27/11/09

El color de las mariposas. XII

Un regalo para ti, Yinia, para que calmes tu impaciencia y puedas esperar.
Salíó al frío de la calle. Una lluvia impenitente caía sobre el gris del suelo, hiriendo el aire. Como siempre. El frío le hizo encogerse sobre sí mismo. Metió las manos en los bolsillos y agachó el mentón. Miró hacia delante. Vacío. Tres mujeres de cierta edad caminaban una al lado de otra y algo más retrasada la tercera. El pelo cardado y tintado en tonos grises brillantes, casi refulgentes. Envueltas en abrigos de piel de marta cibelina, que llegaban casi a los tobillos, dejando estos al aire negro de unas medias de seda. Calzaban zapatos de me dio tacón, negros, con empaque. Guantes negros en las manos. Guarecidas de la lluvia con paraguas que sostenían unos hombres enfundados en trajes negros, y gafas de sol negras también, a pesar de la mortecina y ocre luz de las farolas. Más allá, bajo la arboleda de árboles muertos, un viejo estaba sentado en un banco de granito. Se cubría con un plástico transparente mientras leía un periódico deportivo. Lo tenía al revés. Miraba pero no leía. La vista fija en un punto que parecía traspasar o que lo intentaba. Pantalón gris, camisa gris, suéter marrón y unas zapatillas de paño, desgastadas, con un extraño logotipo o lo que quedaba de él; de un color que parecía haber sido alguna vez azul.
Las mujeres miraron primero al vagabundo, luego a él. Una sonrisa de conmiseración y desprecio les cruzó el rostro. Se miraron entre ellas y después a los hombres de negro que les sujetaban los paraguas.
- ¡Qué mundo! –dijo una de ellas-. Cada vez hay más espectros. No sé dónde vamos a llegar.
Se sentía derrotado. La atmósfera pesaba como un sudario. Miró más allá de todo, en busca de algo que en ese momento era incapaz de atisbar, de ver, tan siquiera de intuir. Hundido tras una conversación que le había arrasado, tras unas horas de desconcierto y sufrimiento, cuando parecía que había encontrado o al menos vislumbrado un resquicio a través del cual parecía ver un rayo, tal vez algo y alguien que le indicasen si no el destino sí, al menos, el camino, y quizá un guía o al menos compañía. Pero como siempre sólo estaba él y los cristales rotos en los que se hundía, que se le clavaban.
Se sentó en el quicio de la enorme puerta. Hundió la cabeza entre las piernas y se la protegió, no sabía muy bien de qué o de quién, tal vez de él mismo, con los brazos. Lloró como un niño, perdido, asustado, hundido, fracasado. Cuando se calmó un poco levantó la vista y miró las grises gotas de lluvia entre su propia humedad. Entrevió algo de color, producto de la refracción de la luz de aquellas sempiternas farolas que derramaban una luz que apenas alumbraba. La vida, a veces, pensó, es de un dolor tal que dan ganas de huir a la nada. Rió. Lo hizo con ganas, estentóreamente. Él, que desde siempre se había negado a la negación, que siempre había ido un paso más allá del dolor, de la suerte, de los adivinos y echacartas, apocalipticos del individuo y de la raza, del planeta y de la vida, siguió en su deambular mental. Rió con más fuerza. Recordó aquella frase que siempre le decía alguien: las personas que toleran más la incertidumbre se divierten más con el humor complejo, mientras que ese humor es rechazado por los que gustan de tener todo controlado, prefiriendo el humor simple. Qué gran verdad, dijo en voz alta a nadie, pues sabía que, aunque alguien le pudiese oír, nadie le escucharía.
Vio un reflejo de color, entre las lágrimas, que parecía una mariposa. Recordó el rostro de aquella niña.
Se levantó y trató de recordar el camino al lugar de ella, a las mariposas, a su color. Miró en todas direcciones pero no recordaba por dónde había venido. Todos los edificios eran iguales, todos los caminos eran los mismos. Todo era igual. Todo era gris. Todo era oprimentemente frío y vacío, sin señales. Y los cristales se le hundían con una ferocidad implacable. Azabache manchado de rojo sangre.
Comenzó a caminar sin rumbo, confiando en sí mismo, en su sino, en su voluntad, en su camino.

