2/6/10

De repente. Miyori

Y de repente el campo florece, y no se sabe muy bien por qué, o sí, pero lo hace, y de qué manera. Miyori aparece, como los cerezos en flor, como las flores del almendro bajo las que se mecía, y aún hace, o eso dice, mirando las montañas verdes. Hay sorpresas de repente, delicadas, que engalanan, o que dicen lo que miran, lo que regalan, lo que son, como un presente en presente, real, no imaginario.
Miyori. Aiko Ueda, de nacida; como el blanco de un kimono de seda, y ese toque de azabache que corona su cabeza y cae en cascada acariciando su piel, tan delicada, casi ausente; más alma que otra cosa. Con ese mirar que se te queda. Y ese dulzor en su hablar, tan considerado, tan tierno, tan suave, tan lleno de silencios llenados con la mirada y con los gestos. Con ese su andar, tan pausado y elegante, con la punta de los pies hacia dentro, tan cierto y sugerente.
Es como la recuerdo. Toda de negro, sin sonrisa casi siempre, y ese brillo en las pupilas, espejo de esa fuente que lleva dentro y que mana por ellos en un derramarse sugestivo. Toda de negro, ajustado a ese cuerpo, tan delicado y fuerte, tan especial.
Miyori, como las flores, de repente, en primavera. Tan sugerente. Delicado como ella, casi como sólo ella. Sólo unas letras, así, de repente. Siempre fue así, y no ha cambiado, parece. Miyori, silenciosa, de repente, como siempre lo hizo.
En estos días de silencios, donde es tan difícil encontrar la sinceridad, la naturalidad entre la gente, donde todo o casi todo es apariencia y deslealtad, donde es tan difícil sentir lo que se siente y decir, pero sobre todo sentir, y hacer que los sentimientos sean el motor del ser.

Miyori, de repente, en la distancia, en sus breves palabras. Surge así, en los días de frío, en esos que apenas te sientes, que sólo tienes vacíos, que buscas y no encuentras a nadie, que llamas y no se te oye, que las personas pasan a tu lado con gesto indiferente.
Y ellas es, y era, y cumplió su promesa y se buscó fuera y encontró la razón de ser, y por eso volvió al lugar del sentimiento, donde se sentía y se siente ella, al lado de lo que le llenaba, y le llena, al lugar de las emociones y a la persona que las provocaba. Tuvo que salir de allí para saber la certeza. Nada la arredró en su vuelta. Y es, ahora, y siente, dice. Y la creo, porque siempre fue cierta. Es ella, sintiéndose, sintiendo, en donde sólo podía ser, con quien sólo podía ser, completa.
Miyori, de la que escribí todo un poema, de alegrías y de penas, adornado, imaginado, ampliado e inventado, de vida, de lucha, de ser, después de tanto hablar y escuchar, de percibir, de silencios y mirar, de aprender con y de ella. Toda una mujer, de las que ya pocas quedan. Tan lejana, tan ausente, tan distinta, tan distante y tan cercana, tan de verdad, tan presente. Como ella decía, incluso a miles de kilómetros, la distancia es un segundo entre dos corazones, un espacio inexistente que te acerca por la emoción, que te une, que lo quieres. El sentimiento une, acerca, enriquece, y debes multiplicarlo, sonreírle, degustarlo, como el plato más sugerente. Dejarte llevar por ellos, por los sentimientos, por las emociones; vivir es eso, es así como se debe; luchar por esos sentimientos y emociones, inexplicables, profundos, verdaderos, que nunca se desvanecen sino que crecen con el espacio y el tiempo. No hay espacio, no hay tiempo si hay senimieno verdadero. El amor todo lo puede, el de dentro, el verdadero.
Así era, y es, Miyori. Y aparece de repente, para recordarme aquellas lecciones, para recordarme aquellos ratos.
La de la fotografía es ella.

1/6/10

El sonido roto de un violonchelo

Éste iba a ser un cuento largo, escrito por una escritora, que crearía el papel de una mujer, y yo, que escribiría el del hombre; pero determinados factores han hecho que se quede así, que tenga este final, que sea corto. Una lástima, porque iba a ser una buena experiencia, me hacía ilusión, y prometía; espero que en algún momento se pueda retomar la idea y, espero, en cualquier forma, que haya quedado bien, aunque no era la idea buscada.

Como un desterrado. Así se sentía. Arrodillado en el primer banco de la capilla de la Pasión, en la iglesia de il Gesu, en Roma. Solloza en silencio. Parece que, bajos sus pies, todo el mundo temblase. El pecho es un constante movimiento de ascenso y descenso, como espasmos, producto de algo que pugna por salir de su interior y que se niega, enquistado a su alma como una lápida de mármol que pesa y oprime. Duda. Duda de todo y de todos, de sí. Inseguridad. Angustia. Es un sentimiento áspero el que le domina, el que le agosta los canales del espíritu, impidiendo, que le lleva a quedarse dentro, en una desazón sin forma; acre, como el desagradable olor que exhala el pútrido aliento de los cenagales, de las cosas perdidas, de las ausencias, de los vacíos descompuestos. Siente como si todo su mundo, un mundo creado para asir la luz, se hubiese roto en mil pedazos, en multitud de partículas de cristal, de difícil recomposición, imposibilitadas, en ese estado, para reflejar una luz que rozó con la yema de sus dedos, y que ahora es ausencia, vacío y oscuridad. Una rotura anclada en los piélagos de su interior, que repite hasta la saciedad, casi con impudicia, el sonido de las cartas rotas por un amante despechado. Y esa ausencia se recrea en la atmósfera que le envuelve, la de la capilla, la de la iglesia, donde por una vez es incapaz de absorber la belleza que hay en ella, ni tan siquiera de sentirla, de reparar en ella. Ausente de los olores a incienso, a perfumadas velas; ausente de los colores de la pasión de Cristo, en los lunetos de la capilla, los frescos de Pozzi en la cúpula; ausente de las formas, de la Trinidad de Pozzo, en la capilla de San Ignacio. Ausente de todo, rodeado de tanto, vacío de todo. Ausente. Ido. Perdido. Sólo está para sentir su adentro. Con una sensación de estar, de no querer morir sin sentir aquello. Levanta la vista y mira, como un alucinado. La vuelve a bajar. La música, surgida como por un ensalmo, le hiere dentro, royendo los adentros, mascullando aullidos alrededor de sus preces. No le dice nada esa perfección que tanto amara, esa magia surgida del ánima de Bach. Es la sonata en Trío BWV 525 en mi bemol mayor. La recuerda de tantas veces, y ahora es como un réquiem. El sonido es suave y llena el espacio, un sonido poético, claro y detallista, cuyas frases destilan humanidad. Lo sabe, pero no es capaz de aprehenderla; se le escapa como el agua entre las manos, como cuando era niño y jugaba con el cubo y la pala, en la playa. Esa música, sin ampulosidades, tan llena de sentimiento y profundidad, acorde a él, y sin embargo… ahora… no logra sino apagar el murmullo de los escasos turistas que se han perdido en las sombras de il Gesu, cuando cae la tarde, en el tramonto, sus susurros, sus débiles pasos dados en la sonrosada luz que un sol que se apaga deja que entre por la cúpula, y que casi es ausencia en las capillas. Solloza. Lágrimas vacías, lágrimas negras, escupen sus ojos, hacia nada, hacia nadie; surgidas de ese sentimiento tan denso, tan claustrofóbico, tan intenso. Y el temblor del cuerpo se acrecienta ante la angustia que su pensamiento genera, que sus sentimientos desbordados reiteran, como un martillo inclemente golpeando sobre el yunque de su alma. Un sentimiento denso, como la atmósfera de la iglesia, como el dios clavado bajo esa luz que se pierde, indefenso en su altar dorado, tan manierista, tan romano. Muerte pensada y negada. Tal vez encontrarse en otro mundo mejor, pensó y desechó. Esperanzas, sentidas, queridas, casi perdidas, o perdidas ya. El pecho se le levanta en busca de un aire que no respira. El cuerpo le tiembla. Tiembla por tanta angustia, entre tanto desasosiego, ante la necesidad imperiosa de lo perdido, ante una ausencia tan absoluta, por tanta falta. Se siente solo, vacío y hastiado, perdido en un camino hecho y ahora sin rumbo, sin sentido, como una pesadilla de lúcida desesperanza, de tedio aplastante. No sabe como aprovechar el decurso del tiempo, de su tiempo -tan sabido antes, tan sentido y bebido-, de la existencia, de su existencia, de ese camino en el que está, dentro, ineludiblemente. Y le agota. No puede más, y de ahí la contrición. No sabe muy bien por qué, ahí, ahora. O sí. Quizá los hados, quizá el sino. Y qué importa, se dice, entre sollozos amargos, si lo que es, es, y es sólo ausencia. Como un desterrado. Vivió la vida en su máxima expresión y fue expulsado del jardín, del festín de la vida. Y ahora sólo queda una vida amarga, infecunda. Intentada una y otra vez para nada, tras la salida, tras la expulsión, carente de gratificación, perdido en la pérdida y en los absurdos caminos recorridos. Desazón. Es él y no se siente él. Caminos repetidos, caminados una y otra vez. Siente que los ha repetido hasta la extenuación, como antes otros, que como él, no se han librado de ese cruel destino. Y el llanto es amargo, y no cesa. Como un desterrado. Expulsado de la vida, de la música, del color, del jardín vivido. Como si asistiese a sus propias exequias. Llorando en soledad. Él, su única y propia plañidera. Solo. Como un desterrado.
Se sentó. Sacó un pañuelo de seda, azul índigo, del bolsillo de la chaqueta de lana fría, azul marino, que llevaba puesta; el pelo oscuro y ligeramente largo; la barba de días. Se secó las lágrimas de unos ojos enrojecidos por el llanto, perdidos en unas cuencas huidas, con ojeras de tiempos ocupados en su desastre interior. Hundió la cara en el azul, dejando el rastro de su calvario. El momento de la derrota es cruel en exceso y golpea extremadamente fuerte, pero el murmullo del fracaso, de la cobardía, de la huida, es aún más terrible, porque es constante, seco, y nunca desaparece. Era, pensó, y no le cabía la menor duda, una agonía digna de su pasado, de su fracaso. Triste, eternamente triste, infinitamente triste por saber que nunca volvería a aquella ternura que fue, a aquel baile bajo la noche sola. Sintió el olor del perfume, Azzaro, de las dos gotas que ponía cada mañana en él, cuando escogía un pañuelo -como le había visto hacer a su abuelo, hacía ya tanto-. El olor le suavizó. Y es que a veces los sentidos producen ecos que hacen desviar los tiempos. Enjugó las lágrimas y se levantó despacio. La sonata había acabado. Todo era silencio. Apenas nada. Apenas nadie, salvo un par de turistas japoneses despistados. Miró el Cristo, la luz roja, el efecto lumínico. Otro calvario. Tanta belleza, tanta vida, tanto dado, tanto desastre, tanto tirado, tanto perdido, tanto derramado. Tanto. Y en el silencio, oyó como un gemido, como un llanto, delicado. Un llanto dulce, triste, desolado, acompañando el cuerpo del Cristo. Y un gemido más intenso, más hondo. Miró en la dirección de la que provenía. Una mujer, reclinada, derramando llanto. Sintió su lamento cálido. La sintió cercana, conocida, quizá por él, presentida, por el dolor del llanto, tan cercano, y se sintió humano. La miró con una mirada que la vistió de ternura, de amor, de un amor distinto, porque el amor dignifica, te hace humano. Buscó sus ojos para buscar su alma. Ocultados tras unas gafas negras, de pasta, pequeñas, que impedían junto al llanto. La cabeza gacha. El pelo oscuro, lacio. Vestida de negro y rojo. La miró despacio, mientras salía, acariciando esa alma que conocía o que intuía. La sintió lento, despacio; la acarició con la vista, como esperando. Siguió su paso.
Se sentó en las gradas, ligeramente apartado de la puerta principal. Miró la plaza que ante sí tenía. Nada vistosa, nada especial, salvo el palacio de su izquierda. Una plaza ni grande ni pequeña, sin ornamentos, con poco tráfico. La iglesia lo era todo, no necesitaba más y realzaba el lugar. Esperó que saliera. Quería decirle. Quería mostrarle. Quería contarle lo que sabía, lo que saben únicamente los que lloran. Le contaría como en las inmensas praderas de Mongolia se necesita un morinhor para que un camello llore, y así devolver el amor quitado, se necesita de ese instrumento para hacer que el viento dialogue con él y así hacer llorar al animal para producir felicidad, para devolver lo perdido, lo abandonado. Esperó en la tarde, temblando. Pero nunca salió o no la vio salir, ensimismado en sus pensamientos hacia ella, o fue tan sólo un espejismo, algo deseado pero inexistente, falso, producto de su febril imaginación. Miró a lo lejos. Era de noche. Se levantó y se marchó despacio, caminando lento, arrastrando los pensamientos, los sueños, tristes, derrumbados, como el sonido roto de un violonchelo.


