28/8/09

El color de las mariposas. IV

Un mar de plásticos, de cartones, de hojalatas, se expandía a la vista, bajo el gris del cielo. Un mar que no termina, que todo lo cubre, que todo lo oprime, que todo lo guarda, que todo lo pudre. Al fondo las torres de hormigón, de cristal y acero, como un faro que llama, que atrae y que avisa de la cercanía de las rocas, de unas rocas en las que te dejarás el cuerpo y el alma si no sabes navegar en las procelosas aguas de un mar de almas sin alma, de miradas de negro, de ansias de batalla, de puertas cerradas.
Cruza los desiertos carriles de la autopista. Bajo el puente se hacinan una docena de personas, sentadas en su mayoría alrededor de un fuego improvisado que eleva las pavesas hacia el arco que lo soporta. Caras que miran el crepitar en busca de nada. Llamas que iluminan rostros de hace ya tiempo, que no muestran nada. No le ven acercarse. Es uno más de un lento deambular de cuerpos que entran y salen de la ciudad. Un hombre viejo, con la cara arrugada por un sol que nunca sale pero que abrasa, está sentado en el asiento de una excavadora que lleva años allí varada, haciendo como que limpia el suelo con la pala, moviendo las palancas. Cubre su blanco pelo con una gorra de un azul imposible. Una camisa de cuadros, azules y blancos, de manga corta, exageradamente ancha para el enteco cuerpo. Brazos escuálidos que asoman por ellas, como las piernas, con pantalones cortos y anchos, y grises como el cielo. Al lado, un panel gigante, sobre hierros doblados, invita a un paraíso lejano, a un mar de emociones en aguas mansas y apacibles de color turquesa, donde una pareja joven, de piel bronceada y sonrisa de postal, miran hacia la carretera. Es el contrapunto de color al erial de grises que rodea todo. Un cartel de siglos, impertérrito al tiempo, a la lluvia, a todo. Una mueca lúgubre para todo aquel que eleva la vista para implorar al gris firmamento.
Se aproxima a ellos. Un hombre con una gabardina verde caqui se cruza con él. Lleva de la mano una correa en cuyo extremo, atado, hay un gato negro. El gato mira el fuego con desconfianza. El hombre mira al gato.
Perdona. ¿Sabes de algún sitio donde pueda comer algo?
Le mira con incredulidad a los ojos y después de arriba abajo. Mira al gato y este le devuelve la mirada.
Algún sitio para comer, le dice al gato. Algún sitio para comer, repite.
Sigue andando repitiendo la frase una y otra vez.
Se arrima al fuego. Se quita los guantes y se los guarda en los bolsillos del pantalón. Se calienta las manos mientras mira las llamas. Amarillo de lumbre y calor en una chimenea con ojos de niño y cuentos de viejas, sobre duendes y princesas encantadas que quedan aprisionadas, en rocas redondas, por amor. El crepitar de la madera, tendida frente a otra chimenea con el pelo negro junto a su pecho en el frío del invierno. Sangre derramada. Rojo sobre el gris del asfalto. Y el dolor por los cristales se recrudece de nuevo. Desecha las imágenes y se centra en él. Amigo amargo, pero amigo al fin, amigo que lava, que aquieta.
¿Dónde puedo comer algo? Pregunta sin dirigirse a nadie en concreto, sin mirar a nadie.
El que tiene enfrente levanta la vista y hace un gesto con la cabeza indicando su derecha. Mira hacia allí. A unos trescientos metros hay un grupo de edificios en un tono que debió ser blanco.
Allí queda un bar, si llevas dinero, le dice.
Gracias.
Se pone los guantes y camina en la dirección que le ha indicado. Una pequeña cuesta de tierra sube hacia los bloques. Cuando llega ve el bar. Un inmenso letrero de hierro, oxidado, cuelga arriba del vano, moviéndose con la lentitud de un viento destemplado. Un gato blanco dibujado. No tiene puerta. Se asoma y mira dentro. El camarero, con un mandil negro, limpia la barra. Levanta una mirada acuosa y se le queda mirando un buen rato.
Está cerrado, le dice.
¿Desde cuándo?
Desde hace un siglo.
¿Y qué hace ahí?
Limpiando mientras espero.
¿A qué?