La vida le parecía como una habitación vacía de la que se han llevado todo.
La lluvia calaba sin tregua, empapando por fuera y por dentro. Arrastrando su vida como arrastraba sus pertenencias. Arreció la lluvia. Buscó en todas direcciones un lugar donde cobijarse, pero no veía nada. Todo cerrado. Nada abierto. Corrió hacia un pequeño soportal en el que varias personas estaban apretadas unas contra otras. Silencio. Nadie se miraba. Todos perdían los ojos en la lejanía. Tensos los cuerpos. Rostros adustos y fríos. Miradas gélidas.
- No hay sitio –le gritó, antes de que llegara, un hombre vestido con ropa de camuflaje.
Bajó el ritmo de la carrera. En otro soportal había menos gente. Les miró y sólo recibió osquedad. Se puso delante de todos, dándoles la espalda. Intentó hacerse hueco pero los empujones con el cuerpo le indicaron que habría de conformarse con el que había, poco, sacando los brazos al exterior y sus pertenencias. No había más remedio.
Miró a su derecha. Una mujer de mediana edad le miraba. El rimel corrido. El pelo, teñido en una especie de mezcla de naranja y negro, derramaba gotas de lluvia tintadas sobre las hombreras de un vulgar y ajado abrigo de paño, de un color que debió ser marrón.
Llevaba un bolso en el brazo derecho que mantenía encogido y firmemente apretado contra el pecho. Al ver que la miraba le hizo una especie de mueca. Sacó unas patas de gallo del bolso, y unas plumas. Se las pasó por delante de la cara y dijo algo que no alcanzó a comprender. Volvió a introducir todo en el bolso. Sacó un pañuelo de seda y se limpió, con él, la comisura de los labios, donde los restos de saliva seca creaban un efecto como de pérdida. Vio las mariposas bordadas que había en él. Le miró fijamente.
- Pareces perdido.
- Lo estoy.
- Y quién no lo está. Pero tú aún buscas, tienes ese brillo en la mirada. Aún no has perdido la esperanza en este mundo frío y gris, cubierto de nubes que nunca cambian.
Los demás miraban con extrañeza el diálogo.
- ¿Te gustan las mariposas?
- Solo quedan las de mi pañuelo.
- Aún quedan, yo las he visto. Ahora quiero volver a ellas. Pero no sé el camino. Nunca debí apartarme de él.
- Caminar no es más que cambiar el escenario de la soledad.
- No para el que cree, para el que ha visto.
- ¿Tú has visto?
- Sí.
- Aún crees. Mira a tu alrededor. Todo es vacío. Cuando se deja de creer en la vida enseguida se cree en cualquier cosa. Y ahora todo es descreimiento, fatalidad, apatía, abulia. Todos consideran una condena preguntarse sobre la vida, la muerte, el amor, la amistad, el paso del tiempo.
Unas lágrimas escurrieron por sus mejillas. La miró con dulzura y le acarició el pelo. Sintió su fragilidad, su pequeñez. Le sonrió.
- El que teme sufrir, sufre de temor. Le dijo mientras la miraba con toda la dulzura de que era capaz mientras unas lágrimas asomaban a sus ojos.
Le miró con agradecimiento.
- No diré que no llores, pues no todas las lágrimas son amargas. En esta vida hay de todo, y todo igual, todos iguales, almas grises y mustias, pero tú… tú eres distinto. Busca tus mariposas. Si están las encontrarás. Mientras tanto yo seguiré donde estos, donde la mayoría. Es tiempo de estar muertos, tiempo de no ser, sólo de estar.

6 comentarios:

Le Fay ʚïɞ dijo...

No se porq he llorado tanto!! sera q yo tmb necesito ir a buscar mis mariposas??
un beso!!

Ruth Carlino dijo...

Qué alegría encontrar un pedacito más del Color de las Mariposas...

Asombrosamente, él aún ve algo más allá del gris, ¿será realmente el brillo de la esperanza, o la certeza del nuevo día?

Besos.

Anónimo dijo...

Tú siempre las llevas, Siab; y ese llanto lo demuestra, demuestra la capacidad de emocionarse ante la vida, sus luces y sus sombras. La emoción descubrela persona que somos.
Un beso.
Diego

Anónimo dijo...

Un regalo para ti también, Ruth, que sé de tu gusto por él.
Tal vez sea que él sigue caminando, que confía en él y en el camino.
Si pierdes la esperanza estás muerto, aunque muerto en vida. Pero no sé que es peor.
Un beso.
Diego

Eugenia dijo...

Querido Diego, la espera es maravillosamente horrible para alguien tan impaciente como yo, pero si la recompensa es leer algo tan bello que sale de lo más profundo de ti, se convierte en una especie de masoquismo porque lo disfruto mucho más.

No creo merecerme este regalo,pero como tú eres un tío genial, me recuerdas de esta manera y no me siento capaz de agradecértelo como sería debido. Sólo decirte que no me enamoro de ti porque ya lo estoy de otro, que si no... no te librabas de esta loca impaciente que te admira desde la humildad más profunda.

Un abrazo y un beso muy tierno.

Anónimo dijo...

¿Y si te dijese, Yinia, que he roto todo lo que tenía escrito y que he vuelto a empezar? Ya te dije que tenía mil papeles y que me estaba costando horrores... Tal vez esta vuelta de tuerca lo haga mejor. Espero.
Y claro que te lo mereces, no siempre se encuentran personas así por el mundo. Sólo con tus palabras ya está en exceso agradecido. Tu presencia siempre es un regalo para mí.
Y lo del enamoramiento... Sería de ida y vuelta. La dmiración, entonces, es mútua, y desde la humildad también, por mi parte. Ya hablamos. Aún tengo que contestarte. No tengo perdón. Lo haré en breve y largo.
Un beso, tierno y fuerte, al tiempo.
Diego