6/1/10

Las razones del suicida

Me voy a suicidar…

Una mujer llega y se sienta, con la sonrisa a medias. Mira desde su posición asumida de superioridad absoluta, lograda a base de años de inoperancia mental. Rubia de unos sesenta años -exquisito tono de cabellos dorados por el tinte-. Así de pronto no sé dónde encuadrar su melena dentro de mis recuerdos, la de Marilyn Monroe o la de la momia de Nefertiti; posiblemente esta segunda, a pesar de que las egipcias eran morenas, por lo quemado y escaso de sus cabellos.

Por momentos dudo de que esta mujer pueda dejar de sonreír alguna vez. Observo que amplía el rictus y descubro, no sin complacencia, una perfecta caja de dientes de brillo inusual (inusual en dientes usuales, porque los suyos pertenecen a un lamentable postizo de pasta reflectante). En ese intento de mostrar la brillantez de sus dientes está a punto de unir los dos extremos de la boca por la parte de atrás, en el cogote. Un hilillo rojo sangre le recorre en paralelo a la frente huidiza, la sonrisa. Es bonito ese contraste del azul intenso que rodea las cuencas semivacías de la calavera, donde nadan dos ojitos oscuros de boquerón muerto, con la línea roja de sus labios. ¿Querrá decirnos algo? ¿Tendrá algún simbolismo oculto?

Junto a la cabeza, la otra parte del amasijo de carne que sale a la luz pública rompiendo la simetría de las telas que lo envuelven, son sus manos, dignas de cualquier cepa vinícola, aunque dudo que esos sarmientos agarrotados pudiesen dar uvas alguna vez. El resto lo envuelve una gabardina como queriendo dejar volar la imaginación del espectador. La naturaleza es siempre sabia.

Cinco personas entradas en mucha edad hablan sobre el tiempo y los achaques. Una de ellas conserva la trenca puesta y no para de hablar, con su tono agudo y zumbón, delirante, ensordecedor. La desdentada mira con la sonrisa puesta. La guapa años 60 intenta ganar por la mano a la de la trenca, pero no lo consigue. La trenca le sube y baja al compás de los brazos, como aspas, que luce como apéndices del cuerpo ( a punto ha estado de golpear repetidas veces a la de la sonrisa, que ha optado finalmente por descansar su sesera entre ambas manos, a la vez que se ha retirado a una distancia óptima para su integridad física). Ahora la de la trenca decide atacar directamente la psique de la mujer de la sonrisa gratinada, que se retuerce entre muecas de nerviosismo. No puede hablar, sigue con su mutismo, la dentadura se le ha encasquillado.

Ha entrado un personaje que parece un gallo, por la forma en que adorna el pelo de su cabeza, con una camisa que debió comprar allá por los setetenta, y en tiempos de rebajas; traslúcida, dejando ver la camiseta interior. Ondea la cresta negra al viento. El resto de su cabeza refulge; dice tres ordinarieces y se esfuma. Es, cuando menos, ameno.

El explorador, con su pipa, glorifica de incienso la sala. No dice nada. Apostado en una esquina observa tras sus gafas de cristal ahumado.

La mujer de la trenca luce mil monedas en el brazo. Se ha separado de las otras y se ha sentado cerca del cura. Habla de ecología, pero su interlocutor le pide que acabe más tarde el tema intentando darle esquinazo (¿donde está la caridad cristiana?, me pregunto). No lo consigue; es agarrado por el chaquetón. Lo castiga más y más. No tiene piedad. La cara del sacerdote es todo un poema.

El gallo ha vuelto. ¡Viva el gallo! Ha llamado a no sé quién, tocino de cielo. Es original y aporta algo de alegría a la sala, pero aun así...

A la reunión ha faltado una de las estrellas más importantes del círculo. El grano más selecto de la espiga. Debe de haber sido uno de sus continuos constipados que regularmente le atacan con pertinaz crueldad su gloriosa garganta, las más de las veces protegida por un pañuelo de seda natural.

