22/11/08

La chica ausente

Hay una chica que cada vez que la veo me rompe el alma. Regordeta, bajita, lo que redunda en la sensación de gorda. La cabeza siempre gacha. La mirada pegada al libro o a la libreta. La sonrisa ausente. La cara llena de granos. No es fea. No es guapa, pero no es fea. La gente la ve así, pero quizás es por su forma, por su carácter y por su aspecto exterior. Pero no lo es. Normal, simplemente normal. Tiene ojos oscuros y unas pestañas inmensas. El pelo, de color castaño, recogido en una cola baja. Viste siempre con sudaderas, bajo las que lleva una camiseta blanca de algodón y pantalones oscuros del mismo tejido. Intenta estar al día, pero la falta de dinero le impide tener marcas, y por ello se viste los dedos con anillos de plata, dos, y pulseras de hippie, tres. Todo en la mano izquierda, junto al reloj, hacia abajo, ocultando la ausencia de marca. Cuando escribe, la mano izquierda, con la que sujeta el papel sobre el que desliza el bolígrafo, siempre tiene el dedo meñique levantado en una postura elegante y graciosa. Me mira a veces. Muy rápido, fugazmente. Temiendo que la vea. Ayer le pedí que me enseñara lo que hacía. Me miró aún más. No con desconfianza, sino como si se hubiera dado cuenta que le importa a alguien por primera vez, que sentía interés por ella, como si hubiera descubierto que hay quien la ve, que está presente, que cuenta.
Los demás la ignoran absolutamente. No existe. Es un bulto que se sienta en una mesa contigua a la de ellos. Insignificante, casi transparente.
Me puede. Siempre que la veo se me parte el alma. Trato de estar presente, pero a veces no sé. Tampoco puedo. Tal vez con algún detalle, pero nada más. Por mi situación, por mi cargo. Pero se me abren las carnes. Sólo debo alguna mirada, y aun así temo. Por lo que sé que provoco o puedo provocar, y eso no quiero ni debo, pues los efectos pueden ser desastrosos. Ayer sólo le pedí ver lo que hacía y la miré un par de veces, con mirada suave, y a partir de ahí no dejó de mirarme. De hito en hito, pero continuamente.
La mayoría de las personas son inmunes a estas situaciones. La mayoría de las personas no ven a esas otras, incluso les son molestas. Como los pobres, los vagabundos o los viejos. Son los apestados de la vida. Y me puede. Yo no puedo con ello. Las lágrimas pugnan por salir debido a la impotencia, por el deseo de decir cambia, sonríe, la vida es maravillosa, un don del cielo, toda para ti, cógela, vívela. Pero no sé cómo hacerlo. Y sé, aunque espero que algo cambie ese destino, que su vida será un reguero de tristeza, de monotonía, de ausencias, de sinsabores, de abatimiento, intentados superar a base de esfuerzo en los estudios, en el trabajo, en las cosas triviales, pero viendo que a su alrededor hay cosas que le atraen y a las que nunca tendrá acceso. Así de triste. Así de tremendo. Y ruego al Dios de los necesitados, si es que existe, que se apiade, que abra la luz y le de lo que de verdad merece, lo que todos merecemos. Porque debe poseer un mundo interior grande e intenso. Que le muestre alguien que haga algo, que la saque de esa prisión, que le de lo que se merece, lo que todos merecemos.
A su lado todo son risas, todo parece normal, pero casi todo es vacío, ausencia, simplicidad sin límites, vidas grises aun con apariencia de color, simples, vacías, anodinas, carentes de interés.
Hoy he sabido que se ha suicidado. Y yo me fustigo por no haber sabido, por no haber estado. Y el Dios de los mediocres reina en este mundo del que yo sólo soy un pobre bastardo. Por inútil. Por innecesario. Por no saber estar, por no saber ser. Por…
Hay cosas que sobrepasan lo imaginable. Hay cosas imposibles. Hay hechos que te dejan mudo y sin sentido, atado al sillón, muerto. Hoy, leyendo la prensa me encuentro con esta terrible noticia. ¿Coincidencia? Sólo me produce abatimiento, y una sensación de soledad e impotencia, de tristeza y dolor, que me rompe el alma. Hay días que sería mejor no levantarse.
La noticia es la siguiente:

ANNA GRAU NUEVA YORK
Sábado, 22-11-08
Extraído del periódico ABC

A muchos les pareció que era una broma de mal gusto pero era real. Abraham K. Biggs, un chico de 19 años de Florida, se suicidó ante los ojos de 1.500 personas que le veían por Internet. Tuvo el pudor de dar la espalda a la webcam antes de ingerir una dosis letal de antidepresivos combinados con sedantes y tumbarse en la cama. Así permaneció expuesto a la curiosidad de todos los usuarios del canal de vídeo Justin.tv.
Algunos le acusaron de hacer el payaso y le insultaron. Otros se acabaron dando cuenta de que incluso si se había quedado dormido su inmovilidad resultaba sospechosa. Como si no respirara. El canal acabó rastreando la localización geográfica del joven, cuyo nombre de guerra era CandyJunkie (yonqui de las golosinas, adicto al dulce), y avisando a la policía. Los agentes le encontraron muerto y lo único que pudieron hacer por él fue apagar la cámara.
Al día siguiente la angustia embargaba a la comunidad electrónica, aunque no a todos por igual. Los dueños del canal se defendieron apelando a los mismos usuarios para dar el aviso cuando se emitan imágenes «impropias». El perfil de Abraham en MySpace se convirtió en un punto de peregrinación electrónica, con mensajes de los amigos del suicida expresando su consternación y afirmando que le echaban de menos.
¿Por qué lo hizo? Dejó una nota llena de vaguedades terribles: se acusaba de haber hecho daño a otras personas y decía despreciarse por considerarse un «fracasado» sin remedio a los 19 años. Algunas informaciones apuntaban a un amor contrariado, a una novia que le abandonó por otro con más dinero.
No hace tanto Abraham no parecía tan desesperado, y pedía atención y amistad por la red de redes. «Llamadme o escribidme si tenéis un problema, y nunca os daré la espalda», aseguraba. Hasta que se acostó.

2 comentarios:

Annabel M. Z. dijo...

A veces nos decidimos a actuar cuando es demasiado tarde. Quién sabe si se podría haber evitado. Seguramente no.

Un saludo.
He estado por aquí un rato, leyéndote.

Annabel.

Anónimo dijo...

Cuánta razón llevas. El problema es querer, saber mirar, y quizás, en último lugar, poder. Probablemente no. Seguramente no. pero quién sabe. De ahí el dolor.
Gracias por entrar por aquí.
Diego