23/5/09

Miyori, la encrucijada japonesa.

Cuando el tiempo se hace eterno, por la soledad impuesta, crea un vacío en el alma que convierte cualquier instante, hecho o deseo por salir de él, en apostasía. Te aprisiona y te deja gélido. Y ese frío y ese vacío se trasladan al cuerpo que, inerte, no siente nada, salvo una sensación de falta, de oquedad. El dolor del alma, entonces, se transforma en dolor físico, real.
Todos los movimientos de Miyori tenían un ritmo que parecía acompasarse a algo que llevaba en su interior y que no era, yo, capaz de saber, ni tan siquiera intuir, su razón. Le pregunté acerca de esa carencia absoluta de sonrisa desde que la conocí y si había estado siempre en ella. Me miró de una forma que la acentuó aún más, si cabe, y el escaso brillo de sus ojos desapareció como por ensalmo. Verás, me contestó, con aquel sonido tan peculiar con que derramaba las palabras en español, desgranado las sílabas y acentuando los vocablos al principio y al final; verás, volvió a repetir, tras un instante de silencio, es algo que va más allá de cualquier sentimiento, del tiempo y el espacio. Viví en Lisboa cuando me fui de Japón. Fue mi primer destino, y lo fue porque siempre me gustó esa lengua, tan profunda, tan suave, con esa cadencia que hace que te introduzcas en ti mismo de una manera como no he vuelto a encontrar en otra. Quizá el español, dijo, -como si sólo lo pensara pero no lo dijese-, pero es más duro a pesar de su musicalidad, o quizá por eso es más una lengua para el alma, no para el interior sino para el más allá, o tal vez no, no lo sé, pero me lo parece; en cambio el portugués es para los sentimientos irredentos. La escuchaba como hipnotizado. Nunca la había oído hablar así. Nunca había escuchado hablar así. Ellos tienen una palabra deliciosa, siguió diciéndome, para definir un determinado estado del alma, saudade, que no tiene traducción en ninguna otra lengua, y que no sólo es bella en sí misma, en su expresión, sino también en su significado. Es difícil de expresar. Tan sólo se puede sentir, y acaso expresar a través del alma, de los ojos, de los gestos, del estar. Pero no de la palabra. Eso es lo que me pasa. Tengo saudade, y de ahí todo lo demás. Se levantó lentamente, como todo lo que hacía, y esbozó algo parecido a una sonrisa. Prepararé el té, me dijo.
Nunca había hablado tanto, y desde luego nunca tan seguido. Desde que nos conocimos siempre fui yo el que habló y, ante su casi total ausencia de palabras, era yo el que mantenía la conversación, la dirigía, la terminaba, salvo cuando, en contadas ocasiones, me pedía que le hablase de mis cosas, de lo que había hecho, de lo que pensaba, de lo que amaba, de cómo entendía la vida. Pero no era lo usual. Una vez me dijo que le fascinaba mi capacidad para mantener la mente abierta a todo el vendaval de ideas que había en ella y que venían del mundo exterior, de mi alrededor, de las locas y de las consistentes; que estuviese con ella y pendiente, a la vez, de todas las personas que cruzaban o estaban en mi radio visual, de sus movimientos, de sus pensamientos, de sus vidas, y que, sin embargo, fuese capaz de centrar mi atención en una persona, en ella, en un solo tema, permitiendo que la mente, la mirada y la palabra divagasen de una forma tan curiosa y atractiva. Decía que eso sólo lo podían hacer las mentes creativas, las mentes de los artistas.

