18/9/09

El color de las mariposas. VIII

Tres mujeres, en una esquina enfrente de ellos y a su izquierda, tras el altar, comenzaron a cantar. Las voces eran suaves y melódicas, de una cadencia lenta y tranquila, exquisita, que les entraba por la piel, por los pies, por los ojos, sintiéndola en todo su ser, muy dentro. Cerró los suyos y se dejo llevar a otro tiempo, al tiempo de la música, cuando ella habitaba el mundo, su mundo.

De otro grupo de mujeres que se encontraba a la derecha de donde ellos estaban , una, cubierta, como todas, con un pañuelo, azul claro, y vestida con blusa gris y una falda con flores, en verde, larga y plisada, con zapatillas de montaña, se acercó a un cura, que estaba en una especie de atril provisional, para confesarse. Hizo tres genuflexiones, se santiguó y acercó reverente su cabeza a la de él.

La atmósfera estaba muy cargada. Pesada, densa, asfixiante, desasosegante al tiempo que adormecedora, tranquilizadora y apaciguante. Se sentía extraño allí, interior y físicamente.

Unos diez minutos más tarde, la mujer que fue a confesarse se retiró hacia atrás, hizo tres genuflexiones y el sacerdote le puso el libro, que tenía, sobre la cabeza. Se santiguó, ella, al modo ortodoxo. Cuando se giró vieron que estaba llorando. Se persignaba de nuevo ante cada icono con que se cruzaba, realizaba tres genuflexiones de nuevo y continuaba andando hacia la salida. Tras el último se limpió la nariz con un pequeño y delicado pañuelo blanco. Andaba lentamente. El rostro compungido. La mirada llena de una inmensa tristeza. Él pensó en su llanto, pero no supo si se debía al perdón o al pecado aun perdonado. Cogió una estampita y metió una moneda en la caja de madera que había, con una ranura, al lado. Se sonó la nariz con elegancia. Al cruzarse con ellos intentó sonreír pero sólo le salió un bosquejo, casi una mueca. Ellos hicieron algo parecido.

El dolor por el pecado es terrible, le dijo ella. No se lava con el perdón de un intermediario. Sigue ahí, clavado. Ese dolor, para ser curado, para que no duela, necesita la intervención directa, real, visual, del afectado, y ser un perdón total, con redención y olvido, volviendo al momento anterior a él, sino no se siente la exculpación, porque tampoco el perdón es real. De ahí el dolor.

Por eso el desconsuelo, le contestó él, quedo, y el llanto, por ser perdonados aquí, pero sabiendo que aún queda, que sólo será lavado cuando ascienda, cuando yazga, cuando esté muerta y acceda a la presencia divina.

Es cruel.

Sí. Así es. Ese tipo de perdón es cruel. Terrible vivir ahí.

Pecado, perdón, culpa, castigo, olvido, abandono… Se quedó callado.

Qué difícil es perdonar y ser perdonado de verdad. ¡Qué difícil!, pensó. Si hasta un dios sólo te exculpa tras toda una vida, y es entonces cuando te deja acompañarle de nuevo, cómo nosotros vamos a ser capaces de hacer algo más, algo mejor, pobres mortales, simples humanos, llenos de imperfecciones, de perdonar y dar la mano, de nuevo, de acompañar… Seguía perdido en esos pensamientos, perdido en la idea del perdón, de la culpa, de la expiación, del dolor irredento, metido en su castigo, en su búsqueda, cuando la voz de un sacerdote le sacó de allí, de sus cristales clavados, de sus imágenes rotas, de sus colores mezclados, de su dolor, de su ansia de expiación en el aquí y el ahora, de su búsqueda, de su sueño; y una canción, en su interior, comenzó a acompañar el final de aquellos pensamientos. Are you there?, de Anathema. Hacía años que la música no aparecía tan contínua en su mente, en su espíritu. Hacía siglos que la melodía no surgía en su alma o no surgía de ella, sin necesidad alguna, sin ayuda de fuera.

Ella le hizo un gesto para que callase y, acercándose a su oído, le dijo que estaba cantando en inglés. La miró a los ojos y se meció en ellos, y se hundió en ellos.

Gracias, le dijo.

¿Por qué?

