9/11/08

Cuaderno de viajes. La montaña. El Pirineo. El suelo.


La muerte viste de marrón el camino. Otoño. Lo engalana de tonos marrones y, salpicando, de pinceladas en rojo y amarillo. Las hojas me enseñan a morir, y no es más verdad que la verdad, pero la verdad es a veces de colores, y la muerte es bella si la sabes mirar, si la miras, si la aprehendes, pero sobretodo si la aprendes.
Cuando asciendes la montaña, se abre como una meretriz y te regala su sonrisa más abierta. Se viste con los atuendos más ampulosos, con los tonos más hermosos. Se te muestra. Otoño. El ojo es el que debe ver, y la mente interpretar, esa sinfonía. No hay sonido aparente. Apenas algunas gotas de agua que resbalan por las hojas del roble y del acebo, del abedul y del fresno… Las lágrimas de la nieve, derretidas por los rayos del sol de la mañana, que hieren… Gotas que apenas dicen. Gotas. El río a veces, que desliza entre las piedras y suena levemente. Cantiga antigua. Delicada. Y a veces el vuelo asustado de algún pájaro. Nada que rompa el encanto de lo sublime. Todo ayuda al silencio a estar más presente. Silencio total, absoluto, envolvente. Para ti. Para mirar. Para escuchar. Para sentir. Para ver. Te oyes a ti mismo. La respiración. El jadeo de la marcha. El andar. El sonido que haces cuando quiebras la nieve. Hay cierto placer en pisar la nieve virgen, y un sonido que te eleva y te lleva atrás. No hay más. Sólo queda oír lo que se te da. Lo que la vista te da. Lo que la montaña te da. Lo que hay en ti.
Y el regalo de las huellas. Las pezuñas hundidas en la nieve. Los rastros nítidos de los “dedos” y su avance, a veces lento, las más de las veces, a veces rápido, las menos; el arrastre de las patas al salir de la nieve honda. La constancia. Sus trochas. Sus caminos de ida y vuelta, sus vericuetos a veces sin sentido. Otras sí. Te marcan el camino. Es el camino. Nunca hay pérdida. A veces olvidamos lo que fuimos, lo que somos… y nos vamos. Sólo hay que seguirlos. Seguirlas. Ver. Aprender. Ser humilde. Andar. Y entonces todo se te entrega. El suelo es un regalo para el alma, la cuna de los sentidos. Y la muerte viste la vida de colores, y la vista cubre el alma de vida.
Saber vivir. Saber mirar.
Todo a mi alrededor es un regalo.

1/11/08

La muerte constante. II

Crescencia fue contratada tras el alumbramiento del primero de los vástagos de Don Medardo Hoyos Rubianes por su mujer Doña Marina de Villasante Jiménez, hija del héroe del bando nacional durante la Guerra Civil, Francisco de Villasante Olmos, aquel que, después de ser hecho prisionero por las hordas rojas (en su terminología ideológica y castrense), tras el cerco y posterior asalto en Santa María de la Cabeza, consiguió huir del tren que lo trasladaba a la capital de la provincia para ser fusilado, cosa de la que no estaba al tanto, pero que, por esas circunstancias propicias que suelen rodear a los héroes, fue avisado por un gitano que, ¡Oh diosa fortuna!, iba en el tren como fuerza de asalto y que había sido sacado de algún que otro apuro cuando, Olmos, como era conocido por el común, estaba destinado en el ignoto pueblo de Sierra Morena donde vivía el mentado calé, en calidad de Comandante de puesto. Título que no le venía por su graduación, pues no era sino un simple cabo, toda vez que se había insertado en el cuerpo de la Benemérita tras un altercado familiar con su madrastra, con la que su padre había contraído nuevas nupcias tras el fallecimiento de su madre, y que, según contaban las crónicas familiares, no era un dechado de virtudes, la madrastra, en sus relaciones con la prole que traía consigo el allegado, aunque sí poseía un amplio registro de virtudes amatorias, de ahí las prisas del padre para el casorio. Contaban las malas lenguas familiares que solía remolonear en la cama y que se levantaba tarde y mal, con gesto hosco y ceñudo, exigiendo las viandas para, tras dar cuenta de ellas, volver a la cama, donde a no mucho tardar se incorporaba el patriarca, para dar suelta a sus muchas y perentorias necesidades venéreas, y como la cara de satisfacción era notable y evidente tras el ágape amatorio, lógico es que permaneciese más atento a las necesidades y querencias de su dueña que a las de sus hijos. Necesidades carnales que pasaron a la mayoría de los miembros producto de su actividad genésica, sobre todo a los del sexo masculino, empezando por el héroe de la Batalla del Ebro, de Teruel y de tantas y tantas hazañas, unas militares y otras de orden disparejo, y pasando por el primogénito y por el primogénito de éste, y así hasta la generación presente; pero no solo pasó el gen victorioso a los primogénitos varones, también lo hizo, saltando a las mujeres, a los primogénitos de éstas, que no se sabe bien por qué casualidad, siempre fueron hombres....

21/10/08

Era una noche prodigiosa

Siempre hemos oído contar un cuento. Incluso algunos lo hemos escrito. Forma parte de nuestro acervo cultural. Los llevamos dentro. Está en nuestro subsconsciente colectivo. Alrededor de una hoguera una figura mayor, tal vez el hechicero, relata a su calor, entre las luces y contraluces que las llamas provocan, alguna historia a niños y no tan niños, que miran arrobados esa figura que les transporta más allá de su realidad real. ¡El lobo!... Dice Nabokov que hay magia en la combinación de las palabras del pastorcito. Según él, ese niño fue el hechicero del que salieron todos los cuentos. Cuentos en todas las culturas, en todos los pueblos y en todos los tiempos. Poe, Kafka, Borges, Konrad, Kipling, Cortázar, García Márquez, Melvill… Cuando se comienza a contar un cuento se abre el apetito de escuchar y éste alimenta el de contar. Y el que cuenta siempre oye una voz en su interior, que surge de todas las voces de los que han contado, obligándole a seguir contando. Es todo un placer contar un cuento. Es todo un placer escribir un cuento. Érase una vez…, Once upon a time…Y todo surgió en Mesopotamia (donde casi todo, y donde hoy casi nada), en las montañas de Irak y sus alrededores, donde según la tradición debió estar el Paraíso de donde fuimos expulsados, allí donde se contaban los cuentos a la luz de las llamas. Allí nace el Gilgamesh, y se va a la India y surge el Mahabharata, y se va a Israel y aparece la Biblia, y sigue en Europa con Bocaccio y en el mundo musulmán con Las mil y una noches. El cuento es la esencia de la Literatura. De ahí quizás una de las frases más hermosas que he leído nunca. De Dostoievsky, cuando en sus Noches blancas dice: "Era una noche prodigiosa, una noche de esas que quizá sólo vemos cuando somos jóvenes, lector querido". Debemos seguir contando cuentos, y como ya no es posible en la magia de las noches de plenilunio arropados por el amarillo de la hoguera, hagámoslo con la magia del sonido de una pluma rasgando el papel al escribir sobre él.

18/10/08

La muerte constante. I

El verano vino de una forma tan intempestiva y extraordinaria como lo hizo el invierno, y como el anterior y el anterior, y así todos desde que sus recuerdos estaban con él. De un día para otro, sin avisar, el calor se apoderaba de Constanza y de todas las personas y bestias que habitaban en ella. De los pájaros no, porque nunca había habido, o no los recordaba. Ranas sí, pero pocas y pequeñas; culebras también, de agua y de tierra. Las de tierra eran las peores, porque salían sin avisar, de pronto no estaban y de pronto sí. Aletargadas todo el invierno y de una noche para otra, sueltas por el campo, por los trigales y los olivares, enroscadas, con la lengua saboreando el calor. Eran víboras y alicántaras, con sus rayas en el lomo, enigmáticas y atractivas. Él siempre las confundía, porque sus padres no eran del campo. Los agricultores y su recua si sabían hacerlo, por toda una vida de convivencia con los ofidios y por alguna que otra pérdida en ambos bandos. Aquel año, como casi todos, las culebras campaban a sus anchas, apareciendo por las calles y por las casas. A veces se encontraba alguna en las camas de los niños de pecho, entre las ropas, arrebujadas, como hermanas de leche, calentándose con el calor de sus menudos cuerpos. Se las perseguía, a veces, con todo lo que se tenía a mano y se las mataba a palos, otras, pues el tiempo hizo que la costumbre diese en mudar el pensamiento que hacia ellas había, y así, al acostumbrarse a ellas, se las dejaba en paz o sólo se las perseguía hasta que salían de las casas o de las calles y se iban por los albañales o por las calles hasta las lindes del pueblo, a la sierra o a los campos de labor que rodeaban lo rodeaban. Alacranes también había, gordos y lustrosos, en los huecos de las tapias y debajo de cualquier cosa dentro de las cosas, aguantando los calores de aquellos veranos infames e interminables que hundían el pueblo y a sus seres en una abatimiento silencioso que les hacía deambular, en las horas de mayor intensidad, como almas en pena en busca de rincones frescos. Él siempre miraba en esos rincones, a pesar de las advertencias, guiado como por un imán por lo prohibido, por el peligro supuesto pero no vivido, temido pero no sentido. Y una vez, cuando tenía algunos años, miró en un agujero del tapial que seguía la pared de su casa, y que lleno de agujeros le miraba a él como retándole, y creyó ver uno grande y hermoso, y su instinto pudo más que su miedo, y metió la mano para tocarlo, y lo notó frió. Sacó lo que creía un escorpión, presa segura para enseñar, con la candidez de sus pocos años, a sus amigos, ajeno al peligro, y su sorpresa fue mayor que el desencanto de no ser un alacrán lo encontrado. Dos duros había en sus manos con los que compró y compró cosas en el puesto que el Mudito tenía en la plaza del pueblo. Un coche azul de plástico, descapotable, con las ruedas negras, y un camión, amarillo y rojo, y pipas y garbanzos, caramelos y altramuces, y aún le sobraron cuatro pesetas, que metió en sus pantalones cortos, de felpa, que le daban calor y picor, pero que eran los del invierno, cortados con la rapidez que imponían los nuevos tiempos y la rapidez con que venían, en la primera mañana de calor, por Crescencia, la muchacha que vivía en su casa como fámula...

14/10/08

El sonido de un oboe me dice...