29/5/10

Mucho más que algo. Tacto.

Surgió del frío. Surgió de una noche de perros, de lluvia negra, y me hizo sentir viva; por un instante quizá, o quizá, también, por una vida. Lo primero que me dijo, cuando dijo, fue un hauki:

Me derramaré,

En tu beso de auroras.

Lánguidamente.

Le pregunté si le volvería a ver. Y su respuesta fue que la pregunta no era esa, sino si él me volvería a ver a mí.

Se acercó por la espalda, muy despacio, tan levemente que no le supe hasta notar que mi respiración se aceleraba. No quise volver la vista. Era extraña esa sensación. Intuí que estaba. Respiré hondo. Estaba detrás. Algo, dentro, me lo decía. Lo necesitaba, lo respiraba. Aturdía aquella sensación. Un desasosiego que me hacía desear su presencia sin habla. Noté cómo su respiración me movía, muy suavemente, el pelo. Noté su aliento tras de mí, como a violetas y almendras, no sabía bien el porqué, y un escalofrío me erizó la piel. No quería moverme, sólo sentirlo, y quedarme ahí, sintiendo aquello que nunca había sentido. Sabía que si me movía le rozaría, sentiría mi culo contra su sexo, de tan cercano. Sentía calor por todas y cada una de las partes de mi cuerpo. Quería el roce, lo ansiaba, y no también. Deseaba el contacto, y a la vez me lo negaba, por estar ahí, así, en ese momento intenso, sin palabras, sintiendo tanto con tan poco. Deseaba el silencio provocado, oír sólo su respiración, mi agitación, la sangre golpeando. Notaba el corazón acelerado, su latido constante. Notaba el suyo, acompasado al mío. Apoyé las manos en la mesa y, al hacerlo, el cuerpo se me dobló hacia atrás y sentí su tacto. Lo retiré al instante. Él no se movió ni un ápice. Sabía que tenía los ojos en mi pelo. Siempre miraba, y cómo miraba. Te entraba dentro y te llenaba de mirada. Traspasaba. Miraba el movimiento de mi pelo al contacto de su hálito. Él era así, de detalles. Hacía de un momento una vida, de un detalle, un cuadro de mil colores. Notaba la tensión, la mía y la suya, la contracción de los miembros, el leve temblor, la alteración de la piel, la excitación. Podía sentir todo lo que éramos, lo que sentíamos, con una percepción inhabitual, como si mi piel, como si todos mis sentidos hubieran multiplicado su capacidad hasta el infinito. El silencio era tan profundo que oía el más leve quejido de la madera de los muebles, pero sobre todo lo sentía a él, y a mí. Acercó su boca a mi oído. Noté el cabello en sus labios. Me susurró: Yo he visto germinar lágrimas de cristal negro en sonidos púrpura, cuando te he sentido. En ese momento, cuando te siento, noto un viento dentro, como la caricia de un violonchelo, roto de pena, quebrado. El aire que salía de su boca me acariciaba el cuello. Tenía la piel en carne viva. Respiraba más rápido, con más agitación. Creí que me iba a volver loca. La tensión me estaba matando, y sin embargo no podía ni quería salir de ahí, de así. Apreté las manos con fuerza, contra la mesa, hasta sentir daño, para sentir el dolor, para mitigar, en algo, aquella tensión. Eché la cabeza hacia atrás. Mi pelo le llenó la cara. Noté la calidez de su mejilla. Apreté mi espalda contra su pecho, mi culo contra su sexo. Noté sus manos, rozando apenas, en mi cintura, paseándola, y el subir y bajar de su pecho, su respiración agitada, su aliento. Giré la cara buscando sus labios, buscando la boca que me hablaba, que me llevaba, buscando aquel olor en la garganta que me susurraba, su aliento como de violetas y almendras, para envolverme en él y en las palabras, para bebérmelas, para saborearlas, esperando más, deseándolas. Sabes… -me dijo en voz muy baja-, cuando te veo, cerca o lejos…, cuando te veo, oigo el agua apaciguar la orilla, en su beso largo, y lento. Y quiero acercarme a ti, saberte entera, entrar muy dentro, pero de tus sentimientos. Vivir tu alma, vivir tu carne, ser tú en ti, muy dentro, y no salir, vivir ahí por los tiempos de los tiempos. Teníamos los cuerpos pegados, más aún el alma, que era cuerpo. Noté sus manos en mi vientre, despacio, y después bajando hacia mi sexo, rodeándolo, sin tocarlo, acariciando los muslos por dentro. Sentía mi humedad, y él también. Se quedó ahí, parado, apretando levemente. Respirábamos al mismo tiempo. Giré aún más la cabeza buscando su saliva en el calor de su boca. Apartó la suya, apenas. Me tumbaré en la hierba para oler tu tacto –dijo-. Subió las manos a mi vientre. Lo paseó de nuevo, más lentamente, colocando su dedo anular en mi ombligo y apretando con suavidad, creando círculos pequeños, en él, que me llegaban dentro, y más abajo. Vagó, después, con sus dedos por mis senos, sin apenas rozarlos. Noté los pezones erectos. Noté su tacto, el calor de sus manos a través de mi ropa. Sentí el calor de la pasión de mi cuerpo a través de sus dedos. Sentí la suya, cómo se quemaba por dentro, y cómo me quemaba yo. Me giró hacia él. Los cuerpos enfrentados. Absolutamente pegados el uno al otro. Mi sexo junto al suyo. Puso las manos en mis mejillas, los dedos entre mi pelo. Le rodeé la cintura con mis brazos, atrayéndolo aún más si cabe. Los dos apretando. Respirábamos juntos, al tiempo, sintiendo, siendo en el otro cada uno, siendo la vida, sintiéndola, haciéndola. La belleza de un momento único, de una pasión única, desbordante, antigua, eterna. Le besé como nunca había besado en mi vida, como a nadie lo había hecho. Le cubrí los labios y sentí el tacto de su lengua, el calor de su interior, su saliva. Le sentí entero. Nos separamos un instante. Me miró muy dentro, fijamente. Cada vez que me besas me cubres de estrellas –dijo-, y ahí soy tanto, que quiero morir, morir de ti, morir en ti, siendo. Me besó largo, dentro, suave. Tacto. Era la esencia del tacto. Se separó de mí, despacio. Se fue andando, de espaldas. Siempre mirándome, dentro, como sólo sus ojos saben mirar, cómo no he visto en nadie. Hay un momento para todo -dijo-, y éste es este momento, tan especial, así de intenso, como tú. Sólo así.

Aún sigo dándole vueltas a su respuesta. La respuesta de aquel hombre que surgió del frío.

21/5/10

La vía muerta

Había una persona en un andén abarrotado, como fijado, anclado a cemento. Viendo desfilar el tiempo. Mirando despacio veía pasar una y otra vez aquel tren desaparecido. Persona triste vestida de domingo, como el último domingo, como un domingo cualquiera, como todos los domingos. La mirada perdida, posada en la vía desocupada, rodeado de gente, en el andén; el alma fría, la vida sola, como un sonámbulo de travesías entre personas, eternamente dormido, como ido, descomulgado, desaparecido.
Aquello tan brillante fue una luz cegadora para los ciegos, regalo inútil para una vida ya sin reposo, llena de espejos que sólo muestran espejismos de un pasado que no repite.
Muestra al cristal de la muerte su rostro ahogado ante la vida, cuyo reflejo es una imagen invertida -que es, pero no, como el espejo-, perdiendo de vista la realidad, que ya no es tal, solo fingida.
Y ya todo es nada; quizá ni tiempo. Todo es destiempo y a destiempo. Ya no hay ni hilván que hile palabras ni pensamientos. Apocalipsis de sentimientos.
La esencia de todo, quedó en el pasado, ido, en un tren ausente, perdido.
Este es un tiempo triste, la edad de los prodigios, de la superchería y la impostura. Ya no llueven estrellas. Ya no hay llanto por alegrías, ni canto. Es el mundo al revés, el final de los tiempos, con los jinetes campando a sus anchas por los eriales llenos de almas que no son almas sino desechos.
Cae la tarde, con desgana, sobre la plaza de arena blanca que es la vida. Y los fantasmas gritan.
Una persona yerta, en el andén, anclada, ve cómo se le va la vida, por su pasado, por la vía muerta, por la vía vacía.