Nadie la ha echado de menos excepto yo. No la valoran en su justo precio esta manada de hienas.

La presidenta enciende un cigarro (dicen las malas lenguas que se negó a recibir la primera comunión porque el sacerdote se negó a que saliera durante la celebración a fumarse un cigarrillo. Loables ambas actitudes). Este personaje sufre halitosis. Es su cruz. Todos la rehuyen. Intenta acercarse taimadamente pero siempre el olor la delata, y ello a pesar de que va con la boca cerrada y deja de fumar cuando lo intenta, pero es tal el hedor que se intuye su presencia a metros de distancia. Ya cinco segundos antes de que llegue, todos buscan una excusa para hacer algo.

El primer día me cogió de sorpresa y estuve a punto de sufrir un desmayo, dada mi natural incapacidad para herir la sensibilidad de los demás dejándoles tirados. No sucedió porque alguien la llamó y estuvo escaso tiempo hablándome, pero ese acto vil y cobarde suyo me mantuvo tres días en cama, con mal cuerpo y unas ganas irrefrenables de quitarme la vida.

El monstruo, como le llaman, boxeador en su juventud, ha soplado hacia arriba, o debería decir resoplado, en un intento de apartar las greñas de los ojos. Lo único que ha conseguido es alzar las bolsas de grasa que le cuelgan y con ello taparse los ojos. La sala se sobresaltó toda. Emitió un grito espeluznante y tras él dijo con fuerza: “¡No veo! ¡Me he quedado ciego!”. Momento que varios aprovecharon para intentar matarle, pero con tan mala suerte que las bolsas bajaron resbalando por su cara grasienta; los asesinos disimularon, la sala volvió a su quietud, solo rota por las innumerables veces que se dio gracias a Dios, el uno por volver a ver, los otros no se por qué.

Me fijo ahora en la trenca y en la de la sonrisa. Vuelven a dialogar. Se loa la una de ir constantemente a Londres, la otra más, y además a Nueva York. Hablan de la ventaja de saber inglés. La pedantería de una sube de tono buscando palabras que la otra no sepa el significado, mientras la otra reta a la una a un concurso de pronunciación. El partido se aplaza por la entrada de un ser bajito y agachado que gesticula con los brazos caídos y que, mirando bajo sus gafas, les dice que lo mejor es el francés.

Después de esto poco puedo añadir. No aguanto más este trabajo y todo lo que le rodea, esta caterva de seres que sólo pretenden… no sé qué exactamente, pero desde luego nada normal. Me he vuelto loco y no puedo más. Un día tras otro y así otro año más. El cerebro no lo soporta. Mi espíritu aún menos. Soy débil. Es el final.

2 comentarios:

Alejandro dijo...

¿Es una alegoría de un claustro? El caso es que he encontrado cierta similitud con algunas personas, pero quizás la imaginación me ha jugado una mala pasada y el ultimo párrafo me ha acabado de confundir. No sé, tal vez.
Espero que este paron haya sido grato y haya servido para descansar cuerpo y mente, en ese orden de prioridad.

Cuidate, un abrazo.
PD:Quizas la memoria, la igual que la imaginacion, me haya jugado una mala pasada pero la entrada de arriba la he leido en algún momento.

Anónimo dijo...

Algo hay de eso, pero no sería alegoría sino triste realidad. Y en cuanto a esa entrada, sí, ya estaba, pero la quité para retocar el cuento entero, y esa parte en particular, y ahora la he puesto de nuevo.
En cuanto al parón, era necesario y me ha servido para descansar ambos, aunque siempre prefiero el segundo al primero. El cuerpo ya me he acostumbrado a sus cosas, y ahora estoy readaptándome a la nueva situación con él. Yo puedo con eso y con mucho más.
Espero que tú también estés cuidando esa mente y sus cosas, y tu alma.
Un abrazo.
Diego