrió.

Demasiado obvio, ¿verdad? Sin embargo pocos conocen el trasunto. Quizá el atavío les lleve a algunos a pensar, pero más allá de eso no ven nada, no conocen nada. Y esos por la vulgarización del personaje. Hizo un silencio. ¿Tú lo conoces?

Sí, profundamente.

Buceó dentro, en el rincón donde guardaba los colores. De todas las interpretaciones sobre Las Meninas la que más le había atraído siempre, la que más le gustaba, la que le llevaba a disfrutarlo más que la técnica o la genialidad del cuadro de cuadros, como la nobleza de la pintura o la mitológica, era la astrológica, una teoría que le pareció, siempre, encantadora; la conjunción de las cabezas de los presentes, con una exactitud sorprendente con la Corona Borealis, y con la infanta Margarita presidiendo el centro, cuyo lugar ocupa en la constelación el astro más brillante: “Perla” en el idioma vulgar, Margarita Coronae en latín; pero además, recordó, si se cierra el círculo comprendido por las cabezas de los cuatro protagonistas, incluyendo los dos cuadros del fondo, y se proyectan dos líneas que tocasen al resto de los actores, una por arriba y otra por debajo, aparece el símbolo de Capricornio…

4 comentarios:

Andrea dijo...

es una historia que transmite algo de desolación hasta el momento, me gustan los relatos que rozan el absurdo, el hecho de compartir en los momentos más difíciles siempre se valora más. Me gustará ver cómo se desarrolla, un abrazo Diego.

Anónimo dijo...

Hola Andrea.
Vamos a ver cómo se desarrolla. Ni yo lo sé. Pensé en hacerlo muy largo, luego cuento, de momento sólo tengo esto y algo más. Ya veremos. Lo que si está claro, como dices, es que transmite desolación, exterior e interior. Y búsqueda.
Un placer tenerte por aquí.
Un abrazo.
Diego

sky-walkyria dijo...

un cuadro de hojas amarillas,
respiro para hincharlo de vida,
para sembrarlo de primavera

Anónimo dijo...

Bellísimas palabras, como todas las tuyas. Un placer leer el comentario. No puedo decir más. Un regalo para lo escrito por mí.
Diego