Por existir. Por estar viva. Por ser. Gracias.

De nada. Me alegro de estar para ti y de que lo sientas y me sientas así. Es un placer inmenso.

Unas lágrimas le empañaron los ojos. Se limpió con el dorso de la mano derecha y con la izquierda cogió la de ella, con ternura, metiendo los dedos entre los suyos, entrelazándolos, intentando unir sus almas a través de la piel, sintiéndola, para ser con ella. La miró de nuevo, regalándose con ella, con aquella mirada de arrobamiento, de sentimiento intenso, de vida plena. Le recordaba a él, cuando era, cuando no estaban los cristales rotos. Hacía tanto de eso que sólo podía recordarlo a través de sus ojos, de su cara, de su pureza, de su belleza.

Todo era gestualidad, ritualidad. El canto de las mujeres era dulce, envolvente, subyugante.

Apareció el sacerdote, vestido con sotana negra sobre la que llevaba una casulla blanca. Un libro en las manos. Tres mujeres se colocaron a su lado, en diagonal. Contestaban a las palabras del sacerdote, de voz poderosa y casi nasal, aguda y oscura. Se agachaban al contestar hasta tocar el suelo. A veces parecía que el sacerdote se hablara solo a sí mismo, en casi un gemido, un lamento, una súplica. Lee el libro sagrado que posa, en algunos momentos, sobre las cabezas gachas de las mujeres, elevando la voz, como amenazando, para acabar cantando mientras las voces de ellas le hacen el contrapunto.


El cielo les aprisionaba, ahogante, gris, denso, eterno. Las calles vacías. Silencio. Frío. Caminaban lentamente, con la mirada hacia delante, en las líneas de los edificios que se perdían delante de ellos, en perspectiva, acabando a lo lejos en un edificio gris de múltiples ventanas que las cortaba, como si más allá no hubiese nada, como si fuera el fin de la calle, de la ciudad, del mundo, de la vida. Un camino cerrado, a ninguna parte, sin salida.

¿En que estás pensando?, le preguntó.

En nada.

Nadie puede tener la mente en blanco, siempre pensamos en algo. ¿En tus recuerdos?

Sí.

Más que recuerdos parecen obsesiones.

No lo son. Los recuerdos nunca son obsesiones. Al menos no para mí. Son memoria. Mecerte en ellos o acunarlos no es malo, es placentero si los recuerdos son bellos y son intensos, aunque a veces, incluso estos, hacen daño, o quizá más daño. Siempre es placentero recordar si es para saborear, para retener, para recordarlos. Los recuerdos, la memoria, no son tangibles. Están en ese rincón amable del alma que te permite traer los momentos vividos, los más bellos. El rincón de la belleza.

Se calló mientras seguían andando, mirando al frente, al gris de la pared que se acercaba hacia ellos.

Los recuerdos, la memoria, siguió diciéndole, sólo son accesibles si lo quieres, aunque a veces aparecen sin quererlo. Depende de los recuerdos, depende de lo que representen, depende de lo que fueron, de lo que supusieron. A veces son cristales con reflejos dorados, a veces cristales rotos que te hieren. Si lo quieres aparecen, se hacen perceptibles, pero sólo para el alma.

¿Cómo el amor?

Lo tremendo del amor, más incluso que el momento, es recordarlo. Ahí descubres toda su esencia, su valor. Pero para ello hay que vivirlo, y sólo se vive una vez, el resto no es amor sino sucedáneos, intentos de repetición. Y es entonces cuando vuelves al paraíso perdido, sobre todo en la memoria, en el recuerdo, en el pasado. Y ahí te meces.

¿Y por qué, si se puede, no se vuelve a él?

¿Si se puede? Quién sabe.

¿Por orgullo, por miedo, por cobardía?

Tal vez.

Siguieron callados. Se puso delante de él.

¿Qué buscas?

A mí, creo. La razón. No lo sé. Sólo sé que busco.

No te has encontrado.

Me temo que es un proceso largo, que lleva toda una vida. Estoy en ello.

¿Lo necesitas?

Más que nada. Y aun encontrándome debo seguir buscando o pensando. El camino del conocimiento, del autoconocimiento es largo, arduo, a veces excesivamente cansado. De ahí que muchos abandonen y que la mayoría ni empiece.