19/5/10

El pesado fardo de Atlas

La lírica, por lo visto, sólo queda para los poetas malditos. Lo importante es sobrevivir, parece, guarecerse, obtener un resultado, no arriesgar sino lo justo, no sentir, dejar eso a buen recaudo, y esperar que los sentimientos se aplaquen o sean sustituidos, estar, simplemente estar.

Estoy cansado. No puedo, a veces, con todo. Hay cosas que me superan, momentos en que todo pesa de una manera tremenda, en que todo se junta y se acumula. A veces, como Atlas, levanto el mundo y sonrío, y parece que las fuerzas son suficientes; pero, a veces, también, el fardo es muy pesado, tan brutal que la sonrisa se troca en mueca y se dobla el espinazo.

No puedo con los drogadictos de la abstracción, con los imposibilistas, con los huidizos, con los insensibles, y con los sensatos para con los sentimientos. No puedo, quizá porque no soy como ellos, porque no los comprendo. Yo soy de sueños, de verdades, de sentires. No sé vagar eternamente, aunque a veces lo hago, por los piélagos del pudiera. Necesito tactos, pero no cualquiera, en esos no entro, sino en los de esencia, no en los d3 apariencia, aunque algunos hacen de ellos los otros. Soy de los que miran y ven que lo que es, es, y lo siento, y lo vivo y lo percibo. Soy de miradas, de palabras. Soy de los que quieren que todas esas cosas sean el resultado de los sueños, de los que están dentro, de los que dan resultado. Soy humano.

Solo. Muchas veces solo. No hay manera. Y es que no me conformo. Y todos recurren. Pero en el estar ya es otra cosa. Ahí cuesta, y cuesta por tantas cosas, por tantos miedos, por tantas fijaciones, por tanto evitar para… Y el fardo pesa y se incrementa.

Necesitamos refugio, a veces, resguardo de determinadas cosas de la vida, cuando nos da en la cara su brisa fría, cuando nos hace daño, por tantas cosas. Y lo buscamos y necesitamos. Pero hay momentos. A veces creemos que cualquier cosa nos guarda, y ahí nos quedamos, y equivocamos, y buscamos, y en otro lado nos guarecemos, y seguimos. Y no vemos, nos negamos. Un zigzag continuo. Respeto todos los caminos, pero no comparto algunos, prefiero otros, los que sigo. Tal vez esté equivocado, tal vez, pero prefiero estos, aun más dolorosos, pero que me son más queridos, más sentidos. Tal vez sea una parte. Pero siempre está ahí la razón que ocultamos, y aun así actuamos, una y otra vez, con una cosa y con otra, aunque sepamos. Y en esa búsqueda, a veces equivocamos nuestros pasos; a veces volvemos atrás, a veces nos conformamos caminando en círculos o en zigzag, por no reconocer quién somos y a dónde vamos, lo que queremos, lo que es importante y lo que tenemos, o lo que podemos, lo que perdemos, cómo saber completar, cómo tenerlo todo.

A veces no puedo. A veces me veo como ese Atlas sofocado, abatido, desconcertado por tantos pesos. Con el rictus en el rostro, en la boca una mueca y partido el espinazo.

Necesito de la sinceridad, de la naturalidad, de la sonrisa, de esas personas que saben recibir y dar. Necesito de la verdad, de la naturalidad, no de la artificialidad, del siento pero así, pero cambio, muevo, necesito, estoy así. Necesito un respiro, y lo necesito ya.

Ya no hay lírica. Sólo queda para los poetas malditos. Y eso debo ser yo, un maldito, un proscrito.

18/5/10

Historias sin acabar. I (Lloraré rosas para ti)

Lloraré rosas para ti.

Lloraré rosas para ti, había escrito. Creía que lo había hecho antes de salir, sobre el cristal del espejo del aseo, con la barra de carmín de su madre. Era un niño aún. Había creído que no lo era, pero lo era, todavía lo era. Había crecido rápido, por todos los caminos. Pero no era un hombre, no se sentía un hombre, ya no. Lloraré rosas para ti, había escrito. Dos años de un sufrimiento atroz. Nada ni nadie a su alrededor. La nada, el vacío. Inclemencia. No podía aceptar algo así. Un charco de sangre en una carretera infame. Pinos alrededor, montañas quebradas, y el agua abajo, quieta. Un charco de sangre maquillado por una cabellera azabache. Unos ojos negros perdidos en el cielo. Una sonrisa más brillante que el sol de todos los desiertos, helada, eterna. Tanta belleza, muerta. Lloraré rosas para ti. Era lo único que escribió. Siempre se preguntó por qué él no estaba allí, también. Agonía. Y buscó culpables donde no había. Y buscó salidas por calles vacías.

Se quedó sin dinero a los dos días de llegar a Londres, tras otros dos días cruzando un mundo de carreteras, en autobús, sentado en el incómodo asiento de la lentitud, con los ojos pegados a un cristal cubierto de vaho, que limpiaba con el dorso de la mano, para poder ver un paisaje verde y lluvioso que no cambiaba nunca, ajeno a él. Rodeado de un idioma hostil, extraño. Una habitación triste, fría. Cuatro camas en literas. Se tumbó en una de las inferiores y se quedó dormido. Despertó de noche. Encendió un Fortuna. Cuando lo terminó, se duchó, se puso la otra muda que había llevado y metió la otra en la mochila. Bajó a recepción. Cogió un plano de la ciudad y preguntó por señas, a la chica del mostrador, una alemana, dónde de podía comer. Llegó a un parque donde había, en un lateral, bajo un árbol de hojas rojizas, un carrito que vendía sándwiches y kebab. Estudió a las personas, que se acercaban a él, durante un buen rato. Se acercó y señaló el kebab. Take away, pronunció como pudo. Pagó. Se sentó en un banco y comió. Era el primer bocado en dos días, a parte de dos cafés con leche y un cruasán. Paseó por las calles hasta que se hizo de noche. Entró en lo que parecía una discoteca. Oscura. La música extraña. El dinero era escaso, pero necesitaba alcohol. Pidió un gintonic. Bebió un sorbo. Llevaba mucho hielo y poca tónica. La ginebra era asquerosa. Dio dos tragos más y lo terminó. Estaba muerto de cansancio, pero no quería volver a aquella habitación vacía y helada. Se sentó en un sofá desgastado. Miró a las personas que deambulaban por el local, la mayoría punkies. Una chica, morena, se le acercó y le dijo algo que no entendió. Intentó decirle que no la comprendía. Ella le pasó la mano, abierta, por la cara, y se marcó dejándole una sonrisa a modo de regalo. Salió de allí y volvió al albergue. Se tumbó en la cama y se quedó dormido. Despertaba a cada rato, entre sueños extraños, de colores verde, rojo y negro. Entraron unos magrebíes gritando. Iban borrachos. Les dijo que se callaran, que quería dormir. Le miraron y siguieron gritando. Uno de ellos se acostó en la litera que había encima de su cama. Le despertó, algo después, el sonido constante de una gota que chocaba contra su pantalón. Se levantó asqueado. Zarandeó al de arriba y le dijo que despertara, que era un cerdo. Sólo obtuvo un gruñido. Se cambió el pantalón y salio a la calle. Llovía. Una lluvia tranquila, que no limpiaba. Un frío infernal. El alma congelada. Sentía una congoja tal que le tenía encogido sobre sí mismo, con la cara escondida entre las manos, apretando la mochila contra su cuerpo, llorando como un alma perdida, como sus lágrimas en la lluvia.


Lloraré rosas para ti, escribió en la libreta roja que llevaba siempre consigo cuando viajaba. Una eternidad escribiendo para volver de nuevo ahí, a la misma clase de tiempo, al mismo sentimiento, a las mismas sensaciones. Como si se hallase inmerso en un bucle temporal. Como si no hubiese agonizado suficiente. Como si no tuviese ningún derecho a persistir en la felicidad. Unos ojos que se le iban, perdidos. Una sonrisa trastocada en ira, en desprecio. Agonía. Lloraré rosas para ti, volvió a escribir. Ninguna otra cosa le salía. Creía que había crecido, que las calles andadas le habían dado otra perspectiva, que había aprendido, que los albañales pisados le habían enseñado, que los tropiezos que le habían hecho sangrar le habían abierto los ojos. No era un hombre, sólo era un niño. Todo son veleidades, escribió, simples y tristes veleidades de un poeta idiota. Abandono. Quiero ser sordo, mudo y ciego. Reniego de los sentimientos que me han llevado a creer que merece la pena sentir. Se sentía como un barco varado, partido, con la proa y la popa hacia arriba y el centro hundido, desbastado por las olas, que le hacía escupir de sus entrañas todo lo que llevaba dentro, desangrándose, mientras aquello que salía de sus adentros mataba lo que hollaba.

Comenzó a sonar Kite. Dejó el lápiz. Cerró el cuaderno. Escuchó la música. Siempre sentía algo especial cuando oía esa melodía, que empezaba bajo, suave, deslizándose dentro, calándole por dentro, sacándole las lágrimas. Hay determinada música, determinados momentos en la música en los que no cabe sino ser, ser y morir en ellos. Una canción que habla, de alguna manera, aunque no exactamente o también, sobre las personas que perdemos en el camino de una u otra forma, de la pérdida, quizá del punto de partida. Perturbadora la voz de Bono. Recordó las imágenes y la lágrima recorriendo la mejilla del cantante mientras la interpretaba, mientras recordaba a alguna persona perdida. Había algo en la voz de aquel cantante que siempre le llevaba a interiorizar todo, a vivir lo escuchado y sentirlo como propio, más si tenía que ver con experiencia personales; y ese era el caso.