La primera vez que la vi me pareció fascinante. Estaba bailando. No me había dado cuenta de su entrada al pub. Estaba con una amiga que bailaba también, pero con una ausencia de gracia total. El pub, La Banca, estaba lleno de japoneses. Por eso y porque era allí donde hacían los mejores mojitos de la ciudad, iba yo a aquel lugar. Aunque sólo el camarero ecuatoriano los hacía bien. La camarera, que también servía copas, no. Él me dijo que los hacía bien porque había aprendido de un cubano que regentaba otro bar en el que había trabajado; que había que machacar bien el azúcar con la hierbabuena y poner las medidas justas. Fue durante esa conversación cuando debió entrar. Al girarme la vi.
Siempre me extrañó el hecho de que tantos japoneses fuesen a aquel pequeño pub, fuera de los de moda, sin decoración apenas. Quizá fuera el mojito. Quizá la música, casi en su totalidad en español, con ritmos caribeños y algo de española. Ambas cosas fueron las que me llevaban siempre a él, desde que lo conocí por casualidad. Me gustaba observarlos mientras me bebía un mojito. Pero aquel sábado apareció ella, y como siempre me suele suceder, una mirada, un momento, me cambia la vida. Era absolutamente distinta al resto. De una belleza que te acercaba a Dios. Se movía con una cadencia, con una suavidad casi etérea. Poseía una elegancia innata en todo lo que hacía, en el mirar, en la forma de coger el vaso, en el beber, en el andar, al bailar…
Esperé hasta que se marchase. Pronto se dio cuenta de que la miraba, aunque en verdad apenas lo hacía hacia otro lado. Entramos en el juego de la mirada. Miradas que entran muy dentro, deslizando, sabiendo. Ese tipo de miradas que, con suerte, encuentras tres o cuatro veces en la vida. Miradas que te llevan al éxtasis con el solo hecho de mirar y ser mirado. Porque eres, porque te permiten ser, porque te reconoces en el otro.
Cuando se iba, mientras se ponía el pañuelo alrededor de un cuello casi níveo, grácil, que contrastaba vívidamente con el azabache de su cabello, me acerqué a ella. Se giró, como sabiendo, o esperando que lo haría. Como si supiera que estaba allí, a su lado. Le dije algo sin mucho sentido, algo trivial, y me contestó: el amor pertenece al lado rugoso y fragmentario de la vida, y se parece, perteneciendo al mundo del sueño, más a una pesadilla que a los sueños. Me quedé anonadado, sin capacidad de reacción. Estaba allí, de pie, como un completo idiota, en medio del local, mientras la veía como se marchaba hacia la puerta. Al llegar a ésta se giró y le dijo algo, al oído, a su amiga. Metió la mano en el enorme bolso blanco que llevaba. Sacó una pequeña libreta, que me pareció roja dentro del juego de luces del local, y lo que parecía un bolígrafo. Escribió en ella y vino hacia mí. Toma. No sé cómo acerté a decirle, acercándome a su oído -con lo que casi rocé su cuello, carente de aromas artificiales, que olía a piel excelsa, exquisita, que me sedujo y recordó a otra-, que si los sueños eran un delirio debían ser sanos, o eso esperaba, aunque…, y si lo eran, el amor tenía que ver más con los sueños que con la realidad. Me besó en la mejilla con los labios, no con la cara, y, poniendo el papel en mi mano, se giró y se marchó.