Surge el sonido del oboe casi en falsete. Penetrante. Casi como un quejido denso y lento. Con esa calidez que casi ninguno (salvo el violín, la otra danza de los sonidos). Respirando el aire que hay en la atmósfera y haciéndomelo respirar. Dirigiendo el tempo, acompañado de cuerdas, graves, violines y violas y un contrabajo. Se para y empieza. Y unos triángulos aterciopelan el alma. Hay como un aire que recita, que se eleva y desvanece, que penetra y aturde, que te lleva y engalana todo lo que miras, lo que se mueve, lo que se oye. Las notas se enroscan sobre sí mismas en suaves y armoniosas volutas de incienso etéreo que desfallece perdiéndose entre las ramas. La madera degusta los sonidos que produce, casi un catabile. Melodía melancólica. Armonía desganada. El sonido taciturno y lento que se desmaya y te desmaya. Las cuerdas suben la intensidad, con suave cadencia, como animando. Despacio. Y el oboe las sigue. Y parece agudo, sin serlo. Suave terciopelo de noche estrellada. Lluvia que se deshace en las hojas de un bosque cierto, donde solo el viento, entre las ramas, deja sonido, y aun con desgana. Y todo desaparece calmado. En suave compás. Muy quedo. Hay como un aire que recita, en él, que te penetra y aturde, que te eleva, que te sueña, que te siente, que se te queda. Los sonidos. La nitidez es tan asombrosa que la noche refulge y se hace día. Es como un quejido. Suave. Denso. Lento. Apagado. Amigo. Amado. Y siento de nuevo el dulce encanto de la niñez. Y lo extraño. Me arrebujo en él y me duermo, calmado, acompañado.

13/10/08

Hondura

¿Dónde se siente lo hondo? ¿Lo profundo? ¿La hondura? ¿En las entrañas? ¿Qué es la hondura? Entras dentro y te dejas llevar. Hay profundidad, sentimiento, duende. Y por eso. Produce armonía. Hay armonía. Calidez. Te arropa con el calor de dentro. Te cubre suave. La sonrisa franca, de verdad. Es de verdad. Siempre lo es, aunque a veces… Siempre es. De ahí… En la totalidad. Se oyen sonidos que salen de dentro. De dentro y de lejos. Cante por “soleá”. Y por alegrías. La totalidad. Es todo. Siempre lo es. Y entra. Entra y te ocupa. Te llena. Abre de par en par todo a la vida. La siente, la vive, te la muestra, te la ofrece, te la da. Los batientes apoyados en la pared. Aspira el aire y se lo bebe. Abre los ojos y se los llena de luz. Abre la boca y degusta, y te adorna de palabras. Abre el alma y quiere llenarla y agrandarla. Henchida de todo. El mundo es un vaso que ha de ser bebido, y por ello lo apura. Lo apura con delectación. Es deseo de ser. De vivir. Hay tal intensidad en todo que asusta. Pero te invita a vivir, a sentir, a jugar. Puro placer. Sentidos. Armonía. Es un territorio donde es fácil sembrar. Fértil. Mágico. En ella se siente lo hondo. Ella es hondura. Dentro. De dentro. Como el cante. Por alegrías. Por “soleá”.

6/10/08

El cielo no existe


¿Sabes lo que más me preocupa? Cagar. Joder, es que me tiene de los nervios. ¡Puta gente! No te dejan respirar ni un momento con los putos morteros. Y lo peor es que con esta ansiedad, cuando voy no puedo. Creo que voy a ir ahora, si no me van a salir unas almorranas de cojones. No voy a poder sentarme en la puta vida como siga sin cagar un día más.

El cielo no existe. Todo es infierno. Calor. Un infinito calor que hace que el sudor caiga en gotas que corren con una constancia aterradora por la cara, por el cuello, por el pecho, por la espalda. El calor cala en los cuerpos y en las almas de todo lo que se mueve. Ralentiza. Exaspera. Y un amarillo inmenso ciega los ojos. Es imposible mirar y no sentir un escozor intenso en ellos. El sol parece mucho más grande y abrasador que en cualquier otro lugar. Te hunde. Te ensimisma. Te empequeñece. Y la arena, que se mete por todos los poros de la piel y se queda ahí, incrustada a ella, pegada a ti como un sudario horroroso que no te puedes quitar con agua y jabón. Jamás. Una prisión. Esto es una prisión infame que no desaparece ni con la noche.

Ahora les ha dado por descansar. Tendrán calor, o sueño. Vete tú a saber. No los entiende nadie. Ahora es el momento. Me duele la barriga como nunca. Tres días son muchos días. Y tiene que ser malo. Tiene que serlo. Desde la salida de la mañana, o la incursión de la otra noche. Toda la noche. Toda la puta noche arrastrándonos por la arena. Sin objetivo. No lo veíamos, o no estaba. Una noche tirada. Hasta el catre me sabe bien aquí. No hay estrellas. O las confundo con las trazadoras, con las bengalas, con todo lo que vuela. La noche es para dormir, joder. ¿Qué coño hago yo aquí? Voy a cagar ya de una puta vez. No se oye nada. Cruzo y ya está. Podían haber hecho las letrinas un poco más cerca. Y otra vez los morteros. A un paso. Es que no se puede ni ir a cagar, joder. Y ese casi dentro. Una mano me coge por el hombro. ¡Qué susto joder! Pégate a la pared, me dice. Sí mi comandante. Es que iba a cagar. ¡Joder, qué estrés! Así no se puede vivir. Pero pégate a la pared, hombre. Me insiste con una sonrisa. Es que tenía prisa. No puedo más. Desde el otro día, en la ciudad. ¿Se acuerda? Aquel hombre con un niño en brazos. Destrozado. Sin piernas. Cubierto de sangre. Lloré. Lloré mi comandante. Y le juro que hacía años que no. Vaya puta mierda. La cara del niño la veo siempre. No me la puedo sacar de encima. Es peor que el polvo. Y el padre. Porque debía de ser su padre. Había dolor. Negación. Incomprensión. Y los colores que lo envolvían todo. Raros. Discordantes. Bellos. ¡Vaya puta vida! ¿Y si fuera mi padre? ¿Y si fuera mi hermano?

El cielo no existe, todo es infierno alrededor. Todo lo tapa. No hay nada. Calor. Un infinito calor que todo lo pudre, que todo lo mata. Muerte. Solo muerte alrededor.

Quizás

Ella es, quizás, quien me hace subir la escalera de la vida, paso a paso, lenta, suavemente y con dulzura. Ella es, quizás, la que me da las razones para vivir, sin determinar el qué, el cómo, el cuándo y el dónde, si no tan sólo el vivir por el vivir mismo. Ella es, quizás, quien abre la belleza que hay en el mundo, a mi alrededor, y me la derrama en cascadas de iridiscencias exquisitas. Ella es, quizás, quien permite a los sueños que se hagan realidad en torno a mí. Ella es, quizás, la cruz del atardecer que se muestra en todo su esplendor cuando miro hacia arriba y espero. Ella es, quizás, la que hace que el amor sea real, recordándola, cuando el día muere. Ella es, quizás, la que hace que la risa se pose en mi rostro iluminando la vida. Ella es, quizás, la que me hace oír los acordes más exquisitos que la música desliza por mis oídos cuando rompe el día. Ella es, quizás, la que hace que crea en ella. . Ella es, quizás, Ella.

5/10/08

Venid

Venid. Venid, malditos de mi Padre. Postraos. Hincad la rodilla en el duro suelo e implorad por vuestros pecados. Elevad plegarias por vuestras muertas almas. Rogad inmisericordemente por vuestra inutilidad. Alzad los brazos y clamad con la fuerza de lo inútil contra el Adviento que se os aproxima. Vuestro tiempo. Desgarrad vuestra piel y tapaos los ojos con ella. Ojos que no ven, que solo miran. Hijos de la negación. Ojos que han visto la nada porque la nada son. Dejad vuestras cuencas vacías, pues ya no hay tiempo. Hijos de la impiedad, llorad. Llorad, malditos de la Tierra. Agachad la testuz como signo de lo que no sois ya. Y esperad. Esperad el momento en que el hierro horade la cerviz y os reduzca a muerte. Venid. Venid, malditos de mi Padre. La hora es llegada. Es el tiempo del Adviento. Vuestro tiempo.

Regueros

Bebí las aguas de tu aliento y descendí al Hades, infierno de los sedientos, con el lamento pútrido del desastre envolviendo mi alma como un sudario descompuesto. Y las lágrimas ya no eran sino frías piedras de mármol negro, lamentos de azabache resquebrajado.

Me muevo con la suave cadencia de una ola, acariciando el viento que se desliza entre mis dedos. Avanzo lento por el flujo de la vida oyendo los sonidos ampliados de no sé qué cosa… Muero.

El sonido seco del percutor. La velocidad de una bala. El golpe contra el cuerpo. La luz que se desvanece. El aliento que se hiela. La vida y la muerte. Despedida.

¡Qué hondos y tenebrosos son los caminos del despropósito! ¡Qué amargas las consecuencias! Me devano el alma, los sesos, en busca de las acciones, de los lamentos y su por qué, y no encuentro sino desazón y abandono. Íntimamente perturbado. Desolado. La raíz sin límite. La inconsecuencia y su realidad. El denuesto. No hay sabor. Ni olor. Solo desastre. Irresponsable. Solo el yo. Siempre el yo. Solo encuentro la sinrazón amarga de un amor apagado, marchito, que se va por la cloaca del absurdo y su inconstancia. Miramos y no vemos. Pensamos y no sentimos. Queremos, pero no amamos. Pero creemos. O queremos creer. O pensamos que creemos. No avanzamos. Decimos de las palabras. Decimos las palabras. Siempre yo. Siempre el yo. Observamos los colores y los transformamos en una suerte de alquimia, que acabará con la destrucción de todo lo bello, en negro. Negro que degradamos para conformarnos, para confortarnos, para creernos. Desilusión. Triste desilusión que apaga.

Caen las gotas una a una con un ritmo inmisericorde, creando círculos concéntricos que se expanden agotándose suavemente en la nada de lo aparente. Dejamos de ser por sentir que creemos. Como el agua pútrida de una cloaca. Deshechos. Trazos mal hechos. A cincel. Abandonamos los pinceles con los que hemos dibujado los trazos más hermosos de una vida de colores, para armarnos de espátulas y clavos con que horadar y fijar, en un afán sin sentido por parecer, por creer que es lo que no es, por tanta estulticia. Vana ilusión. Vanitas vanitatis.

