20/9/09

Mirando el Discóbolo de Mirón.


Es curioso cómo hacemos las cosas, a veces, y por qué. Hay una exposición temporal en la ciudad, “La belleza del cuerpo”, con un conjunto de esculturas del British Museum, que gira en torno al Discóbolo de Mirón. Hay colas para verla, o había. Ya he ido tres veces, y ésta última he tenido que esperar una hora y cuarto para entrar. Pero bueno, siempre hay otras salas donde perderse mientras. Lo curioso es que conozco personas que han estado alguna o varias veces en Londres, que incluso han ido al British Museum, y no la han visto. Cada uno tiene sus preferencias. Pero se anuncia el hecho de su llegada y hay que verla. Cuesta saber que personas de amplia formación no la hayan visto aún. También es curioso que de las tres veces que he ido casi nunca haya habido alguien joven. Sin embargo las filas de gente de menos edad, vestidos de punta en blanco, con sus bolsas de Lidl o Mercadona -que hay que ser cutres; al menos que sean de Dolce y Gabanna, para hacer juego con la ropa- llenas de botellas de alcohol para hacer botellón, son tremendas. Las personas entran en la sala, en penumbra, con un juego de luces estudiado para crear el ambiente propicio. Están menos de un minuto, hacen una foto o dos con el móvil y siguen. Y eso que han puesto unas gradas para invitar a sentarse y observarla desde todos los ángulos. Pero que si quieres. Como mucho un minuto sentado y un par de vistazos por delante y por detrás y a por otra escultura. Escuché un comentario curioso el otro día: “Aquí pone que no es de Mirón, que es una copia romana, y la publicidad dice que es el Discóbolo de Mirón”. Al margen de todo, es una escultura impresionante. La copia que está aquí, en el MARQ, en Alicante, es la que se hizo por orden del emperador Adriano para su villa de Tívoli. Aparece el clasicismo en Grecia. Armonía. Equilibrio. Es una escultura de una belleza absoluta, que hay que mirar desde todos los ángulos. Desde cualquiera de ellos encuentras algo con lo que llenar la retina. La visión que, a mí, más me impacta, es de frente, al contrario de cómo suele aparecer en la mayoría de los libros y de cómo la suele mirar la mayoría de las personas. Me gusta colocarme frente al rostro. Es impresionante. Se observa el arco de los brazos en toda su perfección, en toda su extensión. Hay elocuencia en esa visión. Es una perspectiva magnífica. Conmueve. El rostro agachado, belleza clásica, perfecta, la armonía de los movimientos, el juego de los vanos y los espacios llenos, la disposición de los elementos corporales dentro del movimiento para no romper la armonía y el equilibrio. Representa un momento único, como una fotografía, el momento en que va a lanzar el disco, el momento que Mirón quiso representar, el momento noble, de concentración intensa del cuerpo, aunque el rostro no la tenga en exceso. La vi en Londres y la he vuelto a ver varias veces. Y tiene, para terminar, algunas cosas curiosas que la mayoría pasa inadvertidas, por desconocimiento del Arte o del deporte o simplemente por no fijarse ante las prisas por acabar la visita, o por desinterés. La pierna que se adelanta, por ejemplo, no es la que adelanta ni adelantaba un lanzador en el momento de soltar el disco, debería ser la otra, pero rompería el equilibrio y la armonía, y por tanto la belleza y el concepto filosófico. Hay algún otro detalle más, como hacia donde mira el rostro, no puede mirar hacia atrás (como en algunas copias), pues se rompería el cuello. Y una curiosidad. Me gustan los mitos. Tienen una belleza especial; suelen ser encantadores, y este lo es en grado sumo. Dicen que representa a Jacinto, famoso y hermosísimo atleta, del que estaba enamorado el dios Apolo, y con el que se entretenía en juegos y amoríos. Hay varias versiones sobre ella. Una cuenta que Céfiro, dios del viento, también estaba enamorado del atleta, tal era su belleza, pero no podía competir con Apolo. Cuando jugaban con el disco, al lanzarlo Apolo, Céfiro sopló, desviándolo de tal forma que impactó en la cabeza de Jacinto hiriéndole de muerte. Apolo lo acogió en sus brazos pero no pudo hacer nada para salvarle. La sangre derramada se mezclaba con el negro pelo y caía al suelo, de donde surgió una flor rojo púrpura que, en su honor, se llama Jacinto, y en sus pétalos están las letras AY. Ese fue el homenaje de Apolo a su amado para que nadie le olvidara. Una bella historia sin duda.

2 comentarios:

Ruth dijo...

Debe ser impresionante verla de cerca. La piedra se puede sentir, te puede transportar, puede acaparar todo el espacio; es como alguno de esos cuadros que te sientas delante y hacen que todo alrededor desaparezca y te quedes tú frente a la obra de arte, dialogando con ella. Me gusta esa sensación por extraña que parezca.

La verdad es que la gente va a esos sitios sólo por decir que ha estado allí. Al igual que tú son muchas las cosas que no entiendo. Esta gente que se acerca por acercarse, que miran y observan desde sus vidas mediocres (lo siento, no me sale llamarlo de otra forma). Yo prefiero pasar la vida sintiendo, y si eso produce dolor, ese mismo dolor me recuerda que estoy VIVA.

Besos amigo.

Anónimo dijo...

Lo es, Ruth. Deberías leer lo que decía Miguel Ángel, el divino, cuando estaba ante el bloque, lo que veía, lo que sentía, antes de esculpir. Claro que era él, pero aun así, cuando te sientas ante una obra como esa y la miras, si tienes sensibilidad, la emoción debe inundarte, el alma se llena, el pelo se te pone de punta. Es ver la belleza y esta está, como decía Óscar Wilde, en el Arte.
Pero la mayoría pasamos por la vida como eternos y tristes diletantes.
Un beso.
Diego