Me dijo que fuese temprano porque quería hablar conmigo. Cuando llegué me recibió con una bata de seda parecida a un kimono, pero que no lo era. De un azul marino intenso con tonos en degradación, y algunos otros dorados; decorada con unas letras en negro y rojo, verticales, en la parte delantera, en su lado derecho, y unas gotas como perlas, blancas, a modo de collar, que caían en cascada desde el cuello hasta casi la cintura, creando un bellísimo efecto. Me pidió disculpas por no estar preparada, tras hacer una breve y apenas imperceptible inclinación de cabeza y, sin apenas variar el gesto, me solicitó que me acercase a la sala que había al lado de la entrada, para que la esperase allí mientras terminaba de vestirse.
En la cocina se dispuso a preparar la comida. Me di cuenta de que ponía mucha atención en que los colores y los distintos elementos que iba a disponer tuvieran armonía, de ahí que pusiese pocas cosas en los brillantes cuencos, azulados, negros y blancos, porque, me dijo sin dejar de arreglarlo todo, al tiempo que hacía una especie de sonrisa con los ojos al mirarme, había que empezar a saborear con ellos. Aaikon se llama esto, me señaló. Quería rallar rábanos grandes y guindilla roja seca, para lo que hizo un orificio en el centro del rábano con un palillo y lo rellenó de guindilla. Los limó ambos al tiempo, creando un efecto precioso a la vista con el rojo y el blanco juntos. Me dijo que en Japón lo llamaban “hojas de otoño cambiando de color”. Era puro éxtasis el nombre. Me sentí como si flotase. Sólo podía mirar como actuaba con los elementos de la cocina, como se movía, como cuidaba, con extrema delicadeza, los detalles, poniendo el alma y los sentidos en todo lo que hacía. Comenzó a cortar el pescado, fresco. Parecía que tuviese una batuta en la mano en vez de un cuchillo, que previamente había afilado. Cortaba con arte, elegantemente, delicadamente. Parecía magia verla con aquella maestría. Parecía un ballet. Las lonchas eran exactamente iguales unas a otras. Dijo, señalando el pescado con un leve gesto de la cabeza, que era sashimi, pescado crudo que comeríamos con sake, que sirvió en unas pequeñas tazas a las que llamó sahezumi. Pruébalo. Las he servido para que lo hagas antes de comer. Después cortó una anguila que había en una fuente ovalada, mientras yo probaba el sake. Le quitó previamente la cabeza y la tiró al cubo de la basura con una levedad que pensé que sus manos tenían la capacidad de producir encantamientos. Ningún acto, ni tan siquiera el más insignificante, lo realizaba con estridencia. Todo tenía un sentido, preciso, precioso, armónico. La cortó en trozos más bien largos. Los pinceló con una salsa de soja azucarada y los colocó sobre un lecho de arroz hervido. Unagi, dijo, pronunciando las sílabas. El sonido era tan hermoso como el plato que había preparado. Vista y oído unidos. Cogió, de un plato cuadrado, un alga llamada wakame, de color verde oscuro, con la que envolvió el sashimi. Cogí un trozo del alga y la mastiqué. Tenía una textura suave y delicada.
Presentó toda la comida de una vez. La mesa estaba llena de plato pero no había agobio visual ni espacial. Nos sentamos sobre las esteras que había encima del tatami, ante la baja mesa. Me dijo que, tras inclinar levemente la cabeza en lo que parecía una invitación, comiera. Tal vez vio mi sorpresa o adivinó mi pregunta no expresada. No hay orden, empieza por donde tus ojos te indiquen, casi tuve que adivinar ante el delicado y bajo tono con que susurró las palabras. Cogió los palillos. Cogí yo el cuenco con sake y bebí un sorbo, esperando ver como se los colocaba en la mano. Era como una obra de teatro, como un ritual. Cogió los palillos, rojos, que estaban apoyados en un pequeño soporte de porcelana, rectangular y ligeramente ondulado, cóncavo, delante de nosotros. Tomó uno con la extrema sutileza con que hacía todo y lo puso en la palma de la mano, fijándolo en la parte intermedia del dedo anular al presionar levemente el dedo pulgar contra la palma, sosteniendo entremedias el palillo y sujetando la parte redonda en su mitad. El otro palillo lo cogió con la parte redondeada hacia delante, sujetándolo entre el pulgar y el índice, como si fuera a escribir con él. Con un ligero gesto golpeó las puntas de ambos contra la mesa, igualando uno y otro. Hice lo mismo intentando no parecer burdo ni brusco. Me miró desde sus ojos bajos y sonrió, o me lo pareció. Agradecí que no me indicase cómo hacerlo. Me hizo sentir bien. Hablamos, porque le preguntaba, sobre la comida, del por qué de los hechos, de los tiempos, de las razones. Decía que, según la filosofía zen, los alimentos de la cocina movilizan la energía corporal por los diversos órganos del cuerpo y la equilibran. Debía ser verdad, le contesté yo, si se ponía tanta alma en el hecho de la preparación. Fíjate que, me dijo en determinado momento, no hay un tiempo determinado para la cocción, por ejemplo, del arroz, tienes que sentirlo, oírlo; has de respetar escrupulosamente el tiempo hasta que el sonido es crujiente, entonces está en su punto. Tú eres arroz en ese momento y lo sabes, sabes que está. Al final sirvió té. La comida fue elegantemente sencilla. Era la vida representada en aquel acto aparentemente carente de trascendencia, y sin embargo había algo que lo trascendía, que hacía de todo aquel ritual, de todo aquel acto, un hecho supremo, absoluto, que unía a los comensales entre ellos y con los elementos que habían consumido. Era un todo.