La desesperanza es el peor camino para la razón. De ahí tantos errores cometidos. Prefiero el sueño. Quiero el camino del abandono, antes que el pensado a base de inconsistencias, de creencias del Yo, de querencias del Yo. Yo. Prefiero soñar con despertares entre rosas y azucenas, lirios y amapolas. Prefiero andar por la senda de los colores, que por el camino de la querencia, de la apariencia. Prefiero el sueño del tiempo que no es, pero que regala la vida con su belleza infinita.

Y suena la muerte. Dispara. Se acaba.

29/9/08

A veces. Siempre.

Se me va el alma cada vez que te vas. Y ya ni puedo tan siquiera vivir. Apenas respirar. Y mi alma me la dejo contigo. Se me queda. Se me muere. Se marchita. Desaparece con la languidez del desahuciado. Del condenado a la horca. Del apestado. De mí. Y apenas puedo ser. No soy. Tan sólo estoy. Y eso… En ti. Solo en ti. Pero… no estás. Ya no estás. Nunca estás.

25/9/08

Inconstancias

Y de pronto aparecen los recesos en la vida, como resacas intempestivas. Como una yunta de bueyes que tira de ti en la dirección contraria. Como una soga de pita que te ahoga y que te impide. Siempre la inconstancia. Y la inconsistencia, su más fiel aliada. Las razones son las de siempre, o las de nunca. Y te dicen. Lo lamentable es no haber oído las campanas repicando a muerto. Los quejidos surgidos del abismo de tu alma avisando con su inmisericorde miserere en un fúnebre tañido premonitorio. El mundo se desploma como un castillo de naipes mal construido a pesar de los esfuerzos. Y suena la música. Un Réquiem. Por los que van a morir. Por los fallecidos. El tiempo de las tempestades ha terminado. Empieza la eternidad. El vacío. La nada. La falacia de una vida hecha a jirones se desmenuza en polvo de huesos corroídos y no queda. Y te preguntas las razones del por qué de este instante, pero eres incapaz de acertar con la respuesta. Seguramente escondida a quien la busca, o no hay respuesta. Necedad. Los seres inicuos acaban derrotados en su misma miseria, hundidos en ella. Atrapados. Y aun creyendo no serlo, no estarlo, fallecen por inanición. Amargados. El tiempo atempera, pero expone. Y de una forma más cruel, si cabe, que en el momento del deceso. Y es por todo ello que, a veces, no sabes el camino a seguir. Ni tan siquiera si el llevado era el correcto a pesar de las esperanzas y las flores derramadas. Cuánta amargura. Triste el tiempo agasajado. Triste momento. Y el problema es que ya no es tiempo. Es que ya no hay tiempo. Porque este no es el tiempo. Imploras al dios de los desastres y se te niega el hecho. Inconsistencias. Irrealidades. Y ante eso… Nada. Después de eso, nada. Solo tiempo, pero otro tiempo.

23/9/08

Certeza

Eres tan cierta como la profundidad de los campos ocre de trigo moteados por el rojo de amapola. De ahí tanto. Y espero. Espero porque los lirios engalanan tu alma al compás de esa música que derramas cuando miras con tus ojos, espejos que te delatan, y que enseñan que no hay nada más cierto. Solo tú. Por eso siempre te espero. Y escucho el rumor del agua que se despide en mi pensamiento y quiero, quiero volver a casa. Desnudarme. Despojarme de las dudas. Eliminar las hojas que me envuelven. Aliviar mi alma. Desposeerme. Quiero volver a casa y encontrarte. Vestirme con tu piel y eliminar las hojas que me envuelven. Apartar el otoño. Morir en invierno. Eres tan cierta como la profundidad de los campos de ocre moteados por el rojo de amapola. De ahí tanto. Y espero.

18/9/08

Incerteza. Ausencia.

Hoy ha muerto una paloma blanca mientras escuchaba a Bramhs. Sueño. Te veo. Te miro. Algo se acaba. Vislumbro. Se me va el alma cada vez que te vas, que no estás. Y ya no puedo siquiera vivir, apenas respirar. ¿Dónde están las piedras que pisamos? ¿Dónde los ríos que cruzamos? ¿Dónde las montañas que subimos? ¿Dónde las flores que cogimos? ¿Dónde las palabras que dijimos? Hay espacios que nunca deberían cerrarse. Hay momentos que nunca deberían detenerse. Cantaré los salmos más hermosos, solo para ensalzar tu belleza. Me beberé la vida hasta el último sorbo, solo porque sin ti no puedo estar. Construiré torres tan altas que tan sólo tú podrás subir. Pintaré flores de colores tan hermosos que solo tú sabrás apreciar. Lloraré ríos de tinta que solo tú sabrás interpretar. Crearé lágrimas de perlas de mares imposibles para adornar tu alma. Te mostraré las manos limpias para que te puedas agarrar. Te creeré. Créeme. Te creeré. Recogeré el halo de la Luna para coronarte y esparciré estrellas a tu paso para que tus pies no se manchen. Te llevaré conmigo donde nadie puede ir. Seré la sombra que te acompañe, siempre, en tu caminar. Y ahora. ¿Ahora qué? Sueño y no consigo despertar. Hoy ha muerto una paloma blanca. Algo se acaba. Vislumbro. No estás.

15/9/08

Al niño de sonrisa amable y mirada triste

Cada vez que lo intento agoto el impulso y no puedo. Te puedo creer porque te llevo, y te siento, tan dentro, que me quemo y que muero de dolor. De un dolor que me quedo, porque te quiero, porque no puedo ni quiero otro. Este. Este es el que quiero. Porque te he visto crecer y ahora ya ni puedo. Andando por mis lamentos me acerco, como puedo, y te miro. Te miro y te veo. Te miro y me veo. Te veo. El niño de la sonrisa amable y de los ojos tristes. Y te siento. Tan dentro. Tan hondo. Y muero. Mírame, que te llevo. Siempre te llevo. Lo puedes ver en mi cara. Y en mi alma si miras dentro. Ahora te puedo creer porque no hay nada cierto. Solo tu alma, que me envuelve y me aquieta, que me acerca a lo que siento, a lo que quiero. Te siento. Por los pasos dados en pos de algo que me llegó a destiempo y que desde entonces se me quedó tan dentro. Clavado hondo. A fuego. Y que quiero con la fuerza abisal que dan los pasos dados en el tiempo. Soportados. Andados a quejidos. Ahora te puedo creer porque te siento quemando mis entrañas a fuego lento. Y cada vez que me miras te encuentro. Y cada vez que me miras, me encuentro. Tú, el niño de la sonrisa amable y mirada triste. El niño que siento. Mi alma pequeña. Mi centro.

14/9/08

Cuentos solidarios


Casi todos tenemos algo malo y algo bueno. Casi todos poseemos la capacidad de ayudar a los demás. Sólo nos falta, a veces, un empujón, una ligera ayuda. Casi todos, cuando vemos imágenes de hambre, muerte, violencia, pensamos que se debería hacer algo para solucionarlas. Pero no lo hacemos. Hay mil razones para ello, para quedarnos quietos. Pero hay cien mil más para sí hacerlo. Una, la más importante, es que nadie, si se puede evitar, debería morir de hambre (y menos un niño), ni sufrir persecución injusta, ni… Y se puede hacer algo. Estoy convencido de ello. Sólo nos falta que nos den un ligero empujón.
Todos podemos hacer algo. Un grano no hace un desierto pero ayuda. Nosotros solos no podemos resolver todos los problemas del mundo, pero podemos ayudar a empezar a lograrlo. Podemos poner nuestro grano de arena.
Un grupo de escritores, de distintas nacionalidades, han hecho causa común para ello y han sacado a la luz un libro cuyos beneficios irán en su integridad a Amnistía Internacional. Cuentos Solidarios (Los gestos del suicida). Un proyecto que será anual y que irá, cada año, a una ONG distinta. Comprando el libro se ayuda a luchar contra la injusticia en el planeta, a que los Derechos Humanos sean menos pisoteados, a que seamos un poco más libres. Porque somos más libres en la medida en que ayudamos a que los demás lo sean también. Quizás este sea el empujón necesario. Un buen punto de partida. El inicio de algo que nos hará, sin duda, mejor personas.

13/9/08

Walt Whitman


Ahora que me ha dado, no sé por qué, por leer poesía, por “escribir” poesía (desde el más profundo respeto y con el mayor de los miedos. Como un principiante, como un aprendiz. Pidiendo permiso y perdón a cada paso.), solo quiero hacer un apunte, dejar algo para los que quieran y puedan, para los que sepan y escuchen, para los amantes de la belleza y de la vida, para todos aquellos que consideran que la vida es y debe ser aventura so pena de no ser. Y como me ha dado por ahí, pasan las cosas de manera imperceptible, de manera curiosa y de manera sugerente. Y así he vuelto a Walt Whitman. Ha reaparecido tras un buen puñado de años sin estar en él, sin estar con él. Pocos tan vitalistas. Pocos tan enamorados de la montaña, de la naturaleza, de la belleza, de las cosas pequeñas, de la belleza de las cosas pequeñas, del sexo, del amor, de la Vida. No sé que más decir. Creo que lo mejor es enseñar algo y dejar que cada cual lo descubra, si quiere, por sí mismo.

(Para una buena amiga, con la que tanto quiero. Hay mucho de mí en esta poesía, mucho de lo hablado, mucho de ella).

NO TE DETENGAS
No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.
No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y las poesías
sí pueden cambiar el mundo.
Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.
La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima,
nos enseña,
nos convierte en protagonistas
de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa:
Tu puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar,
porque en sueños es libre el hombre.
No caigas en el peor de los errores:
el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.
No te resignes.
Huye.
"Emito mis alaridos por los techos de este mundo",
dice el poeta.
Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,
pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que te provoca
tener la vida por delante.
Vívela intensamente,
sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron
de nuestros "poetas muertos",
te ayudan a caminar por la vida.
La sociedad de hoy somos nosotros:
Los "poetas vivos".
No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas ...
Walt Whitman.

12/9/08

Scherzo. El sueño de Mozart/Salieri.


(Un pobre homenaje a Alexandr Pushkin).

