13/10/08

Hondura

¿Dónde se siente lo hondo? ¿Lo profundo? ¿La hondura? ¿En las entrañas? ¿Qué es la hondura? Entras dentro y te dejas llevar. Hay profundidad, sentimiento, duende. Y por eso. Produce armonía. Hay armonía. Calidez. Te arropa con el calor de dentro. Te cubre suave. La sonrisa franca, de verdad. Es de verdad. Siempre lo es, aunque a veces… Siempre es. De ahí… En la totalidad. Se oyen sonidos que salen de dentro. De dentro y de lejos. Cante por “soleá”. Y por alegrías. La totalidad. Es todo. Siempre lo es. Y entra. Entra y te ocupa. Te llena. Abre de par en par todo a la vida. La siente, la vive, te la muestra, te la ofrece, te la da. Los batientes apoyados en la pared. Aspira el aire y se lo bebe. Abre los ojos y se los llena de luz. Abre la boca y degusta, y te adorna de palabras. Abre el alma y quiere llenarla y agrandarla. Henchida de todo. El mundo es un vaso que ha de ser bebido, y por ello lo apura. Lo apura con delectación. Es deseo de ser. De vivir. Hay tal intensidad en todo que asusta. Pero te invita a vivir, a sentir, a jugar. Puro placer. Sentidos. Armonía. Es un territorio donde es fácil sembrar. Fértil. Mágico. En ella se siente lo hondo. Ella es hondura. Dentro. De dentro. Como el cante. Por alegrías. Por “soleá”.

6/10/08

El cielo no existe


¿Sabes lo que más me preocupa? Cagar. Joder, es que me tiene de los nervios. ¡Puta gente! No te dejan respirar ni un momento con los putos morteros. Y lo peor es que con esta ansiedad, cuando voy no puedo. Creo que voy a ir ahora, si no me van a salir unas almorranas de cojones. No voy a poder sentarme en la puta vida como siga sin cagar un día más.

El cielo no existe. Todo es infierno. Calor. Un infinito calor que hace que el sudor caiga en gotas que corren con una constancia aterradora por la cara, por el cuello, por el pecho, por la espalda. El calor cala en los cuerpos y en las almas de todo lo que se mueve. Ralentiza. Exaspera. Y un amarillo inmenso ciega los ojos. Es imposible mirar y no sentir un escozor intenso en ellos. El sol parece mucho más grande y abrasador que en cualquier otro lugar. Te hunde. Te ensimisma. Te empequeñece. Y la arena, que se mete por todos los poros de la piel y se queda ahí, incrustada a ella, pegada a ti como un sudario horroroso que no te puedes quitar con agua y jabón. Jamás. Una prisión. Esto es una prisión infame que no desaparece ni con la noche.

Ahora les ha dado por descansar. Tendrán calor, o sueño. Vete tú a saber. No los entiende nadie. Ahora es el momento. Me duele la barriga como nunca. Tres días son muchos días. Y tiene que ser malo. Tiene que serlo. Desde la salida de la mañana, o la incursión de la otra noche. Toda la noche. Toda la puta noche arrastrándonos por la arena. Sin objetivo. No lo veíamos, o no estaba. Una noche tirada. Hasta el catre me sabe bien aquí. No hay estrellas. O las confundo con las trazadoras, con las bengalas, con todo lo que vuela. La noche es para dormir, joder. ¿Qué coño hago yo aquí? Voy a cagar ya de una puta vez. No se oye nada. Cruzo y ya está. Podían haber hecho las letrinas un poco más cerca. Y otra vez los morteros. A un paso. Es que no se puede ni ir a cagar, joder. Y ese casi dentro. Una mano me coge por el hombro. ¡Qué susto joder! Pégate a la pared, me dice. Sí mi comandante. Es que iba a cagar. ¡Joder, qué estrés! Así no se puede vivir. Pero pégate a la pared, hombre. Me insiste con una sonrisa. Es que tenía prisa. No puedo más. Desde el otro día, en la ciudad. ¿Se acuerda? Aquel hombre con un niño en brazos. Destrozado. Sin piernas. Cubierto de sangre. Lloré. Lloré mi comandante. Y le juro que hacía años que no. Vaya puta mierda. La cara del niño la veo siempre. No me la puedo sacar de encima. Es peor que el polvo. Y el padre. Porque debía de ser su padre. Había dolor. Negación. Incomprensión. Y los colores que lo envolvían todo. Raros. Discordantes. Bellos. ¡Vaya puta vida! ¿Y si fuera mi padre? ¿Y si fuera mi hermano?