17/5/10

Relatos de los días de lluvia húmeda y helada. V

En los alrededores del camposanto
Fui con mi madre de la mano a una casa de Laureano donde tenía las cabras. Fue el primer muerto que vi, aunque no lo vi. Era una mujer que le decían Andrea. Había mucha gente y mucho movimiento que no sabía por qué era. No vi nada. Ni te dejaban ver, porque era muy niño.
En otra casa vi a la Tía María, la mujer de Linares. Pasamos a la habitación y vimos a la mujer, allí, muerta. Yo tenía siete u ocho años. Estaban de vela en la casa. Iban de velatorio, a rezar aquella noche y acompañar a la familia. La gente de la aldea. Unos dieciocho o veinte. Rezaban entonces en voz alta. A la mañana, si se enterraba al muerto, en Alcalá, se llevaban a hombros el ataúd, los hombres. Tardaban hora y media. Echaban por lo derecho, por unos caminos que por aquí hay. Entonces no había carreteras. El camino de Alcalá. Se pasaba por Moralejos. Un camino de carros, de herradura. Y se bajaba a Alcalá.
Entonces el alcalde de Alcalá era el padre de la abuela Ascensión. Antonio Miñambres Linares. El cementerio lo hicieron Pepe y uno que le decían Virgilio, que tocaba la bandurria; unos albañiles de Ayoz. Nosotros estábamos siempre de baile con ellos. Íbamos a bailar en muchas casas. El cementerio se hacía a “pionás”. Cada vecino iba un día a “pionar”, con carros y piedras. Se recogió dinero en toda la aldea. Como el cementerio era de la aldea, todos los vecinos tenían derecho a un vodal. Se empezaron a hacer nichos, que se hicieron por el año 45. Entonces todos estaban en tierra. Fue cuando se murió mi mujer, y ya fue en nicho. Por entonces todos iban a tierra. Los vecinos, y la familia y amigos iban a hacer la sepultura y se enterraban en tierra; se ponía una cruz en lo alto, o una lápida, según fueran más ricos o menos ricos. Las piedras se hacían en San Juan y… Se ponía la fecha del que había muerto, y un recordatorio de tu padre, tu madre, tus hermanos no te olvidan.
Nunca me gustó la muerte, qué quieres que te diga. Es muy “jodía”.
Yo tenía seis o siete años cuando murió el primero de mis abuelos. El padre de mi padre, que se llamaba también Jesús. Jesús Bastante García, se llamaba el padre de mi padre. Se murió el día de San Andrés, que decimos aquí, del año 15. El padre de mi padre, porque la madre de mi padre se había muerto ya el año que yo nací. La madre de mi padre se murió el 17 de febrero de 1908. Ana Martínez Martínez era la madre de mi padre. Trabajaban en la agricultura, labrando. Agricultores. Mi abuelo tenía las tierras en Las Peralosas. Tenía dos almudes. Era bastante persona mi abuelo. El año 20 murió mi abuela, con 45 ó 50 todo lo más. 45 podía tener, a 50 no creo que llegara. Yo no lo sé cierto. De calenturas tifoideas, de calenturas malas, porque entonces no se curaban. El que tenía calenturas… le daban medicinas que no eran a lo mejor… Los médicos de entonces no eran como ahora, que hacen análisis de todo y se preocupan y saben. Pero entonces a lo mejor no le daban lo que era bueno para eso. Fue a Alcalá, a San Lorenzo, como vivía su padre, que era mi abuelo, que vivía en Alcalá. Y estando allí alguno se las pegó… Y ya vino malo, de San Lorenzo, que era ese día, 10 de agosto del año 20. Luego se acostó el día de San Roque, y ya no se levantó, y murió el 30 de agosto. El médico de Alcalá me “paece” que era un tal Don Ignacio, el médico que había entonces.
Luego mi padre, como se quedó ya viudo, al año y medio se casó… que fue cuando tuvo a Lino, que se ahorcó hace un año, y una hermana que tengo en La Zubia… No quedamos más que los dos ya. Es como si fuera mi sobrina. Resobrina se llama, porque ella es hija de un primo hermano, y además es sobrina porque yo estoy “casao” con una tía de Dolores. Así que es familia por dos sitios.
Mi padre se casó con una mujer de Las Eras, viuda de un guardia civil. Tenía dos hijas. Estaba en Tolosa y vino aquí, a casa de un “cuñao”, y claro, como estaba, ella, viuda, y mi padre viudo, pues se enamoraron y se casaron, y fue muy bien. Fue una mujer muy buena. La quisimos mucho, porque valía mucho, y vivimos muy bien con ella, muy bien, muy bien, y como tenía familia, a los hermanos los hemos querido igual, aunque eran sólo de madre…
Nosotros vivíamos cerca de la ermita, y allí murió mi madre. Cuando murió nos quedamos muy desmantelados. Vivimos un año o año y medio. Mi hermano hacía la comida y yo le ayudaba. Mi tía nos ayudaba a amasar el pan… Entonces teníamos la harina en la casa. Se amasaba el pan “pa” una semana o “pa” más. Y ella nos ayudaba a amasar. Eran cosas gordas. Luego ya, cuando ya se casó mi padre, entró esta mujer, que era una buena mujer. Y vivíamos muy bien. Ella tenía dos hijas y nosotros cuatro éramos” sais”. Pero aparte de eso vivíamos y estábamos bien. Y luego vinieron cuatro o cinco con la mujer, pero le murieron dos. El primero que tuvo y el último que tuvo.
Y mi esposa y señora también murió. Por eso me casé con la Ascensión. Y mi niña, que era una rosa, con cinco años. Eso fue “pa” la guerra. Y mi Jesús, más listo que el hambre. ¡Joder, qué vida!
Ya sólo quedamos dos. No me gusta la muerte. Es muy “jodía”.

12/5/10

La sombra de los sueños

Te veía tras cada esquina que doblaba, en la lejanía, en cualquier espalda, en una mirada que me miraba, en cualquier sombra que aparecía; pero sólo era eso, una sombra, la sombra de un deseo, la sombra de mis sueños.
Y mientras, seguía, en el silencio, en el silencio quieto, en el silencio lento, en el silencio santo. Esperando. En el silencio, en la sombra de los sueños, en la sombra de mis sueños.

Cuando la luciérnaga levantó el vuelo

Arrastro el sueño o el cansancio, o lo que sea que es lo que me tiene en un estado de estar sin estar, como flotando, desde hace eternidades. Llueve a mares. Me he calado hasta los huesos. Ha caído tanta agua que ni me gustaba pasear la lluvia. He tenido que correr. Estoy empapado, de cuerpo y alma. Tal vez necesite un deceso. No, “joer”, un deceso no, un receso. Me seco el pelo. Pongo música. Saco el Cd de Stigmata y en su lugar coloco The wall. Lo oí en el coche, en la radio, y me apetecía. Hacía tiempo. Hey you comienza a sonar. La sigo mentalmente. Nunca canto en voz alta. Mi voz es trueno. Me siento en el sofá, es cómodo, bonito y cómodo, con la ropa mojada. No importa. Me gusta el salón. Es acogedor, minimalista y acogedor. Bello en sí mismo. Rodeado de libros que acogen. Claro. La mesa de cristal y metal de diseño exquisito, a juego con las sillas, metálicas y negras, sencillas y delicadas. Es una evolución de mis casas. Soy yo. Cojo el libro de Murakami, uno de los tres que estoy leyendo. Es curiosa la manía que me da con los libros. De repente aparece un autor o un país y me paso eternidades en él. Eso es lo que ha ocurrido con Murakami. Antes sólo había leído a Mishima y Oé. Murakami vino de la mano de Miyori. Huele jazmín y violetas. Ella olía a cerezos en flor. Su piel. No sé por qué ha aparecido ahora, de repente. No le doy más importancia. Las cosas son siempre como son, sin más. ¿Quién entiende las razones de las personas, de cómo somos, de los dioses? No seré yo quien entre en ese proceso absurdo, en esa tarea de titanes. Un breve correo. ¿Cómo estás? Te recuerdo. ¿Vendrás a Kyoto? Ahora estoy aquí. Tras más de un año. He buscado vuelos a Bolonia. No cuadran. Y tengo que ir el fin de semana sin falta. No puedo demorar esta situación. Me crea desasosiego. No tanto por mí. No me gustan las situaciones que implican a otros y que yo puedo solucionar. Los silencios matan. Me molesta estar así y tengo que hacerlo, pero los vuelos son los que son. Ir, tomas un espresso, pasar dos noches y hablar. Hablar. Hablar con las palabras y los silencios. Mirar en los silencios y decir. Cómo cuesta estar en determinados espacios y decir, y ser, donde puedes entrar, donde no quieres estar. Tan sugestivos y sin embargo… Se ha de hacer. No quiero que estén, ni estar, en algo que no puedo ser. Me levanto para hacer la cena. Bato un par de huevos y echo pan rallado. Sumerjo en la mezcla los filetes de merluza y los frío en aceite de oliva muy caliente. Me apoyo en la bancada, roja, y miro el cuadro que le compré a Manu por un euro. No podía regalármelo. Nunca regalaba. Vendía. Cuestión de principios, decía. Ni a mí siquiera. El fondo naranja, de papel. Un cuerpo d mujer en verde, tumbada de espaldas y ligeramente escorada hacia el espectador, boca abajo. En ella resalta el pelo, liso, un pecho, el ombligo y el sexo, en negro. Sobre el cuerpo de la mujer, dos bustos indefinidos, aunque parecen de hombre, en negro también. Llevo la comida al salón. Coloco el plato, en rojo burdeos, con el borde en negro, sobre un camino de mesa de bambú. Un vino blanco de Rueda, para acompañar, que vierto en la copa alta, de boca sinuosa, de color verde claro. Las cortinas de seda, granate oscuro, que tapan el inmenso ventanal, acogen toda la habitación, abrigan, dan calidez y ganas de estar, de quedarse, de mirar. La música es una exquisitez, los bajos, la guitarra, la voz:
Mother do you think they´ll drop the bomb
Mother do you think they´ll like the song
Mother do you think they´ll try to break my balls
…
Me gusta comer lento. Hablar con quien como, degustar el momento. Deleitarme en él, con la persona con la que comparto, y la música al fondo, y el escenario, el todo. El placer de estar. Suena el móvil. Miro el número. Un fijo de Madrid. Imagino quién es. No lo cojo. Me invitó a ir, pero no me apetece. Además, tengo que ir a Bolonia. Sigo comiendo. La música sigue sonando. El solo de guitarra, exquisito, perfecto, armónico. Me quedo en ella.
Mother do think she´s good for me
Mother do think she´s dangeroux to me
Mother will she tear your littlel boy apart
…
Me quedo mirando cómo la luz de la lámpara atraviesa el vidrio y el líquido, cómo se rompe, cómo crea formas.
Ohh ah, mother Hill she break my Herat
Hush now baby, baby, don´t you cry
…
Recojo las cosas. Meto los paltos en el lavavajillas. Me hago un café, muelo los granos de etiopía; negro, corto, con agua mineral. Iba a echar azúcar morena. Pero no. Debo empezar a volver a determinadas cosas que eran y que fueron dejadas en el proceso de dejadez, debo volver a como se debe ser en las cosas que son y que dejé de hacer. Demasiadas desviaciones tal vez. Vuelvo con el café al salón. El perro me miro. Me siento en el sofá, en la esquina. Bebo un sorbo. Cojo el libro de Murakami. Me pongo las gafas de pasta negra. Miro al perro. Tengo que sacarlo a dar una vuelta. Iría a correr con él, tal vez subir esa pequeña colina que hay al lado de la casa, pero no me apetece. Además ha llovido y el suelo está encharcado. Algo breve, por la acera, y volver rápido. Una sauna mejor, para transpirar, para limpiar por dentro y por fuera. Suena el móvil otra vez. El mismo número de Madrid. Siempre es así. Tengo que reservar el vuelo esta noche para Bolonia.
Sigo leyendo a Murakami:
Fue mucho más tarde cuando la luciérnaga levantó el vuelo. Desplegó las alas como si se le hubiera ocurrido de repente.
Son días extraños

11/5/10

Huele a soledad

Huele a cerrado el bar, a desinfectante y lejía, a música marchita, a luz apagada. La barra llena de taburetes. La espalda de un hombre frente a ella, en uno de ellos. Una mujer se sienta a su lado.
- ¿Qué bebes?
- Soledad.
- ¿Puedo acompañarte?
- Seríamos demasiados. Además, soy fiel por naturaleza.
Se levantó, ella, y se sentó en el taburete más alejado. La mirada perdida en el fondo del vaso.
Todo sigue igual. La música, el olor, la luz, la atmósfera… la vida. Siempre igual.