A veces me asalta un terrible sueño, mitad desvarío, mitad pesadilla. Soy Mozart perseguido por la sombra de Salieri que se transforma en Salieri perseguido por la sombra de Mozart en un continuo sinfín, hasta que despierto envuelto en un sudor frío y nauseabundo, incorporándome con toda la fuerza de mis músculos, con los globos oculares fuera de las órbitas y las pupilas cubriéndolo todo, en una especie de intento por atrapar esa imagen volátil que supone la sinrazón y el misterio de mi mente.
¿He de buscar en los arcanos de mi consciencia y de mi inconsciencia para tratar de encontrar esa imagen dual que me perturba y me hace sospechar sobra la existencia de algún elemento impúdico, que en los años de mi niñez más temprana rondó por los alrededores de mi pobre mente, expuesta a todo aquel o aquello que quisiera entrar en ella, o de mi pobre cuerpo, elemento pecaminoso, foco de atracción morbosa hacia los elementos concupiscentes que me rodeaban? ¿Seré Mozart? ¿Seré Salieri? ¿O tal vez simplemente estoy loco y me quedan días de existencia, y esto no es sino un síntoma de los postreros días de alguna enfermedad no detectada en mi, y que la magnanimidad de los chamanes se ha negado a decirme que poseo para no ampliar mi ya infinita amargura (según su pobre pensamiento), y de ahí este desvarío tan perturbador? ¿O es tan sólo un juego burlesco de mi mente? Aunque es posible que ambos personajes tengan algo o mucho que ver en todo el entramado de la misión vital que pueda tener y que no alcanzo a vislumbrar. Estudiaré sus composiciones y sacaré conclusiones que con posterioridad expondré, si el tiempo, señor de todo, me lo permite.
Todo se andará.

11/9/08

Despiste

Todo fue culpa de un despiste. Miré hacia un lado, me quedé frente al escaparate de comida, y al volver a mirarlos no estaban. Por más vueltas que di no los encontré. Salí a la calle. Pensé que en la puerta del centro comercial estaría más visible y que me encontrarían. Todo el mundo se me quedaba mirando pero nadie hacía nada. Algunas palabras. Suaves gestos. Tiernas miradas. Alguna caricia. Al final, un par de policías, vestidos de azul, mi color favorito, uno de ellos mujer, muy amable, rubia y con un gorrito del que salía una cola de caballo, bien peinada, por atrás, y un corto y precioso flequillo por delante, me cogieron con suavidad. Yo se lo agradecí como pude. Me dijeron palabras tiernas y me llevaron a su coche.
Yo sabía, aunque tenía miedo, que no me dejarían allí, solo, que irían a buscarme o mandarían a alguien.
Me metieron detrás, los policías, en el coche blanco y con rayas azules. Una barrera de hierros, cruzados, separaba la parte delantera de la trasera. Me pusieron detrás. Estaba claro que me llevarían a casa. No tenía la menor duda y eso me tranquilizaba. Allí, en la parte trasera del coche, había otro que también se había perdido. Como yo. Tenía el pelo negro y largo. Su mirada era triste. No paraba de jadear. Nunca había visto uno así. Los policías no paraban de reír y hablar de sus cosas. Estaban contentos y eso me tranquilizaba aún más.
De repente sonó un pitido. Era la radio. Y pensé que era para indicarles la dirección de mi casa. Pero no, les decían que había otro perdido, en la calle Sierpes, que fueran hacia allí, que les venía de paso.
Ahora estoy con muchos otros, aquí, igual que yo. Perdidos todos por algún despiste. No se está mal aquí, pero echo de menos a mis dueños. En la perrera no nos tratan mal, pero no es lo mismo.

10/9/08

Soledades


Hay lentitud en el aroma que despega de su vientre, como un lamento, como el olor de la mandrágora recién cortada. Y es en la noche, cuando la languidez ocupa mi alma, cuando se desvanecen los sueños que perturban mis días; y es entonces que necesito de ti. Por puro instinto, o tal vez, simplemente, por necesidad. Y el olor de la mandrágora vuelve a mí en todo su esplendor. Hay un lamento de azucenas y lirios envolviendome. Y ya ni puedo.

1/9/08

A la niña de los ojos de agua

Y siempre me mezo en su sonrisa. La de mi niña. Mi suave niña. La de los ojos de agua y risa alegre. Que veo poco por las razones que la vida da, y que me lacera su ausencia como una corona de espinas que envolviese el corazón en este mi Gólgota vital, como la ponzoña de un áspid que te mordiese por amor. Pero me lleva. Me lleva de la mano siempre. Y yo, prendida, a ella, del pecho, como una guirnalda suave, tierna y aromática, de flores de azahar en primavera. Y la pienso. Y me entretengo en su pensamiento. Y me arrulla el sonido de sus palabras, en su incipiente lenguaje, que teje con una gracia que me puede, que se me clava y se me queda. Mi alma ya no es mía, que es suya. Y se me demuda en gotas cristalinas de prístina ternura que recorren como lamentos todos los pasadizos del ser que siento, y que es en mí, en mis adentros, la razón de un andar que anda, a cada paso, enredado en sus recuerdos. Y la arena la paseo buscando su mirada. Y no la encuentro. Y el sonido de las olas que lamiendo la orilla murmura, me recuerda sus palabras y me pierdo en ellas. Y una lengua entra más allá y rompe el castillo de arena que algún niño hiciese, esa tarde, y mi alma se derrota, y las lágrimas me surgen, y me anegan y se me escurren hacia dentro. Y la noche me tapa el rostro al paseante, y me lo quiebra. Y siento. Y siento tanto que ya no estoy. Ni soy. Ni siento. Solo muy dentro. Sólo a mi niña. La de los ojos de agua y risa alegre. Por ella siento.

30/8/08

La alegre política de la política tonta


(Algo que escribí hace algún tiempo en otro sitio, allá por el Carnaval, y que rescato para éste).

Señores, y señoras -no se me vaya a enfadar alguien; ¿O debería empezar con un señoras..., por aquello de...?-. La Literatura ha entrado en la política española. Y por la puerta grande, por la Puerta de Alcalá. Madrid, capital del reino, da salida al Carnaval (que mola más, como dice Sabina) y entierra la Cuaresma (que mola menos). Y lo hace de la mano de su alcalde, al que no imaginaba en el papel de Quevedo en su agria disputa con Góngora allá por los años del Siglo de Oro Español. El señor alcalde se lanza al ruedo de la chanza y nos deleita con un discurso cargado de guiños y denuestos hacia su enemiga, la señora Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid, con una fina ironía que alegra el corazón de los oyentes y lectores. Celebro esta intrusión de la gracia y el salero en una política tan obsoleta y aburrida como es la de la España actual, país que se va, como tantos otros, por la cloaca de lo tonto. Y, en su discurso del entierro de la sardina, el señor alcalde se marca unos pasos de Literatura, más propios de un Quevedo venido a menos que de un político al uso. Desde aquí mi bienvenida, señor alcalde. Que cunda el ejemplo. Hoy me ha divertido leer el periódico.

Reproduzco el discurso íntegro del Señor Gallardón:

"No somos nadie, y bien que nos lo recuerda la difunta sardina. ¿Qué fue de las alegrías pasadas? ¿Qué se hizo de las chirigotas y las chanzas? ¿Dónde quedan los proyectos y los sueños, cuya zozobra ni siquiera la solemnidad de este Patio de Cristales puede disimular? Se fueron en un soplo, como ceniza de miércoles. Algunos dirán, tratando de consolarnos en este trance, que al menos la sardina ha vivido. Magro consuelo. Porque, como dijo el célebre replicante de esa obra sobre el carnaval del futuro que es Blade Runner, al final de tantas fatigas, "¿quién vive?" Ella, desde luego, no. Toda una existencia de discreción y estrechez para terminar ahora como la veis, apenas acompañada de unos pocos fieles, vosotros, alegres cofrades del Entierro de la Sardina, y yo, humilde servidor de esta Casa (Consistorial). Y que siempre tengamos que reunirnos con motivo tan triste... Aunque seamos justos. Puede que la sardina no haya visto arder naves más allá de la puerta de Orión, pero tal vez haya conocido algunas experiencias extraordinarias como las que hemos vivido los demás, que para eso Madrid se transmuta en escenario de ficción cuando quiere. Los antropólogos no se ponen de acuerdo sobre el significado de la sardina, no saben si milita en el bando de Don Carnal, en el de Doña Cuaresma, o en ninguno, pero yo me resisto a creer que nunca se haya tomado ninguna licencia. ¿Quién nos asegura que tras una máscara de gesto adusto, en algún baile de disfraces, en un pasacalles junto a gigantes y comparsas, murgas y desvaríos, no se escondía este pescado sencillo? Y aún así, ¡ha sido todo tan rápido, tan quebradizo y volátil, como es siempre la alegría del pobre...! No ha transcurrido ni una semana desde que yo mismo le cediera las llaves de la ciudad a Su Majestad Carlos IV en la Plaza de la Villa, y ya Don Carnal, después de arrebatárselas con malas artes, ha perdido la batalla contra Doña Cuaresma. Fugacidad de la política... A mí, la verdad, no me parecía un mal gobierno, aunque sólo fuera porque por unos días me ha dado un respiro, pero, como tantos, el suyo ha caído, deprisa y ante la conmoción general... de los que aquí lloramos a la sardina. ¡Cuántas vueltas da la vida, y qué imprevisibles son, en medio de la mudanza, los sentimientos, capaces de regalarnos un destello de ilusión en un momento difícil, o de refrenar el optimismo con un punto de inquietud! ¿Acaso sabían Carlos IV y los madrileños de hace doscientos años lo que se les avecinaba después de aquel último carnaval en paz? Ni la sardina lo imaginaba. Porque nunca hay que aventurar que la dicha de hoy dure hasta mañana. Ya lo dice Gaspar de Lucas Hidalgo: "Martes era, que no lunes, / martes de Carnestolendas, / víspera de Ceniza, / primer día de Cuaresma. / Ved qué martes y qué miércoles, / qué víspera y qué fiesta; / el martes lleno de risa, / el miércoles de tristeza." Pero lo importante, en fin, es que Madrid supo seguir adelante y sobreponerse al dolor de la guerra, como nos sobreponemos todos a nuestras congojas, y que estos días, al mirar hacia atrás sin ira, no nos hemos tomado en serio ni siquiera el famoso bicentenario. Una cosa, eso sí, hay que agradecer a Don Carnal, Doña Cuaresma, la Tarasca y los matachines: que nos han ayudado a demostrar, otra vez, que Madrid es la mejor cuando de combinar tradición y modernidad se trata, mezclando acentos y renovando la fiesta. Y eso que ésta ha sido una ceremonia de antiguo perseguida, y que Alcalde hubo, según cuenta Pedro Montoliú, que tuvo que dimitir por haber puesto trabas a esta ceremonia fúnebre. Prejuicio escandaloso que llegó al mismísimo Congreso allá por 1851, y que habría de costarle el bastón de mando al marqués de Santa Cruz. Así que no seré yo, queridos cofrades, quien os ponga peros. Vais a enterrar a la sardina, por lo demás, a la vera de nuestro Manzanares, aunque no sé si es para vosotros consuelo que repose en la más magnificente zona del nuevo Madrid, un río renacido que será nuestra imagen ante el mundo y que nunca sospechará ? ay, ingratitud de la vida? qué clase de sentido panteón esconde. Pero el carnaval es catarsis. Y ahora, hecha la limpieza, ventiladas las estancias del alma, satisfechas las expansiones emocionales, toca entrar en un tiempo de entereza y contemplación. Sí, amigos: ha triunfado Doña Cuaresma, la del gesto agrio y estricta conducta, y no queda más remedio que plegarse al triste designio que a los alegres y buenhumorados nos depara. Pero no os deis a la melancolía: sabemos que su victoria es pasajera, porque, en el peor de los casos, representa sólo la mitad de la vida, y dentro de un año estaremos celebrando de nuevo, junto a la rediviva sardina, nuevos días de fantasía y esplendor. Madrid volverá a reír, porque ésta es ciudad fértil y risueña, que a diario se sacude la ceniza con su propio nervio y su quehacer incesante. Así pues, y como que hay otra vida, enterremos ya a la sardina, y con ella todas nuestras zozobras y quebrantos, que no hay mal que por bien no venga. Requiescat in pacem".