El cielo no existe, todo es infierno alrededor. Todo lo tapa. No hay nada. Calor. Un infinito calor que todo lo pudre, que todo lo mata. Muerte. Solo muerte alrededor.

Quizás

Ella es, quizás, quien me hace subir la escalera de la vida, paso a paso, lenta, suavemente y con dulzura. Ella es, quizás, la que me da las razones para vivir, sin determinar el qué, el cómo, el cuándo y el dónde, si no tan sólo el vivir por el vivir mismo. Ella es, quizás, quien abre la belleza que hay en el mundo, a mi alrededor, y me la derrama en cascadas de iridiscencias exquisitas. Ella es, quizás, quien permite a los sueños que se hagan realidad en torno a mí. Ella es, quizás, la cruz del atardecer que se muestra en todo su esplendor cuando miro hacia arriba y espero. Ella es, quizás, la que hace que el amor sea real, recordándola, cuando el día muere. Ella es, quizás, la que hace que la risa se pose en mi rostro iluminando la vida. Ella es, quizás, la que me hace oír los acordes más exquisitos que la música desliza por mis oídos cuando rompe el día. Ella es, quizás, la que hace que crea en ella. . Ella es, quizás, Ella.

5/10/08

Venid

Venid. Venid, malditos de mi Padre. Postraos. Hincad la rodilla en el duro suelo e implorad por vuestros pecados. Elevad plegarias por vuestras muertas almas. Rogad inmisericordemente por vuestra inutilidad. Alzad los brazos y clamad con la fuerza de lo inútil contra el Adviento que se os aproxima. Vuestro tiempo. Desgarrad vuestra piel y tapaos los ojos con ella. Ojos que no ven, que solo miran. Hijos de la negación. Ojos que han visto la nada porque la nada son. Dejad vuestras cuencas vacías, pues ya no hay tiempo. Hijos de la impiedad, llorad. Llorad, malditos de la Tierra. Agachad la testuz como signo de lo que no sois ya. Y esperad. Esperad el momento en que el hierro horade la cerviz y os reduzca a muerte. Venid. Venid, malditos de mi Padre. La hora es llegada. Es el tiempo del Adviento. Vuestro tiempo.

Regueros

Bebí las aguas de tu aliento y descendí al Hades, infierno de los sedientos, con el lamento pútrido del desastre envolviendo mi alma como un sudario descompuesto. Y las lágrimas ya no eran sino frías piedras de mármol negro, lamentos de azabache resquebrajado.

Me muevo con la suave cadencia de una ola, acariciando el viento que se desliza entre mis dedos. Avanzo lento por el flujo de la vida oyendo los sonidos ampliados de no sé qué cosa… Muero.

El sonido seco del percutor. La velocidad de una bala. El golpe contra el cuerpo. La luz que se desvanece. El aliento que se hiela. La vida y la muerte. Despedida.

¡Qué hondos y tenebrosos son los caminos del despropósito! ¡Qué amargas las consecuencias! Me devano el alma, los sesos, en busca de las acciones, de los lamentos y su por qué, y no encuentro sino desazón y abandono. Íntimamente perturbado. Desolado. La raíz sin límite. La inconsecuencia y su realidad. El denuesto. No hay sabor. Ni olor. Solo desastre. Irresponsable. Solo el yo. Siempre el yo. Solo encuentro la sinrazón amarga de un amor apagado, marchito, que se va por la cloaca del absurdo y su inconstancia. Miramos y no vemos. Pensamos y no sentimos. Queremos, pero no amamos. Pero creemos. O queremos creer. O pensamos que creemos. No avanzamos. Decimos de las palabras. Decimos las palabras. Siempre yo. Siempre el yo. Observamos los colores y los transformamos en una suerte de alquimia, que acabará con la destrucción de todo lo bello, en negro. Negro que degradamos para conformarnos, para confortarnos, para creernos. Desilusión. Triste desilusión que apaga.

Caen las gotas una a una con un ritmo inmisericorde, creando círculos concéntricos que se expanden agotándose suavemente en la nada de lo aparente. Dejamos de ser por sentir que creemos. Como el agua pútrida de una cloaca. Deshechos. Trazos mal hechos. A cincel. Abandonamos los pinceles con los que hemos dibujado los trazos más hermosos de una vida de colores, para armarnos de espátulas y clavos con que horadar y fijar, en un afán sin sentido por parecer, por creer que es lo que no es, por tanta estulticia. Vana ilusión. Vanitas vanitatis.