Se quedó parada cuando abrí la puerta, como si esperase que le dijese algo o como si temiese que estuviera con alguien o como temiendo que me desagradase su presencia. Me quedé sorprendido. Tal vez fuese ese gesto de sorpresa lo que provocó su reacción o tal vez traía el temor consigo. Se acercó y me besó con delicadeza en los labios. ¿Quieres algo?, le pregunté. Negó con la cabeza. Me volvió a besar y me dijo que fuésemos a mi habitación. Comencé a andar mientras ella me seguía. Al llegar a la puerta me volví y la vi allí, parada, seria, mientras dos lágrimas le caían por las mejillas. No supe qué hacer o qué decir. Sólo mirarla. Debió notar mi desconcierto. No te preocupes, me dijo, ha sido la sorpresa del olor. Mi habitación siempre tenía un pebetero en la esquina donde se quemaban esencias de sándalo y mirra junto a una cantidad pequeña de azahar.
Cuando terminamos me dijo que fue aquella mezcla de olores lo que le produjo esa especie de vuelta hacia atrás, al recuerdo, al pasado, al rincón de las cosas que se creen olvidadas y que siempre, por alguna razón, por algún detalle, surgen, demostrando la imposibilidad de acabar con ellos. El olor, ese sentido tan olvidado, le había llevado atrás, a la primavera que pasó en casa de sus abuelos, en la montaña, junto al templo, que le había recordado el color y el olor de los almendros en flor, y la mirada aquella con la que había compartido, con la que había aprendido, con la que había vivido todo de una forma tan absoluta que ahora… Se calló. No sé si temiendo que aquel relato pudiese dañarme o, quizá, pensé yo, temiendo que aquel relato le dañase, a ella, aún más de lo que ya lo hacía. Parecía vivir una vida extremadamente atormentada, con ligeros puntos de aparente alegría. Parecía ser una persona que había encontrado, vivido y perdido, y que la pérdida era tan total que ya no podía salir de ella. Como si no quisiese o no pudiese. Aunque parecía más bien que no podía porque no quería, porque se sentía bien ahí, como si se sintiese bien en esa especie de infierno lleno de desesperanza y falto de alma. Parecía como si el mero hecho de vivir le produjese un daño horrible. Y eso a pesar de todo lo que ponía en cualquier cosa que hacía. Pero todo era mera apariencia, quizá pura mecánica. Tal vez el efecto de una educación y una filosofía incrustada en los huesos de una manera indeleble y a la que es imposible sustraerse. Tal vez. Tal vez no la conocía en absoluto. Tal vez era un pozo oscuro en el que miraba y sólo veía sus hermosas paredes circulares y las plantas que colgaban, mostrando su verdor y sus sinuosas formas cayendo elegantemente hacia abajo, hacia la oscuridad del fondo, un fondo que no veía, que ni siquiera podía aspirar a ver, dada su profundidad, su lejanía y su negrura. Podría, pensaba, tirar una piedra e intuir, de tan profundo, que hacía círculos al golpear contra el agua, y que se irían desdibujando hacia las paredes, pero que no veía; y también podría oír el sonido que haría al chocar contra el agua. Pero todo se quedaba en eso. Detalles pequeños en un mar inmenso de desconocimiento. Tal era la mujer ante la que me encontraba. Todo un mundo inmaculado. Todo un mundo que se me velaba. Precioso por lo presentido. Lejano por lo inasible, por lo desconocido. Yo, que venía de una cultura infantil, donde lo lúdico, la curiosidad y el deseo de juego eran primordiales, que encontraba placer en perder el tiempo, en la búsqueda, en el conocimiento de todos y de todo a través de la diversión que me producía el propio hecho de vivir, me encontraba enfrente con una mujer proveniente de una cultura antigua, donde no hay tiempo, donde la eternidad es sólo un momento y lo suficientemente extenso como para no tomárselo a broma. De ahí, acaso, esa imposibilidad de entrar en su mente y en su alma de una forma total. De ahí, posiblemente, que ella sólo me mostrase el exterior y, en contadas ocasiones, pinceladas de su interior. Pero había algo más, algo o alguien que la había marcado para siempre, que había dejado algo en ella que hacía que todo lo demás, de una manera profunda, quedase en mera circunstancia. O eso pensaba yo.
Me levanté ligeramente y apoyé el brazo izquierdo en la cama. La miré a los ojos, perdidos en algún punto del techo, o tal vez más allá de él. La luz era tenue por las velas que había encendidas en el cabezal. El claroscuro daba un color muy agradable a su cuerpo, desnudo, sobre la sábana de color granate oscuro. Bajé la vista hasta los delicados pies y fui ascendiendo, recorriendo el cuerpo que momentos antes había besado y acariciado, que había amado, recreándome en todos y cada uno de los detalles. Era bellísima hasta el dolor. Me quedé mirando el pelo, negro, desparramado sobre la almohada. De un negro sublime, como sus ojos, negros también. La miré profundamente. Acerqué mi boca a la suya y la besé con suavidad, con dulzura. De nuevo las lágrimas afloraron a sus ojos. Le acaricié la cara mientras se las besaba sintiendo su salinidad. Retiré un poco mi cara y le rogué que no llorase. Me estaba destrozando. Aquella lejanía me estaba taladrando el alma. Le pedí que me contara lo que le pasaba. Hubo silencio. Un silencio que se me hizo eterno, que laceraba. Me miró y vi la profundidad de sus ojos y de su alma en ellos. Vi el dolor, por el recuerdo, por la pasión, por la vida vivida, y sentí su dolor. Te puedo contar todo lo que quieras, cualquier cosa que me pidas, menos eso que quieres saber y que parece que intuyes. Eso, dijo, tras un breve silencio, es sólo mío, sólo para mí, por lo que fue, por lo que es y por lo que será. Siempre mío y sólo mío. Discúlpame. Y lloró con más fuerza, sin sentido ni mesura, como si nunca antes lo hubiera hecho.