9/5/10

Relatos de los días de lluvia húmeda y helada.

Cuarto relato.
Los idus de marzo.

Nunca pensé que te volvería a ver.
Ni yo.
Y menos, en el caso de que lo hubiera pensado, que fuese tan pronto.
Fue un impulso.
Ya. Como todos los tuyos.
No he podido quitarte de mi cabeza ni un solo día, y… sin embargo…
Sin embargo…
¿Recuerdas el paseo por los Uffizzi?
Sí.
¿Y la conversación aquella, tan larga, en la cafetería a espaldas de la Galería?
Sí. Recuerdo la conversación. Sobre el poder y el querer, sobre las relaciones, sobre el amor, sobre el compromiso, sobre la libertad… Sí. Cómo no. También recuerdo como ibas vestida, cada detalle de ti aquel día. Me fascinó. Parecía que la ropa acompañara tu mirada…
Se calló. La desazón le ocupó el interior, como aquella vez, en Florencia. La recordó sentada en aquella pequeña terraza, mirando el humeante capuchino, y a él, cuando bebía un sorbo, con aquella manera tan suya de coger la taza y beber.
Andrea… Ahí estaba otra vez. Inopinadamente, como siempre hacía con él. Como la primera vez. Los ojos negros, con aquella línea que se le formaba en las pupilas y que les daba una intensidad que aturdía, mareante, donde era posible entrar para perderse, y de la que creía, no se podría salir, y, sin embargo, tan apenas abierta, tan difícil de atravesar, como un manantial sugerente, prometido, pero ausente, al que había que bajar, despacio, entre marrones y negros…
Nunca debí volver a Florencia, pensó, ni tal vez a Bolonia, o quizá debí aceptar el trabajo allí. Nunca debí acceder a aquella primera vez. Nunca, nunca… demasiados nunca, demasiados tal vez, demasiados quizás. Demasiado todo o más bien demasiado nada, se dijo. Demasiados pensamientos, demasiados recuerdos, demasiadas palabras y su ausencia, demasiados sentimientos, demasiada búsqueda de ellas, de todo, de nada.
Se apretó los ojos, sobre los lagrimales, con los dedos índice y pulgar, hasta sentir dolor. Apareció el color naranja, después unas nebulosas blancas y lilas, en espiral. Todo blanco y negro después, y cuadrados blancos, pequeños, moviéndose en una composición extraña.
¿No te ha gustado que viniera?
No lo sé. Se quitó los dedos de los ojos, mientras le contestaba, y la miró. No lo esperaba, le dijo, ni tan siquiera sé si lo quería. A veces, pensó, no sabía ni si servía de algo hablar, con los paréntesis, con los silencios, con las reglas.

Caminaban despacio, entre la ausencia de sonidos de un parque suyos parterres estaban poblados de margaritas blancas, violetas y anaranjadas, como si buscasen las palabras en el silencio de unos árboles aún pequeños, por entre el tapiz de flores. Unos parterres de color, que se perdían en la inmensidad de un parque lleno de pequeños promontorios elevados, y cubiertos de un césped ralo y amarillento, con pequeñas calvas, falto de riego, bordeados por caminos serpenteantes de tierra ocre, casi amarilla; con árboles, pocos y pequeños, muy separados entre sí, de largas ramas y hojas escuálidas, y demasiadas farolas megras. Un parque de una artificialidad absoluta, como un recorte de revista pegado sobre un cuadro en blanco y negro, un feo y extraño colage que había sido creado con la intención de aportar belleza y que, sin embargo, dañaba la retina de cualquier observador con un mínimo de sensibilidad.
Él iba delante, ligeramente. Recordaba la tranquilidad con que ella paseaba el tiempo, como si se envolviera en el aire, como si éste fuera más espeso para ella que para las demás personas.
Giró la cabeza hacia ella y sonrió, esperando alguna palabra, pero sólo recibió el inició de una sonrisa que se quedó en inicio, inacabada. Se sentó en un banco, y ella, tras pararse un momento, delante de él, lo hizo a su lado. El sol estaba a sus espaldas, proyectando sus bustos en una sombra alargada que se dibujaba en la arena del camino. Alguna vez había fotografiado las sombras, le gustaba el efecto.
Un sin fin de hormigas recorrían un camino que parecía no tener fin y que, al parecer, sólo ellas conocían, perdiéndose en la hierba, en un ir y venir continuo. Le resultó curioso el tamaño de la cabeza de algunas de ellas –exagerado para su cuerpo-, y desproporcionado con respecto a la armonía de las demás, más pequeñas. Llevaban pequeñas briznas de hierba, secas, en sus pinzas; algunas, en su constante andar, se paraban milésimas de segundo para entrechocar sus antenas con otras hormigas, mientras algunas pasaban por encima de otras sin importarles, al parecer, el peso, el posible daño –si es que lo había- o cualquier otra circunstancia. Toda aquella mini autopista, sin señales, terminaba en un pequeño círculo, absolutamente liso, impoluto, que había sido rodeado de una semicircunferencia hecha con pequeños granos de arena más oscura, apilados, formando una especie de muralla o de barrera, en la parte opuesta a la dirección del camino, y en cuyo centro había dos agujeros, uno perfectamente circular, y otro, más grande, ligeramente irregular, donde entraba y salía todo un ejército de aquellos insectos, la mayoría con sus briznas de hierba. Pensó en aquella armonía absoluta, en la necesidad de gregarización, en la necesidad de seguridad ante su pequeñez, en sentirse resguardado, en la búsqueda de no sabía muy bien qué, en ese miedo que nos hace tan gregarios y que nos lleva a la uniformización, al pensamiento único, a ser una hormiga más en un hormiguero gigante, igual que las demás, haciendo siempre lo mismo, pensando lo mismo, ocultándonos, no apartándonos del camino, buscando refugio, seguridad, en la masa, en la apariencia, en el clan, en lo igual.
Miró a Andrea. Tenía la mirada perdida en el color de las flores. Se preguntó dónde estaría ahora, en aquella búsqueda constante de palabras, de palabras que pudieran expresar lo que sentía, pero que se negaba, y de ahí aquella inconstancia, de ahí aquella necesidad de seguridad, aquel ir y venir -a veces sin sentido-, aquel querer y no poder, aquel poder y no querer, o no saber o no atreverse. ¿Y él? Seguramente no podía, pensó; y tal vez no quería. Le dio vueltas a las razones, a las de ambos. Y pensó que quizá tuviera que ver con el comportamiento de aquellas hormigas. Tal vez Andrea fuera como una de ellas, o quizá no. Tal vez él también, aunque no, se dijo, él no. Le molestaba la idea de pertenecer a un colectivo así, tan monótono, tan simple, aun dentro de su complejidad. No, a él le gustaba volar. Tal vez una cigarra. Tal vez. Recordó la fábula de la cigarra y la hormiga y sonrió para sí.
Mañana me voy. Sonó como un martillazo. La miró y se quedó callado.
¿Quieres que me quede?
Lo que yo quiera o deje de querer, carece de importancia alguna. Harás lo que quieras tú, de cualquier forma. Además…
Miró el cielo, roto en los colores de una tarde que se desvanecía en una gama de rojos muy intensos. Una nube, gris oscuro, rompía el sol por su mitad. Volvió a mirar a las hormigas, con su paso apresurado, siguiendo su ir y venir, ausentes a aquella otra realidad suya, y a aquella perfección. Se giró hacia ella, extremadamente bella. Se quedó en sus ojos un instante; era excesivamente preciosa, distinta, y distante y silenciosa.
Ninguno encontraba las palabras que parecían buscar.

7/5/10

Ser

Con mis lágrimas, recubriré tu vientre, de amaneceres.

3/5/10

Pinturas

Hay un perro enterrado en la arena, que mira hacia arriba, a su izquierda, a un espacio vacío, hacia nada. Me pregunto qué ve, qué mira. Todos los que pasan a su lado lo observan, parecen identificarse con él, pero sólo lo ven como si tratase de un cuadro, como si la realidad fuese en dos dimensiones. Y siguen. Tal vez seamos nosotros el perro, me digo.
La carretera es larga. El sol se ha pegado al suelo, aplastándose contra él. Quizá porque se ha caído, derramando todos los tonos posibles del amarillo, y los imposibles también.
No puedo apartar mis ojos de ese perro, ahí, hundido, en la arena de la cuneta, tragándoselo; cautivo, herido ante la ausencia de tantos, ante el abandono, ante el castigo, ante la indiferencia.
Miro al frente y veo ese espejismo de locos que se forma en la línea del horizonte, como una borrachera gris, producida por un cigarrillo eternamente consumido. Una mujer sentada, cuya cara es el proceso de sus emociones, huesos y músculos, el punto final del camino, de su destino, un rostro de Bacon, me mira desde allí.
Todo es rápido a mi alrededor, ahora, y sin embargo veo, como pasa, todo, con mansedumbre, como la lluvia del norte, que hace que los sonidos queden idos, suspendidos en las gotas de agua, desvaneciéndose en el suelo, sin sonido.
Tengo frío, a pesar del sol que quema, que aplasta, con es gama de amarillos.
Tengo frío, y mirar al perro semienterrado en la arena aun me produce más frío. Alargo la mano y no le alcanzo. Dos lágrimas me brotan. Nada más.