La desesperanza es el peor camino para la razón. De ahí tantos errores cometidos. Prefiero el sueño. Quiero el camino del abandono, antes que el pensado a base de inconsistencias, de creencias del Yo, de querencias del Yo. Yo. Prefiero soñar con despertares entre rosas y azucenas, lirios y amapolas. Prefiero andar por la senda de los colores, que por el camino de la querencia, de la apariencia. Prefiero el sueño del tiempo que no es, pero que regala la vida con su belleza infinita.

Y suena la muerte. Dispara. Se acaba.

29/9/08

A veces. Siempre.

Se me va el alma cada vez que te vas. Y ya ni puedo tan siquiera vivir. Apenas respirar. Y mi alma me la dejo contigo. Se me queda. Se me muere. Se marchita. Desaparece con la languidez del desahuciado. Del condenado a la horca. Del apestado. De mí. Y apenas puedo ser. No soy. Tan sólo estoy. Y eso… En ti. Solo en ti. Pero… no estás. Ya no estás. Nunca estás.

25/9/08

Inconstancias

Y de pronto aparecen los recesos en la vida, como resacas intempestivas. Como una yunta de bueyes que tira de ti en la dirección contraria. Como una soga de pita que te ahoga y que te impide. Siempre la inconstancia. Y la inconsistencia, su más fiel aliada. Las razones son las de siempre, o las de nunca. Y te dicen. Lo lamentable es no haber oído las campanas repicando a muerto. Los quejidos surgidos del abismo de tu alma avisando con su inmisericorde miserere en un fúnebre tañido premonitorio. El mundo se desploma como un castillo de naipes mal construido a pesar de los esfuerzos. Y suena la música. Un Réquiem. Por los que van a morir. Por los fallecidos. El tiempo de las tempestades ha terminado. Empieza la eternidad. El vacío. La nada. La falacia de una vida hecha a jirones se desmenuza en polvo de huesos corroídos y no queda. Y te preguntas las razones del por qué de este instante, pero eres incapaz de acertar con la respuesta. Seguramente escondida a quien la busca, o no hay respuesta. Necedad. Los seres inicuos acaban derrotados en su misma miseria, hundidos en ella. Atrapados. Y aun creyendo no serlo, no estarlo, fallecen por inanición. Amargados. El tiempo atempera, pero expone. Y de una forma más cruel, si cabe, que en el momento del deceso. Y es por todo ello que, a veces, no sabes el camino a seguir. Ni tan siquiera si el llevado era el correcto a pesar de las esperanzas y las flores derramadas. Cuánta amargura. Triste el tiempo agasajado. Triste momento. Y el problema es que ya no es tiempo. Es que ya no hay tiempo. Porque este no es el tiempo. Imploras al dios de los desastres y se te niega el hecho. Inconsistencias. Irrealidades. Y ante eso… Nada. Después de eso, nada. Solo tiempo, pero otro tiempo.

23/9/08

Certeza

Eres tan cierta como la profundidad de los campos ocre de trigo moteados por el rojo de amapola. De ahí tanto. Y espero. Espero porque los lirios engalanan tu alma al compás de esa música que derramas cuando miras con tus ojos, espejos que te delatan, y que enseñan que no hay nada más cierto. Solo tú. Por eso siempre te espero. Y escucho el rumor del agua que se despide en mi pensamiento y quiero, quiero volver a casa. Desnudarme. Despojarme de las dudas. Eliminar las hojas que me envuelven. Aliviar mi alma. Desposeerme. Quiero volver a casa y encontrarte. Vestirme con tu piel y eliminar las hojas que me envuelven. Apartar el otoño. Morir en invierno. Eres tan cierta como la profundidad de los campos de ocre moteados por el rojo de amapola. De ahí tanto. Y espero.

18/9/08

Incerteza. Ausencia.