Antes lo sabía. Ahora… Hace una pausa como para buscar en su memoria. Ahora estoy. Sólo estoy.
¿Hay algo de comer?
Está cerrado desde hace un siglo, ya te lo dije. Yo sólo estoy.
Se dio media vuelta y miró en ambos sentidos de la calle. Ni un alma. Vacío. Comenzó a caminar hacia el centro de la ciudad. El viento empezó a soplar de repente, como un habitante más del lugar, surgiendo de golpe, al doblar una esquina. Viento frío y seco que le hizo cerrar los ojos. Un bote, aplastado, de bebida energética, rodaba a su impulso, provocando un ruido metálico, molesto, en el silencio absoluto del espacio, mientras papeles de periódico se elevaban al cielo gris dibujando formas en el aire, formas que flotaban casi desvanecidas, casi mimetizadas por el color, indecisas en sus movimientos. Se restregó los ojos con las manos. Al abrirlos vio a un niño en el quicio de una puerta. Medio cuerpo fuera y medio dentro. Le miraba serio, profundo, como si hubiera visto todo lo que hay que ver, todo lo que es posible ver, como si viese todo lo que va a ser, como si le estuviese anunciando el futuro, un futuro de nada, de ausencias, de vacío, de desesperanza. Le hizo sentir mal y continuó andando, centrándose en el dolor, acotándolo en un espacio del cerebro, aislándolo del resto, de tal forma que pudiese centrarse en él y que de esta forma pudiese conducirlo a ocupar cualquier ranura que le condujese al pensamiento o al recuerdo. Notaba el golpeteo interior dentro de su cabeza, como si hubiese, ahí, un corazón con autonomía propia, bombeando impulsos de dolor hacia el exterior, hacia el interior, hacia la conciencia. El niño le siguió con la mirada hasta que dobló la esquina.
Llevaba andando demasiado tiempo y el hambre le aguijoneaba el estómago. No comía desde hacía un día entero. Necesitaba llevarse algo a la boca. El dinero de que disponía no era mucho y le daría para pasar un par de días, tres a lo sumo. Mientras buscaría algún trabajo que le diese algo de dinero o cualquier cosa que le permitiese sobrevivir durante un tiempo. Tal vez cama y comida a cambio de lo que fuese. Pero ahora el hambre era excesiva.
Una mujer, a lo lejos, estaba apoyada contra una pared marrón, al lado de una verja o una puerta de hierro que daba acceso a lo que parecía un parque con árboles grandes y frondosos. Parecía jugar con un pequeño aparato electrónico. Al acercarse más se dio cuenta de que era un teléfono móvil. Se lo llevó al oído. Le miró despacio mientras se acercaba. Al lado, delante de la puerta, sobre un tronco enorme, un águila de gran tamaño clavaba sus ojos en los suyos. La puerta es la entrada a un cementerio. Nada más traspasarla hay dos piedras con forma de tortuga. En un banco, al lado, tres hombres, cubiertos por unos abrigos enormes, de piel cetrina, curtida por el frío inclemente que desde siempre está como una mortaja, tienen una sonrisa extraña. Miran hacia las tumbas. Todas en vertical. Todos los muertos de pie. Hay ofrendas por todas partes. Una batería de coche, fundas de volante, cascos de bicicleta, una maleta. Se queda como ido ante la imagen que ve. La mujer no parece hablar con nadie. No emite sonido alguno. Sin embargo sigue con el teléfono en el oído. El águila aletea intentando desasirse de la correa que la une a una argolla de hierro fijada en la madera. Debe tener hambre. Chilla. La mujer se vuelve hacia ella y luego hacia él. Sonríe, como indicándole que sería un buen plato para el ave.

2 comentarios:

Ruth dijo...

Se detiene el tiempo, se apaga la vida. Tu texto me sugiere el trance del paso de la vida a la muerte, donde convergen dos mundos que ni tan siquiera osamos imaginar.

Preciosas letras que transportan almas.

Besos Diego.

Anónimo dijo...

Es una posibilidad, Ruth. Una imagen que se puede extraer de la lectura, atractiva, pero creo que no va a ir por ahí. Mi planteamiento va por otro camino, lo que no sé es cómo se desarrollará, aunque el final lo tengo claro. Ya veremos.
Gracias por tus palabras.
Un beso.
Diego