7/3/10

Respecto al orgullo, al diálogo y otras cuestiones.

Hace tiempo, leyendo sobre el tema del orgullo, para matizar determinados aspectos de un personaje que estaba creando, me encontré con frases de una profundidad absoluta y de una verdad incontestable. Lamento no haber tomado nota de sus autores, pero es lo de menos. Lo importante no es quién lo dijo sino qué se dijo.

Son estas:

El orgullo hace que se mantengan las posiciones por propias ante que por verdaderas.

Cada vez que actúas con superioridad o humillante condescendencia para con los demás, has caído en el orgullo.

Cuando produces o intentas actitudes serviles frente a ti, degradas a esas personas y te degradas a ti mismo. Te domina el orgullo.

Cuando uno, en un diálogo, trata de imponer su criterio, con vehemencia, con gestos de altanería o suficiencia, lo único que hace es tratar de imponer su criterio con una subjetividad asombrosa.

La humildad nunca puede violentar la verdad; la sinceridad y la humildad son dos formas de designar una realidad única.

La humildad no va unida al victimismo ni a la inconstancia.

Cuando hay que contrastar ideas hay que hacerlo con elegancia.

La soberbia se camufla, a veces, de deseo de justicia, cuando lo que la mueve es el revanchismo. Se les ha metido el odio dentro, y en vez de esforzarse en perdonar, calman su ansiedad con venganza y resentimiento, con desprecio.

Hay ocasiones en que la soberbia se disfraza de afán de defender la verdad, de una ortodoxia altiva y crispada, que avasalla a los demás; o de un afán de precisarlo todo, de juzgarlo todo, de querer tener opinión firme sobre todo. Todas esas actitudes suelen tener su origen en ese orgullo tonto y simple de quien se cree siempre poseedor exclusivo de la verdad. En vez de servir a la verdad, se sirven de ella –de una sombra de ella–, y acaban siendo marionetas de su propia vanidad, de su afán de llevar la contraria o de quedar por encima.

No deberíamos hacer un análisis somero de la realidad. El olvido y la ignorancia son la estrategia más habitual para la mayoría de los que creen que tienen, ahora, una vida y que la otra no fue. La distracción como huida y el mantenimiento de su estatus es su dogma. No cambiar para que nada cambie. Orgullo inadecuado, desprecio por la verdad de su pasado.

A veces parece que nos tomamos la existencia a broma, y necesitamos de la tragedia y de la desgracia para convertirla en un asunto serio; y es que somos demasiado precarios de espíritu para detectar lo que pasa, lo que sentimos, lo que queremos, de verdad.

Decía Ortega y Gasset que “yo soy yo y mis circunstancias, y si no las salvo me pierdo con ellas”.

El mundo termina siendo lo que cada uno piensa, siente o percibe. No hay más realidad que mi propia experiencia de la misma, y la fantasía y la imaginación pueden ser un buen punto de apoyo para eliminarla, sobre todo si encontramos apoyo en otros. ¿Por qué sufrir una vida miserable eludiendo la verdad, si puedo inventar otra?

Y olvidamos, muchas veces, la mejor versión de nuestra condición humana, la compasión. Y olvidamos, muchas veces, que la solución está en el diálogo, lento, largo, sosegado, desde la aceptación de los errores propios, de los errores de los demás, de la necesidad de mostrar nuestros puntos de vista y aceptar los de los demás, de pensar que podemos estar equivocados, de pensar que los demás también lo piensan y que la clave, de todos, está en el deseo de mejorar, de cambiar si se ha de cambiar, de aceptar los errores si están, de eliminar las formas inadecuadas, de pensar que todo es susceptible de mejora, de aprendizaje, de crecimiento. Diálogo. Hablar, siempre hablar, fuera del orgullo, de la falsa humildad. Mostrar lo que pensamos, lo que somos, lo que creemos, y analizar lo que nos dicen sobre nosotros y los demás. Entrar en ello, con verdad, con sinceridad, aceptar. Hablar, no una sino mil veces. No basta con dar un paso sino caminar.