Hoy ha muerto una paloma blanca mientras escuchaba a Bramhs. Sueño. Te veo. Te miro. Algo se acaba. Vislumbro. Se me va el alma cada vez que te vas, que no estás. Y ya no puedo siquiera vivir, apenas respirar. ¿Dónde están las piedras que pisamos? ¿Dónde los ríos que cruzamos? ¿Dónde las montañas que subimos? ¿Dónde las flores que cogimos? ¿Dónde las palabras que dijimos? Hay espacios que nunca deberían cerrarse. Hay momentos que nunca deberían detenerse. Cantaré los salmos más hermosos, solo para ensalzar tu belleza. Me beberé la vida hasta el último sorbo, solo porque sin ti no puedo estar. Construiré torres tan altas que tan sólo tú podrás subir. Pintaré flores de colores tan hermosos que solo tú sabrás apreciar. Lloraré ríos de tinta que solo tú sabrás interpretar. Crearé lágrimas de perlas de mares imposibles para adornar tu alma. Te mostraré las manos limpias para que te puedas agarrar. Te creeré. Créeme. Te creeré. Recogeré el halo de la Luna para coronarte y esparciré estrellas a tu paso para que tus pies no se manchen. Te llevaré conmigo donde nadie puede ir. Seré la sombra que te acompañe, siempre, en tu caminar. Y ahora. ¿Ahora qué? Sueño y no consigo despertar. Hoy ha muerto una paloma blanca. Algo se acaba. Vislumbro. No estás.

15/9/08

Al niño de sonrisa amable y mirada triste

Cada vez que lo intento agoto el impulso y no puedo. Te puedo creer porque te llevo, y te siento, tan dentro, que me quemo y que muero de dolor. De un dolor que me quedo, porque te quiero, porque no puedo ni quiero otro. Este. Este es el que quiero. Porque te he visto crecer y ahora ya ni puedo. Andando por mis lamentos me acerco, como puedo, y te miro. Te miro y te veo. Te miro y me veo. Te veo. El niño de la sonrisa amable y de los ojos tristes. Y te siento. Tan dentro. Tan hondo. Y muero. Mírame, que te llevo. Siempre te llevo. Lo puedes ver en mi cara. Y en mi alma si miras dentro. Ahora te puedo creer porque no hay nada cierto. Solo tu alma, que me envuelve y me aquieta, que me acerca a lo que siento, a lo que quiero. Te siento. Por los pasos dados en pos de algo que me llegó a destiempo y que desde entonces se me quedó tan dentro. Clavado hondo. A fuego. Y que quiero con la fuerza abisal que dan los pasos dados en el tiempo. Soportados. Andados a quejidos. Ahora te puedo creer porque te siento quemando mis entrañas a fuego lento. Y cada vez que me miras te encuentro. Y cada vez que me miras, me encuentro. Tú, el niño de la sonrisa amable y mirada triste. El niño que siento. Mi alma pequeña. Mi centro.

14/9/08

Cuentos solidarios


Casi todos tenemos algo malo y algo bueno. Casi todos poseemos la capacidad de ayudar a los demás. Sólo nos falta, a veces, un empujón, una ligera ayuda. Casi todos, cuando vemos imágenes de hambre, muerte, violencia, pensamos que se debería hacer algo para solucionarlas. Pero no lo hacemos. Hay mil razones para ello, para quedarnos quietos. Pero hay cien mil más para sí hacerlo. Una, la más importante, es que nadie, si se puede evitar, debería morir de hambre (y menos un niño), ni sufrir persecución injusta, ni… Y se puede hacer algo. Estoy convencido de ello. Sólo nos falta que nos den un ligero empujón.
Todos podemos hacer algo. Un grano no hace un desierto pero ayuda. Nosotros solos no podemos resolver todos los problemas del mundo, pero podemos ayudar a empezar a lograrlo. Podemos poner nuestro grano de arena.
Un grupo de escritores, de distintas nacionalidades, han hecho causa común para ello y han sacado a la luz un libro cuyos beneficios irán en su integridad a Amnistía Internacional. Cuentos Solidarios (Los gestos del suicida). Un proyecto que será anual y que irá, cada año, a una ONG distinta. Comprando el libro se ayuda a luchar contra la injusticia en el planeta, a que los Derechos Humanos sean menos pisoteados, a que seamos un poco más libres. Porque somos más libres en la medida en que ayudamos a que los demás lo sean también. Quizás este sea el empujón necesario. Un buen punto de partida. El inicio de algo que nos hará, sin duda, mejor personas.

13/9/08

Walt Whitman


Ahora que me ha dado, no sé por qué, por leer poesía, por “escribir” poesía (desde el más profundo respeto y con el mayor de los miedos. Como un principiante, como un aprendiz. Pidiendo permiso y perdón a cada paso.), solo quiero hacer un apunte, dejar algo para los que quieran y puedan, para los que sepan y escuchen, para los amantes de la belleza y de la vida, para todos aquellos que consideran que la vida es y debe ser aventura so pena de no ser. Y como me ha dado por ahí, pasan las cosas de manera imperceptible, de manera curiosa y de manera sugerente. Y así he vuelto a Walt Whitman. Ha reaparecido tras un buen puñado de años sin estar en él, sin estar con él. Pocos tan vitalistas. Pocos tan enamorados de la montaña, de la naturaleza, de la belleza, de las cosas pequeñas, de la belleza de las cosas pequeñas, del sexo, del amor, de la Vida. No sé que más decir. Creo que lo mejor es enseñar algo y dejar que cada cual lo descubra, si quiere, por sí mismo.

