6/12/09

Títeres


Me gusta el centro en las mañanas de sábado. No existen las prisas de a diario, ni las malas caras del trabajo. Me gusta pasearlo y me gusta mirarlo. Me gusta el Mercado. Sus hechuras amplias, entre el modernismo y la arquitectura del hierro. Y cómo suenan los ecos de las palabras entre sus paredes, y sus gentes. Me gusta ese ir y venir sin pausa, las miradas a la mercadería, las conversaciones entre el vendedor y el cliente. Laberinto de vidas entre paredes altas. Ojos que miran buscando el detalle de algo más que lo vulgar, que lo de siempre. Puestos de colores, puestos vivos, reflejos.

Mi objetivo son los títeres. Y el asunto es, y el día, pero el lugar acompaña. Una plaza recoleta al sol de la mañana, y los dos puestos de flores, exteriores, más bonitos que tiene esta ciudad que da la espalda al color, recreándose en el triste e inmenso ocre que todo lo cubre y sus edificios grises, creyendo que sólo con el mar…. Y es, pero… Me recuerda, de lejos, la plaza Birrambla, allá en Granada, “la puerta del río”, con un café con leche, caliente, paseando a la gente con la mirada, y paseada, respirando los olores de las flores en sus mil quioscos, con la torre de la catedral apuntando al cielo, y el Zacatín a las espaldas. Pero no es allí, es aquí, y es una buena mañana, soleada, entre risas y alegrías, entre palabras. Unos hombres venden lotería a voz en grito, asegurando el gordo. Un payaso ofrece globos, a los niños, que convierte en figuras de animales de colores. El pelo naranja, y una careta que se acerca más a Scarie Movie que a la sonrisa de Charlot. Los niños huyen gritando y él los persigue.

Ir y venir del mercado, desde donde llega la inmensidad de sus murmullos y de sus ecos, de sus gentes. Y hay dos puestos de flores. Sólo dos, pero qué belleza, qué deleite. Cómo me gustan las flores. Es lujuria. La lujuria del color. Hay unas ramas, secas, cargadas de pequeñas bolas rojas, arracimadas. Rojo intenso. Mil matices de verde. Rosas blancas en ramos apretados, y rojas y amarillas. Y un delicado detalle de margaritas en azul índigo, el color que me recuerda y me reclama a otros tiempos; el color al que siempre fui adicto y que buscaba para vestir un cuello, para ensalzarlo. Delicado. Uno de los colores de Marruecos, del de dentro, desde dentro. Pero sólo hay un puñado de gente para mirarlas. Y es que la belleza no atrae, sólo la nada lo hace. En la terraza, en los veladores, unos extranjeros, con café con leche y agua con gas (Vichy catalán, por supuesto), que miran con ojos de sorpresa el vaivén de gente, el color que el sol resalta. Es otro espacio contrapuesto al suyo, diferente.

Y los títeres. Una pareja vestida de negro los prepara. Y mientras, tras el círculo que separa a la gente -unas treinta personas, no más (qué triste, pienso)- que se arracima, del escenario, suena una música de repente, un tango, y un hombre de frac lo baila con una muñeca entre sus brazos, zigzagueando entre las personas, sintiendo el tango, sonriendo serio a la sonrisa de la muñeca, moviendo el cuerpo al compás del sentimiento que destila la música y sus palabras tristes. Se para ante mí y gira la cabeza de ella mostrándome su sonrisa, acariciándome. Sonrío. Se vuelve en un requiebro del cuerpo y continúa su danza. La mayoría lo miran un momento y pasan de largo.

Comienzan los títeres, con sus hilos desde el cielo, que son las manos del hombre vestido de negro, moviendo sus pequeños cuerpos al compás de unos dedos delicados que los llevan con movimientos acompasados, surcando el espacio, cubriendo el tiempo, deshaciéndolo. Cuerpos pequeños que desgranan su hacer de siglos, al que los niños miran asombrados. Frankestein canta a Sinatra, My way, entre los rayos de un sol que acaricia. Sonrisas en la gente. Suavidades. Ojos que miran los movimientos, que se mueven con ellos, que siguen su baile, su vida con alma de madera, en pasos cortos, sostenida por los hilos de unas manos que regalan alma. Y Sammy Davis junior, y Elvis Presley, y un ratón multiplicado que abraza a los niños paseando con ellos por el baile de los sueños.