29/8/08

El espantajo

Ella siempre mira. Sólo mira. La línea de árboles se desdibuja a la derecha. Tonos de verde. Árboles. Algún abeto y pinos negros. De vez en cuando un vacío ocupado por cultivos. Tonos de ocre. Ella siempre mira. Sólo mira. Delante, en los asientos delanteros, sus padres. Voces. Altas. Como siempre. No escucha. Sólo oye. Sólo mira. La vida se desliza a la derecha, entre los árboles y sus tonos de verde. Sin sorpresas. Nunca hay sorpresas. Tranquila. La línea del horizonte es siempre plana. Plana y monocorde. Como el sonido de la parte delantera del coche. Nunca la oyen. No existe. Tampoco ellos se oyen. Sólo gritan. Y ella siempre mira. Sólo mira. La línea del horizonte es siempre igual. Plana. Anodina. Como la vida. Tonos de verde. Y algún tono de ocre que rompe el vacío. Siempre de ocre. Siempre vacío. Hay una figura, parece, entre el ocre. Mira. Triste. Parece triste. Los brazos en cruz. La chaqueta negra. Rota. Como el negro sombrero de felpa. Ajado. La cabeza gacha. Colgado de un poste. La mira. Sonríe. Sólo la mira. Siempre mira. Sólo mira. Y una lágrima le escurre por la mejilla. Silenciosa. Tranquila. El coche se aleja por la línea del horizonte. Siempre igual. Monótona. Anodina. Sólo rota de vez en cuando por algún que otro coche que pasa a toda velocidad.

27/8/08

Algunas de las cosas

Algunas de las cosas que encontramos en el camino son las que me hacen creer. Son las que nos llevan. Algunas cosas son. No creo. Pero te creo y me enseñas el camino. Brillante. No te creo pero quiero creerte. No hay creencia sobre el amor. Las cosas pequeñas hacen crecer. Tú las muestras. Somos amantes que miran al cielo y enseñan a creer en la vida. El amor como límite. Gira alrededor de mí y haz el ahora. Y creeré. Gira alrededor de mí. Enséñame. Algunas cosas que no sé, en el camino están presentes. Tú me las haces ver. Algunas cosas que me enseñas me hacen creer que eres, que soy, que hay…

Irrealidades

El olvido como necesidad. Intranscendencias. Vaguedades. La innecesariedad de los sentidos. La precariedad de la intranscendencia. Vanalidad. Elementos que se cruzan. Los fantasmas del pasado. La muerte a golpes en un reguero gris de pensamientos nimios. Nido de cuervos. Negro. Oscuro. Oposición de colores. Contrastes. Blanco y negro. Día y noche. El principio y el fin. La totalidad. La nada como principio. La inconstancia del elemento supremo. Dios. La falsedad. La suprema investidura. Vacío. Ausencias. Tú y los dioses. Fatalidad. Amargura. Angustia. Dolor. El dolor como camino. El camino como creación. La vida. El placer. Muerte. Pasado, presente y futuro. No hay tiempo. Transparencia. La luz. Cristal. Prismas. Geometrías transparentes. Espacios superpuestos. Líneas tangenciales. Tridimensionalidad. La visión de los espacios me impelen hacia el final. No hay nada. Todo es nada. La nada como absoluto. La ausencia de todo. Quiero caminar. Ser. Estar. Andar. Mirar. Tocar. Oler. Oír. Sentir. Manos entrelazadas. ¿Quién hay ahí? Ojos cerrados. Párpados yertos. Miradas vacías. El espíritu que anhela. El corazón que late. Sonidos monocordes. Augurios. Sentimientos neutros. Campanas que repican a muerto. Cuencas sin ojos. Lágrimas vacías. Presencias guardadas. Esperanzas cercenadas. Avatares. La transición de la vida a la muerte, del yo al tú. Evanescencia. El adiós como final.

23/8/08

Ocaso. (Por los derroteros de la nada). VI

Y es que recuerdo la frase como un espantoso repique de campanas a muerto en mi cerebro, que me impide ver. Y ya no puedo. Me ha dejado el alma seca. Esos funestos sonidos, de una terribilidad que amargan, casi, como la muerte de un hijo. ¿Las recuerdas? No. Probablemente no. Con toda seguridad no. Tal vez recuerdes el sentido, pero no las palabras. “Sí, te he quitado de mí. Es que no quiero saber nada de ti. Solo deseo que me dejes en paz, que te olvides de mí para siempre. Piensa que me he ido para nunca volver, tal vez eso te ayude”.
Y mi respuesta. Salida o sacada de no sé dónde. Ni sé, aun, cómo pude, pero que no pudo ser otra sino la que fue. “Joder qué barbaridad. A mis palabras (que eran hermosas hasta lo inmarcesible, por bellas y sentidas), contestas así. Inimaginable. Así será. No te preocupes. Como si hubieses muerto”.
Ahora ya no queda ni puede ser nada. Solo vacío. Vacío y hastío. La ausencia de deseo, aprendido por la necesidad y su dardo mortal, me ha llevado a la ausencia de dolor. Y ya no quiero porque ya no puedo. Porque no hay. Porque no eres. Porque no estás. Porque no puedes ni podrás estar. Ya no existes. Estás muerta. Aunque tal vez siempre lo estuviste y no me quise dar cuenta.
Levanté las manos y no hallé nada. Levanté la mirada y no vi nada. Vacío. Vacío y hastío. La oscuridad densa en un cielo perlado de estrellas que no me hablaba. Los pedestales del recuerdo rotos, derribados por el absurdo. Y ahora que ya no queda sino la magia perdida, me paseo entre las puertas de los caminos, cerradas o entreabiertas, sin llaves, sin picaportes, como almas vacías de penas, sin ojos, yertas.

¿Por qué escribimos los que escribimos?

No sé dónde (y es que hay muchos pasillos en esto de la Literatura, o la Escritura), por razones que no vienen ahora al caso, aunque la verdad, y para ser sinceros, es que no me acuerdo de ellas (¡la memoria mía, que es una pena!), me vi obligado a plantearme el por qué de que los que escribimos lo hagamos. Creo que es una buena pregunta, con respuestas que por lo variopinto que en algunos he visto, podría ser interesante ver las de todos en alguna parte. Después de preguntarme por qué escribimos los que escribimos, he llegado a la conclusión de que hay tantas respuestas como escritores (que no publicadores, que también, ni multivendedores, que también). ¿Para epatar? ¿Para llamar la atención? ¿Para crear belleza? ¿Para liberarnos de nuestros fantasmas? ¿Por necesidad? ¿Para mostrar nuestros mundos o el mundo como nosotros lo vemos?... Y después de darle vueltas y más vueltas llegué a la conclusión, y en ella sigo, de que no tengo ni idea.
Aunque si he de decir algo en ese sentido, me inclino a pensar que lo hacemos por un poco de todas ellas, porque cada uno es como es, es él y su circunstancia, y la de cada uno es completamente diferente a la de los demás. Yo creo que lo hago -y no me contradigo con la afirmación que acabo de hacer, de que no tengo ni idea- para crear belleza, para espantar mis fantasmas, para sacar mis mundos de dentro y para mostrar el mundo como yo lo veo; pero eso es lo que creo, porque realmente no lo sé, o no estoy seguro.
García Márquez decía que escribía para que sus amigos le quisieran un poco más. Un escritor es sensible, posee sensibilidad y quiere dar lo que lleva dentro a los demás (y aquí entran los que publican o quieren publicar), pero lo que desea de verdad es que los demás le correspondan, creo –y ahí entraría el deseo de publicar, de ser leído-.
Hasta hace poco no me preocupaba que nadie conociese lo que hacía, y si alguien me leyó fue porque se enteró por casualidad, y al gustarle lo que escribía me llevó a que lo leyese otro y otro más. Y ahora estoy aquí y no sé muy bien por qué, aunque tampoco me importa mucho. Lo que si tengo claro es que no me interesa el dinero y creo que tampoco si alguien me lee o no, creo, insisto, porque tampoco estoy seguro. Y es que no estoy seguro de casi nada.
Sólo sé que me gusta escribir y que lo hago por lo que he dicho anteriormente. Si me leen bien y si no, bien también. Yo leo, que me encanta, y escribo, que me encanta también. Pero cada uno es cada uno. Y espero que haya la mía y mil razones más, entre las cuales estará el dinero, que también está bien, ¡qué carajo! Pero de lo que no me cabe la menor duda es que no es malo luchar por los propios sueños. Aunque hay que tener cuidado para que esos sueños no se conviertan en obsesiones y acaben destruyéndote. Como me dijo en cierta ocasión mi buen amigo y buen escritor, Rudy Spillman, con respecto al proyecto de “Cuentos Solidarios”, en Lulu, y en relación a la calidad de los que escribimos, “cada uno es dueño de su ego” (o algo así –que me disculpe si no lo era-), y esa frase viene muy a cuento, creo, aunque.... A partir de ahí... ¿por qué escribimos lo que escribimos?

21/8/08

La violencia como género literario


Hubo un momento en que la violencia me interesó sobremanera. La guerra siempre me resultó especialmente llamativa, y de ella nació mi interés por el origen de la violencia y su naturaleza, desde la antropología.