(Para una buena amiga, con la que tanto quiero. Hay mucho de mí en esta poesía, mucho de lo hablado, mucho de ella).

NO TE DETENGAS
No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.
No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y las poesías
sí pueden cambiar el mundo.
Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.
La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima,
nos enseña,
nos convierte en protagonistas
de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa:
Tu puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar,
porque en sueños es libre el hombre.
No caigas en el peor de los errores:
el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.
No te resignes.
Huye.
"Emito mis alaridos por los techos de este mundo",
dice el poeta.
Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,
pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que te provoca
tener la vida por delante.
Vívela intensamente,
sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron
de nuestros "poetas muertos",
te ayudan a caminar por la vida.
La sociedad de hoy somos nosotros:
Los "poetas vivos".
No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas ...
Walt Whitman.

12/9/08

Scherzo. El sueño de Mozart/Salieri.


(Un pobre homenaje a Alexandr Pushkin).

A veces me asalta un terrible sueño, mitad desvarío, mitad pesadilla. Soy Mozart perseguido por la sombra de Salieri que se transforma en Salieri perseguido por la sombra de Mozart en un continuo sinfín, hasta que despierto envuelto en un sudor frío y nauseabundo, incorporándome con toda la fuerza de mis músculos, con los globos oculares fuera de las órbitas y las pupilas cubriéndolo todo, en una especie de intento por atrapar esa imagen volátil que supone la sinrazón y el misterio de mi mente.
¿He de buscar en los arcanos de mi consciencia y de mi inconsciencia para tratar de encontrar esa imagen dual que me perturba y me hace sospechar sobra la existencia de algún elemento impúdico, que en los años de mi niñez más temprana rondó por los alrededores de mi pobre mente, expuesta a todo aquel o aquello que quisiera entrar en ella, o de mi pobre cuerpo, elemento pecaminoso, foco de atracción morbosa hacia los elementos concupiscentes que me rodeaban? ¿Seré Mozart? ¿Seré Salieri? ¿O tal vez simplemente estoy loco y me quedan días de existencia, y esto no es sino un síntoma de los postreros días de alguna enfermedad no detectada en mi, y que la magnanimidad de los chamanes se ha negado a decirme que poseo para no ampliar mi ya infinita amargura (según su pobre pensamiento), y de ahí este desvarío tan perturbador? ¿O es tan sólo un juego burlesco de mi mente? Aunque es posible que ambos personajes tengan algo o mucho que ver en todo el entramado de la misión vital que pueda tener y que no alcanzo a vislumbrar. Estudiaré sus composiciones y sacaré conclusiones que con posterioridad expondré, si el tiempo, señor de todo, me lo permite.
Todo se andará.

11/9/08

Despiste

Todo fue culpa de un despiste. Miré hacia un lado, me quedé frente al escaparate de comida, y al volver a mirarlos no estaban. Por más vueltas que di no los encontré. Salí a la calle. Pensé que en la puerta del centro comercial estaría más visible y que me encontrarían. Todo el mundo se me quedaba mirando pero nadie hacía nada. Algunas palabras. Suaves gestos. Tiernas miradas. Alguna caricia. Al final, un par de policías, vestidos de azul, mi color favorito, uno de ellos mujer, muy amable, rubia y con un gorrito del que salía una cola de caballo, bien peinada, por atrás, y un corto y precioso flequillo por delante, me cogieron con suavidad. Yo se lo agradecí como pude. Me dijeron palabras tiernas y me llevaron a su coche.
Yo sabía, aunque tenía miedo, que no me dejarían allí, solo, que irían a buscarme o mandarían a alguien.
Me metieron detrás, los policías, en el coche blanco y con rayas azules. Una barrera de hierros, cruzados, separaba la parte delantera de la trasera. Me pusieron detrás. Estaba claro que me llevarían a casa. No tenía la menor duda y eso me tranquilizaba. Allí, en la parte trasera del coche, había otro que también se había perdido. Como yo. Tenía el pelo negro y largo. Su mirada era triste. No paraba de jadear. Nunca había visto uno así. Los policías no paraban de reír y hablar de sus cosas. Estaban contentos y eso me tranquilizaba aún más.
De repente sonó un pitido. Era la radio. Y pensé que era para indicarles la dirección de mi casa. Pero no, les decían que había otro perdido, en la calle Sierpes, que fueran hacia allí, que les venía de paso.
Ahora estoy con muchos otros, aquí, igual que yo. Perdidos todos por algún despiste. No se está mal aquí, pero echo de menos a mis dueños. En la perrera no nos tratan mal, pero no es lo mismo.