Nunca entendí por qué lo hizo. La verdad es que nunca entendí casi nada de ella, ni de cualquier cosa concerniente a ella. Siempre estaba lejos de mí. Me era imposible acercarme a su interior, por más que lo intentara con todas las fuerzas que mi inteligencia y mi pasión por ella permitían. Me era esquiva, es cierto, en sus pensamientos y en su vida pasada, incluso presente. Sólo sabía de ella y sólo la veía cuando ella quería, cuando me llamaba o aparecía, de repente, en mi casa. La admiraba por todo lo que la envolvía y por lo que era; por lo que hacía y por cómo lo hacía; por su soberbia inteligencia y su belleza. Me fascinaba. Era alguien que estaba por encima de todo y de todos, y sin embargo tenía una melancolía abrumadora, desasosegante, intranquilizadora. Quizá fue todo ese conjunto lo que me atrajo de ella. Sin duda esa dualidad, si se le podía denominar así. Y ello a pesar de ser incapaz, absolutamente incapaz, de entrar en su misterio.
Era extraña para el mundo en que vivía, para el mundo en que vivimos. Apegada a costumbres y tradiciones antiguas; desilusionada con el mundo que le había tocado vivir, a pesar de poseer un ansia terrible por vivir la vida en toda su intensidad. Hastiada. Me había hablado algo, poco, muy poco, de su vida privada. Sabía muy poco de las razones que la habían impulsado a venir hasta aquí, en lo que parecía una huida de algo o más bien de alguien. Sólo sabía o intuía que necesitaba salir de la opresión del mundo en que estaba, que era, por una parte disciplinado, constante, encorsetado, o eso me parecía, y por otra, abierto, libre, colorido. Un mundo y una vida que la obligaban a una lucha constante por ser ella sin traicionar o traicionarse a sí misma, pero sin dejar de buscar, de indagar y de conocer. Pero también había otra cosa que me era inasible. Creía en un alguien que, de alguna manera, le había dado o quitado tanto que no podía ahora seguir, por las razones que fuesen. Alguien que fue y que probablemente era, en algún lugar recóndito de su mente, o en ella de una forma absoluta, en todos los espacios de su alma, el elemento que movía sus sueños, sus movimientos, la totalidad de su ser. Pero todo no eran sino meras especulaciones mías. Pensamientos que ni tan siquiera me atrevía a expresar en voz alta por el miedo atroz a apartarla de mí, a que huyese por perturbar su interior, por remover lo quieto, por sacar lo oculto, por entrar en los espacios vedados, en el jardín prohibido de su alma, lleno de rosas y, al parecer, de espinas. Me movía entre el deseo de saber y el de permanencia, sabiendo que si conocía probablemente la perdería, y si no sabía, tal vez también. Quizá más tarde, pero también. En tanto que ella lo hacía entre el deseo de volver y el de estar. Estar como estaba, sabiendo que aquello que tuvo fue y que no habría nada más igual, o volver, redimir y redimirse, aprehender y caminar por una senda con discontinuidades, de altos y bajos, de felicidad absoluta y sufrimientos intensos. Contentarse con un prado infinito, verde y estático, o un jardín pleno de rosas. Pero no dejaban de ser meras especulaciones. Esa era mi encrucijada y la suya. La encrucijada japonesa. Una lucha de almas por otro, con otro, y con uno mismo, con una mujer japonesa en el centro de todo y a cuyo alrededor todo giraba. Miyori era la vida. Se había convertido en mi vida, pero ella se movía en otro ámbito, en el suyo, dentro del cual yo no era sino un simple espectador, privilegiado porque ella me permitía estar a su lado, porque me permitía aprender de ella y con ella, vivir la vida con ella. Pero sólo eso, un simple espectador sin la capacidad para ser en ella. Me recordaba, de alguna forma, el mito de Izanami e Izagani, en el que yo era ese simple concurrente, en el inframundo, que había tenido la oportunidad de estar con Izanami un breve momento de su existencia, y que la perdería en cualquier instante, pues ella pertenecía a Izanagi. Pero seguían siendo meras elucubraciones, y tal vez una tergiversación del mito que, una vez, ella me contara.