2/5/10

El otoño de las rosas

Necesito que apartes el velo, aun de seda, para verte sonreír, para poder hacerlo, para poder reír. Y es que nos queda tanto por decir, por ser y por sentir…
Alimentas mis adentros, en silencio, cuando te siento, cuando te huelo, como un drogadicto de luz, donde busco la verdad que sé, la fuente del ser, del saber, de todo; de eso que no se puede dejar, que se lleva como una oración, prendido en el pecho a fuego y cincel, como una promesa, como un milagro que no puedes creer, pero que es.
No quiero vivir más en tiempos rezagados, en el silencio del mundo, mientras no haya nada. Quiero el brillo de las perlas de lluvia. No quiero el otoño de las rosas, sino el esplendor de su olor, la primavera, tus pasos. Y escribo, por eso, con la nostalgia de un niño, nostalgia de la vida, nostalgia de ti. Y siento, como una pérdida, la vida no hecha. Por eso quiero verte sonreír, para poder hacerlo, para poder reír, por pura necesidad de respirar, de sentir, pero necesito que apartes el velo, para poder seguir, para ver la luz, para mirar la lumbre, para verte, ahí, a ti.

30/4/10

Hauki 16. Pureza/Pasión

Quiero vestirte
con lirios; desnudarte,
con amapolas.

29/4/10

Las razones de los muertos. II. Final

En todo ese tiempo no me he podido llevar un puto cigarrillo a la boca, y mira que lo he intentado. Lo he probado todo, de mil maneras diferentes, pero nada. Nada de nada. Por no poder no he podido ni siquiera cogerlo. Pero no sé que coño pasa que el olor si que me llega, o eso creo, pues a lo mejor es un asqueroso recuerdo. No sé. Pero estoy harto de estar muerto y no poder fumar a pesar de desearlo con todas mis fuerzas. ¡Qué asco de vida! No, ¡qué asco de muerte! Hay tres compañeros que no paran de seguirme a todos lados. Le han cogido gusto a mirarme cuando me acerco a alguien que está fumando e intento aspirar el humo que expulsa. Me muero de deseo, cierro los ojos, abro la boca y aspiro, pero nada, el humo me atraviesa y no consigo que entre en los pulmones. ¿Tendré? Pero lo huelo. ¡Maldita sea! Lo huelo, y me está matando. Bueno, matando no, que ya estoy muerto. Y los desgraciados se parten de risa mientras miro como lo hago. Si pudiera los mataba, pero como están muertos. Y ahí están, muertos de risa. Vaya frase: Muertos de risa. Muertos que se mueren de risa. Debe ser el colmo. Seguro que no se le ha ocurrido eso a ningún cuentachistes. Debería estar muerto para llegar a eso. Creo que estoy en el infierno. Si no, no lo entiendo. Mi castigo, oler eternamente el tabaco y no poder probarlo. Ah, que tiempos aquellos en que estaba vivo. Y así, me temo, durante el resto de los tiempos. ¡Qué asco de vida, pijo! ¡Qué asco! De muerte quiero decir. Aquí, sentado, y diciéndome a mí mismo esta sarta de tonterías, porque yo soy el único que me entiende, porque como estoy muerto -bueno, y esos tres estúpidos muertos que me siguen a todas partes riéndose a mi costa-, pues nadie me oye. ¿Quién iba a escuchar a un muerto aunque pudiera? Y todo por un puñetero cigarrillo. Qué mala suerte. Qué perra muerte. Perra vida y perra muerte. Si ya me lo advirtió mi mujer: un día, ya verás, el tabaco te va a matar. Quién me lo iba a decir. Qué cosas.

27/4/10

Las razones de los muertos. I

Yo soy un muerto. Así, sin más. Un muerto. Puede parecer una broma pero no lo es. Muerto, muerto. ¿Increíble? No. Es sencillo. Me quedé sin tabaco (que esas cosas pasan). Busqué por toda la casa, en los cajones, en los bolsillos de las chaquetas, en el bolso de mi mujer. Nada. Vacié el cubo de la basura por si había alguna colilla. Encontré una bastante grande pero estaba húmeda. La cogí ansioso e intenté encenderla. Ni “patrás”. Intenté recordar donde dejé aquel puro de la última boda a la que me invitaron. Le di vueltas al cerebro en busca de una respuesta. Y llegó. Me lo había fumado en una situación similar a ésta. Y es que soy un desastre y además... más perro que un trillo. Me hice una especie de liadillo con papel de periódico, pero el picor en la garganta y el dolor tan tremendo en los pulmones que el humo me produjo al entrar en mi cuerpo tras la primera calada, me indujeron a apagar aquello so pena de morir de una forma rara y espantosa. No me quedó más remedio que bajar a comprar un paquete. Me quité mi batín de cuadros escoceses, el pijama de felpa gris con la cara de un bulldog impreso en la camiseta, que mi mujer había tenido a bien regalarme para mi cumpleaños, las zapatillas de estar por casa, y me vestí. Las tres y media de la madrugada. No podía dormir y no tenía tabaco. Viernes. Mi mujer de parranda con las vecinas. Cuando llegué al único bar que quedaba abierto, después de recorrerme no sé cuantas manzanas, no les quedaba nada más que Ducados. Yo fumo rubio casi desde que nací. Parecía una conspiración para que dejase de fumar. Pero la necesidad de nicotina pudo más que el asco que me producía el olor del tabaco negro. ¡¿Que remedio?! Compré un paquete. Le di un billete de cinco euros y recibí (tras la consiguiente pregunta de: ¿No lleva suelto?, y la respuesta: ¡No!, un paquete de Ducados y una infinidad de monedas de diez céntimos. ¿Mala leche? Salí a la calle con un ligero desequilibrio hacia la derecha, provocado por el sobrepeso de las monedas en el bolsillo derecho del pantalón, abrí el paquete, saqué un cigarrillo y lo fui a encender cuando, en mitad de la avenida, me pareció ver un billete. No todo van a ser desgracias, pensé. Me acerqué y... efectivamente, un billete de cincuenta euros. Me agaché, con el cigarrillo aún sin encender en los labios, para cogerlo. Más contento que unas pascuas. Lo tenía ya en las manos y me iba a levantar cuando sucedió. Un borracho, sin miramiento alguno, me atropelló. ¡Y el cigarrillo sin encender! Muerto en el acto. Es sencillo. Por eso estoy muerto. Llevo dos años, tres meses y veintitrés días muerto. Y estoy harto.

25/4/10

Helio Martín

Helio Martín murió de susto. Jueves Santo. Se fue a pescar. Le dicen que en esa fecha… Pero él, que los santos le importan un comino, se baja al río. Un desprendimiento de un molino. Un estruendo enorme en la lejanía. Se corta el agua. Se seca el río. Sube asustado. En la puerta de su casa murió. Murió de susto. Era un Jueves Santo por la tarde. Allí quedó, caído sobre los adoquines, en la calle, delante de la puerta de su casa. Los ojos como salidos. Cara de loco, de aturdido, de ido…

22/4/10

Delicadeza

Caen, una a una, las hojas, como gotas de lluvia de los ojos de los afligidos. Sutiles, como las caricias de una mano que apenas roza, que sólo perfuma.
Y las siento en mí, dentro; delicadas, terciopelo.
Quiero perderme en los sonidos, y danzar, como la lluvia lo hace, sobre las hojas. Pero tan sólo puedo, tan sólo quiero, si estás ahí, entre los pétalos de las flores, como el regalo de una vida, intensa; como el sonido de una nana, adormeciendo suave.

20/4/10

El leve temblor de las amapolas

La cara compungida. El espíritu descompuesto. Siente la línea de su vida desdibujada, perdida en la nada, en el vacío, como agua clara que se escapa entre los dedos, como el rocío de la mañana con los primeros rayos del alba. Perdida en palabras, fruto de nada, de búsquedas inútiles por donde no hay. Vaga como un alma en pena, ido por dentro y por fuera. Calles ocupadas por el ruido. Noche sin estrellas. Una iglesia. Entra. La atmósfera suave. Tranquilidad. Silencio. Recogimiento. Una vieja, de negro, está sentada en un banco; la cabeza gacha. Le mira mientras anda por el pasillo central. Imágenes de la niñez le llegan cuando se arrodillaba en el banco, de suave rojo, casi apagado por el paso del tiempo y por tantas rodillas hincadas, por tantas plegarias rezadas, por tantas necesidades mostradas, por tantas agonías padecidas. Y las lágrimas, suaves, de un niño, surgiendo a borbotones, impenitentes, como de manantiales, como ofrendas de cristal transparente al dios de los milagros, al dios de sus padres, al dios de los niños.
Se arrodilla como antaño. Apoya los antebrazos sobre el respaldo del banco de delante. Cruza las manos, con fuerza. Siente el dolor en los nudillos de tanto que aprieta. Lo hace aún con más fuerza, en un intento, que sabe absurdo, de suplir el dolor del alma con el dolor del cuerpo. No hay lágrimas. Ya, parece, no hay niñez. Se siente nadie. Un ser solo. Roto, con un pasado maltrecho, con un presente muerto, con un futuro oscuro como la tumba donde yacen los seres más amados, los añorados, los extrañados, aquellos que se sienten como pérdidas de dentro y que te dejan un sentimiento de irredentismo. Apoya la frente sobre los pulgares de la mano mientras se sume en el sueño de unos sueños céreos. Llora hacia dentro. Padre, ¿por qué me has abandonado?, dice en apenas un susurro, para sí, con la esperanza, como cuando niño, de ser escuchado. Suave, a un dios desechado pero siempre presente; ocultado en los pliegues más recónditos de su atormentada alma. Señor ten piedad –siguió, y lo repitió una y otra vez, como un mantra-, Señor, ten piedad, ten piedad de mí, ayúdame, por favor.
De repente, como si a penas nada, una gota salina le escurre del alma, y la siente cómo suaviza el espíritu, cómo libera. Una gota apenas perceptible, silente, que siembra el suelo y levanta, apenas, unas motas de polvo, que se elevan. Oye un susurro. Levanta la cabeza. Mira hacia arriba. Ve.
Una estatua sencilla, de colores suaves, en tonos de azul, de rojo y de nácar, recién pintada, apenas acabada, que exhala un olor dulzón, muy agradable, y que antes no había notado entre los olores de cera e incienso. Pareciera que le mirase desde una mirada de siglos, profunda, que se le mete y se le clava, que le descubre y le traspasa, que le llega a los adentros, donde nadie antes. Y se deslumbra ante la sonrisa que le envuelve, que le arrebata. Y su alma ya no es su alma; se la regala, sobrecogido ante tanta belleza, ante el brillo de esa mirada. La piel blanca; el pelo oscuro, que asoma por debajo del azul del velo. Se siente perdido, y encontrado. Tan vivo como nunca antes. Muerto de un éxtasis que no conoce pero que ansía, que bebe. Ausente de sí, extrañado en ese poder, en esa inmanencia que ante sí tiene. Toda una vida de búsqueda y está ahí. Siempre hay un momento para todo, y éste es ese momento. La esperanza, nunca perdida, de una vida cruzada en mil azares, océanos de tiempo atravesados, tormentas inclementes, y ahí estaba, presente. El todo. Ahora es. Ahora siente. Sabe que no hay más, que en ella está todo, que siempre será. La mira a los ojos y siente que siente lo mismo, que sabe. Sonríe. Baja, ven conmigo, le dice. Soy yo, Munio. Sigue arrodillado. No consigue apartar su mirada de esos ojos, unos ojos que le dan, que le muestran el alma que lleva; de la sonrisa, una sonrisa que ilumina el espacio.
Se levanta. Se va. La vieja le mira partir. La calle es fría y ensordecedora. Ahora sabe que está preparado para la liturgia de la vida. Recuerda esa mirada y esa sonrisa, que lleva prendidas en el pecho como un escapulario. Siente el tremendo poder evocador de esas imágenes que lleva incrustadas en sus ojos. Siente el placer exquisito, y reservado -porque es lo que ocurre con los placeres exquisitos- de perderse ahí.
Vuelve todos los días. Se sienta y la mira. Un día tras otro. Impenitente. La mira. Le habla con los sonidos del silencio, con el alma, con los ojos. Paciencia, le oyó, cuajará la lágrima. Se convertirá en isla. Lloró, mientras sonreía, como sólo saben hacerlo los niños, como el niño que ha sido siempre, el que lleva dentro, el que es y no ha querido perder.