10/9/08

Soledades


Hay lentitud en el aroma que despega de su vientre, como un lamento, como el olor de la mandrágora recién cortada. Y es en la noche, cuando la languidez ocupa mi alma, cuando se desvanecen los sueños que perturban mis días; y es entonces que necesito de ti. Por puro instinto, o tal vez, simplemente, por necesidad. Y el olor de la mandrágora vuelve a mí en todo su esplendor. Hay un lamento de azucenas y lirios envolviendome. Y ya ni puedo.

1/9/08

A la niña de los ojos de agua

Y siempre me mezo en su sonrisa. La de mi niña. Mi suave niña. La de los ojos de agua y risa alegre. Que veo poco por las razones que la vida da, y que me lacera su ausencia como una corona de espinas que envolviese el corazón en este mi Gólgota vital, como la ponzoña de un áspid que te mordiese por amor. Pero me lleva. Me lleva de la mano siempre. Y yo, prendida, a ella, del pecho, como una guirnalda suave, tierna y aromática, de flores de azahar en primavera. Y la pienso. Y me entretengo en su pensamiento. Y me arrulla el sonido de sus palabras, en su incipiente lenguaje, que teje con una gracia que me puede, que se me clava y se me queda. Mi alma ya no es mía, que es suya. Y se me demuda en gotas cristalinas de prístina ternura que recorren como lamentos todos los pasadizos del ser que siento, y que es en mí, en mis adentros, la razón de un andar que anda, a cada paso, enredado en sus recuerdos. Y la arena la paseo buscando su mirada. Y no la encuentro. Y el sonido de las olas que lamiendo la orilla murmura, me recuerda sus palabras y me pierdo en ellas. Y una lengua entra más allá y rompe el castillo de arena que algún niño hiciese, esa tarde, y mi alma se derrota, y las lágrimas me surgen, y me anegan y se me escurren hacia dentro. Y la noche me tapa el rostro al paseante, y me lo quiebra. Y siento. Y siento tanto que ya no estoy. Ni soy. Ni siento. Solo muy dentro. Sólo a mi niña. La de los ojos de agua y risa alegre. Por ella siento.

30/8/08

La alegre política de la política tonta


(Algo que escribí hace algún tiempo en otro sitio, allá por el Carnaval, y que rescato para éste).

Señores, y señoras -no se me vaya a enfadar alguien; ¿O debería empezar con un señoras..., por aquello de...?-. La Literatura ha entrado en la política española. Y por la puerta grande, por la Puerta de Alcalá. Madrid, capital del reino, da salida al Carnaval (que mola más, como dice Sabina) y entierra la Cuaresma (que mola menos). Y lo hace de la mano de su alcalde, al que no imaginaba en el papel de Quevedo en su agria disputa con Góngora allá por los años del Siglo de Oro Español. El señor alcalde se lanza al ruedo de la chanza y nos deleita con un discurso cargado de guiños y denuestos hacia su enemiga, la señora Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid, con una fina ironía que alegra el corazón de los oyentes y lectores. Celebro esta intrusión de la gracia y el salero en una política tan obsoleta y aburrida como es la de la España actual, país que se va, como tantos otros, por la cloaca de lo tonto. Y, en su discurso del entierro de la sardina, el señor alcalde se marca unos pasos de Literatura, más propios de un Quevedo venido a menos que de un político al uso. Desde aquí mi bienvenida, señor alcalde. Que cunda el ejemplo. Hoy me ha divertido leer el periódico.