Al despertar encontré, en la almohada, una hoja cuidadosamente doblada. La abrí con reverencia, de la forma como lo habría hecho Miyori, con cuidado y, también, con un profundo miedo. Temía una despedida, un adiós con silencio de palabras, una huida apagada, cuyo resto sólo sería el papel blanco y sus negras letras encima. Sólo tres líneas. Un haiku. Decía:
A la intemperie,
se va infiltrando el viento
hasta mi alma.
Lloré. Lloré porque no lo entendía. Quise pensar, pero no podía. Arrugué el papel y lo tiré al suelo. Fuera llovía. El cielo gris derramaba su húmedo aliento. La imaginé caminando bajo el agua, con su característico andar y el pelo negro, calado, más azabache, aún más negro por lo mojado, y las gotas resbalándole por el rostro, iluminándoselo, la mirada gacha y su permanente ausencia de sonrisa. La vi bellísima en mi pensamiento. Y me di cuenta de cuánto la quería, de lo que me esperaba si no volvía, pero sobre todo de lo que nunca sería. Me volví y oculté la cara en la almohada como si quisiera no ser visto. Lloré hasta quedar nuevamente dormido, fiel reflejo de lo que sería, en adelante, mi vida, llanto y sueño.
El tiempo es inclemente cuando esperas y no hay respuesta, cuando no tienes tras haber tenido. El desasosiego interior es atroz. El tiempo pasaba y no tenía noticia alguna de ella. Semanas que me parecían milenios, océanos de tiempo que me engullían en sus fauces con un canibalismo espantoso, deformando el pensamiento y envolviendo mi espíritu en un mar de dudas que lo herían, arrastrándolo hacia el negro abismo de la desesperación. Le di tiempo al tiempo, en una acción que no quería porque temía, envuelto en la esperanza aunque sabía, pero que me negaba, esperando que ese tiempo hiciese que ella me echase de menos y volviese a llamar. Dejé que el espacio quedase vacío, ocupado tan sólo por mis pensamientos hacia ella y con la esperanza de que, en algún momento, ella los tuviese hacia mí, y que alguno de ellos la hiciese venir. ¡Pero qué tristes somos en los pensamientos y en la forma de actuar cuando nos negamos a lo evidente! Abandonamos cualquier atisbo de razón, ocultamos la certeza, aun la más clara, cerramos la puerta a la verdad y nos mentimos buscando la esperanza, incluso la más vana. ¡Cuán estúpidos somos entonces! Niños pequeños envueltos con piel de seres adultos y crédulos. Ciegos.
Ahondé en su interior. Traté de atisbar en su mundo, en su alma, a través de todo -poco, bien es cierto, o tanto- lo que me había hablado. Pensé, cómo no, en la muerte, en el suicidio. Una vez me dijo que la muerte tiene el brillo infrecuente, claro y fresco del cielo azul entre las nubes. Nunca había oído nada más precioso referido al tránsito de la vida hacia la nada. Era una imagen extremadamente perturbadora, al menos para mí, que la veía como algo repugnante y terrible, no tanto por el hecho en sí mismo, cuanto por la pérdida de la vida a la que estaba tan apegado en ese sentido tan necio de los occidentales y que, ahora, tras el conocimiento de Miyori y su mundo, encontraba degradante y estúpido. Ella tenía una severa consciencia de la muerte bajo la superficie de la vida cotidiana. Pero nunca supe si tenía un concepto claro y puro de ella. La verdad es que nunca la entendí bien. Creo, más bien, que no la entendí en absoluto. Era tan especial, tan profunda, tan elevada, tan sensible y lejana que se me escapaba de las manos como la arena de la playa, cuando en mi niñez jugaba con ella; como la arena del reloj que, lenta pero inexorablemente, deja pasar los granos por su mitad hasta desaparecer, dejando una transparencia que indicaba la ausencia de todo, la ausencia de nada, el vacío. Era, pensé, hora de salir del cromatismo del desierto en que me encontraba y de las sensaciones introspectivas para descubrir la verdad velada.