Una mujer busca un hueco para su hija, empujando. Intento acercarla apenas tocándola, con las manos, en los hombros, para que se coloque delante de mí. Me mira, la madre, con mala cara; la aparta. No es necesario, me dice, y crea un espacio entre ambos, empujando con su cuerpo. Y es que no estamos acostumbrados a recibir si no es a cambio de algo. Sólo a coger. Siempre se piensa que cuando te dan, te ofrecen, te regalan, es para exigirte algo, para pedirte algo. Como quiera, le contesto. Somos así. Ves a alguien desvalido, tratas de ayudarle y te pone mala cara, o acepta, pero piensa que detrás hay algo escondido, que tiene que devolverte algo. O más tarde, tras sonreírte, lo piensa, y se dice que era para sacarle algo, para aprovecharse, para obtener algo. No entendemos que dar es un placer, si no esperas nada a cambio. Que regalar es un regalo, sólo por ver la brillantez de los ojos de a quien has regalado, a quien has entregado. Pero no sabemos dar, mucho menos recibir. Así va este mundo, tan rápido, pero tan despacio, pareciendo lleno, pero vacío, sin sentimientos, sin alma, dando muecas en vez de sonrisas, apartando las manos. Almas secas que toman, que no dan nada. Y es que no hay nadie, no hay nada. Tantos y tanto, tan pocos y nada. No entienden que la vida es un regalo y que tiene tanto para mirar, para disfrutar, que podemos dar tanto sin esperar recibir a cambio, que las sonrisas, la sorpresa y el placer en el otro es el premio a regalar.

Paseo, tras los títeres, por las flores de nuevo. Qué poca gente, y aunque lo sé no deja de sorprenderme. Me regalo los colores, antes de dejar el espacio para ir a un bar pequeño, al lado. Un bar de viejos, de cañas y tapas caseras, sin música, con ese olor a bar de antes, de siempre, sin modernidades, con el sonido de la gente que habla, que tapea, como siempre, entre gente. Huele a bar, a siempre. Me gusta estar ahí, quedarme, escuchar y mirar, sentir, vivir la gente, sus espacios, sus ademanes, su pasear entre las cosas, como lo auténtico, como siempre. La vida es así, diferente, placentera, oferente. El resto… El resto es vulgaridad, lo de siempre, el vacío, como la mayoría de la gente que pasea por ella, indiferente.

Y mientras vuelvo suena la música, Magnificent, y la voz de Bono. Me emociona. Es de esas voces que te llegan dentro, que produce escalofríos. Me vienen las imágenes del video de la canción. Marrakech. Tan vista. Tan interiorizada. No sé por qué, a veces, determinados pensamientos, determinadas imágenes aparecen con más fuerza. Es distinto ver lo mismo con alguien que no ve que con quien ve como tú, con la capacidad de admirar, de sentir, de emocionarse ante las cosas, ante los hechos, ante las personas, ante los colores y olores. Lo sientes más, con más fuerza. Lo interiorizas más. Lo compartes, y ello te hace más feliz. El problema está en que no hay quien sea capaz de ver así, de ser así, y por tanto no queda sino seguir, conformarse con ser tú mismo y seguir, mientras los demás se conforman con ver eso que dicen que ven, la nada, y sobrevivir viviendo lo que dicen que es vivir, el vacío. Y ahí estamos, caminando entre flores, raras a veces; en tanto el resto, los más, se contentan con mirar el gris de los adoquines, y sobrevivir. Qué vida.

El problema es que la mayoría sólo hace un análisis somero de la realidad. El olvido y la ignorancia son la estrategia más habitual para la mayoría de los que creen que tienen una vida. La distracción en lo tonto, como huida, y el mantenimiento de su estatus, es su dogma. No cambiar para que nada cambie. Decía Ortega que “yo soy yo y mis circunstancias, y si no las salvo me pierdo con ellas”. El mundo termina siendo lo que cada uno piensa, siente o percibe, y como no se piensa, se siente ni se percibe, acaba no habiendo nada, se termina no modificando las circunstancias, se sigue en la nada. Piensan que no hay más realidad que su propia experiencia de la misma. Y se dicen: ¿Por qué sufrir una vida miserable si puedo inventar otra? Sin darse cuenta de la inutilidad de esas vidas inventadas.