Reproduzco el discurso íntegro del Señor Gallardón:

"No somos nadie, y bien que nos lo recuerda la difunta sardina. ¿Qué fue de las alegrías pasadas? ¿Qué se hizo de las chirigotas y las chanzas? ¿Dónde quedan los proyectos y los sueños, cuya zozobra ni siquiera la solemnidad de este Patio de Cristales puede disimular? Se fueron en un soplo, como ceniza de miércoles. Algunos dirán, tratando de consolarnos en este trance, que al menos la sardina ha vivido. Magro consuelo. Porque, como dijo el célebre replicante de esa obra sobre el carnaval del futuro que es Blade Runner, al final de tantas fatigas, "¿quién vive?" Ella, desde luego, no. Toda una existencia de discreción y estrechez para terminar ahora como la veis, apenas acompañada de unos pocos fieles, vosotros, alegres cofrades del Entierro de la Sardina, y yo, humilde servidor de esta Casa (Consistorial). Y que siempre tengamos que reunirnos con motivo tan triste... Aunque seamos justos. Puede que la sardina no haya visto arder naves más allá de la puerta de Orión, pero tal vez haya conocido algunas experiencias extraordinarias como las que hemos vivido los demás, que para eso Madrid se transmuta en escenario de ficción cuando quiere. Los antropólogos no se ponen de acuerdo sobre el significado de la sardina, no saben si milita en el bando de Don Carnal, en el de Doña Cuaresma, o en ninguno, pero yo me resisto a creer que nunca se haya tomado ninguna licencia. ¿Quién nos asegura que tras una máscara de gesto adusto, en algún baile de disfraces, en un pasacalles junto a gigantes y comparsas, murgas y desvaríos, no se escondía este pescado sencillo? Y aún así, ¡ha sido todo tan rápido, tan quebradizo y volátil, como es siempre la alegría del pobre...! No ha transcurrido ni una semana desde que yo mismo le cediera las llaves de la ciudad a Su Majestad Carlos IV en la Plaza de la Villa, y ya Don Carnal, después de arrebatárselas con malas artes, ha perdido la batalla contra Doña Cuaresma. Fugacidad de la política... A mí, la verdad, no me parecía un mal gobierno, aunque sólo fuera porque por unos días me ha dado un respiro, pero, como tantos, el suyo ha caído, deprisa y ante la conmoción general... de los que aquí lloramos a la sardina. ¡Cuántas vueltas da la vida, y qué imprevisibles son, en medio de la mudanza, los sentimientos, capaces de regalarnos un destello de ilusión en un momento difícil, o de refrenar el optimismo con un punto de inquietud! ¿Acaso sabían Carlos IV y los madrileños de hace doscientos años lo que se les avecinaba después de aquel último carnaval en paz? Ni la sardina lo imaginaba. Porque nunca hay que aventurar que la dicha de hoy dure hasta mañana. Ya lo dice Gaspar de Lucas Hidalgo: "Martes era, que no lunes, / martes de Carnestolendas, / víspera de Ceniza, / primer día de Cuaresma. / Ved qué martes y qué miércoles, / qué víspera y qué fiesta; / el martes lleno de risa, / el miércoles de tristeza." Pero lo importante, en fin, es que Madrid supo seguir adelante y sobreponerse al dolor de la guerra, como nos sobreponemos todos a nuestras congojas, y que estos días, al mirar hacia atrás sin ira, no nos hemos tomado en serio ni siquiera el famoso bicentenario. Una cosa, eso sí, hay que agradecer a Don Carnal, Doña Cuaresma, la Tarasca y los matachines: que nos han ayudado a demostrar, otra vez, que Madrid es la mejor cuando de combinar tradición y modernidad se trata, mezclando acentos y renovando la fiesta. Y eso que ésta ha sido una ceremonia de antiguo perseguida, y que Alcalde hubo, según cuenta Pedro Montoliú, que tuvo que dimitir por haber puesto trabas a esta ceremonia fúnebre. Prejuicio escandaloso que llegó al mismísimo Congreso allá por 1851, y que habría de costarle el bastón de mando al marqués de Santa Cruz. Así que no seré yo, queridos cofrades, quien os ponga peros. Vais a enterrar a la sardina, por lo demás, a la vera de nuestro Manzanares, aunque no sé si es para vosotros consuelo que repose en la más magnificente zona del nuevo Madrid, un río renacido que será nuestra imagen ante el mundo y que nunca sospechará ? ay, ingratitud de la vida? qué clase de sentido panteón esconde. Pero el carnaval es catarsis. Y ahora, hecha la limpieza, ventiladas las estancias del alma, satisfechas las expansiones emocionales, toca entrar en un tiempo de entereza y contemplación. Sí, amigos: ha triunfado Doña Cuaresma, la del gesto agrio y estricta conducta, y no queda más remedio que plegarse al triste designio que a los alegres y buenhumorados nos depara. Pero no os deis a la melancolía: sabemos que su victoria es pasajera, porque, en el peor de los casos, representa sólo la mitad de la vida, y dentro de un año estaremos celebrando de nuevo, junto a la rediviva sardina, nuevos días de fantasía y esplendor. Madrid volverá a reír, porque ésta es ciudad fértil y risueña, que a diario se sacude la ceniza con su propio nervio y su quehacer incesante. Así pues, y como que hay otra vida, enterremos ya a la sardina, y con ella todas nuestras zozobras y quebrantos, que no hay mal que por bien no venga. Requiescat in pacem".

