18/12/09

Vide cor meum. Final

El vuelo fue eterno. Eternamente triste. Denso. Mortalmente denso. En su cabeza sólo había el sonido del galope bronco de un caballo hundiendo sus cascos en una tierra seca y dura, incapaz de germinar. Sólo sentía deseo de aniquilación, física y espiritual. Desvanecerse. Se identificaba en la pérdida hasta el punto de perderse en sí mismo, en la desesperación infinita de una nada irremediable. Sabía que ante la melancolía sólo cabe dar, estar, que lo contrario es egoísmo, sin sentido, que sólo conducía a la tristeza y la amargura. Pero, ¿qué hacer?, se decía.


Se duchó dejando que el agua escurriese por el cuerpo. Se secó. Puso música. Escogió el último corte del Cd, Vide cor deum. El aria basada en la obra de Dante "La Vitta nuova". Tumbado en la cama, desnudo, con la luz apagada, escuchaba las notas y las palabras que Dante le dice a Beatrice en el cielo. Recorrió todos y cada uno de los rasgos de ella. Lloró en silencio.


Describir a veces, lo que siento, comenzó a escribir, no es fácil, por intenso, por querido, por doloroso. Explicar las razones del fracaso, aún menos. Intentar comprender los hechos, los comportamientos, todos y cada uno de ellos, de uno, del otro, de ambos como unidad, tal y como son, como los hacemos, como los vivimos, como los interpretamos, sólo está al alcance de un exorcista, y no soy uno de ellos. Y sin embargo es algo que me debo. No sé por dónde empezar, ni cómo hacerlo.

El único modo de superar el dolor es salvar una vida, aunque en el hecho pierda la mía. No sé a dónde me lleva la vida, ni quiero saberlo. Sólo sé que debo dejar que transcurra como debe hacerlo, dejar que el río fluya, y que al final sea lo que ha de ser, como tiene que ser. Si el agua ha de manar lo hará, si, en cambio, ha de ser siempre un desierto de recuerdos, será, y el tiempo no será sino el espacio entre nuestros recuerdos. Tal vez lo mejor sea hacerlo, salvarla y así superar el dolor de ambos perdiendo la mía. Pero no sé qué hacer ni cómo hacerlo. ¿Eso es el amor, perder la propia vida para salvar la de otro? Aun sabiendo que no hay más, ¿qué hacer? ¿Mecerme en la apatía de lo que no es? Porque sé que no hay ninguna alternativa a lo sentido, a lo vivido; tan sólo la vida, y aunque sé vivirla… ¿Perderme en una búsqueda absurda donde sé que no hay? ¿Hundirme en la molicie de la estupidez? ¿Volver a sitios o personas que sé que no son? No. Sé que ahí moriría y que sería renunciar a mi esencia, a la verdad, a la vida y que cada vez que mirase en mi interior vería la podredumbre y sería un calvario mortal, una vida sin sentido que acabaría con mi alma, conmigo.

Siguió las palabras que ella tanto le repetía, y las interiorizó mientras las escribía:

E pensando di lei

Mi sopragiunse uno soave sonno

Ego dominus tuus

Vide cor tuum

E d´esto core ardendo

Cor tuum

Io sono in pace

Cor deum

Io sono in pace

Vide cor deum.

Dejó la pluma sobre el papel. Apoyó los codos sobre la mesa y se tapó la cara con las manos. Lloró como un niño, perdido en el recuerdo del rostro de Beatrice, tan vívido, sonriendo. Sabía que no habría día que no echase de menos su mirada. Sabía que no habría día que no echase de menos su respiración. Y se preguntó si eso era suficiente.

En algunos espacios de la mente, de la memoria, del alma, hay voces atrapadas, de otro tiempo, pero casi nunca sabes qué te dicen ni porqué te hablan. El eco siempre dice la última palabra.

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