20/3/10

Eustaquio. Historia de un asesinato.III

Finalmente decidió, tras arduas deliberaciones consigo mismo, matar a los gérmenes patógenos de su enfermedad, que no eran otros que los actores de la vida, de su vida; los seres que le habían dado la razón de su infelicidad, los seres que no habían pensado en él, que habían decidido por él, que a su parecer, lo habían hecho a propósito, sabiendo o intuyendo el destino que le depararía el nombre. La suerte estaba echada. Ya no había vuelta atrás. La decisión estaba tomada y no quedaba más salida que hacer lo que tenía que hacer. Además, un asesinato familiar era más morboso que cualquier otro. Si además le añadimos que iba a ser un asesinato múltiple, el morbo se acrecentaba, y lo hacía, la multiplicación, por el número de muertos. Por esa razón decidió cargarse a toda su familia, padre, madre, abuela y hermanos. En total siete muertos. Y siete muertos, pensó, era una cantidad suficiente como para salir en las noticias de orden nacional, y porque no, internacional. Todos los rotativos se harían eco de su hazaña. Quizás en primera página. Quizás en color. Cuando llegase la policía al lugar de los hechos un cuadro macabro esperaría a ser visto por los ojos de todo aquel que viviese de eso, del dolor ajeno, de la tragedia ajena, amparándose en la miseria de los demás para ocultar sus propias miserias. Seis muertos le llevarían a la fama. Seis fenecidos por su mano le harían pasar a la posteridad, le permitirían el cambio de nombre que tanto ansiaba. Cuando llegase la policía y le viesen allí sentado, fumando un cigarro, con las piernas cruzadas, tranquilo, sereno, comprenderían la magnitud del hecho, quizás la razón; verían en él a un ser inteligente que había hecho algo fuera de lo común, algo que la mayoría de la gente era incapaz de hacerlo, aunque, también la mayoría lo hubiese maquinado. Le preguntarían cual era su nombre. Ahí encontró un cabo suelto. ¿Qué nombre? Debía pensar uno. Atractivo, sonoro. No grandilocuente. Un nombre corto, que sonase bien, que fuese fácil de recordar y que quedando asociado al luctuoso hecho que iba a realizar, todo el mundo uniese el nombre con su cara. Comenzó a darle vueltas al asunto y a unir nombres con apellidos para dar con lo que buscaba. Después de mucho ajetreo mental se decidió por Roberto Mengual del Valle Inclán. Quería recordar de los pocos momentos que pasó en la escuela y de las pocas cosas que se quedaron de ella, que Valle Inclán fue alguien importante y que el nombre se asociaba bien a su obra. Por tanto lo adoptaría. Mengual era el apellido del médico de su pueblo. Y como todos los apellidos raros que siempre estaban en manos de la gente importante aquel no iba a ser de otra forma. Y Roberto de nombre, sonoro, ni corto ni largo, con una “r” delante para darle sonoridad y terminado en “o”, lo que le daba enjundia. La policía preguntaría: ¡Su nombre! Y él respondería pausadamente, con tranquilidad, con armonía: Roberto Mengual del Valle Inclán. Después vendrían los periodistas y las televisiones, avisados por los vecinos cotillas. Intentarían preguntar, y él, en lugar de esconder la cabeza como suelen hacer los indignos, sacaría pecho, levantaría la testa, cual orgulloso toro, y proclamaría a los cuatro vientos: He sido yo, Roberto Mengual del Valle Inclán. Y cuando todos le inquirieran el porqué, se limitaría a no contestar y sólo mostraría una sonrisa de superioridad.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Alors je te laisses encore continuer cette legende populaire en Castille du (xiiie-xive siècles) ? houlala là je suis presque sur mais bon ....
que de suspense hahahahaha
le quatrième tome monsieur Diego s'il vous plait pleaseeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee


la bonne nuit a toi
Un baiser aussi
Elisabeth

Marisa dijo...

Eustaquio debiera saber que todo lo que se planea con demasiada antelación nunca ocurre como esperamos.
Ya estoy esperando la siguiente entrega.
Besos, Diego.

lara dijo...

Diego me tendrías que dar tu correo para que te pase mi historia y lo más seguro es que no tienes ni idea de quien soy pero me conoces, esta historia es maravillosa como todas las que has escrito.
Besos, Diego

Anónimo dijo...

Mientras lo leía y pensaba en el posible nombre, algo me decía que me iba a ser cercano, no me preguntes porqué. No lo ha podido ser más. Roberto de nombre, sonoro, ni corto ni largo, con una “r” delante para darle sonoridad y terminado en “o”. Recuerdo que una vez, hace ya demasiado tiempo hablamos de ello; de los nombres.
Me está gustando mucho esta historia. Espero un gran final, seguro.
Un abrazo grande.
Roberto.

Anónimo dijo...

Ce sera un plaisir, Elisabeth. Avec cela, je conclus. J'espère que vous avez apprécié, ce divertimento. Juste une histoire légère, pour passer le temps, sans prétention.
Le castillan est la légende du XIIe siècle, je crois, et s'est ensuite propagée dans toute l'Europe, avec des variantes.
Un baiser.
Diego

Anónimo dijo...

Ni que las cosecuencias de tanta pérdida de tiempo en evitar lo inevitable y oponerse a lo que de verdades, suelen ser desastrosas, Marisa. Pero la necedad tiene esas cosas. Y sin embargo me produce cierta tristeza esa situación, ese destino.
Un beso.
Diego

Anónimo dijo...

Me alegro de que te guste, Lara. Gracias por esas palabras. No, no te conozco. Mi correo está en la página.
Besos.
Diego

Anónimo dijo...

Sí, creo recordar que hablamos de los nombres, con un bull de esos tuyos y una cerveza mía... Espero que el final sea adecuado, Roberto, y si no, al menos que no decepcione. Aunque sólo es un divertimento, sin pretensión de mucha profundidad.
Sí que hace tiempo. Habrá que subsanarlo pronto.
Un fuerte abrazo amigo mío.
Diego