En los países anglosajones los asesinos múltiples parecen ser relativamente comunes. Sin embargo aquí, en España, o en el mundo latino en general, no, aunque estamos en ello. En 1994 se dio el llamado “Caso de los asesinos de rol”. Transcribo algunas frases del diario de uno de los asesinos.“Yo sería el que matara a la primera víctima. Era preferible atrapar a una mujer, joven y bonita, a un viejo o a un niño.” Tras varios fracasos, se deciden por un hombre que está en una parada de autobús. No voy a relatar más, tan sólo esto, porque me parece… y de una violencia aterradora y suficientemente esclarecedora: “Se me ocurrió, mientras lo acuchillaba, una idea espantosa que jamás volveré a hacer y que saqué de la película Hellraiser… Seguía vivo, sangraba por todos lados. Aquello no me importó lo más mínimo. Es espantoso lo que tarda en morir un idiota… Vi… y me dije: Cómo me paso… Le dije a mi compañero que le cortara la cabeza, lo hizo y escuché un ñiqui, ñiqui… A la luz de la luna contemplamos a nuestra primera víctima. Sonreímos y nos dimos la mano…”.Se puede encontrar con más detalle en la edición de El País de 9 de junio de 1994.

Pero no es eso lo que me interesa ahora, sino la violencia como género literario, que tanto éxito ha tenido y que tantas adaptaciones al cine ha dado. ¿Por qué tienen tanto éxito comercial? En determinado momento de mi vida, por razones que, ahora, sería tedioso explicar (aunque tiene su “con qué”), comencé a escribir lo que en principio iba a ser sólo un cuento: “Dolor y deleite”, donde expresar mi forma de entenderla. Ese cuento se transformó poco a poco en una novela, pero me encontré con algo que no esperaba, y es que no pude seguir. Vi algo dentro de mí que me asustó. ¿Cómo era posible que yo pudiese imaginar el dolor ajeno de esa forma? ¿Cómo era posible que yo pudiese crear algo de ese cariz? ¿Estaba en mí? De lo que no cabe duda es que los monstruos no existen por sí mismos, sino que son productos de nuestra oscuridad, nuestras angustias, nuestros miedos, nuestra alma. Me adentré en el tema de una forma brutal en busca del por qué. Y aún hoy sigo dándole vueltas al tema sin conseguir ver. La novela la hube de terminar. No pude acabar toda la idea que tenía en mente. Y la que iba a ser una novela larga quedó en una corta novela: “El jardín de las delicias (Anamorfosis)”. ¡Demasiada angustia vital! Eso me reconcilió, en cierta forma, con mi propio yo.


Algunas novelas interesantes y análisis sobre el tema:
  • American Psycho. De Bret Easton Ellis. Ediciones B
  • Hannibal. Thomas Harris. Mondadori
  • Crimen y castigo. Fedor Dostoievsky
  • Asesinos. Stéphan Bourgoin. Planeta
  • Psychokillers. Anatomía del asesino en serie. Jesús Palacios. Ediciones temas de hoy.
  • Las semillas de laviolencia. Luis Rojas Marcos. Alianza

6/8/08

Sobre el humor. O no. Nihilismo. Escepticismo.

¡¿Alguien debería leer un poco más a Emil Cioran?! El más importante filósofo nihilista de nuestra época. Maestro del escepticismo.
Jamás he trabajado, he preferido ser un parásito a ejercer un oficio. He accedido a sufrir una relativa miseria con tal de preservar mi libertad”, decía. Encadenó becas en la Sorbona hasta los 40 años, para que le permitieran comer gratis en el comedor universitario; leyó, escribió y malvivió en hostels juveniles hasta conseguir una buhardilla junto al Odeón, con un alquiler irrisorio; se mantuvo pobre y solitario, rechazó todos los honores que le fueron concedidos, y desdeñó su propia gloria. “Hemos perdido naciendo tanto como perdemos muriendo. Todo.”, decía, y decía también: “Somos y seremos esclavos mientras no estemos curados de la manía de esperar”. Y cosas como: “Quien no ha muerto joven merece morir”; o: “Concebir un pensamiento, un solo y único pensamiento, pero que hiciese pedazos el universo”. Pero también: “Solo es subversivo el espíritu que pone en tela de juicio la obligación de existir; todos los otros, empezando por el anarquista, pactan con el orden establecido”. Y: “La muerte es lo sublime al alcance de cualquiera”.
Algunas obras:
En las cimas de la desesperación
Breviario de podredumbre
El aciago demiurgo
La tentación de existir
El ocaso del pensamiento

Y en estos tiempos tan dañinos para el alma, un descubrimiento que debería haber hecho hace tiempo pero que por razones que van más por lo etéreo que por lo terrenal, más por lo esotérico que por lo exotérico, más por lo despreciable que por su opuesto: Calixto Bieito, el gran Satán del teatro europeo, y es que ahora me ha dado por ir al teatro (¡Qué cosas! Yo, su gran azote), y de ahí… Y dice, Calixto Bieito, y con esto basta sobre el tema, frases como que los nihilistas, a los que se une, de los que se siente, “hemos evolucionado tecnológicamente, pero emocionalmente, poco. No soy un nihilista amargado, a ver. Vamos hacia la nada, pero sin amargura. Yo lo que puedo ser es triste. Tengo melancolía de vaca gallega”.

2/8/08

La fotografía. (Por los derroteros de la nada). III

Los árboles en hilera, a la izquierda de una calle polvorienta, sin asfaltar, ancha, y con el polvo suspendido en la atmósfera por los andares de algunas personas que la pasean o la cruzan o la andan con o sin un lugar determinado al que llegar; algunas con desgana, otras, las menos, con cierta prisa, como si la vida se fuese al estar en ese camino polvoriento.
A un lado olmos, hendidos por el rayo del desastre, de la desidia, del menosprecio; al otro lado más árboles, pero no olmos sino acacias, de talle estrecho, inclinadas algunas, otras rectas; y un pedestal de hierro forjado sobre el que se estira una estatua mitad humana, mitad animal, medio grifo, medio centauro, medio Dios sabe qué. Extraña, discordante con el entorno. Como de otros tiempos, de otros hombres o de otras almas.
Cinco personas se mueven al paso que unos bultos, maletas en su mayoría, les impelen a hacerlo. Los tres niños con las manos vacías; ellos, con las manos en los bolsillos de los pantalones cortos de felpa; ella con un peluche, cogido con fuerza, apretado contra el pecho. Por cariño, por protección o por no sabe qué. Tal vez por ser el regalo que le hizo su padre un día, no recuerda cuando, quizás el día que cumplió los seis años y decidieron que había que dejar la tierra vivida para irse a otra, al más allá, al más allá de la frontera, al país largo, donde una vaga promesa de felicidad, más intuida que real, les hizo dejar todo o casi todo, a todos o a casi todos, y salir en pos de una quimera, más allá de las fronteras, de las de los estados, de las de los espíritus, en busca de algo que no está en las billeteras sino en el alma. Como nómadas, como gitanos no gitanos, moviéndose al son de una música interior que les impele a ir de una lado a otro en una búsqueda sin límite y que les queda en las almas, impregnándolas como un sello indeleble del que ya, tan solo, por el tiempo y las circunstancias vividas, solo queda el débil recuerdo de la imagen que fue.
El padre, ligeramente encorvado hacia la izquierda por el peso de una maleta de mala madera, o de cartón imitando a madera chapada, que porta sobre el hombro y que sujeta de la esquina con una mano. En la otra, doblada, la chaqueta, de paño, ni siquiera de algodón, ajada de tantos y tantos viajes trabajando. ¡Qué mal país!, repite como una salmodia, mientras el dolor del brazo se le hace insoportable por la tensión que la maleta le produce en el brazo. Por el peso de la maleta, por el peso de un país tanto tiempo sufrido, de una vida tanto tiempo soportada. Y el rictus de la cara es de un dolor tal que traspasa el tiempo y se hace eterno. Sin embargo hay en sus ojos como una chispa, algo de viveza que le hace moverse con cierta rapidez y determinación en busca de algo que ni él sabe pero que intuye o quiere intuir, por él, por ella, por ellos, hacia los que gira, de vez en vez, la cabeza, cuanto puede o cuanto el cuello le permite por la maleta impuesta, alegoría fantasma de su vida, en busca de unos ojos que le aprueben la decisión tomada, que le ayuden en el caminar hacia ese destino del que tan solo sabe que llegará. Ojos que miran a los suyos con un amor no exento de miedo o de no sabe qué. Ojos marrones, casi negros, casi etéreos. Ojos abisales... Ojos que al recibir su mirada le llevan el espíritu a la languidez, al abandono. Porque no hay nada más parecido a la verdad que el silencio de una mirada infantil. La madre, un poco detrás y al lado, como protegiendo a los niños y mirando ora hacia delante, ora a los niños, ora a su marido. Es la hora de empezar de nuevo. Otra vez. Por las circunstancias vitales que les impone el país y ellos mismos, o él mismo. Porque su interior es así, porque él es así. Siempre hacia delante, siempre hacia otro lado, siempre arrastrando su figura y la de los demás, que aceptan porque es él, porque no tienen conciencia, y si la tienen no tienen capacidad de decidir o de comprender el resultado del hecho.
Y siempre fue así. Siempre es así. Siempre será así.

23/7/08

Ella

Es como mirar y dejar que el aire se quede inmóvil a su alrededor. Hace que la atmósfera adquiera tintes de locura, impensables fuera de ella. Pero de una locura lúcida. Te invita a la ausencia. Y te dejas ir. Miras y te deleitas. Observas. La sinuosidad de las formas con que dibuja el cuerpo, tumbado, como a descompás. Sugerente, invitador, atrayente. Desde el imperio de unas piernas infinitas, moldeadas como a cincel, etéreas, marmóreas en su color y tersura, en una ángulo de cuarenta y cinco grados; la izquierda ligeramente sobre la otra, y ambas dirigidas hacia la derecha. Las caderas, terminándolas, y en su centro el Monte de Venus. Espesura que invita. Color de la tierra. Tenues sugerencias de lo que parece. Promesas. Lentitudes. Altares. Todo lo inmanente en él. La cara y la cruz. El principio y el fin. El alfa y la omega. La vida. El origen de la vida. De toda vida. De mi vida. La fascinación que asciende a base de una cintura que se cierra en torno a la unión, al centro, al eje alrededor del cual gira el cuerpo que eleva, mi centro gravitacional, el hecho sobre el cual hace que todo nazca y todo muera. Centro de centros. Y en su plano los senos. Hermosos. Suaves y esbeltos. Blancos y con un ligero color de ocre en su centro. Brillantes. Excelsos. Abiertos. Y la mirada sigue deslizándose, hacia el rostro, en un tobogán infinito que no acaba nunca. Que se detiene en el continuo repique antes del cuello. Eterno. Y ahí el mármol se hace pétreo. Locura de siglos. Círculo de espirales sin fin. Sin principio ni final, sin origen ni destino, sin ida ni retorno. El lugar donde quedarse. El lugar de todo comienzo. La locura perfecta. Pedestal de un óvalo clásico. Italiano. De puntales marrones que te observan con hondura, que te mutilan. Que hieren de tanto que entran. Que queman. Que destrozan. Ojos antiguos. Ojos serenos. Ojos. Y sobre el blanco de las sábanas, a modo de corona, negro el pelo. Desparramado. Azabache sobre satén. Negro sobre tonos de blanco.
Todo lo que la mirada bebe no es sino el espejo de mi vida. La luz. Mi alma reflejada. El alma. Todas las almas. El lugar donde quiero vivir. El lugar donde quiero morir. El sitio. Mi hogar. Ella.

