29/1/10

Inlakesh. (Completo)

Inlakesh: "tú eres yo, yo soy tú", decían los mayas.

Se encontró la vida en Monterrey. Mario. Se llamaba Mario. Tez oscura. El pelo negro. Amable, delicado en el trato. La muerte le rondó pronto. Sin avisar y ya avisando. La vida es así, se escribe a trazos, a veces lentos, a veces rápidos. La madre se fue de repente dejándoles sólo el llanto. Todos se desperdigaron. Sus hermanos se repartieron entre los tíos y abuelos. No había plata para tenerlos juntos. Y eran unos cuantos. Siete para ser exactos. Al padre no le permitieron ni acercarse a ellos. El tequila le había secado el alma y el cuerpo. Borracho de día, y de noche borracho. Las marcas de sus manos y de sus puños habían quedado en la cara y el cuerpo de Lupe durante años, y en el recuerdo del resto. Lo echaron. Y ahora ni le dejaron acercarse a ellos. Mario y Lupita, la mayor, fueron a casa de un tío. Testigos de Jehová. Y allí estudió durante un año. Prometía. Le concedieron una beca para marchar a Monterrey, a la Escuela Tecnológica, pero sus tíos se negaron. Eran muchos hermanos y el hambre hace estragos. Tenía que vender La Atalaya y honrar así a Jehová Dios, el Soberano del universo, y obtener, de paso, un poco de dinero. La Atalaya consuela a la gente, Mario, anunciando el Reino de Dios, le decían. Se quedó sin escuela, sin estudios, sin lo que quería, sin lo que podía. Todo el día en la calle, vendiendo la revista, prometiendo la salvación, prometiendo la otra vida. Y él en ésta. Perdida. No pudo más un día y se marchó. Era de noche. Salió a escondidas. Una mirada a los ojos cerrados de Lupita. Un adiós a hurtadillas. Trece años que se escapan de su tierra para cruzar la frontera, para intentar otra vida. Cruzó el Río Grande de noche, en otra noche eterna, esquivando a la migra, pisando el desierto, vacías las manos, muerto de miedo y tiritando. Intentaba encontrar la puerta del mundo, en aquella absoluta oscuridad que era la noche, que era su vida. ¿Quién decide las fronteras? Fronteras que dividen los países, y las almas y los cuerpos. ¿Quién las cruza? Y van cargando, en la noche, junto a los sueños, miles de rostros, y sus voces y sus murmullos, y sus risas y sus llantos; los de tantos, los que les quisieron, los que lo intentaron y se quedaron, allí, en la frontera, a ambos lados de Río Grande.

San Antonio, Texas.

Lo recogió la mujer de un juez. Trabajó en su cantina, de mesero, de friegaplatos, de recadero. Aprendió bien el oficio. En pocos días era un maestro. Y la vida, que va en zigzag, a veces, le esperaba en la revuelta. El juez y la frontera. La droga y el poder. La corrupción y el desastre. El débil siempre es el más pequeño, el indefenso. Sin papeles. La migra. El chantaje. Cambió los recados del bar por los de la noche a través del desierto. Una noche y otra noche, conduciendo, a sus trece años, un Chevrolet por el desierto, hasta Laredo. Una noche de aquellas, con el maletero lleno, lo esperaron, lo balearon. Un último balazo en la noche, resonando seco, muerto, en la cabeza, para rematarlo. ¿Quién que no se siente desgarrado y separado puede tener la sangre fría para desgarrar otro cuerpo, para humillarlo?

¿Qué futuro tienen quienes han sufrido una agresión constante, quienes han sido desterrados, obligados a dejar sus tierras, sus maneras, sus vidas? Recreaba en su mente toda la historia hasta llegar al llanto, un llanto que no le mojaba, seco; pasando por la indignación, el espanto, el dolor. Y todo quedó, en su interior, apagado, negro, en silencio. Quedó allí, en el piso, tirado como un perro, desangrado. Tenía trece años y algunos meses. ¿Cuántos corazones atraviesa una bala? ¿Cuántas familias mueren con un muerto?

Lo encontraron tirado en el piso, sobre el ocre de la tierra, con las primeras luces de sol. Meses y meses en coma. Salió. Hemiparesia izquierda fue el resultado. Sólo tenía movilidad en la pierna izquierda, aunque muy limitada. En el brazo ninguna. Una gorra de los Sixers en la cabeza, para tapar la falta del hueso que le quitaron. Quedó herido para los restos, por tanto. ¿De qué sirve salvar la vida de un cuerpo si te matan el alma? ¿Es en el cuerpo o en la mente donde queda la herida? Mario ya estaba herido antes de aquello. Herido si no muerto.

Los mayas decían que el universo no es otra cosa que una matriz resonante a la cual nos podemos conectar para obtener toda la información del universo. Tal vez fuese así, pero la realidad es muy diferente. Le conocí en San Antonio. En la cantina. Me dibujó una sonrisa con los ojos cuando nos trajo las cervezas y las ostras. Andaba rápido. Un rictus en los labios, como de tristeza, pero los ojos eran otra cosa. Lo miraba ir de un lado a otro. Nos vimos al día siguiente. Fui sola al bar. Quería verle de nuevo. Hablamos y hablamos entre sus paseos por las mesas, sirviendo cervezas. Quedamos esa tarde. Su historia me heló el alma. Me dejó en vilo. Nos enamoramos. Yo más de él. Él creo que tenía otras necesidades. Hay distancias y distancias, y entre él y yo había unas cuantas.

Nos vinimos a España y nos casamos. Al principio fue especial, bonito, tierno.