18/4/10

Relatos de los días de lluvia muda y helada

Tercer relato.
Nunca es
La luz ilumina una estancia pintada en colores verde grisáceo y amarillo macilento, desde un ángulo bajo, dejando casi en penumbra un espacio en el que hay dos recipientes de cristal, desvencijados, donde el polvo, posado, ha creado una pátina que apenas deja descubrir lo que hay en su interior. Una sábana, blanca, está arrugada, hecha un ovillo y tapa, casi en su totalidad, el sexo de lo que parece una persona mayor, de rasgos suaves, con arrugas que marcan el paso de un tiempo inexorable, intenso. Pelo blanco, barba blanca. Enjuto. Se reincorpora a medias y mira en derrededor. Extiende los brazos cómo inquiriendo. Crispa las manos, como sarmientos desperezándose. Fija la mirada en el techo, después en el suelo. Su mirada muestra la desesperanza, la imposibilidad de enderezar las cosas. Se sienta sobre la sábana. No le queda más que aguardar lo irremediable. Se introduce en él. No es la tragedia de un error fatal, o de un cúmulo de errores, sino la tragedia de la inevitabilidad. Un sino en manos de un destino inclemente, ausente de miramiento, inquebrantable en su decurso, en su acción, en sus tiempos y formas. Displicente y terrible. Quiso ser libre, piensa, pero no se atrevió, y de ahí el castigo, de ahí la culpa. Su responsabilidad es suya, solo suya. De ahí su abatimiento. Todo lo que pasa es su responsabilidad y el destino no juega, el destino es uno mismo, y él no fue su destino, no lo es.
En el otro recipiente yace una mujer, en posición fetal, desnuda. Encogida en su misma. Como queriendo fagocitarse. La mirada perdida en el otro, atravesando el ocre cristal sin ver, tal vez sin mirar.
Es un mundo de resignados. Un mundo de dos. Sólo dos. A solas consigo mismos y con el otro, pero sin el otro. A solas sin ellos, en ellos, con ellos, y nadie más. Un mundo de fantasmas, de vidas fantasmales. Una atmósfera irreal, de aire perdido, de aire malsano, pútrido, descompuesto, apenas irrespirable. Un olor acre lo llena todo. Se hablan con frases cortas, sobre ayer, como si no hubiera más tiempo que el del último día. Como si su vida se redujera a ese último día y el resto se hubiera perdido o no hubiera existido nunca. Hay en las miradas algo de incomprensión, y de aceptación, tal vez resignación, ante ese espacio, ese su mundo reducido a ese espacio y ese tiempo. Sin más espacio, sin más tiempo, en el pasado y en el futuro.
Hay una silla de ruedas en el lateral del espacio. De espaldas a los recipientes y a las personas que los ocupan. Una camilla se mueve, al lado, como movida por un leve aire que apenas perturba las motas de polvo suspendidas, como engarzadas por hilos invisibles, muy levemente, apenas, haciendo rechinar sus engranajes, muy quedamente, pero de una forma aguda, irritante.
No hay cólera. Todo es pausado. Sólo es. Resignación.
Parece la morgue, pero con vivos, o con muertos ya, precadáveres resignados. Muertos en vida, con un solo día. Nunca es.

17/4/10

Hay un cuadro en mi mente

Hay un cuadro en mi mente que me ocupa espacios y tiempos, pensamientos continuos, a destiempo o en él, en el tiempo. Un cuadro que me habla, que me dice despacio formas y colores, y sentimientos también. Es como si algo, dentro, me impeliese a volver atrás, a decir las palabras con el color, con las líneas. Y no entiendo muy bien por qué. Quizá resurge aquella antigua forma de expresión; quizás. Tal vez no debí hacerlo nunca, el apartarme de la pintura; tal vez no debí dejarla de lado, abandonada. Tal vez no debí hacer caso a las palabras ajenas y obviar mi interior, mis sentimientos, mis querencias, mis instintos. A veces ocurre eso, escuchamos a los demás y nos olvidamos de lo que nos susurra nuestro interior, nuestra alma, nuestro corazón. Quizá fue un error abandonar aquella vía de creación, de expresión, el tratar de expresar sentimientos mediante el pincel, de mostrar mundos, reales o imaginados, al margen de las palabras, de expresarlas sin estar, sin su grafía –a pesar de su belleza-, en un lienzo, en una madera o en cualquier material. Quizá. Quizá sea el momento de retomarlo, de volver a empezar, de nuevo, otra vez, de expresar así, de expresarme así también, para mí, por mí; tal vez.
Es una imagen extraña, un cuadro extraño, que será la expresión de una lluvia de lágrimas de colores, del llanto de las estrellas en la noche, en el fondo negro, tenue, de una noche ausente de luz, cuajada de líneas que resbalan por el oscuro espacio, por el negro terciopelo de la sombras, como perlas de color que resbalasen suave, con la delicadeza de una música tranquila, delicada y quieta, que acompañase esos momentos en los que estás cuando eres necesitando. Líneas del rojo de amapolas, del verde de la hierbabuena, del amarillo de los girasoles. Línea a línea, perla a perla, iluminando la noche, salpicando el firmamento oscuro, coloreándolo, resaltando el bellísimo azabache. Y es que siempre haces que lluevan colores, en la noche, cuando estás, cuando me sonríes. Me haces crear de una forma que…
Lo haré. Lo pintaré. Debo hacerlo y lo haré.

16/4/10

Camuflaje

El teniente coronel es vanidoso. Le gusta representar. Es el típico militar con mucha mano izquierda que le gusta trepar y que llega lejos, muy lejos. Habla cuatro o cinco idiomas y es querido y admirado por sus superiores, y entre la gente de otras naciones cuando se reúnen los mandos de la OTAN.
Adopta una actitud muy falsa cuando está con los hombres, sobre todo o por encima de todo, delante de la tropa. Aumenta el número de tacos hasta límites fuera de lo normal en un afán de ser ¿duro?, ¿como ellos?, ¿accesible? Sin embargo discrimina un grado. Cuando manda lo hace con cierto desprecio, distancia, marcando las clases incluso a su subordinado directo, al que le hace bromas como que ya sabe quién le va a limpiar las botas la siguiente mañana, o le espeta: ¿Te quieres ganar un arresto? Le ordena que conduzca él, a pesar del desconocimiento del terreno y de llevar un profesional que lo conoce y que domina ese tipo de coches como nadie.
Su preocupación principal es que se ha olvidado la gorra en su coche, y por ello no para de inquirir si está allí o no, porque no vaya a llegar el GMOE y… Su otra preocupación es estar para la llegada de éste, y cuando alguien le hace ver que eso puede hacer que se retrase monta en cólera y habla ordenando con toda la mala leche posible, a pesar de que muchas de las pérdidas de tiempo que estamos teniendo han sido culpa suya, por afán de protagonismo, por afán de chulería, como el subir a un punto determinado por una zona de bancales y plantas que laceran como cuchillos, con taludes prácticamente inaccesibles o de muy difícil acceso. Le digo que hay un camino cerca para el Nissan, pero me contesta que si yo podré, con interrogante, o que me vaya en el coche porque cree que para mí será difícil… No soy un miembro de operaciones de especiales, es cierto, pero la montaña es mi marco… Comenzamos y se va quedando atrás. Mi amigo me dice que bajemos el ritmo no vaya a ser que…
Tras la visita del GMOE nos quedamos sin tecol. Comienza la fiesta, el espectáculo.
1ª noche.
Día intenso. Extremadamente fatigoso. Exceso de kilómetros, paredes altas, algún descenso… Cenando bajo los pinos. Comida triste recogida a salto de mata. A veces he tenido cosas peores, también mejores. Las circunstancias. Lo importante es el desarrollo del momento, la montaña, las dificultades, el estar con los mejores especialistas. Aprender de ellos y con ellos, solventar obstáculos y escuchar este mundo nuevo, inédito para mí, al menos en directo, pues sus batallas las he oído con un par de amigos de allí dentro, y de alto rango. Sin nombres. Absolutamente prohibido. La seguridad lo exige.
Hablo con un sargento primero. Una cazoleta de café amargo y un cigarrillo en las manos.
- Cuando estás en una situación real, mientras se planifica, se organiza y te preparas, no hay nada en la mente, como miedo personal o por mi familia. Todo eso queda al margen.
- ¿Por qué?
- Porque automatizas. Durante toda la vida te has estado preparando para eso. Has hecho esas cosas miles de veces, en las maniobras, y actúas como si fuera una más. Sólo cuando comienza, o bien saltas del helicóptero o bien bajas del camión o del coche, te planteas el hecho. Y este es: ¿Estoy preparado para esto? Hasta ahora me han pagado todos los meses para hacer esto y cuando se presenta me asaltan estas preguntas: ¿Daré la talla? ¿Mis hombres darán la talla?
- ¿Qué te preocupa más, la primera o la segunda?
- Buena pregunta. Se ríe. Me alegro de que me hagas esa pregunta -en un remedo de gracioso, como si fuese una entrevista de periodista a personaje-. Pero la pregunta se queda en el aire.
Me cuenta cuál era la situación real. Renuente al principio para después pasar a generalidades, aunque sin querer decirme cuál era el objetivo. Pero la confianza, el frío, la noche que une, el hecho de saber que escribo y que a mi lado está mi mejor amigo, jefe del grupo, desata la lengua. Hace una pausa y lo suelta.
- Se trataba de entrar de noche en un pueblo serbio, donde había algunas casas separadas unas de otras y donde se sospechaba que, en el granero de una de ellas, había armas escondidas. El objetivo es entrar sin ser vistos, hacer fotografías, sacar pruebas y presentarlas al mando para demostrar que ahí hay eso y cómo actúan los serbios. Sabemos que los serbios son duros y están locos. Sabemos que todos tienen un kálashnikov, y aunque son personas y nos respetan o nos temen como fuerzas de la KFOR, queda el peligro que, de noche, se levanten, te descubran y, por miedo o por lo que sea, disparen, que se les crucen los cables. Porque a las dos o las tres de la madrugada, ¿qué pueden pensar que somos?, ¿qué hacemos? Y ante eso, ¿cómo responderíamos? ¿Hasta dónde me está permitido? ¿Puedo disparar a muerte sin problemas, sin límites? ¿Responderé a lo que se espera de mí? Hace una pausa. Mis hombres son todos unos pavos…
- Pero, ¿no son voluntarios? ¿No son todos del GOE?
- Sí, pero no valen “pa ná”.
Se calla de nuevo. Creo que con un vino y mejores viandas contaría más, o tal vez no pueda o no quiere contar más.
2ª noche.
Otro día de infierno. Intenso y magnífico.
Volvemos en el jeep, de madrugada. La noche tirado en el monte, comiendo lo que se ha encontrado. Vueltas y revueltas en busca de un enemigo fantasma. Toda una odisea. Me recuesto dentro como puedo. Un soldado primero, y uno raso con un gorro del desierto sujeto por los laterales, hablan sobre mujeres. La típica conversación de hombres. No hay variación apenas. Es lo típico. El soldado raso habla muy fino. Parece de Madrid, de Valladolid o de algún sitio similar. Gira la conversación hacia las motos. De mal en peor. Uno de ellos, no recuerdo cuál, opina sobre el que se mató, que se joda, larga, se lo merecía. No sé a qué se refiere, no puedo centrarme en sus conversaciones, me matan. De nuevo a las mujeres. Uno de ellos vive con una, en una casa con jardín y gatos extraños. Ha matado a uno; abatido, dice. No puedo más. Cierro los oídos, pero nada. El primero se tumba y sigue hablando mientras se baja el gorro sobre los ojos, como para dormir. Me suena a película de la guerra de Irak. Qué vida. Qué conversaciones. Me gustaría conocer a la mujer que vive con el soldado primero para saber cómo puede aguantar semejante vida. Sus palabras clave, caótico, abatir y “niquelao”.Todo un diccionario unido a miles de tacos, risas sin sentido y conversaciones de impresión.
Llegamos. Me hago una especie de colchón con hojas de pino en un minihueco que previamente he hecho. Me meto en el saco. Hace un frío intenso. Dormiré poco pero tranquilo.
Mañana se acaba esto. Me marcho a mi mundo.
Una paella a la vuelta con un vino blanco. Mi amigo y yo. Recogemos mis cosas en el cuartel. Me regala ciertos elementos del ejército, material de primera para la montaña. Seguimos hablando. Me promete información, pero cuando salgamos por ahí.