16/7/08

Suicidio colectivo


Si no fuese porque en el hecho hay dos personas muertas, la noticia me movería a la risa. La leí recientemente: “Un grupo de personas pertenecientes a una Secta apocalíptica en Rusia salen de una cueva en la que esperaban el fin del mundo”. Y salieron porque los socorristas les dijeron que corrían peligro de morir envenenados, ya que entre ellos había dos personas muertas y sus cuerpos estaban en descomposición, que si no lo mismo se habían quedado ahí. Su líder había sido diagnosticado de esquizofrenia unos años atrás y de demencia unos meses antes. Y a pesar de ello o por ello, un grupo de personas le sigue en su loca prédica. Este hecho se ha repetido a lo largo de la Historia, y es relativamente común en nuestros días. ¿Por qué hacemos esas cosas? ¿Por qué seguimos a locos en sus locuras? En otro momento escribí un artículo titulado: “¿Por qué nos suicidamos?”. Tal vez ahí haya algunas respuestas. O no, que de eso no creo saber mucho a pesar de haber leído bastante sobre el tema. ¿Quiénes son estos predicadores de la religión y la política? ¿Quiénes son sus seguidores? ¿Qué busca el seguidor en el líder “loco”? ¿Qué necesita? ¿Qué le falta? ¿Dónde está el fallo del sistema social, si es que lo hay? ¿Se puede hacer algo en ese sentido para evitar esos casos o esperar a que sucedan? Un ejemplo, aunque no sé si servirá. ¿Se debe permitir el ascenso de un Hitler al poder porque lo consigue de manera democrática?

13/7/08

¿Qué es Arte?

Nam June Paik. "Buda y televisión"

Sala del IVAM (Instituto Valenciano de Arte Moderno). Valencia. España.

Es una pregunta muy extendida y muy contestada. Con contestaciones de lo más variopintas. Quisiera apuntar algunas reflexiones. Wilde decía que es lo único que merece la pena, y que nos olvidamos de que la belleza sólo está en el Arte. Partiendo de ahí he de decir que es muy difícil llegar a poderlo afirmar. La crítica moderna se mueve por parámetros que van más por el pragmatismo de la comercialidad y la necesidad de vender, que por el sentido de lo artístico y su verdadero valor. Lo nuevo, cuanto más impactante y distinto es considerado más que lo no distinto.
Si nos fijamos en algunos de los premios nacionales concedidos en Inglaterra observamos obras que considerarlas Arte entrarían en los anales del absurdo, y sin embargo así es. ¿Es Arte la obra de Hristo? No lo sé. No lo creo. Incluso, y sé que seré anatematizado, Miquel Barceló, el gran pintor español de estos tiempos, no lo es tanto para mí, y pienso que el tiempo lo pondrá en su lugar, pero esto se sale de lo que he planteado al principio. ¿Es Arte una mierda humana colocada en el centro de una sala de un museo de Arte Contemporáneo? ¿Una habitación con una bombilla en una esquina que se enciende y apaga a intervalos de diez segundos? ¿Una silla sobre la que reposa una televisión rota? Han ganado premios y han estado o están expuestas en museos.
El Arte está en la emociones, es aquello que consigue emocionarnos, y por tanto casi todo es arte si nos emociona. Otra cosa es que el arte sea de calidad. Y ahí si que ya no entro, porque la subjetividad es la que es. ¿Es Arte la pintura paleolítica y neolítica que no pretendía emocionar, o sí -¿quién lo sabe?-. ¿Qué es Arte? Se necesita saber mirar, como decía Saramago, para poder decir qué es Arte en ese sentido. Y yo, al menos, todavía estoy en ello. Lo que si sé, eso sí, es lo que me gusta y lo que no, lo que me emociona y lo que no. Y en un mundo vacío de personas, el Arte te llena esos huecos. Que ya es.

11/7/08

¿Qué es Literatura?

Quiero, con esto, hacer un guiño, y mostrar algo que llevo dentro y que no sé muy bien como explicar.
¿Son las letras de las canciones -las buenas canciones de buenas letras- Literatura? Ahí les dejo un tango, y que sea lo que Dios quiera. Para mis amigos argentinos. Y qué cosa más curiosa, tanto que hemos hablado y de eso no. Pero alguno me mostró el lunfardo, y qué impresionante, qué descubrimiento. Ya hablé del flamenco, y de Morente y del por qué. Ahora del tango y del por qué. Y hay más, lo sé, pero para muestra un botón.
Para los españoles prácticamente sólo existe Gardel (en cuanto al tango), y sin embargo hay cosas que te dejan desnudo. ¡¿Y las palabras?!
Sólo eso. Ahí está:

Aguja brava
La laburó de guapo, piolamente,
y la milonguera, su caro berretín,
ñapada postamente en su bulín,
rejunó cayetana el expediente.
Era una naifa piya y cadenera
que andaba con la yuta cabreiroa;
con prontuario a la gurda, sobradora,
y una pintusa de percanta buena.
Él, que había sido un liso bien cheronca,
un caferata de tapín y escuela,
perdió su cancha laburando, ¡oi'dioca!,
de colchonero y refilando tela.
Tanto amó el longipietro a la taquera
que aguantiñó, cabrero,
que la barra nochera lo llamara,
por pamela y por merlo mishé,
Aguja Brava.
Y así terminó un piola, Aguja Brava,
que por amor quedó cardando lana.
Antes, sacaba tela de las minas
y ahora le hace colchones a la cana.

La respuesta está dentro. Solo hay que saber entrar y ver.

10/7/08

El Arte en mayúsculas. La Vida.


(Enlazando con el escrito de enero, sobre "El grito" de Munch, y cambiando de registro. Por diversas razones que no vienen al caso).

Hay veces que el Arte se produce con mayúsculas, y es en esos momentos cuando alcanza una intensidad que te hace temblar. Pasa pocas veces, pero se da. En los momentos que se produce alcanzas un estado en el que todo cabe, en el que todo es posible. Sólo hay que dejarse llevar y estar. Pero eso pasa en contadas ocasiones, y por eso hay que saber mirar y dejarse llevar. El perder eso es triste, y ya sólo cabe llorar por la pérdida, salvo que no lo hayas visto pasar. Esto que escribo es una forma de hacerme perdonar. Un desagravio. Un homenaje a los amantes de la Ciencia Ficción, con mayúsculas también. Blade Runner es, no una película, es la película. Pero el libro en el que está basada, “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, es de una originalidad, de una belleza, que induce al llanto, por la emocionalidad. Y la película de Ridley Scott, también. La escena de la paloma y las palabras pronunciadas por el androide ante la muerte: ” he visto cosas que vosotros no podríais imaginar… y todas esas cosas se perderán… como lágrimas en la lluvia.”, al salvar a Deckard, son de una belleza inconmensurable. Amaba tanto la vida que… Y si las unimos a las imágenes y a la música de Vangelis, no cabe otra cosa que morir de placer. Extasiarse ante la belleza infinita que la vida, en contadas ocasiones, te da. Hay otros directores de cine que consiguen recrear algo así. Stanley Kubrick, sin ir más lejos. Pero lo dejo ahí. Cuando todos los sentidos se unen en uno solo, sólo cabe dejarse llevar. Eso es vivir. Amo la vida como nada, aunque a veces me den ganas de morir ante ciertas cosas. Pero tampoco quiero entrar ahí. Transcribo unas palabras del libro anteriormente mencionado, sobre el cuadro "El grito", de Munch:


"Muestra a una criatura pelada, con una cabeza semejante a una pera invertida, que apretaba sus manos horrorizadas contra sus oídos, con la boca abierta en un vasto grito mudo. Las olas encrespedas de su dolor, los ecos del grito, ocupaban el espacio que le rodeaba. El hombre, o la mujer, estaba encerrado dentro de su propio aullido. Se cubría los oídos para protegerse de su propia voz. La criatura estaba de pie en un puente, y no había nadie más. Gritaba a solas. Aislada por el grito o a pesar de él”.

Podría decir tanto… pero es preferible callar.Literatura, Pintura. Añadidle a Vangelis y el resto ponedlo vosotros. No hay más.