29/8/08

El espantajo

Ella siempre mira. Sólo mira. La línea de árboles se desdibuja a la derecha. Tonos de verde. Árboles. Algún abeto y pinos negros. De vez en cuando un vacío ocupado por cultivos. Tonos de ocre. Ella siempre mira. Sólo mira. Delante, en los asientos delanteros, sus padres. Voces. Altas. Como siempre. No escucha. Sólo oye. Sólo mira. La vida se desliza a la derecha, entre los árboles y sus tonos de verde. Sin sorpresas. Nunca hay sorpresas. Tranquila. La línea del horizonte es siempre plana. Plana y monocorde. Como el sonido de la parte delantera del coche. Nunca la oyen. No existe. Tampoco ellos se oyen. Sólo gritan. Y ella siempre mira. Sólo mira. La línea del horizonte es siempre igual. Plana. Anodina. Como la vida. Tonos de verde. Y algún tono de ocre que rompe el vacío. Siempre de ocre. Siempre vacío. Hay una figura, parece, entre el ocre. Mira. Triste. Parece triste. Los brazos en cruz. La chaqueta negra. Rota. Como el negro sombrero de felpa. Ajado. La cabeza gacha. Colgado de un poste. La mira. Sonríe. Sólo la mira. Siempre mira. Sólo mira. Y una lágrima le escurre por la mejilla. Silenciosa. Tranquila. El coche se aleja por la línea del horizonte. Siempre igual. Monótona. Anodina. Sólo rota de vez en cuando por algún que otro coche que pasa a toda velocidad.

27/8/08

Algunas de las cosas

Algunas de las cosas que encontramos en el camino son las que me hacen creer. Son las que nos llevan. Algunas cosas son. No creo. Pero te creo y me enseñas el camino. Brillante. No te creo pero quiero creerte. No hay creencia sobre el amor. Las cosas pequeñas hacen crecer. Tú las muestras. Somos amantes que miran al cielo y enseñan a creer en la vida. El amor como límite. Gira alrededor de mí y haz el ahora. Y creeré. Gira alrededor de mí. Enséñame. Algunas cosas que no sé, en el camino están presentes. Tú me las haces ver. Algunas cosas que me enseñas me hacen creer que eres, que soy, que hay…

Irrealidades

El olvido como necesidad. Intranscendencias. Vaguedades. La innecesariedad de los sentidos. La precariedad de la intranscendencia. Vanalidad. Elementos que se cruzan. Los fantasmas del pasado. La muerte a golpes en un reguero gris de pensamientos nimios. Nido de cuervos. Negro. Oscuro. Oposición de colores. Contrastes. Blanco y negro. Día y noche. El principio y el fin. La totalidad. La nada como principio. La inconstancia del elemento supremo. Dios. La falsedad. La suprema investidura. Vacío. Ausencias. Tú y los dioses. Fatalidad. Amargura. Angustia. Dolor. El dolor como camino. El camino como creación. La vida. El placer. Muerte. Pasado, presente y futuro. No hay tiempo. Transparencia. La luz. Cristal. Prismas. Geometrías transparentes. Espacios superpuestos. Líneas tangenciales. Tridimensionalidad. La visión de los espacios me impelen hacia el final. No hay nada. Todo es nada. La nada como absoluto. La ausencia de todo. Quiero caminar. Ser. Estar. Andar. Mirar. Tocar. Oler. Oír. Sentir. Manos entrelazadas. ¿Quién hay ahí? Ojos cerrados. Párpados yertos. Miradas vacías. El espíritu que anhela. El corazón que late. Sonidos monocordes. Augurios. Sentimientos neutros. Campanas que repican a muerto. Cuencas sin ojos. Lágrimas vacías. Presencias guardadas. Esperanzas cercenadas. Avatares. La transición de la vida a la muerte, del yo al tú. Evanescencia. El adiós como final.