El orgullo es terrible, lleva a la inacción; la falsa humildad también. Hablar con la mente abierta, con el espíritu abierto. Aprender y enseñar. Mostrar. Creer en los demás, en su deseo de avanzar, de mejorar, de crecer, de cambiar. No basta con un leve momento si crees no ver, pues se vuelve a caer en el mismo error, pensar que los demás siguen anclados, cuando lo más posible es que no. Casi siempre solemos pensar que nosotros si hemos cambiado y los demás no, que nosotros si nos analizamos y los demás no, que nosotros si vemos nuestros errores y los contrarios, y los demás no. Lo ideal es hablar, en el sentido de dialogar, no de debatir, porque no es lo mismo sino todo lo contrario. Porque el diálogo consiste en colaborar para llegar a un entendimiento común mientras que en el debate se trata de oponer ideas y probar lo malo del otro; porque en el diálogo encontrar el sitio común es la meta, mientras que debatir es intentar ganar como meta; dialogar es escuchar para entender, buscar el sentido y llegar a un acuerdo, en tanto que cuando debatimos buscamos los fallos de los otros para contrarrestar sus argumentos; cuando dialogamos encontramos elementos que hace que volvamos a reevaluar nuestras ideas, provoca causas que nos llevan a la introspección en nuestras posiciones, mientras que si debatimos defendemos nuestras suposiciones como verdad y sólo tenemos causas para la crítica de la otra posición; porque dialogando se puede llegar a una solución mejor que las que teníamos, mientras que el debate excluye otra solución y defiende la propia como la única y mejor; porque el diálogo provoca y viene de una mentalidad abierta, el pensar que se puede estar equivocado y estar abierto al cambio, mientras que el debate es una actitud de mente cerrada, basado en el determinismo de tener la razón; porque cuando se dialoga uno llega a pensar mejor, pensando que las reflexiones de los demás nos pueden ayudar a mejorar y no al contrario, en tanto que en el debate se presentará la propia y se defenderá contra la posibilidad de que está equivocada; porque cuando se dialoga uno debe suspender durante un tiempo sus propias creencias, mientras que en el debate sólo se cree en las propias, ya que si dialogamos buscamos acuerdos básicos pero si debatimos sólo buscamos las diferencias, porque si dialogamos lo que buscamos son los puntos fuertes del otro y no los débiles y evidentes como hacemos al debatir. Dialogar implica preocuparse realmente por la otra persona, no tratar de ofender ni quitar ni culpar ni humillar mientras queIn debate, one searches for flaws and weaknesses in the other position. en el debate se lucha contra la posición del otro, sin centrarse en los sentimientos o de la relación desaprobando o despreciando, a veces, al otro. Porque dialogar implica que varios tienes elementos de lo que se busca y que quieren unirlos para llegar a una solución, y viable, mientras que si debatimos presuponemos que sólo hay una respuesta válida, la nuestra.

El diálogo siempre está abierto, nos permite crecer, mejorar, aprender, solucionar. El debate implica una conclusión: no hay solución, yo llevo razón. Hemos hablado y he demostrado, me has demostrado que no la llevas, que sólo yo la tengo; asunto zanjado.

Orgullo, falsa humildad, diálogo, debate. Hablar para dialogar, para crecer de verdad, para llegar a ser y ver a los demás como lo que son, como nosotros. Voluntad.

Si todos fuésemos así, qué facilidad. Pero no lo somos. Yo, todos. Ese es el camino, creo. Hablar dialogando, una vez y otra y otra más.

8 comentarios:

Ruth dijo...

El orgullo es un arma de doble filo que aveces camuflamos de virtud, pero que acaba hiriendo tanto al que es víctima de él como al que lo posee, que por ende también se convierte en su víctima.

En cuanto al diálogo has presentado una síntesis realmente veraz, sobre todo me ha gustado la parte que diferencia "diálogo" de "debate", más que nada porque sobre el diálogo he leído mucho pero esa diferenciación jamás la había tenido en cuenta. Pero la teoría del diálogo no es fácil de aplicar, entraña mucho más que el hecho de dialogar en sí, porque para mí lo realmente complicado no es llegar al diálogo, sino salvar todos los obstáculos que concienzudamente ponemos delante, todas aquellas barreras físicas y psicológicas que interponemos entre la otra persona y nosotros mismos.

Reflexiones profundas para el ocaso de la tarde de domingo.

Besos mi querido Diego.

Marisa dijo...

"Dialogar implica preocuparse realmente por la otra persona". Maravillosa frase, Diego, que, para mí resume toda tu reflexión.Permíteme su plagio para mis debates diarios.
Espléndido.
Un abrazo.

AnDRóMeDa dijo...

Mucha razón en todo lo que dices, mi niño. Gracias por publicar este relato, me ha encantado, sobre todo esta parte:

"A veces parece que nos tomamos la existencia a broma, y necesitamos de la tragedia y de la desgracia para convertirla en un asunto serio"

No puedes estar más en lo cierto ;)

Un besote!

PD: Puedo pedirte un pequeño favor, Diego? Puedes postearle a Andrea y decirle que no puedo abrir SU blog porque me colapsa el internet cada vez que lo hago :S Gracias!!

Rudy Spillman dijo...

Excelente, Diego. Entiendo que el ego es el padre de los males que mencionas en el escrito en sus inicios. Luego penetra en una descripción detallada de las interrelaciones. Tu texto ofrece un corte filosófico que podría cambiar nuestras vidas en este vapuleado planeta si sólo lográramos prestarle atención.
Ha sido un verdadero placer, amigo, a la vez que me alegra saber de ti y que te encuentras bien.
Abrazos, muchacho.

Anónimo dijo...

El orgullo mata, sobre todo cuando se acompaña de falsa humildad. Es terrible, Ruth.
Y esa es la cuestión, dialogar o debatir. Y una vez decidido, si se escoge lo primero, la dificultad es enorme, se necesita un espíritu...
Un beso.
Diego

Anónimo dijo...

Mil gracias Marisa. Puedes plagiar lo que quieras, cuando quieras y para lo que quieras.
Otro para ti.
Diego

Anónimo dijo...

Cuánto me alegro de que andes bien, Andro, y que las cosas se calmen por allí. Gracias por tus palabras.
Haré tu encargo, no hay favor que valga. Qué menos.
Un beso fuerte.
Diego

Anónimo dijo...

Cuánto bueno por aquí, mi buen amigo. Un placer saber de ti, aunque sé, de vez en cuando por mis incursiones en tu mundo, no muchas es verdad, pero bueno...
Muchas gracias por tus palabras. Cómo lees, de verdad.
Un fuerte abrazo, amigo mío.
Diego