¿Me dejarás que te acompañe?

No lo sé. Ya veremos. Si debemos estar estaremos. La rueda es sabia. Hay un momento para todo, y si los caminos deben cruzarse lo harán, una, dos, mil veces. O eso creo. O eso espero.

Es agradable pensar así, pero a mí me da miedo. ¿Y si no ocurre?

Ocurrirá. El universo siempre da una oportunidad a quien la merece, a quien la busca con los ojos de la verdad y de la vida. O debería.

Pero a veces no ocurre.

Porque la mayoría no sabe mirar ni sabe vivir. Sólo vegetan, sólo transitan.

No son como las mariposas.

No, no lo son.

Vamos a casa. Le pediremos a las mariposas que lleven nuestro deseo.

La miró y le sonrió lento, suave y lento. Le acarició la cara. Miró el cielo gris. Cruzó los brazos para darse calor y continuaron andando.

Cuando entraron, unas mariposas volaban por el espacio en semioscuridad, apenas iluminado por el cabo de unas velas. El color que desplegaban le hizo volver la cara hacia ella, que sonreía moviendo los ojos siguiendo el curso de sus aleteos.

Son preciosas, le dijo. En ellas está el futuro.

No le contestó.

6 comentarios:

Andrea dijo...

La primera parte me transmitió desolación, quizá la descripción del lugar y el ambiente.. Luego, cuando hablas de los recuerdos, pensé que a veces, los recuerdos son mejores que la misma realidad, es decir que lo pasas mejor recordando los sucesos que viviéndolos, al menos a mi me pasa, cuando vivo las cosas no las siento con tanta intensidad como cuando las recuerdo (cosas, divagues míos quizá) El final es precioso, ella desea acompañarlo en su búsqueda, una búsqueda con la que me identifico y en la que creo fervientemente, si pudiese haría lo mismo. Un abrazo Diego.

ANUBIS dijo...

hola, estoy encantada con todo lo qe he descubierto en tu blog, estoy leyendo y me transporto en el tiempo,
gracias por conpartir tu espacio.

Anónimo dijo...

Llevas la historia con un precisión conceptual absoluta, Andrea. Ocurre a veces eso que dices de los recuerdos, ocurre, sí. Cuando recordamos eliminamos las aristas, tal vez sea por eso, o simplemente que es entonces cuando le damos la perspectiva adecuada. No sé.
Y en lo de la búsqueda... quien no lo hace...
Habría qmucho que hablar al respecto de amabas cosas.
Un beso.
Diego

Anónimo dijo...

Gracias a ti, Anubis, deidad de la noche egipcia, que encuentro por diversos sitios, gracias a ti por emocionarte con mis palabras, por transportarte con ellas, por compartirlas conmigo. Encantado de que estés aquí.
Diego

Ruth dijo...

Sabes, siempre te leo, me marcho, dejo reposar esas líneas en mi mente, acabo sumida en extrañas reflesiones, y luego vuelvo para comentarte. Creo que esta vez la reflexión me desvió del punto inicial de este capítulo, pero no por ello quería dejar de compartirla. Recordaba ese mundo gris plomizo que tan magistralmente describies y miraba a mi alrededor, y a pesar de ver gente común, haciendo sus vidas normales, les veía un poco así, como dejando pasar sus días sin más, como carentes de significado, tan grises, tan plomizos. Luego pensaba que quién soy yo para juzgar, quizá sólo sean mis gafas. En fin, gracias por este relato tan estremecedor y fascinante a la vez.

Besos Diego.

PDTA: Me encantó descubrir que eres admirador de Rothko.

Anónimo dijo...

A Rothko lo descubrí hace tiempo, Ruth, mucho tiempo. Siempre me sedujo su tratamiento del color, sobre todo en la serie del cuadro que comentaste.
Y sobre el gris, es así, me temo, pero quién somos para juzgar, sí, ¿quién somos? Y sin embargo está; la mayoría vegeta en un mundo frí de apariencias, lleno de color que no saben mirar, pero ¿quién somos? Una buena pregunta. Tal vez deberíamos releer a Platón y quizá, ahí, descubriríamos la razón.
Un beso.
Diego