Para terminar, como decía Wilde, la Belleza está en el Arte, pero ¿quién saber mirarlo, detenerse y apreciarlo, vivirlo? Y no me refiero a las composiciones artísticas, que también, sino al Arte con mayúsculas, a la Vida, con mayúsculas también. El Arte es un gesto surgido de la emoción. Y las emociones moran en el alma. ¿Dónde hay un alma? Miro y busco, pero nada.


10 comentarios:

María Jiménez V. dijo...

Magnifica reflexión a la que nos llevas al adentrarnos entre tus letras.
Fue un placer leerte.
Saludos

Rudy Spillman dijo...

Realizas una precisa descripción visual de los lugares por los que paseas. Agregas olores, sensaciones, metáforas. Todo danza en una simbiosis muy agradable que no parece ser más que eso. Pero te lleva a acompañar al paseante en las letras por lo entretenido de ese tiempo compartido. Y luego haces un giro y de manera simultánea con "nuestra" caminata empiezan a desprenderse de ti reflexiones. A filosofar bajo el cielo del paseo.
Creo que deberías poner aparte este pequeño texto que quizás en algún momento germine y se vea convertido en un cuento, una novela, un libro... pues deja el sinsabor de querer continuar leyendo. Estoy seguro que allí dentro hay más.

En cuanto al tema de la "amistad", querido Diego, he de confesarte que me he visto inspirado principalmente en nuestra relación, que no es amistad real y quizás tampoco lo sea virtual, sino el disfrute mutuo de una comprensión filosófica espiritual que trasciende las relaciones, sus individualidades; y que todavía no ha recibido nombre.
Un gran abrazo para ti, y que estés bien.

ROSA G.C. dijo...

Con tus descripciones has hecho que yo también desee pasear por esos lugares y ver todo lo que me muestras con palabras...
Saludos
Rosa.-

Ruth dijo...

Qué bonita descripción, casi, casi, he estado allí.

Sabes, aquí la gente para relacionarse socialmente, los sábados no les da por irse a pasear por el centro, si no que les da por ir a hacer la compra al supermercado, que cada día tengo más claro que se ha convertido en un centro de relaciones sociales, donde encontrarse con los conocidos jejeje.

Besos Diego.

Anónimo dijo...

Muchas gracias María, por tus palabras y por tu paseo. El placer es mío.
Un saludo.
Diego

Anónimo dijo...

Esa capacidad tuya, Rudy, de ver más allá, de vislumbrar como tú dices, los elementos que apenas se ven, pero que pueden ser intuidos aun estando apenas entrevistos o encerrados, es algo que me asombra desde siempre, y que me asusta (en el buen sentido).
Tal vez lo haga, pues como dices hay más; y cómo no, para satisfacer ese deseo y eliminar el sinsabor de querer continuar.
Y sobre la amistad, qué decirte si no que sólo puedo aprender de ti, y que sin duda es así como dices. Y es algo que me satisface enormemente. El "tiempo", la "amistad", dos buenos elementos que nos unen desde siempre.
Un fuerte abrazo amigo mío.
Diego

Anónimo dijo...

Hola Rosa. Me alegro que pases por aquí, y que quieras pasear esos lugares. Todo es cuestión de hacerlo. Lo que se quiere debe hacerse si merece la pena.
Un placer, y gracias.
Un saludo.
Diego

Anónimo dijo...

Gracias Ruth. Tampoco te pilla tan lejos.
Mientras las relaciones sociales se den en la realidad no está mal. Más vale el supermercado que no la virtualidad, aunque hay sitios mejores, pero bueno.
Un beso.
Diego

curie dijo...

Uno mira alrededor y ve demasiados vacíos, demasiada nada. Cuando me he sentido feliz, también me he sentido sola por ello.
Por suerte, aún queda algún alma, sólo hay que mirar bien.

Anónimo dijo...

Sí que es cierto, Curie, terriblemente cierto. Y es verdad que muchas veces estás solo en esa felicidad a causa de esa nada que hay. Y por suerte, como bien dices, aún queda algún alma, pero hay que mirar y mirar, mirar bien, porque existen, pero a veces es tan...
Un saludo.
Diego