9/5/10

Relatos de los días de lluvia húmeda y helada.

Cuarto relato.
Los idus de marzo.

Nunca pensé que te volvería a ver.
Ni yo.
Y menos, en el caso de que lo hubiera pensado, que fuese tan pronto.
Fue un impulso.
Ya. Como todos los tuyos.
No he podido quitarte de mi cabeza ni un solo día, y… sin embargo…
Sin embargo…
¿Recuerdas el paseo por los Uffizzi?
Sí.
¿Y la conversación aquella, tan larga, en la cafetería a espaldas de la Galería?
Sí. Recuerdo la conversación. Sobre el poder y el querer, sobre las relaciones, sobre el amor, sobre el compromiso, sobre la libertad… Sí. Cómo no. También recuerdo como ibas vestida, cada detalle de ti aquel día. Me fascinó. Parecía que la ropa acompañara tu mirada…
Se calló. La desazón le ocupó el interior, como aquella vez, en Florencia. La recordó sentada en aquella pequeña terraza, mirando el humeante capuchino, y a él, cuando bebía un sorbo, con aquella manera tan suya de coger la taza y beber.
Andrea… Ahí estaba otra vez. Inopinadamente, como siempre hacía con él. Como la primera vez. Los ojos negros, con aquella línea que se le formaba en las pupilas y que les daba una intensidad que aturdía, mareante, donde era posible entrar para perderse, y de la que creía, no se podría salir, y, sin embargo, tan apenas abierta, tan difícil de atravesar, como un manantial sugerente, prometido, pero ausente, al que había que bajar, despacio, entre marrones y negros…
Nunca debí volver a Florencia, pensó, ni tal vez a Bolonia, o quizá debí aceptar el trabajo allí. Nunca debí acceder a aquella primera vez. Nunca, nunca… demasiados nunca, demasiados tal vez, demasiados quizás. Demasiado todo o más bien demasiado nada, se dijo. Demasiados pensamientos, demasiados recuerdos, demasiadas palabras y su ausencia, demasiados sentimientos, demasiada búsqueda de ellas, de todo, de nada.
Se apretó los ojos, sobre los lagrimales, con los dedos índice y pulgar, hasta sentir dolor. Apareció el color naranja, después unas nebulosas blancas y lilas, en espiral. Todo blanco y negro después, y cuadrados blancos, pequeños, moviéndose en una composición extraña.
¿No te ha gustado que viniera?
No lo sé. Se quitó los dedos de los ojos, mientras le contestaba, y la miró. No lo esperaba, le dijo, ni tan siquiera sé si lo quería. A veces, pensó, no sabía ni si servía de algo hablar, con los paréntesis, con los silencios, con las reglas.

Caminaban despacio, entre la ausencia de sonidos de un parque suyos parterres estaban poblados de margaritas blancas, violetas y anaranjadas, como si buscasen las palabras en el silencio de unos árboles aún pequeños, por entre el tapiz de flores. Unos parterres de color, que se perdían en la inmensidad de un parque lleno de pequeños promontorios elevados, y cubiertos de un césped ralo y amarillento, con pequeñas calvas, falto de riego, bordeados por caminos serpenteantes de tierra ocre, casi amarilla; con árboles, pocos y pequeños, muy separados entre sí, de largas ramas y hojas escuálidas, y demasiadas farolas megras. Un parque de una artificialidad absoluta, como un recorte de revista pegado sobre un cuadro en blanco y negro, un feo y extraño colage que había sido creado con la intención de aportar belleza y que, sin embargo, dañaba la retina de cualquier observador con un mínimo de sensibilidad.
Él iba delante, ligeramente. Recordaba la tranquilidad con que ella paseaba el tiempo, como si se envolviera en el aire, como si éste fuera más espeso para ella que para las demás personas.
Giró la cabeza hacia ella y sonrió, esperando alguna palabra, pero sólo recibió el inició de una sonrisa que se quedó en inicio, inacabada. Se sentó en un banco, y ella, tras pararse un momento, delante de él, lo hizo a su lado. El sol estaba a sus espaldas, proyectando sus bustos en una sombra alargada que se dibujaba en la arena del camino. Alguna vez había fotografiado las sombras, le gustaba el efecto.
Un sin fin de hormigas recorrían un camino que parecía no tener fin y que, al parecer, sólo ellas conocían, perdiéndose en la hierba, en un ir y venir continuo. Le resultó curioso el tamaño de la cabeza de algunas de ellas –exagerado para su cuerpo-, y desproporcionado con respecto a la armonía de las demás, más pequeñas. Llevaban pequeñas briznas de hierba, secas, en sus pinzas; algunas, en su constante andar, se paraban milésimas de segundo para entrechocar sus antenas con otras hormigas, mientras algunas pasaban por encima de otras sin importarles, al parecer, el peso, el posible daño –si es que lo había- o cualquier otra circunstancia. Toda aquella mini autopista, sin señales, terminaba en un pequeño círculo, absolutamente liso, impoluto, que había sido rodeado de una semicircunferencia hecha con pequeños granos de arena más oscura, apilados, formando una especie de muralla o de barrera, en la parte opuesta a la dirección del camino, y en cuyo centro había dos agujeros, uno perfectamente circular, y otro, más grande, ligeramente irregular, donde entraba y salía todo un ejército de aquellos insectos, la mayoría con sus briznas de hierba. Pensó en aquella armonía absoluta, en la necesidad de gregarización, en la necesidad de seguridad ante su pequeñez, en sentirse resguardado, en la búsqueda de no sabía muy bien qué, en ese miedo que nos hace tan gregarios y que nos lleva a la uniformización, al pensamiento único, a ser una hormiga más en un hormiguero gigante, igual que las demás, haciendo siempre lo mismo, pensando lo mismo, ocultándonos, no apartándonos del camino, buscando refugio, seguridad, en la masa, en la apariencia, en el clan, en lo igual.
Miró a Andrea. Tenía la mirada perdida en el color de las flores. Se preguntó dónde estaría ahora, en aquella búsqueda constante de palabras, de palabras que pudieran expresar lo que sentía, pero que se negaba, y de ahí aquella inconstancia, de ahí aquella necesidad de seguridad, aquel ir y venir -a veces sin sentido-, aquel querer y no poder, aquel poder y no querer, o no saber o no atreverse. ¿Y él? Seguramente no podía, pensó; y tal vez no quería. Le dio vueltas a las razones, a las de ambos. Y pensó que quizá tuviera que ver con el comportamiento de aquellas hormigas. Tal vez Andrea fuera como una de ellas, o quizá no. Tal vez él también, aunque no, se dijo, él no. Le molestaba la idea de pertenecer a un colectivo así, tan monótono, tan simple, aun dentro de su complejidad. No, a él le gustaba volar. Tal vez una cigarra. Tal vez. Recordó la fábula de la cigarra y la hormiga y sonrió para sí.
Mañana me voy. Sonó como un martillazo. La miró y se quedó callado.
¿Quieres que me quede?
Lo que yo quiera o deje de querer, carece de importancia alguna. Harás lo que quieras tú, de cualquier forma. Además…
Miró el cielo, roto en los colores de una tarde que se desvanecía en una gama de rojos muy intensos. Una nube, gris oscuro, rompía el sol por su mitad. Volvió a mirar a las hormigas, con su paso apresurado, siguiendo su ir y venir, ausentes a aquella otra realidad suya, y a aquella perfección. Se giró hacia ella, extremadamente bella. Se quedó en sus ojos un instante; era excesivamente preciosa, distinta, y distante y silenciosa.
Ninguno encontraba las palabras que parecían buscar.