Pasó el tiempo. Excesivo. Tal vez seis meses. Decidí buscarla, pero no la encontré. No estaba. La casa cerrada. En la empresa la habían esperado desde aquel día pero nunca recibieron respuesta a sus llamadas ni a sus correos. En la Universidad, donde estudiaba Arte y cultura española, tampoco sabían nada. Era como si en el mundo continuase la vida y ella nunca hubiera existido. Tal vez no lo hizo y todo no fue sino un sueño.
Imaginé que habría vuelto a Japón, a la fragancia de los almendros en flor, a la paz de las montañas, a reunirse con eso que echaba de menos y que le tenía el alma herida. Pensé en el suicidio, que con tanto detalle me contaba y que yo veía, siempre, en sus pupilas cuando de él me hablaba. Pensé en el jigai. La vi, con los muslos, las rodillas y los tobillos atados, para evitar la deshonra de caer con las piernas abiertas, vestida de blanco como signo de pureza, hundiendo el cuchillo en el cuello para cortar la carótida, cayendo sobre el suelo, con un papel en la otra mano, en el que habría escrito un haiku, para él, si es que existía, pues el mío ya lo dejó en su despedida. Aquella idea me rondó por la cabeza hasta hacerse casi real, hasta destrozarme por dentro, taladrando mi alma, royéndome las entrañas.
Lo que si sabía es que su alma sufrió las heridas de todos los exilios, sobre todo de los impuestos a sí misma, en un afán por huir de algo y de ella, y a pesar de ella. Un exilio que no producía sino dolor y amargura, y de ahí tal vez la necesidad de la vuelta, de reconciliarse consigo misma, de la aceptación de lo inevitable, de la necesidad de la redención a través de la comprensión, porque la muerte nunca es peor que el exilio, como bien sabían los griegos. La vuelta en busca de la alegría perdida, a pesar de todo y de tanto, o quizás por eso y a pesar de eso. La vuelta para salvar su alma de tanta desolación y huida, para encontrar el camino, el verdadero camino, por difícil que fuese, para ser quien se es, hosquedad incluida. Lo que si sabía es que no estaba y que probablemente nunca estaría.
Y yo quedé malherido. Seguí escribiendo historias, como hasta entonces había hecho, pensando poesías. Seguí buscando caminos, como el del haiku, su tan querida vía. Pero lo hice para concentrarme en sus negros ojos, en su vida, en su alma; para contestarle a ella, allá donde estuviera; en él, si es que así era, si es que lo encontró; y en mí, en lo profundo de mi alma, herida, muerta.
Su marcha dejó un hueco que es muerte, pero no física aunque vital, sino emocional, absoluta y eterna, símbolo de todas las muertes anteriormente padecidas por mí, pero sobre todo por ella, de la que tanto bebí. Su marcha dejó un silencio mustio que nunca pude ni podré llenar con sonidos ni con palabras escritas, y que sólo los recuerdos pueden, en contadas ocasiones, aliviar, al ver sus ojos azabache mirar el blanco puro de los almendros en flor; al ver los movimientos suaves de las hojas mecidas al son de un viento delicado, como los suyos; al oír esa cadencia de las palabras que tenía al nombrarme. Pero todo eso sólo lo que es. Miyori fue, es y será, siempre, mi encrucijada japonesa, mi vía crucis, el poema que me regaló la vida, mi primavera, mi luz y mi sombra, mi alegría y mi pena, mi alma, pues sólo soy y puedo ser en ella.
En tu ausencia
Mastico los recuerdos.
Gélidos besos.