15/4/10

El nacimiento de una revista literaria

Con el nacimiento de "Másliteratura", con un formato muy cuidado y muy agradable a la vista, culminó un proceso de más de un año, y vio la luz una revista que pretende acercar la palabra a través de internet, mediante el cuento, la poesía, reseñas de libros, análisis de escritores y temas variados, así como el acceso del escritor nóvel a la publicación y una guía de concursos, entre otras cosas a las personas interesadas en estos temas. Un proyecto de muchos escritores, de diversas partes del planeta, en lengua castellana, que surgió de Escritores club, del que han ido saliendo algunos y entrando otros.
Se puede acceder a ella a través de internet, en descarga libre desde el sitio y también se puede adquirir en papel.
Aquí, el enlace a la página web de la revista y el widget del número 1:
http://www.masliteratura.com/

Número 1:



11/4/10

Relatos de los días de lluvia muda y helada

Segundo relato.

Hablaba en el vacío.
Pasea, dando la espalda siempre, como un símbolo del paso del tiempo, materializando el hecho y la compleja tarea de rememoración. Observa cómo personas, con metros de papel en las manos, miden espacios vacíos; observa unas señales de tráfico, con extrañas palabras y extraños símbolos, que dirigen a lugares sin sentido. Un escultor, sentado, trata de sacar de la piedra, que golpea con un cincel, la palabra; la mira, le grita y le increpa. La piedra sigue muda, sólo muestra su cara, una cara que es piedra. Lo observa. Continúa. Hay un grupo de personas que dan vueltas alrededor de ellas mismas, en un escenario no previsto de tan sabido, de tan hecho y repetido, como un tiovivo perenne que nunca parase, eterno, cuyas figuras de cartón piedra muestran la apatía de la repetición constante. Las mira con ese aire sereno que la distingue. Y sigue. Levanta la cabeza. Mira al cielo y le pide... A su alrededor sólo hay silencio. Se para. Se sienta. Cuenta su historia. Una historia lejos de la banalidad que impone la inercia en el vivir, y su compulsividad. Una historia brillante y con destiempos, y a veces... en la búsqueda del Libro de la Vida. La historia es densa.
La atmósfera pesada, mefítica, con augurios de escenas incompletas, de días de niebla que no levanta, de caminos sin salida. Camina. Hay libros desparramados en el suelo. Libros antiguos, releídos, acumulados unos sobre otros en un intento de coherencia, pero sin ella. Libros incompletos, con páginas arrancadas a la espera, de que, ella, repare esa falta. Una Babel en el suelo. Y ella pasa. Mira. Llora. No son el Libro. No dicen nada. No son. Sólo desea palabras. Porque la ausencia y el desgarro siguen alimentando la memoria, obsesivamente, sin pausa, sin tiempo, sin tiento. Una catástrofe que tuvo lugar, o que no tuvo lugar. Nadie lo sabe, aunque todos creen saberlo. Y gritan y gritan ensordecedoramente. Pero sólo hay libros con páginas que faltan...
Quiere salir por las grietas de Destino ante la imposibilidad de oponerse. Siente que hay algo superior que decide, algo demiúrgico, que taladra con una lógica que se repite una y otra vez. Reversible, pero en la palabra. Por ello la busca. Busca el Libro fuera de esos libros con páginas arrancadas. Habla, pero habla en el vacío.

10/4/10

En lo infinito

Yo busco personas en este océano de gente. Y no encuentro, o encuentro pocas. Tal vez porque busco en el lugar inadecuado y entre lo inadecuado, tal vez, no lo sé, tal vez esté equivocado, pero me cuesta encontrarlas. Alguien me dijo recientemente que había perdido la fe en las personas, y no, no la he perdido, la tengo, lo que ocurre es que, tal vez también, ellas, han perdido la fe en mí. ¿Soy exigente? Quizá, pero creo que hay que serlo so pena de caer en la esterilidad, en la abulia de lo anormalmente normal, y morir de tedio ahí, en ese corral, habiendo montañas a las que subir, por las que vagar, en donde mirar y perderse para ser y saborear. Por eso la montaña, ese lugar que no te pertenece nunca, sino al que perteneces, donde estás preso del aire leve, donde, si sabes, si eres, si tienes, puedes encontrar la sustancia de los sueños. Ese lugar remoto, hermoso y vertical, donde no cabe la mezquindad de la gente, donde las piedras tienen siglos y te muestran el tiempo, donde las hojas te enseñan a morir con el esplendor y la ternura del color, con la cadencia de su movimiento al caer y, tras posarse, esperar inertes el suave cambio matérico; donde el aire te arropa en murmullos lentos de sonidos cálidos, en músicas de siempre; donde se es sincero con uno mismo y con los demás, so pena de perecer. Es suficiente querer estar en ella y proponérselo para sentir la Vida, porque la montaña, como dijo alguien, esconde el verdadero alpinismo, el más puro espíritu de aventura. La vida está en la montaña, es en ella, porque ahí, en su seno, se aprenden los valores esenciales. Yo vivo. Yo he sobrevivido. Quizá porque no he querido ni podido dejarme morir. Por eso, tú, tú que haces cosas bellas, tú que buscas la belleza, tú que sientes la vida, que la buscas, que la ansías, no tengas miedo de medirte con ella, no tengas miedo de medirte conmigo. En la penumbra, cuando apenas la luz es, cuando todo se apaga, allí arriba, cerca de los cielos, cerca de donde las cumbres besan las estrellas, donde aún hay nieve, donde todo puede ser, atisbo esa presencia, tan distinta a las presencias que se mueven entre las sombras, de abajo, movidas por las mareas, como amebas gigantescas, apenas vistas por transparentes, apenas oídas por silenciosas; apenas nadas en la nada de esta vida no vivida por la que pasan. Y es que el mundo está lleno de inválidos de alma y cuerpo, como decía Baudelaire. Pero era un maldito. ¿Quién lo escucha? Oímos pero no escuchamos. Todos somos sabios de todo. Sabemos de todo. Los que más sabemos. Nos permitimos el lujo de aconsejar. Los perfectos consejeros. Los dioses de la nada. Pero somos incapaces de mirarnos dentro y ver nuestras miserias, nuestras vidas maltrechas, nuestras existencias tiradas, desperdiciadas. No queremos subir arriba; demasiado esfuerzo. Y desde abajo, sin conocer el camino, sin tan siquiera intuirlo, lanzamos gritos sobre cómo hacerlo. Y ahí nos quedamos, esperando que los demás se queden con nosotros, en el valle de las sombras, en la sima de los llantos. Triste consuelo para desesperados. Cuantos más seamos menos mal nos sentiremos, nos decimos, nos convencemos. Aire, para respirar; silencio para comprender, luz para mirar, color para vivir. La montaña lo es todo. La montaña es la vida. Arriba soy yo.
Un hauki para terminar, surgido arriba, bajo el manto de estrellas, arropado por el frío, a la luz de una lámpara de gas, y con una taza de café caliente en las manos. Donde todo es silencio. Donde todo respira vida.
Larga es la noche
revestida de ausencias.
Sólo el silencio.

2/4/10

La vida


Y siempre intento escribir cosas bonitas; incluso las tristes intento vestirlas, en la mayoría de los casos, y adornarlas, sacarlas de su espacio, iluminarlas para hacerlas agradables, para provocar sonrisas francas y eliminar melancolías. Pero dentro… dentro es otra cosa, en ocasiones. Y Dios, cuánto cuesta la vida, a veces; cómo duele, cómo amarga. Y a pesar de todo la vivo, o lo intento, con todas mis fuerzas, con todas mis ansias, buscando la esencia, buscando la belleza en todas sus formas, viviendo. Y busco, y sonrío, y sigo.