9/7/08

La muerte

La muerte es un hecho ineludible. Está y no sabemos hacerle frente o no la sabemos mirar. Quizás por eso nos produce los sentimientos de terribilidad. No sabemos mirar. En mi obra es una constante, y las razones he de buscarlas en los arcanos de mi infancia o incluso más allá. Pero sin duda hay algo más. La cuestión es el por qué de mi necesidad de expresarla o simplemente de expresar. Nunca entré en profundidad en ese hecho. ¿Por qué casi todos mis personajes acaban muriendo? ¿Por qué, aunque aparentemente no, la muerte es el personaje central?
Una amiga, me mandó el siguiente recorte de prensa:
Miriam Cairo: "El Hombre Muerto" (Publicado en Pag/12)
"... Al escucharlo, advertí que el ciclo natural de la vida se mete hasta el tuétano de un creador. El arte deposita su confianza sólo en ciertos individuos que hacen un esfuerzo deslumbrado por sacarse de encima el biologismo y los aires de cientificidad. Porque la idea de que una obra mientras más se parezca a la vida, más efectiva será, dinamita tanto la inspiración del artista como el vuelo del lector. En consecuencia, la obra se echa cuerpo a tierra. Se tiende a ras de suelo. Se desnaturaliza en los intentos por semejarse a la naturaleza de los hechos...."
"El tipo va a morir. Cada uno de nosotros va a morir. Eso es un hecho. No hay mucha astucia al inventar esta clase de acontecimientos, pero si se siguen repitiendo es porque a los autores se les hacen imprescindibles los hombres muertos. La muerte de los personajes ayuda a pensar la propia muerte, este es un recurso tan respetable como repetitivo. Puesto que desde hace ya mucho tiempo nos hemos habituado a morir, los autores consideran necesario que nos dediquemos a pensar la muerte. Desde que nacemos nos vamos preparando sistemáticamente para perecer. En nuestra imaginación no cabe otra posibilidad y la resurrección fue un hábito que no prosperó a lo largo del tiempo entre los hombres muertos, sean reales o ficticios. Si ese tipo no se moría, no había historia"
"...podríamos suponer que ese hombre muerto, con su muerte, alcanzaría el valor de una metáfora. Es decir que por debajo de tan redundado acontecimiento, leeríamos lo contrario de la apariencia. Si esto fuera así, el creador de la historia nos ofrecería a los lectores la posibilidad de disfrutar la lectura de otro libro, pero sin abandonar nunca los que hemos elegido hasta la eternidad."
Creo que algo podría explicar, aunque no todo. Tampoco es mi visión o no la he pensado tanto. Quizás con matices. Pero las ganas no me llegan ahora. Pongo el enlace, por si alguien quiere entrar y ahondar en ese artículo.

6/7/08

La italiana. (Por los derroteros de la nada). I

Sus ojos tenían esa vacuidad de las personas que han estado muchos años presas.

¿Y si los ojos son tristes pero te traspasan? Como un golpe en el rostro, como en los viejos tiempos. Si te ves cuando miras y ahondas en tu pasado, y vuelve el miedo y la alegría. El miedo por el ahora, cobarde; la alegría por el antes. Y como siempre, ¿qué? Sólo piensas en ti y en cómo hacerlo, sin importarte nada. Actuando como un monstruo del deshecho producido por el impacto de tanta estupidez. Preñez sobre preñez de ideas sepultadas en una mente esponjosa y maleable.
Hondos. Son hondos, con hondura, como el cante. Marrón oscuro. Eternos, antiguos. Con esa antigüedad que da la sabiduría aprendida a base de dardos clavados que se van abriendo en el alma hasta traspasarla en un misticismo puro, y que se anclan en la esperanza nunca perdida, por deseada y soñada aunque ocultada a sí misma hasta que algo o alguien la saque del pozo de su hermosura.

Verde plano que sigue hasta el final. Sin límites. Casi en un ángulo de veinte grados sobre la horizontal. Como un muerto. Verde casi céreo. Apagado. La muerte agota el impulso. Sobre ese plano las cabezas sobre torsos, con la mirada pegada al blanco del papel y las manos deslizando con fuerza sobre él. Moviéndose a golpes. La mente tratando de desgranar lo que no tiene dentro porque sus vidas son un largo camino de inutilidades. Vidas mediocres que se diluirán en el tiempo como hojas marchitándose sobre el pedestal de la tierra. Augurios de muerte.
Sólo unos ojos, tremendos, abisales, de un marrón que traspasa toda esencia de color por lo que esconden tras ellos, casi ocultos al común por las negras y tenues pestañas, largas, sedosas, que engalanan el marrón, con su negrura casi etérea, dentro de un óvalo italiano, o casi. De ninguna parte y de todas, porque en la vida no ha sido o no ha podido, porque no la han dejado. Tampoco le interesa. Y, sin embargo, me dice que no quiere perder el acento. ¿Por qué? No lo sé, responde de pronto, con un impulso vital que le sale de lo más profundo del alma. Palabras que surgen de una boca distinta, deseable, que modula las palabras con ese deje casi italiano, por sus padres, por su vida. Boca de deleites prometidos, presentidos, anunciados y esperados, deseados. Vaguedades por imposibilidades. Tal vez en otros momentos. Poder yacer junto a su cuerpo italiano, crecer con el Renacimiento y decaer con el Manierismo de ese cuerpo, envuelto en la voluptuosidad blanca. Meretrices venecianas o romanas. Sexo en su más alta expresión. Sexo de los Borgia. Sexo de los Médici. Sexo mediterráneo.
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5/7/08

La liturgia

El sol mancha de amarillo el ocre del albero. Intensidad de amarillo que huele a muerte, a necesidad. El calor se siente y entra en los cuerpos a dentelladas, hirviendo la sangre, hiriendo la mente. Hay como un halo que lo envuelve todo y un murmullo de codicia que recorre el coso. Blanco y negro. Rojo y negro. Ocre y negro. Negro como una tempestad aposentada en los espíritus del tiempo, en los arcanos de los ojos que miran esperando. La espera lánguida se hace lenta. El aire casi impide respirar. Se parece a las agonías vividas sabiendo que han de terminar, pero sin saber cuándo y menos aún cómo. La impaciencia arremete mientras la sombra avanza lentamente como queriendo llegar a su lugar. El tránsito del día a la noche que va a tener lugar. El juego de la suerte. El juego de la vida y de la muerte. La danza. El ritual. El sueño. La liturgia. La piedad y la impiedad. El ruego a la deidad. El sacrificio de lo profano al dios de la belleza, del llanto y de la muerte, de la risa y de la vida, del sexo. Todos son teólogos de una religión sin anarquía. Espectadores doctos de una religión con liturgia de siglos. Recatada en la belleza de esa danza que no acaba de empezar. Sabida por vivida y por bebida. Anclada en el alma de cada uno como dardos emponzoñados de dolor. Esperada por su intensidad.
Son las cinco de la tarde. El tiempo llega siempre.
El color invade el ruedo en tres filas de sacerdotes de la muerte que se anuncia ya. De la vida. Los acólitos esperan con sumisión el comienzo de la ceremonia. Todo invita a la liturgia. El toro surge, negro, imponente. El torero, de rodillas, con el capote tapando el cuerpo. De verde y negro. Tiembla. Sueña. Comienza el rito. Fiesta de sangre. Fiesta. La liturgia que se espera. El comienzo y el final. Se huele la sangre. Se mastica el drama. La muerte como invitada. La pasión en la arena y en los tendidos. El silencio. Los ojos del animal que se posan en el liviano cuerpo vestido de luces como dos ascuas hirvientes. La carrera tétrica, desbocada. La capa rosa y violeta que baila en el aire con una cadencia casi musical, de otro tiempo. El asta en el costado. El cuerpo volteado. La sangre que riega la arena. Rojo y ocre. Gritos. Ojos de espanto. Rostros ensimismados. La muerte que se pasea. El cuerpo ensangrentado. Tendido. El rostro ensimismado. Huido. Todo y nada. Deidades que aparecen y desaparecen. La muerte como espectáculo. La ofrenda. Ya todo es nada. La entrega se ha producido. La magia. La belleza. El rito. La liturgia.

2/7/08

Federico Laurenzana. Un escritor.


Descubrir algo distinto y que a la vez sea interesante es, hoy día, un trabajo arduo sino imposible. Encontrar eso en la Literatura es muy complicado si tenemos en cuenta los patrones por los que se rige el mundo de la Cultura, más, si cabe, en lo tocante al mundo editorial, dominado por el mercado y la necesidad de vender, por los best seller y la mala calidad del lector (y espero ser perdonado si ofendo a alguien o alguien se siente ofendido). No quiero entrar en el debate de lo que es bueno o malo, de si lo es lo que se vende o no, de si, en definitiva, Literatura buena es la que se lee o no, y por tanto el gusto y los colores y esas cosas. Para no derrotar, no por nada, y porque la razón de esto que escribo no es otra que descubrir o decir, más que descubrir, lo que desde que conocí sus escritos siento cada vez que me acerco a ellos, y que en los últimos días no han hecho sino confirmarme más en ello. Me refiero, que vuelvo a divagar o no señalar con rapidez, a la obra de Federico Laurenzana. Conoces por casualidades, y esas suelen ser las que te llevan a los grandes descubrimientos. “Caverna de Abstractos” me dejó profundamente impresionado. Los post que fui leyendo con posterioridad en distintos blogs (http://www.federicolaurenzana.blogspot.com/), “Virus”, últimamente, y para culminar, “Mucho después, mucho antes”, que aún no he terminado, pero que deriva por ese mundo tan suyo, particular, hermoso, distinto y “raro”, al que encuentro similitudes (con escritores especiales), pero que es distinto, lo que es de agradecer.
Siempre la Literatura hecha en Argentina me pareció de lo mejor que se ha escrito en el Siglo XX. Y como es harto conocida no voy a mencionar nada, salvo a Borges, para mí el más grande escritor del siglo, si no en general, sí al menos en Español. Y en la actualidad mis últimos descubrimientos, Rudy Spillman, por esos azares de la vida, y Alan Pauls, por una querida amiga bonaerense. Y ahora Federico Laurenzana.
Hay algo en su forma de escribir que lleva a la geometría, y esto puede parecer un comentario fácil si se lee algo de sus últimas cosas, pero yo voy más allá. Hay matemática, pintura. Escribe, narra, como si se estuviera pintando (me recuerda a los cuadros de Van der Weyden). Pero no solamente hay una historia, hay simbolismo, profundo simbolismo, y no referencias simbólicas conocidas, que las hay o yo las veo, sino algunas más que escapan al universo simbólico de cada cual, de cada espacio cultural, y que hace que surjan elementos que para cada lector, dada la heterogeneidad de estos, crean universos fuera del universo simbólico del creador. Como decía Paul Klee: “el arte no reproduce lo visible, hace visible”.
No sé por qué razón, también, la escritura de Federico Laurenzana, al menos en algunas partes de ella, me llevan a Chillida, a su obra, a su manera de entender el Arte, la Escultura. Chillida decía que “todo plano es revirado”. Esa frase podría firmarla Federico, y no solo en la forma sino, creo, en el fondo. Porque, que todos los planos son revirados no es algo que se vea, ya que los planos se ven como elementos bidimensionales de nula curvatura. Esa es la forma en que crea él, Federico. La curvatura de la línea, como su obra, exige colocar dos dimensiones en el origen mismo de la línea. Y el plano revirado de Federico, como el de Chillida, es tridimensional, sin yuxtaposición de planos. La escritura de Federico es como el espacio para el plano revirado, la Literatura misma, tridimensionalidad pura.
Para despedir esto, una frase de Platón, del Timeo, en la tarea del demiurgo: “…y todo lo tangible precisa para serlo un cuerpo geométrico de tres dimensiones”.