4 comentarios:

Crestfallen dijo...

Hola Diego:
Veo que has juntado las diversas partes que habías publicado de "La encrucijada japonesa". Hermosa e intensa historia, aunque con un triste desenlace. Como siempre, un deleite leer tus escritos.

Hay un fragmento que me ha impactado gratamente por su fuerza, que dice: "Semanas que me parecían milenios, océanos de tiempo que me engullían en sus fauces con un canibalismo espantoso, deformando el pensamiento y envolviendo mi espíritu en un mar de dudas que lo herían, arrastrándolo hacia el negro abismo de la desesperación."

Espero que estés muy bien, te mando besos y saludos! Cúidate :)

Anónimo dijo...

Gracias Mireia. Todo un placer leer tus comentarios. Tardé en terminarlo, de ahí el fraccionamiento. Me resultaba complicado darle un final, quizás porque tenía varios y no sabía por cual decantarme. No sé si este es el más adecuado. Pero ahí está. Incluso pensé en dejarlo sin final y pedir opiniones. Enfín.
Ese fragmento también es de los que más me gustan del cuento.
Yo también espero que estés bien. Que pases una buena semana, trabajo al margen.
Un beso.
Diego

Rudy Spillman dijo...

Creo que has realizado una cirugía del alma sobre ti mismo. Creo que Miyori eres tú y la encrucijada no puede ser sino japonesa pues no te encuentras perteneciendo al lugar donde los demás parecen verte. Con contundencia y detalle afectivo y efectivo expresas tu invalidez sentimental de un único modo: sientes todo el amor y no posees destinatario. Por ello es tan recurrente la imagen del suicidio. Se trata de matar tanto amor sin rumbo, y el tiempo, deteniéndolo al menos, porque su avance sería catastrófico. Buscas continuamente comprender pues es lo único que detendría tu tiempo llevándote a otro donde quizás la vida sea un hermoso jardín de flores.
Diego, ha sido un deleite leer tu relato, eres más profundo de lo que imaginas y disculpa si me he equivocado en mis apreciaciones.
Un gran abrazo, amigazo.

Anónimo dijo...

Hola Rudy.
Me asombra tu capacidad de análisis, aunque sé lo que eres y lo que puedes. Sin embargo nunca dejarás de asombrarme. Y esa capacidad de entrar en el alma humana, más cuando se hace a través de un escrito, es de una dificultad extrema, lo que me lleva a aumentar la admiración que tengo por ti.
Nunca hará falta que te disculpes, nunca conmigo. No hace falta que lo haga nadie, mnos aún tú.
Y agradezco, todavía más,si cabe, tus últimas palabras.
Ese abrazo también para ti, amigo mío.
Diego