8 comentarios:

Roberto Muñoz dijo...

Sin ninguna duda, mi favorito de los cuatro relatos. Me has hecho sentarme en aquel banco a mirar las hormigas y pensar en Andrea... (aunque no sea la misma Andrea del relato). Lo dicho, me ha gustado mucho.
Un abrazo.

Marisa dijo...

Crónica de un adiós anunciado. Hermoso y triste relato, Diego, donde los silencios entre dos son monólogos compartidos, donde el frío de la ausencia parece transformarse en hormigas y margaritas que bajo su tierra esconden el final.
Me ha gustado mucho tu relato, dolorosamente real.
Un fuerte abrazo!

Anónimo dijo...

tout son être souffrait
sous ces mots attendus
Elle elle allait ingénue
au vacarme laissé
vers le gouffre inconnu
lui masquant le danger
d'un amour éperdu
De faibles cris
sans souci de peril
de sa bouche sortis
sous quelques fables nébuleuses
avec en toile de fond ce nuage gris
sur ses lèvres grisées d'envies
par l'appel hurlant
d'un linceul mourant
par toutes les circontances
a cet age inconnu
par l'aveuglement d'une vie toujours voulue
par peur jamais vécue

Un baiser Diego
Elisabeth
_____________________________________
ps c'est un plaisr pour Moi de deposer des mots sur tous tes blogs

et rereps
oui les photos sont de moi

Carmela dijo...

;eniño, que no halla nubes que rompan la luz de tu sol.
Un biquiño.

Anónimo dijo...

El más melancólico, quizá por eso, Roberto. Y sin embargo los otros son más, mucho más, pero de otra forma. Pero tú, es verdad, eres más de estos, quizá porque acompañan los tiempos.
Quizá debamos bebernos unas cervezas, a ver si encontramos un hueco.
Un abrazo, amigo mío.
Diego
Ps. Veo que andas con blog. Le echaré un vistazo.

Anónimo dijo...

En esa frase tuya: "los silencios entre dos son monólogos compartidos, donde el frío de la ausencia parece transformarse en hormigas y margaritas que bajo su tierra esconden el final", está buena parte de la esencia.
Es impresionante cómo se puede decir tanto en tan poco.
Gracias por tus palabras. Es, siempre, un placer que estés, y que te guste; un regalo.
Un fuerte abrazo.
Diego

Anónimo dijo...

L'aveuglement d'une vie vécue en morceaux, et croire pour être vécue, par la crainte, par des espaces, par des lignes qui ne se croisent pas, et perdre de vue le cœur, dans la bataille.
Le plaisir est pour moi, Elisabeth. Un honeur.
Les photos sont magnifiques, plein de lyrisme et émotionnel, comme vous, d'une beauté subtile.
Pardón pour mon francais.
Un baisser pour toi.
Diego

Anónimo dijo...

Qué no las halla, Carmela, ni en tu mirada. Qué bien suenan las palabras en gallego, acariciando.
Otro para ti. Y mil gracias.
Diego