No encontraba trabajo. Le hundía, le mataba. Se veía inútil, desgraciado. Y nos mataba. Nos estaba matando. No hablaba, no hablábamos. Todo era deterioro. Todo era desespero. Yo trabajaba dieciocho horas para mantenernos. Tres trabajos. Muerta de cansancio, físico e interno, y luego el silencio. No podía con mi vida, con mi alma. Conocí a otro hombre y… Lo necesitaba. Perdí el control. Aquel silencio me llevó a aquello. Lo descubrió y se marchó de casa.

Encontró trabajo. Pero la suerte, distraída, le dio la espalda. Tuvo un esguince en la pierna sana. Meses de baja. Le pagaban poco, tarde y mal. Al final le despidieron. Tengo una demanda contra ellos, pero… Volvió a casa. Más hospitales. Le hicieron una resonancia magnética, aun sabiendo que tenía restos de bala. Le enrollaron la cabeza con una toalla a y le metieron en la máquina. No pasaría nada, nos dijeron. Otro calvario. Parecía que aquello no iba a acabar nunca. Dolores de cabeza constantes, mareos; perdía el conocimiento, se caía al suelo. No es por la resonancia, dijeron. El suicidio como solución. Sólo un intento. Le salió mal. Hasta para eso tenía mala suerte. Lo ingresaron en la unidad de agudos del hospital. Tras un mes volvió a casa. Hice presión para que saliera de allí. Se estaba muriendo. Sin sonrisa en los ojos, como un demente. Y sin embargo había un raro brillo en ellos. Extraño. Hacía tiempo que no lo veía.

Su corazón no estaba conmigo, era evidente. Había conocido a una chica, en el trabajo. El azar y sus juegos extraños. Al final me lo dijo. Lo seguí cuidando. Una tarde subí a casa, tras el trabajo. Lo encontré muy triste. Le dije que viniera a tomar un café, pero no quiso. Anda Rosita, ve tú, me dijo, yo no me encuentro bien. Siempre solo. Siempre encerrado. Le insistí, pero no quiso. Me bajé con unos amigos. La mayoría se fueron. Me fui con Tono al bar de al lado a tomar una cerveza. La necesidad de palabras. El tiempo extraño. Sonó el teléfono. Ana, la camarera del bar donde siempre estábamos. Mario, que se ha tirado. No hubo más palabras. Se tiró desde la terraza de casa. Un noveno. Lo que perdura es lo que uno recuerda. Eso no cambia a menos que uno lo decida. No pudo con tanto engaño. La vida le pudo a pesar de tanto. Tantas historias, tantos recuerdos nefandos. Tanta vida necia, mentirosa. Su novia también le estaba engañando. No pudo más y acabó con todo, reventado, sobre otro piso, lejos del desierto, embaldosado. Eligió cerrar la memoria, eliminar lo guardado, sacarse los recuerdos aunque fuese a balazos.

Desde entonces no he vuelto a pasar por el lugar donde cayó, aunque está al lado. Él permanece allí, como una mala memoria, como una maldición, como una herida putrefacta que aún supura.

Inlakesh: "tú eres yo, yo soy tú", decían los mayas. Si eso fuera cierto…

4 comentarios:

Ms Sheet dijo...

Otro texto que engancha de principio a fin. Me encanta y, a su vez, me entristece. A veces parece que la vida no es justa. A veces nos quejamos por tanto siendo tan afortunados... Da que pensar.

"¿Cuántos corazones atraviesa una bala? ¿Cuántas familias mueren con un muerto?". Los pelos como escarpias!

Anónimo dijo...

México tiene esas dos caras, María, luces y sombras. Es un país increible, pero con esas historias. Y la vida no es justa, sin duda. Tenemos demasiada suerte de estar donde estamos, y encima nos quejamos. Deberíamos pensar un poco más, hacer más y protestar menos.
Buenas sensaciones las tuyas. hay emocionalidad en ti, eres muy afortunada.
Un beso.
Diego

Ruth dijo...

Extremecedor relato, crudo y lleno de matices que envuelven esta sociedad. Ahora me dejaste sin plabras y con las preguntas del texto como ecos en mi mente. Sí, tenemos suerte por todo lo que tenemos y aun así seguimos sin sentirnos conformes, siempre necesitamos, ansiamos más, mucho más de lo que tenemos. Pero fuera del lo material, también esos anhelos son los que nos conducen a alcanzar nuevas metas y nuevos sueños, serían como las dos caras de una misma modeda.

Con tus escritos nunca me dejas indiferente, me conmoviste una vez más, hiciste aflorar la fibra sensible de mi ser, y me dejaste pensativa, divante quizás.... Y no es que uno nazca predestinado para ser infeliz o para que las cosas le vayan mal, pero si es verdad que las circunstancias, la sociedad, la familia en la que naces y te educas, el sistema cultural y demás, hacen que en la mayoría de los casos se instaure la profecía autocumplida, pero siempre, siempre, quedan los casos de resiliencia, que los hay, y que no sólo son las excepciones que confirman la regla.

AYYYYYYY Diego, cuánto echaba de menos leerte y perderme en tus letras, líneas, párrafossssssss!!!!!!! Qué malo es no tener tiempo.

Besos mi querido amigo.

Besos mi querido amigo.

Anónimo dijo...

Qué amable siempre. Veo que has leido tiempo. Y que degustas estas cosas, a pesar de eso que dices, y que es. Recuerdo la historia esa que comentas. Me gustó también. Son cosas que llegan, que hacen pensar, o deberían. Pero debiamos la mirada, a veces, buscando tapar.
Somos así, qué le vamos a hacer.
Hablas con verdad.
Otro beso más.
Diego